Part 28
--¿Qué? ¿cómo se entiende? ¿quiere usted recoger velas, que se desdiga S. I.?
--Creo, que...--¡Nada, nada! La palabra es palabra. Nos vamos, nos vamos; ea, ea, conversación; no oigo nada.... Vamos, Olvido... no oigo... no oigo....
Por una especie de milagro acústico cada palabra de Visitación sonaba como siete; parecía que estaba allí perorando toda la junta de _protectrices_.
Se levantó y se dirigió a la puerta llevando como a remolque a la de Páez.
El Magistral protestó en vano: «Aquella sociedad la había fundado un ateo, era enemiga de la Iglesia...».
--No hay tal--gritó desde la puerta Visita--; si así fuera, no figuraríamos nosotras como damas agregadas.
--Yo lo soy--advirtió la de Páez--por empeño de esta que convenció a papá.
--Pero, señores, si _La Libre Hermandad_ ha cantado ya la palinodia; si desde que ingresamos en ella nosotras, se acabó lo de la libertad y toda esa jarana....
--Tiene razón--se atrevió a decir el Obispo, a quien todavía engañaba el aturdimiento postizo de la del Banco--; tiene razón esa loquilla....
--¡No tiene tal!--gritó el Provisor, perdiendo un estribo por lo menos--. No tiene tal; y esto ha sido... una imprudencia.
Visita volvió la cara y sacó la lengua. «¡Cómo le trata!» pensó, envidiando a un hombre que osaba llamar imprudente al Obispo.
Las damas salieron: S. I. quedó corrido; y después de indicar al Magistral que las acompañara por los pasillos estrechos y enrevesados, se puso en salvo, encerrándose en el oratorio, para evitar explicaciones.
El Magistral no pensó en buscarle.
La de Páez iba con la cabeza baja. Temía también una reprensión del prebendado. Este aprovechó un momento en que Visita se detuvo para saludar a una familia que ella había recomendado al Obispo, y acercándose al oído de la joven dijo en tono de paternal autoridad:
--Ha hecho usted mal, pero muy mal en acompañar a esta... loca.
--Pero si me votaron...--Si usted no fuera de esa junta...--Papá espera a usted hoy a comer. Iba a escribirle yo misma, pero dese usted por convidado.
--Bueno, bueno; ¿no le gusta a usted oír las verdades?
--Lo que digo es que papá...--Pues hoy no puedo ir... a comer. Estoy convidado hace días... otro Francisco que... pero allá nos veremos dentro de una hora; en cuanto despache de prisa y corriendo....
Se despidieron; las damas salieron a la calle, y el Provisor entró, dejando atrás pasillos, galerías y salones, en las oficinas del gobierno eclesiástico.
Llegó a su despacho el señor vicario general, y sin saludar a los que allí le esperaban, se sentó en un sillón de terciopelo carmesí detrás de una mesa de ministro cargada de papeles atados con balduque. Apoyó los codos en el pupitre y escondió la cabeza entre las manos. Sabía que le esperaban, que pretendían hablarle, pero fingía no notarlo. Esta era una de las maneras que usaba para hacer sentir el peso de su tiranía; así humillaba a los subalternos; despreciándolos hasta no verlos a los dos pasos. Primero era su mal humor. Un mal humor de color de pez. La bilis le llegaba a los dientes. ¿Por qué? Por nada. Ningún disgusto grave le habían dado; pero tantas pequeñeces juntas le habían echado a perder aquel día que había creído feliz al ver el sol brillante, al lavarse alegre frente al espejo. Primero su madre tratándole como a un chiquillo, recordándole las calumnias con que le perseguían; después las noticias alarmantes y las bromas necias del médico, luego aquella Visitación, La Libre Hermandad, Olvidito faltando a la disciplina... y sobre todo aquel demonio de Obispo abrumándole con su humildad, recordándole nada más que con su presencia de liebre asustada toda una historia de santidad, de grandeza espiritual enfrente de la historia suya, la de don Fermín... que... ¿para qué ocultárselo a sí mismo? era poco edificante.... Aquel paralelo eterno que estaba haciendo Fortunato sin saberlo, irritaba al Magistral. Y ahora le irritaba más que nunca. Ahora le parecía que la superioridad intelectual del vicario era nada enfrente de la grandeza moral del Obispo. Él era la única persona que sabía comprender todo el valor de Fortunato. ¡Qué poéticas, qué nobles, qué espirituales le parecían ahora la virtud del otro, su elocuencia, su culto romántico de la Virgen! Y las propias habilidades ¡qué ruines, qué prosaicas! su carácter fuerte y dominante, ¡qué ridículo en el fondo! «¿A quién dominaba él? ¡A escarabajos!».
