Part 34
Como si la proximidad del fin sacase á luz en Silvio ese verdadero é íntimo modo de ser que reaparece en las horas críticas, empezó desde aquella hora á deplorar especialmente (según la hija del gibór hebreo lloraba su virginidad, el bajar al sepulcro infecunda, sin que en sus entrañas pudiese formarse el Mesías), á dolerse de lo que no había hecho, de la obra sin cumplir. Despedíase del color que acaricia las pupilas, de la línea soberana, que trae á la mente la idea de lo divino, por la euritmia y la proporción; y cada forma bella era una elegía que dentro de su espíritu brotaba. Al irse (convidado que se alza de su silla sin haber gustado el vino, dejando colmada y espumante la copa), sus lágrimas destilaban otro licor que absorbía callado, en triste embriaguez. Y el sentimiento de pasar sin dejar huella, era también manifestación inconsciente del inexplicable, del victorioso apego vital.
En torno suyo, todo indiferencia. Ni una hoja de los árboles, ni un aliento del aire seco, blando, voluptuoso, se resentían de la agonía de un sér joven, de aquel sufrimiento humano, tan largo y martirizador. En otoño, la Naturaleza parece asociarse al sentir del hombre; pero corría el mes de Julio, la roja y ardiente luna de Santiago, y olía á hinojo, y en el ambiente sonaba la campanillita de oro del júbilo de las romerías y fiestas. Las quintas se habían poblado de señorío; gente de Madrid veraneaba; por los sembrados cruzaban grupos, y era un florecer pronto de sombrillas, pamelas y claros trajes. Ante la verja que domina la terraza de las acacias, pasaban disparados, alzando polvo, cestos ligeros, faetones, borriquillos con sonajas, jinetes. Areal reventaba de bañistas; los aldeanos andaban contentos, porque la leche y los huevos y la legumbre y el lavado se pagaban bien; los caballeros siempre sudan plata. Con frecuencia estallaban cohetes, cruzaban murgas, gaiteros dirigiéndose á las parroquias donde se festejaba al santo. Ruidos, actividad, regocijo, sol; y el artista se moría allí, en la terraza, donde los gruesos corales del gran cerezo viejo, torcido, añoso, caían y se pisaban, dejando en el suelo amplias manchas, goterones de sangre.
Llegó un momento en que se le hizo difícil salir; apenas le permitía moverse de su cuarto la extenuación. Sobre su cama, á la cabecera, una Madona rubia, un cobre antiguo de escuela flamenca, de esos en que el grupo de la Madre y el Niño aparecen rodeados de tulipanes y jacintos de gayos tonos, le sonreía... Silvio la miraba. La idea de implorarla, de rogar á la Consoladora, tenía que ocurrírsele, porque cuando se sufre... Y, en efecto, un día en que sintió perderse, esfumándose, todo; en que la lucha, el arte, la gloria, cuanto hermosea el existir y nos vincula á él, se extinguió cual las músicas militares del ejército triunfador se alejan dejando al herido solo en el campo de batalla, á la hora del ocaso, con los cuervos que revuelan y graznan... Silvio secreteó al capellán:
--¿Por qué no pide usted por mí, á... á Esa? ¡Que me sane, que haga un milagro!
La puerta estaba abierta. La conversación era franca ya. “Es preciso que no sea yo solo; que usted mismo la implore...”; y así, el artista, impregnado de lo inefable, de lo eternamente femenino, recibió la consagración de la postrimera esperanza, cogido á la túnica de flotantes pliegues de la Mujer divina.
