La Regenta

Part 30

Chapter 30 4,060 words Public domain Markdown

--Le consolará Obdulia, que le asedia y le prefiere a don Saturno, al mitrado y a mi amigo Joaquín.

--Pero él la aborrece... es muy escandalosa... no le gustan así...

--Tú sí que le odias a él....

--Me cargan los hipócritas, chico.... Y oye; a ti te conviene que el Magistral se quede.

--¿Por qué?--Porque Obdulia te dejará en paz, y podrás cultivar a la primita.... ¡Oh, eso sí que no te lo perdono! Protejo la inocencia... yo vigilaré...

--No seas boba... basta que esté en mi casa para que yo la respete....

--¡Ay, ay! qué bueno es eso... mire el señor del respeto... no me fío....

Edelmira había interrumpido el diálogo y sin más se convino en rogar a la Marquesa que convidase, con reiteradas súplicas, si era preciso, al señor Magistral.

Visitación lo arregló todo en un minuto.

Como siempre. Donde ella estaba, nadie hacía nada más que ella. Pasaba la vida ocupada en su gran pasión de tratar asuntos de los demás, de chupar golosinas ajenas, y comer fuera de casa. Allá quedaba el modesto marido, el humilde empleado del Banco, de cuerpo pequeño, de rostro de ángel envejecido, atusando el bigotillo gris y cuidando de la prole. Visitación lo exigía así. No había de hacerlo ella todo. ¿Quién guiaba la casa? ¿Quién la salvaba en los apuros? ¿Quién conjuraba las cesantías? ¿Quién sorteaba las dificultades del presupuesto? ¿Quién era allí el gran arbitrista rentístico? Visitación. Pues que la dejasen divertirse, salir; no parar en casa en todo el día. Además, era mujer de tal despacho que su ajuar quedaba dispuesto para todo el día, la casa limpia, la comida preparada antes que en otros lugares se diese un escobazo y se encendiese lumbre. Algo sucio iba todo, pero ya tranquila la conciencia, salía a caza de noticias, de chismes, de terrones de azúcar y de recomendaciones la señora del Banco que estaba en todas partes y siempre en activo servicio.

Su nueva campaña, la más importante acaso de su vida, la llamaba ella _para meterle por los ojos a ese_: el dativo que se suplía era Anita. Quería meterle a don Álvaro por los ojos, y después de la conversación de la tarde anterior con Mesía, no pensaba en otra cosa. Por la mañana había ido a casa de Quintanar, quien se paseaba por su despacho en mangas de camisa, con los tirantes bordados colgando: representaban, en colores vivos de seda fina, todos los accidentes de la caza de un ciervo fabuloso de cornamenta inverosímil. Ocupábase don Víctor en abrochar un botón del cuello; mordía el labio inferior, y estiraba la cabeza hacia lo alto, como si pidiera ayuda a lo sobrenatural y divino. Visitación entró en el despacho equivocada....

--¡Ah! usted dispense--dijo--¿estorbo?

--No, hija, no; llega usted a tiempo. Este pícaro botón....

Y mientras le abrochaba, la dama, sin quitarse los guantes, el botón del cuello, don Víctor comenzó a darle cuenta de sus propósitos irrevocables de distraer a su mujer....

--Mi programa es este. Y se lo expuso _c_ por _b_.

Visitación lo aprobó en todas sus partes y juntos se fueron al tocador de Ana, que deprisa y como ocultándose, cerraba en aquel instante la carta que poco después don Fermín leía delante de su madre.

Casi a viva fuerza habían hecho Visitación y Quintanar que Ana se vistiera, «como Dios manda», y saliese con ellos. Visita se había separado en la plaza de la Catedral para ir al asunto de la _Libre Hermandad_. En casa de Vegallana se volverían a ver. La Marquesa había escrito muy temprano a los Quintanar convidándoles a comer y anunciándoles el programa del día. Ana disputó con su marido; quería ir a reconciliar, se lo había dicho así en una carta al Provisor, no era cosa de traerle y llevarle.--«¡Nada, nada! Don Víctor estaba dispuesto a ser inflexible...».

--Reconciliarás, si te encuentras con fuerzas para ello, después de comer en casa del Marqués; y pronto, para ir en seguida al Vivero.... ¡No transijo!

