La segunda casaca

Part 14

Chapter 143,997 wordsPublic domain

Inmediatamente dio órdenes a su doncella para que me trajese lo que tan imperiosamente pedía mi pobre cuerpo. Ella misma tendió un mantelito en el velador de aquella estancia, que era la suya, y me iba poniendo delante los platos, amenizando el festín con discretas observaciones y celestiales sonrisas. Yo caí sobre los manjares como el tigre sobre su presa.

—Perdone usted si como groseramente —le dije—. Un condenado a muerte tiene derecho a prescindir de ciertas reglas.

—¡Parece mentira! —exclamó—. ¡Usted revolucionario, usted liberal!...

—Señora, no haga usted caso de infames calumnias. Mis enemigos discurren infernales embustes para perderme. Ya disiparé yo las nubes que empañan el limpio sol de mi reputación. Deje usted que pase este chubasco...

—Triunfen o no los revolucionarios —dijo ella sentándose frente a mí y apoyando el codo en la misma mesa donde yo comía—, lo cierto es que los conspiradores lo pasarán mal. Casi todos están presos, ¿no es verdad?

—Creo que sí.

—Sin embargo, no se oye decir que ajusticien a ninguna persona conocida.

—Incomparable está esta gallina —repuse, más atento a la reparación de mis fuerzas que a la suerte de los conspiradores.

Cuando empecé a reponerme y a sentirme dueño de mí mismo, fijáronse mis ojos con singular deleite en la hermosísima figura que tenía delante de mí. Nunca me había parecido Jenara tan bella. En la nueva mansión su hermosura soberana se realzaba con el lujo que el generoso marido había acumulado allí, labrando de este modo el único estuche digno de alhaja tan preciosa. Fuera por una irradiación admirable de la privilegiada naturaleza de Jenara, fuera porque la casa era en realidad muy linda, todo lo que veían mis ojos tenía el más puro sello artístico. Cuadros, tapices, muebles, cornucopias, ofrecían mil formas encantadoras que extasiaban la vista. El oro y el blanco, las tintas brillantes admirablemente armonizadas, llevaban los ojos de sorpresa en sorpresa. Los excesos del lujo, que generalmente traen el mal gusto, eran allí, o al menos a mí me lo parecía, un esfuerzo sublime de la imaginación, comedida siempre en su delirio.

En su propia persona los encantos de Jenara eran, como siempre, superiores; pero allí su grave y dulce sencillez brillaba más que cuando vivía en mi casa. Siempre tuvo el raro instinto de ataviarse elegantemente, y la no aprendida ciencia, por la cual una mujer privilegiada sabe estar preciosa con el adorno más insignificante. Aquella tarde en que me dio de comer, vestía con la negligencia cuidadosa que parece han de emplear las que siempre quieren estar bien, aun sabiendo que nadie ha de verlas. Sobre su cuerpo no había más que dos colores, el blanco y el negro; este en una copiosa sarta de cuentas que pendían de su cuello, adorno muy usado entonces. Su traje blanco, conjunto delicado de graciosos caprichos de aguja, de pliegues y rizos, era un plumaje maravilloso, que a causa de la estrechez de los talles de entonces, cubría delicadamente sus incomparables formas sin desfigurarlas, respetando cuanto el divino cincel modeló en aquel hermoso barro humano, es decir, no aplastando ningún bulto, ni llenando ningún hueco, ni alterando con importuno arte la más acabada estatua en cuyo tibio mármol han vibrado nervios, y corrido, por las azules venas, hilos de impetuosa sangre.

Cuando se movía de aquí para allá trayéndome lo que yo había de comer, parecía una hechicera de magia, que cuidaba de mí, niño extraviado en la caverna, entre maravillosas transformaciones: primero maltratado por ogros horribles, después mimado y agasajado por las blancas manos de las hadas. Caía la tarde, y la dulce luz crepuscular que entraba en la estancia por las ventanas abiertas al patio y a la calle de _Aunque os pese_, derramaba en torno mío, entre ella y yo, una dulce onda de tristeza. Cuando yo concluía de comer, sentose, como he dicho, frente a mí, apoyando el codo en la mesa y la mejilla en el puño. En primer término yo veía un brazo que a ninguno otro puede compararse, blanco, torneado, de una pureza y corrección admirables. Distinguíanse en la suave penumbra de lo interior de la manga las morbideces del antebrazo que se perdía al fin entre la batista, seguido hasta lo último por mi ansiosa vista. Tenía los ojos medio cerrados. No sé por qué todo allí era tristeza. Yo exhalé un suspiro tan hondo, que Jenara se conmovió cual si oyese un grito.

