La Quimera

Part 5

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Prefería ser Goya. El equilibrio y la indiferencia de Velázquez, bien; el desate de Goya, mejor. ¿Por qué mejor? No lo sé explicar; pero me gustaría tener un modo _mío_ de sentir el natural, y me gustarían esas rarezas de sátiras y delirios, el infierno y el cielo, el amor, la muerte, la horca, el fanatismo, los asnos dómines, las duquesas histéricas y tísicas, con colorete, las familias reales retratadas hasta el alma, hasta la misma medula de sus huesos, enseñando la sensualidad de la reina y la inepcia bonachona del rey. Me gustaría haber sido el primero á sorprender la luz rubia y acaramelada de las primaveras madrileñas, y los grises tonos, vaporosos, de las épocas de pelo empolvado y sedas tornasol. Me gustaría ser el primero que interpretase el colorido de España. ¡Goya! Sus cuadros patrióticos, sus _fusilamientos_, telones--telones divinos. ¡Qué arranque! ¡Qué ímpetu! ¡Ese colmillo de jabalí, ese navajazo feroz de baturro airado!--¡ah, qué envidia!

¿Y Rubens? Cuando me acuerdo de mis pastelitos, de mis cochinas cromotipias, y pienso en la carne flamenca de Rubens, me daría de cabezadas contra la pared. Materia, materia; esplendor de la carne: y arrodillarse y adorarlo.

El realismo de Rubens es más brutal que si nos presentase gente pobre y famélica. Sus hombres sanguíneos, de barba terciopelosa, y sus mujeres de senos de manteca y nalgas rosa te, eran gente rica y bien alimentada; y así quisiera yo desnudar y pintar á la _high-life_. Afuera tules. La carne, compacta, fresca; albérchigos y pavías. Verano de la vida; y por debajo de esa piel tan bruñida y elástica, y por esas venas (¿no es triste que no tenga _venas_ la gente que yo retrato?), por esas venas, circulando, el hierro y el calor de los siete pecados capitales.

De todo esto saco en limpio... poca cosa: que quisiera ser Velázquez, Goya ó Rubens, ¡un nene! ¿Qué soy? Nada. Un farsantuelo; y ni aun mis farsas puedo hacer. Porque ¿quién va á venir á retratarse en esta calle sospechosa, en este taller desmantelado, sin un trapo antiguo, sin un sitial coquetón, sin alfombra... sin estufa?

No: estufa la habrá mañana, ¡viven los cielos!

Hoy tirito. La noche cae, y como no he de comer--no era la digestión del boa, era la indigestión,--no salgo; me quedo en mi rincón, me refugio en la alcoba, envuelto en mi poncho gaucho, que me sirve de manta de viaje y de cama. Me siento mal, muy mal; parece que dentro del estómago tengo una barra de plomo; la cabeza me duele... Trataré de dormir. Á cerrar los ojos, á no acordarse de nada. ¡Qué nuca y qué hombros los de la _Hilandera_! Lo asombroso de Goya, el misterio de las pupilas de sus retratos: tienen _húmedo radical_... Bueno, ahora lo de ene: bascas, escalofríos... ¿Si enfermaré de veras?... ¡No me faltaba más que eso!

Quebrantado aún (¡qué indigestión, señores! ¡Yo creo que fué de admiración más que de otra cosa! Es bobo y ocioso admirar á los que ya pasaron; ¡arte nuevo, nuevo!), voy á la Sociedad de Acuarelistas á dibujar. Empiezo á conocer algunos del oficio; muchachos como yo, tal vez con las mismas esperanzas que yo. ¡Puede que no tan quiméricas! Les veo que fuman, ríen, hablan de mujeres,--piensan con ahinco en algo más que el arte.--Hay uno, sin embargo, rabioso, emberrenchinado como yo: se profesa _impresionista_ (¡qué diablura!) y se llama Solano. Tiene unos ojos que giran, que miran azorados, insensatamente: ojos de raposo cogido en la trampa.

Me han preguntado mis proyectos. No les he contado palabra de verdad. Me daba vergüenza confesarles que espero á que las bellas señoras me hagan con sus deditos una seña: “Retrátanos... y que salgamos arrebatadoras, celestiales”. ¿Y si, además, por encima de todo, ¡humillación doble!, ni aun eso encontrase; ni aun le comprasen al charlatán sus mentiras, su agua de rosa y su blanquete?