Y se fueron a dar los días a varios Franciscos y Franciscas. A la una y cuarto estaban en casa del Marqués.

Lo primero que vio Ana fue a don Álvaro.

Tuvo miedo de ponerse encarnada, de que le temblase la voz al contestar al cortés saludo de Mesía. Miró a su marido, algo asustada, pero Quintanar estrechaba la mano de don Álvaro con cariñosa efusión. Le era muy simpático, y aunque se trataban poco, cada vez que se hablaban estrechaban los lazos de una amistad incipiente que _amenazaba_ ser íntima y duradera. Don Álvaro tenía para Quintanar el raro mérito de no ser terco: en Vetusta todos lo eran según el buen aragonés; pero aquel modelo de caballeros elegantes no insistía en mantener una opinión descabellada, siempre concluía por darle la razón a Quintanar, quien decía a espaldas del buen mozo: «¡Si este se fuera a Madrid haría carrera... con esa figura, y ese aire, y ese talento social!... ¡Oh, ha de ser un hombre!».

Ana tomó la resolución repentina de dominarse, de tratar a don Álvaro como a todos, sin reservas sospechosas, pensando que en rigor nada había, ni podía, ni debía haber entre los dos.

Cuando, pocos minutos después, hábilmente la sitiaba junto a una ventana del comedor, mientras Víctor iba con Paco a las habitaciones de este a ponerse el batín ancho y corto, la Regenta necesitó recordar, para mantenerse fría y serena, que nada serio había habido entre ella y aquel hombre; que las miradas que podían haberle envalentonado no eran compromisos de los que echa en cara ningún hombre de mundo. Ana hablaba de los hombres de mundo por lo que había leído en las novelas; ella no los había tratado en este terreno de prueba.

Don Álvaro se guardó de aludir al encuentro de la noche anterior; nada dijo de la escena rápida del parque; pero habló con más confianza; en un tono familiar que nunca había empleado con ella. Se habían hablado pocas veces y siempre entre mucha gente. Ana trataba a todo Vetusta, pero con los hombres siempre habían sido poco íntimas sus relaciones. Sólo Paco y Frígilis eran amigos de confianza. No era expansiva; su amabilidad invariable no animaba, contenía. Visita aseguraba que aquel corazoncito no tenía puerta. Ella no había encontrado la llave, por lo menos.

Don Álvaro habló mucho y bien, con naturalidad y sencillez, procurando agradar a la Regenta por la bondad de sus sentimientos más que por el brillo y originalidad de las ideas. Se veía claramente que buscaba simpatía, cordialidad, y que se ofrecía como un hombre de corazón sano, sin pliegues ni repliegues. Reía con franca jovialidad, abriendo bastante la boca y enseñando una dentadura perfecta. Ana encontró de muy buen gusto el sesgo que Mesía daba a su extraña situación. Cuando don Álvaro callaba, ella volvía a sus miedos; se le figuraba que él también volvía a pensar en lo que mediaba entre ambos, en la aparición diabólica de la noche anterior, en el paseo por las calles, y en tantas citas implícitas, buscadas, indagadas, solicitadas sin saber cómo por él; cobarde, criminalmente consentidas por ella.

Don Víctor era poco más alto que Ana; don Álvaro tenía que inclinarse para que su aliento, al hablar, rozase blandamente la cabeza graciosa y pequeña de la dama. Parecía una sombra protectora, un abrigo, un apoyo; se estaba bien junto a aquel hombre como una fortaleza. Ana, mientras oía, con la frente inclinada, mirando las piedras del patio, sólo podía vislumbrar de soslayo el gabán claro, pulquérrimo del buen mozo. Don Álvaro al moverse con alguna viveza, dejaba al aire un perfume que Ana la primera vez que lo sintió reputó delicioso, después temible; un perfume que debía marear muy pronto; ella no lo conocía, pero debía de tener algo de tabaco bueno y otras cosas puramente masculinas, pero de hombre elegante solo. A veces la mano del interlocutor se apoyaba sobre el antepecho de la ventana; Ana veía, sin poder remediarlo, unos dedos largos, finos, de cutis blanco, venas azules y uñas pulidas ovaladas y bien cortadas. Y si bajaba los ojos más, para que el otro no creyese que le contemplaba las manos, veía el pantalón que caía en graciosa curva sobre un pie estrecho, largo, calzado con esmero ultra-vetustense. No podía haber pecado ni cosa parecida en reconocer que todo aquello era agradable, parecía bien y debía ser así.

