La Quimera

Part 8

Chapter 83,742 wordsPublic domain

No revistió el acceso forma penosa; al contrario. Fué una exaltación, una embriaguez dulce y violenta de mi espíritu, que comunicaba á mi cuerpo ligereza y fluidez, desprendiéndolo, por decirlo así, de la tierra. Aquel cielo sombrío que la ventana encuadraba, figurábame yo tener alas para cruzarlo. En estados de ánimo así conciben los hombres las empresas reputadas imposibles, los altísimos hechos, las sublimes locuras.

Pasé la noche desvelada por mi venturosa fiebre, y al otro día tú me viste tan descolorida, que resolviste la vuelta á Madrid, donde te reclamaban tus tareas profesionales. Mira: en Madrid, ¡vé tú á adivinar por qué!, la noche de Toledo, la revelación de mi estado de alma, se me antojó que era devaneo de la imaginación; que no respondía á nada real. La frialdad absoluta con que veía á los galanes de sociedad, me tranquilizaba enteramente. Aún no había yo observado entonces este rasgo característico mío: el extremo del indiferentismo... hacia los indiferentes. Á él debo el respeto con que se me trata, á pesar de murmuraciones. Tal vez los galanes creen que cuando ellos no nos impresionan, es que no somos impresionables.

¡Ay, Dios! Esta carta se alarga hasta lo infinito, y es hora de llevarla al correo... Se continuará, padrino; escríbeme, confórtame. Lo necesito más que nunca.

CLARA

* * * * *

_El Doctor Mariano Luz Irazo, á la Señora Vizcondesa de Ayamonte, en Madrid._

_Berlín._

Niña de mi alma: á pesar de que ando loco de quehacer con los estudios y experiencias objeto de mi viaje, contesto á correo vuelto á tu carta, que he quemado, y en la cual me dejas á obscuras de lo que hoy te sucede. No me sorprende tu proceder: conozco su origen. Es el pudor, una creación artificial y, sin embargo, fuerte como los instintos naturales en el alma femenina. Deseas hablarme de lo único que hoy existe para ti, y te da vergüenza, y lo retardas con esas excursiones por el pasado. ¿Creerás que engañas al padrino? Ya es viejo, pequeña; y además, ¡su terrible profesión le ha dado tantas ocasiones de analizar!

Tú habrás oído por ahí, á los profundos psicólogos y psicólogas de salón, que pierden el pudor las mujeres cuando quieren de veras más de una vez. Si esas mujeres son de tu temple, di que, por el contrario, la susceptibilidad pudorosa se les exagera. Á tu inteligencia no se oculta la razón.

Clara, Clara querida: tu mal consiste, te lo he dicho y te lo repito, en un exceso de elevación moral unido á una sensibilidad demasiado viva. Ojalá--no me llames bruto--fueses una mujer de más bajas y materiales inclinaciones. Lo inferior se encuentra donde quiera. Lo inaccesible es ese ensueño tuyo, esa aspiración ardorosa que trae de la mano el desengaño y la caída del cielo. Cuando te he visto en el suelo, magullada, palpitando, rotas las alas, he lamentado que seas ave y no insecto ni alimaña. Así, sin más retóricas.

Si fueses hombre, á tu edad no padecerías ya tales anhelos, y tendría tu vida direcciones objetivas, algo que la llenase y en que gastases tu actividad y tus fuerzas. Ya ves, á mí me ha sucedido eso. Sentí... como cualquiera; sufrí, no desengaños, pero dolores, y el trabajo y la ciencia me salvaron. Eres mujer: no tienes refugio.

No necesito aplicar á tu alma los rayos con que registramos pulmones, arcas de pechos y cañas de huesos en esta sorprendente clínica. Te he estudiado día por día; te conozco. Y tu viejo padrino, al conocerte, te quiere más, con piedad y ternura más sagrada. Tus males proceden de que eres superior, en la esfera del sentimiento, á las mujeres que te rodean, y que, como Adolfina, no conocen sino los estímulos de la vanidad ó la impulsión orgánica. Tú padeces una _idealitis crónica_. Este padecimiento no es vulgar; sólo ataca á privilegiadas organizaciones. Yo esperé que, pasada la primera juventud, pactarías con la realidad en una forma ó en otra... ¡En la que te fuese más grata y fácil! Veo que no: y ante el hecho, me inclino--pues para ti, la sola realidad, es ese mundo que llevas dentro.