—¿Qué tiene usted? —me dijo.

—Estaba pensando, señora mía, que el señor don Carlos, mi antiguo amigo y esposo de usted, es el hombre más feliz de la tierra.

—¿Por qué?

—Porque es dueño de tanta hermosura.

Jenara hizo un gesto de desdén.

—Pero no sabe apreciar su felicidad, señora mía —añadí—, y con sus ridiculeces y manías mortifica a este ángel de gracia y bondad.

—Galán está usted —me dijo sonriendo—. No extraño que usted hable así de Carlos. Todo el mundo conoce lo mal que me trata. Ni siquiera tiene el tacto de guardar para mí sola sus impertinencias, sino que delante de los amigos suele ofenderme...

—Él mismo confiesa que es un bruto; pero su alma y su corazón son excelentes. Procure usted domesticarle, y...

—No sirvo para domadora —me contestó, moviendo con insistencia su linda cabeza—. Él se cansará o se corregirá. ¿Qué puedo hacer para convencer a un hombre que se encariña con sus errores y con sus sospechas? Cuando alguien intenta quitárselas, Carlos se enoja como si le quisieran robar un tesoro.

—Sí, muy bien dicho. Es avaro de sus tenacidades y equivocaciones. ¡Cabeza de granito! Se estrellará, pero no dirá jamás: «me equivoqué.»

—Esto tiene que concluir de un modo o de otro. Es imposible vivir así. Cada día una cuestión; cada hora una disputa. ¿Y por qué? Por nada, por fantasmas. Sepa usted que el cerrar los ojos y el abrirlos es en mí un indicio de infidelidad, según mi marido. Aprenda usted a tener perspicacia.

—¡Detestable sistema es ese! Conozco algunos maridos que por buscar tres pies al gato, han hallado los cuatro. Mucho cuidado, señor Garrote, vais por mal camino... No crea usted: yo le reprendí; le dije media docena de verdades... pero no hace caso. Tiene a gloria el equivocarse. En disparatar consiste su orgullo.

—Ahora con estas cosas de la revolución que viene, está insoportable —dijo la dama con ademán ponderativo—. No se le puede resistir... Paso los días entre el temor y la tristeza, asustada cuando le espero y creo que va a llegar, triste cuando estoy sola. Con él tiemblo; sola me aburro. ¿Puede haber situación más horrible? Ha de saber usted que Carlos con sus impertinencias ha llegado a lo que nunca creí, a malquistarme con mi abuelo, que también sospecha, también. Figúrese usted si será deliciosa mi existencia. Ellos dos, es decir, toda mi familia, están contra mí. A mi lado no hay nadie más, ni hermanos, ni hijos, ni siquiera amigos... Las amistades, cualesquiera que sean, me están prohibidas... ¿No es verdad que soy digna de lástima? La cabeza hecha un volcán y el corazón vacío, enteramente vacío.

—¡El corazón vacío!, es decir, holgazán... ¿Qué de cosas no discurrirá el muy tunante para poder entretenerse... eh?

En el mismo instante sentimos ruido de voces y pasos en el interior de la casa.

—¡Carlos! —exclamó Jenara con el mayor sobresalto.

—¡Jesús, María y José! —dije yo sintiendo que flaqueaban mis piernas—. ¿Dónde me escondo, dónde?

—Váyase usted. Está usted perdido si él le ve.

Jenara y yo, llenos de confusión, no sabíamos qué partido tomar.

—Escóndase usted aquí —me dijo la dama, mostrándome un armario, que abrió precipitadamente—. Después saldrá usted.

Escurrime dentro. Yo no era hombre, yo era un papel. Creo que me hubiera metido entre dos platos. De tal modo me hacía flexible el miedo.

