La Regenta

Part 32

Chapter 32 4,043 words Public domain Markdown

Pero ella le quería, estaba segura de ello, le quería con un cariño filial, mezclado de cierta confianza conyugal, que valía por lo menos tanto, a su modo, como una pasión de otro género. Y además, si no fuera por don Víctor, el Magistral no tendría por qué defenderla, ni aquella lucha entre dos hombres _distinguidos_ que comenzaba aquella tarde tendría razón de ser. No había que olvidar que don Fermín no la quería ni la podía querer para sí, sino para don Víctor».

Cuando Ana se perdía en estas y otras reflexiones parecidas, se oyó la voz de Obdulia que daba grandes chillidos pidiendo socorro. Los que tomaban pacíficamente café bajo la glorieta, acudieron al extremo de la huerta.

--¿Dónde están? ¿dónde están?--preguntaba asustada la Marquesa.

--¡En el columpio! ¡en el columpio!--dijo el médico don Robustiano.

Era un columpio de madera, como los que se ofrecen al público madrileño en la romería de San Isidro, aunque más elegante y fabricado con esmero; en uno de los asientos, que imitaban la barquilla de un globo, en cuclillas, sonriente y pálido, don Saturnino Bermúdez, como a una vara del suelo inmóvil, hacía la figura más ridícula del mundo, con plena conciencia de ello, y más ridículo por sus conatos de disimularlo, procurando dar a su situación unos aires de tolerable, que no podía tener. En el otro extremo, en la barquilla opuesta, que se había enganchado en un puntal de una pared, restos del andamiaje de una obra reciente, ostentaba los llamativos colores de su falda y su exuberante persona Obdulia Fandiño agarrada a la nave como un náufrago del aire, muy de veras asustada, y coqueta y aparatosa en medio del susto y de lo que ella creía peligro.

--No se mueva usted, no se mueva usted--gritaba don Víctor, haciendo aspavientos debajo de la barquilla, y probablemente viendo lo que a Obdulia, en aquel trance a lo menos, no le importaba mucho ocultar.

--No te muevas, no te muevas, mira que si te caes te matas...--decía Paco, que buscaba algo para desenganchar el columpio.

--Tres metros y medio--dijo el Marqués que llegó a tiempo de dar la medida exacta del batacazo posible, a ojo, como él hacía siempre los cálculos geométricos.

El caso es que ni don Víctor, ni Paco, ni Orgaz podían por su propia industria arbitrar modo de subir a la altura de aquel madero y librar a Obdulia.

--Tuvo la culpa Paco--decía Visitación, ceñidas con una cuerda las piernas, por encima del vestido--. Empujó demasiado fuerte, para que se cayera Saturno y, ¡zas! subió la barquilla allá arriba y al bajar... se enganchó en ese palo.

Obdulia no se movía, pero gritaba sin cesar.

--No grites, hija--decía la Marquesa, que ya no la miraba por no molestarse con la incómoda postura de la cabeza echada hacia atrás--; ya te bajarán....

Probó el Marqués a encaramarse sobre una escalera de mano de pocos travesaños, que servía al jardinero para recortar la copa de los arbolillos y las columnas de boj. Pero el Marqués, aun subido al palo más alto no llegaba a coger la barquilla del columpio, de modo que pudiera hacer fuerza para descolgarla.

--Que llamen a Diego... a Bautista...--decía la Marquesa.

--¡Sí, sí; que venga Bautista!...--gritaba Obdulia recordando la fuerza del cochero.

--Es inútil--advirtió el Marqués--. Bautista tiene fuerza pero no alcanza; es de mi estatura... no hay más remedio que buscar otra escalera....

--No la hay en el jardín...--Sabe Dios dónde parecerá...

--¡Por Dios! ¡por Dios!... que ya me mareo, que me caigo de miedo.

Entonces don Álvaro, a quien Ana había dirigido una mirada animadora y suplicante, se decidió. Rato hacía que se le había ocurrido que él, gracias a su estatura, podría coger cómodamente la barquilla y arrancarla de sus prisiones... pero ¿qué le importaba a él Obdulia? Podía hacer una figura ridícula, mancharse la levita. La mirada de Ana le hizo saltar a la escalera. Por fortuna era ágil. La Regenta le vio tan airoso, tan pulcro y elegante en aquella situación de farolero como paseando por el Espolón.

