La Regenta

Part 33

Chapter 33 4,081 words Public domain Markdown

Desde Pascua florida hasta el equinoccio de otoño próximamente, los curas se quedaban casi solos en el Espolón; pero en Octubre volvían algunas señoras que tenían miedo a la humedad y a _la influencia del arbolado_ allá arriba en el paseo de Verano. La tarde en que el carruaje de los Vegallana dejó al Magistral a la entrada del Espolón, paseaban allí muchos clérigos y no pocos legos de edad y respetabilidad, pero pocas señoras. Sin embargo, las que había bastaron para comentar con abundancia de escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el Magistral de la carretela de los Vegallana donde todas con sus propios ojos--cada cual--le acababan de ver al lado de la Regenta. «En nombrando el ruin de Roma...», habían dicho muchos al ver aparecer la carretela. Los curas, valga la verdad, también hablaban del suceso _inopinado_, como lo llamaba Mourelo. El ex-alcalde Foja se paseaba en medio del Arcediano, el ilustre Glocester, y del beneficiado don Custodio, el más almibarado presbítero de Vetusta. No solía el liberal usurero acompañarse de sotanas, pero aquella tarde había juntado a los tres enemigos del Magistral la importancia de los acontecimientos.

--¡Qué desfachatez!--decía Foja.

--Es un insensato; no sabe lo que es diplomacia, lo que es disimulo--advertía Mourelo.

--Y yo que no quería creer a usted cuando me decía que se había quedado a comer con ellos....

--¡Ya ve usted!--exclamó Glocester triunfante.

--¿Y a dónde van los otros?

--Al Vivero, de fijo; ya sabe usted... a brincar y saltar como potros....

--¡Esas son las clases conservadoras!

--No, señor; esa es la excepción....

--Y mire usted que venir en carruaje descubierto....

--Y junto a ella...--Y apearse aquí--se atrevió a decir el beneficiado.

--Justo; tiene razón este... apearse aquí...

--Señor Arcediano, permítame usted decirle que su colega de usted está dejado de la mano de Dios.

--¡Ya lo creo! ¡ya lo creo! y lo siento.... Pero ese Obispo, ese bendito señor.... En fin, ¿qué quiere usted?--indicó Glocester sonriendo con malicia.

En aquel momento se le ocurrió una frase y para exponerla a su auditorio con toda solemnidad se detuvo, extendió la mano, como separando a los otros dos, y echando el cuerpo del lado de Foja le dijo al oído, a voces:

--¡Amigo mío, de todo ha de haber en la Iglesia de Dios!

Rieron los otros el chiste, y no cesaron las carcajadas, hasta que el Magistral pasó al lado de los murmuradores. Los dos clérigos le saludaron muy cortésmente y Glocester dando un paso hacia él, le acarició con una palmadita familiar sobre el hombro.

La envidia se lo comía, pero Glocester no era hombre que gastase menos disimulo. O era diplomático o no lo era.

El Magistral se contentó con escupirle para sus adentros.

Dio algunas vueltas solo, saludando a diestro y siniestro con la amabilidad de costumbre, por máquina, sin ver apenas a quien saludaba. Llevaba el manteo terciado sobre la panza, que comenzaba a indicarse; y mano sobre mano--ya se sabe que eran muy hermosas--a paso lento (que buen trabajo le costaba, muy de buen grado hubiera echado a correr... detrás de los coches del Marqués) anduvo por allí un cuarto de hora desafiando humildemente las miradas de todos, seguro de que todos o los más hablaban de él; y de la confesión de dos horas o tres o cuatro. «¡Sabría Dios cuántas serían ya!--Aquel Glocester y su don Custodio habrían tenido buen cuidado de hacer rodar la bola.... ¡Las cosas que dirían ya los enemigos! Pero ¿qué le importaba a él? Lo que ahora le pesaba era no haber seguido al Vivero; ¡de todos modos habían de murmurar los miserables! y en cuanto a las personas decentes, las que a él le importaban, esas no habían de creer nada malo porque él, como hacía Ripamilán, como habían hecho otros sacerdotes, fuese a las posesiones de Vegallana».