¿Qué te podrían decir mi experiencia y mi cariño que no te diga el recuerdo de tan rudas decepciones? Y mira, Clara, decepciones han sido; pero no acuses á los que te las causaron: acusa á tu exigencia de grandeza, de heroísmo sentimental,--parecida á la del artista, que en cada modelo fantasease la perfección absoluta de la forma.--Tú eres inteligente; y cuando tu corazón no está interesado, sabes observar los defectos y miserias de la gente con la agudeza propia de tu sexo. Así que interviene la pasión, esta facultad queda abolida. El que encarna tu ideal es un ser aparte: le supones todas las cualidades y excelencias de tu magnánima condición, todas las vibraciones exquisitas de tu alma soñadora; le vistes la cota del paladín, ó le cuelgas alitas, ó le rodeas de aureola, y con la sinceridad más generosa, das por hecho que está bebido el filtro, y que como Tristán é Iseo, cruzaréis la existencia sin atender más que á la virtud del conjuro. ¿Qué ha de suceder, niña eterna? Ellos son hombres, muñecos de barro, de ese barro que cada hora desorganiza--¡si lo sabrá un médico!,--de ese barro concupiscente en que bullen gusaneras de apetitos y mezquindades... ¡Barro! Ni aún. El barro se conserva, la obra del alfarero prehistórico llega á nosotros. El barro humano es limo corrompido. No puede darle consistencia ni el fuego de la pasión más sublime.

¿Qué nuevos martirios se te preparan? Si mi presencia puede servirte de algo, á pesar del compromiso de honor profesional en que estoy metido, á pesar de ciertos ensueños--también los tengo yo,--lo plantaré todo y me largaré. Aciertas: no tienes más que á mí; dispón de mí: me harás dichoso. Y, en todo caso, escríbeme sin ambages. Ya estarás persuadida de que deploro y maldigo tu mal; pero te estimo, justamente por él. Es lo que yo quería inculcarte, anticipadamente, para evitarte inútiles torturas morales, en nuestro viaje por Suiza, y después, y siempre... Estímate, estímate mucho: la estimación propia es el tónico más eficaz que conozco. Adiós, enfermita mía. Te daría su salud, su prosa, y no su edad, tu amantísimo padrino,

MARIANO

* * * * *

_La Vizcondesa de Ayamonte, al Doctor D. Mariano Luz Irazo, en Berlín._

_Madrid._

Padrino querido: Me defines muy bien en la carta que acabo de recibir, y, con todo, un alma es selva tan obscura, que voy sospechando si hay en la mía rincones donde no penetran tus rayos X. El día en que en Toledo me asomé á aquella ventana, y sin fijar en nadie mi pensamiento sentí la revelación de la pasión con todo su poderío, lo que me causó una alegría extraña fué reconocerme capaz de sentir tanto, tanto. Descubrí tesoros, que me asustaron, pues todo lo inmenso asusta; pero me inundó un regocijo como el que experimentan los héroes al convencerse de su valor. Los horizontes de mi vivir, hasta entonces vacío y sin sentido, se dilataron, irisándose con tintes mágicos. Ya ves, yo á ningún hombre quería; después de aquella memorable noche, aún tardé bastante en concretar mis indeterminadas esperanzas; la revelación fué, pues, de mí misma, de las profundidades de mi propio corazón.

Al pronto no me dí cuenta exacta de esto, padrino. Equivocándome, busqué fuera de mí el manantial que en mí brotaba tan abundante y, á mi parecer, tan puro. Me lo enturbiaron; pisotearon su nacimiento... Culpa mía fué, seguramente, porque mi locura igualó á la del que, poseyendo una perla única, quisiese descubrir la compañera en la primer joyería que encontrase. Yo tendré, allá en cualquier país, mi compañero; mas ni él sabrá de mí, ni yo de él. El filtro de Tristán é Iseo se bebe, pero no lo beben dos juntos. Uno solo, padrino.