Poco después de esconderme, entró Carlos. Yo no le veía; pero le sentía. El resoplido de la fiera, llegando a mis oídos, me ponía los cabellos de punta. Acompañábale uno de sus amigos, el llamado Zugarramurdi, que era el más bruto. Estuvieron los tres en silencio durante breve rato. Sin duda Carlos estudiaba el semblante de su mujer.

—Jenara —dijo al fin—, el portero me ha dicho que entró hace poco un hombre y que no ha salido.

—¡Un hombre!... —repuso ella—. No sé...

Su voz temblaba.

—¡Singular cosa! —dijo Carlos con marcado acento de ironía—. Pero como en estos tiempos hay tantos ladrones...

—Se registrará la casa —indicó con bronca voz el amigo.

Yo me quedé yerto; yo era un cadáver.

—Como no sea... —murmuró Jenara—. Sí... hace poco estuvo aquí un señor, preguntando...

—¿Preguntando qué? —vociferó Garrote—. Sosiégate, mujer... te doy tiempo para que medites lo que quieras decirme... No se ocurren siempre buenas ideas para ocultar la verdad. Los más listos se turban... ¿Conque entró uno preguntando...?

Sentí el chasquido de los maderos de la silla en que la bestia se sentó.

—Un hombre, no sé quién... —continuó Jenara en tono más tranquilo y algo altanero—. Si no lo quieres creer, no lo creas. Me parece que era el que anoche fue contigo en busca de Pipaón.

Hubo una pausa. ¿Le convencería?

—¡Pipaón! —dijo el amigo—. Juraría que le encontramos hoy en la calle.

—¿Y por qué no me lo dijiste? —repuso Carlos con violencia—. ¿Crees que me importa pescar en medio de la calle a un sapo, liarle una cuerda a los brazos y llevarle a la Superintendencia de policía?

Yo daba diente con diente.

—Pues sí —dijo la dama con voz serena—, ese creo que era...

Y deseando variar de conversación, añadió:

—¿En dónde has dejado al abuelo?

—Fue solo al Príncipe, a comprarte billetes para esta noche.

—¿Qué función es?

—Una ópera nueva, una sandez, qué sé yo —dijo Zugarramurdi.

—Se llama _La inútil presunción_ o _El barbero de Sevilla_, por un tal Rufini o Rossini —gruñó Carlos con detestable humor.

—Anoche se estrenó: es un sainete ridículo, según me han dicho —añadió el amigo—. Un tutor estúpido, un barbero sin vergüenza, una pupila descocada, un amante que se finge soldado borracho para meterse en la casa, después se hace maestro de música, y luego entra por el balcón.

—Por el balcón —repetí yo, apropiándome con calenturiento afán aquella idea.

De repente Carlos, que sin duda no estaba para pensar en óperas, dijo levantándose:

—¿Cerré yo la puerta interior al marcharme?

—Creo que sí —dijo el amigo—. Lo mejor será registrar la casa. Hay ahora tantos ladrones...

Carlos y su camarada salieron.

Al verse sola, Jenara abrió precipitadamente el armario, y me dijo:

—Esta farsa no puede seguir... ¡qué compromiso!... Es preciso que yo diga la verdad a mi esposo... Ya no es fácil que usted pueda marcharse...

—¡Señora!... ¡por compasión!

—La verdad, más vale decir la verdad... ¿A qué vienen estos enredos?... Bastantes tengo con los que él inventa...

—¡Señora!... ¡por piedad! —exclamé de rodillas.

Y me dirigí al balcón que daba al patio.

—Por aquí —dije asomándome para medir la distancia.

—¡Que se estrella, hombre!

Felizmente el descenso era muy fácil. Había bajo el balcón una alta ventana con reja de hierro, que casi era una escalera. No lo pensé más.

—Se puede, sí, se puede —dijo la dama—. ¡Pronto, abajo! Por fortuna no hay nadie en el patio ni en las cuadras... La puerta que da a la calle de _Aunque os pese_ está siempre abierta.

Lieme la capa en la cintura, y con presteza sin igual me deslicé, sin más contratiempo que algunas rozaduras en las manos. Embozándome hasta los ojos, salí sin obstáculo a la calle; pero no había dado dos pasos, cuando vi al señor de Baraona que atentamente me observaba. No quise detenerme, y apreté a correr, repitiendo lo de marras:

—Ahí me las den todas.

