La Quimera

Part 7

Chapter 73,947 wordsPublic domain

Nadie se acusa con mayor severidad que me acuso yo; pero, al fin y á la postre, cuando me azotan así, es cuando me sublevo. ¿Qué hicieron ellos, vamos á ver; qué hacen, qué harán? ¿Se nos prepara una nueva generación de gran altura? ¿Dejan tantas obras maestras las Exposiciones? Ellos y yo, por ahora, garrapateamos, manchamos, tanteamos... Acaso ellos, en mi pellejo, descubierto este filón de los retratos fáciles, no continuarían abrasándose, como yo, en el ansia devoradora de _lo otro_...

Al enterarme de estas chismografías bohemias, no pegué ojo en toda la noche; me levanté temprano, con el estómago revuelto, amarilla la tez; me parecía tener calentura; di orden á la portera de que despachase á todo el que viniese, diciendo que me encuentro algo indispuesto y no puedo recibir--á pesar de ser el día en que me pide otra vez sesión la Ayamonte.--Y, dominando un jaquecón que me parte las sienes, atiborrándome de te, con el pulso temblón, vuelvo de cara á la pared los retratos empezados, sin precauciones para no borrarlos, y cogiendo un lienzo, armando mi paleta, empiezo á bocetar un cuadro al óleo--_Recolección de la patata en la Mariña_.

Este cuadro puedo decir que lo tengo en apuntes, en notas tomadas directamente, aldeanas. Al volver á verlas, después de tanto tiempo y tan lejos de donde las recogí, ¡qué alegría!--me parecen fuertes y sinceras. La vieja que se cubre con el paraguas de algodón azul; la mozallona que se inclina al suelo marcando sus groseras formas; la otra labriega, niña y rubia, figurita mística quemada y curtida ya por el sol y la labor; y sobre todo, el paisaje, un paisaje sin engañifas ni trapacerías; el terruño bermejo, craso, destripado por el azadón y enseñando sus riñones, las patatas; allá en el fondo, el _cómaro_ que limita el predio.--Y los colores chillones de las ropas, y el verde insolente de la vegetación, y el cielo brumoso--y la augusta verdad. Me embriago componiendo, olvido las mezquindades ajenas y propias; el cuadro adelanta; me parece que lo saco de mis entrañas; lo besaría.

Á las doce, la portera me sube un par de huevos estrellados y un chorizo frito.

--Déjelo usted ahí...

Ni lo miro. Incansable, continúo. Una contracción del estómago, una onda de saliva en la boca, me avisan de que la bestia pide su ración. Trago los huevos fríos (¡están atroces!), y vuelta al cuadro. ¡Es que sale bien de veras! Á las dos, la velada voz de la Ayamonte en la antesala:

--¿Que está enfermo?

--No, señora; un poco indispuesto ná más... Se ha acostao.

Y la voz, enronquecida:

--Si se empeora, avíseme, calle... número... Anochecido, volveré á preguntar.

¡Al diablo! Á mi recolección de patatas. Sin moverme, he pintado desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde; y ya no veo, siento vértigo, me duele todo; pero el cuadro está ahí, planteado, completo, faltando únicamente pormenores de ejecución. Me enderezo; las piernas me tiemblan; obscurece ya, y tambaleándome me dirijo á mi alcoba, me acuesto, me arropo con el poncho, y, sin transición, me quedo dormido con sueño profundísimo, de piedra.

¡Las diez de la noche! Duermo ha largo tiempo. Despierto aturdido, en la obscuridad. Doy luz eléctrica, y miro el reloj. Alboroto á la portera.

--Pronto, algo de comer... Al café de más cerca... Chuletas, magras, tortilla...

--Esa señora, la el retrato, dos veces ha venío á preguntar...

Una esquela á la Ayamonte, para fijar sesión. Que la lleven mañana temprano. Devoro la cena con placer de cerdo; me acuesto, lastrado, y otra vez el sueño brutal, abrumador, como un mazazo. Esto ha sido una orgía nerviosa, y claro, al salir de ella, la sedación se impone.

* * * * *

_Febrero._--¡Incidente! La Ayamonte acude puntual al otro día, á las dos y media, á pesar de que hace un frío espantoso y cae una ligera nevada.