Cansado estás de conocer los episodios de mi historia. Hemos convenido en ponerles una cruz negra, emblema de lo que murió; el caso es que no basta querer enterrar las cosas. Murió, sí, lo mejor: la ilusión, la fe, la ternura. No murió lo infinitamente malo, lo que ha depositado en mí un sedimento que tal vez ni sospechas... Te afligiría, padrino, si te metiese en las cuevas sombrías de mi pensamiento. Hacía tiempo que te hallabas contento viéndome descansar y reponerme de aquel último golpe, el más traidor y el más imprevisto. No podrás adivinar qué género de trabajo lento, insensible, se producía en mí, ni cómo la desesperación desordenada de los primeros instantes, que tanto te dió que hacer como médico, se transformaba en la apatía sorda, en la depresión hondísima, predecesora de las grandes crisis. Así calificas tú este fenómeno... y en mí, ¿lo has adivinado?...

Vamos á lo presente. Sin ambages: quiero otra vez. Es un artista genial, joven, cuyas facultades no han podido desenvolverse y afirmarse todavía. La necesidad de subsistir le obliga á dedicarse á un trabajo que forzosamente ahogará los gérmenes de su gran talento. Retrata al pastel, adulando á sus modelos, y no le queda tiempo ni tiene medios de luchar como corresponde para ganar su puesto al sol de la gloria.

La prueba, padrino, del cambio que se ha verificado en mí, es el propósito que tengo y que sólo depende de tu aprobación... Se acabaron las tonterías, el empeño de encontrar la otra perla. Giro en el remolino del Infierno, pero giro suelta, ya lo sé. Mejor dicho: lo presiento, lo comprendo, y lo único á que aspiro hoy, ya que mi mal es incurable, es á que me permitan hacer bien al ser querido. He pensado ofrecer á este artista (el hombre más desinteresado de la tierra) mi mano. Con ella va la fortuna, el medio de realizar su vocación. Conozco lo arriesgado del paso que voy á dar; conozco que enajeno mi libertad, y cometo (así te expresarías tú) la única locura hasta la fecha milagrosamente evitada. No puedo menos. Me avasallan con violencia dulce dos sentimientos: ansia de purificación y anhelo de sacrificio. Es la forma actual de mi apasionamiento; ahora mi fuego arde así. Cierta de no encontrar en los demás la abnegación, la descubro en mí, en mis propias entrañas.

Padrino, espero tu consejo..., y lo temo, porque me quieres demasiado, con excesivo egoísmo amante. Entiéndeme, padrino; explícate, por Dios, mi sentir; no me protejas contra lo que me ha de hacer algo menos indigna de esa estimación de mí misma, que tanto recomiendas á tu

CLARA

* * * * *

_El Doctor Mariano Luz Irazo, á la Señora Vizcondesa de Ayamonte, en Madrid._

_Berlín_

Clara querida, allá voy. Salgo mañana: y no salgo hoy mismo, porque debo despedirme de mis colegas y de algunas personas que me han dispensado atenciones. Lo dejo todo; me falta tiempo para llegar junto á ti. Eres en este momento mi enferma de más peligro.

¡Casarte! Ahí es nada, criatura... ¿De modo que mientras yo preparaba sueros en la clínica, tú adoptabas esa resolución insignificante? ¡Y pensar que no se me pasó por las mientes que esto tenía que suceder, que el día en que fantaseases hacer un bien muy grande á _alguien_ con la entrega de libertad, hacienda y persona, no serías tú quien se privase del gustazo de la inmolación! ¡Es tan delicioso el frío del cuchillo á la garganta!

Allá voy. Lástima no poder ir en globo. Voy, no á imponerme, sino á cumplir el deber de observar y exponerte lo observado. Veremos qué artista genial, qué hombre “el más desinteresado del mundo” es ese. Sí que abundan los desinteresados. No te enfades conmigo, tirana, si una vez más me viese precisado á pisarte con suela doble las florecillas de la ilusión. Hasta pronto; te quiere tanto el padrino, que por abrazarte antes manda á paseo sin protesta sus alquimias endiabladas. Tuyo,

MARIANO

* * * * *

_Marzo._--En el taller de Silvio, á las tres de la tarde de un día marzal, de esos de cielo azul agrio y frío puntiagudo, acaban de entrar dos damas, cuyo saludo seco y altanero, en contestación al obsequioso del retratista, evidencia cierto espíritu agresivo. El origen del mal temple de las señoras se descubre por la exclamación de la más alta, la marquesa de Camargo:

--¡En qué calle vive usted!... ¡Qué escalerita!