Algunos amigos verdaderos, o por lo menos partidarios declarados del Magistral, paseaban por el Espolón; pero no se atrevían a acercarse al ilustre Vicario general; llevaba cara de pocos amigos, a pesar de su sonrisita dulce, clavada allí desde que se veía en la calle. Así como a los delicados de la vista la claridad les hace arrugar los párpados, a don Fermín le hacía sonreír; parecía aquella sonrisa con que siempre le veía el público, un efecto extraño de la luz en los músculos de su rostro.

Pero esto no engañaba a los que le conocían bien--los más muy a su costa--. El primero que se atrevió a acercarse fue el Deán que llegaba entonces al paseo. El mismo De Pas le salió al encuentro. El Deán no hablaba casi nunca, y paseando menos. Se emparejaron y don Fermín siguió como si estuviera solo. Se acercó después el canónigo pariente del ministro y hubo que hablar y en seguida se agregó un _obispo de levita_ (frase que hacía fortuna por aquella época) y la conversación se animó; se habló de política y de intrigas palaciegas; de mil cosas que le parecían al Magistral necedades, dicharachos indignos de sacerdotes. «¿Pero y él? ¿en qué iba pensando él? Aquello sí que era pueril, ridículo y hasta pecaminoso. ¿Pues no se había puesto a fijarse, porque iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas de sus colegas, y en los suyos, y no estaba pensando que el traje talar era absurdo, que no parecían hombres, que había afeminamiento carnavalesco en aquella indumentaria...? ¡mil locuras! lo cierto era que le estaba dando vergüenza en aquel momento llevar traje largo y aquella sotana que él otras veces ostentaba con majestuoso talante. Si a lo menos tuviera una abertura lateral, como algunas túnicas... pero entonces se verían las piernas--¡qué horror!--, los pantalones negros, el varón vergonzante que lleva debajo el cura».

--¿Qué opina usted?--le preguntó el obispo laico en aquel instante, deteniéndose, poniéndosele delante para intimarle la respuesta.

No sabía de qué hablaban, se le había ido el santo al cielo con los cortes de la sotana.

--La verdad es que la cuestión--dijo--la cuestión... merece pensarse.

--¡Pues eso digo yo!--gritó el otro, triunfante, y le dejó seguir andando.

--¿Ven ustedes? el señor Provisor opina lo mismo que yo; dice que merece estudiarse la cuestión, que es ardua... ¡yo lo creo!

El Magistral respiró; pero antes de exponerse a otra pregunta _inopinada_, como diría Mourelo, se despidió de aquellos señores asegurando que tenía que hacer en Palacio.

No podía más; aquella tarde la compañía de sus colegas le asfixiaba; toda aquella tela negra colgando le abrumaba; podía decir cualquier desatino si continuaba allí. Y se marchó a paso largo. Su última mirada fue para la lontananza del camino del Vivero por donde había visto desaparecer entre nubes de polvo los coches.

«¡Estamos buenos!» iba pensando por las calles. Era enemigo de dar nombres a las cosas, sobre todo a las difíciles de bautizar. ¿Qué era aquello que a él le pasaba?

No tenía nombre. Amor no era; el Magistral no creía en una pasión especial, en un sentimiento puro y noble que se pudiera llamar amor; esto era cosa de novelistas y poetas, y la hipocresía del pecado había recurrido a esa palabra santificante para disfrazar muchas de las mil formas de la lujuria. Lo que él sentía no era lujuria; no le remordía la conciencia. Tenía la convicción de que aquello era nuevo. ¿Estaría malo? ¿Serían los nervios? Somoza le diría de fijo que sí».

«De todas maneras, había sido una necedad, y tal vez una grosería, haber desairado a aquellas señoras. ¿Qué estarían diciendo de él en el Vivero?».

Subía el Magistral por las primeras calles de la Encimada, pasó por la puerta del Gobierno civil y allá dentro, en medio del patio, vio un pozo que él sabía que estaba ciego. Se acordó de que Ripamilán le había hablado varias veces de un pozo seco que había en el Vivero. Paco Vegallana, Obdulia, Visita y demás gente loca--había dicho el Arcipreste--se entretienen en cortar helechos, yerbas, ramas de árboles y arrojarlo todo al pozo, y cuando ya llega la hojarasca cerca de la boca... ¡zas! se tiran ellos dentro, primero uno, después otro y a veces dos o tres a un tiempo.... Al mismo Ripamilán, con toda su respetabilidad, le habían hecho descender a aquel agujero, y por cierto que para sacarlo se había necesitado una cuerda.... El Magistral tenía aquel pozo, que no había visto, delante de los ojos, y se figuraba a Mesía dentro de él, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos ¡esperando la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!... ¿Tendría ella tan reprensible condescendencia? ¿Se dejaría echar al pozo? Don Fermín estaba en ascuas. ¿Qué le importaba a él? Pues estaba en ascuas.

