Part 5
--Ya te tengo dicho que todos los hombres y mujeres somos hermanos.
--Sí, pero como nosotros, los que vivimos juntos...
--No, porque aunque vive aquí ésta no es su casa...
--¿Y cuál es su casa?
--¿Su casa? No lo quieras saber. ¿Y por qué preguntas eso?
--Porque le he visto a papá que la estaba besando...
Aquella noche, luego que hubieron acostado a los niños, dijo Gertrudis a Ramiro:
--Tenemos que hablar.
--Pero si aun faltan ocho meses...
--¿Ocho meses?
--¿No hace cuatro que me diste un año de plazo?
--No se trata de eso, hombre, sino de algo más serio.
A Ramiro se le paró el corazón y se puso pálido.
--¿Más serio?
--Más serio, sí. Se trata de tus hijos, de su buena crianza, y se trata de esa pobre hospiciana, de la que estoy segura que estás abusando.
--Y si así fuese, ¿quién tiene la culpa de eso?
--¿Y aún lo preguntas? ¿Aún querrás también culparme de ello?
--¡Claro que sí!
--Pues bien, Ramiro: se ha acabado ya aquello del año; no hay plazo ninguno; no puede ser, no puede ser. Y ahora sí que me voy, y, diga lo que dijere la ley, me llevaré a los niños conmigo, es decir, se irán conmigo.
--¿Pero estás loca, Gertrudis?
--Quien está loco eres tú.
--Pero qué querías...
--Nada, o yo o ella. O me voy o echas a esa criadita de casa.
Siguióse un congojoso silencio.
--No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar. ¿Adónde se va? ¿Al Hospicio otra vez?
--A servir a otra casa.
--No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar--y el hombre rompió a llorar.
--¡Pobre hombre!--murmuró ella poniéndole la mano sobre la suya--. Me das pena.
--Ahora, ¿eh?, ¿ahora?
--Sí; me das lástima... Estoy ya dispuesta a todo...
--¡Gertrudis! ¡Tula!
--Pero has dicho que no la puedes echar...
--Es verdad; no la puedo echar--y volvió a abatirse.
--¿Qué, pues?, ¿que no va sola?
--No, no irá sola.
--Los ocho meses del plazo, ¿eh?
--Estoy perdido, Tula, estoy perdido.
--No, la que está perdida es ella, la huérfana, la hospiciana, la sin amparo.
--Es verdad, es verdad...
--Pero no te aflijas así, Ramiro, que la cosa tiene fácil remedio...
--¿Remedio? ¿Y fácil?--y se atrevió a mirarle a la cara.
--Sí; casarte con ella.
Un rayo que le hubiese herido no le habría dejado más deshecho que esas palabras sencillas.
--¡Que me case! ¡Que me case con la criada! ¿Que me case con una hospiciana? ¡Y me lo dices tú!...
--¡Y quién si no había de decírtelo! Yo, la verdadera madre hoy de tus hijos.
--¿Que les dé madrasta?
--¡No, eso no!, que aquí estoy yo para seguir siendo su madre. Pero que des padre al que haya de ser tu nuevo hijo, y que le des madre también. Esa hospiciana tiene derecho a ser madre, tiene ya el deber de serlo, tiene derecho a su hijo y al padre de su hijo.
--Pero Gertrudis...
--Cásate con ella, te he dicho; y te lo dice Rosa. Sí--y su voz, serena y pastosa, resonó como una campana--. Rosa, tu mujer, te dice por mi boca que te cases con la hospiciana. ¡Manuela!
--«¡Señora!»--se oyó como un gemido, y la pobre muchacha, que acurrucada junto al fogón, en la cocina, había estado oyéndolo todo, no se movió de su sitio. Volvió a llamarla, y después de otro «¡Señora!», tampoco se movió.
--Ven acá, o iré a traerte.
--¡Por Dios!--suplicó Ramiro.
La muchacha apareció cubriéndose la llorosa cara con las manos.