Á bien que saldré de dudas pronto. Las de Dumbría me escriben que antes de principios de Diciembre llegan.

Entretanto, como no debo perder tiempo, y como la labor de noche en la Sociedad no me basta y quisiera aprovechar algo las mañanas, que me paso tumbado en el diván leyendo ó haciendo castillos en el aire--me determino á llamar una modelo y un modelo. Cuestan, pero no hay cosa mejor para formarse la mano y adelantar en estudios útiles--una mano, una pierna, la cabeza, el torso.

Por suerte, en la tienda de marcos, donde me surto de lienzos, pinturas, pinceles, un caballete mecánico--comprendo que no se darán prisa á pasar la cuenta. Les he insinuado que los meses de Navidad y primeros de año no son á propósito para pagos, y en seguida comprendieron: deben de estar acostumbrados, por su clientela de artistas, á morosidades. Y si no, ¿cómo me las arreglo? Porque parece que no son nada estas fornituras--tubitos, frasquitos, pinceles, palitroques,--y sólo el caballete representa un desembolso de treinta y cinco duros. El amigo que me he echado en la Sociedad, un chico paisajista, Marín Cenizate, que me ha tomado un apego decidido y se dedica á aconsejarme y protegerme, al saber mis adquisiciones me dice que anduve precipitado; que como la miseria siempre, y ahora más, es tan acuciosa entre nuestros compañeros, en el Rastro y en las casas de préstamos encontraría por cuatro cuartos el caballete y las cajas. No le quise responder: “es que la tienda no me cobra ahora, y lo de lance se pagará al contado”. La penuria de dinero, á veces, obliga á gastar doble.

La modelo... ¡pch! un desnudo regular: de la cintura abajo, algo de morbidez; los brazos magros, los hombros puntiagudos, las manos encanalladas. Para estudiarla sinceramente y á trozos no me importa; pero si alguno quiere meterla en cuadros de ninfas ó de damas, ¡con esas manos, á morir!

No sería yo quien me consagrase á damas ó á ninfas, y eso que desde mi llegada á Madrid me parece que siento menos la naturaleza, y la verdad áspera y plebeya no me seduce tanto. Aquí no hay campo, y la ciudad, ni moderna ni majestuosamente antigua, no me atrae. Recorro sus calles, sus paseos,--nunca salta la nota que me agradaría tomar. Vamos, ya estoy maduro para mi campaña de retratos.

El desnudo del viejo, infinitamente mejor que el de la mujer. Es un setentón que sería muy terne en sus mocedades, y que en vez de criar grasa se ha desecado lo mismo que un gajo de uvas colgado al sol. Se ha convertido en un Ribera. Creía yo que aquellos clarobscuros y aquellos tonos de Ribera eran falsos. No: en la piel del viejo encuentro el mismo ocre amarillo, la misma tierra de Siena, la misma sombra calcinada de los ascetas riberescos; y su vello y su barba y su pelambrera--á las cuales los artistas le hemos prohibido tocar: es nazareno--son del mismo gris plomo, con toques blanco plata y los tonos y reflejos de una armadura. Al estudiar al viejo, cargo la paleta de colores á la española; mi pincelada se hace amplia, fuerte, y me voy al estilo franco y á las grandes masas. Hasta me sugiere asuntos castizos y anticuados; ayer le boceté de San Jerónimo, con su pedrusco en la derecha.

* * * * *

_Final de Noviembre._--¡Llegan, llegan las de Dumbría! Preciso era; porque se me iban acabando el resuello y la esperanza, y además, en todo este mes no he comido cosa que digiriese; noto el estómago tan frío, que--se lo conté ayer al hermano de mi amigo Cenizate, que es médico--padezco una aprensión rarísima (él la calificó de alucinación, engendrada por la dispepsia): la idea de que me lo cruza, sin interrupción, una glacial corriente de agua.

Como he adquirido una tetera, me inundo de te para digerir las porquerías; estoy muy nervioso, sueño dislates, y de día miro mi taller desmantelado, mi casa sin muebles, mis perchas sin ropa--y los planes de atraer aquí al gran mundo, y al gran mundo femenino, se me representan como delirios de la calentura.

