La Tierra de Todos

Part 20

Chapter 20 3,899 words Public domain Markdown

--¿Acaso ustedes no son amigos de Manos Duras?

Mientras hablaban los dos, Ricardo, alejándose un poco de ellos, intentó dar vuelta al rancho para llegar á su puerta; pero el otro cordillerano, adivinando su intención, se colocó ante él, levantando la carabina como si fuese á apuntarle. Al fin, Piola, sin contestar á Rojas nada concreto, le volvió la espalda, dirigiéndose hacia la esquina de la ruinosa construcción y desapareció detrás de ella.

Fué á seguirlo el estanciero, y tropezó con el mismo hombre que había contenido á Watson. Ahora apuntaba francamente su rifle contra los dos, para que no pasasen adelante, y tuvieron que mantenerse inmóviles, dudando entre obedecer á la amenaza ó arrojarse sobre aquel bandido.

De un puntapié apartó Piola las maderas mal unidas que cerraban la entrada del rancho. La presencia del cordillerano hizo que Manos Duras abandonase su lucha con Celinda. Ésta, con las manos atadas, se defendía de la agresividad carnal de su raptor. Le había arañado, le había mordido, repeliéndole al mismo tiempo con sus pies. El gaucho tenía en el rostro y en las manos varios rasguños que goteaban sangre, pero tal era su excitación que no parecía darse cuenta de ellos.

Al ver á su camarada se esforzó por serenarse, hablando con una alegría feroz.

--Lo que yo te dije, hermano; empieza uno por juego y acaba interesándose. No se puede estar en paz al lado de una buena moza.

Pero calló al notar que Piola le miraba como reconviniéndole.

--Vos ahí de farra, como un muchacho, mientras afuera pasa lo que pasa.

Le invitó á salir con un gesto, y más allá de la puerta continuó, bajando la voz:

--Ahí tenes al viejito de la estancia con un gringo de los que trabajan en las obras del río. ¿Qué hacemos?...

Manos Duras, á pesar de su cinismo, quedó sorprendido al saber que don Carlos estaba al otro lado de la esquina de adobes. ¿Cómo se había presentado tan pronto?... ¿Quién había podido revelarle la presencia de su hija en este rancho lejano? Pero su ferocidad y el recuerdo de la ofensa inferida por Rojas le inspiraron una solución.

--Lo mejor será matarlo.

--¿Y al gringo también?--preguntó Piola con ironía--. Vos encontrás fácilmente el remedio á todo.

Se mostraba inquieto el cordillerano, como si su instinto le hiciese presentir la proximidad del peligro. Ya no creía que aquellos dos hombres hubiesen llegado solos. Otros indudablemente iban á venir, para darles ayuda. Lo que Manos Duras debía hacer--si es que verdaderamente necesitaba seguir este mal negocio del robo de la señorita--era montar en su «flete» sin pérdida de tiempo y llevarse la buena moza á cierto lugar en las orillas del río Limay, donde se habían dado cita para el día siguiente. Debía desistir de su vuelta al pueblo aquella noche. Era oportuno cambiar ahora el orden de la marcha. Mientras él se alejaba llevándose á la muchacha, ellos se quedarían allí con la tropilla. Piola se encargaba de convencer al viejo de la falsedad de sus sospechas. Y si llegaban otros hombres del cercano pueblo, se convencerían también--viéndolos sin ninguna mujer y sin Manos Duras--de que eran unos viajeros pacíficos que habían hecho alto en aquel lugar.

El gaucho le escuchó con impaciencia. Le había tomado gusto á esta aventura y no admitía modificaciones en ella. Deseaba conservar á Celinda, y al mismo tiempo no quería renunciar á su vuelta al pueblo, así que cerrase la noche, para hacer aquel cobro del que hablaba misteriosamente.

--También podés vos hacer otra cosa--continuó Piola--. El padre ofrece plata si le devolvemos la muchacha, y...

Pero no pudo continuar. Cerca de ellos, al otro lado de la esquina de adobes, sonó un tiro, acompañado de un grito. El amigo de Manos Duras lanzó una blasfemia.

--Ya empieza el baile--dijo armando su rifle y corriendo hacia el sitio donde había sonado la detonación.