En voz baja, mezclando veras y esas bromas que se gastan con los enfermos para distraerles (porque todo enfermo vuelve á ser chiquillo), el sacerdote fué derramando el bálsamo. El germen existía, bajo capas de guijarro. Faltaba removerlo, con dedos cuidadosos, delicados, apacibles, huyendo de controversias enojosas y pedanterías apologéticas. Faltaba preparar á las efusiones amantes, á los balbuceos insensibles del alma, cuando recuerda con deleite íntimo, fresco, la antigua canción de la cuna. Ese ardoroso sartal de ternezas que sugiere la más sencilla devoción, una mirada á una estampa, una onda argentada de luna que la ventana deja trasbordar, era lo que convenía no interrumpir, como no se interrumpe nunca un diálogo de amor ó una meditación grave. La menor intransigencia, la menor torpeza de catequista, hubiesen irritado á Silvio sin convencerle. Dejar manar la fuentecilla. Ya se humedecen los helechos que la cubren; ya filtra una gota, perla de vidrio líquido; ya se escucha el rumor del chorro que gorgotea... Ya surte, ya empapa la tierra árida del rastrojo...
Y á intervalos--á las horas en que la cabeza se despejaba un instante, en que la fiebre remitía, en que la disnea abría sus tenazas, en que los dolores se mitigaban y la desorganización se interrumpía--la fuente manó.
--¡Minia! ¡Qué bueno fuera que hubiese cielo!
--Sí, pero un cielo más bonito...--respondía Minia sonriente, señalando al que se encuadraba en la ventana.
Porque el tiempo había dado cambiazo; el bochorno que suele aportar entre los pliegues de su esclavina de peregrino el señor Santiago, el Apóstol batallador, habíase resuelto en tormenta, en vendaval y, al cabo, en diluvio--de esos chaparrones propiamente galaicos, en que se aproximan al suelo encharcado y parecen oprimirle con su negra masa los desfondados odres de las nubes.--Los árboles lloraban á hilo; el prado era una esponja; la fruta, antes de llegar á madurez, había sido arrebatada y tumbada por el airote; los rosales se inclinaban, derrengados bajo la violencia del aguacero; y de las gárgolas monstruosas, de abiertas fauces, caía recto, inagotable, un chorro impetuoso, que iba abriendo en la terraza hoyas y grietas. Parecían las Torres un gran buque náufrago, combatido y azotado aún, á quien las olas persiguen, lobos ensañados, hasta la playa misma. Y la inclemencia de los elementos las rodeaba de una soledad eremítica; nadie venía, ni de Marineda, ni de las quintas próximas, á ver á las señoras, á enterarse del estado del enfermo; las labores del campo se habían interrumpido; ni pájaros, ni mariposas, ni insectos zumbadores, ni aromas, ni ruidos, más que el desolador sopeteo y chorreo del agua; hasta las audaces palomas zuritas del jardín del estanque, amigas de desafiar inclemencias, habíanse acogido á su palomar del hórreo, y de vez en cuando sacaban por el tragaluz la cabecita, el pico rosa, y giraban los vivos ojuelos de azabaches engastados en esmalte coralino.
Fué en medio de aquel esplín de las cosas sumergidas, anegadas, hechas papilla; entre el gorgotear del agua, lento, fastidioso, plañidero é insistente; bajo la monotonía abrumadora de un horizonte algodonáceo y turbio, cuando el artista, en un momento de relampagueante lucidez, se volvió hacia su enfermera y pronunció alto y claro:
--Voy á confesarme... que venga el sacerdote... ¡En seguida!
Corrió el capellán, reprimiendo mal el júbilo de la victoria. Era tiempo; quedaba muy poca hebra sin retorcer, y en las descarnadas falanges de una de las misteriosas hilanderas, las tijeras rechinaban ya, frías y aguzadas, siniestramente brilladoras, dispuestas á dar el corte... Fué un diálogo interrumpido por la fatiga del enfermo, un cuchicheo ansioso, confidencial. Por primera vez en el curso de su existir, Silvio se acusaba, no ante su conciencia, arbitrariamente indulgente ó severa, sino ante algo que está fuera y por cima de nuestros lirismos. Era en aquel instante como los marinos que tripularon las galeras españolas con rumbo á región desconocida--la última Tule,--y sus ojos, enlanguidecidos, expresaban la admiración de que más allá del mundo interior del sueño hubiese comarcas, paraísos surgiendo del agitado mar de la realidad. Para adquirir el derecho de entrar en los nuevos continentes, bastaba aquello, un murmurio sincero arrancado á lo hondo del sentimiento; bastaba reconocerse pequeño, débil, confundirse, humillarse, ser verídico, declarar la miseria y el barro en que se hunde nuestro pie enclavado, sujeto á lo terrestre.