La malicia ya afinada de Silvio interpretó. Á las señoras bien tratadas por la naturaleza, había él notado que no las molestaba el trecho de calle equívoca que era preciso cruzar á pie para llegar á la casa. Pasaban retadoras ó reservadas, provocando ó desdeñando el dicharacho procaz de las mujerzuelas. En cambio, las clientes de incierta edad y escasos atractivos llegaban siempre al taller irritadas contra la calle y la subida, enviborado el genio por las desvergüenzas oídas al abandonar el coche protector. “Habré de mudarme” pensaba Silvio; y en alto:

--Busco otro taller, con ascensor... No lo he encontrado por ahora.

La verdad era que, á pesar de la afluencia de retratos, andaba todavía alcanzadísimo de moneda, sangrado por los sablazos de parásitos y zánganos como Crivelo, convencido de su incapacidad para la crematística. Á fuerza de sermonearle la baronesa de Dumbría, había resuelto hacerla su depositaria, y la confiaba, al cobrar un retrato, pequeñas sumas. Era el tesoro de guerra, para mudanza, viajes, enfermedades posibles...

La otra dama, rechoncha, mal ceñida, de faz lunar, era la duquesa de Calatrava, ex-belleza del reinado de Alfonso XII. La obesidad, desbaratando las facciones finas, apenas permitía adivinar lo que pudo ser el antaño gracioso semblante; y ayudaba á desfigurarlo espesa capa de blanquete y dos tiznones que se proponían agrandar los ojos. La Camargo, flaca, cobriza teñida, de tez estropeada por el artritismo, bien corsetada, silueta aún elegante y juvenil, indignó á Silvio un poco menos.

--Á ésta--calculó,--escogiendo bien la trapería y sacando partido del talle... Pero el otro fardo, ¡en cuántas triquiñuelas va á meterme! Tendré que reconstruirla según sería en 1876... No transigirá con menos... ¡Y el escote! Lo adivino. Veo asomar los encantos, como dos medias vejigas de grasa... Habrá que acudir al vaporoso boa de plumas ó al socorrido abrigo de pieles, negligentemente echado...

Mientras hacía para sí estas reflexiones crudas, Silvio, defiriendo á una indicación de las dos damas, enseñaba los retratos comenzados, los volvía de cara, los traía á la luz. Y las señoras sonreían, cuchicheaban burlonamente:

--¡Ay, Celita Jadraque! Mira las perlas del hilo. No han engordado poco. Parecen las que venden en _La Ciudad de Constantinopla_ á peseta la sarta. ¿Las vió usted por vidrio de aumento?

Silvio, nervioso ya, no respondía, y seguía exhibiendo sus pasteles.

--¡Lina Moros!--exclamó la Camargo.--¿Ha venido por fin? Pues si nos dijo que, á pesar del empeño de la Palma, no vendría; que no la daba la gana de estarse aquí las horas muertas aburriéndose.

Por toda respuesta, Silvio, crispado, colocó á ambos lados del primer retrato de Lina otros dos en preparación: uno de blanco, vivo contraste con la beldad morena; otro, con traje ceñido, obscuro, que moldeaba las airosas formas estatuarias. La Camargo y la Calatrava se miraron, y el comentario fué una ligera carcajada.

--¡Clarita Ayamonte!--dijeron después, al presentar Silvio un alto cuadro, casi de cuerpo entero.--¡Qué bien está! La hace usted mucho más guapa, y lo que nunca fué, muy elegantona. Ella siempre valió poco, y está atropellada como si tuviese cincuenta años; pero así y todo hay parecido, además de una creación poética.

Silvio sintió que montaba en cólera. Quería tratar con miramiento á las damas, muy influyentes en sociedad: la Calatrava, por el altísimo copete; la Camargo, por el círculo escogido que sabía formar á su alrededor; pero cuando los nervios de Silvio se encalabrinaban, el demontre. En su interior resolvió:

--¡Si éstas suponen que he de retratarlas!...