Rojas acababa de disparar su revólver contra el hombre que le impedía el paso. Este se había fijado especialmente en Watson, pues por ser más joven, le infundía mayor cuidado, volviendo hacia él su carabina, y don Carlos aprovechó el olvido en que le dejaba para sacar cautelosamente su revólver, apuntando al pecho del cordillerano y haciendo fuego.

Al caer este enemigo, Watson se inclinó inmediatamente sobre él para apoderarse de su arma.

Cuando Piola dió vuelta á la esquina, Rojas montaba ya en su caballo. Por un sentimiento atávico de centauro de estancia, se consideraba más fuerte y más seguro de este modo que á pie. Watson, forcejeando con el herido acababa de arrancarle su rifle é iba á incorporarse; pero vió que el bandolero andino le apuntaba por tenerlo más cerca, y su instinto le hizo encogerse, al mismo tiempo que sonaba la detonación. Gracias á este movimiento, el proyectil no le atravesó el pecho, cortándole únicamente el hombro izquierdo, con una herida superficial. El dolor le hizo soltar el rifle, permaneciendo acurrucado con una mano en el hombro.

Su agresor dió unos pasos hacia él para que el segundo disparo resultase más certero, en el mismo instante que Manos Duras avanzaba su cabeza fuera de la esquina del rancho, atraído por la pelea.

Vió á don Carlos, que, montado ya en el caballo, apuntaba con su revólver á Piola. Él sacó igualmente el suyo del cinto para disparar contra el estanciero, pero no pudo hacerlo. Tuvo que levantar el arma al ver interponerse entre los dos al otro jinete andino que había quedado en observación.

--¡Gente!... ¡Mucha gente!--gritaba este hombre.

Los perros se presentaron detrás de él, con violentos saltos de retroceso y de avance, ladrando á un enemigo invisible.

A partir de este momento, los sucesos parecieron atropellarse unos á otros, superponiéndose con una velocidad irreal.

Manos Duras fué el más ágil para la acción. Corrió hacia su caballo, que seguía rumiando la hierba sin asustarse de los tiros, como si estas detonaciones fuesen ordinarias en su existencia. Luego desapareció detrás del rancho.

Piola pareció olvidarse de Watson, para pensar en su propia seguridad. También era hombre de á caballo, y se consideraba más seguro y fuerte sobre la silla que á pie. Montó en su cabalgadura, siempre con la carabina en la diestra, y uniéndose á su camarada fueron á situarse los dos junto á la tropilla de caballos, dispuestos á defender hasta la muerte las cargas de sacos y fardos que representaban la fortuna de la comunidad.

Rojas pareció olvidarlos, acercándose á Watson para preguntarle con ingenua emoción:

--¿Qué le pasa, gringuito?... ¿Le han matado?

El joven tenía en un hombro de su blusa una mancha negra, que iba agrandándose; pero se incorporó, contestando con pálida sonrisa:

--Poca cosa: un rasguño nada más.

Don Carlos ya no pudo ocuparse de él. Necesitaba ver lo que había al otro lado del rancho, é hizo avanzar su caballo, dando vuelta á la esquina.

No encontró á nadie. Su rústica puerta, completamente abierta, mostraba la soledad de su interior. Pero al apartar sus ojos de las ruinas vió á un jinete que se alejaba al galope, llevando sobre el delantero de su silla una especie de envoltorio largo, sostenido por uno de sus brazos, y que se agitaba violentamente lo mismo que una persona.

El instinto avisó al estanciero más que sus sentidos.

--¡Ah, gaucho ladrón!...

Lo que le había parecido en el primer momento un envoltorio de ropas contenía una vida, y se negaba á dejarse llevar.

Tuvo la certidumbre de que su oído le engañaba, con el trastorno de la emoción, al hacerle oir una voz de mujer; pero al mismo tiempo creyó que Celinda le había reconocido, llamándolo con desesperado lamento:

--¡Papá!... ¡papá!...

* * * * *

#XVII#

Al levantarse Elena, bien entrada la mañana, vió con sorpresa que la mestiza no acudía á sus repetidas voces.

Finalmente se presentó una de aquellas muchachas apodadas «chinitas» que trabajaban en el servicio de la casa bajo las órdenes de Sebastiana. Según declaró esta joven, la respetable mestiza no había vuelto después de su salida á primera hora.

