Part 9
Á la misma hora, Clara Ayamonte se disponía á sacar á paseo á su sobrina Micaela Mendoza. Mientras Adolfina enseñaba á su cuñada algunos trapos de reciente adquisición, y la instaba á tomar parte en un abono á unos jueves de moda--“real orden de Julieta Montoro; hija, no hay remedio, no se puede faltar”--la muchacha se prendía el sombrero, se calzaba los guantes, pedía el manguito, y un cuarto de hora después, en la estrecha berlina de Clara, al trote del bonito tronco flor de romero, bajaban inundadas de sol por la Carrera de San Jerónimo, hacia el Prado. Frente al Hotel de Rusia, Clara hizo parar el coche, saltó á la acera, entró en casa del florista, cuyo escaparate es una fiesta de primavera en pleno invierno, y salió con dos gruesos ramos de violetas y gardenias y un mazo de rosas rubí y tallos diminutos de combalaria. El coche se inundó de perfumes; Micaela bajó el vidrio y acomodó su ramillete en la ranura, ostentándolo.
--Tía Clara, á ti hoy te pasa algo. Estás muy guapa, muy sonrosada; te relucen los ojos y has comprado doble surtido de flores. Siempre las compras sólo para mí, diciendo que son propias de mi edad...
Clara rió, excusándose.
--No, á mí no me engañas--insistió la chiquilla.--Yo no me las trago como mi madre. Te pasa algo. Moritos en la costa, ¿eh? Y qué tal: ¿es digno del honor de ser mi tío? Anda, cuéntame. Yo callo; ni con tenazas me arrancan tu secreto. ¿Es tu flirt, Lope Donado, que te persigue?
--¡Qué aprensión tan graciosa! Figúrate; las flores son para ti y para Adolfina; tú se las entregarás al subir á casa. Ya sabes, Micaelita, que estoy fuera de juego completamente. Amoríos, á las niñas como tú.
--¡Quiá! ¿Me mamo yo el dedo? La edad de las emociones es la tuya; á la mía no hay sino sosera. Yo vegeto, y un día me entrecasarán... Ea; que entre mis papás y yo, nos casaremos; digo, me casaré; ellos ya están casados hace rato; la prueba á la vista la tienes. ¿Emociones á mí? Ni las siento ni las concibo. Dicen que después aparecen las malditas. Pienso hacerles la cruz. Emocionarse para desemocionarse, y vuelta otra vez á la noria, y sube el cangilón de abajo, y baja el cangilón de arriba, y disgusto va, y disgusto viene, y tener ojeras y enfermarse de un qué sé yo qué cardíaco... No, tía; ¡no hay tío que valga eso!
--¿Cuál es para ti la felicidad? Porque tendrás alguna aspiración, criatura--pronunció reflexiva la Ayamonte.
--¿Aspiración? Quisiera un marido rico, rico. Eso nunca estorba; después, muy bonita casa, jardín, instalación de verano en Zarauz ó por ahí, viajecito de otoño, mil comodidades, sus fiestas en invierno; pero menos jaleo que mamá, menos pingos, y en cambio, un cocinero; ¡oh, ideal! Soy golosa...--y pasó su lengua roja y húmeda por los labios.
--¡Pasión de vejez!--exclamó con extrañeza Clara.--¡Á los diez y siete no cumplidos!--Y, transigiendo, indiferente, añadió:--Al volver iremos á Lhardy.
* * * * *
Recorrían la larga avenida solitaria del Prado, dirigiéndose á Recoletos, donde ya bullía la gente mesocrática, trapitos al sol, paseando ó sentada cara á los coches, curioseando ávidamente un perfil conocido, un abrigo de última. La berlina torció hacia el Retiro. Los cascos de los caballos percutían con ruido rítmico, pleno, el suelo raso, bien nivelado; el correaje de los arneses crujía de flamante; ligera espuma revolaba sobre los frenos. Una impresión de superioridad, de existencia amplia y lujosa, surgía, no sólo del paso raudo de los trenes, sino del parque, esmeradamente cuidado, del noble aspecto de la vegetación, de las plantas raras, lozanas, fuertes, de las canastillas en temprana florescencia, de las blancuras de estatua entrevistas sobre el verdor del _grass_. Ni siquiera formaba contraste la aparición de los dos ó tres golfillos mimados, privilegiados, que postulaban familiarmente, llamando á los aristócratas por su nombre, poniendo cara de risa, colocando chistes de teatro y almanaque, porque allí, entre los señorones, no vale pordiosear con lástimas. Los golfillos, conocedores de su clientela, iban limpios, lavados, y deslizaban, entre su postulación, al oído de alguna señorita: “Por ay viene el sito Andrés, á caballo... Junto al Angel quedaba”. Á Micaela Mendoza nada tenían que avisarla los golfos correveidiles. Era de esas hijas de madre bulliciosa, á quienes en los primeros tiempos de su salida al mundo envuelve y eclipsa el remolino maternal. No se impacientaba Micaelita: sentada la cabeza, aguzado el olfato, ojo avizor, aguardaba la hora...