Por cierto, á propósito de este delirio, que la carta de ayer de mi romántico amigo de Marineda, Florencio Goizán, es para desmigajarse de risa. Me ha cogido en un día de los de humor más negro, y me lo mitigó... Hay párrafos deliciosos.

“¡Mortal tres veces feliz!”--me escribe.--“De este aburridero, este rincón donde no se puede ni soñar en ilícitas aventuras--porque detrás de cada vidriera hay una vieja atisbando,--te envidio el jardín que ya empieza á brotar en tu taller. ¡Qué jardín! Desde la altanera flor de lis purpúrea, hasta la original orquídea modernista, no habrá flor de estufa que ahí no pueda lucir en el caprichoso búcaro oriental. ¡Qué mujeres, Cristo! Ya las miro subir tus escaleras con el corazón palpitante; llamar á tu campanilla con trémula mano enguantada de Suecia; entrar con ese delicioso ruge-ruge de sedas que él solo estremece; inundarte el taller de oleadas de _ideal_ y de _brisas rusas_; reclinarse negligentes en el sofá Luis XV, mientras tú te hincas de rodillas á sus pies sobre un almohadón de terciopelo y empiezas á contar tus ansias. Habrás dispuesto (naturalmente, es de cajón) el refresco en el velador árabe; allí sus emparedados, sus bombones, y allí su vino de Málaga. Y si llegase impensadamente el celoso marido, la dama adoptará _pose_ en el estrado, tú agarrarás tus lápices, el retrato seguirá viento en popa,--y aquí no ha pasado nada, caballeros.

“Lo más sabroso ha de ser eso: engañar á un necio orgulloso de sus blasones, con el pretexto tan socorrido de los retratos. ¡Porque cuidado que es socorrido! No es pretexto sólo; es ardid de guerra. Si yo fuese padre, amante, marido, cualquier día consiento que tu _la_ retrates y estéis solitos bebiéndoos á tragos largos la mirada horas enteras. Vamos, se necesita ser memo. ¡Ya que la memez es epidémica, incurable, triunfa, mortal tres veces feliz! No te pares en barras, no te achiques al tropezarte con las rimbombantes genealogías: la mujer es mujer, ya nazca en áurea cuna, ya en el arroyo; el flecherillo todo lo iguala; los antepasados de coraza ó ferreruelo no se alzan de sus tumbas, y tú acuérdate de Goya, que prefirió pintar mejillas ducales y borrar luego con los labios el carmín, á legar á la posteridad un nuevo título de gloria. ¡Ah! ¡Quién pudiese estar en tu lugar unos meses siquiera! Desgarra encajes de Venecia, arruga sedas de Lyón, desabrocha collares de perlas, descalza esquifes de raso, y compadece á los amigos que se pudren leyendo cartas sin timbre y sin ortografía, no llevando sus ambiciones más arriba del taller de costura, los dedos picados y el zapato de cuero gordo. Más suerte tienes que un ahorcado; es de esperar que sepas agotarla, y que en el verano, á la sombra de los castaños de Zais ó en la playa de Riazor, nos refieras episodios. ¡Digo, si es que te dignas volver á las natales costas, y no te arrastra el torbellino del gran mundo hacia la isla de Vight ó los arenales de Trouville!”

Así, copiado al pie de la letra.

¡Gastan imaginación en Marineda, vaya si la gastan! ¡Y lo cómico es leer esto en el camaranchón que llamo taller, amueblado con una estufa que no tira y el caballete mecánico, y visitado sólo--á tanto la hora--por la modelo, la Eladia, que deja caer, al desnudarse, un corsé muy usado, color lagarto mustio, del cual reniego!

--¿Chica, no tienes más corsé que éste?

--No, sorito...

El tono es tan triste, que arrío dos duros para un corsé nuevo y blanco; al otro día sube con el antiguo. Que su madre está enferma, que tuvo que comprar una medicina “barbaridá de cara...” ¡Bien, adelante! De rabia, la coloco, borrajeo un apunte, y me sale regular; la modelo, destacándose sobre la luz de la vidriera y ajustándose el corsé, con un movimiento airoso de los brazos hacia atrás. No la vuelvo á dar propina: la guita se me va que vuela.