--Dicen que ha habido un bochinche en la estancia de don Carlos Rojas. El comisario y muchos hombres se fueron para allá.

A Sebastiana, según continuó diciendo la chinita, la habían visto algunos en las afueras del pueblo, á caballo y acompañada por el doméstico del señor Robledo.

--Habrá ido á ver si le ocurrió algo á su antigua patroncita. Cada uno cuenta una cosa... Pero lo cierto es que en la estancia han matado á alguien.

No pudo continuar hablando la criada, en vista de la poca curiosidad que mostraba su señora. Se había limitado á una exclamación de sorpresa al escuchar las primeras palabras. Luego quedó en silencio, como si no le interesase el relato.

Permaneció toda la mañana en su salón, después de haber tomado el desayuno. Pensaba con impaciencia en las largas horas que debían transcurrir antes de que llegase la noche. Estaba resuelta á llamar á Robledo; pero éste, según las noticias de su criadita, se había ido con el comisario á la estancia de Rojas y no regresaría hasta el atardecer.

Le era imposible seguir viviendo más tiempo en aquel pueblo. Que se quedase su marido, trabajando en los canales. Ella pensaba pedir á Robledo que le proporcionase los medios de regresar á París, ó cuando menos el dinero necesario para volver á Buenos Aires. Una vez en la gran ciudad sabría defenderse. En su primera juventud se había visto en situaciones iguales ó peores, y conocía por experiencia cómo una mujer enérgica puede salir de los pasos difíciles con más soltura que un hombre.

Deseaba que anocheciese pronto, pensando en su futura conversación con el español. Al mismo tiempo le daba miedo el rápido deslizamiento de las horas, pues alguien podía venir á su ventana para exigirle el cumplimiento de una promesa hecha la noche antes.

Necesitaba un esfuerzo mental para convencerse de que no había soñado su entrevista con Manos Duras.

«¡Qué absurdo!--pensó--. Pero ¿he podido hacer realmente eso?»

Muchas veces en su existencia había sentido la misma extrañeza por los propios actos, como si hubiesen en su interior dos personalidades antagónicas, una de las cuales inspiraba horror á la otra.

«¡Y ese hombre tal vez venga esta misma noche!», seguía pensando.

Para tranquilizarse se dijo que bien podía ser que el gaucho hubiese olvidado sus promesas. Pero inmediatamente recordó las vagas noticias que le había dado su criadita de algo terrible ocurrido en la estancia de Rojas.

Como estaba predispuesta á creer que todos los sucesos debían plegarse á sus conveniencias, sintió finalmente la confianza del optimismo.

«No vendrá--se dijo--. ¡Qué disparate! ¿Cómo puede ese hombre haber creído una promesa tan absurda?...»

Después de las noticias que habían circulado por el pueblo, no se atrevería á volver. Además, aquel bárbaro resultaba temible á campo raso; pero con tener ella bien cerradas las ventanas y puertas de la casa, se libraría de su presencia.

Ya no pensó en el gaucho, mas no por esto desapareció de su memoria el recuerdo de la noche anterior. Algo había sucedido al romper el día, cuando empezaban á marcarse luminosamente las rendijas de su ventana; y esto lo había percibido confusamente, como todo lo que pasa cuando los ojos se resisten á abrirse y el pensamiento vacila entre el sueño y la vigilia.

Completamente despierta y considerando ahora lo ocurrido á varias horas de distancia, empezó á convencerse de que alguien había estado junto á su ventana al amanecer. Recordó un ruido sofocado de pasos en la galería exterior y el leve crujido de la madera de la pared bajo el peso de un cuerpo apoyado en ella. Hasta podría jurar que había escuchado algo semejante á suspiros de dolor, á un jadeo de desesperación. Y su instinto le avisaba que aquel ser misterioso que había vivido unos momentos cerca de ella, al otro lado del muro de tablas, no era otro que su esposo.

Dos veces fué ahora á la ventana, abriéndola para ver su exterior y su interior, con la esperanza de encontrar un papel ó cualquier otro indicio del invisible visitante, llegado con el alba y desaparecido al salir el sol.