Justamente, un segundo después la Calatrava manifestó su deseo. Lo hizo con cierta displicencia, segura de dispensar un favor.

--Vendríamos... La hora se la avisaríamos á usted por teléfono cada vez... Porque si no, no seríamos nada exactas, ¿verdad, Angustias?--añadió, volviéndose á la Camargo.--En esta época del año no sé cómo se arregla, que está uno _de un ocupado_... ¡Es terrible!

--Lo siento en el alma, duquesa--respondió Silvio expeditivamente.--Ni fijando hora ustedes, ni fijándola yo, me sería posible, en mucho tiempo, encargarme de su retrato. Yo estoy _de un agobiado_ de encargos, que ustedes no se pueden formar idea...

--¡Ah!--repuso, mordiéndose el labio y dando al codo á su amiga, la Calatrava. Un instante la sorpresa las paralizó. Ya se entendían las dos para una retirada hábil, que no dejase transparentar despecho, cuando la puerta del taller dió paso á un caballero de buen porte, no atildado, de aventajada estatura, de madura edad, de pelo y barba grises, casi blancos; y las dos damas le saludaron con ese afable apresuramiento que en Madrid, tierra de gente expansiva, se tributa á los que han estado ausentes, al regresar.

--Doctor, Doctor... ¡Bienvenido!

--¡Gracias á Dios!--repetía la Camargo--¡No nos estaba usted haciendo poca falta! Yo no he tenido un día bueno mientras usted rodó por esos mundos... ¿Puede usted ir mañana á mi casa?

--Desde luego, marquesa.

--¿Viene usted á admirar el retrato de la ahijada...?

--No á eso sólo--declaró Luz, saludando á Silvio y presentándose con sencillez á sí mismo.--Vengo á que también me retraten á mí: digo, si el artista está conforme...

--¿Pues no he de estar?--gritó aturdidamente Silvio, emocionado.--No sabe usted qué satisfacción es para mí. ¿Cuándo desea que empecemos?

--Dé usted las gracias, Doctor--pronunció la incisiva voz de la Calatrava.--Es una distinción extraordinaria la que merece usted. Acaba de desahuciarnos á nosotras porque no tiene hora disponible...

Silvio clavó sus ojos garzos, obscurecidos por la irritación, en la dama, y dijo categóricamente, con la franqueza palurda que en ocasiones le subía, irresistible, á la boca:

--El Doctor es persona que trabaja mucho; yo respeto su trabajo y le sujeto el mío. Ustedes, en cambio, estarán tan desocupadas dentro de un año como ahora.

Rióse Luz, invadido por repentina simpatía; y la Camargo, saludando para despedirse, soltó en voz agridulce:

--La prueba de que estamos desocupadas Leonor y yo, es que hemos venido á perder el tiempo. Doctor, adiós. No se moleste, Lago...

Las acompañó Silvio, algo volado, hasta la puerta. En el recodo del pasillo, la Calatrava, desdeñándose de parecer picada y de guardar un silencio que lo demostrase, cuchicheó:

--Por lo visto, retrata usted á Clara y á lo que resta de su familia...

--No entiendo, duquesa.

--Es usted muy nuevo en estos círculos--lanzó la Camargo, que no quiso guardarse la pulla.

Las dos salieron, dando á la puerta, que Silvio no tuvo la ocurrencia de cerrar, seco porrazo. El pintor, no obstante, había comprendido, recordando insinuaciones transparentes de la Sarbonet; alzó los hombros, y minutos después buscaba en la fisonomía, bien delineada é interesante, de Mariano Luz, semejanzas con la mujer que le abrumaba á fuerza de pasión. La conclusión fué ésta:

--Me gusta más él que ella. Él, con esos mechones grises, arremolinados, esa tez morena, esa frente pequeña y surcada, tan inteligente, tiene una cabeza de estudio. Loado sea Dios. Descansaré de encajes y rasos.

* * * * *

Era el final de un almuerzo, en casa de Palma, en la _serre_, á la hora del café. La condesa llamaba con discreto siseo á Silvio, y le arrinconaba, cerca de una palmera cuyo tronco surgía de un embrollo de tela rameada, de colorido suave.