--Pequé. Soy arcilla amasada con fermentos de impureza... He palpitado por glorias y triunfos... ¡Engaño! ¡Polvo! ¡Nada!
Y como en el horizonte pluvioso se agolpasen las nubes, más plomizas, más desfondadas en llanto, dejando verterse de sus urnas obscuras el dolor universal, la voz estertorosa prosiguió:
--He pagado con desprecio y mofa á los que quisieron hacerme bien. Por la dureza de mi corazón, una mujer vive encerrada en un claustro.
--¡Aleluya!--respondió el confesor.--¡Aleluya! Ella pide por usted.
--¡Pide por mí!--asintió Silvio.--¿Será oída?
--Lo será. Ella le ha precedido á usted en el camino de la bienaventuranza. Y así y todo, es posible que usted llegue antes...
Absuelto, Silvio experimentó una sensación de alivio, una sedación, refugiándose en bahía de tranquilas aguas, cerca de una costa fértil. El problema del “tal vez soñar”, el mayor de los terrores del morir, no le torturaba ya. Si soñase, soñaría como en vida--sueños de aurora, de luz, de desconocidas felicidades,--en que se ensancha el espíritu, y alcanza lo que nunca ofrece la limitada zona del vivir terrenal. Y vió--al través del velo de la lluvia, que ahora caía mansa, en hilos continuos de cardado cristal, como las lágrimas que bañan una faz resignada, dolorosa--á su Quimera, antes devoradora, actualmente apacible, hecha no de fuego, sino de brumas suaves y de aljófares líquidos, de vapores transparentes y de claridad atenuadísima; y, conformándose, sintióse reconciliado con el universo, con las Manos que lo guían... Al adormecerse plácidamente las mortales inquietudes, los hondos espantos; al borrarse la representación del abismo en que caía, Silvio se quedó sonriente, iluminada la cara por ese reflejo inconfundible, que se trasluce atravesando las carnes demacradas y los huesos áridos.
* * * * *
Al otro día, de mañana, le trajeron al Señor.
La ventana, siempre abierta, dejaba ver el campo que rebrillaba húmedo, bajo la caricia dorada de un sol de primeros de Agosto, bebedor sediento de los charcos de la diluviada, y dedicado á chupar, con avidez de abeja que liba, los rastros de la lluvia en la vegetación. Las plantas habían erguido la frente; las flores soltaban tanto aroma, que para adornar la habitación del enfermo fué preciso elegir las casi inodoras, por no enloquecer su cerebro, en el fugaz intervalo lúcido. Eran begonias rosa, de elegantes hechuras y avelludado follaje; eran dondiegos, que sólo al anochecer vierten su pomo; eran rosas blancas y té, que apenas sugieren la dulzura de una brisa; eran margaritas, que de cerca tienen un tufo acerbo, balsámico, parecido á un consejo lleno de experiencia; eran salvias carmesíes y moradas, en cuyo cáliz se mece una gota de almíbar, eran cruentas eritrinas y pasifloras cristíferas, emblemas de la Sangre y la Pasión redentoras, raudal de amor... Dispuestas en jarrones, distribuídas sobre los pocos muebles y sobre la cama que adornaba la hereditaria colcha de damasco color prelado, con arabescos de raso enranciado por el tiempo, y cuyos tonos armoniosos aún placían á la pupila del artista moribundo,--las flores hablaban su lenguaje lírico, preparando el alma á recibir al Huésped.