Ana oía vagamente los ruidos de la cocina donde Pedro disponía con voces de mando los preparativos de la comida; el rumor de los surtidores del patio y las carcajadas y gritos de su marido, de Visita, de Edelmira y de Paco, que iban y venían por las escaleras, por los corredores, por la huerta, por toda la casa.

No había visto al Provisor entrar. Visita se acercó a la ventana para decirle al oído:

--Hijita, si quieres, puedes confesar ahora porque ahí tienes al padre espiritual... ya comerá contigo.

Ana se estremeció y se separó de Mesía sin mirarle.

--Hola, hola--dijo don Víctor que entraba dando el brazo a la robusta y colorada Edelmira-mujercita mía, ¿con que se está usted de palique con ese caballero?...

Pues aquí me tiene usted con mi parejita, eso es, en justa venganza.

Sólo Edelmira río la gracia, que tenía para ella novedad. Pasaron todos al salón donde estaban los demás convidados. Obdulia hablaba con el Magistral y Joaquinito Orgaz; el Marqués discutía con Bermúdez, que inclinaba la cabeza a la derecha, abría la boca hasta las orejas sonriendo, y con la mayor cortesía del mundo ponía en duda las afirmaciones del magnate.

--Sí, señor, yo derribaba San Pedro sin inconveniente y hacía el mercado....

--¡Oh, por Dios, señor Marqués!... No creo que usted... se atreviera... sus ideas.

--Mis ideas son otra cosa. El mercado de las hortalizas no puede seguir al aire libre, a la intemperie.

--Pero San Pedro es un monumento y una gloriosa reliquia.

--Es una ruina.--No tanto.... El Magistral intervino huyendo de Obdulia, que le asediaba ya, según habían previsto Paco y Visita.

Al entrar en el salón la Regenta, De Pas interrumpió una frase pausada y elegante, porque no pudo menos, y se inclinó saludando sin gran confianza.

Detrás de Ana apareció Mesía, que traía la mejilla izquierda algo encendida y se atusaba el rubio y sedoso bigote. Venía mirando al frente, como quien ve lo que va pensando y no lo que tiene delante. El Magistral le alargó la mano que Mesía estrechó mientras decía:

--Señor Magistral, tengo mucho gusto....

Se trataban poco y con mucho cumplido. Ana los vio juntos, los dos altos, un poco más Mesía, los dos esbeltos y elegantes, cada cual según su género; más fornido el Magistral, más noble de formas don Álvaro, más inteligente por gestos y mirada el clérigo, más correcto de facciones el elegante.

Don Álvaro ya miraba al Provisor con prevención, ya le temía; el Provisor no sospechaba que don Álvaro pudiera ser el enemigo tentador de la Regenta; si no le quería bien, era por considerar peligrosa para la propia la influencia del otro en Vetusta, y porque sabía que sin ser adversario declarado y boquirroto de la Iglesia, no la estimaba. Cuando le vio con Anita en la ventana, conversando tan distraídos de los demás, sintió don Fermín un malestar que fue creciendo mientras tuvo que esperar su presencia.

Ana le sonrió con dulzura franca y noble y con una humildad pudorosa que aludía, con el rubor ligero que la mostraba, a los secretos confesados la tarde anterior. Recordó todo lo que se habían dicho y que había hablado como con nadie en el mundo con aquel hombre que le había halagado el oído y el alma con palabras de esperanza y consuelo, con promesas de luz y de poesía, de vida importante, empleada en algo bueno, grande y digno de lo que ella sentía dentro de sí, como siendo el fondo del alma. En los libros algunas veces había leído algo así, pero ¿qué vetustense sabía hablar de aquel modo? Y era muy diferente leer tan buenas y bellas ideas, y oírlas de un hombre de carne y hueso, que tenía en la voz un calor suave y en las letras silbantes música, y miel en palabras y movimientos. También recordó Ana la carta que pocas horas antes le había escrito, y este era otro lazo agradable, misterioso, que hacía cosquillas a su modo. La carta era inocente, podía leerla el mundo entero; sin embargo, era una carta de que podía hablar a un hombre, que no era su marido, y que este hombre tenía acaso guardada cerca de su cuerpo y en la que pensaba tal vez.

