La Regenta

Part 15

Chapter 15 4,089 words Public domain Markdown

Ni él mismo sabía lo que exigía.

Foja se encargó de poner las cosas claras.

--El señor Ronzal quiere que se le explique si se piensa que es él quien pone las varas que esa señora toma o deja de tomar.

--¡Eso es!--dijo Ronzal, que no pensaba en tal cosa, pero que se sintió halagado con la suposición.

--Quiero saber--añadió--si se piensa que yo soy capaz de poner en tela de juicio la virtud de esa señora tan respetable....

--Pero ¿qué señora?

--Esa, don Joaquinito, esa; y de mí no se burla nadie.

La disputa se acaloró; tuvieron que intervenir los señores venerables del rincón obscuro; tan grave fue el incidente. Se pusieron por unanimidad de parte del señor Ronzal, si bien reconocían que se enfadaba demasiado. Le explicaron el caso, pues aún no había dejado que le enterasen. No se trataba de Ronzal. Se había dicho allí con más o menos prudencia, que el señor Magistral iba a ser en adelante el confesor de la señora doña Ana de Ozores de Quintanar, porque esta ilustre y virtuosísima dama, huyendo de las asechanzas de un galán, que no era el señor Ronzal....

--Es Mesía--interrumpió Joaquín.

--Pues miente quien tal diga--gritó Trabuco muy disgustado con la noticia--. Y ese señor don Juan Tenorio puede llamar a otra puerta, que la Regenta es una fortaleza inexpugnable. Y en cuanto al que trae tales cuentos a un establecimiento público....

--El Casino no es un establecimiento público--interrumpió Foja.

--Y se hablaba entre amigos, en confianza--añadió Orgaz, padre.--Y eso del don Juan Tenorio vaya usted a decírselo a Mesía--gritó Orgaz hijo desde la puerta, dispuesto a echar a correr si la pulla ponía fuera de sí al bárbaro de Pernueces.

No hubo tal cosa. Se puso como un tomate Trabuco, pero no se movió, y dijo:

--¡Ni Mesía ni San Mesía me asustan a mí! y yo lo que digo, lo digo cara a cara y a la faz del mundo, _surbicesorbi_ (a la ciudad y al mundo en el latín ronzalesco.) No parece sino que don Alvarito se come los niños crudos, y que todas las mujeres se le...--y dijo una atrocidad que escandalizó a los señores del rincón obscuro.

--¡Silencio!--se atrevió a decir bajando la voz Joaquinito, sin dejar la puerta.

--¿Cómo silencio? A mí nadie... ¡caballerito!

Se oyó una carcajada sonora, retumbante, que heló la sangre del fogoso Ronzal. No cabía duda, era la carcajada de Mesía. Estaba hablando con los señores del dominó en la sala contigua. Le acompañaban Paco Vegallana y don Frutos Redondo. Llegaron a donde estaba Ronzal. Este había vuelto a sentarse y se quejaba de que se le había enfriado el café, que tomaba a pequeños sorbos. Había hecho una seña a los del corro. Quería decir que callaba por pura discreción.

Don Álvaro Mesía era más alto que Ronzal y mucho más esbelto. Se vestía en París y solía ir él mismo a tomarse las medidas. Ronzal encargaba la ropa a Madrid; por cada traje le pedían el valor de tres y nunca le sentaban bien las levitas. Siempre iba a la penúltima moda. Mesía iba muchas veces a Madrid y al extranjero. Aunque era de Vetusta, no tenía el acento del país. Ronzal parecía gallego cuando quería pronunciar en perfecto castellano. Mesía hablaba en francés, en italiano y un poco en inglés. El diputado por Pernueces tenía soberana envidia al Presidente del Casino.

Ningún vetustense le parecía superior al hijo de su madre ni por el valor, ni por la elegancia ni por la fortuna con las damas, ni por el prestigio político, si se exceptuaba a don Álvaro. Trabuco tenía que confesarse inferior a este que era su bello ideal. Ante su fantasía el Presidente del Casino era todo un hombre de novela y hasta de poema. Creíale más valiente que el Cid, más diestro en las armas que el Zuavo, su figura le parecía un figurín intachable, aquella ropa el eterno modelo de la ropa; y en cuanto a la fama que don Álvaro gozaba de audaz e irresistible conquistador, reputábala auténtica y el más envidiable patrimonio que pudiera codiciar un hombre amigo de divertirse en este pícaro mundo. Aunque pasaba la vida propalando los rumores maliciosos que corrían acerca del origen de la regular fortuna que se atribuía al Presidente, él, Ronzal, no creía que ni un solo céntimo hubiese adquirido de mala fe.

