La Regenta

Part 27

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Durante algunos años Fortunato había sido el predicador de moda en Vetusta. Su antecesor rara vez subía al púlpito, y el verle a él en la cátedra del Espíritu Santo casi todos los días, despertó la curiosidad primero, después el interés y hasta el entusiasmo de los fieles. Su elocuencia era espontánea, ardiente; improvisaba; era un orador verdadero, valía más que en el papel, en el púlpito, en la ocasión. Hablaba de repente, llamas de amor místico subían de su corazón a su cerebro, y el púlpito se convertía en un pebetero de poesía religiosa cuyos perfumes inundaban el templo, penetraban en las almas. Sin pensar en ello, Fortunato poseía el arte supremo del escalofrío; sí, los sentía el auditorio al oír aquella palabra de unción elocuente y santa. La caridad en sus labios era la necesidad suprema, la belleza suma, el mayor placer. Cuando Fortunato bajaba de la cátedra deseando a todos la gloria por los siglos de los siglos, la unción del prelado corría por el templo como una influencia magnética; parecía que si se tocaban los cuerpos iban a saltar chispas de caridad eléctrica; el entusiasmo, la conversión, se leían en miradas y sonrisas; en aquellos momentos los vetustenses tomaban en serio lo de ser todos hermanos.

Pero esto había sido al principio. Después... el público empezó a cansarse. Decían que el Obispo _se prodigaba demasiado_. «El Magistral no se prodigaba».

--Estudia más los sermones--decían unos.

--Es más profundo, aunque menos ardiente.

--Y más elegante en el decir.--Y tiene mejor figura en el púlpito.

--El Magistral es un artista, el otro un apóstol.

Hacía mucho tiempo que Glocester, el Arcediano, no se explicaba por qué gustaba el Obispo como predicador. «Él confesaba que no entendía aquello. Era demasiado florido». Para Glocester no pasaba de _mera retórica_ aquello de abrasarse en amor del prójimo. «Le sonaba a hueco».

--«¿Y el dogma? ¿Y la controversia? El Obispo nunca hablaba mal de nadie; para él como si no hubiera un grosero materialismo ni una hidra revolucionaria, ni un satánico _non serviam_ librepensador».

En concepto de Glocester, Camoirán había comenzado a desacreditarse en los _sermones de la Audiencia_. Todos los viernes de Cuaresma la Real Audiencia Territorial pagaba y oía con religiosa atención o mística somnolencia un sermón que alguna notabilidad del púlpito vetustense predicaba en Santa María, la iglesia antiquísima.

--«Pues bien--decía Glocester--allí no se habla por hablar, ni lo primero que viene a la boca; allí no basta abrasarse en fuego divino; es necesario algo más, so pena de ofender la ilustración de aquellos señores. Se habla a jurisconsultos, a hombres de ciencia, señor mío, y hay que tentarse la ropa antes de subir a la cátedra sagrada. El Obispo había hablado a los _señores del margen_, a la Audiencia Territorial ni más ni menos mal que al común de los fieles».

El actual regente--que no era Quintanar--había dicho, en confianza, a un oidor que _el sermón no tenía miga_. El oidor había corrido la noticia, y el fiscal se atrevió a decir que el Obispo no se iba al grano.

Para irse al grano Glocester. Aquel mismo año en que Fortunato lo había hecho tan mal, en concepto de los señores magistrados, se lució en su sermón de viernes el sinuoso Arcediano. Ya lo anunciaba él muchos días antes.

--«Señores, no llamarse a engaño; a mí hay que leerme entre líneas; yo no hablo para criadas y soldados; hablo para un público que sepa... eso, leer entre líneas».

La musa de Glocester era la ironía. Aquel viernes memorable, Mourelo se presentó en el púlpito sonriente, como solía (ocho días antes se había desacreditado el Obispo), saludó al altar, saludó a la Audiencia y se dignó saludar al católico auditorio. Su mirada escudriñó los rincones de la Iglesia para ver si, conforme le habían anunciado, algún libre-pensadorzuelo de Vetusta, de esos que estudian en Madrid y vuelven podridos, estaba oyéndole. Vio dos o tres que él conocía, y pensó: «Me alegro; ahora veréis lo que es bueno». El regente--que no era Quintanar--con el entrecejo arrugado y la toga tersa, sentado en medio de la nave en un sillón de terciopelo y oro, contemplaba al predicador, preparándose a separar el grano de la paja, dado que hubiera de todo. Otros magistrados, menos inclinados a la crítica, se disponían a dormir disimuladamente, valiéndose de recursos que les suministraba la experiencia de estrados.