No trataba Ana de explicarse cómo esta emoción ligeramente voluptuosa se compadecía con el claro concepto que tenía de la clase de amistad que iba naciendo entre ella y el Magistral. Lo que sabía a ciencia cierta era que en don Fermín estaba la salvación, la promesa de una vida virtuosa sin aburrimiento, llena de ocupaciones nobles, poéticas, que exigían esfuerzos, sacrificios, pero que por lo mismo daban dignidad y grandeza a la existencia muerta, animal, insoportable que Vetusta la ofreciera hasta el día. Por lo mismo que estaba segura de salvarse de la tentación francamente criminal de don Álvaro, entregándose a don Fermín, quería desafiar el peligro y se dejaba mirar a las pupilas por aquellos ojos grises, sin color definido, transparentes, fríos casi siempre, que de pronto se encendían como el fanal de un faro, diciendo con sus llamaradas desvergüenzas de que no había derecho a quejarse. Si Ana, asustada, otra vez buscaba amparo en los ojos del Magistral, huyendo de los otros, no encontraba más que el telón de carne blanca que los cubría, aquellos párpados insignificantes, que ni discreción expresaban siquiera, al caer con la casta oportunidad de ordenanza.

Pero al conversar, don Fermín no tenía inconveniente en mirar a las mujeres; miraba también a la Regenta, porque entonces sus ojos no eran más que un modo de puntuación de las palabras; allí no había sentimiento, no había más que inteligencia y ortografía. En silencio y cara a cara era como él no miraba a las señoras si había testigos.

Don Álvaro vio que mientras la conversación general ocupaba a todos los convidados, que esperaban en el salón, en pie los más, la voz que les llamase a la mesa; Ana disimuladamente se había acercado al Magistral y junto a un balcón le hablaba un poco turbada y muy quedo, mientras sonreía ruborosa.

Mesía recordó lo que Visitación le había dicho la tarde anterior: _cuidado con el Magistral que tiene mucha teología parda_. Sin que nadie le instigara era él ya muy capaz de pensar groseramente de clérigos y mujeres. No creía en la virtud; aquel género de materialismo que era su religión, le llevaba a pensar que nadie podía resistir los impulsos naturales, que los clérigos eran hipócritas necesariamente, y que la lujuria mal refrenada se les escapaba a borbotones por donde podía y cuando podía. Don Álvaro, que sabía presentarse como un personaje de novela sentimental e idealista, cuando lo exigían las circunstancias, era en lo que llamaba _El Lábaro_ el santuario de la conciencia, un cínico sistemático. En general envidiaba a los curas con quienes confesaban sus queridas y los temía. Cuando él tenía mucha influencia sobre una mujer, la prohibía confesarse. «Sabía muchas cosas». En los momentos de pasión desenfrenada a que él arrastraba _a la hembra_ siempre que podía, para hacerla degradarse y gozar él de veras con algo nuevo, obligaba a su víctima a desnudar el alma en su presencia, y las aberraciones de los sentidos se transmitían a la lengua, y brotaban entre caricias absurdas y besos disparatados confesiones vergonzosas, secretos de mujer que Mesía saboreaba y apuntaba en la memoria. Como un mal clérigo, que abusa del confesonario, sabía don Álvaro flaquezas cómicas o asquerosas de muchos maridos, de muchos amantes, sus antecesores, y en el número de aquellas crónicas escandalosas entraban, como parte muy importante del caudal de obscenidades, las pretensiones lúbricas de los _solicitantes_, sus extravíos, dignos de lástima unas veces, repugnantes, odiosos las más. Orgulloso de aquella ciencia, Mesía generalizaba y creía estar en lo firme, y apoyarse en «hechos repetidos hasta lo infinito» al asegurar que la mujer busca en el clérigo el placer secreto y la voluptuosidad espiritual de la tentación, mientras el clérigo abusa, sin excepciones, de las ventajas que le ofrece una institución «cuyo carácter sagrado don Álvaro no discutía...» delante de gente, pero que negaba en sus soledades de materialista en octavo francés, de materialista a lo _commis-voyageur_.

