Part 6
--No seré yo quien le estorbe otro matrimonio. Y esa historia, digo, no me ha convencido de que usted busque hijos que adoptar, que eso le será muy fácil y casándose, sino que me busca a mí y me buscaría aunque estuviese sola y hubiésemos de vivir solos y sin hijos; ¿le he entendido, don Juan? ¿Me entiende usted?
--Cierto es, Gertrudis, que si estuviese sola lo mismo me casaría con usted, si usted lo quisiera, ¡claro!, porque yo soy muy claro, muy claro, y es usted la que me atrae; pero en ese caso nos quedaba el adoptar hijos de cualquier modo, aunque fuese sacándolos del Hospicio. Pues ya he podido ver que usted, como yo, se muere por los niños y que los necesita y los busca y los adora.
--Pero ni usted ni nadie ha visto, don Juan, que yo haya sido y sea incapaz de hacerlos; nadie puede decir que yo sea estéril, y no vuelva a poner los pies en esta casa.
--¿Por qué, Gertrudis?
--¡Por puerco!
Y así se despidieron para siempre.
Mas luego que le hubo así despachado entróle una desdeñosa lástima, un lastimero desdén de aquel hombre. «¿No le he tratado con demasiada dureza?--se decía--. El hombre me sacaba de quicio, es cierto; sus miradas me herían más que sus palabras, pero debí tratarle de otro modo. El pobrecillo parece que necesita remedio, pero no el que él busca, sino otro, un remedio heroico y radical.» Pero cuando supo que don Juan se remediaba empezó a pensar si era, en efecto, calor de hogar lo que buscaba, aunque bien pronto dió en otra sospecha que le sublevó aún más el corazón. «¡Ah--se dijo--, lo que necesita es una de casa, una que le cuide, que le ponga sobre la cama la ropa limpia, que haga que se le prepare el puchero... peor, peor que el remedio, peor aún! ¡Cuando una no es remedio es animal doméstico y la mayor parte de las veces ambas cosas a la vez! Estos hombres... ¡O porquería o poltronería! ¡Y aún dicen que el cristianismo redimió nuestra suerte, la de las mujeres!» Y al pensar esto, acordándose de su buen tío, se santiguó diciéndole: «¡No, no lo volveré a pensar...!»
¿Pero quién enfrenaba a un pensamiento que mordía en el fruto de la ciencia del mal? «¡El cristianismo, al fin, y a pesar de la Magdalena, es religión de hombres--se decía Gertrudis--; masculinos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo...!» ¿Pero y la Madre? La religión de la Madre está en: «He aquí la criada del Señor; hágase en mí según tu palabra» y en pedir a su Hijo que provea de vino a unas bodas, de vino que embriaga y alegra y hace olvidar penas, y para que el Hijo le diga: «¿Qué tengo yo que ver contigo, mujer? Aún no ha venido mi hora.» ¿Qué tengo que ver contigo...? Y llamarle mujer y no madre... Y volvió a santiguarse, esta vez con verdadero temblor. Y es que el demonio de su guarda--así creía ella--le susurró: «¡Hombre al fin!»
XVIII
CORRIERON unos años apacibles y serenos. La orfandad daba a aquel hogar, en el que de nada de bienestar se carecía, una íntima luz espiritual de serena calma. Apenas si había que pensar en el día de mañana. Y seguían en él viviendo, con más dulce imperio que cuando respirando llenaban con sus cuerpos sus sitios, los tres que le dieron a Gertrudis masa con que fraguarlo, Ramiro y sus dos mujeres de carne y hueso. De continuo hablaba Gertrudis de ellos a sus hijos. «¡Mira que te está mirando tu madre!» o «¡Mira que te ve tu padre!» Eran sus dos más frecuentes amonestaciones. Y los retratos de los que se fueron presidían el hogar de los tres.
Los niños, sin embargo, íbanlos olvidando. Para ellos no existían sino en las palabras de mamá Tula, que así la llamaban todos. Los recuerdos directos del mayorcito, de Ramirín, se iban perdiendo y fundiendo en los recuerdos de lo que de ellos oía contar a su tía. Sus padres eran ya para él una creación de ésta.
Lo que más preocupaba a Gertrudis era evitar que entre ellos naciese la idea de una diferencia, de que había dos madres, de que no eran sino medio hermanos. Mas no podía evitarlo. Sufrió en un principio la tentación de decirles que las dos, Rosa y Manuela, eran, como ella misma, madres de todos ellos, pero vió la imposibilidad de mantener mucho tiempo el equívoco; y, sobre todo, el amor a la verdad, un amor en ella desenfrenado, le hizo rechazar tal tentación al punto.