--¡Bravo! ¡bravo!--gritaron Edelmira y Paco al ver los brazos del buen mozo entre los palos de la barquilla del columpio.

--¡No me tires! ¡No me tires!--gritó Obdulia que sintió las manos de su ex-amante debajo de las piernas. Visita le dio un pellizco a Edelmira a quien ya tuteaba. La chica se fijó en la intención del pellizco porque se había fijado en el tratamiento. ¡Le había llamado de tú!

--Esté usted tranquila; no va con usted nada--respondió don Álvaro... ya arrepentido de haber cedido al ruego tácito de Anita.

Empleaba largos preparativos para colocar los brazos de modo que hiciera la fuerza suficiente para levantar el columpio a pulso.... Al intentar el primer esfuerzo, que desde luego reputó inútil, pensó en la cara que estaría poniendo el Magistral.

--¡Aúpa!...--gritó abajo Visitación para mayor ignominia.

--¡No puede usted, no puede usted!... ¡no lo mueva usted, es peor!... ¡Me voy a matar!--gritó la Fandiño.

Los demás callaban.--¡Estate quieta!--dijo en voz baja, ronca y furiosa don Álvaro, que de buena gana la hubiera visto caer de cabeza.

E intentó el segundo esfuerzo sin fortuna.

Aquello no se movía. Sudaba más de vergüenza que de cansancio. Un hombre como él debía poder levantar a pulso aquel peso.

--Deje usted, deje usted, a ver si Bautista--dijo la Marquesa--... ¡demonio de chicos!

--Bautista no alcanza--observó otra vez el Marqués--. Otra escalera... que vayan a las cocheras.... Allí debe de haber....

Don Álvaro dio el tercer empujón.... Inútil. Miró hacia abajo como buscando modo de librarse de parte del peso. En el otro cajón, debajo de sus narices, en actitud humilde y ridícula, vio a don Saturnino en cuclillas, inmóvil, olvidado por todos los presentes. Mesía no pudo menos de sonreír, a pesar de que le estaban llevando los demonios. Con deseos de escupirle miró a Bermúdez, que le sonreía sin cesar, y dijo con calma forzada:

--¡Hombre! ¡pues tiene gracia! ¿Ahí se está usted? ¿usted se piensa que yo hago juegos de Alcides y se me pone ahí en calidad de plomo?...

Carcajada general.--Sí, ríanse ustedes--clamó Obdulia--pues el lance es gracioso.

--Yo...--balbuceó Bermúdez--usted dispense... como nadie me decía nada... creí que no estorbaba... y además... creía que al bajarme... pudiese empeorar la situación de esa señora... alguna sacudida.

--¡Ay, no, no! no se baje usted--gritó la viuda con espanto.

--¿Cómo que no?--rugió furioso don Álvaro--. ¿Quiere usted que yo levante este armatoste con los dos encima y a pulso?

--Es... que... yo no veo modo... si no me ayudan... está tan alto esto....

--Una vara escasa--advirtió el Marqués.

Paco tomó en brazos a don Saturno y le sacó del cajón nefando.

--Ahora--dijo--nosotros te ayudaremos, empujando desde aquí abajo....

--Eso es inútil--observó el Magistral con una voz muy dulce--; como el madero aquel se ha metido entre los dos palos de la banda... si no se alza a pulso todo el columpio... no se puede desenganchar.

--Es claro--bramaba desde arriba el otro; y probó otra vez su fuerza.

Pero Bermúdez pesaba muy poco por lo visto, porque don Álvaro no movió el pesado artefacto.

El elegante se creía a la vergüenza en la picota, y de un brinco, que procuró que fuese gracioso, se puso en tierra. Sacudiendo el polvo de las manos y limpiando el sudor de la frente, dijo:

--¡Es imposible! Que se busque otra escalera.

--Ya podía estar buscada...--Si yo alcanzase...--insinuó entonces el Magistral, con modestia en la voz y en el gesto.

--Es verdad, dijo la Marquesa, usted es también alto.

--Sí llega, sí llega--gritó Paco, que quiso verle hacer títeres.

--Sí, alcanza usted--concluyó Vegallana padre--. Como tenga usted fuerza.... Y aquí nadie le ve.