Andaba a la ventura, sin saber a dónde ir. Se encontró a la puerta de su casa. Dio media vuelta y, seguro de que nadie le había visto, apretó el paso bajando por un callejón que conducía a la plazuela de Palacio, a la Corralada.

«¡Mi madre! pensó. No se había acordado de ella en toda la tarde».

¡Había comido fuera de casa sin avisar! doña Paula consideraba esta falta de disciplina doméstica como pecado de calibre. Pocas veces los cometía su hijo, y por lo mismo la impresionaban más.

«¡Cómo no se me ocurrió mandarle un recado! pero... ¿por quién? ¿no era ridículo decirle a la Marquesa: señora necesito que mi madre sepa que no como hoy con ella? Aquella esclavitud en que vivía... contento, sí, contento, no le humillaba... pero no convenía que la conociese el mundo. Y ahora, ¿por qué no se había quedado en casa? Bastante tiempo había pasado fuera... ¿volvería pie atrás, desafiaría el mal humor de su madre? No, no se atrevía; no estaba el suyo para escenas fuertes, le horrorizaba la idea de una filípica embozada, como solían ser las de su madre, de un discurso de moral utilitaria.... De fijo le hablaría de las necedades que le habían contado por la mañana.... Y si le decía: he comido... con la Regenta, en casa del Marqués, ¡bueno iba a estar aquello! Pero, Señor ¡qué luego, qué luego había empezado la gentuza, la miserable gentuza vetustense a murmurar de aquella amistad! ¡en dos días todo aquel run run, su madre con los oídos llenos de calumnias, de malicias, y el alma de sospechas, de miedos y aprensiones!... ¿y qué había? nada; absolutamente nada; una señora que había hecho confesión general y que probablemente a estas horas estaría metida en un pozo cargado de yerba seca en compañía del mejor mozo del pueblo. ¿Y él qué tenía que ver con todo aquello? ¡Él, el Vicario general de la diócesis! ¡Oh, sí! volvería a casa, se impondría a su madre, le diría que era indecoroso insistir en sospechar, procurar disimulos, borrar apariencias, ¿para qué? él no tenía nada que tapar en aquel asunto; no era un niño, despreciaba la calumnia, etc».

Entró en palacio. La sombra de la catedral, prolongándose sobre los tejados del caserón triste y achacoso del Obispo, lo obscurecía todo; mientras los rayos del sol poniente teñían de púrpura los términos lejanos, y prendían fuego a muchas casas de la Encimada, reflejando llamaradas en los cristales.

El Magistral llegó hasta el gabinete en que el Obispo corregía las pruebas de una pastoral.

Fortunato levantó la cabeza y sonrió.

--Hola, ¿eres tú? Don Fermín se sentó en un sofá. Estaba un poco mareado; le dolía la cabeza y sentía en las fauces ardor y una sequedad pegajosa; se ahogaba en aquel recinto cerrado y estrecho; el alcohol le había perturbado. Nunca bebía licores y aquella tarde, distraído, sin saber lo que estaba haciendo, había apurado la copa de chartreuse o no sabía qué, servida por la Marquesa.

Fortunato leía las pruebas y seguía sonriendo. No parecía temer ya al Magistral. Horas antes esquivaba quedarse a solas con él de miedo a que le reprendiese por su condescendencia con las señoras _protectrices_ de la Libre Hermandad. De Pas notó el cambio.

--¿Me haces el favor de leer lo que dicen estas letras borradas?... yo no veo bien.

De Pas se acercó y leyó.

--¡Chico apestas!... ¿qué has bebido?

Don Fermín irguió la cabeza y miró al Obispo sorprendido y ceñudo.

--¿Que apesto? ¿por qué?

--A bebida hueles... no sé a qué... a ron... qué sé yo.

De Pas encogió los hombros dando a entender que la observación era impertinente y baladí. Se apartó de la mesa.

--A propósito. ¿Por qué no has avisado a tu madre?