--¿Cómo ha atravesado usted? Caliéntese esos piececitos... Prolongaremos la sesión, porque hoy no vendrá, de seguro, nadie más que usted. Las demás modelos, con este día, y atravesar á pie la calle de Jardines...

Lo que he dicho es casi una inconveniencia. Lo noto, porque la veo fruncir el ceño; sus pupilas se llenan de sombra. Viene envuelta en pieles: _jaquette_ de nutria, abierta sobre un corpiño de raso negro; boa muy largo, manguito enorme.

--¡Por Dios! No se vista hoy, señora--murmuro para hacer olvidar mi tontería.--Se agriparía usted otra vez. Estudiaremos las manos. ¿Me permite usted que?...

Avanzo y se las coloco; á mi proximidad la veo conmovida, y escucho distintamente, al través del raso, el salto impetuoso del corazón.

--Vamos, ya está... Me quiere...--pienso con marmórea indiferencia.

Y, en alto, la sarta de imbecilidades:

--Descansemos. Hablemos un momento... ¿Verdad que usted me lo permite? Tiene usted una mano divina.--En vez de besarla, me bajo y rozo con la boca la frente descolorida, tersa, el lacio pelo.

Primero, el movimiento instintivo, sin cálculo, de echarse atrás; luego, una sonrisa de resignación, aceptando probablemente la fatalidad de que el sentimiento haya de concretarse en el gesto eterno, monótono, sin diferencia ni respeto á la categoría de las almas. Yo, que por lo mismo que no siento hondo soy apremiante, nada trovador, veo la sonrisa, sé comprenderla, y adopto una actitud en que hay respeto y arrullo: medio sentado, medio inclinado, la rodeo el talle con un brazo, y mi mano busca el calor y la suavidad de la nutria. Acaso el contacto con la densa piel del animal es lo único que me produce grata sensación. Por lo demás, empiezo á encontrar que todo esto es ridículo, y que lo mejor sería estudiar las manos concienzudamente. Mientras discurro así, conservando mi dura lucidez, la rutina me obliga á murmurar al oído de Clara cosas tiernas, los inevitables “¿Verdad que tenía que suceder?”--los “¿Á que no te lo figurabas cuando entraste aquí?” La chubersqui, mal arreglada hoy, calienta poco; y el frío que me engarrota bajo la blusa de dril, es lo que me impulsa á acercar la cara á otra cara fría también como el hielo, y por la cual veo, con asombro, deslizarse despacio, glaciales, perlinas, dos lágrimas.

Con un movimiento de desagrado, compruebo en mi interior la extraña impresión de siempre: el instintivo desprecio hacia la mujer que se me rinde. ¿No hay en esto algo de anormal, no es una inferioridad de mi alma?--¿Ó es que me ha embrujado, al nacer, la celosa Quimera?

* * * * *

_La Vizcondesa de Ayamonte, al Doctor D. Mariano Luz Irazo, en Berlín._

_Madrid._

Padrino mío querido: ¿á quién sino á ti ha de volver los ojos la pobre Clara, cuando se ve otra vez envuelta, arrebatada por lo que tú llamas _mi huracán_?

Bien sabes que no tengo á nadie más, padrino. Y mira si es triste repetir esta verdad, al punto en que el huracán sopla y me lleva en volandas. Los condenados por pasión, en el remolino del Infierno de Dante, van siquiera dos á dos, eternamente enlazados; á fe que eso sólo convertirá el infierno en cielo. ¡Ay del que gira y gira suelto, á incalculable distancia de quien debiera ser su compañero hasta más allá de la vida terrestre!

Veo desde aquí la cara preocupada y ceñuda que pones. Ahora te explicas por qué he dejado pasar tres ó cuatro semanas conformándote con postales lacónicas como telegramas. Padrino: aunque te quiero más y de otro modo que á un padre--¡ya lo creo! ¡con qué padre se tiene semejante confianza!,--y á pesar de todas tus doctrinas, experimento siempre confusión, sobre todo en los comienzos, mientras dura la penumbra y la indecisión del amanecer, y me da á un tiempo alegría y pena que te enteres, con encontrarme segura de tu indulgencia admirable de filósofo y de tu cariño infinito, tan probado.