Lo difícil era subir a lo alto de la escalera sin hacer la triste figura con el traje talar.

--Quítese usted el manteo--observó Ripamilán.

--No hace falta--contestó De Pas, horrorizado ante la idea de que le vieran en sotana.

Y sin perder un ápice de su dignidad, de su gravedad ni de su gracia, subió como una ardilla al travesaño más alto, mientras el manteo flotaba ondulante a su espalda.

--Perfectamente--dijo metiendo los brazos por donde poco antes había introducido los suyos Mesía.

Aplausos en la multitud. Obdulia comprimió un chillido de mal género.

Doña Petronila, extática, con la boca abierta, exclamó por lo bajo:

--¡Qué hombre! ¡Qué lumbrera!

Sin gran esfuerzo aparente, con soltura y gracia, el Magistral suspendió en sus brazos el columpio, que libre de su prisión y contenido en su descenso por la fuerza misma que lo levantara, bajó majestuosamente. Somoza, Paco y Joaquín Orgaz ayudaron a Obdulia a salir del cajón maldito. El Magistral tuvo una verdadera ovación. Paco le admiró en silencio: la fuerza muscular le inspiraba un terror algo religioso; él había malgastado la suya en las lides de amor. Tenía bastante carne, pero blanda. Don Álvaro disimuló difícilmente el bochorno. «¡Mayor puerilidad! pero estaba avergonzado de veras». Además, él, que miraba a los curas como flacas mujeres, como un sexo débil especial a causa del traje talar y la lenidad que les imponen los cánones, acababa de ver en el Magistral un atleta; un hombre muy capaz de matarle de un puñetazo si llegaba esta ocasión inverosímil. Recordaba Mesía que muchas veces (especialmente con motivo de las elecciones en las aldeas) había él dicho, v. gr.: «Pues el señor cura que no se divierta, que no abuse de la ventaja de sus faldas, porque si me incomodo le cojo por la sotana y le tiro por el balcón». Siempre se le había figurado, por no haberlo pensado bien, que a los curas, una vez perdido el respeto religioso, se les podía abofetear impunemente; no les suponía valor, ni fuerza, ni sangre en las venas.... «Y ahora... aquel canónigo, que tal vez era un poco rival suyo, le daba aquella leccioncita de gimnasia, que muy bien podía ser una saludable advertencia».

La gratitud de Obdulia no tenía límites, pero el Magistral creyó necesario buscárselos mostrándose frío, seco y dándola a entender que «no lo había hecho por ella». La viuda, sin embargo, insistió en sostener que le debía la vida.

--¡Indudablemente!--corroboraba doña Petronila, que no sospechaba cómo quería pagar Obdulia aquella vida que decía deber al Magistral.

Ana admiró en silencio la fuerza de su padre espiritual, en la que no vio más que un símbolo físico de la fortaleza del alma; fortaleza en que ella tenía, indudablemente, una defensa segura, inexpugnable, contra las tentaciones que empezaban a acosarla.

Visita subió entonces al columpio, pero con las piernas atadas: no quería que se le viesen los bajos.

Obdulia protestó.--¿Cómo? ¿pues se veía algo? ¡no quiero! ¡no quiero! ¿por qué no se me ha advertido? Esto es una traición.

--Tiene razón esta señora--dijo don Víctor--igualdad ante la ley; fuera esa cuerda.

Edelmira subió al columpio sin atarse. No había para qué tomar precauciones, no se veía nada.

Don Víctor y Ripamilán se columpiaron también, pero se mareaban.

--Ya están los coches--gritó la Marquesa desde lejos; y corrieron todos al patio.

La Marquesa, doña Petronila, la Regenta y Ripamilán subieron a la carretela descubierta; carruaje de lujo que había sido excelente pero que estaba anticuado y torpe de movimientos. El tronco de caballos negros era digno del rey. Los demás se acomodaron en un coche antiguo de viaje, sólido, pero de mala facha, tirado por cuatro caballos; era el que servía ordinariamente al Marqués en sus excursiones por la provincia, para llevar y traer electores unas veces y otras para cazar acaso en terreno vedado. ¡Se decían tantas cosas del coche de camino! Su figura se aproximaba a las sillas de posta antiguas, que todavía hacen el servicio del correo en Madrid desde la Central a las Estaciones. Lo llamaban la _Góndola_ y el _Familiar_ y con otros apodos.