--¿De qué?--De que comías fuera...--¿Pero usted sabe?...--Ya lo creo, hijo mío. Dos veces estuvo aquí Teresina de parte de Paula; que dónde estaba el señorito, que si había comido aquí. No, hija, no; tuve que salir yo mismo a decírselo. Y a la media hora, vuelta. Que si le había pasado algo al señorito, que la señora estaba asustada; que yo debía de saber algo....

El Magistral se paseaba por el gabinete y pisaba muy fuerte; disimulaba mal su impaciencia, su mal humor, tal vez no pretendía siquiera disimularlos.

--Yo--continuó Fortunato--les dije que no se apurasen; que habrías comido en casa de Carraspique, o en casa de Páez; como los dos están de días.... Y eso habrá sido, ¿verdad? ¿Con Carraspique habrás comido?

--¡No, señor!--¿Con Páez?--¡No, señor! ¡Mi madre... mi madre me trata como a un niño!

--Te quiere tanto, la pobrecita...--Pero esto es demasiado....

--Oye--exclamó el Obispo dejando de leer pruebas--¿de modo que aún no has vuelto a casa?

El Magistral no contestó; ya estaba en el pasillo. De lejos había dicho:

--Hasta mañana;--y había cerrado detrás de sí la puerta del gabinete con más fuerza de la necesaria.

--Tiene razón el muchacho--se quedó pensando el Obispo que trataba al Magistral como un padre débil a un hijo mimado--. Esa Paula nos maneja a todos como muñecos.

Y continuó corrigiendo la Pastoral.

De Pas tomó por el callejón arriba, desandando el camino; pero al llegar cerca de su casa se detuvo. No sabía qué hacer. La chartreuse o lo que fuera--¿¡si sería cognac!?--seguía molestándole y conocía ya él mismo que le olía mal la boca.

«Si se me acercase Glocester ahora, mañana todo Vetusta sabría que yo era un borracho...».

«¡No subo, no subo. Buena estará mi madre! Y yo no estoy para oír sermones ni aguantar pullas ni traducir reticencias.... ¡Hasta Teresa anda en ello! ¡Dos veces a palacio!... ¡El niño perdido.... Esto es insufrible!...».

El reloj de la catedral dio la hora con golpes lentos; primero, cuatro agudos, después otros graves, roncos, vibrantes.

De Pas, como si su voluntad dependiese de la máquina del reloj, se decidió de repente y tomó por la calle de la derecha, cuesta abajo; por la que más pronto podría volver al Espolón.

Se olvidó de su madre, de Teresina, del cognac, del Obispo; no pensó más que en los coches del Marqués que debían de estar de vuelta.

El Vicario general de Vetusta, a buen paso tomó el camino del Vivero, después de dejar las calles torcidas de la Encimada y llegó al Espolón cuando ya estaban encendidos los faroles y desierto el paseo. No pensaba en que estaba haciendo locuras, en que tantas idas y venidas eran indignas del Provisor del Obispado; esto lo pensó después; ahora sólo tenía esta idea. «¿Habrán pasado ya? No, no debían de haber pasado; apenas había tiempo; ahora, ahora es cuando deben de estar cerca...».

«Así como así, la brisa que ya empieza a soplar, me quitará este calor, este aturdimiento, esta sed...». El agua de las fuentes monumentales murmuraba a lo lejos con melancólica monotonía en medio del silencio en que yacía el paseo triste, solitario. Al acercarse al pilón de la fuente de Oeste, De Pas tuvo tentaciones de aplicar sus labios al tubo de hierro que apretaba con sus dientes un león de piedra, y saciar sus ansias en el chorro bullicioso, incitante.... No se atrevió y dio la vuelta, continuando su paseo en la soledad. Al llegar a la otra fuente, iguales ansias, iguales tentaciones.... Media vuelta y atrás. Así estuvo paseando media hora. La sed le abrasaba... ¿por qué no se iba? porque no quería dejarlos pasar sin verlos; sin ver los coches, se entiende. Ana volvería, era natural, en la carretela, y al pasar junto a un farol podría verla, sin ser visto, o por lo menos sin ser conocido. La sed que esperase. El reloj de la Universidad dio tres campanadas. ¡Tres cuartos de hora! Andaría adelantado.... No.... La catedral, que era la autoridad cronométrica, ratificó la afirmación de la Universidad; por lo que pudiera valer _el reloj del Ayuntamiento_, que no había podido secularizar el tiempo, vino a confirmar lo dicho lacónicamente por sus colegas, exponiendo su opinión con una voz aguda de esquilón cursi.

