La Tierra de Todos

Part 16

Chapter 16 3,892 words Public domain Markdown

«... y tal es mi última voluntad, que espero cumpliréis. ¡Adiós, esposa mía! ¡Adiós, hijos míos! Perdonadme.»

Dobló el pliego para meterlo en un sobre, y luego puso éste en el bolsillo interior de una levita colgada cerca de él.

«Si caigo mañana--pensó--, encontrarán esta carta sobre mi pecho. Encargaré á Watson, antes del duelo, que en caso de muerte la envíe á mi familia.»

Una hora después su adversario entraba en la casa de Moreno. El oficinista había vuelto, momentos antes, de su reunión con los padrinos de Canterac. Pirovani le habló lentamente, esforzándose por ocultar su emoción.

Acababa de dejar sobre la mesa de Moreno dos cartas, una de ellas muy abultada, con el sobre abierto, mostrando su interior repleto de papeles. Había estado escribiendo una parte de la noche en su alojamiento, para condensar en estas dos cartas todos sus asuntos. Señaló la más delgada y dijo:

--Ésta es para mi hija. Se la enviará usted, si es que muero.

El argentino quiso reir, como si dudase de la posibilidad de su muerte, acogiendo tales palabras con gestos alegres... Pero desistió de su fingido regocijo al ver que el contratista continuaba hablando con voz grave.

--En el sobre más abultado encontrará usted una autorización en regla para que pueda cobrar sin dificultades lo que me debe el gobierno, así como las sumas que tengo depositadas en los Bancos. A un hombre hábil como lo es usted, le será fácil enterarse, después de examinar estos papeles, del estado de mis negocios y del medio mejor de liquidarlos. También dejo un testamento en el que le nombro tutor de mi hija. Usted es el único que me inspira confianza. Aunque alguna vez se ha inclinado más del lado de mi adversario que del mío, eso no importa. Sé que es usted un joven «honesto», y le confío mi hija y mi fortuna: todo lo que poseo en la tierra.

Moreno se conmovió de tal modo por esta muestra de confianza, que hubo de llevarse una mano á los ojos. Luego se levantó para oprimir fuertemente la diestra del italiano y con palabras entrecortadas fué expresando su voluntad de cumplir fielmente todo lo que le encargase. Juraba dedicarse al cuidado de la hija y la fortuna de su amigo si éste moría al día siguiente.

--Pero usted no morirá--añadió golpeándose el pecho--. Me lo dice el corazón.

Poco después de salir el sol, varios hombres fueron reuniéndose en una pradera de hierba rala vecina al río. Tenía por límite unos sauces viejos y con las raíces medio descubiertas, que se inclinaban moribundos sobre la corriente, como si de un momento á otro fueran á dejarse caer en ella.

El lugar era triste. Como la luz se extendía á esta hora horizontalmente, casi al ras del suelo, las sombras de las personas y los árboles se prolongaban con un estiramiento irreal.

Primeramente llegó Pirovani escoltado por Moreno y don Carlos, todos vestidos de negro, pero el contratista se distinguía de sus acompañantes por una levita nueva y solemne. La había recibido de Buenos Aires la semana anterior, á gusto de un sastre famoso, á quien encargó un vestuario completo igual á los que poseyesen los millonarios más elegantes de la ciudad.

Detrás de este grupo avanzó un viejo alto, enjuto de carnes, con la nariz violácea y granujienta de los alcohólicos y una caja de cirugía bajo el brazo. Era el médico que Rojas había ido á buscar la noche anterior en el pueblo más próximo.

Pasados unos minutos llegaron á la pradera Canterac, Torrebianca y Watson. El capitán y el marqués vestían largas levitas, menos flamantes que la de Pirovani, y corbatas negras: lo mismo que si asistiesen á un entierro. Watson llevaba simplemente un traje obscuro.

Luego de saludar Canterac ceremoniosamente desde lejos á su adversario y á los padrinos de éste, empezó á pasearse por la orilla del río. Fingía divertirse siguiendo con sus ojos el revuelo de los pájaros matinales ó arrojando piedras á la corriente. El contratista, que deseaba no ser menos que él, imitándole en todo, se paseó también junto á los sauces, mirando al río. Y así continuaron ambos, yendo y viniendo cada uno por la parte de la orilla que se había asignado, como si fuesen dos autómatas.