XXIV

—Salvadorcillo, albricias —dije a mi amigo entrando en la cueva del señor Mano—, todo va bien; la revolución marcha. Madrid ofrece un aspecto imponente... ¡Si vieras qué cosas me han pasado!... ¡qué aventuras!... ¡qué peligros!... soy un héroe. Pero, en fin, he comido como un príncipe. ¿A que no sabes dónde? Pues en casa de tus amigos los Baraonas. Jenara, con sus propias manos divinas, me sirvió de comer.

—¿En dónde viven ahora? —me preguntó Salvador con indiferencia.

—En la calle de _Sal si puedes_... bonito nombre... aquí cerca.

—Te lo pregunto porque quizás me dé una vuelta por allá.

—Me alegraré de que busques camorra a esa canalla. Pero aguarda a que triunfe el pronunciamiento. Entonces les meteremos en un puño. Cuando la policía sea nuestra, es preciso tomar venganza. Enviaremos a Garrote a presidio, y a Baraona a una casa de locos.

Monsalud se estaba arreglando y vistiendo. Habíale proporcionado Mortero un vestido de majo, como el mío, pero mucho más elegante: marsellés nuevo, calzas y pantalones negros, capa de grana y sombrero redondo. Su figura no podía ser más hermosa.

—¿Vas a salir esta noche? Te acompañaré. Me aburre este agujero. En Madrid se respira, amigo mío, el aliento sulfúreo de la revolución. La conmoción viene, el trueno retumba ya muy cerca.

Salimos juntos. Habíase disipado en gran parte mi miedo, y la compañía de Monsalud me confortaba más. Desde los primeros encuentros con varias personas conocidas, comprendimos que no corría ya gran peligro nuestra libertad. Tremendas eran las noticias para el absolutismo, y según dijeron, se preparaba para el día siguiente un decreto haciendo concesiones y prometiendo reunir Cortes. Tanta cobardía inflamaba más a los revolucionarios.

Visitamos aquella noche con el mayor descaro algunas tertulias, que no eran otra cosa que las mismas reuniones perseguidas por Don Buenaventura. Con la súbita esperanza de triunfo, la revolución había arrojado la máscara y se burlaba del gobierno. En este no había un solo ministro apto para hacer frente a suceso tan grave. Hombres todos de miserable espíritu, no servían más que para la adulación. Todo Madrid se reía de ellos. Los conspiradores que no estaban presos, afectaban en las calles y en sitios públicos un desprecio a la autoridad que rayaba en desvergüenza.

Al día siguiente, tranquilos ya con el aspecto que tomaban las cosas, abandonamos Salvador y yo el escondrijo del señor Mano de Mortero, y tuvimos hospitalidad en casa de un amigo. Era el 6 de marzo, cuando llegó la noticia de la sublevación de las tropas que estaban en Ocaña. El júbilo y osadía de los revolucionarios eran tan grandes, que por momentos se temía en Madrid un alzamiento popular. La atención de todos se fijaba en la guarnición de Madrid, formada de algunos regimientos de la guardia y de otros de línea. En Palacio, según me dijo el señor Villela, a quien encontré en un estado de indecisión extraordinaria, todo era tumulto y azoramiento. La reina Amalia lloraba; el rey bufaba de ira, y los palaciegos iban y venían consternados, sin saber si pondrían la vela al santo o al demonio, o a entrambos a la vez, que era lo más seguro. Escondíanse el duque de Alagón y los demás favoritos, y diversos personajes, oscurecidos u olvidados por la corte, se presentaban llamados por el rey, o espoleados por su propia ambición.

Desde que amaneció el día 7, Madrid ofrecía el aspecto propio de los días en que va a pasar algo extraordinario. Inútil es decir que desde muy temprano recorrí yo las principales calles, en unión de algunos individuos que iban sembrando la semilla del tumulto de barrio en barrio. Recordaba yo las escenas famosas del 1.º de mayo de 1814, y me parecía que nada había cambiado. Las caras eran las mismas; los gritos, parecidos. Ciertamente, la idea era distinta; pero como la idea no se ve, de aquí la ilusión.