Al Magistral se le hizo un poco de sitio, entre Ripamilán y Anita, con palabra solemne de dejarle en el Espolón, donde él tenía que buscar a cierta persona. (No había tal cosa, era un pretexto para cumplir su propósito de no ir al Vivero.)

--Le secuestramos--había dicho Obdulia....

--Sí, sí, secuestrarlo, es lo mejor: no se le dejará apearse--añadió doña Petronila.

--No; protesto... entonces no subo. Subió; y la carretela salió arrancando chispas de los guijarros puntiagudos por las calles estrechas de la Encimada. Detrás iba la _Góndola_, atronando al vecindario con horrísono estrépito de cascabeles, latigazos, cristales saltarines, y voces y carcajadas que sonaban dentro.

Todavía calentaba el sol y las damas de la carretela improvisaron con las sombrillas un toldo de colores que también cobijaba al Magistral y al Arcipreste. Ripamilán, casi oculto entre las faldas de doña Petronila, a quien llevaba enfrente, iba en sus glorias; no por su contacto con el Gran Constantino, sino por ir entre damas, bajo sombrillas, oliendo perfumes femeniles, y sintiendo el aliento de los abanicos; ¡salir al campo con señoras! ¡la bucólica cortesana, o poco menos! El bello ideal del poeta setentón, del eterno amador platónico de Filis y Amarilis con corpiño de seda, se estaba cumpliendo.

El Magistral iba un poco avergonzado: le pesaba, por un lado--y por otro no--la casualidad, o lo que fuera, de ir tocando con Ana. Tocando apenas, por supuesto; ni ella ni él se movían. Él estaba turbado, ella no; iba satisfecha a su lado; seguía figurándoselo como un escudo bien labrado y fuerte. Ella le quitaba el sol, y él la defendía de don Álvaro. «Si este señor viniera al Vivero... no se atrevería el otro tal vez a acercarse... y si no... va... se va a atrever... claro, como allí cada cual corre por su lado, y Víctor es capaz de irse con Paco y Edelmira a hacer el tonto, el chiquillo.... No, pues lo que es que le temo no quiero que lo conozca; de modo que si se acerca... no huiré. ¡Si este quisiera venir!...».

--Don Fermín--le dijo, cerca ya del Espolón, con voz humilde, con el respeto dulce y sosegado con que le hablaba siempre--. Don Fermín ¿por qué no viene usted con nosotros? Poco más de una hora... creo que volveremos hoy más pronto... ¡venga usted... venga usted!

De Pas sentía unas dulcísimas cosquillas por todo el cuerpo al oír a la Regenta; y sin pensarlo se inclinaba hacia ella, como si fuera un imán. Afortunadamente las otras damas y el Arcipreste iban muy enfrascados en una agradable conversación que tenía por objeto despellejar a la pobre Obdulia. Ripamilán citaba, como solía en tal materia, al Obispo de Nauplia, la fonda de Madrid, los vestidos de la prima cortesana, etc., etc. No cabe negar que la resolución del Magistral estuvo a punto de quebrantarse, pero le pareció indigno de él mostrar tan poca voluntad y temió además lo que podía suceder en el Vivero. Él no podía hacer el cadete; si don Álvaro quería buscar el desquite de la derrota del columpio y le desafiaba en otra cualquier clase de ejercicio, él, con su manteo y su sotana, y su canonjía a cuestas, estaba muy expuesto a ponerse en ridículo. No, no iría. Y sintió al afirmarse en su propósito una voluptuosidad intensa, profunda: era el orgullo satisfecho. Bien sabía él la fuerza que tenía que emplear para resistir la tentación que salía de aquellos labios más seductores cuanto menos maliciosos; por lo mismo apreció más la propia energía, el temple de su alma, que «indudablemente había venido al mundo para empresas más altas que luchar con obscuros vetustenses».

Volvió los ojos blandos a su amiga y poniendo en la voz un tono de cariñosa confianza, nuevo, algo parecido, según notó la Regenta, al que había usado Mesía aquella tarde en el balcón del comedor, contestó el Magistral muy quedo:

--No debo ir con ustedes.... Y el gesto indescriptible, dio a entender que lo sentía, pero que como él era cura... y ella se había confesado con él... y Paco y Obdulia y Visita eran un poco locos, y en Vetusta los ociosos, que eran casi todos, murmuraban de lo más inocente....