--Descubre la cara y míranos.
--¡No, señora, no!
--Sí, míranos. Aquí tienes a tu amo, a Ramiro, que te pide perdón por lo que de ti ha hecho.
--Perdón, yo, señora, y a usted...
--No, te pide perdón y se casará contigo.
--¡Pero señora!--clamó Manuela a la vez que Ramiro clamaba: «¡Pero Gertrudis!»
--Lo he dicho, se casará contigo: así lo quiere Rosa. No es posible dejarte así. Porque tú estás ya... ¿no es eso?
--Creo que sí, señora, pero yo...
--No llores así ni hagas juramentos; sé que no es tuya la culpa...
--Pero se podría arreglar...
--Bien sabe aquí Manuela--dijo Ramiro--que nunca he pensado en abandonarla... Yo le colocaría...
--Sí, señora, sí; yo me contento...
--No, tú no debes contentarte con eso que ibas a decir. O, mejor, aquí Ramiro no puede contentarse con eso. Tú te has criado en el Hospicio, ¿no es eso?
--Sí, señora.
--Pues tu hijo no se criará en él. Tiene derecho a tener padre, a su padre, y le tendrá. Y ahora vete... vete a tu cuarto, y déjanos.
Y cuando quedaron Ramiro y ella a solas:
--Me parece que no dudarás ni un momento...
--¡Pero eso que pretendes es una locura, Gertrudis!
--La locura, peor que locura, la infamia, sería lo que pensabas.
--Consúltalo siquiera con el padre Alvarez.
--No lo necesito. Lo he consultado con Rosa.
--Pero si ella te dijo que no dieses madrasta a sus hijos...
--¿A sus hijos? ¡Y tuyos!
--Bueno, sí, a nuestros hijos...
--Y no les daré madrasta. De ellos, de los nuestros, seguiré siendo yo la madre, pero del de ésa...
--Nadie le quitará de ser madre...
--Sí, tú si no te casas con ella. Eso no será ser madre...
--Pues ella...
--¿Y qué? ¿Porque ella no ha conocido a la suya pretendes tú que no lo sea como es debido?
--Pero fíjate en que esta chica...
--Tú eres quien debió fijarse...
--Es una locura... una locura...
--La locura ha sido antes. Y ahora piénsalo, que si no haces lo que debes el escándalo le daré yo. Lo sabrá todo el mundo.
--¡Gertrudis!
--Cásate con ella, y se acabó.
XIV
UNA profunda tristeza henchía aquel hogar después del matrimonio de Ramiro con la hospiciana. Y ésta parecía aún más que antes la criada, la sirvienta, y más que nunca Gertrudis el ama de la casa. Y esforzábase ésta más que nunca por mantener al nuevo matrimonio apartado de los niños, y que éstos se percataran lo menos posible de aquella convivencia íntima. Mas hubo que tomar otra criada y explicar a los pequeños el caso.
Pero, ¿cómo explicarles el que la antigua criada se sentara a la mesa a comer con los de casa? Porque esto exigió Gertrudis.
--Por Dios, señora--suplicaba la Manuela--, no me avergüence así... mire que me avergüenza... Hacerme que me siente a la mesa con los señores, y sobre todo con los niños... y que hable de tú al señorito... ¡eso nunca!
--Háblale como quieras, pero es menester que los niños, a los que tanto temes, sepan que eres de la familia. Y ahora, una vez arreglado esto, no podrán ya sorprender intimidades a hurtadillas. Ahora os recataréis mejor. Porque antes el querer ocultaros de ellos os delataba.
La preñez de Manuela fué, en tanto, molestísima. Su fragilísima fábrica de cuerpo la soportaba muy mal. Y Gertrudis, por su parte, le recomendaba que ocultase a los niños lo anormal de su estado.
Ramiro vivía sumido en una resignada desesperación y más entregado que nunca al albedrío de Gertrudis.
--Sí, sí, bien lo comprendo ahora--decía--, no ha habido más remedio, pero...