--¿Qué hay?--gritó con voz agria, levantando la cabeza y mirando a los escarabajos que tenía enfrente.
Eran un clérigo que parecía seglar y un seglar que parecía clérigo; mal afeitados los dos, peor el sacerdote, que mostraba el rostro lleno de púas negras ásperas; vestían ambos de paisano, pero como los curas de aldea; el alzacuello del clérigo era blanco y estaba manchado con vino tinto y sudor grasiento; el cuello de la camisa del otro parecía también un alzacuello; usaba corbatín negro abrochado en el cogote.
Don Carlos Peláez, notario eclesiástico que desempeñaba otros dos o tres cargos en Palacio, no todos compatibles, se jactaba de ser una de las personas más influyentes en la curia eclesiástica y aun en el ánimo del señor Provisor. Bien iba a probarlo ahora interponiendo su favor para arrancar al mísero párroco de Contracayes, aldea de la montaña, de las garras de la disciplina. Había habido _un soplo_, cosa de envidiosos, y el Provisor sabía que Contracayes (el cura) tenía la debilidad de convertir el confesonario en escuela de seducción. De Pas había querido echar todo el peso de la censura eclesiástica y las más severas penas sobre Contracayes; pero gracias a los ruegos del notario había consentido, antes de proceder, en celebrar una conferencia con el párroco montañés, prometiendo que, si advertía en él verdadero arrepentimiento, se contentaría con un castigo de carácter reservado, que en nada perjudicaría la fama del clérigo, gran elector, y muy buen partidario de la causa óptima.
--¿Qué hay?--repitió el Magistral, sonriendo por máquina al notario. Peláez señaló a su compañero, que era un buen mozo, moreno, de cejas muy pobladas, ceño adusto, ojos de color de avellana que echaban fuego, boca grande, orejas puntiagudas, cuello muy robusto y abultada nuez. Parecía todo él tiznado, y no lo estaba; tenía tanto de carbonero como de cura; aquel matiz de las púas negras entre la carne amoratada de las mejillas se hubiera creído que le cubría todo el cuerpo. Nunca se había visto enfrente del Provisor, a quien temía por los rayos que manejaba, pero nada más hasta el punto que un gigantón salvaje puede temer a quien puede aplastar, en último caso, de una puñada. Notó don Fermín que Contracayes estaba más aturdido que atemorizado. Saludó el cura con un gruñido, y el Provisor no contestó siquiera.
El notario se volvió todo mieles; se sentó de soslayo en una silla para dar a entender al cura que estaba allí como en su casa; hablaba con el lenguaje más familiar posible, sin pecar de irreverente; se permitía bromitas y estuvo a punto de declarar que el pecado de solicitación no era de los más feos y que se podría echar tierra fácilmente al asunto. Y como el Magistral arrugase el ceño, Peláez mudó de conversación y habló con falso aturdimiento de las últimas elecciones y hasta aludió a las hazañas de cierto cura de la montaña que conocía él, que había metido el resuello en el cuerpo a una pareja de la guardia civil. Contracayes sonrió como un oso que supiera hacerlo.
El Magistral estaba pensando en la manera de solicitar a sus penitentes que tendría aquel salvaje.... Hubo un momento de silencio. No se había hablado palabra del _negocio_ y hasta el mismo Peláez comprendió que había que abordar la _cuestión espinosa_. Don Fermín, recordando de repente su mal humor, sus contratiempos del día, se puso en pie y encarándose con el párroco--que también se levantó como si fueran a atacarle--dijo con voz áspera:
--Señor mío, estoy enterado de todo, y tengo el disgusto de decirle que su asunto tiene muy mal arreglo. El concilio Tridentino considera el delito que usted ha cometido, como semejante al de herejía. No sé si usted sabrá que la Constitución _Universi Domini_ de 1622, dada por la santidad de Gregorio XV le llama a usted y a otro como usted execrables traidores, y la pena que señala al crimen de solicitar _ad turpia_ a las penitentes, es severísima; y manda además que sea usted degradado y entregado al brazo secular.