* * * * *

_Diciembre._--Me he reanimado al ponerme al habla con las Dumbrías. Me hicieron cenar allí la noche de la llegada, las provisiones que traían en el tren, que me supieron á gloria, y eran, sobre poco más ó menos, lo que hubiese comido en mi taller--fiambres, pastas.--¿Por qué digerí mejor ya? ¿Es que mis nervios mandan en mí tan absolutamente?

Á la siguiente mañana me llamaron por teléfono--el teléfono del despacho de aguas minerales, en el piso bajo de mi casa,--para avisarme que vendrían á visitar mi instalación. Han venido, impresionando á la portera, que al cabo ve aquí unas señoras; se han reído mucho de ver cuántas cosas me faltan.

--Supongo--dijo Minia--que estará usted encantado, porque esta escasez es poesía.

--No tal--grité.--¡Ay, los soñadores! ¡Señora, esa fantasía de usted! Estoy perramente, y es imposible, aunque llegasen á enterarse de mi existencia, que ninguna dama ponga los pies en tal desván.

--Muchísimas gracias, por la parte que nos toca...

--Bueno; ustedes, es otra cosa. Ya me entienden...

Horas después llamaron á la puerta y entraron dos mozos cargados de trastos. Las Dumbrías, que justamente acaban de arreglar un salón-biblioteca y de cambiar parte de su mobiliario, me remitían estantes para libros, cortinas, una cama de madera, un sofá, algunas sillas. “No nos caben en casa”, decía el billete. “Vaya usted á comer á las ocho, y no espere buen trato, estamos desorganizadas todavía... No tenemos más convidado que usted...” Interpreto: puedo ir con esta ropa. De perlas, la ropa. Es la misma con que vine de Buenos Aires; la hice á principios del verano de allí, que es el invierno de aquí, y por consiguiente, ahora, en otro invierno, después de dos veranos empalmados, porque en Mayo me vine á España, cualquiera adivina el aspecto que ofrece, y lo que abrigará. “Poesía, poesía...”, dirá Minia... “Pulmonía...”, digo yo. Y además, el único gabán se ha puesto del color indefinible del corsé de la modelo. Habrá que equiparse.--¿Habrá...?

Al salir de casa de Dumbría para ir á dibujar á la Sociedad, una digestión completamente feliz me despeja la cabeza. En fin, el caso es que dentro de unos quince días, el tiempo estrictamente indispensable para “arreglar” algo, darán tres reuniones por la tarde, á las cuales yo no asistiré; expondrán el retrato de Minia, y malo será--opina la baronesa--que no salten encargos.

--Sea usted, al principio sobre todo, muy transigente. Cobre poco: en Madrid no se atan los perros con longanizas; las necesidades de apariencia de la vida son muchas, y los más ricos y empingorotados miran al microscopio lo que gastan. Préstese usted á ir á las casas á trabajar; vale más, ya que tiene usted el taller en malas condiciones...

--Pero la luz...

--La verdadera luz son los cuartos. Déjese de historias.

De modo que ya se revela mi porvenir. Subir escaleras como los maestros de piano, esperar en la antesala á que me mande pasar la señorita, retratar con luces de interior y á la hora que me ordenen... Y lo más vil es temblar, no á esas humillaciones, sino á que no llegue el caso de sufrirlas; á que, al exponerse mi retrato, se encojan de hombros y pasen á tratar de asuntos de actualidad,--riéndose del mamarrachista y de la indiscreta bondad de las que le protegen. Ahora se me figura que infaliblemente sucederá esto último. En mi crisis de desaliento, me _siento_ sufrir y rabiar, no por lo que temo que va á pasarme, sino (me ocurre muy á menudo) por cuanto de malo me ha pasado en la vida. Lo repaso, lo recuerdo, lo rumio, y las contrariedades difuntas resucitan; ni aun las grandes, no: las pequeñas, las ruines. Quisiera trocar mi suerte, ser carpintero ó herrero, no hallarme aquí, emprender un viaje, recluirme en Zais; á pesar del contento del estómago, mi cerebro se ensombrece, y de puro nervioso echo chispas como los gatos. ¡Miseria, nulidad de la vida!

* * * * *

Orden, orden: á escribir sin temblequeteo de pulso.

Salí de casa (con el pie derecho, por si acaso), y cuidé de sentar también el pie derecho, ante todo, en el portal de Dumbría.