--¿Te pesa?--le preguntaba Gertrudis.
--De haberme casado, ¡no! De haber tenido que volverme a casar, ¡sí!
--Ahora no es ya tiempo de pensar en eso; ¡pecho a la vida!
--¡Ah, si tú hubieras querido, Tula!
--Te di un año de plazo; ¿has sabido guardarlo?
--¿Y si lo hubiese guardado como tú querías, al fin de él qué, dime? Porque no me prometiste nada.
--Aunque te hubiese prometido algo habría sido igual. No, habría sido peor aún. En nuestras circunstancias, el haberte hecho una promesa, el haberte sólo pedido una dilación para nuestro enlace, habría sido peor.
--Pero si hubiese guardado la tregua como tú querías que la guardase, dime: ¿qué habrías hecho?
--No lo sé.
--Que no lo sabes... Tula... que no lo sabes...
--No, no lo sé; te digo que no lo sé.
--Pero tus sentimientos...
--Piensa ahora en tu mujer, que no sé si podrá soportar el trance en que la pusiste. ¡Es tan endeble la pobrecilla! Y está tan llena de miedo. Sigue asustada de ser tu mujer y ama de su casa.
Y cuando llegó el peligroso parto repitió Gertrudis las abnegaciones que en los partos de su hermana tuviera, y recojió al niño, una criatura menguada y debilísima, y fué quien lo enmantilló y quien se lo presentó a su padre.
--Aquí le tienes, hombre, aquí le tienes.
--¡Pobre criatura!--exclamó Ramiro sintiendo que se le derretían de lástima las entrañas a la vista de aquel mezquino rollo de carne viviente y sufriente.
--Pues es tu hijo, un hijo más... Es un hijo más que nos llega.
--¿Nos llega? ¿También a ti?
--Sí, también a mí; no he de ser madrasta para él, yo que hago que no lo tengan los otros.
Y así fué que no hizo distinción entre uno y otros.
--Eres una santa, Gertrudis--le decía Ramiro--, pero una santa que ha hecho pecadores.
--No digas eso; soy una pecadora que me esfuerzo por hacer santos, santos a tus hijos y a ti y a tu mujer.
--¡Mi mujer!...
--Tu mujer, sí; la madre de tu hijo. ¿Por qué le tratas con ese cariñoso despego y como a una carga?
--¿Y qué quieres que haga, que me enamore de ella?
--¿Pero no lo estabas cuando la sedujiste?
--¿De quién? ¿De ella?
--Ya lo sé, ya sé que no; pero lo merece la pobre...
--¡Pero si es la menor cantidad de mujer posible, si no es nada!
--No, hombre, no; es más, es mucho más de lo que tú te crees. Aun no la has conocido.
--Si es una esclava...
--Puede ser, pero debes libertarla... La pobre está asustada... nació asustada... Te aprovechaste de su susto...
--No sé, no sé cómo fué aquello...
--Así sois los hombres; no sabéis lo que hacéis ni pensáis en ello. Hacéis las cosas sin pensarlas...
--Peor es muchas veces pensarlas y no hacerlas...
--¿Por qué lo dices?
--No, nada, por nada...
--¿Tú crees sin duda que yo no hago más que pensar?
--No, no he dicho que crea eso...
--Sí, tú crees que yo no soy más que pensamiento.
XV
DE nuevo la pobre Manuela, la hospiciana, la esclava, hallábase preñada. Y Ramiro muy malhumorado con ello.
--Como si uno no tuviese bastante con los otros...--decía.
--¡Y yo qué quieres que le haga!--exclamaba la víctima.
--Después de todo, tú lo has querido así--concluía Gertrudis.
Y luego, aparte, volvía a reprenderle por el trato de compasivo despego que daba a su mujer. La cual soportaba esta preñez aún peor que la otra.
--Me temo por la pobre muchacha--vaticinó don Juan, el médico, un viudo que menudeaba sus visitas.