Á inconmensurable distancia espiritual del cuerpo juvenil que rozaba con el suyo, Clara, asomando la cabeza por la abierta ventanilla, miraba hacia la avenida donde pasea la gente de á pie, menos numerosa, algo más selecta que en Recoletos. Una vuelta... pero _nada_ divisó. Experimentó esa sensación de vacío y aridez que producen las multitudes cuando entre ellas no está lo único que interesa. Á la segunda vuelta, cerca ya del grupo de rebajuelos pinabetes, vió Clara _algo_... Su delicada palidez se acentuó; un estremecimiento de felicidad, hondo, impetuoso, como jamás lo había experimentado cerca del mismo Silvio, activó el curso de su sangre y aceleró su respiración, al divisar al artista, al cambiar con él una sonrisa de saludo y una seña imperceptible.
--¡Hola! ¡El retratista guapo!--exclamó Micaelita.--¿Vas allí, eh? Hay bebedizos en sus pasteles. Dicen que es un modisto delicioso. Mamá empeñada en que yo me he de retratar con mi traje azul y ella con su gran caparazón _vert amande_, de Laferriére... ¡Y qué bien se arregla ahora! ¡Si va hecho un gomoso!...
Las palabras de su sobrina convirtieron en nácar rosa el marfil de la piel de la Ayamonte; y su voz, enronquecida, subía del moderado diapasón habitual cuando pronunció:
--Repites las tonterías que oyes, Micaela, y eso no está ni medio bien. Á tu edad más vale callar cuando no se sabe lo que se va á decir. Lago no es un modisto, sino un gran artista, como lo prueba el retrato de mi padrino que está terminando; pero la gente no entiende y sale del paso con vulgaridades.
--Perdona, tiíta--murmuró Micaela, entre confusa y avispada.--Si sospechase que ibas á molestarte...--Y la sorprendió con un abrazo para convencerse de que palpitaba toda.
--Molestarme, no... Es que me da pena que te inspires en Angustias Camargo y los bobos de su trinca...
El resto de la tarde, tía y sobrina conversaron de una manera forzada. Ni en Lhardy, al mordisquear los _petits fours_, se aflojó la tirantez. Micaela rumiaba el descubrimiento; Clara no podía calmar el hervor de la indignación. ¡Silvio, un modisto! Sola ya en el coche, habiendo dejado á la muchacha á la puerta de su hotel, sonrió Clara y se frotó las manos nerviosamente. ¡Ya verían si era modisto, cuando ella le colocase en situación de desplegar las hermosas alas de su genio!
Disipó prontamente esta idea el remolino de las otras. La dulce calentura de la esperanza, una vez más, abrasó las venas de la Ayamonte. Al rodar de la berlina, que se abría disputado paso por las calles atestadas de gente, la enamorada, aislándose, cayó en una de esas meditaciones del porvenir que jamás supera, ni aun iguala, la realidad. Era un ensueño amoroso que mucho tenía de heroico, en el bello sentido de la palabra, pues Clara adivinaba y paladeaba el sacrificio. “Todo por él... Con él, á las Mecas del arte: París, Florencia, Amberes... Los medios de estudiar, de combatir, de vencer... Su triunfo, debido á mí; su gloria, obra mía...” Y el sabor de la abnegación era como de miel, y su fragancia como de vino puro y añejo, que embarga los sentidos.
Al encontrarse el padrino y ella sentados fronteros, á la mesa del comedor, demasiado amplia para dos personas, por cima del centro de mesa de jacintos y blancas lilas, Luz buscó el mirar de Clara, y lo encontró, y sintió su fuerza. Nunca tanta riqueza espiritual había brillado en aquellas pupilas radiantes.