Porque su amor a la verdad confundíase en ella con su amor a la pureza. Repugnábanle esas historietas corrientes con que se trata de engañar la inocencia de los niños, como la de decirles que los traen a este mundo desde París, donde los compran. «¡Buena gana de gastar el dinero en tonto!»--había dicho un niño que tenía varios hermanos y a quien le dijeron que a un amiguito suyo le iban a traer pronto un hermanito sus padres. «Buena gana de gastar mentiras en balde»--se decía Gertrudis; añadiéndose: «toda mentira es cuando menos en balde».
--Me han dicho que soy hijo de una criada de mi padre; que mi mamá fué criada de la mamá de mis hermanos.
Así fué diciendo un día a casa el hijo de Manuela. Y la tía Tula, con su voz más seria y delante de todos, le contestó:
--Aquí todos sois hermanos, todos sois hijos de un mismo padre y de una misma madre, que soy yo.
--¿Pues no dices, mamita, que hemos tenido otra madre?
--La tuvisteis, pero ahora la madre soy yo; ya lo sabéis. ¡Y que no se vuelva a hablar de eso!
Mas no lograba evitar el que se trasparentara que sentía preferencias. Y eran por el mayor, el primogénito, Ramirín, al que engendró su padre cuando aún tuviera reciente en el corazón el cardenal del golpe que le produjo el haber tenido que escojer entre las dos hermanas, o mejor el haber tenido que aceptar de mandato de Gertrudis a Rosa, y por la pequeñuela, por Manolita, pálido y frágil botoncito de rosa que hacía temer lo hiciese ajarse un frío o un ardor tempranos.
De Ramirín, del mayor, una voz muy queda, muy sumisa, pero de un susurro sibilante y diabólico, que Gertrudis solía oir que brotaba de un rincón de las entrañas de su espíritu--y al oirla se hacía, santiguándose, una cruz sobre la frente y otra sobre el pecho, ya que no pudiese taparse los oídos íntimos de aquélla y de éste--de Ramirín decíale ese tentador susurro que acaso cuando le engendró su padre soñaba más en ella, en Gertrudis, que en Rosa. Y de Manolita, de la hija de la muerte de la hospiciana, se decía que sin su decisión de casar segunda vez a Ramiro, sin aquel haberle obligado a redimir su pecado y a rescatar a la víctima de él, a la pobre Manuela, no viviría el pálido y frágil botoncito.
¡Y lo que le costó criarla! Porque el primer hijo de Ramiro y Manuela fué criado por ésta, por su madre. La cual, sumisa siempre como una res, y ayudada a la vez por su natural instinto, no intentó siquiera rehusarlo a pesar de la endeblez de su carne, pero fué con el hombre, fué con el marido, con quien tuvo que bregar Gertrudis. Porque Ramiro, viendo la flaqueza de su pobre mujer, procuró buscar nodriza a su hijo. Y fué Gertrudis la que le obligó a casarse con aquélla, quien se plantó en firme en que había de ser la madre misma quien criara al hijo. «No hay leche como la de la madre»--repetía, y al redargüir su cuñado: «Sí, pero es tan débil que corren peligro ella y el niño, y éste se criará enclenque», replicaba implacable la soberana del hogar: «¡Pretextos y habladurías! Una mujer a la que se le puede alimentar, puede siempre criar y la naturaleza ayuda, y en cuanto al niño, te repito que la mejor leche es la de la madre, si no está envenenada.» Y luego, bajando la voz, agregaba: «Y no creo que le hayas envenenado la sangre a tu mujer.» Y Ramiro tenía que someterse. Y la querella terminó un día en que a nuevas instancias del hombre, que vió que su nueva mujer sufrió un vahido, para que le desahijaran el hijo, la soberana del hogar, cojiéndole aparte, le dijo: «¡Pero qué empeño, hombre! Cualquiera creería que te estorba el hijo...»
--¿Cómo que me estorba el hijo...? No lo comprendo...
--¿No lo comprendes? ¡Pues yo sí!
--Como no te expliques...
--¿Que me explique? ¿Te acuerdas de lo de aquel bárbaro de Pascualón, el guarda de tu cortijo de Majadalaprieta?
