La Regenta

Part 24

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«Ignoraba lo que tenía, pero no podía escribir. ¿Sería el asunto? Acaso no estaría él aquella mañana para tratar materia tan sublime. ¡La infalibilidad! Terrible, pero valentísimo dogma: un desafío formidable de la fe, rodeada por la incredulidad de un siglo que se ríe. Era como estar en el Circo entre fieras, y llamarlas, azuzarlas, pincharlas.... ¡Mejor! así debía ser». El Magistral había sido desde el principio de la batalla entusiástico partidario de la declaración. «Era el valor, la voluntad enérgica, la afirmación del imperio, una aventura teológica, parecida a las de Alejandro Magno en la guerra y las de Colón en el mar».

Había defendido el dogma heroico en Roma en el púlpito, con elocuencia entonces espontánea, con calor, como si el infalible fuera él. Llamaba a Dupanloup cobarde. En Madrid había llamado mucho la atención predicando en las Calatravas, al volver de Roma con el buen Obispo de Vetusta. El tema había sido también la infalibilidad. Los periódicos le habían comparado con los mejores oradores católicos, con Monescillo, con Manterola, eclesiásticos como él, con Nocedal, con Vinader, con Estrada, legos.

«Y nada, no había pasado de ochavo. La Iglesia es así, pensaba De Pas, con la cabeza apoyada en las manos y los codos sobre la mesa, olvidado ya del Papa infalible; la Iglesia proclama la humildad y es humilde como ser abstracto, colectivo, en la jerarquía, para contener la impaciencia de la ambición que espera desde abajo. Yo me lucí en Roma, admiré a los fieles en Madrid, deslumbro a los vetustenses y seré Obispo cuando llegue a los sesenta. Entonces haré yo la comedia de la humildad y no aceptaré esa limosna. Los intrigantes suben; los amigos, los aduladores, los lacayos medran sin necesidad de sermones; pero nosotros, los que hemos de ascender por nuestro mérito apostólico, no podemos ser impacientes, tenemos que esperar en una actitud digna de sumisión y respeto. ¡Farsa, pura farsa! ¡Oh, si yo echase a volar mi dinero!... Pero mi dinero es de mi madre, y además yo no quiero comprar lo que es mío, lo que merezco por mi cabeza, no por mis arcas. ¿No quedábamos en que era yo una lumbrera? ¿No se dijo que en mí tenía firme columna el templo cristiano? Pues si soy una columna, ¿por qué no me echan encima el peso que me toca? Soy columna o palillo de dientes, señor Cardenal, ¿en qué quedamos?».

El Magistral, que estaba solo y seguro de ello, dio un puñetazo sobre la mesa.

--Voy, señorito--gritó una voz dulce y fresca desde una habitación contigua.

El Magistral no oyó siquiera. En seguida entró en el despacho una joven de veinte años, alta, delgada, pálida, pero de formas suficientemente rellenas para los contornos que necesita la hermosura femenina. La palidez era de un tono suave, delicado, que hacía muy buen contraste con el negro de andrina de los ojos grandes, soñadores, de movimientos bruscos; unos ojos que parecía que hacían gimnasia, obligados día y noche a las contorsiones místicas de una piedad maquinal, mitad postiza y falsificada. Las facciones de aquel rostro se acercaban al canon griego y casaba muy bien con ellas la dulce seriedad de la fisonomía. En esta figura larga, pero no sin gracia, espiritual, no flaca, solemne, hierática, todo estaba mudo menos los ojos y la dulzura que era como un perfume elocuente de todo el cuerpo.

Era la doncella de doña Paula, Teresina. Dormía cerca del despacho y de la alcoba del _señorito_. Esta proximidad había sido siempre una exigencia de doña Paula. Ella habitaba el segundo piso, a sus anchas; no quería ruido de curas y frailes entrando y saliendo; pero tampoco consentía que su hijo, su pobre Fermín, que para ella siempre sería un niño a quien había que cuidar mucho, durmiese lejos de toda criatura cristiana. La doncella había de tener su lecho cerca del _señorito_, por si llamaba, para avisar a la madre, que bajaba inmediatamente.

En casa el Magistral era _el señorito_. Así le nombraba el ama delante de los criados y era el tratamiento que ellos le daban y tenían que darle.

