La Quimera

Part 33

Chapter 333,663 wordsPublic domain

La campana de Monegro rompió á doblar. No era el _Angelus_. Una casualidad: doblaba á muerto por algún aldeano que había terminado su jornada, soltado el azadón y empezado el reposo. Como en la hermosa poesía de Longfellow, el alma respondía al toque de la campana. Silvio percibió una mortaja de sombra que le envolvía y lo envolvía todo. Era, quizás, efecto de la impresión repentina causada por la esquela mortuoria; era, quizás, que el obscuro presentimiento de su propia destrucción se concretaba al fin. Imposible es trazar línea divisoria entre ciertos estados de alma, fijar el momento en que á la confianza sustituye la sospecha, al respeto el menosprecio, á la esperanza, el desaliento absoluto; á la seguridad el terror. ¿Qué había sucedido para que aquellos toques, en una parroquial de aldea, en otro caso probablemente apreciados por el artista como efecto estético, suscitasen entonces en él la percepción trágica, honda, no de la muerte, sino de algo á que la muerte sirve de pórtico de mármol negro?... Y todo se transformó á sus ojos, adquiriendo la solemnidad que tiene para el reo la capilla donde ha de esperar su gran hora. En un instante la realidad se traspuso á la otra margen, que el agua del trozo de ría, llena de tinieblas, le representaba vivamente. No fué impresión heroica, sino de espanto; de espanto frío, letal. Los árboles, ya borrosos, le parecieron fantasmagóricos; la ría, lago siniestro donde rema el barquero implacable; la silueta de las Torres, temerosa, cual si fuese la de uno de esos edificios de la Edad Media, cuyas paredes ahogaron sollozos y cobijaron dramas; y el toldo de las acacias espléndidas, extendido como regio pabellón, un manto plomizo, del cual goteaba humedad de tumba. ¡Morir! ¡Morir también, como Espina, como la modernista radiante, la de inimitable existencia! ¡No ser, desaparecer, reunirse con la Porcel en la macabra alcoba de la tierra húmeda, ó entre el informe y caótico silencio de los cerrados nichos! Y el ataque nervioso vino, fulminante. Silvio gritó ó más bien aulló su pavor, su adhesión á los fantasmas de la realidad, su voluntad terca de no sumergirse en el océano sin orillas, de oleaje monótono y fatal, donde viene á parar todo...

* * * * *

Fueron días de prueba los que siguieron á aquél. El cerebro de Silvio, por momentos, se desorganizaba, y sólo lo visitaban las alucinaciones del miedo. No asomaba la resignación, ni aun el estoicismo con que la juventud suele mirar la muerte. ¡Morir ya!--balbucía.--Pero ¿no habrá quién me salve? ¿No habrá quién me tienda la mano?--Y por una de esas singulares anomalías patológicas, en el agudo ataque de pavura, el miedo á morir le hacía intentar arrojarse por la ventana, siempre abierta, para acabar de una vez.

Mientras él sufría como un réprobo, la Naturaleza desplegaba galas de fiesta nupcial. Había revoltosos enjambres de mariposas y avispas; en la playa arealense las olas se tendían acariciadoras, tibias ya; pintaban las cerezas, y en la noche de San Juan las hogueras, desde lejos, en la cima de los montes, recordaban el rito sagrado, la tradición adoniaca. Desde la terraza podía verse á chiquillos y mozas armar sus lumbraradas rituales, echar en ellas brazados de leña recogida en el monte, y saltar, riendo, por cima de la llama.

En el patio de las Torres, según costumbre, hízose la lumbrarada también, más alta que todas, de leña más seca; una pira regular y monumental.

Hundido en su butaca, Silvio la consideró primero con ojeada indiferente y atónica, después con algo de goce infantil, cuando la llama, chisporroteando, se elevó, y brotó centellas volantes, charamuscas rápidas. Pero así que notó que iba apagándose, le asaltó la congoja.--Todo lo que se extinguía renovaba en su espíritu aquel pavor invencible, aquel frío de la nada. Fué preciso cebar la hoguera otra vez.