Torrebianca, al que todos cedían el primer lugar por su experiencia en estos lances, empezó á disponer los preparativos del combate. Pidió á Watson dos bastones que éste llevaba á prevención, y clavó uno en el suelo. Luego miró hacia el sol con una mano sobre los ojos, para darse cuenta exacta de qué lado venía la luz, y empezó á marchar, contando sus pasos.

--Veinte--dijo clavando en el suelo el segundo bastón.

Al reunirse otra vez con los padrinos sacó una moneda, y luego de escuchar á Moreno la arrojó en alto. Cuando cayó la pieza, el oficinista dijo á Rojas:

--Hemos ganado, don Carlos, y podemos elegir el sitio.

El marqués, que había traído bajo un brazo su célebre caja de pistolas, la dejó abierta sobre la hierba. Cargó las dos armas con minuciosa lentitud, sacando á luz de nuevo la misma moneda para que el azar decidiese por segunda vez. Al caer la rodaja de metal, se inclinó el oficinista para verla y dijo al estanciero:

--La suerte está con nosotros. También podemos tomar la pistola que más nos guste.

Después los padrinos de Pirovani fueron en busca de éste para colocarlo junto á uno de los bastones escogido por ellos. El marqués y Watson condujeron á su apadrinado al lugar que marcaba el segundo bastón.

Mientras tanto, el médico procedía con cierto azoramiento á sus preparativos. Era la primera vez que presenciaba un duelo. Había abierto su caja de cirugía, y con una rodilla en tierra empezó á desenvolver vendajes, abrir frascos y examinar el buen funcionamiento de sus aparatos.

Quedaron frente á frente los adversarios. Canterac estaba rígido, con rostro grave pero inexpresivo, lo mismo que un soldado que espera la voz de mando. Pirovani tenía los ojos ardientes, miraba con agresividad, parecía furioso. Cuando se acercó Moreno con una pistola para entregársela, le dijo en voz baja:

--Va usted á ver como lo mato. Me lo avisa el corazón.

Pero olvidó su optimismo homicida, para añadir con cierta angustia:

--Lo que yo deseo es que me expliquen bien el tiempo de que puedo disponer para apuntar. No quiero equivocarme, y que me tomen luego por un ordinario, incapaz de comprender estas cosas.

Conservaron sus pistolas los dos enemigos, con el cañón en alto. Moreno se cuidó de abrochar los botones de la levita de Pirovani que estaban sueltos. Luego le subió el cuello, para que no se viese el blanco de su camisa. Torrebianca examinó por su parte á Canterac. Estaba correctamente abrochado como un militar, pero su padrino le subió también el cuello de la levita. Los dos, antes de tomar su arma, se habían quitado el sombrero, entregándolo á uno de los padrinos.

Colocándose el marqués entre ambos, sacó un papel y empezó á leerlo con grave lentitud.

«...Segundo. El director del combate dará tres palmadas, y los combatientes podrán apuntar y hacer fuego á voluntad entre la primera y la tercera palmada.»

«Tercero. Si alguno de los dos hace fuego después de la tercera palmada, será declarado felón y descalificado inmediatamente.»

Pirovani, con la pistola en alto, avanzaba la cabeza y entornaba los ojos para oir mejor, acogiendo con movimientos afirmativos cada palabra de Torrebianca. Canterac permanecía impasible, como un hombre que está escuchando algo que conoce sobradamente.

Siguió leyendo el marqués, y al fin guardó su papel, para hablar á los adversarios.

--Mi deber es dirigir á todos un llamamiento en pro de la concordia. ¿Es posible todavía una explicación entre caballeros?... ¿Quiere alguno de los dos presentar sus excusas al otro?...

Movió Pirovani con violencia su cabeza, haciendo signos negativos. El ingeniero permaneció inmóvil, sin que se alterase una línea de su rostro sombrío.

El marqués volvió á hablar, quitándose su sombrero con triste cortesía.

--Entonces, que empiece el lance y cada uno cumpla como caballero.