Asistí á los preparativos. Acomodé yo mismo el retrato sobre un caballete dorado, y _drapeé_ la tela antigua, tul bordado de flores empalidecidas, con el cual hicimos un pabellón gracioso, arrugado por mano de artista, al marco dorado y color madera. Me alejé, me acerqué, le corrí, le encontré al fin el punto de vista bueno; y al sonar las cinco, me escondí, con huída de gamo al través de los matorrales, en las habitaciones interiores: Minia se reía, afirmando que en Madrid, cuando se avisa para las cinco, ni un alma antes de las seis y media. Y así fué.--Á las siete, apostándome impaciente detrás de una cortina, escuché un zumbido de colmena, y destacándose de él, palabras sueltas, exclamaciones. Servían el chocolate, y lo que pude entender se refería á tal operación gastronómica. “Qué bueno es este bizcochón...” Á las ocho fué acallándose el mosconeo de la gente; á la media, silencio, y las señoras de la casa que venían á buscarme, con el rostro destellando satisfacción. Á mi interrogación muda, Minia alzó un dedo.

--¿Un encargo?

--Uno solo, por ahora...; pero vale por cien. ¡Trae trébol de cuatro hojas! La condesa de la Palma. Lo mismo fué fijarse en el retrato, que exclamar: “Envíeme usted sin tardanza ese prodigio”.

--¿Ha dicho _prodigio_?

--Textualmente.

--¿Y cómo es esa señora?

--Como le podía á usted convenir que fuese la primer gran señora que pide que la retrate. Moralmente, encantadora; culta, de una cortesía y una lealtad en sus amistades, que escasean; con prestigio, con relaciones sobradas para imponerle á usted. Físicamente, un tipo para pastelista: rubia, blanca, ojos azules, facciones menudas, sonrisa de inteligencia, malicia mundana en la expresión. Ya aceptado por esa señora, podemos quitarle á usted los andadores. Ella le guiará. No se alarme usted, no alteramos el programa: habrá otros dos chocolates; verán mi retrato cuantos creamos que es conveniente para usted que lo vean; pero el paso inicial está dado con suerte.

--Con el pie derecho--murmuré, acordándome de mis precauciones, y sintiéndome tan gozoso que me volvía niño.--De pronto, una inquietud.

--Así de ropa, ¿cómo me presento en casa de la condesa?

--¡La condesa, ya le he dicho á usted que es buena é inteligente!--insistió Minia.--No será ella quien se fije en eso; es decir, fijarse sí, no se le escapará; pero se dará cuenta de lo natural del hecho y no se burlará ni por asomos. No por ella; por conveniencia general, encárguese usted algo. Le hace á usted tanta falta como los pinceles.

¡Minia llama _algo_ á un traje completo de sociedad, con abrigo; otro traje de mañana, corbatas, camisas, botas, guantes, el demonio! No hay remedio, el sastre sea conmigo. Parezco un pobre vergonzante: así no me _admitirían_. ¡Ah, mi gabán verdoso, mi pantalón color nuez, con rodilleras, mi sombrero blando, de fieltro, mi pelaje de artista! ¡Yo que aborrezco el frac!

Paciencia; si he de llegar á ser, á revelarme, necesito subsistir, y la subsistencia así viene, y entretanto á adelantar, á adquirir impecable dibujo; el colorido, después.--Se me figura que he conquistado hoy el pan, y he vuelto á casa con el júbilo innoble de un perro que caza un hueso circundado de piltrafas.

* * * * *

_Fin de Diciembre._--Además del retrato de la Palma--que en efecto es como me la ha descrito Minia--han salido de los dos chocolates de casa de Dumbría otros encargos: una señora quiere el retrato, de cuerpo entero, al óleo, de sus niños; otra, un pastel con manos y busto, envuelto en pieles de chinchilla.

¡Al óleo! Mi conciencia protesta. No sé pintar al óleo. En el pastel me desenredo; en el óleo estoy á ciegas. Antes de pintar al óleo un retrato, debo ir á lavarles los pinceles á Sala ó á Sorolla, y á barrerles el taller dos años; después, hablaríamos. El óleo es la única _pintura_ positiva. Estuve á pique de negarme en seco. Las quinientas pesetas de cada retrato al óleo me subyugaron. La baronesa de Dumbría no se explicaba mis escrúpulos; Minia, sí; ¡pero, quinientas! y con el sastre amenazando...

