La Quimera

Part 32

Chapter 323,617 wordsPublic domain

Silvio (tal es la fuerza del instinto que nos apega á la persistencia de nuestra individualidad) no apreciaba su destrucción. Alentado, asistía con goce de los sentidos--de la vista, del regalado olfato--al espectáculo interesante. Lánguidamente miraba alzar, remover, orear y volcar la hierba, hasta que, seca ya por ambas caras, la apilaban en montones de oro, inmensas cabezotas rubias, que surgían sobre el fondo raso, de un verde infantil, del prado afeitado al rape. Con sus horcados iban las mozas formando las _medas_, dándoles la primitiva hechura de las _huttes_ salvajes, moradas del hombre cuando abandonó la vida troglodítica. Realizaban este trabajo con destreza sin igual, con rapidez graciosa, siempre jugando, siempre á carcajadas, en labor que tiene mucho de recreo para jornaleras habituadas al destripe de terrones, al corte y pise del espinoso tojo, al empile del estiércol. Y las excitaba además--con prurito de rústica coquetería--el que desde la otra terraza, frontera á la fachada principal, los canteros y picapedreros las miraban á hurtadillas, comentando vigores, robusteces y gallardías anatómicas... Desde las almenas de la torre de Levante, que aquellos días estaban acabando de coronar, otros obreros, distrayéndose de su peligroso trabajo, también las requebraban, con carantoñas y burlas. Á medida que la tarde avanzaba, las mozas cantaban más despacio y medaban menos: la fatiga, el calor, retardaban el movimiento de sus brazos y ensordecían las canciones de sus bocas. En vez de coplas maliciosas de desafío, entonaban un ¡alalalaaá! prolongado con melancolías vespertinas y cadencias lentas de resignación, de soledad, de ausencia y nostalgia. Cuando por casualidad las medadoras (en vez de lanzar ojeadas á los fornidos canteros que silbaban tonadillas como para asociarse al canticio) se volvían hacia la terraza, donde yacía, recostado, aquel señorito de cara de cera, á cuyos pies se tendía un perrazo de pelo color de humo,--su voz se volvía más baja, apagada con sordina de respeto y compasión. ¿Qué tenía aquel señorito, malpocado? ¿Qué le pasaba, que ni andar podía, sino sostenido por otros? Ellas sabían por la hermana de Pilara, una medadora, que se le guisaban muchos platos, que de Marineda venía el médico á menudo... Y susurraban bajo: “¡Tan nuevo! ¡Tan mociño y tan galán! ¡Dios lo remedie!” Después continuaban erigiendo sus _medas_ provisionales de oro blanquecino y seda pajiza. La meda definitiva se constituiría en la era, cuando se llevasen la hierba los carros. Vinieron éstos y se reanimó la labor, porque en ella tomaban parte ahora mozas y gañanes, y los que guiaban el carro dirigían retadoras miradas, desde el hondo prado que surcaban las _birtas_, á los picapedreros y canteros, cuando subían las almenas y lanzaban, al izarlas, un _ahuum_ penoso, salvaje. Andaban los de la parroquia--los pocos varones que dejaba la emigración,--esquinados con los canteritos jóvenes venidos de Pontevedra, que se llevaban á las rapazas de calle. Y los aldeanos, jactanciosos, erguidos sobre el carro, acalcaban la hierba con los pies para cargar de una vez gran partida. Silvio encontraba hermosísima la escena, deliciosa la nota de color; sobre el prado las yugadas de los corpulentos, pachorrentos bueyes rojos, los carros célticos, con sus ruedas macizas, sus _cainzas_ de mimbre negruzco, y desbordándose de ellas, el rubio colmo de la hierba encendido por un rayo muriente de sol y el gañán de pie sobre el carro, dorada también su figura y recortada sobre el cielo... Raudales de poesía bucólica le brotaban en el alma, y su sentimiento exquisito le hacía saborear no sólo el cuadro, sino el plañidero toque de oración, que suspendía la labor campestre.

--El cuadro es más hermoso, porque es religioso, Silvio--observó Minia.

--Sí--respondió el artista.--Es la nota de Millet. No es religioso un cuadro porque represente una Virgen ó un Cristo; puede representar eso y ser lo más profano del mundo. Y puede representar esto, unas medas, unos carros... y si uno supiese traducirlo bien con el pincel, sería no sólo religioso, sino místico.

--Me agrada que lo comprenda usted... Cada barrera de convencionalismo que usted salve le hará más artista y más hombre.

--Parece que se me han caído de los ojos unas escamas--declaró Silvio.--Yo antes fuí esclavo de la naturaleza en su aspecto material. Ahora, sin salir de ella misma, encuentro tesoros de emoción. ¿Se acuerda usted de mi _Recolección de la patata_? Aquello era sencillamente una vulgaridad, un rasgo de ordinariez. El asunto, el modo de tratarlo, el colorido... Compárelo con esto que tenemos delante, tan majestuoso, tan sereno... ¡Y pensar que ahora, que veo claro lo mejor, se me caen de las manos paleta y pinceles!