El párroco abrió los ojos mucho y miró espantado al notario, que, a espaldas de don Fermín, le guiñó un ojo.
--Benedicto XIV--continuó el Magistral--confirmó respecto de los solicitantes las penas impuestas por Sixto V y Gregorio XV... y, en fin, por donde quiera que se mire el asunto está usted perdido....
--Yo creía...--¡Creía usted mal, señor mío! Y si usted duda de mi palabra, ahí tiene usted en ese estante a Giraldi «_Expositio juris Pontificii_ que en el tomo II, parte 1.º, trata la cuestión con gran copia de datos...».
El señor Peláez estaba acostumbrado al estilo del Provisor, que nunca era más erudito que al echar la zarpa sobre una víctima.
--Señor--se atrevió a decir Contracayes, algo amostazado y perdiendo mucha parte del miedo--; con la palabra de V. S. tengo ya bastante, y no es de los sagrados cánones de lo que me quejo, sino de mi mala suerte que me hizo resbalar y caer donde otros muchos, muchísimos que conozco resbalan pero no caen.
El Magistral se volvió de pronto, como si le hubiesen mordido en la espalda.
--¡Salga usted de aquí, señor insolente, y no me duerma usted en Vetusta!...--gritó.
--Pero, señor...--¡Silencio digo! silencio y obediencia o duerme usted en la cárcel de la corona....
Y el Magistral descargó un puñetazo formidable sobre la mesa-escritorio.
--¡Pues para este viaje no necesitábamos alforjas!--gritó Contracayes, no menos furioso, volviéndose al consternado Peláez, que no había previsto aquel choque de dos malos genios.
--Pero, señores, calma...--¡Fuera de aquí, so tunante!--gritó el Magistral terciando el manteo, descomponiéndose contra su costumbre...--. ¡Desgraciado de ti! Date por perdido, mal clérigo....
--¿Pero yo qué he dicho, señor?--exclamó el párroco, que se asustó un poco ante la actitud de aquel hombre, en quien reconocía la superioridad moral de un Júpiter eclesiástico.
En cuanto conoció que su autoridad se acataba, De Pas fue amansando el oleaje de su cólera; y al fin, pálido, pero con voz ya serena:
--Salga usted--dijo señalando a la puerta--, salga usted... libre por ser un loco... pero ni dos horas permanezca en la ciudad, ni hable con alma viviente de lo ocurrido aquí... y en cuanto a su crimen execrable, yo me entenderé, sin necesidad de ver a usted, con el señor Peláez, y él le comunicará lo que resolvamos.
El clérigo quiso humillarse, pedir perdón....
--Salga usted inmediatamente. Salió. Peláez temblando y lívido se atrevió a decir:
--¡Cuánto siento!... señor Magistral....
--No sienta usted nada. Han venido ustedes en mal día. Estoy nervioso. Quise asustarle, imponerle respeto por el terror... y no conté con mi mal humor; me he exaltado de veras, me he dejado llevar de la ira....
--¡Oh, no, eso no! él sí que es un animal, un salvaje....
--Sí, es un salvaje... pero por lo mismo debí tratarle de otro modo.
--Lo que yo no perdono es el disgusto....
--Deje usted, deje usted; hablaremos de ese bribón... otro día. Hoy no puedo... hoy... me sería imposible prometer a usted suavizar los rigores de la ley que está terminante.
--Sí, ya sé... pero, como nunca se aplica....
--Porque no hay pruebas... como ahora. Y alguna vez se ha de empezar. En fin, ya digo que hablaremos.... Necesito estar solo....
Salió también Peláez y De Pas, entonces a solas con su pensamiento, dejó que le subiera al rostro la sangre amontonada por la vergüenza...
«¡Qué degradación!» pensó; y se puso a dar paseos por el despacho, como una fiera en su jaula.