--¡Tal vez ahora sea feliz!--pensó el Doctor.--Y en voz alta, deseoso de traer la conversación á terreno simpático:
--¿Sabes que mi retrato cada día me gusta más? ¡Desde que tiene toda la intensidad de los toques de color, me parece tan franco, tan sincero, tan _yo_! Obra maestra, niña.
No respondió Clara. Interrogaba con los ojos, y la ojeada, imperiosa y expresiva, penetró en la voluntad del sabio como un cuchillo.
--El talento es innegable--prosiguió él.--Sólo necesita ambiente, y... salud. No es fuerte, no es demasiado robusto _nuestro_ artista... Tengo el deber de decírtelo, Clara, _antes_ de que... Noto en él predisposiciones nada tranquilizadoras.
Clara continuó silenciosa. Bebió de un sorbo su copa de Saint-Galmier, carminada con Burdeos. Y fresca la garganta, en tono resuelto, con la lentitud que da á las palabras gravedad solemne:
--¡Padrino--articuló,--lo que notas en él son rastros de la miseria, heridas de la batalla! ¡Si estás conforme y ratificas tu benevolencia, habrá ambiente, y salud, y celebridad y todo!
--Sea como tú quieres--exclamó él, enviando á Clara una sonrisa de indulgencia y bondad infinita.
Sin preocuparse de la presencia del criado que servía, correcto é impasible, Clara se levantó de súbito, y fué á besar la frente y el arranque del pelo ya casi blanco, todavía arremolinado con brío juvenil, del Doctor.
* * * * *
Á las diez y media de aquella misma noche, el taller de Silvio Lago se encontraba plenamente iluminado por la luna, que se filtraba al través del amplio ventanal de vidrieras. La puerta que comunicaba con el pasillo se abrió despacio, y un grupo de dos figuras estrechamente enlazadas fué á reclinarse en el canapé Imperio, sembrado de fofos almohadones, y donde la claridad del satélite recaía con prestigios de teatral decoración. Un momento la mujer permaneció recostada en el pecho del hombre; pero éste se desvió de pronto, y descolgando de la pared una guitarra que formaba trofeo con dos caretas japonesas, y arrimando al canapé una silla bajita, empezó á puntear distraidamente una jota. Lo trivial de la música podía perdonarse en gracia de lo atractivo del escenario. Los muebles, los objetos de arte, el contador, el arcón, adquirían en la penumbra suave dignidad y misterio. El soberbio retrato de Luz, allá en el caballete, cerca del estrado, recibe un rayo de plata en fusión y parece moverse y respirar. Y la mujer reclinada sobre los almohadones, sonriente, marmórea, alargando los brazos, se asemeja á una estatua amorosa, que llama y atrae, para murmurar al oído la última regalada confidencia.
--¿Te aburre mi guitarreo?--preguntó Silvio con resignación.--¿Quieres que te traiga una copa de Málaga y unos dulces?
--No...--respondió Clara.--Quiero que vengas aquí, aquí.
Ojos menos vendados que los de la Ayamonte hubiesen observado en el movimiento de aproximación de Silvio una violencia nerviosa, rayana en repugnancia. “¡Todavía!” La cruda palabra no asomó á los labios; se quedó en los recovecos del cerebro, donde el pensamiento se desnuda cínicamente.
Clara pasó el brazo alrededor del cuello del artista, atrajo hacia sí la frente y halagó con su mano de raso las sienes húmedas. Los dedos de la enamorada entrejugaron con el rizado pelo rubio obscuro, despeinado y revuelto entonces.
--¿Quieres que dé luz, nena?--interrogó el prisionero, deseoso de evadirse.
--¡No! Si está divino el taller ahora; y además, para lo que vamos á charlar... ¡prefiero el misterio! Súbeme el abrigo... así...
Silvio obedeció. Era el abrigo amplia pelliza de seda acolchada, obscura y modesta por fuera, al interior forrada de riquísimo brochado azul modernista. Clara echó sobre los hombros del artista un pedazo de la fastuosa envoltura, y al sentir que el mismo tibio ambiente les rodeaba, se decidió:
--Vamos á tratar de cosas formales... Déjame enterarme... ¿Tienes probabilidades de romper la cadena? ¿Podrás dentro de poco renunciar á los retratos y dedicarte á lo serio?