--¿Cree usted que corre peligro?--le preguntó Gertrudis.
--Esta pobre chica está deshecha por dentro; es una tísica consumada y consumida. Resistirá, es lo más probable, hasta dar a luz, pues la Naturaleza, que es muy sabia...
--¡La Naturaleza no! La Santísima Virgen Madre, don Juan--le interrumpió Gertrudis.
--Como usted quiera; me rindo, como siempre, a su superior parecer. Pues, como decía, la Naturaleza o la Virgen, que para mí es lo mismo...
--No, la Virgen es la Gracia...
--Bueno, pues la Naturaleza, la Virgen, la Gracia o lo que sea, hace que en estos casos la madre se defienda y resista hasta que dé a luz al nuevo ser. Ese inocente pequeñuelo le sirve a la pobre madre futura como escudo contra la muerte.
--¿Y luego?
--¿Luego? Que probablemente tendrá usted que criar sola, sirviéndose de un ama de cría, por supuesto, un crío más. Tiene ya cuatro; cargará con cinco.
--Con todos los que Dios me mande.
--Y que probablemente, no digo que seguramente, a no tardar mucho, don Ramiro volverá a quedar libre--y miró fijamente con sus ojillos grises a Gertrudis.
--Y dispuesto a casarse tercera vez--agregó ésta haciéndose la desentendida.
--¡Eso sería ya heroico!
--Y usted, puesto que permanece viudo, y viudo sin hijos, es que no tiene madera de héroe.
--¡Ah, doña Gertrudis, si yo pudiese hablar!
--¡Pues cállese usted!
--Me callo.
Le tomó la mano, reteniéndosela un rato, y dándole con la otra suya unos golpecitos añadió con un suspiro:
--Cada hombre es un mundo, Gertrudis.
--Y cada mujer, una luna, ¿no es eso, don Juan?
--Cada mujer puede ser un cielo.
«Este hombre me dedica un cortejeo platónico», se dijo Gertrudis.
Cuando en la casa temían por la pobre Manuela y todos los cuidados eran para ella, cayó de pronto en cama Ramiro, declarándosele desde luego una pulmonía. La pobre hospiciana quedóse como atontada.
--Déjame a mí, Manuela--le dijo Gertrudis--; tú cuídate y cuida a lo que llevas contigo. No te empeñes en atender a tu marido, que eso puede agravarte.
--Pero yo debo...
--Tú debes cuidar de lo tuyo.
--Y mi marido, ¿no es mío?
--No, ahora no; ahora es tuyo tu hijo que está por venir.
La enfermedad de Ramiro se agravaba.
--Temo complicaciones al corazón--sentenció don Juan--. Le tiene débil; claro, ¡los pesares y disgustos!
--¿Pero se morirá, don Juan?--preguntó henchida de angustia Gertrudis.
--Todo pudiera ser...
--Sálvele, don Juan, sálvele, como sea...
--Qué más quisiera yo...
--¡Ah, qué desgracia! ¡Qué desgracia!--y por primera vez se le vió a aquella mujer tener que sentarse y sufrir un desvanecimiento.
--Es, en efecto, terrible--dijo el médico en cuanto Gertrudis se repuso--dejar así cuatro hijos, ¿qué digo cuatro?, cinco se puede decir, ¡y esa pobre viuda tal como está!...
--Eso es lo de menos, don Juan; para todo eso me basto y me sobro yo. ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!
Y el médico se fué diciéndose: «Está visto; esta cuñadita contaba con volver a tenerle libre a su cuñado. Cada persona es un mundo y algunas varios mundos. ¡Pero qué mujer! ¡Es toda una mujer! ¡Qué fortaleza! ¡Qué sagacidad! ¡Y qué ojos! ¡Qué cuerpo! ¡Irradia fuego!»