Cuando se sintió más sereno, tocó un timbre. Entró un joven alto, tonsurado, pálido y triste, tísico probablemente. Era un primo del Magistral que hacía allí veces de secretario.
--¿Qué habéis oído?
--Voces; nada.--El cura de Contracayes, que es un salvaje....
--Sí, ya sé...--¿Qué hay?--Nada urgente.--¿De modo que puedo irme? No me necesitáis....
--No; hoy no.--Bueno, pues me voy... me duele la cabeza... no estoy para nada.... Pero no se lo digas a mi madre.... Si sabe que dejé el despacho tan pronto... creerá que estoy enfermo....
--Sí, sí, eso sí.
--¡Ah! oye; la licencia para el oratorio de los de Páez, ¿vino ya?
--Sí.--¿Está corriente, puedo llevármela ahora?
--Ahí la tienes, en ese cartapacio.
--¿Va en regla todo? ¿Podrá doblar el coadjutor de Parves?...
--Todo va en regla.--Aquí veo una tarjeta de don Saturno Bermúdez. ¿A qué vino?
--A lo de siempre, a que no hagamos caso del pobre don Segundo, el cura de Tamaza, que reclama el dinero de las misas de San Gregorio que le ha hecho decir don Saturno....
--Y que no le quiere pagar.--Es su costumbre. Está empeñado con todo el clero. Ha salvado a medio purgatorio (el joven tonsurado tosió con violencia por contener la risa), a medio purgatorio a costa de sus _ingleses_.
--El cura de Tamaza es un vocinglero....
--Pero pide lo que le deben...--Pero no se puede hacer nada.... ¿Quieres tú que yo me ponga de punta con el obispillo de levita?
--Eso no. Lo pagaríamos en el _Lábaro_ que él inspira y que ahora te trata bien. A propósito de periódicos; ayer venía en «_La Caridad_» de Madrid, una correspondencia de Vetusta, y, mucho me engaño, o en ella andaba la mano de Glocester.
--¿Qué decía?--Tontunas, que los carlistas estaban enseñoreados de algunas diócesis en que, contra el derecho, eran vicarios generales los que no podían serlo, sino interinamente y por gracia especial; pero que por ciertos servicios a la causa del Pretendiente, los superiores jerárquicos hacían la vista gorda.
--De modo, ¿que yo no puedo ser vicario general?
--Por lo visto no; porque entre los casos de excepción citan «los prebendados de oficio» y traen a cuento no sé qué disposiciones de los Papas....
--Sí, ya sé; un Breve de Paulo V y dos o tres de Gregorio XV. ¡Majaderos! Y milagro será que no vengan también con lo de «ser natural de la diócesis». ¡Idiotas! ¡Qué poco sentido práctico tienen esos falsos católicos!... Glocester debe de ser el corresponsal de ese papelucho; esas agudezas romas son de él. ¡Puf! ¡qué enemigos, Señor, qué enemigos! ¡bestias, nada más que bestias!
El Magistral respiraba con fuerza, como aparentando ahogarse en aquel ambiente de necedad....
Quiso marcharse, sin ver a ningún clérigo ni seglar de los que esperaban en la antesala y en la oficina contigua... pero no pudo defenderse de las invasiones; el señor Carraspique asomó las narices por una puerta....
--¿Se puede? «¡Era Carraspique!». Adelante, hubo que decir.
Venía a recomendar el pronto despacho de una expedición a la agencia de Preces; y algunos asuntos de capellanías....
Hubo que acudir a los registros, consultar a los empleados. El Magistral, distraído, se aventuró a pasar del despacho a la oficina y allí se vio rodeado de litigantes, de pretendientes, casi todos muy afeitados, todos vestidos de negro, o con sotana o con levita que lo parecía. La oficina no ostentaba el lujo del despacho ni mucho menos; era grande, fría, sucia; el mobiliario indecoroso, y tenía un olor de sacristía mezclado con el peculiar de un cuerpo de guardia. Los empleados tenían la palidez de la abstinencia y la contemplación, pero producida por los miasmas del covachuelismo, miserable, sórdido y malsano, complicado aquí con la ictericia de los rapavelas.