--¡Pch!--murmuró Silvio, interesado en la conversación.--¡Hija mía, eso es fantástico!... ¡Por ahora al menos... y hasta sabe Dios qué fecha... héteme cogido, atado á la rueda, vuelta y dale! Gano y gasto; ¡no sé cómo lo arregla el demonio! Tengo un ahorro insignificante en poder de la baronesa de Dumbría, que me lo guarda para que no lo derroche, pero es por si enfermo y muero, no tengan que enterrarme de limosna...
--¡Calla!--gritó Clara, estremecida.--¡Loco! á ver si te pego en la boca para atajarte el disparatar... Si yo me alegro, me alegro, de que el remolino de los retratos _smart_ no te dé resultado para cumplir tus anhelos... ¿No sería bonito--dí--hacerles una reverencia de corte á todas las majaderas que vienen pidiéndote perlas de Cleopatra y veinte años perpetuos, y volar adonde la vocación te llama?
Silvio inclinó la cabeza con desaliento.
--¡Bonito! Más que bonito, precioso... ¡Me encuentro tan harto ya de producir calcomanías! Perdona; tu famoso retrato, que nunca se acababa porque no queríamos que se acabase, ese... calcomanía pesetera... ¿Á qué discutirlo? El de tu padrino... regular... Le falta... algo le falta, ¿eh? no pienses que yo no lo comprendo. Le falta nervio, puño, arranque... ¡El afeminamiento no se sacude en un día! Bueno: también creo algo aceptable ese estudio de Lina Moros con el traje ceñido de paño _prune_. Verdad que las líneas de esa mujer son de una perfección desesperante. Nunca las copiaré en todo su hechizo.
Clara se desvió del artista, rápida, involuntariamente. No era la primera vez que sentía celos bajos y degradantes, por lo mismo más torturadores, de la beldad profesional con tal insistencia reproducida por los lápices de Silvio, con tal entusiasmo elogiada por su boca.
--He dicho una tontería--murmuró él, percibiendo el movimiento retráctil de la dama.--Es que Lina es para mí como un modelo: la estudio y la estudio, pues entre las que cobran no hay formas así... No estés triste--continuó apiadado, acercándose á Clara con cierto infantil mimo.--Eso es arte, y yo... artista me conociste y artista seré.
Ella adquirió entonces un poco de valor. Deseaba sobreponerse á todo egoísmo, elevar, acendrar su pasión humana. Suplicante, precipitada, lanzó el gran propósito.
--De ti sólo depende redimirte de esta esclavitud...
--¿Cómo?
Un susurro, especie de caricia al oído.
--Casándonos...
La voz, ¡qué ronca! El corazón, ¡qué desquiciado! Los ojos, ¡qué humildes, qué imploradores!
Silvio, en un rato, no contestó. Se creería que no había entendido. Al fin... Clara trepidaba de ansiedad... Al fin, se echó á reir jovialmente y se puso en pie de un salto.
--¡Casarnos, nena! ¡Casarse! Y eso, ¿cuándo se te ha ocurrido? ¡Pobrecilla! Á ver: ¿es discurso del padrino... ó tuyo?
--¿Por qué me contestas así?--repuso Clara irguiéndose á su vez, recobrando energía ante lo que tomaba por burla.--¿Qué motivos tienes? ¿Quieres á otra? ¿Me desprecias mucho, porque... por lo que hay entre nosotros? Franqueza, Silvio... la verdad.
--¡Entera!... De haberte mentido á ti, que no lo mereces, jamás tendré que acusarme. Se les miente á las coquetas, á las tunantas... Á las buenas... no. Tú eres algo romántica; no sé si te convencerá lo que te diga. ¡Es tan prosaico! Es que yo no puedo casarme, ¿sabes? ¡No sirvo para tal vida: serías la mujer más infeliz!
--¡No importa!--gritó Clara descubriendo toda su sed mortal de sacrificio.--No pienses en mí. Que triunfes... y me basta. Soy tu pedestal. Písame... No voy á caza de dicha. Nunca esperé conseguirla queriendo. ¿Te acuerdas del _primer día_? Lloraba...
--¡Válgame Dios! ¡En qué conflicto me pones!--articuló Silvio, algo conmovido, abrazándosela.--Hay verdades demasiado descarnadas... Bueno, ¡qué remedio! Las soltaré. Serías infeliz tú y más infeliz yo. Á los ocho días, ¿sabes? viviendo con ella, viéndola peinarse, comer, toser--no hay mujer que no me hastíe. ¿Digo hastío? Aborrecimiento. Me juzgas por mi carita y por el tipo Van Dyck. No me conoces. Soy muy bárbaro, mucho. Además estoy embrujado. Sólo existo para mis sueños...