¡Cuidado que te debo favores en este mundo! Déjame que los recuente: si no es por agradecerlos, no: si es por acariciarme el corazón con la memoria de que alguien me ha querido de veras y me seguirá queriendo sin cambio ni tibieza posible.--Si la desgracia de quedar huérfana tan temprano pudiese compensarse, me la hubiese compensado tu abnegación. Al principio dedicaste toda tu ciencia--¡mira si es dedicar!--á robustecerme: tuviste que pelear como una fiera, mejor dicho, como un héroe, con mi delicadísima complexión y mi propensión á recoger el contagio ó el germen infeccioso que pasase. ¿Te acuerdas de mi ataque de angina diftérica? ¿Querrás creer que constantemente te veo inclinado sobre mi camita, como eras entonces, con la tez morena, las barbazas negras, el pelo revuelto, negrísimo también, la frente pequeña, que ya surcaban precoces arrugas? ¡Ahora ha nevado sobre tu frente inteligente, y estás más simpático aún, padrino!

En aquel tiempo eras joven. ¿Por qué no te casaste? Nadie me quitará de la cabeza que por mejor consagrarte á mí. Al mismo tiempo que tratabas de formarme una sangre rica, unos pulmones anchos, me cultivabas--¡con qué precauciones de floricultor!--el entendimiento. Sin sujetarme á promiscuidades de colegio, enemigo de conventos, me educabas en casa, trayéndome aquella _governes_, la célebre y buena Miss Butter (á la cual ni tú ni yo reconocíamos la menor autoridad pedagógica), sólo para que me custodiase, á estilo dueñesco, cuando me daban lección profesores varones, escogidos. Y después de las lecciones, tú charlabas conmigo, me metías libros en las manos, me los quitabas apenas creías que me fatigaba la lectura; me llevabas á jugar en el Retiro, al concierto. El método lo aborrecíamos. Me decías tú:

--El estudio es igual que la comida. Si el estómago no está preparado, no apetece, no secreta el juguito que lo dispone á la función... se indigesta lo que se come.

En cambio, no me pusiste trabas ni antiojeras. ¡Qué de cosas aprendí, al correr de mi capricho, tan diferentes de las que suelen formar “la educación de las señoritas!” “Nada de método”, repetías. “Tú no has de seguir carrera; sólo necesitas conocimientos varios, útiles, hermosos, para que te sazonen el vivir y te afirmen la razón. No me he de meter yo en acotártelos. Tu instinto es buen guía, porque tienes mucho pesquis, Clara”. Pesquis yo, ¡pobre padrinito!...

Y toda esta independencia intelectual que me otorgaste, unida á solicitud incansable para facilitarme el aprender; á cuidados exquisitos para crearme “un cuerpo y una cabeza”... ¡la frase es tuya!--quisiste que la disfrutase igualmente en el terreno material; te volviste por mí lo que jamás has sido, hombre práctico y calculador; defendiste con dientes y uñas, hecho un curial, la herencia embrolladísima y casi perdida de mi madre, y me la sacaste á flote; y... vamos, ¿crees que no lo sé? ¡Si entre tú y yo no hay nada secreto, Doctor del alma!--Para ir colocando á interés los réditos de mi hacienda, con tu noble trabajo de gran médico sufragaste los gastos de la casa, los míos personales... ¡Ni en un ochavo se mermó mi caudal! Por ti me encuentro rica. Y mira si estoy convencida de tu ternura, que no me pesa ese beneficio que te debo. Me has enseñado que en materias de dinero la delicadeza es un grado de la moral, y el grado superior la supresión de la idea misma de delicadeza por el cariño. El tuyo, ¡tan puro, tan santo!, se ha revelado para mí en ese aspecto más. Mientras yo viva, no tengo hacienda: la tenemos. Pero no alimento esperanzas de darme nunca el gusto de corresponderte en este particular. Acuñas mucha moneda con esa sabiduría portentosa; y aunque derroches en suscripciones, libros, aparatos y viajes á las clínicas, siempre te sobra para traerme finezas caras de París.

Mira: donde he visto más de relieve el alcance de tu bondad para mí, no es en ninguna de estas cuestiones... Es en algo tan íntimo y tan singular, que sólo de ti para mí puede conferirse, porque nadie, ¡nadie! sería capaz de entenderlo, de interpretarlo con la elevación en que tú lo colocas... ¿Verdad que ya adivinas?