En _La Época_, por primera vez, leo mi nombre, flanqueado de epítetos lisonjeros. Es una crónica de las reuniones de Dumbría; elogian el retrato de la compositora, anuncian el de la Palma, recuerdan las tradiciones aristocráticas del pastel, consignan que después de la muerte de Madrazo no ha quedado en Madrid un retratista de damas--y pronostican que ese retratista puedo ser yo.

¡Lagarto, lagarto! Otro es mi sueño...

_El Imparcial_ también me dedica un párrafo. Me llama “modesto artista”. ¡Modesto! ¡Rayo! Modesto, no; ¡cargue Satanás con la modestia!

Á la siguiente noche, en la Sociedad, mientras Cenizate me suelta un fogoso abrazo de felicitación, percibo en los demás, y especialmente en los que creía algo amigos míos, una ironía y una sorpresa malévola, gestos impertinentes. En un grupo se dan al codo y ríen; en otro bajan la nariz y se chapuzan en el dibujo. Solano, el impresionista, me vuelve la espalda. No existo. ¿Envidia ya? ¿Envidia de qué? _Ellos_ lo único que deben envidiar es la gloria; eso sí que lo envidio yo, con rabiosos transportes y con respeto fanático á los gloriosos (si es contradictorio, también es verdad). ¿Pero envidiarme el pan, y un pan tan triste? ¡Miseria, miseria, miseria!

Además de la envidia, percibo otra cosa todavía más mortificante, ¡el desprecio!

La simpatía de mis compañeros me animaba. Hoy parece que me miran por cima del hombro; no desdeñan mis aptitudes: desdeñan al tránsfuga, al intrigante.

--No hagas caso--aconsejó Cenizate cuando salimos juntos.--Tonterías. Uno de esos amaneramientos de taller. El estribillo de que para ser artista hay que ser un puerco-espín, hablar en carretero y en chulo, no tratar sino á las modelos. Mejor si te llevan en palmas en los salones y te sonríen las deidades.

¡Este ya se figura!... ¡Otro como Goizán!

La Palma--noto que aquí nadie dice _la duquesa de Alba_, sino la Alba, la Osuna, la Laguna,--la Palma me acoge con bondad suma, y está muy contenta de su retrato, del parecido, de todo. Su casa es un palacio, en una calle anticuada y solitaria, donde se ignora el ruido de los tranvías. En otras épocas se celebraron allí grandes bailes; ahora sólo tertulias íntimas, tresillos, tal cual comida--según me dice la misma condesa. Ella ha hablado de mí á su círculo, y espera decidir á alguna _elegante_ á que se deje retratar, en cuyo caso me pondré muy rápidamente de moda. Pregunto qué elegantes son esas y en qué se diferencian de las otras damas; si son más bonitas, más ilustres, ó se visten por otro estilo; qué tienen de particular para que si se encaprichan le pongan á uno en candelero. La Palma sonríe; sus ojos azules chispean picaresca é indulgente jovialidad.

--Amigo artista--me dice en su correcto y reposado tono habitual,--no quiero adelantarle á usted impresiones de sociedad, porque usted no es de los que necesitan que les den la sopa con cuchara de bayeta. Me alegraría mucho, por usted, que Lina Moros consintiese; es una hermosura... ya verá usted. Con Lina Moros triunfaría usted en toda la línea. Le conviene á usted retratar de esas bellezas profesionales.

Pedí detalles, rasgos.

--¡Aguarde usted! Si tengo aquí la fotografía.

Quedé deslumbrado. Aunque conozco las triquiñuelas de los fotógrafos de alto copete, y cómo _ponen_ y cómo hacen... lo propio que yo hago, ¡infeliz de mí!, sé también hasta dónde alcanza esa habilidad; sé descontarla. No es mujer, es una hurí. Las huríes me figuro yo que se diferencian mucho de los ángeles: éstos tranquilizan y aquéllas soliviantan. La Palma ve el efecto y me embroma.

--No vaya usted á prendarse; Lina hace estragos...

¡Prendarme! No tengo confianza bastante para explicarle á la condesa mi interioridad en estas materias; lo único que se me ocurre es exclamar:

--La semana que viene espero adecentarme; y entonces, ya que es usted tan bondadosa para mí...