Había una mesa en cada esquina, y alrededor de todas curas y legos que hablaban, gesticulaban, iban y venían, insistían en pedir algo con temor de un desaire; los empleados, más tranquilos, fumaban o escribían, contestaban con monosílabos, y a veces no contestaban. Era una oficina como otra cualquiera con algo menos de malos modos y un poco más de hipocresía impasible y cruel.
Cuando entró el Provisor, disminuyó el ruido; los más se volvieron a él, pero el _jefe_ se contentó con poner una mano delante de la cara como rechazando a todos los importunos y se fue a una mesa a preguntar por un expediente de mansos. «Lo que él decía; en las oficinas de Hacienda pública no daban razón; los expedientes de mansos dormían el sueño eterno, cubiertos de polvo».
El señor Carraspique daba pataditas en el suelo.
--¡Estos liberales!--murmuraba cerca del Magistral.
--¡Qué Restauración ni qué niño muerto! Son los mismos perros con distintos collares....
--El Estado se burla de la Iglesia, sí señor, eso es evidente, no hay concordato que valga; todo se promete, y no se hace nada....
Dos curas se acercaron humildemente al Magistral.... Eran de la aldea; también ellos querían saber si los expedientes de mansos....
--Nada, nada, señores, ya lo oyen ustedes--dijo el Provisor en voz alta, para que se enterasen todos los presentes y no le aburrieran más--en las oficinas del gobierno civil dicen que se resolverán los expedientes uno a uno, porque no hay criterio general aplicable, es decir, que no se resolverán nunca los expedientes dichosos....
De Pas se vio cogido por la rueda que le sujetaba diariamente a las fatigas canónico-burocráticas: sin pensarlo, contra su propósito, se encenagó como todos los días en las complicadas cuestiones de su gobierno eclesiástico, mezcladas hasta lo más íntimo con sus propios intereses y los de su señora madre; con cien nombres de la disciplina, muchos de los cuales significaban en la primitiva Iglesia poéticos, puros objetos del culto y del sacerdocio, se disfrazaba allí la eterna cuestión del dinero; espolios, vacantes, medias annatas, patronato, congruas, capellanías, estola, pie de altar, licencias, dispensas, derechos, cuartas parroquiales... y otras muchas docenas de palabras iban y venían, se combinaban, repetían y suplían, y en el fondo siempre sonaban a metal y siempre el lucro del Provisor, el de su madre, iba agarrado a todo. Nunca había puesto los pies allí doña Paula, pero su espíritu parecía presidir el mercado singular de la curia eclesiástica. Ella era el general invisible que dirigía aquellas cotidianas batallas; el Magistral era su instrumento inteligente.
Como todos los días, se presentaron aquella mañana cuestiones turbias que el Provisor acostumbraba resolver como por máquina, con el criterio de su ganancia, con habilidad pasmosa, y con la más correcta forma, con pulcritud aparente exquisita. Más de una vez, sin embargo, al resolver una injusticia, un despojo, una crueldad útil, vaciló su ánimo (estaba nervioso, no sabía qué hierba había pisado), pero el recuerdo de su madre por un lado, la presencia de aquellos testigos ordinarios de su frescura, de su habilidad y firmeza, por otro, y en gran parte la fuerza de la inercia, la costumbre, le mantenían en su puesto; fue el de siempre, resolvió como siempre, y nadie tuvo allí que pensar si el Provisor se habría vuelto loco, ni él necesitó inventar cuentos para engañar a su madre. «Doña Paula podía estar satisfecha de su hijo; de su hijo; no del soñador necio y casquivano que aquella mañana se turbaba al leer una carta insignificante, y se alegraba sin saber por qué al ver un sol esplendoroso en un cielo diáfano. ¡El sol, el cielo! ¿qué le importaban al Vicario general de Vetusta? ¿No era él un curial que se hacía millonario para pagar a su madre deudas sagradas y para saciar con la codicia la sed de ambiciones fallidas?».
«Sí, sí; eso era él; y no había que hacerse ilusiones, ni buscar nueva manera de vivir. Debía estar satisfecho y lo estaba».