--Venga usted aquí, venga usted aquí, picarillo... Me han contado muchas cosas... ¡Todo se sabe!... En primer lugar, ¿qué ha hecho usted á Angustias Camargo y á Leonor Calatrava, que tan furiosas las tiene? Ahí está una cosa que deploro: las dos nos convenían mucho para la campaña; y si van diciendo pestes de usted, y que recibe usted á la gente punto menos que á tiros...

--¡Dios mío! Condesa, exageraciones. He tratado á esas señoras como debía, con respeto; lo único que hice fué negarlas turno. Francamente, prefiero otros modelos: de ahí no se saca una aleluya. La Angustias parece un mango de escoba tiznado de almazarrón, y la Leonor un _clown_ acabado de enharinar. No hay tintas posibles con ese par de cutis.

Divertida y sin querer confesarlo, la Palma protestó:

--¿Y para qué sirve el arte, la mañita? Hay que congraciarse con cierto círculo; ya sabe usted que es reducidísimo, y una sola enemiga nos puede hacer mucho daño.

--Con protectoras como usted nada temo. ¡Déjelas usted! Así que desaparecieron del taller, me puse de buen humor. ¿Se representa usted mis apuros ante los huesos de los codos de Angustias Camargo? Cuando veo á esa Angustias, ¡me entran unas ídem!

Sofocada de risa, la Palma se llevó á Silvio más lejos, á un rincón solitario del gabinete árabe que con la _serre_ comunicaba.

--Ha tomado usted tierra muy pronto; admirada me tiene usted--dijo al artista;--no he visto á nadie que cayendo aquí de improviso se desenrede y conozca las menudencias de sociedad como usted. ¡Indudablemente ha nacido usted para retratista de elegancias! Pero conmigo no valen disimulos; me han informado perfectamente. Lo que ocasionó que á usted se le atragantasen Angustias y Leonor fué que dijeron algo poco amable de la simpática viuda...

--¿Qué viuda?--murmuró Silvio, muy atortolado.

--Vamos, hágase usted de nuevas... Clarita, Clarita... No, es aparte; hizo usted bien en defenderla...

--Pero si ni la atacaron, ni la defendí...

--¡Es muy buena Clara!--declaró la condesa con su seria indulgencia de mujer intachable.--Es buena, á pesar de la educación desastrosa y sin freno recibida de su padrino, que será un sabio profundo, no lo niego, pero en ese particular...

--¿Padrino?--recalcó Silvio con afectada ingenuidad, que velaba una curiosidad caprichosa.

--¡Cuando digo que ha tomado usted tierra demasiado pronto! ¡Nada se le escapa á usted!--replicó la Palma.--Á un lado maledicencias é historias añejas. Clarita vale mucho. La pobre no ha encontrado, por ahora, quien fije definitivamente su corazón. ¡Si usted lo consiguiese, tengo el presentimiento de que sería usted muy dichoso! Además, su posición...

--Pero, ¿de dónde sacan todo eso?--protestó Silvio.--Quisiera yo averiguarlo... ¡Pues es una friolera!

--Amigo artista... Los impulsos del querer nos venden... Acababa usted de negarles turno á Angustias y Leonor, y entra Luz y todo se acaramela usted y se lo concede inmediato.

--Ya lo creo. ¡Cien turnos! Condesa, ruego á usted que se moleste en subir mis escaleras y ver el retrato del Doctor. ¡He sido tan feliz con ese trabajo! Una cabeza viril, seria, algo que he podido _retratar_ y no _contrahacer_... Un estudio de lo real... Es lo primero de que, en el pastel, estoy menos descontento; lo único que expondría sin gran bochorno. Minia Dumbría lo pone por las nubes... y cuidado que Minia es implacable. ¡Y el modelo! De ese sí que estoy prendado. Nos hemos entendido. Me ha tomado cariño en pocos días. Con él, al fin del mundo...--añadió sin desconcertarse bajo la mirada azul, penetrante, de la dama, que, cortando el aparte con su maestría de salón, retrocedió lentamente hacia la _serre_, á depositar sobre una mesilla la taza de porcelana blasonada donde aún se enfriaba un tercio de café.