Ronzal era reaccionario dentro de la dinastía y Mesía, dinástico también, figuraba como jefe del partido liberal de Vetusta que acataba las Instituciones. En todas partes le veía enfrente, pero vencedor. Mandaban los de Ronzal, este era diputado de la comisión permanente, y sin embargo, entraba don Álvaro en la Diputación, y él quedaba en la sombra; no era Mesía de la casa, tenía allí una exigua minoría, y desde el portero al Presidente todos se le quitaban el sombrero, y don Álvaro para aquí, y don Álvaro para allá; y no había alcalde de don Álvaro que no viese aprobadas sus cuentas, ni quinto de Mesía que no estuviera enfermo de muerte, ni en fin, expediente que él moviese que no volara.

¡Y sobre todo las mujeres! Muchas veces en el teatro, cuando todo el público fijaba la atención en el escenario, un espectador, Ronzal, desde la platea del proscenio clavaba la mirada en el elegante Mesía, aquel _gallo_ rubio, pálido, de ojos pardos, fríos casi siempre, pero candentes para dar hechizos a una mujer. Aquella pechera, aquel _plastón_ (como decía Ronzal) inimitable, de un brillo que no sabían sacar en Vetusta, que no venía en las camisas de Madrid, atraía los ojos del diputado provincial como la luz a las mariposas. Atribuía supersticiosamente al _plastón_ gran parte en las victorias de amor de su enemigo.

Él, Ronzal, también lucía mucho la pechera, pero insensiblemente tendía al chaleco cerrado y a la corbata acartonada. Volvía a ver la pechera del otro, y volvía él a los chalecos abiertos. Miraba a Mesía Ronzal, y si aplaudía su modelo aborrecido aplaudía él, pero pausadamente y sin ruido, como el otro. Ponía los codos en el antepecho del palco y cruzaba las manos, y se volvía para hablar con sus amigos aquel don Álvaro de una manera singular que Trabuco no supo imitar en su vida. Si Mesía paseaba los gemelos por los palcos y las butacas, seguía Ronzal el movimiento de aquellos que se le antojaban dos cañones cargados de mortífera metralla: ¡infeliz de la mujer a quien apuntara aquel asesino de corazones! Señora o señorita ya la tenía Ronzal por muerta de amor o deshonrada cuando menos.

Mejor que todos conocía las víctimas que el don Juan de Vetusta iba haciendo, le espiaba, seguía, como sus miradas, sus pasos, interpretaba sus sonrisas, y más de una vez (antes morir que confesarlo), más de una vez esperó el tiempo que solía tardar el otro en cansarse de una dama para procurar cogerla en las torpes y groseras redes de la seducción ronzalesca.

En tales ocasiones solía encontrarse con que aquellos platos de segunda mesa se los comía Paco Vegallana, el Marquesito.

Todo esto sabía Trabuco, pero no lo decía a nadie.

Negaba las conquistas de Mesía.

--Ya está viejo--solía decir--; no digo que allá en sus verdores, cuando las costumbres estaban perdidas, gracias a la gloriosa... no digo que entonces no haya tenido alguna aventurilla.... Pero hoy por hoy, en el actual momento histórico--el de Pernueces se crecía hablando de esto--la moralidad de nuestras familias es el mejor escudo.

Estas conversaciones se repetían todos los días; el objeto de la murmuración variaba poco, los comentarios menos y las frases de efecto nada. Casi podía anunciarse lo que cada cual iba a decir y cuándo lo diría.

Don Álvaro notó que su presencia había hecho cesar alguna conversación. Estaba acostumbrado a ello. Sabía el odio que le consagraba el de Pernueces y la admiración de que este odio iba acompañada. Le divertía y le convenía la inquina de Ronzal, gran propagandista de la leyenda de que era Mesía el héroe; y aquella leyenda era muy útil, para muchas cosas. También había conocido la imitación grotesca del Estudiante--él le llamaba así todavía--y se complacía en observarle como si se mirase en un espejo de _la Rigolade_. No le quería mal. Le hubiera hecho un favor, siendo cosa fácil. Algunos le había hecho tal vez, sin que el otro lo supiera.