A doña Paula, que no siempre había sido _señora_, le sonaba mejor _el señorito_ que un usía. Las doncellas de doña Paula venían siempre de su aldea; las escogía ella cuando iba por el verano al campo. Las conservaba mucho tiempo. La condición de dormir cerca del señorito, por si llamaba, se les imponía con una naturalidad edemíaca. Ni las muchachas ni el Magistral habían opuesto nunca el menor reparo. Los ojos azules, claros, sin expresión, muy abiertos, de doña Paula, alejaban la posibilidad de toda sospecha; por los ojos se le conocía que no toleraba que se pusiese en tela de juicio la pureza de costumbres de su hijo y la inocencia de su sueño; ni al mismo Provisor le hubiera consentido media palabra de protesta, ni una leve objeción en nombre del qué dirán. ¿Qué habían de decir? Allí la castidad de ella, que era viuda, y la de su hijo, que era sacerdote, se tenían por indiscutibles; eran de una evidencia absoluta; ni se podía hablar de tal cosa. «Don Fermín continuaba siendo un niño que jamás crecería para la malicia». Este era un dogma en aquella casa. Doña Paula exigía que se creyera que ella creía en la pureza perfecta de su hijo. Pero todo en silencio.

Teresina entró abrochando los corchetes más altos del cuerpo de su hábito negro (de los Dolores) y en seguida ató cerca de la cintura en la espalda el pañuelo de seda también negro que le cruzaba el pecho.

--¿Qué quería el señorito? ¿se siente mal? ¿traeré ya el café?

--¿Yo?... hija mía... no... no he llamado.

Teresina sonrió. Se pasó una mano mórbida y fina por los ojos, abrió un poco la boca, y añadió:

--Apostaría... haber oído....

--No, yo no. ¿Qué hora es?

Teresina miró al reloj que estaba sobre la cabeza del Magistral. Le dijo la hora y ofreció otra vez el café, todo sonriendo con cierta coquetería, contenida por la expresión de piedad que allí era la librea.

--¿Y madre?--Duerme. Se acostó muy tarde. Como están con las cuentas del trimestre....

--Bien; tráeme el café, hija mía.

Teresina, antes de salir, puso orden en los muebles, que no pecaban de insurrectos, que estaban como ella los había dejado el día anterior; también tocó los libros de la mesa, pero no se atrevió con los que yacían sobre las sillas y en el suelo. Aquéllos no se tocaban. Mientras Teresina estuvo en el despacho, el Magistral la siguió impaciente con la mirada, algo fruncido el entrecejo, como esperando que se fuera para seguir trabajando o meditando.

Hasta que tuvo el café delante no recordó que él solía decir misa; que era un señor cura. ¿La tenía? ¿Había prometido decirla? No pudo resolver sus dudas. Pero la seguridad con que Teresa procedía le tranquilizó.

Ni doña Paula ni Teresa olvidaban jamás estos pormenores. Ellas eran las encargadas de oír la campana del coro, de apuntar las misas, de cuanto se refería a los asuntos del rito. De Pas cumplía con estos deberes rutinarios, pero necesitaba que se los recordasen. ¡Tenía tantas cosas en la cabeza! Sus olvidos eran dentro de casa, porque fuera se jactaba de ser el más fiel guardador de cuanto la Sinodal exigía, y daba frecuentes lecciones al mismo maestro de ceremonias.

Tomó el café y se levantó para dar algunos paseos por el despacho; quería distraerse, sacudir aquellos pensamientos importunos que no le permitían adelantar en su trabajo.

Teresina entraba y salía sin pedir permiso, pero andaba por allí como el silencio en persona; no hacía el menor ruido. Llevó el servicio del café, volvió a buscar un jarro de estaño y el cubo del lavabo; entró de nuevo con ellos y una toalla limpia. Entró en la alcoba, dejando las puertas de cristales abiertas, y se puso a _levantar_ la cama, operación que consistía en sacudir las almohadas y los colchones, doblar las sábanas y la colcha y guardarlas entre colchón y colchón, tender una manta sobre el lecho y colocar una sobre otras las almohadas sacudidas, pero sin funda. El Magistral dormía algunos días la siesta, y doña Paula, por economía, le preparaba así la cama. Hacerla formalmente hubiera sido un despilfarro de lavado y planchado.