Su terror estallaba á cada instante. Un día el capellán, á pretexto de cortesía, de acompañarle, creyó poder entrar en su cuarto. La negra sotana le heló la sangre; la poca, lánguida sangre de las venas. No era la persona, era la ropa. Ni Minia ni su madre se atrevían á vestirse de negro.

--Ea, ¿qué le pasa? ¡no sea chiquillo!--repetía la baronesa.--¿No estamos aquí todos? ¿Á qué viene ese miedo? Si es un amigo, si no es ninguna visión. Tranquilizarse... ¿Un sorbito de leche? ¿No? ¿Y cómo quiere sanar, si no come?

¡Combate, agonía, tortura, la de aquel alma, incrustada en el vivir, como en la encía la raíz del diente nuevo! La vida, con su adhesividad de pulpo, con sus tentáculos recios, se agarraba; no quería soltar la presa. ¡Deseos, nostalgias, pena de lo incumplido, de lo fallido, de lo vano é irrisorio del destino; dolor de las flores no cogidas, de los aromas no respirados, de las glorias soñadas; agua que se derrama sobre el arenal antes de acercarla á la boca; rabia, calentura, disnea, fatiga, cansancio infinito, miserias orgánicas, la decadencia total!... Y, por momentos, otra vez Maia con su velo de oro, con su tul que las pedrerías rebordan.

--¿No sabe usted? Tengo apalabrado taller en París... Lo voy á decorar con telas salamanquinas, charras; algo original, porque allí eso no se conoce... Y me llevaré los muebles de Madrid, mi bargueño, la arquilla que Solar de Fierro me ha regalado. El taller de Madrid lo dejo resueltamente... ¿Para qué quiero gastar? En Madrid está agotado el filón. No: Francia, Inglaterra. Después, probablemente, los Estados Unidos. Pero ¡alto!... cuando ya haya pintado algo serio, ¿eh? algo de lo que me propongo. En el retrato voy á cambiar de sistema. Es hora de salir de cromitos... Y si no lo quieren así...

--No piense usted más que en la salud... Le hace daño formar planes--repetían las enfermeras.

--¡Vivir!--suspiraba él.--¡Sanar! ¡Correr por los sembrados!

--No se preocupe de eso de la gloria--murmuró Minia.--¿No dice que lo mejor del mundo es ser bueno? Dedíquese á ser muy bueno... siquiera mientras está malo.

--Sí--contestaba él, alzando el macilento rostro.--Voy á procurar que no me importe el arte ni ninguna de esas sublimes tonterías. Nada más que comer, digerir, dormir... ¡Qué programa bonito! Vivir como los demás hombres, y no como yo, que casi no me alimento sino de potingues... ¡La poción de Jaccoud! ¡Puaá! ¡Valiente porquería!

* * * * *

La Torre de Levante se había terminado, y con ella quedaba completo el vasto edificio del Pazo de Alborada. Cierta mañana apareció izado sobre el almena central un pino joven, entero, que á tal altura sólo parecía una rama frondosa. Era el _xeste_, signo del fin de la obra de cantería. Aquel ramo pedía un refresco para los trabajadores. Parecióle poco á la baronesa el habitual obsequio de aguardiente y pan, y dispuso un convite en forma. Obras como la de Alborada quieren repique.

Al aire libre, bajo las ventanas del cuarto que ocupaba Silvio, se dispuso la luenga mesa, y se colocaron los toscos bancos de madera, afianzando en el suelo sus pies con cuñas. La cocina activó sus hornillos, y borbotearon al fuego vastas cazuelas atestadas de arroz, carne, bacalao. El festín debía principiar cuando el trabajo terminase. Los obreros lo abandonaron una hora antes, para atusarse y vestir camisa limpia. Era su frac; la camisa como la nieve, sin planchar, oliendo á menta y lavanda.