Glocester se fue al grano en seguida. La antífrasis, el eufemismo, la alusión, el sarcasmo, todos los proyectiles de su retórica, que él creía solapada y hábil, los arrojó sobre el impío Arouet, como él llamaba a Voltaire siempre. Porque Mourelo andaba todavía a vueltas con el pobre Voltaire; de los modernos impíos sabía poco; algo de Renan y de algún apóstata español, pero nada más. Nombres propios casi ninguno: el grosero materialismo, el asqueroso sensualismo, los cerdos de los establos de Epicuro y otras colectividades así hacían el gasto; pero nada de Strauss ni de las luchas exegéticas de Tubinga y Götinga: amigo, esto quedaba para el Magistral, con no poca envidia de Glocester.

Voltaire, y a veces el extraviado filósofo ginebrino, pagaban el pato. Pero no; otro caballo de batalla tenía el Arcediano: el paganismo, la antigua idolatría. Aquel día, el viernes, estuvo oportunísimo burlándose de los egipcios. Al regente le costó trabajo contener la risa, que procuraba excitar Glocester.

Aquellos grandísimos puercos que adoraban gatos, puerros y cebollas, le hacían mucha gracia al orador sagrado. «¡Con qué sandunga les tomaba el pelo a los egipcios!», según expresión de Joaquinito Orgaz, religioso por buen tono y que creía sinceramente que era un disparate la idolatría.

--«Sí, Señor Excelentísimo, sí, católico auditorio, aquellos habitantes de las orillas del Nilo, aquellos ciegos cuya sabiduría nos mandan admirar los autores impíos, adoraban el puerro, el ajo, la cebolla». _«¡Risum teneatis! ¡Risum teneatis!»_ repetía encarándose con el perro de San Roque, que estaba con la boca abierta en el altar de enfrente. El perro no se reía.

Cerca de media hora estuvo abrumando a los Faraones y sus súbditos con tales cuchufletas. «¿Dónde tenían la cabeza aquellos hombres que adoraban tales inmundicias?».

Ronzal, Trabuco, que admiró aquel sermón, dos meses después sacaba partido de las citas de Glocester en las discusiones del Casino, y decía:

--«Señores, lo que sostengo aquí y en todos los terrenos, es que si proclamamos la libertad de cultos y el matrimonio civil, pronto volveremos a la idolatría, y seremos como los antiguos egipcios, adoradores de Isis y _Busilis_; una gata y un perro según creo».

El regente opinó, y con él toda la Territorial, que el señor Mourelo, arcediano, había estado a mayor altura que el señor Obispo. Esto cundió por las tertulias, corrillos y paseos, y cuantos pretendían pasar plaza de personas instruidas, lamentaron que no hubiera más fondo en los sermones del prelado, que no se preparase y que _se prodigara tanto_.

Al cabo, la opinión llegó a decir esto, aunque ya sin el visto bueno de Glocester:

--«Que había que desengañarse; el verdadero predicador de Vetusta era el Magistral».

Pronto fue tal opinión un lugar común, una frase hecha, y desde entonces la fama del Obispo como orador se perdió irremisiblemente. Cuando en Vetusta se decía algo por rutina, era imposible que idea contraria prevaleciese.

Y así, fue en vano que en cierto sermón de Semana Santa Fortunato estuviera sublime al describir la crucifixión de Cristo.