Ramiro, una tarde en que la fiebre, remitiéndosele, habíale dejado algo más tranquilo, llamó a Gertrudis, le rogó que cerrara la puerta de la alcoba, y le dijo:
--Yo me muero, Tula, me muero sin remedio. Siento que el corazón no quiere ya marchar, a pesar de todas las inyecciones; yo me muero...
--No pienses en eso, Ramiro.
Pero ella también creía en aquella muerte.
--Me muero, y es hora, Tula, de decirte toda la verdad. Tú me casaste con Rosa.
--Como no te decidías y dabas largas...
--¿Y sabes por qué?
--Sí, lo sé, Ramiro.
--Al principio, al veros, al ver a la pareja, sólo reparé en Rosa; era a quien se le veía de lejos; pero al acercarme, al empezar a frecuentaros, sólo te vi a ti, pues eras la única a quien desde cerca se veía. De lejos te borraba ella; de cerca le borrabas tú.
--No hables así de mi hermana, de la madre de tus hijos.
--No; la madre de mis hijos eres tú, tú, tú.
--No pienses ahora sino en Rosa, Ramiro.
--A la que me juntaré pronto, ¿no es eso?
--¡Quién sabe...! Piensa en vivir, en tus hijos...
--A mis hijos les quedas tú, su madre.
--Y en Manuela, en la pobre Manuela...
--Aquel plazo, Tula, aquel plazo fatal.
Los ojos de Gertrudis se hinchieron de lágrimas.
--¡Tula!--gimió el enfermo, abriendo los brazos.
--¡Sí, Ramiro, sí!--exclamó ella cayendo en ellos y abrazándole.
Juntaron las bocas y así se estuvieron, sollozando.
--¿Me perdonas todo, Tula?
--No, Ramiro, no; eres tú quien tienes que perdonarme.
--¿Yo?
--¡Tú! Una vez hablabas de santos que hacen pecadores. Acaso he tenido una idea inhumana de la virtud. Pero cuando lo primero, cuando te dirigiste a mi hermana, yo hice lo que debí hacer. Además, te lo confieso, el hombre, todo hombre, hasta tú, Ramiro, hasta tú, me ha dado miedo siempre; no he podido ver en él sino el bruto. Los niños, sí; pero el hombre... He huído del hombre...
--Tienes razón, Tula.
--Pero ahora descansa, que estas emociones así pueden dañarte.
Le hizo guardar los brazos bajo las mantas, le arropó, le dió un beso en la frente como se le da a un niño--y un niño era entonces para ella--y se fué. Mas al encontrarse sola se dijo: «¿Y si se repone y cura? ¿Si no se muere? ¿Ahora que ha acabado de romperse el secreto entre nosotros? ¿Y la pobre Manuela? ¡Tendré que marcharme! ¿Y adónde? ¿Y si Manuela se muere y vuelve él a quedarse libre?» Y fué a ver a Manuela, a la que encontró postradísima.
Al siguiente día llevó a los niños al lecho del padre, ya sacramentado y moribundo; los levantó uno a uno y les hizo que le besaran. Luego fué, apoyada en ella, en Gertrudis, Manuela, y de poco se muere de la congoja que le dió sobre el enfermo. Hubo que sacarla y acostarla. Y poco después, cojido de una mano a otra de Gertrudis, y susurrando: «¡Adiós, mi Tula!», rindió el espíritu con el último huelgo Ramiro. Y ella, la tía, vació su corazón en sollozos de congoja sobre el cuerpo exánime del padre de sus hijos, de su pobre Ramiro.
XVI
APENAS, fuera de la soberana, hubo abatimiento en aquel hogar, pues los niños eran incapaces de darse cuenta de lo que había pasado, y Manuela, la viuda casi sin saberlo, concentraba su vida y su ánimo todos en luchar, al modo de una planta, por la otra vida que llevaba en su seno y aun repitiendo, como un gemido de res herida, que se quería morir. Gertrudis proveía a todo.