«Es Federico--volvió á decirse--; no puede ser otro... Robledo debe saber donde está. ¡Cómo deseo que vuelva al pueblo para hablarle!...»

Poco después de mediodía, cuando ella fumaba su vigésimo cigarrillo, llamaron á la puerta. Transcurrió algún tiempo y volvieron á repetirse los golpes. Elena adivinó que, por estar ausente Sebastiana, las dos chinitas habían abandonado la casa después de servir la comida, vagando por el pueblo en busca de noticias.

Fué á abrir ella misma y se sorprendió reconociendo al visitante. Era Moreno. Su presencia nada tenía de extraordinaria, y sin embargo no pudo contener Elena un gesto de asombro; tan olvidado le tenía. En las últimas horas otros hombres habían ocupado por completo su memoria.

Ruborizándose de su olvido le invitó á entrar con exagerada amabilidad. Su buena suerte le enviaba á este tonto para que la entretuviese con su conversación durante una tarde larguísima, que sin esta visita hubiese resultado de monótona soledad.

Al entrar en el salón, Moreno acarició los muebles con una mirada dulce y protectora, como si le perteneciesen. Luego ocupó el sillón que le ofrecía ella, haciendo alarde de un aplomo que nunca había mostrado en sus visitas anteriores.

--Me voy á Buenos Aires en el tren de esta tarde, señora marquesa--dijo con la gravedad de un hombre que conoce sus propios méritos--. Debo ver al gobierno para darle cuenta de lo ocurrido aquí, y hablar con el ministro de Obras públicas sobre la continuación de los trabajos.

Elena acogió tales palabras con movimientos de cabeza afirmativos, al mismo tiempo que sus pupilas parecían sonreir maliciosamente. Este buen padre de familia exageraba un poco su importancia.

--Pero antes de marcharme he creído conveniente venir á verla para que tratemos de un asunto relacionado con mis futuros negocios.

Siguió hablando, y á las pocas palabras se apagó la chispa alegre é irónica que danzaba en las pupilas de la Torrebianca. Sus ojos sólo expresaron un ávido interés, que fué creciendo por momentos.

Moreno relató cómo Pirovani le había confiado toda su fortuna, nombrándole tutor de la hija única que tenía en Italia.

--El pobre--continuó--, por lo que he visto al examinar rápidamente sus papeles, era más rico que yo creía. Este encargo supremo de mi pobre amigo va á darme mucho que hacer, y tal vez me obligue á dimitir mi empleo. ¡Quién sabe si podré regresar aquí!... Temo que transcurra mucho tiempo antes de que volvamos á vernos.

Y la posibilidad de tan larga ausencia entristeció al oficinista, á pesar del aire satisfecho y seguro de sí mismo que mostraba desde el día anterior.

--Como el infeliz Pirovani--siguió diciendo--me confió el manejo de su fortuna, y esta casa pertenece á su heredera, yo, en uso de mis facultades, le digo, señora marquesa, que puede usted seguir aquí todo el tiempo que juzgue oportuno, como si fuese de su propiedad, y sin pagar por ella un solo centavo. ¡Qué no haré yo por usted!...

Ella le miraba fijamente con ojos interrogantes. Le era difícil poder ocultar la sorpresa que le había causado esta revelación. ¡Moreno depositario de la herencia del contratista, abrumado por la enormidad de la fortuna que caía sobre él y volviendo á una ciudad populosa para rehacer su existencia!...

A través de su asombro empezaron á emerger nuevas ideas, semejantes á islotes todavía informes y en pleno hervor de formación. Se desdoblaba su interior, surgiendo junto á la mujer de gustos frívolos ansiosa de comodidades y grandezas, otra que era la de las temibles energías, la de las extremas resoluciones en las horas difíciles, la que no vacilaba ante la crueldad. Y esta mujer, al despertarse, aconsejaba imperiosamente á su compañera: «No dejes que se marche. El destino te lo envía.»

Contemplándola Moreno con ojos más atrevidos que en los tiempos que no se creía rico y poderoso, vió de pronto cómo el rostro de la «señora marquesa» parecía velarse, lo mismo que si se deslizase sobre él la sombra de una nube invisible. Luego contrajo su boca con expresión dolorosa y se llevó las manos al rostro, para ocultar sus lágrimas.