Retrocedió unos pasos, pero de espaldas, sin perder de vista á los combatientes. Luego levantó una mano, preguntando si estaban listos. Pirovani hizo un movimiento afirmativo. Su adversario continuaba mudo ó inmóvil. Separó el marqués sus manos para dar la primera palmada. Todo esto lo hizo con una lentitud que daba á sus movimientos cierta solemnidad trágica.

Los otros padrinos, colocados á alguna distancia de él, miraban con una emoción mal disimulada. El médico, que seguía arrodillado junto á su caja, levantó la cabeza con los ojos muy abiertos.

Torrebianca fué aproximando las manos y dijo lentamente:

--¡Fuego!... Una...

Los dos bajaron á un tiempo sus pistolas.

Pirovani, que sólo tenía en aquel momento la preocupación de no hacer fuego después de la tercera palmada, se apresuró á tirar. Su enemigo guiñó ligeramente un ojo y contrajo levemente la mejilla del mismo lado, como si hubiese sentido el roce del proyectil. Pero recobró inmediatamente su impasible fosquedad y siguió apuntando.

Volvió el marqués á dar una palmada, diciendo lentamente: «Dos.»

Al ver Pirovani que no había herido á su adversario y quedaba desarmado ante él, pasó por su rostro, como una nube veloz, la emoción del miedo; pero fué por un momento nada más. Luego, mirando á Canterac que le seguía apuntando, cruzó sus brazos, apoyó en el pecho la pistola inútil y presentó de frente todo su cuerpo, con loca jactancia, cual si desafiase á la muerte.

Moreno se agarró á un hombro de Rojas, obligado por su ansiedad á buscar un apoyo. El estanciero apretaba los labios.

--¡Pucha!... Lo va á matar--dijo entre dientes.

Dio otra palmada el director del combate. «Tres.» Un momento antes Canterac había hecho fuego.

Todos corrieron en una misma dirección, menos el capitán, que permaneció inmóvil, con el brazo caído y la pistola todavía humeante en su diestra.

El contratista estaba de bruces en el suelo como una masa inerte. Los que corrían hacia él vieron en primer término la cúspide de su cabeza, y saliendo de ella un hilo de sangre que serpenteaba entre la hierba. Inmediatamente esta cabeza quedó invisible, pues todos se agolparon en torno al cuerpo caído, inclinándose para escuchar al médico, que lo examinaba con una rodilla en tierra.

Momentos después alzó éste su rostro para decir con balbuceos de emoción:

--Nada queda que hacer... ¡Muerto!

Viendo que Canterac se aproximaba al grupo para saber lo ocurrido, Torrebianca salió á su encuentro, cerrándole el paso. El gesto triste del marqués, antes que sus palabras, revelaron al ingeniero la verdad.

Su padrino juzgó necesario llevárselo de allí, y le dijo imperiosamente que le siguiese. Al otro lado de las dunas aguardaba un carruaje, el mismo que había llevado á Elena la tarde de la fiesta.

Cuando este vehículo los dejó frente á la antigua casa del muerto, los dos quedaron con los pies vacilantes. Torrebianca no podía invitar á Canterac á que entrase en un edificio que era de Pirovani. El otro tampoco osaba dar un paso.

Estaban los dos inmóviles, sin saber qué decirse, cuando apareció Robledo. Debía estar rondando desde mucho antes por las inmediaciones de la casa para adquirir noticias. Al reconocer á Canterac le miró con una expresión interrogante.

--¿Y el otro?...

Inclinó la cabeza Canterac y el marqués hizo un gesto doloroso que reveló á Robledo todo lo ocurrido.

Permanecieron los tres en silencio. Luego el francés dijo en voz baja:

--Mi carrera perdida; mi familia abandonada... ¡Y lo más horrible es que no siento odio alguno al pensar en ese infeliz!... ¿Qué será de mí?

Robledo era el único de los tres capaz de una resolución enérgica en aquel momento.

--Lo primero es huir, Canterac. Este asunto hará mucho ruido, y no puede taparse como una riña de boliche. Pase los Andes cuanto antes; al otro lado está Chile, y allí puede usted esperar... En el mundo todo se arregla, bien ó mal; pero todo se arregla.