Todo eso, aunque no lo quisiera decir aquel gesto, entendió la Regenta; y se resignó a habérselas otra vez con Mesía sin el amparo del Provisor.

No hablaron más. Se detuvo el carruaje; el Magistral se levantó y saludó a las damas. La Regenta le sonrió como hubiera sonreído muchas veces a su madre si la hubiera conocido. De Pas no sabía sonreír de aquella manera; la blandura de sus ojos no servía para tales trances, y contestó mirando con chispas de que él no se dio cuenta... ni Ana tampoco.

Estaban en la entrada del Espolón, _el paseo de los curas_, según antiguo nombre. Allí se apeó don Fermín entre lamentos de doña Petronila.

--Es usted muy desabrido--dijo la Marquesa, permitiéndose un tono familiar que empleaba con todos los canónigos menos con don Fermín.

Y hasta se propasó a darle con el abanico cerrado en la mano. Quería significar así su deseo de estrechar la amistad algo fría que mediaba entre el Provisor y los Vegallana. Bien lo comprendió y lo agradeció De Pas. Intimar con los Vegallana era intimar con don Víctor y su esposa, ya lo sabía él; siempre estaban juntos unos y otros, en el teatro, en paseo, en todas partes, y la Regenta comía en casa del Marqués muy a menudo. De modo que, para verla, allí mucho mejor que en la catedral. Todo esto se le pasó por las mientes al Magistral en el poco tiempo que necesitó para quitar el pie del estribo y hacer el último saludo a las señoras dando un paso atrás.

--¡Anda, Bautista!--gritó la Marquesa; y la carretela siguió su marcha ante la expectación de sacerdotes, damas y caballeros particulares que paseaban en el Espolón, chiquillos que jugaban en el prado vecino y artesanos que trabajaban al aire libre.

Los ojos del Magistral siguieron mientras pudieron el carruaje. La Regenta le sonreía de lejos, con la expresión dulce y casta de poco antes, y le saludaba tímidamente sin aspavientos con el abanico.... Después no se vio más que el anguloso perfil de Ripamilán, que movía los brazos como las aspas de un molino de muñecas.

El otro coche pasó como un relámpago. De Pas vio una mano enguantada que le saludaba desde una ventanilla. Era una mano de Obdulia, la viuda eternamente agradecida. No saludaba con las dos, porque la izquierda se la oprimía dulce y clandestinamente Joaquinito Orgaz, quien jamás hizo ascos a platos de segunda mesa, en siendo suculentos.

--XIV--

Era el Espolón un paseo estrecho, sin árboles, abrigado de los vientos del Nordeste, que son los más fríos en Vetusta, por una muralla no muy alta, pero gruesa y bien conservada, a cuyos extremos ostentaban su arquitectura achaparrada sendas fuentes monumentales de piedra obscura, revelando su origen en el ablativo absoluto _Rege Carolo III_, grabado en medio de cada mole como por obra del agua resbalando por la caliza años y más años. Del otro lado limitaban el paseo largos bancos de piedra también; y no tenía el Espolón más adorno, ni atractivo, a no ser el sol, que, como lo hubiera toda la tarde, calentaba aquella muralla triste. Al abrigo de ella paseaban desde tiempo inmemorial los muchos clérigos que son principal ornamento de la antigua corte vetustense; por invierno de dos a cuatro o cinco de la tarde, y en verano poco antes de ponerse el sol hasta la noche. Era aquel un lugar, a más de abrigado, solitario y lo que llamaban allí _recogido_, pero esto cuando la Colonia no existía. Ahora lo mejor de la población, el ensanche de Vetusta iba por aquel lado, y si bien el Espolón y sus inmediaciones se respetaron, a pocos pasos comenzaba el ruido, el movimiento y la animación de los hoteles que se construían, de la barriada _colonial_ que se levantaba como por encanto, según _El Lábaro_, para el cual diez o doce años eran un soplo por lo visto.