--¿Qué? ¿Aquello que comentamos de la insensibilidad con que recibió la muerte de su hijo...?
--Sí.
--¿Y qué tiene que ver esto con aquello? Por Dios, Tula...
--Que a mí aquello me llegó al fondo del alma, me hirió profundamente y quise averiguar la raíz del mal...
--Tu manía de siempre...
--Sí, ya me decía el pobre tío que yo era como Eva, empeñada en conocer la ciencia del bien y del mal.
--¿Y averiguaste...?
--Que a aquel... hombre...
--¿Ibas a decir...?
--Que a aquel hombre, digo, le estorbaba el niño para más cómodamente disponer de su mujer. ¿Lo entiendes?
--¡Qué barbaridad!
Pero ya Ramiro tuvo que darse por vencido y dejó que su Manuela criara al niño mientras Gertrudis lo dispusiese así.
Y ahora se encontraba ésta con que tenía que criar a la pequeñuela, a la hija de la muerte, y que forzosamente había de dársela a una madre de alquiler, buscándole un pecho mercenario. Y esto le horrorizaba. Horrorizábale porque temía que cualquier nodriza, y más si era soltera, pudiese tener envenenada, con la sangre, la leche, y abusase de su posición. «Si es soltera--se decía--, ¡malo! Hay que vigilarla para que no vuelva al novio o acaso a otro cualquiera, y si es casada, malo también, y peor aún si dejó al hijo propio para criar el ajeno.» Porque esto era lo que sobre todo le repugnaba. Vender el jugo maternal de las propias entrañas para mantener mal, para dejarlos morir acaso de hambre, a los propios hijos, era algo que le causaba dolorosos retortijones en las entrañas maternales. Y así es como se vió desde un principio en conflicto con las amas de cría de la pobre criatura, y teniendo que cambiar de ellas cada cuatro días. ¡No poder criarle ella misma! Hasta que tuvo que acudir a la lactancia artificial.
Pero el artificio se hizo en ella arte, y luego poesía, y por fin más profunda naturaleza que la del instinto ciego. Fué un culto, un sacrificio, casi un sacramento. El biberón, ese artefacto industrial, llegó a ser para Gertrudis el símbolo y el instrumento de un rito religioso. Limpiaba los botellines, cocía los pisgos cada vez que los había empleado, preparaba y esterilizaba la leche con el ardor recatado y ansioso con que una sacerdotisa cumpliría un sacrificio ritual. Cuando ponía el pisgo de caucho en la boquita de la pobre criatura, sentía que le palpitaba y se le encendía la propia mama. La pobre criatura posaba alguna vez su manecita en la mano de Gertrudis, que sostenía el frasco.
Se acostaba con la niña, a la que daba calor con su cuerpo, y contra éste guardaba el frasco de la leche por si de noche se despertaba aquélla pidiendo alimento. Y se le antojaba que el calor de su carne, enfebrecida a ratos por la fiebre de la maternidad virginal, de la virginidad maternal, daba a aquella leche industrial una virtud de vida materna y hasta que pasaba a ella, por misterioso modo, algo de los ensueños que habían florecido en aquella cama solitaria. Y al darle de mamar, en aquel artilugio, por la noche, a oscuras y a solas las dos, poníale a la criaturita uno de sus pechos estériles, pero henchidos de sangre, al alcance de las manecitas para que siquiera las posase sobre él mientras chupaba el jugo de vida. Antojábasele que así una vaga y dulce ilusión animaría a la huérfana. Y era ella, Gertrudis, la que así soñaba. ¿Qué? Ni ella misma lo sabía bien.
Alguna vez la criaturita se vomitó sobre aquella cama, limpia siempre hasta entonces como una patena, y de pronto sintió Gertrudis la punzada de la mancha. Su pasión morbosa por la pureza, de que procedía su culto místico a la limpieza, sufrió entonces, y tuvo que esforzarse para dominarse. Comprendía, sí, que no cabe vivir sin mancharse y que aquella mancha era inocentísima, pero los cimientos de su espíritu se conmovían dolorosamente con ello. Y luego le apretaba a la criaturita contra sus pechos pidiéndole perdón en silencio por aquella tentación de su pureza.