No pensaba, Dios le librase, que el Magistral buscara en su nueva hija de penitencia la satisfacción de groseros y vulgares apetitos; ni él se atrevería a tanto, ni con dama como aquella era posible intentar semejantes atropellos... pero «por lo fino, por lo fino» (repetía pensándolo) es lo más probable que pretenda seducir a esta hermosa mujer, desocupada, en la flor de la edad y sin amar. «Sí, este cura quiere hacer lo mismo que yo, sólo que por otro sistema y con los recursos que le facilita su estado y su oficio de confesor.... ¡Oh! debía acudir antes para impedirlo, pero ahora no puedo, aún no tengo autoridad para tanto». Estas y otras reflexiones análogas pusieron a Mesía de mal humor y airado contra el Magistral, cuya influencia en Vetusta, especialmente sobre el sexo débil y devoto, le molestaba mucho tiempo hacía.

--¿De modo que esta tarde ya no puede ser?--decía Ana con humilde voz, suave, temblorosa.

--No señora--respondió el Magistral, con el timbre de un céfiro entre flores--; lo principal es cumplir la voluntad de don Víctor, y hasta adelantarse a ella cuando se pueda. Esta tarde, alegría y nada más que alegría. Mañana temprano....

--Pero usted se va a molestar... usted no tiene costumbre de ir a la Catedral a esa hora....

--No importa, iré mañana, es un deber... y es para mí una satisfacción poder servir a usted, amiga mía....

No era en estas palabras, de una galantería vulgar, donde estaba la dulzura inefable que encontraba Ana en lo que oía: era en la voz, en los movimientos, en un olor de _incienso espiritual_ que parecía entrar hasta el alma.

Quedaron en que a la mañana siguiente, muy temprano, don Fermín esperaría en su capilla a la Regenta para reconciliar.

--«Y mientras tanto, no pensar en cosas serias; divertirse, alborotar, como manda el señor Quintanar, que además de tener derecho para mandarlo, pide muy cuerdamente. Es muy posible que sus... tristezas de usted, esas inquietudes... (el Magistral se puso levemente sonrosado, y le tembló algo la voz, porque estaba aludiendo a las confidencias de la tarde anterior), esas angustias de que usted se queja y se acusa tengan mucho de nerviosas y también puedan curarse, en la parte que al mal físico corresponde, con esa nueva vida que le aconsejan y le exigen. Sí, señora, ¿por qué no? Oh, hija mía, cuando nos conozcamos mejor, cuando usted sepa cómo pienso yo en materia de _placeres mundanos_... (Eran sus frases) los _placeres del mundo_ pueden ser, para un alma firme y bien alimentada, pasatiempo inocente, hasta soso, insignificante; distracción útil, que se aprovecha como una medicina insípida, pero eficaz....

Ana comprendía perfectamente. «Quería decir el Magistral que cuando ella gozase las delicias de la virtud, las diversiones con que podía solazarse el cuerpo le parecerían juegos pueriles, vulgares, sin gracia, buenos sólo porque la distraían y daban descanso al espíritu. Entendido. Después de todo, así era ahora; ¡la divertían tan poco los bailes, los teatros, los paseos, los banquetes de Vetusta!».

Quintanar se acercó, y como oyera a don Fermín repetir que era higiénico el ejercicio y muy saludable la vida alegre, distraída, aplaudió al Magistral con entusiasmo, y aun aumentó su satisfacción cuando supo que ya no reconciliaría Ana aquella tarde.

--¡Absurdo!--dijo don Fermín--; esta tarde al campo... al Vivero....

--¡A comer, a comer!--gritó la Marquesa desde la puerta del salón donde acababa de recibir la noticia.

--¡Santa palabra!--exclamó el Marqués.

