La Quimera

Part 4

Chapter 43,863 wordsPublic domain

Provisto del volumen; sorteando los charcos que la tierra embebía poco á poco, el artista se refugió en el largo cenador tupido de trepadoras; allí no se oía más ruido que el cadencioso del caño de agua desahogando en el pilón semicircular para afluir después al estanque. Silvio alzaba la cabeza de vez en cuando; el chorrito ritmaba sus ideas; al menor soplo de aire, gotas frescas se descolgaban de las ramas; algunas se detenían en la cabellera del lector. Por la abertura circular practicada en el follaje, se veía la señorial tristeza del jardín antiguo, de recortados bojes, de árboles ya senadores; y las zuritas, descolgándose de la repisa del hórreo-palomar, bajaban á trancos cortos, inquietas, las escaleras del estanque, para llegar á sumir el pico en el agua revuelta por el aguacero, y donde flotaban, con lentitud graciosa, peces de laca carmínea, de exótica estructura, de nadaderas azul empavonado, compatriotas de Taikun.

--Las palomas--calculó Silvio,--de seguro acostumbran beber en este pilón, y las estorbo. Me apartaré para que no tengan recelo.

Se desvió. Era exacto. Apenas las aves vieron franco el camino, se precipitaron, se atropellaron al borde del pilón semicircular, riñendo á picotazos por la vez, como las aguadoras en las fuentes públicas. El pintor, abandonando el libro, sacó su carterita y su lápiz y apuntó el rebullicio de las aves, el pilón sobre el cual se erguían esbeltas y lanceoladas, semejantes á plantas de mayólica, las lustrosas hojas y las flores duras y tersas del _arum_ ó cartucho. Encontrábase en lo mejor del apunte cuando llegó la baronesa.

--Hoy no se va usted: el tiempo está inseguro; á lo mejor cae otro chaparrón.

--Baronesa, ya abuso de su hospitalidad; mejor sería irme ahora, aprovechando la mañana.

--¿Sin almorzar? ¿Está usted en sí? En Alborada no es costumbre despachar á la gente con el estómago vacío. Pero, ¿qué prisa tiene usted?

--¡Si al menos me utilizara usted para algo! ¿Quiere permitirme que la retrate? Ha quedado un pedazo de papel, y lápices no faltan.

--¡Bah! Descanse; no se ocupe en retratar viejas... y al pastel mucho menos. Ya me retratará usted otra vez, si Dios quiere. Porque se me figura que usted, vuele adonde vuele, ha de recaer aquí... aunque sea sin ganas.

--Ganas sobrarían; pero aún más de irme lejos, hacia donde encuentre lo que tanta falta me hace. ¡Tengo que trabajar mucho!

--Para esa vida de trabajo, salud, salud y salud es lo que conviene. Quédese usted aquí hasta que nos vayamos á Madrid; duerma, coma y engorde. Hoy le daré á usted pimientos fritos, que le gustan, y empanada de robaliza, ¿se entera? Y muy rica que estará, si la amasan con manteca fresca, como he dispuesto.

--Lo que me gusta--declaró Silvio riendo de complacencia--es la cordial franqueza que encuentro aquí. ¿Son así las señoras en Madrid? ¿Cómo son?

--¡Qué sé yo! ¡Las hay de mil maneras! En fin, no sea usted tonto, y píntelas á todas muy guapas. Así ganará usted dinero; ¡el dinero es tan indispensable!

--¿Usted cree, baronesa, que me saldrán retratos en Madrid?

--Todo será que las señoronas se den unas á otras el santo y seña y que usted las saque preciosas. Esos retratos de la escuela moderna, exagerando la fealdad y con chafarrinones azules y verdes en la cara, vamos, ¡no concibo cómo hay quien se gaste una peseta en ellos! ¡Para verse más horroroso de lo que uno es! Figúrese: la gente se muere; al cabo de algunos años, nadie se acuerda ya de cómo era nadie; y siempre un retrato bonito...

--¡Ay! ¡Si comprendiese usted cómo me carga lo bonito, señora!

--¿Cómo? Pues no es usted especialista en...

--¿En mentiras?... Ya le dije á su hija de usted...

--¡Ah! mi hija... ¡Le aconseja á usted mal, de seguro! ¡Es tan novelera aquella cabeza! De fijo no le predica á usted para que en primer término se gane el dinerito...