--«¿Pero qué hace allá esa gente?»--se preguntó el Magistral, aunque añadiendo para satisfacción de su conciencia que a él, por supuesto, no le importaba nada.

Hasta entonces no había reparado en unos chiquillos, de diez a doce años, _pillos de la calle_, que jugaban allí cerca, alrededor de un farol, de los que señalaban el límite del paseo y de la carretera en los espacios que dejaban libres los bancos de piedra. Entre los pillastres había una niña, que hacía de _madre_. Se trataba del _zurriágame la melunga_, juego popular al alcance de todas las fortunas. La _madre_ estaba sentada al pie del farol, en el pedestal de la columna de hierro; un pañuelo muy sucio en forma de látigo, atado con un soberbio nudo por el medio, era el zurriago que representaba allí el poder coercitivo. La niña haraposa empuñaba el lienzo por un extremo y el otro iba pasando de mano en mano por el corro de chiquillos.

--¡Na!...--decía la _madre_.

--Narigudo...--contestó un pillo rubio, el más fuerte de la compañía, que siempre se colocaba el primero por derecho de conquista.

El pañuelo pasó a otro.

--¿Na?--Narices.--Otro. ¿Na?--Napoleón.--¡Ay qué mainate! ¿qué es Napoleón?--gritó el Sansón del corro acercándose a su afectísimo amigo y poniéndole un codo delante de las narices.

--Napoleón... ¡ay que rediós! es un duro.

--¡Qué ha de ser!--¡No hay más cera!

--Te rompo... si no fueses tan mandria... te inflaba el morro... por farolero.

--¿Qué más da, si no es eso?--dijo la niña poniendo paces--. A ver el otro. ¿Na? ¿na?

--Natalia.... Tampoco. No acertó ninguno.

--Otra rueda.--¡Da señas, tísica!--escupió más que dijo el dictador.

Y abriendo las piernas y agachándose como dispuesto a correr detrás de los compañeros a latigazos, dio una vuelta al pañuelo alrededor de la mano y añadió:

--¡Da señas que se entiendan o te rompo el alma!

Y tiraba por el látigo como queriendo arrancarlo del poder de la _madre_.

--Señas... señas... ¿a que no aciertas?

--¿A que sí?...--No tires...--Pues da señas...--¡Es una cosa muy rica! ¡muy rica! ¡muy rica!

--¿Que se come?--Pues claro... siendo muy rica...--¿Dónde la hay?--La comen los señores...--Eso no vale, ¡so tísica! ¿qué sé yo lo que comen los señores?

--Pues alguna vez puede ser que la hayas visto.

--¿De qué color?--Amarilla, amarilla...--¡Naranjas, rediós!--aulló el pillastre y dio un tirón al pañuelo, preparándose a emprenderla a latigazos con sus compañeros.

--¡Que me arrancas el brazo, bruto, y que no es eso!...

Los demás pilletes ya se habían puesto en salvo y corrían por la carretera y el Espolón.

--¡Venir! ¡venir! que no es eso...--gritó la _madre_.

--¡Que sí es! ¡bacalao! te rompo... ¿pues no son amarillas las naranjas?... ¿y no son cosa rica?

--Pero naranjas las comes tú también.

--Claro, si se las robo a la señoa Jeroma en el puesto....

--Pues no es eso. Otro.--¿Na? ¿na? Un niño flaco, pálido, casi desnudo, tomó la punta del pañuelo; le brillaban los ojos... le temblaba la voz... y mirando con miedo al de las naranjas, dijo muy quedo:

--¡Natillas!...--_¡Zurriágame la melunga!_--gritó entusiasmada la _madre_--, _¡castañas de catalunga!_ Y todos corrieron, mientras el vencedor iba detrás con piernas vacilantes, sin gran deseo de azotar a sus amigos, contento con el triunfo, pero sin deseos de venganza.

El _Rojo_ no quería correr: protestaba.

--¡Rediós! ¿qué son natillas?--gritaba poniendo la mano delante de la cara, mientras tímidamente el _Ratón_ le castigaba con simulacros de azotes.

Y añadía furioso el _Rojo_:

--¡Di: a la oreja! ¡tísica o te baldo!