--En la fantasía de Silvio, acaso por vez postrera, el mundo real, visto ya como lo ven los reclusos, por el hueco abierto en la pared del claustro, se transformaba y revestía de los matices y las refulgentes irisaciones de la hermosura. La campiña, impregnada, refrescada por la lluvia honda y caudalosa, que había penetrado hasta sus entrañas; la campiña, antes seca, vestida de verdor primaveral otra vez, era la misma campiña de Flandes, trasladada por Van Eyck al paraíso; tierra hecha cielo, sin que perdiese los accidentes terrenales, el risueño atavío de florescencia menuda, rebosante de jugo y salpicada de rocío mañanero. Y por las lejanías, sobre el anfiteatro de montañuelas y bosques, que prende con broche de turquesa el trozo de ría, avanzaban en hilera los personajes vestidos de rosicleres de amanecer y tintas celestes; las santas, los mártires, los profetas, los reyes, toda la gloria de la Iglesia triunfante. Entre aquellas santas, una carmelita: su veste es de jacinto encendido, su rostro parece arder, su expresión es extática, la luciente substancia de su ropaje y de su cuerpo ciegan, y su voz timbrada, amante, murmura estrofas de poemas divinos. Detrás de ella, entre las vírgenes, una que ostenta corona hierática, toda de pedrería, y un ramo de madreperlas, figurando azahar, sobre el seno; trae los ojos bajos, las mejillas encendidas de rubor... Y cuando se incorporan y funden estas figuras y fantasmas luminosos en una sola llama terrible, deslumbradora, en el centro de ella, cercada de estrellas de más viva luz todavía,--diamantes dentro del piélago de llama,--aparece la única Mujer celestial, la que espera paciente, al pie de los lechos mortuorios, á recoger el soplo imperceptible, el último gemido libertador...
* * * * *
Silvio, cerrando por un momento los párpados, sintió que sobre su lengua descansaba la suave partícula. El Cordero místico, manso y herido, derramando de su costado abierto un río de granates, vino entonces á recostársele sobre el hombro. Balaba tiernamente; parecía decir: “También muero; mira cómo mi vida fluye de mis venas... Muero por ti... Por ti, ¿no lo ves?”
* * * * *
La cabeza del moribundo recayó sobre las almohadas. La baronesa acercaba á sus labios agua, el sorbo que sigue á la comunión. En el pasillo se oían exclamaciones y sollozos de servidores.
Desde aquel punto el moribundo fué agonizante. Cada hora pesó sobre él con peso de losa sepulcral. Su cerebro, un instante iluminado, se ensombreció gradualmente, quedando sólo vigilante la sensibilidad afectiva, las efusiones en que, agradeciendo los cuidados de su enfermera con balbuciente gratitud de niño, la llamaba, la nombraba sin cesar. Algunas veces, en fugitivos lampos, la conciencia parecía despertarse, y hasta los ensueños fallidos, las ambiciones, volvían á rozarle con sus alas; después recaía en el estado comatoso, que interrumpían accesos de insania, nerviosos ataques, ahogos y asfixias pasajeras.
No se sabía cómo sostener aquella existencia sin raíces. La leche, los alcohólicos, las pociones, la cafeína... Y la lucecilla temblante chisporroteaba, para languidecer más y apagarse.
Fué en las primeras horas de la mañana cuando Silvio se alzó de repente en el lecho revuelto y manchado. Sus manos crispadas azotaban el ambiente; sus ojos desvariados buscaban en el espacio lo que no podían encontrar: aire. Su boca se abría en redondo, ávida, suplicante, negra. Fué un segundo. Aplanóse, jadeando. El jadeo, sin embargo, á los pocos segundos, disminuyó, cesó, y una expresión de beatitud serena se esparció por la cara desencajada y cárdena, ahora amarilla. La baronesa se había precipitado á llamar al capellán. Cuando éste llegó, su experiencia le dijo lo cierto.
--Agua bendita--exclamó.--Rociaremos el cadáver...
La palabra siniestra arrancó á la señora la explosión de llanto, hasta entonces reprimida.