Persuadido, añadió:

--No moriré de este mal; pero suponga usted, por un momento, que muriese... Es aterrador, Minia... ¿Qué quedaba de mí? Cosas que ya no responden á mi sentir. Ideas que ya rechazo... Y lo verdaderamente íntimo, lo que he ido descubriendo... ¡eso nadie lo sabría! ¡Eso iría conmigo al otro mundo!

Interrumpióse para escupir su pobre pulmón deshecho, y con rosetas de fiebre en las mejillas, agregó:

--¿Qué diría usted, si en el techo del castillo de la Condesa de los Pirineos reprodujese yo la corta de la hierba seca en el Pazo de Alborada?

El último carro se retiraba chirriando, estridente y fatídico; el horizonte era violeta; las hojas se estremecían.

La baronesa ordenó:

--Va á caer rocío... Á casa, á la cama los enfermos...

* * * * *

Se inició un período aún más angustioso: empezó á faltar el aire á Silvio.

Por momentos respiraba normalmente; pero de pronto, la ansiedad se apoderaba de él, y descompuesta la faz, lívidas las mejillas, principiaba á jadear, á inspirar y espirar con esfuerzo horrible. Un día que, sentado á la mesa, entre desganado y encaprichado, picaba con el tenedor blanco filete de lenguado fresquísimo, rociado con limón, se levantó de pronto llevándose las manos á la garganta, al pecho, á las sienes después; se precipitó hacia la ventana, abrió la boca en redondo, aspiró locamente, y como el jadeo de asfixia no cesase, tambaleándose, se arrojó al suelo, tendido cuan largo era. No podían las dos señoras, la baronesa muy forzuda, Minia de endebles puños y delgadas muñecas, levantarle en vilo, ni aun con auxilio del criado, porque Silvio hacía señas desesperadas, lanzaba ayes para que le dejasen así, como un cadáver, aplacado al piso. Y daba horror su cuerpo huesudo, largo, sacudido por el jadeo. Al cabo se logró acostarle sobre un sofá. La disnea se calmó, dejándole en abatimiento sumo.

Desde entonces no tuvo Silvio comida gustosa, y empezó á cerrársele el pico, á repugnarle todo, hasta esos alimentos que crían fibra y sangre.

Eran el último refugio, el último baluarte de su enfermera, los huevos, los sanísimos huevos, blancos y limpios como capullos, que la baronesa le enseñaba recién puestos, calientes aún del cuerpo de la gallina, con transparencias rosadas al través de la nitidez de fina escayola de su cáscara. Y, estando cenando, vió la baronesa que el enfermo movía la cabeza, hacía un mohín de repugnancia á la yema batida con azúcar y Jerez, y después, que dos lágrimas se deslizaban, lentas, por las mejillas enflaquecidas.

--¡Me han repugnado!--repetía Silvio con infinito desconsuelo.--¡Se acabó! ¡Me han repugnado definitivamente! ¡Mejor comería cualquier asco! ¡Repugnado, repugnado los huevos!

La baronesa también sentía la amargura profunda de aquel vulgarísimo y tremendo accidente. ¡Lo más nutritivo, lo que se asimila mejor! ¡Desgracia grande! Y ¿qué darle ahora? ¿qué discurrirle? ¡Perdido ya el estómago! ¿Cómo defender la plaza? Era la derrota.

Y se empeñó la lucha con lo imposible... La enfermedad se cebaba en su presa, triunfaba. Los síntomas eran á cada paso más varios y crueles. Aflicciones nerviosas, síncopes, desfallecimientos, dolores de huesos, molimiento infinito... Una noche, á las altas horas, la baronesa, que había trasladado su dormitorio para debajo del del enfermo, á fin de vigilar la asistencia, oyó la voz del criado de guardia, que la llamaba con apuro.

--El señorito Lago... El señorito Lago...

La señora saltó de la cama, se envolvió atropelladamente en una bata, corrió... Silvio parecía agonizar. Sobre la almohada blanca, su faz era de tierra amasada con yeso, sus ojos se retraían, su nariz se afilaba, su boca se llenaba de sombra lívida. Mil veces había pensado la baronesa en la llegada de aquel instante; empero, sintióse aterrada, como ante un caso imprevisto. Se precipitó á sostener la cabeza del artista, inerte.

--¡Silvio!--repetía.--¿Qué es esto? ¿Qué tiene usted?

Débilmente, en un soplo, Silvio pronunció:

--Mucho frío... Me hielo...

La baronesa, rehecha ya, empezó á dictar órdenes.

--Calentar una manta... Espíritu de vino... Ron... Coñac. El calentador...