Se levantó de su sillón el oficinista para consolarla. Comprendía el dolor de ella viendo el traje de luto que llevaba por la muerte de la madre de su esposo. Además, ¡el triste fin de Pirovani, la fuga de Canterac, tantos sucesos en tan poco tiempo!...

--Es muy triste, señora marquesa, lo que le ocurre, pero no por eso debe usted llorar.

Y se atrevió á tomarle las manos, oprimiéndoselas dulcemente antes de apartarlas de sus ojos, húmedos de llanto.

--No lloro por lo que usted cree--suspiró ella--, lloro por mí misma, por mi desgracia, que no tiene remedio. Estoy sola en el mundo. Mi marido no ha vuelto á casa hace dos días... y tal vez no volverá. ¡Quién sabe qué calumnias le han contado!... Me quedaban mis amigos, mis buenos amigos; el uno ha muerto y el otro anda fugitivo. Sólo podía contar con usted... ¡y usted se marcha para siempre!

El oficinista, conmovido por tales palabras, empezó á balbucear:

--Cuente siempre con mi admiración, señora marquesa... Yo me voy, y en realidad no me voy... Me tendrá usted en Buenos Aires...

Evitó seguir hablando, por miedo á las incoherencias en que le hacía incurrir su emoción. Elena había secado sus lágrimas y le miraba ahora con interés.

--Jamás he conseguido hacerme comprender--dijo--. Los hombres son así: acuden todos al mismo tiempo cuando les gusta una señora y la aturden con sus asiduidades, quitándose el sitio unos á otros de tal modo, que la pobre se desorienta y acaba por no saber hacia dónde va su predilección. Ahora que usted se marcha y le pierdo tal vez para siempre, me doy cuenta de que los dos pobres amigos que nos abandonaron se colocaban en primer término con tal violencia, que consiguieron ocultarme el hombre más interesante para mí.

Se sintió Moreno de tal modo trastornado por esta revelación, que tomó entre sus manos la diestra de Elena.

--¡Oh, marquesa! ¿qué dice usted?

Ella, después de dejarse acariciar la mano, oprimió con sus dedos una de las de él, añadiendo con un tono de sinceridad, como si revelase sus pensamientos más íntimos:

--Siempre me interesó usted por su modestia: una modestia disimuladora de grandes condiciones, que usted mismo no sospecha. A mí me gustan los hombres buenos y sin orgullo. Muchas veces, cuando estaba sola, entretenía en pensar lo que podría haber hecho un hombre como usted, viviendo en Europa y trabajando bajo la dirección de una mujer que le inspirase nobles ambiciones.

Permaneció Moreno silencioso, mirándola con cierto asombro, como si la admirase más después de sus últimas palabras. Aquella mujer pensaba las mismas cosas que á él se le habían ocurrido numerosas veces, pero sin atreverse á creer en ellas.

Elena añadió, desalentada:

-Pero ya es tarde: ¿para qué hablar de eso? Usted tiene una familia. Yo soy una mujer sin ilusiones ni esperanzas, que se ve sola y pobre, é ignora cómo terminará su existencia.

El oficinista seguía pensativo, con las cejas fruncidas, como si estuviese contemplando interiormente un espectáculo molesto para él. Veía una casita cerca de Buenos Aires, y en sus habitaciones, pobres y limpias, una mujer y varios niños. Pero esta visión no tardó en esfumarse, recobrando Moreno el mismo aire de seguridad autoritaria y vanidosa con que se había presentado al hacer su visita.

--Yo también--dijo--pienso ahora más que antes. Anoche no pude dormir, y por eso me he levantado tarde, sin tiempo para ir á ver qué es lo que ha pasado en la estancia de Rojas... Y anoche precisamente se me ocurrió que tal vez será conveniente que yo vaya á Europa para velar por la hija de Pirovani y administrar sus bienes mejor que si me quedo en Buenos Aires. ¡Quién sabe si llegaré á aumentar muchísimo esa fortuna, dedicándome á los negocios! Yo no creo poseer las condiciones que usted me supone, señora marquesa; pero en fin, soy hombre de números, hombre de orden, y tal vez podré hacer buenos negocios, lo mismo que los hacen otros... ¿Cómo no?