Mientras duraron mi niñez y mi primera juventud, me diste enseñanzas que revestían la sinceridad de la ciencia; y aunque no me mantuviste en ridículos y pueriles errores, por tal arte supiste respetar mi pudor, que mi imaginación se conservó limpia: más limpia acaso que la de muchachas á quienes se pretende rodear de misterios y mentiras ñoñas. Entretenían mi imaginación tantas cosas; me distraías tanto, estaba yo tan fuerte y tan alegre.--Por experiencia he sabido lo que es la vida blanca. Padrino, es muy bonita. Huele bien; huele á los ramos de violetas y reseda que me ponías sobre el tocador.

Recordarás cómo se arregló mi boda en la playa del Sardinero. No tenías tú gana ninguna de que me casase tan pronto; pero la parentela de mi madre, las tías San Benedicto, Teresa Vegarica, puede decirse que me llevaron de la mano al ara para unirme á mi primo Víctor Ayamonte. Lo del parentesco era lo que á ti te escocía más; confesabas que el primo reunía condiciones: gallarda figura, caudal bastante, carácter agradable y franco, vicios ignorados... “Pero, si tuvieseis hijos, el parentesco puede jugarnos una partida serrana...” En fin, con tu espíritu de respetar las decisiones ajenas, no te opusiste cerradamente, y yo fuí al altar gustosa, lisonjeada por el novio simpático y fino, que me envidiaban todas;--sin poner más condición sino que tú seguirías viviendo conmigo. Recordarás cómo se opusieron las necias de las tías; vamos, que armaron una gresca y soltaron unas pullas... ¡Brujas más raras! Y yo empecé á entusiasmarme con Víctor cuando exclamó: “Déjalas, primita, déjalas. ¿Quién va á gobernar en nuestra casa, ellas ó tú? Mándalas á freir espárragos. Eso de que la parentela se meta á disponer en lo más íntimo, sólo en los dramas se ve... El padrino ¡vaya! habitará con nosotros. Haré excelentes migas con el padrino”.

Recapacitando, yo afirmaría que los dos años escasos que duró mi matrimonio fueron felices. No hubo tiempo de que se acusase la profunda, irreductible diferencia de aspiraciones entre Víctor y yo; no hubo tiempo de que su afición al bullicio y su ligereza le apartasen de mí. En treinta meses sólo vi su amenidad de trato, su gracia de pájaro, su inagotable buen humor. Me trataba amigablemente; quería llevarme consigo á todas partes. Á ti te respetaba y te profesaba una deferencia y una fe que le ganaban, si no mi corazón entero, mi simpatía. Su hermana Adolfina, la hoy señora de Mendoza, era para mí una amiga; y sabes que todavía lo es: amiga superficial, amiga que no me pesa... Gentes así no marcan huella en el suelo. Las envidio. Conservo de Víctor el recuerdo que se tiene de una visita grata, en que no nos hemos aburrido un minuto, sin conmovernos un instante; su muerte fué la única impresión honda que de él he recibido. ¿Qué tendrá la muerte, padrino, que así lo solemniza y lo engrandece todo?

La de Víctor fué trágica; tragedia sencilla, de la realidad, pero que no por eso dejó de abrir surco en mí; según tu parecer, hasta trastornó mi equilibrio... ¿Te acuerdas? Todas las tardes salíamos Víctor y yo á pasear en coche; él guiaba. Aquella tarde quiso probar un potro andaluz, ya domado, según decía. Tú recelabas que yo asistiese á la prueba; y Víctor, con su finura y su complacencia de costumbre, se adhirió á tu opinión. “No, chiquilla, no vienes... Ya sabes que te llevo siempre; hoy, no. Padrino acierta en eso como en todo”. Hora y media después nos traían en parihuelas un cuerpo inerte, cubierto del polvo de la carretera. En la frente, con amoratada huella, se señalaba la herradura del caballo...

Cuando me viste envuelta en crespones, callada y abatida, el egoísmo del afecto se despertó en ti. “Oye--me decías,--no repruebo la tristeza, si sirve de algo; pero, estéril, debemos combatirla como enfermedad; y lo es. ¡Á viajar! Te vienes conmigo, por Europa...” Viajamos; me enseñaste Italia, Suiza, parte de Alemania... En este memorable viaje empezaste á desarrollar tus teorías, que tanta influencia ejercitaron sobre mi destino. Al principio les encontraba el amargor de la quina; poco á poco, mi paladar se habituó á ellas, y hasta las saboreó.