Cerró los ojos al muerto, no sin decirse: «¿Me estará mirando todavía...?» Le amortajó como lo había hecho con su tío, cubriéndole con un hábito sobre la ropa con que murió, y sin quitarle ésta, y luego, quebrantada por un largo cansancio, por fatiga de años, juntó un momento su boca a la boca fría de Ramiro, y repasó sus vidas, que era su vida. Cuando el llanto de uno de los niños, del pequeñito, del hijo de la hospiciana, le hizo desprenderse del muerto e ir a cojer y acallar y mimar al que vivía.
Manuela iba hundiéndose.
--Yo, señora, me muero; no voy a poder resistir esta vez; este parto me cuesta la vida.
Y así fué. Dió a luz una niña, pero se iba en sangre. La niña misma nació envuelta en sangre. Y Gertrudis tuvo que vencer la repugnancia que la sangre, sobre todo la negra y cuajada, le producía. Siempre le costó una terrible brega consigo misma al vencer este asco. Cuando una vez, poco antes de morir, su hermana Rosa tuvo un vómito, de ella Gertrudis huyó despavorida. Y no era miedo, no; era, sobre todo, asco.
Murió Manuela clavados en los ojos de Gertrudis sus ojos, donde vagaban figuras de niebla sobre las sombras del Hospicio.
--Por tus hijos no pases cuidado--le había dicho Gertrudis--, que yo he de vivir hasta dejarlos colocados y que se puedan valer por sí en el mundo, y si no les dejaré sus hermanos. Cuidaré sobre todo de esta última, ¡pobrecilla!, la que te cuesta la vida. Yo seré su madre y su padre.
--¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Dios se lo pagará! ¡Es una santa!
Y quiso besarle la mano, pero Gertrudis se inclinó a ella, la besó en la frente y le puso su mejilla a que se la besase. Y esas expresiones de gratitud repetíalas la hospiciana como quien recita una lección aprendida desde niña. Y murió como había vivido, como una res sumisa y paciente, más bien como un enser.
Y fué esta muerte, tan natural, la que más ahondó en el ánimo de Gertrudis, que había asistido a otras tres ya. En ésta creyó sentir mejor el sentido del enigma. Ni la de su tío, ni la de su hermana, ni la de Ramiro horadaron tan hondo el agujero que se iba abriendo en el centro de su alma. Era como si esta muerte confirmara las otras tres, como si las iluminara a la vez.
En sus solitarias cavilaciones se decía: «Los otros se murieron; ¡a esta la han matado...! ¡la ha matado...! ¡la hemos matado! ¿No la he matado yo más que nadie? ¿No la he traído yo a este trance? ¿Pero es que la pobre ha vivido? ¿Es que pudo vivir? ¿Es que nació acaso? Si fué expósita, ¿no ha sido _exposición_ su muerte? ¿No lo fué su casamiento? ¿No la hemos echado en el torno de la eternidad para que entre al hospicio de la Gloria? ¿No será allí hospiciana también?» Y lo que más le acongojaba era el pensamiento tenaz que le perseguía de lo que sentiría Rosa al recibirla al lado suyo, al lado de Ramiro, y conocerla en el otro mundo. Su tío, el buen sacerdote que les crió, cumplió su misión en este mundo, protegió con su presencia la crianza de ellas; su hermana Rosa logró su deseo y gozó y dejó los hijos que había querido tener; Ramiro... ¿Ramiro? Sí, también Ramiro hizo su travesía, aunque a remo y de espaldas a la estrella que le marcaba rumbo, y sufrió, pero con noble sufrir, y pecó y purgó su pecado; pero, ¡y esta pobre que ni sufrió siquiera, que no pecó, sino se pecó en ella y murió huérfana!... «Huérfana también murió Eva...», pensaba Gertrudis. Y luego: «¡No; tuvo a Dios de padre! ¿Y madre? Eva no conoció madre... ¡Así se explica el pecado original!... ¡Eva murió huérfana de humanidad!» Y Eva le trajo el recuerdo del relato del _Génesis_, que había leído poco antes, y cómo el Señor alentó al hombre por la nariz soplo de vida, y se imaginó que se la quitase por manera análoga. Y luego se figuraba que a aquella pobre hospiciana, cuyo sentido de vida no comprendía, le quitó Dios la vida de un beso, posando sus infinitos labios invisibles, los que se cierran formando el cielo azul, sobre los labios, azulados por la muerte, de la pobre muchacha, y sorbiéndole el aliento así.