Era en la parroquia de San Isidro, un templo severo, grande; el recinto estaba casi en tinieblas; tinieblas como reflejadas y multiplicadas por los paños negros que cubrían altares, columnas y paredes; sólo allá, en el tabernáculo, brillaban pálidos algunos cirios largos y estrechos, lamiendo casi con la llama los pies del Cristo, que goteaban sangre; el sudor pintado reflejaba la luz con tonos de tristeza. El Obispo hablaba con una voz de trueno lejano, sumido en la sombra del púlpito; sólo se veía de él, de vez en cuando, un reflejo morado y una mano que se extendía sobre el auditorio. Describía el crujir de los huesos del pecho del Señor al relajar los verdugos las piernas del mártir, para que llegaran los pies al madero en que iban a clavarlos. Jesús se encogía, todo el cuerpo tendía a encaramarse, pero los verdugos forcejeaban; ellos vencerían. «¡Dios mío! ¡Dios mío!», exclamaba el Justo, mientras su cuerpo dislocado se rompía dentro con chasquidos sordos. Los verdugos se irritaban contra la propia torpeza; no acababan de clavar los pies.... Sudaban jadeantes y maldicientes; su aliento manchaba el rostro de Jesús.... «¡Y era un Dios! ¡el Dios único, el Dios de ellos, el nuestro, el de todos! ¡Era Dios!...» gritaba Fortunato horrorizado, con las manos crispadas, retrocediendo hasta tropezar con la piedra fría del pilar; temblando ante una visión, como si aquel aliento de los sayones hubiese tocado su frente, y la cruz y Cristo estuvieran allí, suspendidos en la sombra sobre el auditorio, en medio de la nave. La inmensa tristeza, el horror infinito de la ingratitud del hombre matando a Dios, absurdo de maldad, los sintió Fortunato en aquel momento con desconsuelo inefable, como si un universo de dolor pesara sobre su corazón. Y su ademán, su voz, su palabra supieron decir lo indecible, aquella pena. Él mismo, aunque de lejos, y como si se tratara de otro, comprendió que estaba siendo sublime; pero esta idea pasó como un relámpago, se olvidó de sí, y no quedó en la Iglesia nadie que comprendiera y sintiera la elocuencia del apóstol, a no ser algún niño de imaginación fuerte y fresca que por vez primera oía la descripción de la escena del Calvario.

A las pausas elocuentes, cargadas de efectos patéticos, a que obligaba al Obispo la fuerza de la emoción, contestaban abajo los suspiros de ordenanza de las beatas, plebeyas y aldeanas, que eran la mayoría del auditorio. Eran los sollozos indispensables de los días de Pasión, los mismos que se exhalaban ante un sermón de cura de aldea, mitad suspiros, mitad eruptos de la vigilia.

Las señoras no suspiraban; miraban los devocionarios abiertos y hasta pasaban hojas. Los inteligentes opinaban que el prelado «se había descompuesto», tal vez se había perdido. «Aquello era sacar el Cristo». El púlpito no era aquello. Glocester, desde un rincón, se escandalizaba para sus adentros. «¡Pero _eso_ es un cómico!» pensaba; y pensaba repetirlo en saliendo. Creía haber encontrado una frase: «¡Pero _eso_ es un cómico!».

El Magistral no era cómico, ni trágico, ni épico. «No le gustaba sacar el Cristo». En general prescindía en sus sermones de la epopeya cristiana y pocas veces predicó en la Semana de Pasión. «Rehuía los lugares comunes», según don Saturnino Bermúdez. La verdad era que De Pas no tenía en su imaginación la fuerza plástica necesaria para pintar las escenas del Nuevo Testamento con alguna originalidad y con vigor. Cada vez que necesitaba repetir lo de: «_Y el verbo se hizo carne_» en lugar del pesebre y el Niño Dios veía, dentro del cerebro, las letras encarnadas del Evangelio de San Juan, en un cuadro de madera en medio de un altar: _Et Verbum caro factum est_.

En cierta época, cuando era joven, al pensar en estas cosas la duda le había atormentado tantas veces con punzadas de remordimiento, si quería figurarse la vida de Jesús, que ya tenía miedo de tales imágenes; huía de ellas, no quería quebraderos de cabeza. «Bastante tenía él en qué pensar». Era un iconoclasta para sus adentros. Le faltaba el gusto de las artes plásticas; y, sin atreverse a decirlo, opinaba que los cuadros, aunque fuesen de grandes pintores, profanaban las iglesias. Del dogma le gustaba la teología pura, la abstracción, y al dogma prefería la moral. La vocación de la filosofía teológica y el prurito de la controversia habían nacido ya en el seminario; su espíritu se había empapado allí de la pasión de escuela, que suple muchas veces al entusiasmo de la verdadera fe. La experiencia de la vida había despertado su afición a los estudios morales. Leía con deleite los _Caracteres de La Bruyère_; de los libros de Balmes sólo admiraba _El Criterio_ y--¡quien se lo hubiera dicho al señor Carraspique!--en las novelas, prohibidas tal vez, de autores contemporáneos, estudiaba costumbres, temperamentos, buscaba observaciones, comparando su experiencia con la ajena.