Cada cual dijo algo en honor del nuncio, y todos hablando, gesticulando, contentos, «sin ceremonias», que eran excusadas en casa de doña Rufina, pasaron al comedor. Los marqueses de Vegallana sabían tratar a sus convidados con todas las reglas de la etiqueta empalagosa de la aristocracia provinciana; pero en estas fiestas de amigos íntimos, de que a propósito se excluía a los parientes linajudos que no gustaban de ciertas confianzas, se portaban como pudiera cualquier plebeyo rico, aunque sin perder, aun en las mayores expansiones, algunos aires de distinción y señorío vetustense que les eran ingénitos. El Marqués tenía el arte de saber darse tono _a la pata la llana_, como él decía en la prosa más humilde que habló aristócrata.

«La comida era de confianza, ya se sabía». Esto quería decir que el Marqués y la Marquesa, no prescindirían de sus manías y caprichos gastronómicos en consideración a los convidados; pero estos serían tratados a cuerpo de rey; la confianza en aquella mesa no significaba la escasez ni el desaliño; se prescindía de la librea, de la vajilla de plata, heredada de un Vegallana, alto dignatario en Méjico, de las ceremonias molestas, pero no de los vinos exquisitos, de los aperitivos y entremeses en que era notable aquella mesa, ni, en fin, de comer lo mejor que producía la fauna y la flora de la provincia en agua, tierra y aire. Otros aristócratas disputaban a Vegallana la supremacía en cuestión de nobleza o riqueza, pero ninguno se atrevía a negar que la cocina y la bodega del Marqués eran las primeras de Vetusta.

Ordinariamente la Marquesa se hacía servir por muchachas de veinte abriles próximamente, guapas, frescas, alegres, bien vestidas y limpias como el oro.

--«Ello será de mal tono--decía--cosa de pobretes, pero todos mis convidados quedan contentos de tal servicio».

--«Porque tengo observado--añadía--que a las señoras no les gustan, por regla general, los criados; no se fijan en ellos, y a los hombres siempre les gustan las buenas mozas, aunque sea en la sopa».

Paquito había acogido con entusiasmo la innovación de su mamá diciendo: «¡Eso es! Esta servidumbre de doncellas parece que alegra; me recuerda las horchaterías y algunos cafés de la Exposición...». Al Marqués le era indiferente el cambio. De todas suertes él no pecaba en casa ni siquiera dentro del casco de la población.

El comedor era cuadrado, tenía vistas a la huerta y al patio mediante cuatro grandes ventanas rasgadas hasta cerca del techo, no muy alto. En cada ventana había acumulado la Marquesa flores en tiestos, jardineras, jarrones japoneses, más o menos auténticos y contrastaban los colores vivos y metálicos de esta exposición de flores con los severos tonos del nogal mate que asombraban el artesonado del techo y se mostraban en molduras y tableros de los grandes armarios corridos, de cristales, que rodeaban el comedor en todo el espacio que dejaban libres los huecos y un gran sofá arrimado a un testero. También adornaban las paredes, allí donde cabían, cuadros de poco gusto, pero todos alusivos a las múltiples industrias que tienen relación con el comer bien. Allí la caza del tiempo que se le antojaba a Vegallana del feudalismo; la castellana en el palafrén, el paje a sus pies con el azor en el puño levantado sobre su cabeza; la garza allá en las nubes, de color de yema de huevo; más atrás el amo de aquellos bosques, del castillo roquero y del pueblecillo que se pierde en lontananza.... En frente una escena de novela de Feuillet; caza también; pero sin garza, ni azor, ni señor feudal: un rincón del bosque, una dama que monta a la inglesa, y un jinete que le va a los alcances dispuesto, según todas las señas, a besarle una mano en cuanto pueda cogerla.... En otra parte una mesa revuelta; más allá un bodegón de un realismo insufrible después de comer. Y por último, en el techo, en la vertical del centro de mesa, en un medallón, el retrato de don Jaime Balmes, sin que se sepa por qué ni para qué. ¿Qué hace allí el filósofo catalán? El Marqués no ha querido explicarlo a nadie. A Bermúdez le parece un absurdo; Ronzal dice que es «_un anacronismo_»; pero a pesar de estas y otras murmuraciones, conserva en el medallón a Balmes y no da explicaciones el jefe del partido conservador de Vetusta.