Y ahora quedábase Gertrudis con sus cinco crías, y bregando, para la última, con amas.
El mayor, Ramirín, era la viva imagen de su padre, en figura y en gestos, y su tía proponíase combatir en él desde entonces, desde pequeño, aquellos rasgos e inclinaciones de aquel que, observando a éste, había visto que más le perjudicaban. «Tengo que estar alerta--se decía Gertrudis--para cuando en él se despierte el hombre, el macho más bien, y educarle a que haga su elección con reposo y tiento.» Lo malo era que su salud no fuese del todo buena y su desarrollo difícil y hasta doliente.
Y a todos había que sacarlos adelante en la vida y educarlos en el culto a sus padres perdidos.
¿Y los pobres niños de la hospiciana? «Esos también son míos--pensaba Gertrudis--; tan míos como los otros, como los de mi hermana, más míos aún. Porque éstos son hijos de mi pecado. ¿Del mío? ¿No más bien el de él? ¡No, de mi pecado! ¡Son los hijos de mi pecado! ¡Sí, de mi pecado! ¡Pobre chica!» Y le preocupaba sobre todo la pequeñita.
XVII
GERTRUDIS, molesta por las insinuaciones de don Juan, el médico, que menudeaba las visitas para los niños, y aun pretendió verla a ella como enferma, cuando no sabía que adoleciese de cosa alguna, le anunció un día hallarse dispuesta a cambiar de médico.
--¿Cómo así, Gertrudis?
--Pues muy claro: le observo a usted singularidades que me hacen temer que está entrando en la chochera de una vejez prematura, y para médico necesitamos un hombre con el seso bien despejado y despierto.
--Muy bien; pues que ha llegado el momento, usted me permitirá que le hable claro.
--Diga lo que quiera, don Juan, mas en la inteligencia de que es lo último que dirá en esta casa.
--¡Quién sabe!...
--Diga.
--Yo soy viudo y sin hijos, como usted sabe, Gertrudis. Y adoro a los niños.
--Pues vuélvase usted a casar.
--A eso voy.
--¡Ah! ¿Y busca usted consejo de mí?
--Busco más que consejo.
--¿Que le encuentre yo novia?
--Yo soy médico, le digo, y no sólo no tuve hijos de mi mujer, que era viuda, y perdimos el que ella me trajo al matrimonio, ¡aún le lloro al pobrecillo!, sino que sé, sé positivamente, sé con toda seguridad, que no he de tener nunca hijos propios, que no puedo tenerlos. Aunque no por eso, claro está, me sienta menos hombre que otro cualquiera; ¿usted me entiende, Gertrudis?
--Quisiera no entenderle a usted, don Juan.
--Para acabar, yo creo que a estos niños, a estos sobrinos de usted y a los otros dos acaso...
--Son tan sobrinos para mí como los otros, más bien hijos.
--Bueno, pues que a estos hijos de usted, ya que por tales les tiene, no les vendría mal un padre, y un padre no mal acomodado y hasta regularmente rico.
--¿Y eso es todo?
--Sí, que yo creo que hasta necesitan padre.
--Les basta, don Juan, con el Padre nuestro que está en los cielos.
--Y como madre usted, que es la representante de la Madre Santísima, ¿no es eso?
--Usted lo ha dicho, don Juan, y por última vez en esta casa.
--¿De modo que...?
--Que toda esa historia de la necesidad que siente de tener hijos y de su incapacidad para tenerlos, ¿le he entendido bien, don Juan?
--Perfectamente, y esto último, por supuesto, quede entre los dos.