¡Cuántas veces sonreía el Magistral con cierta lástima al leer en un autor impío las aventuras ideales de un presbítero! «¡Qué de escrúpulos! ¡qué de sinuosidades! ¡cuántos rodeos para pecar! y después ¡qué de remordimientos! Estos liberales--añadía para sí--ni siquiera saben tener mala intención. Estos curas se parecen a los míos como los reyes de teatro se parecen a los reyes».

Los sermones de don Fermín tenían por asunto casi siempre o la lucha con la impiedad moderna, la controversia de actualidad, o los vicios y virtudes y sus consecuencias. Él prefería esta última materia. De vez en cuando, para conservar su fama de sabio entre las _personas ilustradas_ de Vetusta, la emprendía con los infieles y herejes. Pero no se remontaba a los egipcios, ni siquiera a Voltaire. Los herejes que descuartizaba el Magistral eran frescos. Atacaba a los protestantes; se burlaba con gracia de sus discusiones, buscaba con arte el lado flaco de sus doctrinas y de su disciplina eclesiástica. Describiendo a veces los Consistorios de Berlín hacía pensar al auditorio: «¡Pero aquellos desgraciados están locos!».

No era su afán pintar a los enemigos como criminales encenagados en el error, que es delito, sino como duros de mollera. La vanidad del predicador comunicaba luego con la de sus oyentes y se hacía una sola; nacía el entusiasmo cordial, magnético de dos vanidades conformes.

«¡Lástima que tantos y tantos millones de hombres como viven en las tinieblas de la idolatría, de la herejía, etc., no tuviesen el talento natural de los vetustenses apiñados en el crucero de la catedral, alrededor del público! La salvación del mundo sería un hecho».

El empeño constante del Magistral en la _cátedra_ era demostrar «matemáticamente» la verdad del dogma. «Prescindamos por un momento del auxilio de la fe, ayudémonos sólo de nuestra razón.... Ella basta para probar...». ¡Gran interés ponía en que la razón bastase! «La razón no explica los misterios, es verdad: pero explica que no se expliquen».--«Esto es mecánico», repetía, descendiendo gustoso al estilo familiar. En tales momentos su elocuencia era sincera; cuando traía entre ceja y ceja un argumento, cuando se esforzaba en demostrar por su _a+b_ teológico-racional cualquier artículo de fe, hablaba con calor, con entusiasmo. Entonces, sólo entonces se descomponía un poco; dejaba los ademanes acompasados, suaves, académicos, y encogía las piernas, se bajaba como un cazador en acecho, para disparar sobre el argumento contrario, daba palmadas rápidas, sin medida sobre el púlpito, se arrugaba su frente, se erizaban las puntas de acero que tenía en los ojos, y la voz se transformaba en trompeta desapacible y algo ronca.... Pero ¡ay! esto era perderse. _Su_ público no entendía aquello... y De Pas volvía a ser quien era, se erguía, doblaba las puntas de acero y tornaba a descargar citas sobre los abrumados vetustenses, que salían de allí con jaqueca y diciendo:

«¡Qué hombre! ¡qué sabiduría! ¿cuándo aprenderá estas cosas? ¡Sus días deben de ser de cuarenta y ocho horas!».

Las damas, aunque admiraban también aquello de que Renan copia a los alemanes, y lo de que no hay más sabios que el P. Secchi y otros cinco o seis jesuitas, con lo demás de Götinga y de Tubinga y lo del orientalista Oppert, etc., etc., preferían oír al Magistral en sus _sermones de costumbres_ y él también prefería agradar a las señoras. Si en los asuntos dogmáticos buscaba el auxilio de _la sana razón_, en los temas de moral iba siempre a parar a la utilidad. La salvación era un negocio, el gran negocio de la vida. Parecía un Bastiat del púlpito. «El interés y la caridad son una misma cosa. Ser bueno es _entenderla_». Los muchos indianos que oían al Magistral sonreían de placer ante aquellas fórmulas de la salvación.