XIX
FUERA de este cuidado maternal por la pobre criaturita de la muerte de Manuela, cuidado que celaba una expiación y un culto místicos, y sin desatender a los otros y esforzándose por no mostrar preferencias a favor de los de su sangre, Gertrudis se preocupaba muy en especial de Ramirín y seguía su educación paso a paso, vigilando todo lo que en él pudiese recordar rasgos de su padre, a quien físicamente se parecía mucho. «Así sería a su edad»--pensaba la tía y hasta buscó y llegó a encontrar entre los papeles de su cuñado retratos de cuando éste era un chicuelo y los miraba y remiraba para descubrir en ellos al hijo. Porque quería hacer de éste lo que de aquél habría hecho a haberle conocido y podido tomar bajo su amparo y crianza cuando fué un mozuelo a quien se le abrían los caminos de la vida. «Que no se equivoque como él--se decía--, que aprenda a detenerse para elegir, que no encadene la voluntad antes de haberla asentado en su raíz viva, en el amor perfecto y bien alumbrado, a la luz que le sea propia.» Porque ella creía que no era al suelo, sino al cielo, a lo que había que mirar antes de plantar un retoño; no al mantillo de la tierra, sino a las razas de lumbre que del sol le llegaran, y que crece mejor el arbolito que prende sobre una roca al solano dulce del mediodía que no el que sobre un mantillo vicioso y graso se alza a la umbría. La luz era la pureza.
Fué con Ramirín aprendiendo todo lo que él tenía que aprender, pues le tomaba a diario las lecciones. Y así satisfacía aquella ansia por saber que desde niña le había aquejado y que hizo que su tío le comparase alguna vez con Eva. Y de entre las cosas que aprendió con su sobrino y para enseñárselas, pocas le interesaron más que la geometría. ¡Nunca lo hubiese ella creído! Y es que en aquellas demostraciones de la geometría, ciencia árida y fría al sentir de los más, encontraba Gertrudis un no sabía qué de luminosidad y de pureza. Años después, ya mayor Ramirín, y cuando el polvo que fué la carne de su tía reposaba bajo tierra, sin luz de sol, recordaba el entusiasmo con que un día de radiante primavera le explicaba cómo no puede haber más que cinco y sólo cinco poliedros regulares; tres formados de triángulos: el tetraedro, de cuatro; el octaedro, de ocho, y el icosaedro, de veinte; uno de cuadrados: el cubo, de seis, y uno de pentágonos: el dodecaedro, de doce. «¿Pero no ves qué claro?», me decía--contaba el sobrino--; «¿no lo ves?, sólo cinco y no más que cinco, ni uno menos, ni uno más, ¡qué bonito! ¡Y no puede ser de otro modo, tiene que ser así!», y al decirlo me mostraba los cinco modelos en cartulina blanca, blanquísima, que ella misma había construído, con sus santas manos, que eran prodigiosas para toda labor, y parecía como si acabase de descubrir por sí misma la ley de los cinco poliedros regulares... ¡pobre tía Tula! Y recuerdo que como a uno de aquellos modelos geométricos le cayera una mancha de grasa, hizo otro porque decía que con la mancha no se veía bien la demostración. Para ella la geometría era luz y pureza.
En cambio huyó de enseñarle anatomía y fisiología. «Esas son porquerías--decía--y en que nada se sabe de cierto ni de claro.»
Y lo que sobre todo acechaba era el alborear de la pubertad en su sobrino. Quería guiarle en sus primeros descubrimientos sentimentales y que fuese su amor primero el último y el único. «¿Pero es que hay un primer amor?», se preguntaba a sí misma sin acertar a responderse.
Lo que más temía era las soledades de su sobrino. La soledad, no siendo a toda luz, la temía. Para ella no había más soledad santa que la del sol y la de la Virgen de la Soledad cuando se quedó sin su Hijo, el Sol del Espíritu. «Que no se encierre en su cuarto--pensaba--, que no esté nunca, a poder ser, solo; hay soledad que es la peor compañía; que no lea mucho sobre todo, que no lea mucho; y que no se esté mirando grabados.» No temía tanto para su sobrino a lo vivo cuanto a lo muerto, a lo pintado. «La muerte viene por lo muerto»--pensaba.
Confesábase Gertrudis con el confesor de Ramirín, y era para, dirigiendo al director del muchacho en la dirección de éste, ser ella la que de veras le dirigiese. Y por eso en sus confesiones hablaba más que de sí misma de su hijo mayor, como le llamaba. «Pero es, señora, que usted viene aquí a confesar sus pecados y no los de otros»--le tuvo que decir alguna vez el padre Alvarez, a lo que ella contestó: «Y si ese chico es mi pecado...»