--La casualidad--dijiste--te ha dejado viuda á los veintitrés años. Soltera, no me atrevería á hablarte así hasta los treinta. Viuda, es otra cosa. Lee el Código, y verás que la mujer no es dueña de sus acciones hasta que enviuda. Lógicamente, todas debierais desear la viudez.

--Lo que es yo...

--¡Ya sé...! Has sentido á Víctor muerto, más que le has amado vivo. El caso es frecuente, y también se da el contrario. Tus sentimientos son propios de tu idealismo. Víctor, difunto, no tiene defectos; lo que había en él de peligroso para tu porvenir, no saldrá á luz. ¡Á lo presente! Triste ó contenta, eres libre, ¡libre! ¿Comprendes el alcance de la palabra? Y no sólo eres libre por la situación legal en que te hallas, sino por la posición social; porque la fortuna es libertad, y la clase elevada, libertad también si se saben aprovechar sus privilegios y hasta sus formulismos. Sin embargo, niña, la deliciosa esencia de la libertad no has de extraerla de esas circunstancias externas, sino de tu voluntad misma, de tu ánimo resuelto á no dejarse encadenar. De poco sirve poseer las condiciones de la libertad, si no tenemos un alma libre.

¡Ya ves que no he olvidado tus palabras! Me decías esto en Ginebra, en la terraza del hotel, desde el cual veíamos la azul extensión del lago. Te habían servido el café, y entre sorbo y sorbo, antes de encender el cigarro, desarrollabas la idea que yo al pronto no comprendía.

--Padrino--exclamé,--¿eso significa que, para no enajenar mi libertad, no debo volver á casarme? Te aseguro que si hay algo que esté á mil leguas de mi pensamiento...

Tardaste en responder. ¡Cómo se te anudaban en la garganta las frases! Con decisión de operador, al fin fuiste penetrando en los tejidos, cortando y resecando lo que te parecía que me dañaba.

--No es eso precisamente; no se trata de una precaución material para asegurar la libertad; yo quisiera ir más allá y libertarte en lo íntimo de tu conciencia. Si fueses hombre, sería innecesario; la vida, para el hombre, es desde muy temprano escuela de libertad, hasta de licencia. Pero tú, ¡pobre mujer! dentro de ti misma están tu cadena y tus hierros.--No te alarmes. Ahora empieza tu juventud, y es verosímil que se despierte en ti el sentimiento amoroso, con toda la intensidad que tu idealismo ha de prestarle...

--¡No lo quiera Dios!--exclamé.

--Supón que lo quiere...--contestaste con la voz atascada por la faena de encender tu Londres.--Cuando eso suceda, niña, es preciso que tengas formada la convicción de que tan natural fenómeno y... sus consecuencias, ni rebajan tu dignidad, ni quitan ni ponen á tu personalidad moral, mientras se desarrollen en el terreno propio de tu carácter, que es generoso y bellísimo. Tus pasiones, siendo como tuyas, en nada te deshonrarán: si las sustraes á la malignidad del mundo, procederás con cordura, como procede el que se defiende de una fiera dañina; pero eso no es lo que importa: es que en tu interior no te creas humillada ni culpable porque te suceda lo que viene sucediendo á la humanidad desde su origen. Contra esa falsa, injusta preocupación, quisiera defenderte, pertrecharte...

--Padrino--dije de muy buena fe,--se me figura que no llegará el caso. Contigo, y dueña de mí, es como seré dichosa.

Sacudiste la cabeza, sonreíste.

--El caso llegará. Y aun es fácil que sea, no caso, sino _¡casos!_

¡Ay, padrino! Me pareciste brutal; protesté con enojo. Si no lo has olvidado, perdónalo. Me levanté, y dejándote solo en la mesa, me puse de codos en la baranda. Anochecía: algunas luces empezaban á brillar en las quintas que rodean el lago y lo ciñen de verdor con las altas coníferas de sus parques; la nieve de los picachos, en segundo término, era como reflejo vago, luminoso, que de repente vino á colorear de rosa y naranja el último rayo frío del sol; debajo de mí, casi á plomo, una barca se deslizaba por el Lemán, acercándose al embarcadero: un barquero remaba, y una pareja de turistas (sin duda jóvenes, aunque ya la semiobscuridad confundía sus figuras) ocupaba el fondo de la embarcación, á popa. Me pareció que iban embelesados en coloquio de amor, y me quité de la baranda, irritada y descontenta de ti, de mí, de todo.