«¡Quién se lo hubiera dicho! después de haber hecho su fortuna en América, ahora en el _país natal_, sin moverse de casa, podían ganar fácilmente el cielo. ¡Habían nacido de pies!». Según De Pas, los malvados eran otros tontos, como los herejes. Y también aquello era mecánico, también lo demostraba por _a+b_. Pintaba a veces, con rasgos dignos de Molière o de Balzac, el tipo del avaro, del borracho, del embustero, del jugador, del soberbio, del envidioso, y después de las vicisitudes de una existencia mísera resultaba siempre que _lo peor era para él_.

Su estudio más acabado era el del joven que se entrega a la lujuria. Le presentaba primero fresco, colorado, alegre, como una flor, lleno de gracia, de sueños de grandezas, esperanza de los suyos y de la patria... y después, seco, frío, hastiado, mustio, inútil.

Casi siempre se olvidaba de decir la que les esperaba a las víctimas del vicio en el otro mundo. Aquella moral utilitaria la entendían las señoras y los indianos perfectamente. El resumen que hacían de ella en sus adentros era este:

«¡Guarda Pablo!». «¡Qué razón tiene!», pensaban muchas damas al oírle hablar del adulterio. Las más de estas eran _mujeres honradas_ que no habían sido adúlteras, que no habían hecho más que _tontear, como todas_. En ocasiones se les figuraba a las apasionadas de don Fermín que el imprudente contaba desde el púlpito lo que ellas le habían dicho en el confesonario.

También en el tribunal de la penitencia había derrotado el Provisor al Obispo.

Cuando Camoirán llegó a Vetusta, se vio acosado por el _bello sexo_ de todas las clases: todas querían al Obispo por padre espiritual. Pero en el confesonario se desacreditó antes que en el púlpito. ¡Era tan soso! Y tenía la manga muy estrecha y sin gracia. Preguntaba poco y mal. Hablaba mucho y a todas les decía casi lo mismo. Además, era demasiado madrugador y ni siquiera guardaba consideraciones a las señoras delicadas. Se ponía en el confesonario al ser de día.

Se le fue dejando poco a poco. Aquello de tener que mezclarse en la capilla de la Magdalena (del trasaltar) con multitud de criadas y beatas pobres, tenía poca gracia. Y el Obispo las iba llamando por _rigorosa antigüedad_, como en una peluquería, sin tener en cuenta si eran amas o criadas. «Era demasiado _hacer el apóstol_». Se le dejó.

Pronto se vio rodeado nada más de populacho madrugador. Canteros, albañiles, zapateros y armeros carlistas, beatas pobres, criadas tocadas de misticismo más o menos auténtico, chalequeras y ribeteadoras, este fue su pueblo de penitentes bien pronto. «Por eso él se quejaba, muy afligido, de las malas costumbres y de los muchos nacimientos ilegítimos que debía de haber, según su cuenta. ¡Si tratara con señoritas!».

En una ocasión llegó a decirle al Gobernador civil:

--Hombre, ¿no estaría en sus atribuciones de usted prohibir el paseo de la zapatilla?

Aludía el Obispo al paseo de los artesanos en el _Boulevard_, entre luz y luz.

Creía que de allí y de los bailes peseteros del teatro nacía la corrupción creciente de Vetusta.

Así era el buen Fortunato Camoirán, prelado de la diócesis exenta de Vetusta la muy noble ex-corte; aquel humilde Obispo a quien el Provisor en cuanto entró en el salón reprendió con una mirada como un rayo.

El Obispo estaba sentado en un sillón y las dos señoras en el sofá.

Eran Visita, la del Banco, y Olvido Páez, la hija de Páez el Americano, el segundo millonario de la Colonia.

El Obispo al ver al Magistral se ruborizó, como un estudiante de latín sorprendido por sus mayores con la primera tagarnina.

«¿Qué era aquello?», quería decir la mirada del Magistral, que saludó a las señoras inclinándose con gracia y coquetería inocente. «¡Unas señoras con el Obispo! ¡Y ningún caballero las acompañaba! Esto era nuevo».