Aunque sin aludir ya a la Regenta, se volvió a hablar de mujeres casadas.

Ronzal, como otros días, defendía en tesis general la moralidad presente, debida a la restauración.

--Vamos, que usted, Ronzalillo, en estos tiempos de moralidad...--dijo el alcalde, con su malicia de siempre.

Sonrió un momento Trabuco, pero recobrando la serenidad exclamó:

--Ni yo ni nadie; créanme ustedes. En Vetusta la vida no tiene incentivos para el vicio. No digo que todo sea virtud, pero faltan las ocasiones. Y la sana influencia del clero, sobre todo del clero catedral, hace mucho. Tenemos un Obispo que es un santo, un Magistral....

--Hombre, el Magistral... no me venga usted a mí con cuentos.... Si yo hablara.... Además, todos ustedes saben....

El que empleaba estas reticencias era Foja.

--El señor Magistral--dijo Mesía, hablando por primera vez al corro--no es un místico que digamos, pero no creo que sea solicitante.

--¿Qué significa eso?--preguntó Joaquinito Orgaz.

Se lo explicó Foja. Se discutió si el Magistral lo era. Dijeron que no Ronzal, Orgaz padre, el Marquesito, Mesía y otros cuatro; que sí Foja, Joaquinito y otros dos.

Ganada la votación, para contentar a la minoría, el presidente del Casino declaró imparcialmente que «el verdadero pecado del Provisor era la simonía».

El Marquesito, licenciado en derecho civil y canónico se hizo explicar la palabreja.

Según don Álvaro, la ambición y la avaricia eran los pecados capitales del Magistral, la avaricia sobre todo; por lo demás era un sabio; acaso el único sabio de Vetusta; un orador incomparablemente mejor que el Obispo.

--No es un santo--añadía--pero no se puede creer nada de lo que se dice de doña Obdulia y él, ni lo de él y Visitación; y en cuanto a sus relaciones con los Páez, yo que soy amigo de corazón de don Manuel, y conozco a su hija desde que era así--media vara--protesto contra todas esas calumniosas especies.

(Ronzal apuntó la palabra: él creía que se decía especias.)

--¿Qué especies?--preguntó el Marquesito, que para eso estaba allí.

--¿No lo sabes? Pues dicen que Olvidito está supeditada a la voluntad de don Fermín; que no se casa ni se casará porque él quiere hacerla monja, y que don Manuel autoriza esto, y....

--Y yo juro que es verdad, señor don Álvaro--gritó Foja.

--¿Pero cree usted, también que el Magistral haga el amor a la niña?

--Eso es lo que yo no sé.--Ni lo otro--dijo Ronzal. Mesía le miró aprobando sus palabras con una inclinación de cabeza y una afable sonrisa.

--Señores--añadió Trabuco, animándose--esto es escandaloso. Aquí todo se convierte en política. El señor Magistral es una persona muy digna por todos conceptos.

--Díjolo Blas.--¡Lo digo yo!--Como si lo dijera el gato. Hubo una pausa. El ex-alcalde no era un Joaquinito Orgaz.

Aquello de gato pedía sangre, Ronzal estaba seguro, pero no sabía cómo contestar al liberalote.

Por último dijo:--Es usted un grosero. Foja, que sabía insultar, pero también perdonaba los insultos, no se tuvo por ofendido.

--Yo lo que digo lo pruebo--replicó--; el Magistral es el azote de la provincia: tiene embobado al Obispo, metido en un puño al clero; se ha hecho millonario en cinco o seis años que lleva de Provisor; la curia de Palacio no es una curia eclesiástica sino una sucursal de los Montes de Toledo. Y del confesonario nada quiero decir; y de la Junta de las Paulinas tampoco; y de las niñas del Catecismo... chitón, porque más vale no hablar; y de la Corte de María... pasemos a otro asunto. En fin, que no hay por dónde cogerlo. Esta es la verdad, la pura verdad: y el día que haya en España un gobierno medio liberal siquiera, ese hombre saldrá de aquí con la sotana entre piernas. He dicho.

El ex-alcalde entendía así la libertad; o se perseguía o no se perseguía al clero. Esta persecución y la libertad de comercio era lo esencial. La libertad de comercio para él se reducía a la libertad del interés. Todavía era más usurero que clerófobo.