--¡Ay de mí!--sollozó Clara.--¡Yo también!
--Sí... ya lo voy notando. ¡Por algo dije que nos parecemos... en la expresión de la fisonomía! Tu sueño es de amor, el mío... de belleza, de gloria; el tuyo es natural, el mío á veces creo que diabólico. Venga del infierno ó del paraíso, ¡le pertenezco!
--Es que no me querrás--balbuceó Clara.
--No; de esa manera que tú desearías... no--repitió ferozmente Silvio.--Perdona; ya convinimos en que todo, excepto mentir. No te quiero _así_, y llegaría ¡yo qué sé! ¡á odiarte!
Ella vaciló, se esforzó para no desplomarse bajo el golpe.
--Lo sabía--arrancó con dolor inmenso.--Sólo que no quería saberlo... ¡Haces bien en no engañarme!
--No lo mereces. Si te engañase, sería aún más malo de lo que soy. ¡Ah! Soy malo: por éstas: malo, desalmado. Sólo tengo entrañas para mi loco deseo de pintar como los semidioses. Á trueque de conseguirlo... mira... á mi propia madre hubiese echado al arroyo, como á un perro. ¿Y qué tiene de extraño? El sentido moral se suprime ante estas ideas fijas. Ó demente, ó bribón: escoge. ¡Vaya un marido que te preparabas!
--Escucha, Silvio--imploró Clara con humilde mansedumbre.--Expliquémonos sin rodeos. Lo que te ofrezco es justamente el único medio que existe de que sigas tu vocación. Te estás incapacitando para ella. No creas que no entiendo algo de arte. Retratos por oficio, pueden hacerse unos meses, un año; pero á la larga, te amanerarás. Rompe los grillos. Yo seré feliz si tú eres grande. Necesito un objeto, una obra... Hay en mí un pozo de amargura, una estepa de soledad. Mi propia vida no me importa casi. Hacer de ti lo que estás llamado á ser, me bastará para recompensa. Si te hastías... viajarás, volverás. Tendré calma. No me induce cálculo alguno... ¡Te quiero tanto!
Al exclamar así, Clara arrastró dulcemente á Silvio al canapé. Á fuer de legítima apasionada, dolorida aún por el desamor, siempre fiaba en los ardides de su corazón, en el contagio de su ternura. El artista frunció el ceño y volvió á desceñir los blancos brazos, que surgían de las holgadas mangas de encaje antiguo. Torvo y malhumorado, en pie frente á Clara, alzó los hombros.
--Eso, eso es lo que hay... Me quieres... ¡Razón suprema! Las mujeres, cuando os encapricháis... Aquí el juicio lo represento yo. Tú, no más que la impresión del momento. Casarnos, y tenerme siempre contigo. ¡Te lucías! ¿Qué ibas á tener? ¡Ni mi cuerpo siquiera...!
Silvio comprendía que se expresaba desvergonzadamente, y no acertaba á remediarlo... Sus nervios, como siempre, mandaban en él; los sentía tenderse de impaciencia, de enojo, ante el amor de una mujer dispuesta á coartar su libertad bohemia, unciéndole á un yugo áureo. “¡Dinero!” pensaba. “¡Todo lo resuelven con dinero!” Y la aspereza, la brutalidad, crecían en él; á puñadas se hubiese defendido.
--¡Ni mi cuerpo!--repitió.--Es preciso que me conozcas á fondo, y que me dejes por cosa perdida. Hace cuatro ó cinco días lo más, en ese mismo canapé, estaba sentada la modelo de pago, una gitana que huele á bravío; y yo... sin acordarme de ti, como no me acordaría de otra, aunque fuese la misma Dulcinea... Ya ves qué poco me parezco á tu ideal; ya ves cómo engañan mis ojos, mi gesto de melancolía sublime... ¡Si supieses! Tengo un primo panadero, que es mi retrato. Estoy por escribirle: “vente, repartiremos las conquistas...” ¿Qué diría él amasando sus roscas?
Aquí el atroz monólogo se interrumpió. Del canapé no salía ni protesta ni sollozo. Clara se arrebujaba apresuradamente en el abrigo; largos escalofríos recorrían su cuerpo. Sus dientes se entrechocaban. El ruido imperceptible, rítmico, que producían, aterró á Silvio al modo que aterra á los medrosos el trueno. Corrió á arrojarse á los pies de la dama, prosternado.