Llegado el instante, no se precipitaron los obreros: entraron despacio, charlando, despachando cigarrillos, aguardando el aviso del mayordomo, la fórmula de acogida é invitación. Pensaban, sin embargo, en la comida, sobre todo por curiosidad de los guisos de señores. Aquellos trabajadores eran campesinos la mayor parte; picaban y sentaban en verano, regresaban á sus casas en Navidad á matar el puerco, engendrar los casados el chiquillo anual, y dejar las heredades labradas. El no despreciable salario se lo llevaban casi entero á las mujeres en un nudo de pañuelo, porque comían frugalísimamente y no practicaban vicios. Gente buena, honrada “con vergüenza en la cara”, como ellos decían. Mantenidos á brona, leche desnatada, pote de berzas, la idea del convite les divertía, pellizcándoles la embotada imaginación. Sin embargo, no querían atropellarse; esperaban, correctos y reservados, muy en su lugar.

Ni aun cuando el mayordomo les gruñó, lleno de cordialidad: “¡Vaya muchachos, al _xeste_, al _xeste_!”, se decidieron á correr, sino que emprendieron la marcha con lentitud, la propia pachorra con que entran á la labor diaria. Guardaban política y mesura. La vista de la mesa, tan cabal, con sus platos, su pan servido, sus servilletas, sus tazas para el vino, sus cubiertos, les impresionó. Solían ellos comer tumbados ó agazapados en tierra, sosteniendo el corrusco de pan con la izquierda y manejando con la derecha la navaja que pincha el compango de sardina. ¡Y ahora, aquella mesa servida como para caballeros!

Ya salía de la cocina, remangada, portadora del soperón humeante, la mayordoma; y los invitados aún no se habían atrevido á llegarse: manteníanse en pie. Fué necesario que les animase la misma baronesa:

--Á vuestro sitio, ea... á comer, que se enfría... Que luego se hace noche...

Fueron acomodándose, más respetuosos que diplomáticos, y también diplomáticamente atribuyeron el puesto de honor á quien le pertenecía: al maestro de la obra, cantero todavía mozo, pero más entendido que los restantes. El hortelano, invitado, y un asentador viejo, socarrón, decidor, obtuvieron lugares de preferencia. Los demás se colocaron al azar, sin desorden, poco á poco, y se miraban de soslayo á ver quién se atrevía á trasegar la primer cucharada del gorduroso pote de berzas con tajadas y costillas de cerdo.

Cerca de un minuto transcurrió así, sin que ninguno se arrojase. Pilara les animaba, alabando el caldo, que estaba “que se comía solo”; al fin, el viejo, con más mundo y aplomo que los rapaces, se llevó la cuchara á la boca, y le imitaron, acompasadamente, cuidando, como manda la buena crianza, de no tragar aprisa. Pero el caldo era manteca pura, y, con sus tajadas, alborozaba el estómago.

Los servidores acudieron portadores de jarros, y escanciaron negro vino en las tazas, animando á que los obreros remojasen las fauces, secas del polvillo de la cantería. Las manos huesudas, recién mal lavadas, se tendieron hacia los cuencos de barro; y después de beber regaladamente, por falta de costumbre de utilizar la servilleta, que habían dejado tiesa y doblada, limpiábanse con el dorso de la mano ó con su propio pañuelo de hierbas.

El pote habíase agotado, y aún no se resolvían á hablar sino en voz baja, cohibidos por los señores que les miraban, por la novedad del festín. Silvio, hundido en su butaca, contemplaba aquel cuadro pintoresco, deseando que adquiriese carácter á lo Teniers. ¿Por qué ni hablaban, ni juraban, ni silbaban sus tonadillas irónicas, lo mismo que cuando, colgados en el espacio, sobre la estadía, izaban enorme sillar para asentarlo? Aquellos pájaros laboriosos no cantaban á gusto sino en el aire ó bajo el cobertizo, moviendo el pico ó empuñando la palleta...

Sin embargo, al aparecer el segundo plato, un guisote de carne que trascendía, estaba roto el hielo. Los cubiertos tilinteaban alegremente. Se cuchicheaba, surgía alguna risotada. El asentador viejo, representación de la experiencia y el mundanismo en la cuadrilla, arriesgó un elogio humorístico.--¡Que así se volviesen todas las piedras de la obra! ¡Que así se volviesen cuantas había sentado en su vida! ¡Y que cayesen riba de él!--Se celebró. Tenedores y cucharas se activaron; hubo alabanzas á la guisandera.--¡Que guisase así hasta esfarraparse de vieja! ¡Que nunca las manos se le cansasen de guisar!