* * * * *
Ya la otoñada se acerca. Minia, á las doce de la noche, en el historiado balcón del último piso de la torre de Levante, está de bruces, recorriendo senda atrás, con la memoria, un ciclo, una vida. Lo que ve en las lejanías vaporosas, que la luna aviva con toques de gasa de plata,--es un destino humano, corto, intenso, que empezó allí mismo, en Alborada, y en Alborada vino á concluir. Así sobre el paisaje bordamos nuestra emoción del momento, y así la materia se transforma, se asimila á nuestro espíritu y adquiere realidad en él.
Le veía llegando á buscar recursos para cebar aspiraciones más altas; le veía manejando con su genial gracia de inspirado los lápices; le veía en Madrid, sin recursos, sin muebles; escuchaba el gentil cuchicheo de salón á que debió su rápido encumbramiento; le veía afinar su tipo con los retoques de la moda; recordaba á la enamorada Ayamonte, al doctor Luz, á Solar de Fierro, con su romántica trova; releía las cartas de París, pensaba en las perfidias de Espina y fantaseaba en irónica reconciliación, ó en no menos irónico rencor, el encuentro de dos esqueletos que se pedían cuentas, ó desdeñosos se perdonaban... Luego,--en vez de la enorme perla gris y nacarada de la luna, rodando silenciosa en el esplendor de la noche estival, Minia fantaseaba una nube caprichosa, tenue, la forma del blanco Cordero redentor y expiatorio, cuyos contornos se esfumaban poco á poco, borrándose.--Y acudía á su imaginación Silvio como en letargo, idealizado por la liberación final, vestido de frac, cubierto de flores--ahora su perfume no le dañaba,--depositado en el rincón de un humilde cementerio campesino, entre la calma del olvido, lejos de la victoria, lejos del hálito de brasa de la Quimera...
--Dichosos los que yacen en paz--murmuró la compositora, cerrando un instante los ojos y reclinándose en la columna de granito del ventanal.--Oyó furiosos baladros: podrían ser de los canes guardadores de las chozas. Un soplo de fuego la envolvió: unas pupilas de agua marina alumbraron la estancia con su reflejo, parecido al de los gusanos de luz... Y,--ya segura de que el monstruo acababa de penetrar por los huecos del balcón consagrado á las Musas--Minia descubrió el harmonio, se sentó ante él, y empezó á tantear la composición de una SINFONÍA, tal vez más sentida que las anteriores.
FIN
INDICE
Páginas
PRÓLOGO. 5
SINFONÍA.--_La muerte de la Quimera._ 11
I.--Alborada. 29
II.--Madrid. 73
III.--París. 341
IV.--Intermedio artístico. 433
V.--París. 469
VI.--Alborada. 491
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Notas del transcriptor
El texto en cursiva ha sido indicado con _guiones bajos_.