--¡A la oreja! ¡a la oreja!

El _Ratón_ se vio acosado por todos sus colegas que se le colgaron de las orejas.

--_¡Zurriágame la melunga!_--volvió a gritar la _madre_, y los pillos se dispersaron otra vez.

En aquel momento el Magistral se acercó a la niña.

La _madre_ dio un grito de espantada. Creía que era su padre que venía a recogerla a bofetadas y a puntapiés como solía.

--Dime, hija mía... ¿has visto pasar dos coches?

--¿Para dónde?--contestó ella poniéndose en pie.

--Para arriba... uno con dos caballos y otro con cuatro con cascabeles... hace poco....

--No señor, me parece que no.... Espere usted, señor cura, a ver si esos... _¡A la oreja madre! ¡a la oreja madre!_--gritó, y la bandada de mochuelos acudió al farol delante del _Ratón_. Al ver al Provisor, todos, menos el _Rojo_, le rodearon, descubriendo la cabeza, los que tenían gorra, y le besaron la mano por turno nada pacífico. Unos se limpiaron primeramente las narices y la boca; otros no.

--¿Habéis visto pasar dos coches para arriba?

--Sí.--No.--Dos.--Tres.--Para abajo.--Mentira, mainate... ¡si te inflo!... Para arriba, señor cura.

--Era una galera.--¡Un coche, farol!--Dos carros eran, mainate.--¡Te rompo!...--¡Te inflo!... El Magistral no pudo averiguar nada. Se inclinó a creer que habían pasado. Pero no dejó el paseo; continuó dando vueltas y limpiándose la mano besada por la chusma. Le molestaba mucho el pringue, y en el pilón de una de las fuentes se lavó un poco los dedos.

Los pilletes se dispersaron. Quedó solo don Fermín con un murciélago que volaba yendo y viniendo sobre su cabeza, casi tocándole con las alas diabólicas. También el murciélago llegó a molestarle, apenas pasaba volvíase, cada vez era más reducida la órbita de su vuelo.

«Deben de ser dos», pensó el Magistral, que cada vez que veía al animalucho encima sentía un poco de frío en las raíces del pelo.

La noche estaba hermosa, acababan de desvanecerse las últimas claridades pálidas del crepúsculo. Sobre la sierra, cuyo perfil señalaba una faja de vapor tenue y luminoso, brillaban las estrellas del carro, la Osa mayor, y Aldebarán, por la parte del Corfín, casi rozando la cresta más alta de la cordillera obscura, lucía solitario en una región desierta del cielo. La brisa se dormía y el silbido de los sapos llenaba el campo de perezosa tristeza, como cántico de un culto fatalista y resignado. Los ruidos de la ciudad alta llegaban apagados y con intermitencias de silencio profundo. En la Colonia, más cercana, todo callaba.

Don Fermín no era aficionado a contemplar la noche serena; lo había sido mucho tiempo hacía, en el Seminario, en los Jesuitas y en los primeros años de su vida de sacerdote... cuando estaba delicado y tenía aquellas tristezas y aquellos escrúpulos que le comían el alma. Después la vida le había hecho hombre, había seguido la escuela de su madre... una aldeana que no veía en el campo más que la explotación de la tierra. Aquello que se llamaba en los libros la poesía, se le había muerto a él años atrás; ya lo creo, hacía muchos años.... ¡Las estrellas! ¡qué pocas veces las había mirado con atención desde que era canónigo!... De Pas se detuvo, se descubrió, limpió el sudor de la frente y se quedó mirando a los astros que brillaban sobre su cabeza sumidos en el abismo de lo alto. «Tenía razón Pitágoras; parecía que cantaban». En aquel silencio oía los latidos de la sangre de su cabeza... y también se le figuró oír otro ruido... así como de campanillas que sonasen muy lejos.... ¿Eran ellos? ¿Eran los coches que volvían? La carretela no llevaba cascabeles, pero los caballos de la Góndola sí... ¿O serían cigarras, grillos... ranas... cualquier cosa de las que cantan en el campo acompañando el silencio de la noche?... No... no; eran cascabeles, ahora estaba seguro... ya sonaban más cerca, con cierto compás... cada vez más cerca.

--¡Deben de ser ellos! ¡qué tarde!--dijo en voz alta, acercándose a la cuneta de la carretera, a la sombra de un farol de los del paseo.