El francés habló con desaliento. No tenía dinero; lo había gastado todo en aquella fiesta, que ahora le parecía un disparate. ¿Cómo vivir en Chile, donde no conocía á nadie?...

Le tomó un brazo el español para tirar de él afectuosamente, llevándoselo de allí.

--Lo primero es huir--dijo otra vez--. Yo le daré los medios de hacerlo. Vámonos.

Canterac se resistía á obedecerle, mirando al mismo tiempo á Torrebianca.

--Quisiera antes de irme--murmuró--decir adiós á la marquesa.

Fué tan suplicante el tono con que hizo esta petición, que provocó en Robledo una sonrisa de lástima. Luego le fué empujando con una superioridad paternal.

--No perdamos tiempo--dijo--. Preocúpese de usted nada más. La marquesa tiene otras cosas en que pensar.

Y se lo llevó á su casa.

Durante todo el día el suceso mantuvo en continuo bullicio á los habitantes del pueblo. Muchos lo aprovecharon como un motivo para abandonar el trabajo. En la calle central se formaron numerosos grupos de hombres y mujeres, hablando acaloradamente, al mismo tiempo que miraban con hostilidad la casa que había sido de Pirovani. Los nombres de Torrebianca y su mujer sonaban tanto como los de los adversarios que se habían batido.

Entre las gentes del pueblo pasaron algunos gauchos amigos de Manos Duras, como si el reciente suceso hubiese extinguido completamente la hostilidad que existía entre ellos y los habitantes de la Presa.

A media tarde atravesó la calle central el mismo Manos Duras, mirando con interés hacia la casa. Algunas mestizas le hablaron, manifestando su indignación contra aquella señorona que perturbaba á los hombres. Pero el famoso gaucho encogió sus hombros, sonriendo despectivamente, y siguió adelante.

En el boliche le esperaban tres amigos suyos que vivían la mayor parte del año al pie de los Andes y habían venido á pasar unos días en su rancho. Don Roque, en otras circunstancias, se hubiese alarmado al conocer esta visita. Tal vez preparaban algún robo importante de «hacienda» para llevar las reses al otro lado de la Cordillera y venderlas en Chile. Pero ahora los personajes importantes de la Presa daban más que hacer al comisario que los gauchos dedicados al abigeato.

Al entrar Manos Duras en el «Almacén del Gallego», vió que el público era más numeroso que las otras tardes de trabajo, hablándose en todos los corros de la muerte del contratista. Mientras bebía de pie junto al mostrador, fué oyendo los comentarios de los parroquianos.

--Esa hembra--gritaba uno--es la que ha tenido la culpa de todo. ¡Qué mala p...!

Manos Duras se acordó de la tarde en que había visto á la marquesa por primera vez. Este recuerdo hizo que mirase con ojos agresivos al que acababa de hablar, lo mismo que si le hubiese dirigido una injuria.

--Dos hombres se han peleado á muerte por esa señora; ¿y qué?... Yo también estoy dispuesto á pelar mi facón y á matarme con el primero que la insulte. A ver si hay un guapo que quiera pisarme el poncho.

Esta invitación á «pisarle el poncho» era un reto á estilo gaucho para el combate; pero después de un corto silencio los parroquianos empezaron á hablar de otra cosa.

Se asomó Torrebianca, al atardecer, á una de las ventanas de su casa, mirando con extrañeza los grupos reunidos en la calle. Su número había aumentado. El comisario de policía, que acababa de regresar de Fuerte Sarmiento, iba entre ellos, hablando á unos y á otros para que se retirasen. Al ver al marqués en la ventana le saludó quitándose el sombrero.

Hombres y mujeres quedaron mirando al esposo de Elena fijamente, con una curiosidad hostil, pero nadie osó una demostración contra él.

Torrebianca no pudo ocultar su sorpresa ante la mirada inquietante de tantos ojos fijos en su persona. Luego se dió cuenta de una impopularidad que juzgaba inexplicable, y acabó cerrando las vidrieras con triste altivez.

Pasados algunos minutos abrió Sebastiana la puerta de la casa, apoyándose en una baranda de la galería exterior. Había sentido la atracción de aquella afluencia de grupos, en los que reconoció á muchas amigas antiguas. Pero al verla las mujeres que estaban en la calle, empezaron á gesticular y á insultarla á gritos.