En algún tiempo no volviste á tocar la conversación peligrosa; seguimos viajando; recorrimos otros lagos, otras ciudades... y con habilidad que me admira en ti, dado tu modo de ser franco y directo; no desperdiciando ocasión; aprovechando los recuerdos y las impresiones de historia y de arte, humorísticamente unas veces, con gravedad otras, fuiste trayéndome al terreno en que deseabas situarme, y gastando con la lima de una discusión serena mis ingenuos radicalismos. Penetraban en mí tus doctrinas de un modo insensible; si me hubieses preguntado entonces, respondería con sinceridad que nos encontrábamos en completo desacuerdo y que tú sostenías cosas del todo antipáticas para mí. Encontraba placer en repetirte que no estábamos conformes, en refutarte (así lo creía) con argumentos de un exaltado romanticismo; y mientras lo hacía, allá dentro de mí, hasta lo más recóndito de mi pensar, como flechas certeras que rasgan la carne y cortan el hueso hasta el tuétano, penetraban tus razonamientos, tus ironías, tus indignaciones contra la mentira social, los convencionalismos absurdos y las leyes del embudo, aceptadas dócilmente por sus propias víctimas. Dos razones imagino que se aunaron para predisponerme á recibir tan amargo evangelio. Una, que me parecía inadaptable á la realidad, pues yo había decidido que nunca semejantes doctrinas tendrían para mí aplicación práctica, y las escuchaba como el terrestre, que ni sueña en embarcarse, oye bajo los plátanos de un paseo el relato de naufragios que le hace un atezado marino. Otra, que entre lo acerbo de tus enseñanzas venía lo tónico de la idea de justicia, que me habituaste desde la niñez á considerar eje del mundo moral; y á favor de esta idea, se infiltraban en mí las consecuencias que de ella deducías.

Tuviste el acierto de aparentar creer que no me habías convencido; y cuando volvimos á Madrid renunciaste á tus predicaciones, dejando que lo sembrado germinase poco á poco, al calor de la vida, la gran germinatriz. El retiro que me imponía el luto se hizo menos severo. No ignoras quién empezó á sacarme de mis casillas. La propia hermana del muerto, Adolfina Mendoza, que me encontraba ridícula con mi eterna lana negra y mis paseos por la Moncloa y el Pardo:

--Hija, todo lo que se exagera... Año y medio pasado... Ya debías usar seda y _pailletés_ negros... Ea, mañana vengo y te llevo á casa de mi modista.

Insensiblemente dejé el crespón; mi juventud pareció renacer, al soltar la librea de la muerte. Sin razonar la causa, me sentí alegre, dispuesta á sacar partido de lo más insignificante, para gozar como una chiquilla. Adolfina aprovechó mis buenas disposiciones. ¡Qué admirado estabas tú de verme tan disipada!

--Me gusta que te diviertas, niña... pero el vértigo de Adolfina no está en tu naturaleza; te cansarás.

Se realizaron tus presunciones; á fines del invierno, sentí necesidad urgente, física, de calma y soledad, y nos refugiamos en Toledo, donde pasamos aquel Febrero delicioso, con tiempo espléndido, recorriendo callejas y revolviendo historias. El fondista, al hablar de ti, me decía: “Su papá...” Nos reíamos; saboreábamos el bien de encontrarnos solos, libres del visiteo, del mentireo, de la frivolidad, de la nada. Una tarde, sentados en el admirable Miradero, volviste á la tema antigua. “Revístete de fuerzas, pequeña, porque amaga la crisis... Te acercas á los veinticinco años. Experimentas ansia de reconocerte á ti misma; te vas á reconocer por el sentimiento. Este afán de huir de Adolfina y del mundo es un mal síntoma...” Te contesté chanceando, y nunca supiste que aquella misma noche, al encerrarme en mi habitación, al abrir, como siempre, la ventana, antes de mi aseo nocturno,--vi claro en mi arcano, y sufrí el primer acceso del mal que acabará conmigo...