Entonces fué cuando Silvio, que miraba atentamente la escena desde su ventana, empezó á sentir una tristeza envidiosa. Aquellas fuertes mandíbulas, que masticaban vigorosamente; aquellos hombres entregados á un deleite hondo, animal, bueno y gozoso; aquellos cuerpos ágiles, curtidos, no desgastados por el alma, le causaban la fascinación dolorosa de la envidia, la más torturadora de las pasiones, porque en ella se sufre de ser quien somos, tal cual somos, de tener nuestro _yo_ y no un _yo_ diferente. Silvio se acordaba del tiempo que había pasado queriendo ser _otro_, un maestrazo del arte... Y ahora, bajo las garras de la enfermedad, que tanto humilla el deseo, que reduce las magníficas ambiciones y los alados sueños á la aspiración de una función fisiológica normalmente cumplida,--sólo ansiaba volverse uno de aquellos comilones embelesados, que saboreaban la fruición grosera, franca y deleitosa de un guisote en punto cayendo en un estómago virgen. Los rostros se coloreaban, los ojos relucían, y la aparición del bacalao á la vizcaína, listado de rojo por las tiras de pimiento, fué celebrada con explosión de regocijo. Se daban al codo, guiñaban el ojo; y, para mayor contento, el gaitero entró entonces, seguido de su tamborilero, preludiando la _muiñeira_ mariñana.

--Que no toque, que se siente y coma--ordenó la baronesa. Y la gaita reposó; las notas agrestes, penetrantes, se cobijaron entre las rosas, entre los saúcos y las madreselvas, porque el bacalao exhalaba un tufo...

Bocado tras bocado, embaulando, vaciaban los tazones. Ninguna preocupación debilitaba su fuerza digestiva, fuente de alegría, centro de la felicidad orgánica. Eran como niños, igual los que en la barba hirsuta y sin afeitar mostraban canas amarillas, que los mozos de bigotillo naciente.

Y Silvio envidiaba, envidiaba... como el prisionero envidia el aire, la luz, el solo bien de poder cruzar una calle, de estirar las piernas... Su envidia tomaba la forma retrospectiva, que casi siempre conduce á mayor amargura, á desolación sin límites. ¿Por qué no haber sido un cantero, uno de los cortadores que grabaron los capiteles de la capilla, de tan curioso estilo romántico? ¿Por qué no haber conservado un alma del siglo XIII, un pulmón que respirase, una sangre pronta á alborotarse ante la mujer, un estómago de hierro? No quería ser un obrero á la moderna, de los que leen y piden reivindicaciones y adelantos; nada de eso: aquello mismo; el cantero de aldea, sumiso, frugal, muy sano, que, al bajarse de la estadía, rompe á correr hacia el baile en la carretera...

--¡Qué felices, qué felices!--repetía, moviendo la cabeza, ya temblona á fuerza de desfallecimiento.--Y ¡qué rico es eso que comen!--suspiró.--Para mí no sazona tan bien Pilara...

--¿Qué está usted diciendo?--exclamó Minia.--¡Si lo oye ella! ¡Poniendo sus cinco sentidos la pobre!

--No, lo que hacen para mí no huele tan exquisitamente--insistió el artista.

--¿Probaría usted?

Una luz de esperanza loca brilló en los cambiantes ojos amortiguados... La mano demacrada se agitó.

--¡Que me traigan un bocado, nada más que un bocado!

Momentos después, mientras los del _xeste_, ya amparados por la penumbra del crepúsculo, que les envolvía en velo protector, acogían con carcajadas y gritos de aprobación las soberbias fuentes de arroz con leche bordadas de arabescos de canela, le presentaban á Silvio un plato con el apetecido guisote. El enfermo se incorporó, olfateó... La saliva cosquilleaba en su paladar. Tomó el tenedor, pinchó una patata envuelta en pebre... y, antes de llegarla á los labios, soltó el tenedor, que cayó al suelo, y se reclinó, se hundió nuevamente en la butaca.

--¡No puedo! ¡no puedo! ¡no puedo!

--Un esfuerzo...--rogó la baronesa.

--¡No! ¡Asco! ¡Imposibilidad! ¡Que me lo quiten de delante!