No hay cosa más parecida a un motín absolutista que un motín revolucionario. Se asemejan como una calabaza a otra. No trabajar, cerrar las tiendas, salir chillando, derribar lápidas y letreros, injuriar a los caídos, proclamar nombres nuevos, levantar ídolos, mezclar tal o cual arranque generoso a salvajes actos, esto fue lo que vi en 1814, y lo que se repitió ante mis ojos en 1820. En una y otra época, por rara coincidencia, fui agente eficaz en el movimiento, y las dos veces mi astuto aguijón pinchó a la bestia feroz para que gruñese. Antes había gruñido en las Cortes; ahora debía gruñir en Palacio.

Comprendiendo la gravedad del asunto y la conveniencia de que el trabajo de seis años no se malograse, desplegué aquella mañana facultades verdaderamente maravillosas que llenaron de asombro a los revolucionarios viejos. Ya se comprenderá que los nuevos éramos atroces. No perdonábamos.

Debo advertir que en marzo de 1820 yo notaba en la población un movimiento mucho más espontáneo y general que en mayo de 1814. Todos los tenderos, todo el comercio alto y bajo de los barrios del sur y del centro se asociaba al impulso con una franca y natural alegría que me llenó de admiración. En los empleados, en todo el personal de la clase media, había un sentimiento de simpatía que más tarde llegó a manifestarse en hechos. Marcáronse, pues, en aquel día dos corrientes: la corriente natural de las personas de buena fe que se alegraban del cambio previsto, y la corriente del tumulto, que tenía encargo de vociferar y hacer demostraciones locas. Ambas se mezclaban y juntas invadían las calles, llenando los aires con sordo mugido, sin que se pudiese determinar dónde acababa el oro y empezaba el plomo. En la generalidad de la población resplandecía la más franca hombría de bien, una especie de candor revolucionario, si así puede decirse; un júbilo patriarcal que era del mejor augurio.

Por la tarde, la muchedumbre formaba una apretada masa en los alrededores de Palacio. Escenas bulliciosas de animación, de risas, de plácemes, de gritos, de palabrillas un poco jacobinas, alegraban las calles del Arenal y Mayor.

«Que el rey juraba.

»Que el rey no deseaba otra cosa que jurar.

»Que los ministros y palaciegos eran unos tunantes, y Fernando el hombre mejor del mundo.

»Que, a Dios gracias, nos íbamos a ver libres de pillos.

»Que en aquellos momentos se estaba formando un nuevo gobierno.

»Que por la noche la guarnición de Madrid, inclusa la Guardia Real, debía apoderarse del Retiro, para desde allí enviar una diputación al rey pidiéndole el juramento consabido.

»Que la reina decía entre lágrimas y suspiros que la habían engañado, y que se quería volver a Sajonia.

»Que Ballesteros, recién llegado por mandato del rey, había dicho que nada se podía hacer ya.

»Que los señorones de la corte opinaban que no era cosa de trastornar al reino y de pasar sustos por un juramento de más o de menos.»

Esto y otras cosas que omitimos decía la gente. Yo no quise hacer demostraciones en público; pero me daba a conocer a todos mis amigos, no recatándome de nadie, porque ya no había para qué. Con los liberales me hacía el exaltado, y con los templados el indiferente.

Cerca de Palacio, la multitud prorrumpía en desaforados gritos: allí estaba nuestra gente pidiendo a voces con tanto ardor la Constitución y el juramento, que parecía no poderse pasar ni una hora más sin ello. Pero los balcones de Palacio permanecían cerrados; no se veía ni aun la nariz del infante don Carlos, generalísimo de los ejércitos.

Iba cayendo la tarde, y no había novedad. Algunos jinetes de la guardia decían al pueblo que se retirase. Su actitud no era hostil, sino tan conciliadora que despertaba general simpatía. La guardia, que tanto dio que hacer después, estaba aquel día como un guante. Verdad es que aquel día era extraordinario por la generalización súbita de los sentimientos liberales. Había contagio sin duda. Los exaltados contaminaban a los tibios; los tibios a los indiferentes; los hombres a las mujeres; estas a los niños, y los niños a los pájaros, que de rama en rama piaban _Constitución_.