Preciso es declarar que el clero vetustense, aunque famoso por su intransigencia en cuestiones dogmáticas, morales y hasta disciplinarias, y si se quiere políticas, no había puesto nunca malos ojos a la proximidad del progreso urbano, y antes se felicitaba de que Vetusta se _transformase de día en día_, de modo que a la vuelta de veinte años _no hubiera quien la conociese_. Lo cual demuestra que la civilización bien entendida no la rechazaba el clero, así parroquial como catedral de la _Vetusta católica_ de Bermúdez.

Hubo más; aunque tradicionalmente el Espolón venía siendo patrimonio de sacerdotes, magistrados melancólicos y _familias de luto_, como algunas señoras notasen que el _Paseo de los curas_ era más caliente que todos los demás, comenzaron en tertulias y cofradías a tratar la cuestión de si debía trasladarse el paseo de invierno al Espolón. Don Robustiano Somoza, que ante todo era higienista público, gritaba en todas partes:

--¡Pues es claro! Pues si es lo que yo vengo diciendo hace un siglo; pero aquí no se puede luchar con las preocupaciones, con el fanatismo. Esos curas, que son listos, con pretexto de la soledad y el retiro han cogido, allá en tiempo de la sopa boba, han cogido para sí el mejor sitio de recreo, el más abrigado, el más higiénico....

En fin, que algunas señoras de las más encopetadas se atrevieron a romper la tradición, y desde Octubre en adelante, hasta que volvía Pascua florida, se pasearon con gran descoco en el Espolón. Tras aquéllas fueron atreviéndose otras; los _pollos_ advirtieron que el Paseo de los curas era más corto y más estrecho que el Paseo Grande, y esto les convenía. Y en un año se transformó en _Paseo de invierno_ el apetecible Espolón, secularizándose en parte.

Algunos clérigos, viejos o pobres casi todos, protestaron y acabaron por abandonar _su_ Espolón desparramándose por las carreteras.

--«¡El mundo, la locura, los arrojaba de su solitario recreo! ¡El siglo lo invadía todo!». Y la emprendían por el camino de Castilla y otras calzadas polvorosas entre las filas interminables de álamos y robles.

Pero el elemento joven, los más de los canónigos y beneficiados, los que vestían con más pulcritud y elegancia, los que usaban el sombrero de canal suelta el ala, ancho y corto, se resignaron, y toleraron la invasión de la Vetusta elegante. No tuvieron inconveniente, o lo disimularon, en codearse con damas y caballeros; después de todo, ellos no habían ido a buscar el gentío, el bullicio mundanal; ellos seguían _en su casa_, en sus dominios, haciendo como que no notaban la presencia de los intrusos.

Tal vez a esta nueva costumbre de la vida vetustense debíase en parte el gran esmero que se echaba de ver de poco acá en el traje de muchos sacerdotes. Lo que se puede bien llamar juventud dorada del clero de la capital, tan envidiada por sus colegas de la montaña, que según ellos mismos se embrutecían a ojos vistas, la juventud dorada acudía sin falta todas las tardes de otoño y de invierno que hacía bueno al Espolón; iba lo que se llama reluciente; parecían diamantes negros, y sin que nadie tuviera nada que decir, presenciaban las idas y venidas de las jóvenes elegantes; y los que eran observadores podían notar las señales del amor, de la coquetería, en gestos, movimientos, risas, miradas y rubores. Pero nada más.

Sin embargo, el Rector del Seminario, hombre excesivamente timorato, según frase de la marquesa de Vegallana, no pasaba por aquellas mescolanzas de curas y mujeres paseando todos revueltos, en un recinto que no tenía un tiro de piedra de largo, y que tendría cinco varas escasas de ancho.

--«No señor--le decía al Obispo--; yo no comprendo que pueda ser cosa inocente e inofensiva que un sacerdote tropiece con los codos de todas las señoritas majas del pueblo...». El Obispo creía que las señoritas eran incapaces de tales tropezones. «Si fuesen aquellas empecatadas del boulevard, las chalequeras...».

Pronto se olvidó la protesta del Rector del Seminario.

--¿Quién hace caso de ese señor?--decía Visitación la del Banco--un hombre cerril; santo, eso sí, pero montaraz. En fin, ¡un hombre que me echó a mí de la sacristía de Santo Domingo siendo yo tesorera del Corazón de Jesús!

--Un hombre así--aseveraba Obdulia--debía pasar la vida sobre una columna....

--Como San Simón _Estilista_--acudió Trabuco, que estaba presente.