Cuando una vez creyó observar en el muchacho inclinaciones ascéticas, acaso místicas, acudió alarmada al padre Alvarez.
--¡Eso no puede ser, padre!
--Y si Dios le llamase por ese camino...
--No, no le llama por ahí; lo sé, lo sé mejor que usted y desde luego mejor que él mismo; eso es... la sensualidad que se le despierta...
--Pero, señora...
--Sí, anda triste, y la tristeza no es señal de vocación religiosa. ¡Y remordimiento no puede ser! ¿De qué...?
--Los juicios de Dios, señora...
--Los juicios de Dios son claros. Y esto es oscuro. Quítele eso de la cabeza. ¡El ha nacido para padre y yo para abuela!
--¡Ya salió aquello!
--¡Sí, ya salió aquello!
--¡Y cómo le pesa a usted eso! Líbrese de ese peso... Me ha dicho cien veces que había ahogado ese mal pensamiento...
--¡No puedo, padre, no puedo! Que ellos, que mis hijos--porque son mis hijos, mis verdaderos hijos--que ellos no lo sepan, que no lo sepan, padre, que no lo adivinen...
--Cálmese, señora, por Dios, cálmese... y deseche esas aprensiones... esas tentaciones del Demonio, se lo he dicho cien veces... Sea la que es... la tía Tula que todos conocemos y veneramos y admiramos...; sí, admiramos...
--¡No, padre, no! ¡Usted lo sabe! Por dentro soy otra...
--Pero hay que ocultarlo...
--Sí, hay que ocultarlo, sí; pero hay días en que siento ganas de reunir a sus hijos, a mis hijos...
--¡Sí, suyos, de usted!
--¡Sí, yo madre, como usted... padre!
--Deje eso, señora, deje eso...
--Sí, reunirles y decirles que toda mi vida ha sido una mentira, una equivocación, un fracaso...
--Usted se calumnia, señora. Esa no es usted, usted es la otra... la que todos conocemos... la tía Tula...
--Yo le hice desgraciado, padre; yo le hice caer dos veces: una con mi hermana, otra vez con otra...
--¿Caer?
--¡Caer, sí! ¡Y fué por soberbia!
--No, fué por amor, por verdadero amor...
--Por amor propio, padre--y estalló a llorar.
XX
LOGRÓ sacar a su sobrino de aquellas veleidades ascéticas y se puso a vigilarle, a espiar la aparición del primer amor. «Fíjate bien, hijo--le decía--y no te precipites, que una vez que hayas comprometido a una no debes dejarla...»
--Pero, mamá, si no se trata de compromisos... Primero hay que probar...
--No, nada de pruebas; nada de esos noviazgos; nada de eso de «hablo con Fulana». Todo seriamente...
En rigor la tía Tula había ya hecho, por su parte, su elección y se proponía ir llevando dulcemente a su Ramirín a aquella que le había escojido, a Caridad.
--Parece que te fijas en Carita--le dijo un día.
-¡Psé!
--Y ella en ti, si no me equivoco.
--Y tú en los dos, a lo que parece...
--¿Yo? Eso es cosa vuestra, hijo mío, cosa vuestra...
Pero les fué llevando el uno al otro, y consiguió su propósito. Y luego se propuso casarlos cuanto antes. «Y que venga acá--decía--y viviremos todos juntos, que hay sitio para todos... ¡Una hija más!»
Y cuando hubo llevado a Carita a su casa, como mujer de su sobrino, era con ésta con la que tenía sus confidencias. Y era de quien trataba de sonsacar lo íntimo de su sobrino.
Le obligó, ya desde un principio, a que le tutease y le llamase madre. Y le recomendaba que cuidase sobre todo de la pequeñita, de la mansa, tranquila y medrosica Manolita.
--Mira, Caridad--le decía--, cuida sobre todo de esa pobrecita, que es lo más inocente y lo más quebradizo que hay y buena como el pan... Es mi obra...
--Pero si la pobrecita apenas levanta la voz... si ni se le siente andar por la casa... Parece como que tuviera vergüenza hasta de presentarse...
--Sí, sí, es así... Harto he hecho por infundirle valor, pero en no estando arrimada a mí, cosida a mi falda, la pobrecita se encuentra como perdida. ¡Claro, como criada con biberón!
--El caso es que es laboriosa, obediente, servicial, pero ¡habla tan poco...! ¡Y luego no se la oye reir nunca...!