Don Fermín volvió a sentarse en su sillón. Desde allí veía, distraído, los movimientos rápidos de la falda negra de Teresina, que apretaba las piernas contra la cama para hacer fuerza al manejar los pesados colchones. Ella azotaba la lana con vigor y la falda subía y bajaba a cada golpe con violenta sacudida, dejando descubiertos los bajos de las enaguas bordadas y muy limpias, y algo de la pantorrilla. El Magistral seguía con los ojos los movimientos de la faena doméstica, pero su pensamiento estaba muy lejos. En uno de sus movimientos, casi tendida de brazos sobre la cama, Teresina dejó ver más de media pantorrilla y mucha tela blanca. De Pas sintió en la retina toda aquella blancura, como si hubiera visto un relámpago; y discretamente, se levantó y volvió a sus paseos. La doncella jadeante, con un brazo oculto en el pliegue de un colchón doblado, se volvió de repente, casi tendida de espaldas sobre la cama. Sonreía y tenía un poco de color rosa en las mejillas.

--¿Le molesta el ruido, señorito?

El Magistral miró a la hermosa beata que en aquel momento no conservaba ningún gesto de hipocresía. Apoyando una mano en el dintel de la puerta de la alcoba, dijo el amo sonriente como la criada:

--La verdad, Teresina... el trabajo de hoy es muy importante. Si te es igual, vuelve luego, y acabarás de arreglar esto cuando yo no esté.

--Bien está, señorito, bien está--respondió la criada, muy seria, con voz gangosa y tono de canto llano.

Y con mucha prisa, haciendo saltar la ropa cerca del techo, acabó de levantar la cama y salió de las habitaciones del señorito.

El cual paseó tres o cuatro minutos entre los libros tumbados en el suelo, por los senderos que dejaban libres aquellos parterres de teología y cánones. Después de fumar tres pitillos volvió a sentarse. Escribió sin descanso hasta las diez. Cuando el sol se le metió por los puntos de la pluma, levantó la cabeza, satisfecho de su tarea.

Miró al cielo. Estaba alegre, sin nubes. El buen tiempo en Vetusta vale más por lo raro. El Magistral se frotó las manos suavemente. Estaba contento. Mientras había escrito, casi por máquina, una defensa, _calamo currente_, de la Infalibilidad, con destino a cierta Revista Católica que leían católicos convencidos nada más, había estado madurando su plan de ataque.

Pensaba lo mismo que la Regenta: que había hecho un hallazgo, que iba a tener un alma hermana.

Él, que leía a los autores enemigos, como a los amigos, recordaba una poética narración del impío Renan en que figuraban un fraile de allá de Suecia o Noruega, y una joven devota, alemana, si le era fiel la memoria. De todas suertes, eran dos almas que se amaban en Jesús, a través de gran distancia. No había en aquellas relaciones nada de sentimentalismo falso, pseudo-religioso; eran afectos puros, nada parecidos a los amores de un Lutero, ni siquiera de un Abelardo; era la verdad severa, noble, inmaculada del amor místico; amor anafrodítico, incapaz de mancharse con el lodo de la carne ni en sueños. «¿Por qué recordaba ahora esta leyenda, piadosa y novelesca? ¿Qué tenía él que ver con un monje romántico y fanático, místico y apasionado, de la Edad-media... y sueco? Él era el Magistral de Vetusta, un cura del siglo diecinueve, un _carca_, un obscurantista, un zángano de la colmena social, como decía Foja el usurero...».

Y al pensar esto, mirándose al espejo, mientras se lavaba y peinaba, De Pas sonreía con amargura mitigada por el dejo de optimismo que le quedaba de sus reflexiones de poco antes.

Estaba desnudo de medio cuerpo arriba. El cuello robusto parecía más fuerte ahora por la tensión a que le obligaba la violencia de la postura, al inclinarse sobre el lavabo de mármol blanco. Los brazos cubiertos de vello negro ensortijado, lo mismo que el pecho alto y fuerte, parecían de un atleta. El Magistral miraba con tristeza sus músculos de acero, de una fuerza inútil.