--No por cierto...--repuso riendo otra vez el pintor.--No es eso lo que me predica. Á mí tampoco el interés, así, descarnadamente, como interés, me arrastra. No voy para millonario. Quisiera ganar, á ver si junto para estudiar en Francia, en Inglaterra, donde se pinta... en gordo. Tengo necesidades; pero al mismo tiempo sé pasarlo mal, y hasta ayunar...

--¡Ayunar! ¡Eso es locura! Lo primero, la buena comida.

--¡Si viese usted qué poco me dura un duro!--continuó Silvio con indolencia indiferente.--Ahora venderé unas finquillas...

--¡Vender!--clamó la baronesa, horripilada.--¡Por Dios, conserve usted lo que haya heredado, poco ó mucho! Su madre de usted tenía alguna renta. Casitas...

--¡Pch! Casi no recojo un céntimo de ellas. Entre reparos, contribuciones, administración... En fin, para que no ponga usted esa cara tan asustada, conservaré una casa, muy pequeña, en Zais, donde mi padre pasaba los veranos. Tiene su huerto, ¡vaya! y agua, y tres perales... Si algún día me hago célebre y opulento (dos bicocas), ahí me vendré á disfrutar... Su hija de usted dice que si he de acabar retirándome á Zais, que empiece por el final y me ahorraré un mundo de penas. ¡Tal vez!

--¡Sí, sí, tal vez estoy en lo firme!--exclamó Minia, apareciendo precedida de Votán, el corpulento danés.--¡Votán, al agua, pícaro!--mandó imperiosamente. El perro ladró de entusiasmo, tomó vuelo, y se oyó el chapoteo de su zambullida en el estanque.--¿Pues quién lo duda? ¿No espera usted en Zais tranquilidad y reposo? Cóbrese usted adelantado. Ninguna cosa buena debemos aplazar: nos la podría escamotear el destino. No, no; por si acaso... ¡Eh! ¡Votán! ¿Qué es eso de querer salir? Quietecito en el agua. Así; ¡guapo perro!

--¡Qué afán de desalentar á la gente!--exclamó la baronesa.

--¿Desalentar? Sí; ¡cualquiera desalienta á cualquiera! No vaticinamos para desalentar; se habla, como se grita cuando se recibe un golpe: es involuntario. ¡Afuera, Votán! Basta de baño, buen mozo... Y á sacudirte lejos, ¿eh? lejitos, que nos rocías. ¡Allá, allá! Oiga usted, haragán de artista, ¿no quería usted ilustrarme hoy un plato al humo? ¿hacerme una caricatura?

--Con la cabeza enorme y los pies invisibles--respondió Silvio.--En cambio, me interpretará usted al piano una de sus _sinfonías campestres_.

* * * * *

Silvio, recostado en el sillón, entornados los párpados, se encontraba todavía bajo el conjuro de la música, mejor dicho, de las músicas interiores que una combinación de sonidos evoca. La compositora, sin alardes de _virtuosismo_, sin descoyuntar las notas ni obligarlas al paso al través de aros ni al salto mortal; sencillamente, de corazón, acababa de derramar en las ondas del aire, temblantes aún, el aroma rústico de la tierra germinatriz. Silvio había percibido el olor húmedo de las fragas, después de que la lluvia las viste con una capa de hongos de terciopelo castaño y fulvo; el de los saúcos en floración, equívoco, extraño; el de las agridulces fresillas silvestres; el de la recién guadañada hierba; el de las colmenas, que reúne el deleite de la miel al misticismo del cirio; el de madera apolillada, caduca, que se exhala de los viejos Pazos; el del humo que envuelve á las casuchas sin chimenea en túnica de gasa gris; el del mosto nuevo, que emberrenchina; el del rancio Borde, que conforta; y, dominando á todos, hercúleo, bravío, el del mar de Cantabria, sal, yodo, fósforo, vitalidad disuelta en la respiración,--y también nostalgia, la melancolía de las playas y las costas; sentimiento de penumbras, inquietud de las razas antiguas, superiores y decadentes... Y Silvio escuchaba la cavernosa risa de Poseidon, agrandada hasta el bramido al retorcerse en las volutas de la caracola, y recordaba estrofas de Heine, la _Pregunta_ del mar del Norte: “Explicadme el arcano...”

