Part 24
--No debía tomarlo--dijo la mujer--. Yo sólo puedo admitir dinero de los que no me conocen.
Pero guardó en su pecho los billetes de Banco. Sus ojos, repentinamente alegres, parecieron desmentir el tono de resignada dignidad con que formulaba sus excusas por haber aceptado el donativo.
La mirada de Robledo era ahora de conmiseración.
¡Pobre «bella Elena»! Había pasado por la vida como pasan sobre los mares australes los grandes albatros, orgullosos de su blancura y de la fuerza de sus alas, abatiéndose con una voracidad implacable sobre las presas que descubren á través de las olas, creyendo que todo cuanto existe ha sido creado únicamente para que ellos lo devoren. Era un águila atlántica majestuosa y fiera, con el perfume salino de la inmensidad y la carne coriácea de la fuerza. Pero los años habían pasado, disolviendo la orgullosa ilusión de la juventud que se considera inmortal, y ahora el ave arrogante del infinito azul se veía obligada á buscar su comida en los excrementos oceánicos amontonados en la costa. Cuando el frío y la tiniebla la impelían hacia la luz, sus alas moribundas chocaban con los vidrios guardadores del fuego. Iba en busca de la ventana que refleja el rescoldo hospitalario del hogar, y tropezaba con la lente del faro, dura é insensible como un muro, acostumbrada á repeler la cólera de las tempestades. Y en uno de estos choques caería con las alas rotas para siempre, y el mar de la vida tragaría su cuerpo con la misma indiferencia que había sorbido antes á las numerosas víctimas de ella.
Contempló Robledo después á sus amigos y se vió á sí mismo en una forma igualmente animal. Eran bueyes magníficamente alimentados, tranquilos y buenos, como las reses que pastaban, hinchadas por la abundancia, en los campos regados de su colonia. Tenían las firmes virtudes del que ve su existencia asegurada, á cubierto de todo riesgo, y no necesita hacer daño á los demás para vivir... Y así continuarían plácidamente, sin violentas alegrías, pero también sin dolores, hasta que llegase su hora última...
¿Quién había vivido mejor su existencia?... ¿Era aquella mujer de biografía fabulosa, incapaz de recordar exactamente su origen y sus aventuras como si un cerebro humano no pudiera contener una historia tan extensa como un mundo?... ¿Eran ellos honrados rumiantes de la felicidad, que ya habían hecho sobre la tierra cuanto debían hacer?...
No pudo seguir pensando. El camarero del _bar_ había salido á la calle, llamado por un hombre, y volvió con aire inquieto, diciendo á la dueña, algunas palabras en voz baja.
--¡Volad, palomas mías!--gritó la mujerona desde el mostrador, dirigiéndose á las dos parroquianas más próximas.
Y explicó que la policía estaba haciendo una _razzia_ de mujeres en el barrio, y tal vez visitase su establecimiento. Un amigo fiel acababa de traer el aviso.
La muchachita tísica arrojó el cigarro, escapando con un temblor cerval, que aún hacía más angustiosa su tos. La beoda abrió los ojos, miró en torno y volvió á cerrarlos, murmurando:
--¡Que vengan! En la comisaría se duerme lo mismo que aquí.
Elena se apresuró á huir. Tenía miedo; pero procuró marchar hacia la puerta con cierta majestad, pensando que un hombre estaba á sus espaldas. No quería que la confundiesen con las otras.
Al verse solo el español, entregó un billete al camarero por toda la botella y salió sin querer recibir el cambio. Luego, en el bulevar, miró inútilmente á un lado y á otro. Elena había desaparecido...
No la vería más. Cuando ella muriese, él no recibiría la noticia de su muerte. Iba á pasar el resto de su existencia sin saber con certeza si la otra vivía aún. Después de este encuentro adivinaba su final. Era de las que salen de la vida de un modo trágico, pero sin estrépito, sin que suene su nombre, habiendo sobrevivido muchos años á su historia muerta.
--Y esta es la Elena--se dijo--que, igual á la del viejo poeta, originó la guerra entre los hombres en un rincón de la tierra...
La duda formulaba preguntas en su interior. ¿Había sido esta mujer verdaderamente mala, con plena conciencia de su perversidad?... ¿Era una ansiosa de los placeres de la vida, que avanzaba inconsciente, sin reparar en lo que iba aplastando bajo sus pies?...
Mientras buscaba un carruaje, se dijo como conclusión:
--Mejor hubiese sido para ella morir hace doce años... ¿Para qué sigue viviendo?
Sonrió tristemente al pensar en la relatividad de los valores humanos y la distinta importancia de las personas, según el ambiente en que se mueven.
--¡Pensar que este andrajo fué igual á la heroína de Homero en aquella tierra á medio civilizar, donde no abundan las mujeres!... ¿Qué dirían ahora los que tantas locuras hicieron por ella, si la viesen como yo la he visto?...
Cuando llegó al hotel, Watson y su esposa acababan de volver de su paseo.
Dos criados seguían á Celinda cargados con enormes paquetes: las adquisiciones de aquella tarde.
Miró Watson su reloj con impaciencia.
--Son cerca de las siete, y hemos de vestirnos y comer antes de ir á la Opera... Cuando las mujeres se ponen á comprar trajes y sombreros, no acaban nunca.
Celinda remedó la fingida indignación de su esposo con graciosos ademanes, y acabó por besarle, entrándose luego en la habitación inmediata para cambiar de vestido.
Watson preguntó á Robledo si les acompañaba á la Opera.
--No; voy haciéndome viejo, y me molesta ponerme de frac y guantes blancos para escuchar música. Prefiero quedarme en el hotel. Veré cómo acuestan á Carlitos... Le he prometido un cuento.
Sintió en su interior la molestia de la duda. ¿Debía relatar á Celinda y su marido el encuentro de aquella tarde?... ¿Sería más prudente comunicárselo solamente á Watson?
Rara vez en sus conversaciones habían recordado á la esposa de Torrebianca. Celinda, tan alegre y desenfadada, fruncía el ceño con expresión agresiva cuando nombraban en su presencia á la marquesa.
Podía representar para ella un deleite cruel el conocimiento de la abyección de la otra. Luego, Robledo se arrepintió de tal suposición. A Celinda, en plena felicidad, le repugnaba seguramente la venganza, y sólo le proporcionarían sus noticias la molestia de un mal recuerdo.
«¿Para qué resucitar el pasado?... ¡Que la vida continúe!»
Y sólo se ocupó en pensar la maravillosa historia que iba á contarle á su príncipe heredero.
#FIN#
Villa Fontana Rosa Mentón (Alpes Marítimos) Febrero-Abril 1922.
End of Project Gutenberg's La Tierra de Todos, by Vicente Blasco Ibañez