Gimió, lloró casi; alzó al cielo las manos, los ojos... De súbito, pareció calmarse, aceptar todo, despedirse de la vida material, desarraigarse de la tierra.

--¡Es triste! ¿Verdad que es triste, amigas mías? ¡Triste no volver á comer, lo que se llama comer! ¡Si se comprase un estómago! ¿No se compran las obras de arte más hermosas? ¿No se compra el amor, que dicen que es cosa tan sublime y celestial? ¿Por qué no se ha de comprar lo prosaico y vil? ¡Prosaico! ¿Y por qué prosaico? Palabras, falsedades, mentiras... ¿Sería prosa bajar ahí y decirle á uno de esos bárbaros: “¡Dame tu estómago por mil duros! ¡Quiero hartarme, hartarme de ese bacalao á la vizcaína!”?

Sobre este tema divagó buen rato, interrumpiendo á veces sus reflexiones congojas nerviosas, desfallecimientos, risas de insensato y quejas tiernas, infantiles. Abajo, los obreros ya no se contenían; amplios manchones de vinazo deshonraban el mantel, y los comensales empezaban á fumar, á hacer trueques y comistrajos con el postre. El viejo asentador, desdentado, ensopaba en vino su arroz con leche, diciendo que era un estilo de cuando muchacho, que lo había visto comer siempre así. Bobita había puesto las patas sobre el reborde y zampaba los corruscos de pan sobrantes. El banco donde se sentaba el hortelano se hundió, y la caída se celebraba con risotadas, empujones, bromas, aplausos. El gaitero, hombre corrido, malicioso, contaba cuentos, y se apiñaban por oirle. Sonaban vivas entusiastas. Las volteadoras de la hierba, los caseros, los jornaleros, entraban recelosos; adquirían confianza, pero rehusaban probar el arroz, murmurando que “no tenían voluntad”, según ley de política. Venían, curiosamente, á admirar aquel festín cumplido, en el cual, se susurraba, habría hasta café y copa. Los servidores repartían ruedas de mantecoso queso de tetilla. El sacristán de la parroquia disponíase á dar fuego á los cohetes, y Pilara, fregando una contra otra dos conchas veneras, saltando, acompañaba á su hermana, que repicaba el pandero, entonando una copla allí mismo improvisada.

Silvio, ya tendido sobre la cama, respiraba el frasco de antihistérica que la baronesa le acercaba á la nariz. Su diestra consumida, de marfil pálido, asía una gardenia, una fresca gardenia acabada de cortar. Expresión de repugnancia le contraía el rostro.

--¡Brutalidad!--murmuraba.--¡Esos guisotes! ¡Apestan hasta aquí! ¡La bestia humana!

Vino el criado; le alzó en peso; ayudó la baronesa también; lleváronle de allí á la sala, donde no percibiese ni los ruidos ni las exhalaciones de la comilona. Había anochecido; el cielo, estrellado, puro, era bello dosel colgado muy alto, inaccesible. Entonces un cohete de lucería de color rasgó el aire. Sus lágrimas lentas, de resplandeciente pedrería, se extinguieron antes de llegar al suelo. Otro cohete salpicó el espacio de chispas de luz, fugaces, menudas. Al apagarse los fuegos artificiales, el firmamento augusto convidaba á abismar el pensamiento en la infinita majestad de su extensión. La noche, templada y veraniega, se rebozaba en terciopelos turquíes, y del mar distante venían soplos salobres, la vida de los océanos en que se formó tal vez nuestra vida mortal. Los ojos de Silvio se alzaron. No dijo nada. Silencioso, arrojaba entonces al abismo, por siempre, la carga de esperanzas é inquietudes, el estorbo para el gran viaje que iba á emprender, al través de otros mares mudos y sombríos, hacia el país del misterio...

* * * * *

No era todavía, sin embargo, la resignación; no la nueva razón de ser de un espíritu que se somete y renuncia á los fenómenos y apariencias sensibles. Eran más bien silencios de pena inconsolable, marasmos, tormentas y naufragios continuos, insumisiones en que se destroza el corazón, cual se destroza las uñas el prisionero al atacar las paredes de granito de su calabozo. Y sin poderlo remediar, sordas ó declaradas irritaciones contra todo y todos; impaciencias transitorias, seguidas de explosiones de gratitud, efusiones que tomaban forma de desgarradoras despedidas.