La noche enfrió el entusiasmo de muchos; pero exacerbó más el furor de otros. Aquellos que a toda costa deseaban una escena y la pedían y la estaban buscando, no querían irse a sus casas sin saber la determinación de Su Majestad. Diversas comisiones entraron en Palacio; pero el pueblo ignoraba todo. Por eso cuando corrieron voces de que era inútil esperar nada positivo hasta la mañana siguiente, un bramido de despecho circuló de un cabo a otro. Gracias a que nuestro pueblo es dócil, poco exigente, humilde, y conserva sentimientos de profundo respeto al trono en medio de sus más soeces expansiones, que si no fuera así, algo grave habría ocurrido aquella noche.

Mientras los vecinos se iban a sus casas, a las tertulias o a los cafés, los que mangoneábamos en la maquinaria oculta del alboroto popular, azuzábamos a los beneméritos patriotas para que manifestasen sus altas dotes, ora rompiendo algunos vidrios absolutistas, ora entonando canciones que a toda prisa improvisaron ramplonas musas. Todo lo hicieron a pedir de boca; pero aquello donde más lució su destreza fue la algazara que armaron en la plaza Mayor al poner una lapidilla provisional, que más tarde fue sustituida por otra de mármol. Diversas turbas, roncas a fuerza de gritos y aguardiente, daban vivas a la Constitución, y había grupos carnavalescos, semejantes a los que forman los gallegos la víspera de los santos Reyes.

Aquella vez, entre lucientes antorchas, no llevaban escaleras, sino el libro de la Constitución, abierto o izado en un palo. La gracia de esta apoteosis consistía en hacer que todo transeúnte besase el libro, previa inclinación del palo hacia el suelo. Se obligaba a los transeúntes a ponerse de rodillas, siendo de notar que la mayor parte lo hacían de muy buen grado. Fuera de este inocente desahoguillo, no hubo ningún exceso aquella noche, ni se vertió sangre, ni nadie fue arrastrado, ni se realizó ninguno de aquellos siniestros augurios que en tiempo de la conspiración se hacían. Todo era como un juego de chiquillos.

Así pasó la noche. Ya no tuve recelo de entrar en mi casa, en la cual encontré a dos o tres polizontes, que me recibieron sombrero en mano, con exagerados cumplidos y servilismo. Yo les miré con altanería, y entonces cada uno de ellos me rogó que le proporcionase un ascenso, puesto que ya de vencido me trocaba en vencedor y estaría pronto en candelero. Prometiles a tan guapos chicos mi favor, y se despidieron asegurando que si el nuevo gobierno les mandaba prender a don Buenaventura, lo harían de mil amores. Por último, les recomendé que al día siguiente muy de mañana saliesen por las calles dando vivas a la Constitución y a la Libertad; que vigilasen la casa de Baraona, por ver si entraban en ella gentes sospechosas, y que se pusiesen en todos los sucesos del día al lado de los buenos y ardientes patriotas.

El 8 fue día de júbilo, de triunfo, de algazara, de expansión incomparable. El pueblo, más niño en las buenas que en las malas, parecía haber recibido un juguete por mucho tiempo deseado. Viendo entusiasmo tan sincero, ¡quién creería que bien pronto el muñeco había de ser hecho pedazos por las mismas manos que entonces le recibían! Todo estaba consumado: triunfante la revolución; lo de arriba había pasado abajo, y lo de abajo arriba; la cabeza era pie, y el pie cabeza; la soberanía del pueblo, representada en un papel escrito, había subido al majestuoso cénit del estado, echando de allí a la soberanía real para ponerla debajo. La gran jugarreta que hacen los siglos a los siglos estaba consumada, y el hoy había triunfado sobre el ayer. El monarca de derecho divino, el escogido de Dios, se había prosternado moralmente ante los gallegos, que, cual comparsa de noche de Reyes, recorrían las calles con escobas encendidas, y había besado de rodillas el libro puesto en un palo. Ya era público el famoso decreto del 7 de marzo, y desde muy temprano no había ciudadano de la improvisada nación constitucional que no repitiese el _me he decidido a jurar la Constitución promulgada por las Cortes generales y extraordinarias de 1812. Tendreislo entendido... etc..._

XXV