--«¡Hora y media en la oficina!--se dijo al salir del palacio, entre avergonzado y contento--; ¡y él que creía no haber pasado allí veinte minutos!».
Cuando se vio otra vez al aire libre, en la Corralada, De Pas respiró con fuerza... se le figuraba aquel día, que salir de Palacio era salir de una cueva. De tanto hablar allá dentro, tenía la boca seca y amarga y se le antojaba sentir un saborcillo a cobre. Se encontraba un aire de monedero falso. Se apresuró a dejar la plazuela que cubría de sombra la parda catedral... huyó hacia las calles anchas, dejó la Encimada con sus resonantes aceras gastadas y estrechas, su triste soledad solemne, su hierba entre los guijarros, sus caserones ahumados, sus rejas de hierro encorvadas, y buscó la Colonia, saliendo por la plaza del Pan, la calle del Comercio y el Boulevard, de cuyos arbolillos caían hojas secas sobre anchas losas. El manteo del Magistral las atraía, las arrastraba por la piedra en pos de sí con un ruido de marejada rítmico y gárrulo.
Allí se veía ya mucho cielo; todo azul; enfrente la silueta del Corfín, azulada también. Aquello era la alegría, la vida. «¡Capellanías, bulas, medias annatas, reservas! ¿qué tenía que ver el mundo, el ancho, el hermoso mundo con todo eso? ¿Sabía aquel gigante de piedra, el Corfín grave, majestuoso, tranquilo, lo que eran agencias ni si la había de preces, ni por qué costaba dinero el sacar licencias de cualquier cosa?».
Iba el Magistral por el Boulevard adelante, saludando a diestro y siniestro, asustado con que se le ocurrieran a él estos pensamientos de bucólica religiosa. Precisamente siempre había sido enemigo de las Arcadias eclesiásticas y profesaba una especie de positivismo prosaico respecto de las necesidades temporales de la Iglesia. ¿Estaría enfermo? ¿Se iría a volver loco? Sin poder él remediarlo, mientras el aire fresco--el viento había cambiado del mediodía al noroeste--le llenaba los pulmones de voluptuosa picazón, la fantasía, sin hacer caso de observaciones ni mandatos, seguía herborizando y se había plantado en los siglos primeros de la Iglesia, y el Magistral se veía con una cesta debajo del brazo recogiendo de puerta en puerta por el Boulevard y el Espolón las ricas frutas que Páez, don Frutos Redondo y demás _Vespucios_ de la Colonia, arrancaban con sus propias manos en aquellos jardines que, en efecto, iba viendo a un lado y a otro detrás de verjas doradas, entre follaje deslumbrante y lleno de rumores del viento y de los pájaros.
El hotel de Páez era el primero de los seis que adornaban la calle Principal, flanqueándola por la parte del Sur. Era un gran cubo que parecía una torre atalaya de las que hay a lo largo de la costa en la provincia de Vetusta, recuerdo, según dicen, de la defensa contra los Normandos.
El señor de Páez no temía ningún desembarco de piratas, pues el mar estaba a unas cuantas leguas de su palacio, pero creía que la «_elegancia sólida_ consistía en fabricar muros muy espesos, en desperdiciar los mármoles, y, en fin, en trabajos _ciclopios_», según su incorrecta expresión. En lo más alto del frontispicio había en vez de un escudo, que el señor Páez no tenía, un gran semicírculo de jaspe negro y en medio, en letras de oro, esta elocuente leyenda: _1868_, que no indicaba más que la fecha de la construcción ciclópea. En las esquinas del terrado de gran balaustrada que coronaba el castillo, sendas águilas de hierro pintadas de verde probaban a levantar el vuelo. Aquellas águilas, según el señor Páez, hacían juego con otras dos bordadas en la alfombra de su despacho. No era el bueno de don Francisco el más rico americano de la Colonia; algunos millones más tenía don Frutos, pero al _Vespucio_ de las Águilas «ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le ponía el pie delante tocante al rumbo» y él era el único vetustense que hacía visitas en coche y tenía lacayos de librea con galones a diario, si bien a estos lacayos jamás conseguía hacerles vestirse con la pulcritud, corrección y severidad que él había observado en los congéneres de la Corte.