Aunque maldiciente, no solía atreverse a insultar a los curas de tan desfachatada manera, y aquel discurso produjo asombro.

¿Cómo aquel socarrón, marrullero, siempre alerta, se había dejado llevar de aquel arrebato? No había tal cosa. Estaba muy sereno. Bien sabía su papel. Su propósito era agradar a don Álvaro, por causas que él conocía; y aunque el presidente del Casino fingiera defender al canónigo, a Foja le constaba que no le quería bien ni mucho menos.

--Señor Foja--respondió Mesía, seguro de que todos esperaban que él hablase--hay cuando menos notable exageración en todo lo que usted ha dicho.

--_Vox populi_...

--El pueblo es un majadero--gritó Ronzal--. El pueblo crucificó a Nuestro Señor Jesucristo, el pueblo dio la cicuta a Hipócrates.

--A Sócrates--corrigió Orgaz, hijo, vengándose bajo el seguro de la presencia de don Álvaro.

--El pueblo--continuó el otro sin hacer caso--mató a Luis diez y seis....

--¡Adiós! ya se desató--interrumpió Foja.

Y cogiendo el sombrero añadió:

--Abur, señores; donde hablan los sabios sobramos los ignorantes.

Y se aproximó a la puerta.--Hombre, a propósito de sabios--dijo don Frutos Redondo, el americano, que hasta entonces no había hablado--. Tengo pendiente una apuesta con usted, señor Ronzal... ya recordará usted... aquella palabreja.

--¿Cuál?--Avena. Usted decía que se escribe con _h_...

--Y me mantengo en lo dicho, y lo hago cuestión personal.

--No, no; a mí no me venga usted con circunloquios; usted había apostado unos callos....

--Van apostados.--Pues bueno ¡ajajá! Que traigan el Calepino, ese que hay en la biblioteca.

--¡Que lo traigan! Un mozo trajo el diccionario. Estas consultas eran frecuentes.

--Búsquelo usted primero con _h_--dijo Ronzal con voz de trueno a Joaquinito, que había tomado a su cargo, con deleite, la tarea de aplastar al de Pernueces.

Don Frutos se bañaba en agua de rosa. Un millón, de los muchos que tenía, hubiera dado él por una victoria así. Ahora verían quién era más bruto. Guiñaba los ojos a todos, reía satisfecho, frotaba las manos.

--¡Qué callada! ¡qué callada!

Orgaz, solemnemente, buscó avena con _h_. No pareció.

--Será que la busca usted con _b_; búsquela usted con _v_ de corazón.

--Nada, señor Ronzal, no parece.

--Ahora búsquela usted sin _h_--exclamó don Frutos, ya muy serio, queriendo tomar un continente digno en el momento de la victoria.

Ronzal estaba como un tomate. Miró a Mesía, que fingió estar distraído.

Por fin Trabuco, dispuesto a jugar el todo por el todo, se puso en pie en medio de la sala y cogió bruscamente el diccionario de manos de Orgaz, que creyó que iba a arrojárselo a la cabeza. No; lo lanzó sobre un diván y gritando dijo:

--Señores, sostenga lo que quiera ese libraco, yo aseguro, bajo palabra de honor, que el diccionario que tengo en casa pone avena con _h_.

Don Frutos iba a protestar, pero Ronzal añadió sin darle tiempo:

--El que lo niegue me arroja un mentís, duda de mi honor, me tira a la cara un guante, y en tal caso... me tiene a su disposición; ya se sabe cómo se arreglan estas cosas.

Don Frutos abrió la boca. Foja, desde la puerta, se atrevió a decir:

--Señor Ronzal, no creo que el señor Redondo, ni nadie, se atreva a dudar de su palabra de usted. Si usted tiene un diccionario en que lleva _h_ la avena, con su pan se lo coma; y aun calculo yo qué diccionario será ese.... Debe de ser el diccionario de Autoridades....

--Sí señor; es el diccionario del Gobierno....

--Pues ese es el que manda; y usted tiene razón y don Frutos confunde la avena con la Habana, donde hizo su fortuna....

Don Frutos se dio por satisfecho. Había comprendido el chiste de la avena que se había de comer el otro y fingió creerse vencido.

--Señores--dijo--corriente, no se hable más de esto; yo pago la callada.

Casi siempre pasaba él allí por el más ignorante, y el ver a Ronzal objeto de burla general, le puso muy contento.