Á lo lejos, en la paz de la tarde, el chirrido de un carro de bueyes penetró por la ventana abierta; á distancia, no es inarmónica la queja interminable del eje sin ensebar. Silvio creyó que oía tan familiar ruido por primera vez, y lo escuchó con alma, con sentimiento, asociándolo á la música. Su imaginación se pobló de imágenes conocidas que, en aquel momento, eran rudimentos de arte; vió labriegos y labriegas de duras piernas desnudas, arrancando del terruño la patata; jayanes sudorosos, dejando caer el mallo sobre la extendida mies; viejas rugosas, á frunces, como manzanas tabardillas, rezuqueando ó pidiendo limosna; vió en el playal á los pescadores, negruzcos de cuello y cara, blancos de espalda y pecho, jalando del _bou_, que, como bolsa rellena de monedas de plata, quiere reventar al peso argentado de la sardina... Un transporte, una especie de deliquio de un instante, puso al artista de pie, le obligó á acercarse á la ventana, porque en la habitación no entraba aire suficiente para respirar: ahogábase; pero el dogal era tan suave, que la sofocación parecía caricia.

--¿Qué tiene usted?--preguntó Minia levantándose del taburete.

--Que me veo ya cómo he de ser dentro de pocos años; con la obra realizada, ¡con mi obra! Haré en el lienzo--añadió palpitando--lo que usted en la música. Interpretaré la luz, el color, la esencia de este país, que no ha tenido intérpretes, hasta la fecha, en la pintura.

--Verdad es, y quisiera darme cuenta de la causa--asintió Minia.--Aquí no se han producido pintores... Ello es que apenas los produjeron las demás regiones de la zona cantábrica. Casto Plasencia ha sorprendido bien el tono de los verdes húmedos de Asturias. Beruete, que es un realista sincero, ha reproducido exactamente algunos paisajes de aquí: vea usted en mi estudio una _Ribera de Vigo_...

--Muy buena, muy seria--exclamó Silvio con la ardiente espontaneidad que caracterizaba sus elogios á los del oficio.--Sólo que yo no me reduciré al paisaje. Lo completaré con el hombre. Revelaré todo lo que hay aquí; la poesía bucólica de este pedazo del mundo, como otros, por ejemplo usted, la revelaron en la música y en el verso. Descubriré la hermosura de esta ninfa dormida, para que se la admire. Me conquistaré un reino. Haré verdad, verdad. ¡Hurra! ¡Sólo de pensarlo bailo!

Como lo dijo lo hizo. ¡Hip! Rompió á danzar, á la marioneta, uno de esos bailes ingleses extravagantes, cómicos--zapateando el piso con las botas gruesas de becerro, y castañeteando sus dedos largos, huesudos, ágiles, habituados á tender el color.--La compositora le miraba danzar, y, en vez de reirse, experimentaba una especie de susto. El repentino arrebato de Silvio descubría la nerviosidad mal dominada, profunda como una lesión orgánica, el desequilibrio de aquel temperamento de artista. Lo desmedido del júbilo, la imposibilidad de moderarlo, parecíanle á Minia--idólatra del _self control_--síntoma de debilidad. “¿Es lo físico? ¿Es lo moral lo que se opondrá á que este muchacho de dotes tan extraordinarias llegue á ser artista completo? ¿Ó me equivoco, y no sé reconocer en el desequilibrio la marca del genio? ¡Ojalá!” Deseó, con piedad inmensa. “¡Dios le dé también el método, la paciencia, la perseverancia!”

Silvio ya se sentaba, secándose la frente con el pañuelo, acortado el resuello, entrecortada la risa, excusándose.

--No me diga usted nada; conocida es esa fiebre...

--Es que hay momentos... hay ideas... ¡Si se me ocurre que yo podría abrirme mi surco, el mío, el mío sólo! Porque el resto... patarata. Seguir á éste, al otro, al de más allá... porquería. ¿Verdad que sí?

--¡Sí, criatura! Seguir, nada más que seguir, no vale la pena. Sólo que por ahí se principia. ¡Y se ha pintado tanto, y se pinta tanto y tan bien, que no será pequeñez eso del surco propio! Calma, calma; aspirar; pero con serenidad resignada de antemano; si no, va usted á padecer como un réprobo.

--No importa sufrir. Se sufre por algo, ¡qué diantre! ¿Quiere usted hacerme el favor de abrir este libro de Flaubert y que leamos un poco en él? Ahí, ahí, en las últimas hojas... el diálogo de la Esfinge y la Quimera...