Era muy blanco y fino el cutis, que una emoción cualquiera teñía de color de rosa. Por consejo de don Robustiano, el médico, De Pas hacía gimnasia con pesos de muchas libras; era un Hércules. Un día de revolución un patriota le había dado el ¡quién vive! en las afueras, cerca de la noche. De Pas rompió el fusil de chispa en las espaldas del aguerrido centinela, que le había querido coser a bayonetazos, porque no se entregaba a discreción. Nadie supo aquella hazaña, ni el mismo don Santos Barinaga que andaba a caza de las calumnias y verdades que corrían contra _La Cruz Roja_, como él llamaba, colectivamente, al Provisor y a su madre. En cuanto al miliciano, había callado, jurando odio eterno al clero y a los fusiles de chispa. Era uno de los que al murmurar del Magistral añadían:

--«¡Si yo hablara!».

Mientras estaba lavándose, desnudo de la cintura arriba, don Fermín se acordaba de sus proezas en el juego de bolos, allá en la aldea, cuando aprovechaba vacaciones del seminario para ser medio salvaje corriendo por breñas y vericuetos; el mozo fuerte y velludo que tenía enfrente, en el espejo, le parecía un _otro yo_ que se había perdido, que había quedado en los montes, desnudo, cubierto de pelo como el rey de Babilonia, pero libre, feliz.... Le asustaba tal espectáculo, le llevaba muy lejos de sus pensamientos de ahora, y se apresuró a vestirse. En cuanto se abrochó el alzacuello, el Magistral volvió a ser la imagen de la mansedumbre cristiana, fuerte, pero espiritual, humilde: seguía siendo esbelto, pero no formidable. Se parecía un poco a su querida torre de la catedral, también robusta, también proporcionada, esbelta y bizarra, mística; pero de piedra. Quedó satisfecho, con la conciencia de su cuerpo fuerte, oculto bajo el manteo epiceno y la sotana flotante y escultural.

Iba a salir. Teresina apareció en el umbral, seria, con la mirada en el suelo, con la expresión de los santos de cromo.

--¿Qué hay?--Una joven pregunta si se puede ver al señorito.

--¿A mí?--don Fermín encogió los hombros--. ¿Quién es?

--Petra, la doncella de la señora Regenta.

Al decir esto los ojos de Teresina se fijaron sin miedo en los de su amo.

--¿No dice a qué viene?

--No ha dicho nada más.--Pues que pase. Petra se presentó sola en el despacho, vestida de negro, con el pelo de azafrán sobre la frente, sin rizos ni ondas, con los ojos humillados, y con sonrisa dulce y candorosa en los labios.

El Magistral la reconoció. Era una joven que se había obstinado en confesar con él y que lo había conseguido a fuerza de tenacidad y paciencia; pero después había tenido que desairarla varias veces, para que no le importunase. Era de las infelices que creen los absurdos que la calumnia propala para descrédito de los sacerdotes. Confesaba cosas de su alcoba, se desnudaba ante la celosía entre llanto de falso arrepentimiento. Era hermosa, incitante; pero el Magistral la había alejado de sí, como haría con Obdulia, si las exigencias sociales no lo impidiesen.

Petra se presentó como si fuese una desconocida; como si persona tan insignificante debiera de estar borrada de la memoria de personaje tan alto. Tal vez en otras circunstancias no hubiera tenido buen recibimiento; pero al saber que venía de parte de doña Ana, sintió el clérigo dulce piedad, y perdonó de repente a aquella extraviada criatura sus insinuaciones vanas y perversas de otro tiempo. Fingió también no reconocerla.

Teresina los espiaba desde la sombra en el pasadizo inmediato. El Magistral lo presumía y habló como si fuera delante de testigos.

--¿Es usted criada de la señora de Quintanar?

--Sí, señor; su doncella.

--¿Viene usted de su parte?--Sí, señor; traigo una carta para Usía.

Aquel usía hizo sonreír al Provisor, que lo creyó muy oportuno.

--¿Y no es más que eso?

--No, señor.--Entonces...--La señora me ha dicho que entregara a Usía mismo esta carta, que era urgente y los criados podrían perderla... o tardar en entregarla a Usía.

Teresina se movió en el pasillo. La oyó el Magistral y dijo:

--En mi casa no se extravían las cartas. Si otra vez viene usted con un recado por escrito, puede usted entregarlo ahí fuera... con toda confianza.

Petra sonrió de un modo que ella creyó discreto y retorció una punta del delantal.

--Perdóneme Usía...--dijo con voz temblorosa y ruborizándose.