Ella, irritada por tan incomprensible acogida, acabó por responder en el mismo tono; pero abrumada al fin por la superioridad numérica de sus adversarias y viendo además que muchos hombres las ayudaban con sus risas y palabrotas, tuvo que retirarse. Al reflexionar luego en la cocina, fué columbrando la verdad. Todas las mujeres del pueblo, sin exceptuar las que eran comadres suyas, irían contra ella porque estaba al servicio de la marquesa.

A la misma hora del anochecer entró Watson en el pueblo. Después del terrible suceso de la mañana había tenido que preocuparse del cadáver de Pirovani, acompañando á los padrinos de éste y al médico. Primeramente lo guardaron en un rancho ruinoso cercano al río. Luego resolvieron trasladarlo á Fuerte Sarmiento, ya que debía ser enterrado finalmente en el cementerio de dicho pueblo. Así evitaban las manifestaciones que podían surgir en la Presa si el cadáver era llevado allá.

Regresaba Watson de Fuerte Sarmiento y había dejado á sus espaldas las primeras casas del pueblo, cuando se encontró con Canterac.

Éste iba también á caballo, con sombrero y poncho iguales á los que usaban los jinetes del país, y llevando además un saco de ropa y de víveres en el delantero de la silla.

Al reconocerlo, el joven se detuvo para estrechar su mano. Adivinó que no le vería más, pues su aspecto era el de un viajero que se dispone á cruzar la desierta llanura patagónica.

Canterac, respondiendo á su pregunta, señaló el horizonte, en el que empezaban á brillar las primeras estrellas por la parte de los Andes invisibles. Luego le manifestó su propósito de pasar la noche en una estancia cerca de Fuerte Sarmiento, para continuar la marcha apenas apuntase el día.

--Adiós, Watson--dijo--. Habría sido un bien para todos nosotros que esa mujer no viniese nunca á esta tierra. Ahora veo las cosas bajo una nueva luz; pero ¡ay! ya es tarde.

Por unos momentos miró con indecisión á Ricardo, pero al fin dijo resueltamente:

--Oiga el consejo de un desgraciado, y no se ofenda porque se lo doy sin que usted me lo pida... No se separe nunca de Robledo: es un alma noble. Gracias á su bondad puedo marcharme... Todo lo que va conmigo le pertenece... Desconfíe de los que le hablen mal de él...

Sus ojos tristes miraron intencionadamente al joven mientras decía las últimas palabras. Antes de alejarse aún se atrevió á darle un nuevo consejo:

--Y no olvide por ninguna otra mujer á esa señorita que llaman Flor de Río Negro.

Le apretó la diestra, hizo un signo de adiós, y bajando la cabeza espoleó á su caballo, perdiéndose en la noche, que empezaba á nacer.

* * * * *

#XV#

Marchó Watson hacia el pueblo, sintiendo en su interior la comezón de una conciencia que empieza á perder su tranquilidad.

Recordaba con remordimiento aquel breve diálogo en el parque improvisado, durante el cual habló duramente á Robledo. «¡Y por esa mujer--pensaba--que lleva los hombres á la muerte, he maltratado al mejor de mis amigos!»

Luego, el rostro triste y lloroso de Celinda sucedía en su imaginación á la cara bondadosa de Robledo.

«¡Pobre Flor de Río Negro!--siguió diciéndose--. Debo ir mañana á implorar su perdón, si es que se digna escucharme.»

Entró en la Presa ensimismado, dejándose llevar por el instinto de su cabalgadura; pero de pronto notó que ésta quería detenerse, y al levantar su cabeza se dió cuenta de que estaba ante la casa de la Torrebianca.

El comisario de policía, ayudado por dos de sus hombres, empujaba con suavidad al último grupo de curiosos, llevándoselo por delante entre paternales exhortaciones.

Se alejó don Roque, é iba Ricardo á continuar su marcha, cuando notó que en la casa se entreabría una ventana, asomando á ella una mano de mujer, que le hacía señas para que se acercase. Watson permaneció insensible al llamamiento y la ventana se abrió completamente, apareciendo Elena vestida de negro, como si guardase luto, pero llevando estas ropas fúnebres con cierta coquetería.