Cosas de Visitación. Se trataba de seducir a su Ilustrísima para que fuese a honrar con su presencia el solemne reparto de premios a la virtud, _organizado_ por cierto circulo filantrópico. El círculo se llamaba _La Libre Hermandad_, nombre feo, poco español y con olor nada santo. En tal sociedad había una junta de caballeros y otra _agregada_ de damas _protectrices_ (gramática del Presidente del círculo.)

_La Libre Hermandad_ se había fundado con ciertos aires de institución independiente _de todo yugo religioso_, y su primer presidente fue el señor don Pompeyo Guimarán, que de milagro no estaba excomulgado y que no comulgaba jamás.

Era el círculo algo como una oposición a _Las Hermanitas de los Pobres_, a la _Santa Obra del Catecismo_, a las _Escuelas Dominicales_, etc., etc. Desde luego se le declaró la guerra por el elemento religioso y a los pocos meses no había un pobre en todo el Ayuntamiento de Vetusta que quisiera las limosnas, los premios, ni la enseñanza de _La Libre Hermandad_.

Las niñas de las _Escuelas Dominicales_ y los chiquillos del _Catecismo_, que cantaban por las calles en vez de coplas profanas el

Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal,

y lo de

Venid y vamos todos con flores a María,

inventaron un cantar contra el Círculo. Decía así:

Los niños pobres no quieren ir a la Libre Hermandad, los niños pobres prefieren la Cristiana Caridad.

La _cristiana caridad_ y la perfección de la rima revelaban el estilo de don Custodio el beneficiado, que era--a tanto había llegado--director de las Escuelas Dominicales de niñas pobres.

La Libre Hermandad se hubiera muerto de consunción sin el valeroso sacrificio de su Presidente. Comprendió el señor Guimarán que los tiempos no estaban para secularizar la caridad y las primeras letras y presentó su dimisión «sacrificándose, decía, no a las imposiciones del fanatismo, sino al bien de los niños abandonados». Con la dimisión de don Pompeyo y la feliz idea de crear la junta agregada de damas _protectrices_ ganó algo la sociedad benéfica, y ya no se la hizo guerra sin cuartel. Pero aún no había lavado su pecado original que llevaba en el nombre. El Provisor despreciaba el tal círculo.

Visitación fue la primera dama agregada, por su prurito de agregarse a todo. Actualmente era la tesorera de las _protectrices_.

Se trataba ahora de borrar los últimos vestigios de herejía o lo que fuese, congraciándose con la catedral y rogando al señor Obispo que presidiera el solemne reparto de premios aquel año. «Pero ¿quién le ponía el cascabel al gato?--Visitación, la del Banco». ¿Quién más a propósito para tales atrevimientos? Por el bien parecer pidió que en su visita le acompañase otra dama de _viso_. Ninguna quiso ir, no se atrevían. Se votó y se nombró a Olvido Páez, por la representación de su papá y lo bienquista que era la joven en Palacio.

--«Sí--decía en la junta Visitación--que venga Olvido; así no creerá el Magistral que el tiro va contra él; porque, como a mí no me puede ver...».

Y era verdad; el Magistral despreciaba a la del Banco y la tenía por una grandísima cualquier cosa. Era de las pocas señoras que ayudaban al Arcediano en su conspiración contra el Vicario general. Sin embargo, Visita confesaba a veces con don Fermín, a pesar de los desaires de este. «Ya sabía él a qué iba allí aquella buena pécora, pero chasco se llevaba; la confesaba por los mandamientos y se acabó».

--«¿Y qué más? adelante; ¿y qué más? estilo Ripamilán. A buena parte iba la correveidile de Glocester».

Fortunato ya había dado palabra de honor de ir a la solemne sesión de La Libre Hermandad. Esto y el ver allí a la de Páez, su más fiel devota, agravó el mal humor del Vicario. Le costó trabajo estar fino y cortés y lo consiguió gracias a la costumbre de dominarse y disimular. Visitación se complacía en adivinar la cólera del Provisor y le abrumaba a chistes, y le mareaba con aquel atolondramiento «que a él se le ponía en la boca del estómago».

--Pero, señoras mías--dijo De Pas--hablemos con formalidad un momento.