--No hay de qué, hija mía. Agradezco su celo.

Don Fermín estaba pensando que aquella mujer podría serle útil, no sabía él cuándo, ni cómo, ni para qué. Sintió deseos de ponerla de su parte, sin saber por qué esto podía importarle. También se le pasó por la imaginación decir a la Regenta que era poco edificante la conducta de aquella muchacha. Pero todo era prematuro. Por ahora se contentó con despedirla con un saludo señoril, cortés, pero frío. Cuando Petra iba a atravesar el umbral, ocupó la puerta por completo una mujer tan alta casi como el Magistral y que parecía más ancha de hombros; tenía la figura cortada a hachazos, vestía como una percha. Era doña Paula, la madre del Provisor. Tenía sesenta años, que parecían poco más de cincuenta. Debajo de un pañuelo de seda negro que cubría su cabeza, atado a la barba, asomaban trenzas fuertes de un gris sucio y lustroso; la frente era estrecha y huesuda, pálida, como todo el rostro; los ojos de un azul muy claro, no tenían más expresión que la semejanza de un contacto frío, eran ojos mudos; por ellos nadie sabría nada de aquella mujer. La nariz, la boca y la barba se parecían mucho a las del Magistral. Un mantón negro de merino ceñido con fuerza a la espalda angulosa, caía sin gracia sobre el hábito, negro también, de estameña con ribetes blancos. Parecía doña Paula, por traje y rostro, una amortajada.

Petra saludó un poco turbada. Doña Paula la midió con los ojos, sin disimulo.

--¿Qué quería usted?--preguntó, como pudo haberlo preguntado la pared.

Petra se repuso y, casi con altanería, contestó:

--Era un recado para el señor Magistral.

Y salió del despacho. En la puerta de la escalera la recibió con afable sonrisa Teresina y se despidieron con sendos besos en las mejillas, como las señoritas de Vetusta. Eran amigas, ambas de la aristocracia de la servidumbre. Se respetaban sin perjuicio de tenerse envidia. Petra envidiaba a Teresina la estatura, los ojos y la casa del Magistral. Teresina envidiaba a Petra su desenvoltura, su gracia, su conocimiento de las maneras finas y de la vida de ciudad.

--¿Qué te quiere esa señora?--preguntó doña Paula en cuanto se vio a solas con su hijo.

--No sé; aún no he abierto la carta.

--¿Una carta?--Sí, esa. Don Fermín hubiera deseado a su madre a cien leguas. No podía ocultar la impaciencia, a pesar del dominio sobre sí mismo, que era una de sus mayores fuerzas; ansiaba poder leer la carta, y temía ruborizarse delante de su madre. «¿Ruborizarse?» sí, sin motivo, sin saber por qué; pero estaba seguro de que, si abría aquel sobre delante de doña Paula, se pondría como una cereza. Cosas de los nervios. Pero su madre era como era.

Doña Paula se sentó en el borde de una silla, apoyó los codos sobre la mesa, que era de las llamadas de ministro, y emprendió la difícil tarea de envolver un cigarro de papel, gordo como un dedo. Doña Paula fumaba; pero «desde que eran de la catedral» fumaba en secreto, sólo delante de la familia y algunos amigos íntimos.

El Magistral dio dos vueltas por el despacho y en una de ellas cogió disimuladamente la carta de la Regenta y la guardó en un bolsillo interior, debajo de la sotana.

--Adiós, madre; voy a dar los días al señor de Carraspique.

--¿Tan temprano?--Sí, porque después se llena aquello de visitas y tengo que hablarle a solas.

--¿No la lees?--¿Qué he de leer?--Esa carta.--Luego, en la calle; no será urgente.

--Por si acaso; léela aquí, por si tienes que contestar en seguida o dejar algún recado; ¿no comprendes?

De Pas hizo un gesto de indiferencia y leyó la carta.

Leyó en alta voz. Otra cosa hubiera sido despertar sospechas. No estaba su madre acostumbrada a que hubiera secretos para ella. «Además, ¿qué podía decir la Regenta? Nada de particular».