Tuvo Ricardo que aproximarse á la casa, y se quitó el sombrero para responder á sus afectuosos ademanes.

--¡Tanto tiempo sin verle!... Entre en seguida.

Él hizo con la cabeza un signo negativo, mirándola con severa expresión.

--¿No me pregunta por quién voy de luto?--continuó ella--. Ha muerto la madre de mi esposo, una señora que yo amaba muchísimo. Estoy muy triste... ¡Cómo necesito en estos momentos la conversación de un buen amigo!...

Pretendía dar á sus palabras un tono doloroso y al mismo tiempo le invitaba á subir con ademanes de seducción. Pero Ricardo insistió en sus signos negativos y dijo al fin:

--Vendré á visitarla cuando viva en otra casa y esté presente su esposo. Ahora no puedo.

Y se alejó sin volver el rostro, mientras ella iba pasando de la sorpresa á la cólera, cerrando finalmente su ventana con violencia.

Cuando Watson, después de la cena, intentó disculparse con Robledo, pidiendo que le perdonase su rudeza, el español le hizo callar.

--No hablemos del pasado; tan amigos como antes: lo nuestro resulta un incidente sin importancia. Lo verdaderamente terrible es lo del pobre Pirovani y la situación en que se ve Canterac... Comprendo la impresión que han producido en usted sus palabras. ¡Pobre hombre! Únicamente quiso aceptar de mí lo más preciso para su viaje á través de la Cordillera. Dice que en Chile esperará mis noticias. Pienso buscarle algunas recomendaciones entre mis amigos de Buenos Aires... ¡Qué catástrofe! ¡Y todo por una mujer!

Robledo quedó pensativo, para afirmar después optimistamente:

--Yo no la creo mala por completo. Es una hembra impulsiva, con las pasiones sin educar, que siembra el mal ignorándolo muchas veces, pues toda su atención la pone en ella misma, creyéndose el centro de lo existente. Si fuese rica tal vez sería buena; pero no conoce la modestia y es incapaz de aceptar el sacrificio. ¡Desea tantas cosas y tiene tan pocas!...

Sonrió melancólicamente é hizo una pausa, para continuar diciendo:

--Por suerte, no todas las mujeres son iguales. Ella misma me dijo un día que, en nuestra época, la hembra que piensa un poco se considera infeliz y odia todo lo que la rodea si no posee un collar de perlas, que es como el uniforme de la mujer moderna... Hay un ser más temible, querido Ricardo, que la mujer que busca á todo trance el collar de perlas: es la que lo tuvo, lo perdió, y quiere volver á conquistarlo sea como sea.

El recuerdo de Gualicho, diablo enredador que perturbaba á los indios con sus tretas, obligándolos á montar á caballo para perseguirlo á lanzadas y golpes de boleadora, pasó por su memoria. De continuar Elena en el mundo viejo, hubiese sido una de tantas mujeres temibles que se ven refrenadas y neutralizadas por la vecindad de otras semejantes á ellas. Pero aquí, rodeada de hombres que la admiraban, y en un ambiente primitivo que la hacía resaltar como si fuese de esencia superior, había ejercido sin quererlo una influencia tan nefasta como la del demonio cobrizo temido en otros tiempos por los jinetes errantes de la Pampa.

Ella misma había sido víctima de este ambiente de soledad al enamorarse de Watson. Creía poder jugar con los hombres, despreciándoles. Así se lo había manifestado una noche á Robledo, mirando con lástima á sus solicitantes. Pero Ricardo era la juventud, la frescura varonil, el hombre adorado por el primer amor de una adolescente y que por esto mismo representa una tentación para la coqueta madura, ganosa de quitárselo á la otra mujer. Sentía la necesidad de convencerse á sí misma de que aún guardaba su antiguo poder de seducción, trastornando la existencia del joven ingeniero... Y ahora debía sufrir cruelmente en su vanidad, al verse despreciada por el único hombre que había llegado á interesarle en este desierto.

Robledo acabó por compadecer á la esposa de Torrebianca con una conmiseración algo despectiva.