--Te he ofendido, nena. Perdón. Soy un vil miserable; no hagas caso, despréciame. Hay horas en que no sé lo que digo ni lo que hago. ¡Perdón, perdón!
Clara no se movió. Rebozada hasta los ojos, temblando, tartamudeó muy quedo:
--Lo vil, lo miserable, es esto que llaman amor. ¡Qué vergüenza!
Y añadió con imperio, irguiéndose:
--Enciende... Voy á vestirme.
Obedeció el artista. Conocía que era imposible destruir el efecto de sus palabras, de su impremeditada confesión. Hay cosas que una vez dichas... Dió vuelta á la llave; las luces eléctricas, de dura claridad positiva, se comieron la de ensueño de la luna, y la Ayamonte rompió á andar, volviéndose desde el umbral para contemplar por última vez el taller, los retratos esparcidos, el contador reluciente de bronces, sobre el cual una Madona gótica, de madera pintada y estofada, sonreía con celeste ingenuidad, disputando una manzana al Infante. Permaneció Clara en el tocador pocos minutos; salió, arropada la cabeza en la mantilla negra, oculto el cuerpo por la holgada pelliza uniformemente obscura. Su cara, color de yeso, parecía haber adelgazado súbitamente, y sus ojos, enrojecidos, ardían, mientras la boca se consumía, y se afilaba, como en las agonías, la azulada nariz. El pintor se lanzó hacia la dama y la abrazó de estrujón, mientras cubría de caricias arrebatadas aquella mascarilla trágica, fría, sepulcral.
--¡Nunca te quise sino ahora!--repetía, persuadido de sentir así, en aquel pronto,--nena, nena; me hace daño verte tan pálida. ¡La boquita! ¡Quédate! ¡Vuelve mañana! Mira que te esperaré...
Ella se desprendió, desviándose con fuerza. Echó á andar pasillo adelante, llegó á la puerta, descorrió el cerrojo, tiró del resbalón...
--Dame al menos tiempo á coger sombrero y gabán... ¿Vas á ir sola hasta encontrar coche?
Estaba ya en el segundo rellano de la escalera, y desde él, entre la obscuridad, murmuró sencillamente:
--Adiós, Silvio.
* * * * *
_Marzo-Abril._--Silvio se levantó de humor endiablado, rabioso contra sí mismo, al día siguiente de la ruptura con Clara. Por su gusto no saldría del abrigo del lecho; pero justamente, tenía citada á una cáfila de señoras... Saltó descalzo á los fríos baldosines, renegando de la dura ley. Mientras se chapuzaba en la palangana, estremecido, redactaba mentalmente la carta á la vizcondesa de Ayamonte. No para reanudar, ni menos para aceptar la propuesta... Para repetir que la quería como nunca la había querido; que se reconocía un miserable, y solicitaba de rodillas absolución.
--No pondría otra cosa el hombre más prendado--pensaba media hora después, al lacrar,--y en este instante me sale de dentro escribir así...; y si ella me contestase “bueno, iré á firmar las paces...”, soy capaz de volver á ofenderla para que se largue pronto. No; ella no es como yo; ella tiene distinto carácter; no pone aquí los pies. ¡La he precipitado desde tan alto! ¡Bah!--añadió, viendo entrar á la portera con el servicio del te.--Así emigrasen todas á Cochinchina... No sirven más que para levantar jaquecas como la que me está amagando. Se prepara el gran día... Oiga usted--añadió, dirigiéndose á la comadre.--Vaya usted á la botica por esta receta de migranina... ¡No ponga usted cara atontada! Al Continental, calle de Tetuán, que lleven esta carta... Encienda bien la estufa... Pásese por la tienda de marcos, que envíen lo que les encargué... ¿No me podría usted arreglar un puchero, algo de comida sana, para hoy?... ¿No entiende?
--Dios, ¡qué barbaridá! Entender, sí, señor...; pero no alcanzará el tiempo, señorito... Primero que despacho tanto divino recao... Y la portería abandoná, porque á mi esposo hoy le han avisao de la Ministración pa unos papeles...
--Bueno; otro día de comer frío...--calculó enervado el artista.--¡Cómo se multiplican las necesidades!... Habrá que tomar un criado...
Respondiendo á sus pensamientos, la portera advirtió:
--Salga usted si llaman. Abajo no quea nadie.
Silvio tragaba el último sorbo de te, cuando... tilín: la apremiante campanilla.