Se quedó en que aquella noche cenarían todos los del corro a costa de don Frutos. ¡Raro desprendimiento en aquel corazón amante de la economía! Ronzal creyó que una vez más se había impuesto a fuerza de energía; ¡y ahora delante de don Álvaro! Aceptó la cena y el papel de vencedor; por más que estaba seguro de que en su casa no había diccionario. Pero ya que Foja lo decía....

Había cesado la lluvia. Se disolvió la reunión, despidiéndose hasta la noche. Aquellos eran, fuera de Orgaz padre, los ordinarios trasnochadores.

La cena sería a última hora. Mesía ofreció asistir a pesar de sus muchas ocupaciones.

¡Cuánto envidió esta frase Ronzal! Comprendió que todos habían interpretado lo mismo que él aquellas «ocupaciones». Eran ¡ay! cita de amor. «¡Tal vez con la Regenta!» pensó el de Pernueces; y se prometió espiarlos.

Don Álvaro Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz salieron juntos. El Marquesito comprendió que a don Álvaro le estorbaba Orgaz.

--Oye, Joaquín, ahora que me acuerdo ¿no sabes lo que pasa?

--Tú dirás.--Que tienes un rival temible.--¿En qué... plaza?--Tienes razón, olvidaba tus muchas empresas.... Se trata de Obdulia.

--Hola, hola--dijo Mesía, sonriendo de pura lástima--; ¿con que tiene usted en asedio a la viudita?

--Sí--dijo Paco--es... el Gran Cerco de Viena.

Joaquín, a pesar de lo flamenco, se turbó, entre avergonzado y hueco. Sabía positivamente que don Álvaro había sido amante de Obdulia, porque ella se lo había confesado. «¡El único!» según la dama. Pero Orgaz sospechaba que había heredado aquellos amores Paco. Obdulia juraba que no.

--Pues tu rival es don Saturnino Bermúdez, el descendiente de cien reyes, ya sabes, mi primo, según él.... Ayer creo que hubo un escándalo en la catedral, que el _Palomo_ tuvo que echarlos poco menos que a escobazos: ¿qué creías tú, que Obdulia sólo tenía citas en las carboneras? Pues también en los palacios y en los templos...

_Pauperum tabernas, regumque turres._

Joaquinito, fingiendo mal buen humor, preguntó:

--Pero tú ¿cómo sabes todo eso?

--Es muy sencillo. La señora de Infanzón... ya sabe este quién es.

--Sí--dijo Mesía--la de Palomares....

--Esa, fue a la catedral con Obdulia, las acompañó el arqueólogo, y en la capilla de las reliquias, en los sótanos, en la bóveda, en todas partes creo que se daban unos... apretones.... La Infanzón se lo contó a mamá que se moría de risa; la lugareña estaba furiosa.... Hoy mi madre, para divertirse--ya sabes lo que a la pobre le gustan estas cosas--quería ver a Obdulia y a don Saturno juntos, en casa, a ver qué cara ponían, aludiendo mamá a lo de ayer. La llamó, pero Obdulia se disculpó diciendo que esta tarde tenía que pasarla en casa de Visitación para hacer las empanadas de la merienda... ya sabes, la de la tertulia de la otra....

--Sí, ya sé.--Con que allí las tienes, con los brazos al aire... y... ya sabes... en fin, que está el horno para pasteles.

--En honor de la verdad--observó Mesía--la viuda está apetitosa en tales circunstancias. Yo la he visto en casa de este, con su gran mandil blanco, su falda bajera ceñida al cuerpo, la pantorrilla un poco al aire y los brazos _un_ todo al fresco... colorada, excitadota....

El flamenco tragó saliva.--Es la mujer X--dijo sin poder contenerse--. ¿Y él?--añadió.

--¿Quién?--El sabihondo ese...--¡Ah! ¿don Saturnino? Pues tampoco fue a casa. Contestó muy fino en una esquela perfumada, como todas las suyas, que parecen de _cocotte_ de sacristía....

--¿Qué contestó?

--Que estaba en cama y que hiciera mamá el favor de mandarle la receta de aquella purga tan eficaz que ella conoce. El pobre Bermúdez sería feliz, dado que te desbanque, si no fueran esas irregularidades de las vías digestivas. Joaquín siguió algunos minutos hablando de aquellas bromas y se despidió.

--¡Pobre diablo!--dijo Mesía.