Minia hojeó, sujetó al fin con el pulgar la página donde principia el diálogo.

--¿Traduce usted bien á libro abierto?--preguntó la compositora.

--No; me costaría trabajo.

--Entonces, yo...

Y Minia recitó, con su voz llena y clara. Veíase que el pasaje se lo sabía de memoria; el libro servía únicamente para darle la certeza de no comerse un renglón ni un vocablo... excepto los que suprimiese de propósito.

* * * * *

“Y frontera, á la otra orilla del Nilo, he aquí que aparece la Esfinge. Estira las patas, sacude las vendas de su frente y se tumba vientre á tierra.

“Saltando, volando, espurriando fuego por las fosas nasales, azotándose las alas con su cauda de dragón, la Quimera de glaucos ojos gira y ladra.

“Los anillos de su cabello, de un lado se entretejen con el vello de sus ancas, de otro barren la arena y oscilan al balancearse el cuerpo.

“_La Esfinge._ (Inmóvil, mira á la Quimera).--Detente: ¡aquí!

“_La Quimera._--¡Jamás!

“_La Esfinge._--¡No corras tanto, no vueles tan alto, no ladres tan recio!

“_La Quimera._--¡No vuelvas á llamarme, para que al fin te calles muy buenas cosas!

“_La Esfinge._--¡No me soples fuego á la cara, no me ladres al oído: de piedra soy!

“_La Quimera._--¡No me atraparás, pavorosa Esfinge!

“_La Esfinge._--¡No te quiero conmigo, loca de atar!

“_La Quimera._--¡Ahí te quedes, pesadota!

“_La Esfinge._--¿Adónde bueno tan aprisa?

“_La Quimera._--Á dispararme por las revueltas del laberinto, á flotar sobre las cimas, á rasar los mares, á brincar en el hondón de los despeñaderos, á agarrarme á la faldamenta de las nubes. Con mi rabo arrastradizo rayo la arena de las playas; las colinas remedan la forma de mis hombros. Y tú, ahí, eternamente quieta, ó dibujando alfabetos en la arena con las uñas de tus garras...

“_La Esfinge._--Es que guardo mi secreto: calculo y reflexiono. El mar se revuelca en su lecho, los trigos ondean, las caravanas pasan, el polvo vuela, desmorónanse las ciudades--y la mirada fija de mis pupilas, más allá de los objetos, escruta inaccesibles horizontes.

“_La Quimera._--¡Yo soy rauda y regocijada! Descubro al hombre deslumbrantes perspectivas, paraísos en las nubes y dichas remotas. Derramo en las almas las eternas locuras, planes de dicha, fantasías de porvenir, sueños de gloria, juramentos de amor, altas resoluciones... Impulso al largo viaje y á la magna empresa... Busco perfumes nuevos, flores más anchas, goces desconocidos...”

* * * * *

Detúvose Minia: su instinto femenil la impedía continuar, y, por otra parte, ya había recitado los párrafos decisivos. Silvio, con los ojos muy abiertos, conteniendo la respiración, bebía el contenido del diálogo maravilloso. El hálito de brasa de la Quimera encendía sus sienes y electrizaba los rizos de su pelo rubio ceniza; las glaucas pupilas del monstruo le fascinaban deliciosamente, y su cola de dragón, enroscándosele á la cintura, le levantaba en alto, como á santo extático que no toca al suelo. El artista se echó atrás, alzó los brazos y suspiró desde lo más secreto del espíritu:

--¡Triunfar ó morir! Mi Quimera es esa, y excepto mi Quimera... ¿qué me importa el mundo?

Callada como la Esfinge, que enmudece justamente porque sabe, Minia se levantó; Silvio la siguió, pues la compositora le había hecho una seña con la mano. Tomó hacia la derecha; caminaba despacio, sin volver la cabeza atrás. Empujó la puerta de la sacristía que comunicaba con la sala, y estaba semiobscura, alumbrada por una lamparilla de aceite ante un crucifijo tétrico, de tamaño natural, de cabellera de mujer, también natural, enredada, como empapada de sudor; y de allí cruzó á la capilla, donde negreaba el alto retablo de talla borrominesca, en contraste con la blancura de las paredes caleadas y del granito de los arcos.--Dirigióse al de la izquierda, que era un sepulcro.--En la imposta del arco aparecían, toscamente cortadas en el granito, las piñas de pino bravo y las veneras, símbolo de toda la naturaleza de Galicia, las selvas y las costas; el hueco que había de ocupar el sarcófago encontrábase vacío. La mirada de Minia, deteniéndose en aquel hueco y volviéndose después hacia el artista, fué tan elocuente, que Silvio entendió igual que si leyese un rótulo escrito en clara letra.