Se ha respetado la ortografía del original, que en ocasiones se presenta como inconsistente, con excepción de las instancias listadas a continuación:
Todas las instancias de “a” se han acentuado. Todas las instancias de “o” se han acentuado. Página 16, “hartarse” cambiado a “hartase” ("esperé á que se hartase”). Página 17, “si” cambiado a “sí” (“es preciso decirlo, sí”). Página 42, “Vaya” cambiado a “vaya” (“¡Y hacen prodigios... vaya!”). Página 47, “Ultimamente” cambiado a “Últimamente” (“Últimamente ya me las arreglaba”). Página 51, “qué” cambiado a “que” (“¡que está sonando ahora!”). Página 56, “quintesenciada” cambiado a “quintaesenciada” (“naturaleza afinada, quintaesenciada”). Página 70, “cabria” cambiado a “cabría”(“Á mi edad, bueno... cabría”). Página 70, “mi” cambiado a “mí” (“haber pasado por mí algo”). Página 87, “ría” cambiado a “reía” (“Minia se reía”). Página 89, 95, “La Epoca” cambiado a “La Época”. Página 97, palabra repetida “y” eliminada en “y Cenizate menos”. Página 98, “destíno” cambiado a “destino” (“y dominar al destino”). Página 100, separador de sección insertado antes de “Enero”. Página 107, palabra repetida “los” eliminada en “voy á subir los precios”. Página 110, “la” cambiado a “las” (“desde las siete de la mañana”). Página 127, “sorprenderte” cambiado a “sorprendente” (“en esta sorprendente clínica”). Página 139, “desapecieron” cambiado a “desaparecieron” (“que desaparecieron del taller”). Página 162, “repetia” cambiado a “repetía” (“repetía entre dientes”). Página 169, “sobresaltarian” cambiado a “sobresaltarían” (“sobresaltarían semejantes menudencias”). Página 182, “benefícencia” cambiado a “beneficencia” (“me río de la beneficencia”). Página 186, palabra repetida “un” eliminada en “llega un momento”. Página 188, “dia” cambiado a “día” (“el Doctor, un día”). Página 188, “le” cambiado a “la” (“nadie se la arrancaría”). Página 189, “clinico” cambiado a “clínico” (“el ojo clínico”). Página 192, “mis” cambiado a “mi” (“mi existencia estragada y perdida”). Página 192, “El” cambiado a “Él” (“Él lo entendió de distinto”; “Él no es insensible”). Página 210, “independiencia” cambiado a “independencia” (“mi quisquillosa independencia”). Página 218, “nombre” cambiado a “nombres” (“los nombres sonoros”). Página 227, “domilio” cambiado a “domicilio” (“cuatro paredes de su domicilio”). Página 256, “dias” cambiado a “días”. Página 265, “!ámina” cambiado a “lámina” (“Parece una lámina del infierno”). Página 268, “Ordenes” cambiado a “Órdenes” (“de las Órdenes modernas”). Página 278, “grís” cambiado a “gris” (“de calle, sencillo, gris”). Página 279, “el” cambiado a “él” (“tal esbeltez á él”). Página 290, “sigular” cambiado a “singular” (“Es tan singular, que”). Página 302, “periodo” cambiado a “período” (“para atravesar el período”). Página 311, “habia” cambiado a “había” (“Antes me había”). Página 315, “Espína” cambiado a “Espina” (“Espina, la muy bribona”). Página 332, “Mas” cambiado a “Más” (“Más que los cantantes”). Página 347, “cualidados” cambiado a “cualidades” (“de mis cualidades inferiores”). Página 364, “diplomátido” cambiado a “diplomático” (“fábula del mundo diplomático”). Página 366, “Heredía” cambiado a “Heredia” (“igualado á Heredia”). Página 377, “Paris” cambiado a “París” (“en París zonas solitarias”). Página 389, “contigente” cambiado a “contingente” (“su contingente de felicidad”). Página 412, “lanza ba” cambiado a “lanzaba” (“se lanzaba hacia la señora”). Página 418, “salian” cambiado a “salían” (“si no salían retratos”). Página 414, “Sivio” cambiado a “Silvio” (“No se acordaba Silvio de”). Página 452, “coranzoncitos” cambiado a “corazoncitos” (“trastornar tantos corazoncitos”). Página 461, “artistica” cambiado a “artística” (“á su elegancia artística”). Página 461, “Ultima” cambiado a “Última” (“¡Última carta!”). Página 466, “exático” cambiado a “extático” (“otra vez en extático sueño”). Página 472, “Silvió” cambiado a “Silvio” (“Silvio sorprendió al vuelo”). Página 491, “vaciaba” cambiado a “vacilaba” (“y siempre vacilaba, antes de”). Página 502, “embago” cambiado a “embargo” (“Existía, sin embargo, una”). Página 518, “hacías” cambiado a “hacía” (“Silvio hacía señas desesperadas”). Página 522, “é” cambiado a “él” (“no cabe en él más que”).
Se ha regularizado la puntuación a lo largo de todo el libro, en particular en lo concerniente al uso de signos de exclamación e interrogación y de puntos suspensivos.