--Sólo alguna vez cuando está a solas conmigo, porque entonces es otra cosa, es otra Manolita... entonces resucita... Y trato de animarla, de consolarla, y me dice: «No te canses, mamita, que yo soy así... y además, no estoy triste...»
--Pues lo parece...
--Lo parece, sí, pero he llegado a creer que no lo está. Porque yo, yo misma, ¿qué te parezco, Carita, triste o alegre?
--Usted, tía...
--¿Qué es eso de usted y de tía?
--Bueno, tú, mamá, tú... pues no sé si eres triste o alegre, pero a mí me pareces alegre...
--¿Te parezco así? ¡Pues basta!
--Por lo menos a mí me alegras...
--Y es a lo que nos manda Dios a este mundo, a alegrar a los demás.
--Pero para alegrar a los demás hay que estar alegre una...
--O no...
--¿Cómo no?
--Nada alegra más que un rayo de sol, sobre todo si da sobre la verdura del follaje de un árbol, y el rayo de sol no está ni alegre ni triste, y quién sabe... acaso su propio fuego le consume... El rayo de sol alegra porque está limpio; todo lo limpio alegra... Y esa pobre Manolita debe alegrarte, porque a limpia...
--¡Sí, eso sí! Y luego esos ojos que tiene, que parecen...
--Parecen dos estanques quietos entre verdura... Los he estado mirando muchas veces y desde cerca. Y no sé de dónde ha sacado esos ojos... No son de su madre, que tenía ojos de tísica, turbios de fiebre... ni son los de su padre, que eran...
--¿Sabes de quién parecen esos ojos?
--¿De quién?--y Gertrudis temblaba al preguntarlo.
--¡Pues son tus ojos...!
--Puede ser... puede ser... No me los he mirado nunca de cerca ni puedo vérmelos desde dentro, pero puede ser... puede ser... Al menos le he enseñado a mirar...
XXI
¿QUÉ le pasaba a la pobre Gertrudis que se sentía derretir por dentro? Sin duda había cumplido su misión en el mundo. Dejaba a su sobrino mayor, a su Ramiro, a su otro Ramiro, a cubierto de la peor tormenta, embarcado en su barca de por vida, y a los otros hijos al amparo de él; dejaba un hogar encendido y quien cuidase de su fuego. Y se sentía deshacer. Sufría frecuentes embaimientos, desmayos, y durante días enteros lo veía todo como en niebla, como si fuese bruma y humo todo. Y soñaba; soñaba como nunca había soñado. Soñaba lo que habría sido si Ramiro hubiese dejado por ella a Rosa. Y acababa diciéndose que no habrían sido de otro modo las cosas. Pero ella había pasado por el mundo fuera del mundo. El padre Alvarez creía que la pobre Gertrudis chocheaba antes de tiempo, que su robusta inteligencia flaqueaba y que flaqueaba al peso mismo de su robustez. Y tenía que defenderle de aquellas sus viejas tentaciones.
Cuando un día se le acercó Caridad y, al oído, le dijo: «¡Madre...!», al notarle el rubor que le encendía el rostro, exclamó: «¿Qué? ¿Ya?» «¡Sí, ya!»--susurró la muchacha. «¿Estás segura?» «¡Segura; si no, no te lo habría dicho!» Y Gertrudis, en medio de su goce, sintió como si una espada de hielo le atravesase por medio el corazón. Ya no tenía qué hacer en el mundo más que esperar al nieto, al nieto de los suyos, de su Ramiro y su Rosa, a su nieto, e ir luego a darles la buena nueva. Ya apenas se cuidaba más que de Caridad, que era quien para ella llenaba la casa. Hasta de Manolita, de su obra, se iba descuidando, y la pobre niña lo sentía; sentía que el esperado iba relegándole en la sombra.
--Ven acá--le decía Gertrudis a Caridad, cuando alguna vez se encontraban a solas, ocasión que acechaba--, ven acá, siéntate aquí, a mi lado... ¿Qué, le sientes, hija mía, le sientes?
--Algunas veces...
--¿No llama? ¿No tiene prisa por salir a luz, a la luz del sol? Porque ahí dentro, a oscuras... aunque esté ello tan tibio, tan sosegado... ¿No da empujoncitos? Si tarda no me va a ver... no le voy a ver... Es decir: ¡si tarda, no!, si me apresuro yo...
--Pero, madre, no diga esas cosas...