--¡La única verdad!...--murmuró.

--¿Es usted de los que encuentran desconsoladora la perspectiva del no ser?--articuló bajito Minia, que se cubrió la cabeza, por respeto al lugar sagrado, con el chal de lana ligera que llevaba al cuello para preservarse de la humedad.

--Francamente, ¡sí! No concibo el fin de mí mismo: estoy por decir que la muerte me parece absurda--y miró al arco de nuevo, como si le fascinase.--Mejor dicho, ¡ni aun consiento pensar en eso! Déjeme usted que cargue conmigo la Quimera y me lleve á la luna, al sol, á las islas fantásticas...--Repentinamente horripilado, se echó atrás y gritó:

--Salgamos de aquí. Ese hueco vacío me hace señas también... ¡Vámonos: al aire, al soto... adonde se vea cielo!

Ya en el soto, paseando por ancha calle abierta entre castaños y alfombrada de hojas y secos erizos entreabiertos, Minia, arrepentida, pidió excusas y bromeó para disipar la impresión que empalidecía más las mejillas delgadas de Silvio.

--Acabo de cometer una tontería. No recordé que es usted supersticioso... Procedí impremeditadamente al enseñarle la _isla de reposo_, que dijo Espronceda... Me parecía tan estético mirarla sin temor, y hasta recostarse en ella, y deshojar en ella rosas como homenaje á las Parcas, á quienes pintan feas y viejas, pero que deben de ser, en realidad, unas ninfas seductoras. Á mi edad, bueno... cabría que uno se impresionase... ¿Á la de usted? Á su edad la marea de la vida sube, sube, y es calor en las venas, intrepidez en el corazón. ¡Bah! ¡Está usted entregado á las carcajadas y á los ladridos de la Quimera!

--Le juro á usted--declaró Silvio--que nunca creería que iba á sucederme cosa tal; debe de haber pasado por mí algo que no sé explicarme. En América he velado á compañeros muertos, he presenciado escenas realmente trágicas, y me considero insensible... y lo soy en mil cuestiones--de una insensibilidad de hipnotizado, según la frase de un médico amigo mío.--¡Nunca nos conocemos! Lo que usted me enseñó nada tiene de espantoso: un arco románico de piedra labrada, parecido á los de San Francisco de Brigos... Un hueco vacío... ¿Será por eso, por _vacío_, por lo que me espantó? Sudo frío aún--añadió enjugándose con la mano las sienes.

--Mi pañuelo.--Y la compositora se le presentó, estremecida también. Siguieron andando, pausadamente, metidos en sí; un espectáculo atrajo sus miradas. Más allá del soto, bastante cerca sin embargo, apoyando uno de los extremos del semicírculo colosal en las honduras de la cañada que cobija la presa del molino, la zona polícroma del iris ascendía del suelo á lo más alto de la bóveda gris, y volvía á descender, diseñando un puente para titanes.--No llovería más.--Los aéreos colores, verdes, anaranjados, violados, de transparente y luminosa magnificencia, fueron apagándose con lentitud dulce; ya casi invisibles á fuerza de delicadeza, se esfumaron al fin completamente, y el paisaje quedó como abandonado y solitario, húmedo, escalofriado con la proximidad de la noche otoñal traidora y pronta en sobrevenir.

II

MADRID

(_Hojas del libro de memorias de Silvio Lago._)

_Noviembre._--Después de pasarme ocho días en la destartalada fonda de la calle de Atocha, al fin encuentro un taller, á precio aceptable, en la de Jardines. Tiene el defecto de que esa calle es del número de las que Balzac llama _chauldes_, y aun de las que echan lumbre: en mi vida he visto junta tanta paloma torcaz, y de plumaje tan sucio. No me importa lo que me arrullan cuando me retiro de noche: pero ¿y si acuden á retratarse bellas señoras? En esta calle no entran coches: las bellas señoras tendrán que cruzar á pie, rozando con las pájaras y oyendo sus retahilas... No hay qué hacerle: no hallo cosa mejor, dentro de mis posibles. Traía unas dos mil pesetas para empezar á vivir--primer plazo del importe de mis cuatro terrones; el resto no se cobra hasta qué sé yo;--pero he encontrado aquí á Crivelo, el pobre Crivelo, con su mujer, los niños, la suegra, el ama, y sin un cuarto; como que acaba de establecer una litografía... y tuve que arriar setecientas y pico, porque á no ser de bronce... Tiene razón la baronesa de Dumbría, al llamarme _el de la mano horadada_. Razón: y sin embargo, me ataca los nervios al darme consejos de economía; es como si á una adelfa la dijesen: “Maldita, sé garbanzo, que te conviene mucho”.