«Mi querido amigo: hoy no he podido ir a comulgar; necesito ver a usted antes; necesito reconciliar. No crea usted que son escrúpulos de esos contra los que usted me prevenía; creo que se trata de una cosa seria. Si usted fuera tan amable que consintiera en oírme esta tarde un momento, mucho se lo agradecería su hija espiritual y affma. amiga, q.b.s.m.,

ANA DE OZORES DE QUINTANAR».

--¡Jesús, qué carta!--exclamó doña Paula con los ojos clavados en su hijo.

--¿Qué tiene?--preguntó el Magistral, volviendo la espalda.

--¿Te parece bien ese modo de escribir al confesor? Parece cosa de doña Obdulia. ¿No dices que la Regenta es tan discreta? Esa carta es de una tonta o de una loca.

--No es loca ni tonta, madre. Es que no sabe de estas cosas todavía.... Me escribe como a un amigo cualquiera.

--Vamos, es una pagana que quiere convertirse.

El Magistral calló. Con su madre no disputaba.

--Ayer tarde no fuiste a ver al señor de Ronzal.

--Se me pasó la hora de la cita....

--Ya lo sé; estuviste dos horas y media en el confesonario, y el señor Ronzal se cansó de esperar y no tuvo contestación que dar al señor Pablo, que se volvió al pueblo creyendo que tú y Ronzal y yo y todos somos unos mequetrefes sin palabra, que sabemos explotarlos cuando los necesitamos y cuando ellos nos necesitan los dejamos en la estacada.

--Pero, madre, tiempo hay; el chico está en el cuartel, no se los han llevado; no salen para Valladolid hasta el sábado... hay tiempo....

--Sí, hay tiempo para que se pudra en el calabozo. ¿Y qué dirá Ronzal? Si tú que estás más interesado te olvidas del asunto, ¿qué hará él?

--Pero, señora, el deber es primero.

--El deber, el deber... es cumplir con la gente, ¡Fermo! ¿Y por qué se le ha antojado al espantajo de don Cayetano encajarte ahora esa herencia?

--¿Qué herencia? De Pas daba vueltas en una mano al sombrero de teja, de alas sueltas, y se apoyaba en el marco de la puerta, indicando deseo de salir pronto.

--¿Qué herencia?--repitió.

--Esa señora; esa de la carta, que por lo visto cree que mi hijo no tiene más que hacer que verla a ella.

--Madre, es usted injusta.--Fermo, yo bien sé lo que me digo. Tú... eres demasiado bueno. Te endiosas y no ves ni entiendes.

Doña Paula creía que endiosarse valía tanto como elevar el pensamiento a las regiones celestes.--El Arcediano y don Custodio--prosiguió--hicieron anoche comidilla de la confesata en la tertulia de doña Visitación, esa tarasca; sí señor, comidilla de la confesata de la otra; y si había durado dos horas o no había durado dos horas....

El Magistral se santiguó y dijo:

--¿Ya murmuran? ¡Infames!

--Sí, ¡ya! ¡ya! y por eso hablo yo: porque estas cosas, en tiempo. ¿Te acuerdas de la Brigadiera? ¿Te acuerdas de lo que me dio que hacer aquella miserable calumnia por ser tú noble y confiadote?... Fermo, te lo he dicho mil veces; no basta la virtud, es necesario saber aparentarla.

--Yo desprecio la calumnia, madre.--Yo no, hijo.--¿No ve usted cómo a pesar de sus dicharachos yo los piso a todos?

--Sí, hasta ahora; pero ¿quién responde? Tantas veces va el cántaro a la fuente.... Don Fortunato es una malva, corriente; no es un Obispo, es un borrego, pero....

--¡Le tengo en un puño!--Ya lo sé, y yo en otro; pero ya sabes que es ciego cuando se empeña en una cosa; y si Su Ilustrísima polichinela da otra vez en la manía de que pueden decir verdad los que te calumnian, estás perdido.

--Don Fortunato no se mueve sin orden mía.

--No te fíes, es porque te cree infalible; pero el día que le hagan ver tus escándalos....

--¿Cómo ha de ver eso, madre?

--Bueno, ya me entiendes; creerlos como si los viera; ese día estamos perdidos; la malva, el polichinela, el borrego será un tigre, y del Provisorato te echa a la cárcel de corona.--Madre... está usted exaltada... ve usted visiones.

--Bueno, bueno; yo me entiendo. Doña Paula se puso en pie y arrojó la punta del pitillo apurada y sucia.