Cualquier detalle, el más leve, exasperaba su susceptibilidad dolorosa. Así, los bulliciosos juegos, la salvaje vitalidad juvenil de Bobita, habían llegado á serle insufribles. Encerraban frecuentemente á la danesa; pero con su agilidad y su ímpetu, el animal se escapaba, saltaba ventanas, empujaba puertas, y de improviso saludaba á su amo con insensatas caricias. Después solía entretenerse desdeñosamente, llena de coquetería, en desesperar á Taikun, el japonesillo.

Era tan chiquitín aquel enamorado, tan inferior á la Valkiria escandinava, que ella se divertía en burlarle, en huir, en tenderse en posición de esfinge, haciéndose la desentendida, con evidente mofa y crueldad. Luego retomaba á halagar á su amo, arrojándosele al cuello ó mordiéndole y lamiéndole las manos consuntas, estremecidas bajo la lengua fresca y violenta del animal. Y entonces Silvio, con acento de hastío inexplicable, volvíase hacia la baronesa, implorando:

--¡Que se lleven á esta fiera... Que me la quiten... Parece una mujer!

* * * * *

Sólo las flores le agradaban. Las flores, quietas, dóciles, que no hablan sino por la insinuación de su aroma, le acompañaban; las pedía; siempre conservaba una, ó rara ó bella, al alcance de su olfato y vista, ó la revolvía entre los dedos descarnados, sin fuerza para sostener el tallo casi.

Arriesgándose,--no sin timidez,--el capellán entró á veces en el cuarto de Silvio. El negro traje talar ya no asustaba al artista. Sus sentidos se habían habituado á la sombría mancha. Y el capellán, ni era un ergotista, ni un teólogo. Sólo hablaba de una Virgen muy amiga de los enfermos, de un Dios que distribuye la salud al que le conviene. Asimismo leía noticias de la Prensa, asombrándose de varios telegramas,--que Silvio entendería mejor.--No era, sin embargo, constante la serenidad del artista. Por momentos su cerebro sufría perturbaciones. Desvaríos calenturientos le hacían revolverse en su cama, y la disnea, obligándole á buscar el aire puro, el aire sin tasa, le impulsaba hacia la ventana con fatal impulso. Pasaba el transporte de locura; y después recaía en la cama, palpitando.

--No es que usted vaya á morirse como cree, Silvio--díjole Minia una mañana en que le vió algo animoso.--Sosiegue su espíritu, y entréguese en las Manos que rigen nuestro destino... La vida no es ningún tesoro. Dolor en ella, dolor por ella: he ahí el fondo, Silvio. ¿Conoce usted el cuento oriental? Un camellero descubrió un pozo y se echó al pie de él, porque estaba muy fatigado, muy fatigado; ni andar podía. Se llamaba Pozo de la vida... y este nombre atractivo ilusionaba al camellero. Con su odre sacó agua el primer día, y el agua era un cristal, una alegría de los ojos. Bebió y se refrigeró. Sacó agua al segundo día, y era buena aún. Fué sacando, sacando... y el agua, poco á poco, se hizo amarguilla, amarga, amargota... Hiel, de la hiel más horrible. El camellero, ante el desengaño, se arrojó en el pozo, y desde entonces, ¿sabe usted lo que ocurre? ¡Que el agua del Pozo de la vida, además de amargar, sabe á muerto!

Minia calló. Recelaba haber dicho de más, suspensa siempre entre el deseo de despertar y reanimar aquel alma temblorosa, asida al vivir como un niño al seno de la madre, y el miedo de herirla con golpe rudo. Silvio había escuchado el tétrico apólogo sin hacer el menor comentario. Al fin, gimiendo:

--La vida...--murmuró.--La vida no es joya de gran valer, aunque á veces encanta... Pero ¡el arte! ¡el arte! ¡Minia!

Y la compositora, derrotada, no pudo sino responder:

¡El arte... sí! El arte... ¡Eso es otra cosa...!

* * * * *