--Es pesado como un plomo. Callaron. Vegallana miraba de soslayo a su amigo de vez en cuando. Don Álvaro iba pensativo. Aquel silencio era de esos que preceden a confidencias interesantes de dos amigos íntimos.

Aquella amistad era como la de un padre joven y un hijo que le trata como a un camarada respetable y de más seso. Pero además Paco veía en su Mesía un héroe. Ni el ser heredero del título más envidiable de Vetusta, ni su buena figura, ni su partido con las mujeres, envanecían a Paco tanto como su intimidad con don Álvaro. Cuarenta años y alguno más contaba el presidente del Casino, de veinticinco a veintiséis el futuro Marqués y a pesar de esta diferencia en la edad congeniaban, tenían los mismos gustos, las mismas ideas, porque Vegallana procuraba imitar en ideas y gustos a su ídolo. No le imitaba en el vestir, ni en las maneras, porque discretamente, al notar algunos conatos de ello, don Álvaro le había hecho comprender que tales imitaciones eran ridículas y cursis. Burlándose de Trabuco había apartado a Paco, que tenía instintos de verdadero elegante, de tales propósitos. Y así era el Marquesito original, vestía a la moda, según la entendía su sastre de Madrid, que le tomaba en serio, que le cuidaba, como a parroquiano inteligente y de mérito. No exageraba ni por ajustar demasiado la ropa ni por dejarla muy holgada, ni se excedía en los picos de los cuellos, ni en las alas de los sombreros.

Procuraba tener estilo indumentario para no parecerse a cualquier figurín. No creía en los sastres de Vetusta y ni unas trabillas compraba en su tierra. Nadie era sastre en su patria. En verano prefería los sombreros blancos, los chalecos claros y las corbatas alegres. La esencia del vestir bien estaba en la pulcritud y la corrección, y el peligro en la exageración adocenada. Era blanco, sonrosado, pero sin rastro de afeminamiento, porque tenía hermosa piel, buena sangre, mucha salud; las mujeres le alababan sobre todo la boca, dientes inclusive, la mano y el pie. Hasta en aquellos lugares donde el hombre suele perder todo encanto, porque es el deber, lograba conquistas verdaderas y de ello se pagaba no poco el Marquesito, que trataba con desdén a las queridas ganadas en buena lid, y con grandes miramientos y hasta cariño a las que le costaban su dinero. Su literatura se había reducido a la _Historia de la prostitución_ por Dufour, a _La Dama de las Camelias_ y sus derivados, con más algunos panegíricos novelescos de la mujer caída. Creía en el buen corazón de las que llamaba Bermúdez meretrices y en la corrupción absoluta de las clases superiores. Estaba seguro de que si no venía otra irrupción de Bárbaros, el mundo se pudriría de un día a otro. Lo lamentaba, pero lo encontraba muy divertido.

Además, pensaba que el buen casado necesita haber corrido muchas aventuras. Él estaba destinado a cierta heredera tan escuálida como virtuosa, y había puesto por condición, para comprometer su mano, que le dejaran muchos años de libertad en la que se prepararía a ser un buen marido.

La duda que le atormentaba y consultaba con Mesía era esta:

--¿Debo casarme pronto para que mi mujer no llegue a mis brazos hecha una vieja? ¿Debo preferir tomarla vieja y ser libre más tiempo para disfrutar de otras lozanías?

No pensaba él, por supuesto, abstenerse del amor adúltero en casándose: pero ¿y la comodidad? ¿y el andar a salto de mata, ocultándose como un criminal?

Prefería seguir preparándose para ser un buen esposo.

Después de Mesía, pocos seductores había tan afortunados como el Marquesito. La vanidad solía ayudarle en sus conquistas; no pocas mujeres se rendían al futuro marqués de Vegallana; pero otras veces, y esto era lo que él prefería, vencían sus ojos azules, suaves y amorosos, su manera de entender los placeres.

--Para gozar--decía--las de treinta a cuarenta. Son las que saben más y mejor, y quieren a uno por sus prendas personales.

Como una dama rica y elegante deja vestidos casi nuevos a sus doncellas, Mesía más de una vez dejaba en brazos de Paco amores apenas usados. Y Paco, por ser quien era el otro, los tomaba de buen grado. Tanto le admiraba.

Paco era de mediana estatura y cogido del brazo de su amigo parecía bajo, porque Mesía era más alto que el buen mozo de Pernueces.