Á propósito de garbanzos: mi comida es una desolación, y apenas digiero. Ando á salto de mata, hoy en un bodegón, mañana en Fornos; me desayuno con salchichón ó queso; no tengo tetera, no tengo te, no tengo una criada que me ponga á hervir agua--¡el te, una de las contadas cosas que me sientan admirablemente!--Me acuerdo de Alborada como los hebreos de las ollas de Egipto. La portera sube á barrer, de mala gana, á traerme agua y arreglarme la cama en un diván, á tropezones; estas mujeres son muy astutas: ha visto que mis muebles se reducen á dos caballetes, una caja de lápices y veinte libros; que _luzco_ un gabán raído, que no me ha visitado sino Crivelo... y olfatea propinas de cesante. La daré por adelantado dos duros, para que comprenda que el hábito no hace al monje.

Estoy, pues, en plena bohemia. Lo más bohemio es el frío. Me trajeron ayer un braserito. ¿Qué pinta un braserito en este inmenso taller? Se filtra un aire glacial por los paineles de cristales sin maderas ni cortinas; y la tubería de la chubersqui, sin chubersqui, aumenta la sensación polar. ¡Brrr! Aunque merme el fondo (vaya un fondo), habrá que comprar chubersqui. No: y lo diabólico es que después de la chubersqui necesitaré carbón. Las chubersquis debieran criar su combustible, como el borrego su lana.

He visto el Museo. Volví de él aplanado y loco (estados que parecen difíciles de asociar). Entré á las diez, con ánimo de pasar dos horas, y á las tres todavía estaba allí, desfallecido y sin enterarme del desfallecimiento. Al volver á casa me harté de mortadela y queso de Gruyére: primeros momentos de estupidez: la digestión penosa del boa.

Entre los afanes de la pícara función fisiológica, restos de la fiebre de la mañana, un devaneo sin tregua, que va y viene, y vuelve y se enreda en tres nombres: Goya, Velázquez, Rubens.

Orden, orden, señora cabeza mía. ¿Qué piensa usted de esos tres tiazos?

En primer lugar, no experimento gran entusiasmo, en general, por la pintura antigua. Nos han fastidiado bastante con la admiración de lo antiguo, negro y embetunado y con luz falsa. Los antiguos eran otros embusteros, igual que yo. Hasta nuestro siglo, y bien adelantado, no se supo lo que era la verdad. Y no la tragan, no la tragan los condenados burgueses. ¡La luz cruda, dicen! ¿La quieren cocida, guisada? Mejor se pinta hoy que se ha pintado nunca. Y si es así, ¿por qué me he vuelto del Museo destrozado de asombro?

Con Velázquez me pasa que reniego del cerebro. Ese tío no pensaba; lo que hacía era _copiar_, pintando de una manera bestial: la pincelada, la santa pincelada, el santo natural, el santo dibujo,--y fuera ideas, que son una peste.

Velázquez no debió de sentir calenturas. Velázquez se reiría de nosotros. Sano, equilibrado, cortesano, creyéndose un funcionario y no un genio, no buscaba originalidad; ¿para qué? La originalidad es una tontería. Pintar más que Dios y dejarse de originalidades. Si _pintásemos_, ¿eh? ¡digo _pintar_!, ya me entiendes, Silvio, ¿qué falta nos hacía discurrir? La naturaleza no presume de original, ni discurre; el sol, la luna, son lo más trivial. Velázquez es naturaleza pura.

Da gusto cómo trata á los dioses. Su Marte, un soldadote velludo; su Vulcano, algún herrero de la Ribera. ¿Y el chucho de las Meninas? Silvio, ¿te contentarías con haber manchado ese chucho?

¡Qué bárbaro soy! ¿Pues no estoy diciendo para mí: No, no me contentaba?