Hubo un largo silencio, y el oficinista, que se mostraba inquieto por lo que iba á decir, balbuceó al fin tímidamente:

--Usted podría venir conmigo á Europa... para aconsejarme. Yo, por más inteligente que usted me crea, sólo puedo ser allá un ignorante.

Elena hizo un movimiento de sorpresa y luego repelió altivamente la proposición.

--No acepto. ¡Qué locura!... ¡Qué fardo iba usted á echarse á cuestas, amigo Moreno!... Olvida usted además que yo soy una mujer casada, una señora, y la gente, al vernos juntos, haría las suposiciones más calumniosas.

A pesar de tales protestas tomó las dos manos de Moreno entre las suyas y aproximó su cara á la de él, envolviéndole en el nimbo perfumado de su carne tentadora, al mismo tiempo que decía con entusiasmo:

--¡Qué gran corazón el suyo!... ¿Cómo probarle mi gratitud por su ofrecimiento?

Adoptó el oficinista una expresión suplicante para seguir hablando. ¿Qué podía importarles á los dos lo que murmurase la gente?... Además, en Europa no los conocía nadie. Vivirían en París, la ciudad maravillosa tantas veces admirada por él en las novelas y que nunca habría visto de no ocurrir la muerte de Pirovani. Él era quien debía dar gracias á la marquesa si se dignaba acompañarle y dirigirle.

--¿Y la familia de usted?--preguntó la Torrebianca con una expresión austera, desmentida al mismo tiempo por sus miradas.

El hombre respondió con el cinismo optimista de un rico, convencido del poder del dinero, que espera arreglar mediante su intervención todos los conflictos.

--Mi familia quedará en Buenos Aires, mejor instalada que nunca. Con plata abundante todo se soluciona y nadie vive descontento... Yo tendré mucha plata, porque, como es natural, debo recompensarme á mí mismo por mis trabajos de tutor. Pienso también ganar mucho en los negocios.

Ella insistió en su resistencia, aunque cada vez con más flojedad, y Moreno creyó oportuno conmoverla describiendo las delicias de un París que no había visto nunca y la otra tenía ya olvidadas de puro conocidas.

--Es una locura--dijo Elena, interrumpiéndole--. Me falta valor para arrostrar un escándalo tan enorme. ¿Qué dirían si nos viesen huir juntos?

Después, con una expresión púdica y tímida, añadió:

--Yo no soy como usted me cree. Los hombres aceptan con asombrosa facilidad todo lo que les cuentan acerca de las mujeres, y ¡á saber qué es lo que le habrán dicho á usted de mí!... Reconozco que he sido poco dichosa en mi matrimonio. Mi marido es bueno, aunque nunca ha sabido comprenderme. ¡Pero de eso á huir con otro hombre, dando un escándalo!...

Apeló el oficinista á todas las frases almacenadas en su memoria, como residuo de sus lecturas. ¿Qué importaba el matrimonio, ni tampoco lo que pudiera decir la gente?... Ella tenía derecho á conocer el verdadero amor, tomándolo allí donde lo encontrase. Tenía igualmente derecho á «vivir su vida» al lado de un hombre que supiese embellecérsela con arreglo á sus altos merecimientos.

Así fué soltando trozos de sus lecturas novelescas, y aunque la marquesa parecía tan enterada como él de tales argumentos, acabó por conmoverse y ablandarse bajo su elocuencia amorosa.

Era que la Torrebianca consideraba en su interior que ya había prolongado bastante el simulacro de su resistencia y creía llegado el momento de ceder, para que Moreno hablase de cosas más inmediatas y urgentes. Como si no supiera lo que hacía, puso sus manos sobre los hombros de él y le habló de muy cerca, con voz tenue, al mismo tiempo que miraba á lo alto, como sumida en sus recuerdos.

--¡Oh, París! Usted lo conoce por los libros, pero no sabe verdaderamente lo que es aquella vida. Nos espera allá una existencia muy dulce.

Consideró el oficinista tales palabras como una aceptación, creyéndose autorizado después de ellas para abrazarla...

--¿Sí que acepta usted?... ¡Oh! ¡Gracias! ¡gracias!