Toda la casa se había puesto en pie, con la alarma. Pilara reavivaba el fuego, sacaba brasas para el calentador; el sirviente empapaba en alcohol franelas, y friccionaba el cuerpo flaco, devorado por la calentura.

Silvio volvió á suspirar:

--Tengo frío... Tengo frío...

Fuera, la noche era espléndida, estrellada. Llegaba el verano con sus caricias y sus vitales soplos. La ventana, por orden expresa del médico, debía permanecer abierta siempre. Pero la baronesa la cerró, bajo la impresión de aquella queja, y dispuso calentar por dentro á toda costa.

Á los labios del moribundo acercó una cucharada de coñac. Al principio, Silvio apretaba los dientes y resistía; pero la baronesa le entreabrió la boca con el rabo de la cuchara, y deslizó el líquido. Según iba cayendo, oloroso y fuerte, y por las venas entraba su virtud, el agonizante resucitaba, sus ojos se entreabrían, mirando á la baronesa con transporte.

--¡Dios mío!--murmuraba.--¡Qué congoja he pasado! ¡Qué frialdad tan horrible! ¡Qué bueno es tener calor! ¡Qué bueno es tener quien le quiera á uno!

Y con efusión de reconocimiento, repitió extendiendo las manos:

--Sólo los buenos, sólo los buenos... Denme la bondad, el abrigo... ¡Me siento tan bien! Me ha salvado usted, baronesa. ¡Qué trabajo la doy! ¡Qué trabajo á todos los de esta casa!

--Déjese de eso, y duerma... Á ver si concilia el sueño un poquito...

Llegaba tarde la advertencia. Silvio acababa de aletargarse dulcemente, aturdido por el bienestar.

Al día siguiente estuvo animado, fué por su pie al jardín, tomó leche con gusto (leche _de engaño_, en la cual la baronesa deslizaba la yema de un huevo, afirmando que la vaca daba una leche amarilla, de un color raro, pero sabrosa, muy sabrosa...) Y la idea de la muerte, si es que un instante había rozado con ala de murciélago su imaginación, desapareció como desaparecen, en cuanto el sol alumbra, los bichos nocturnos y las mariposas atropos, que llevan una calavera en el corselete...

--Es el problema que tenemos aquí--decía Minia en conversación con el antiguo capellán de la casa, bajo los castaños del soto, en la revuelta donde no podían llegar sus palabras á los oídos de nadie.--¡Es un problema bien extraño! Cuando más avanza la muerte, menos cree en ella, menos siente la presencia de esa definitiva realidad.

--No me sorprende--confirmaba el sacerdote--lo que usted dice... En mi ejercicio de auxiliar moribundos he visto que, aunque estén con el estertor, muchos no creen llegado su término... Y en esta enfermedad, lo que es en ésta... ¡nunca!

--Decírselo... ¡No hay fuerzas para decir una cosa así! Y por otra parte... yo no sé lo que piensa, yo no he calado su alma. Es probable que esté petrificado en indiferencia absoluta; quizás no cabe en él más que su Quimera... ¡Si es así, y se entera de su condena á muerte, y ve que se va sin realizar lo soñado, se entregará á la desesperación en vez de aceptar el consuelo de las horas supremas!

--Explórele usted--murmuró el sacerdote, que había venido desde Marineda con tal fin.--Explórele; usted le conoce mejor... Yo no acierto... Estos artistas ¡son tan diferentes de todo el mundo! Persuádale.

--¡Persuadirle!--repitió la compositora.--Me fiaría más en un arranque de sentimiento...

Entró de mañana en el cuarto del enfermo. Este no se había levantado aún. Medio incorporado en la cama, intentaba escribir, sirviéndole de pupitre un elegante portfolio de marroquí inglés, con cantoneras de plata--regalo de Lina Moros.--Sobre la cama, andaban esparcidas diez ó doce cartas, cuyo perfume revelaba la procedencia femenina. Algunas lucían escuditos heráldicos en oro, plata y colores; otras mostraban, sobre el papel satinado gris, un círculo en que se encontraba inscrito el nombre en elegantes caracteres. Las formas del papel eran originales, y aquella correspondencia daba sensación de vida exquisita, de plena _high life_. Era la clientela de Silvio, sus amigas momentáneas, las de la sonrisa zalamera, las del galanteo ocasional y el repentino capricho, las que se encanallaban un día, por variar, hartas de lo monótono del amorío sin idealidad con los hombres de caballo y club. Y Minia, frente á sí, en la pared, vió agrupadas, con la peculiar gracia de Silvio, con su coquetería de arte, fotografías de las corresponsales, en trajes de elegancia rebuscada y efectista, escotadas, haciendo resaltar las bellezas de su cuerpo, en la actitud y con la sonrisa que más favorece.

Á ellas es á quienes Silvio quería responder, asiéndose á aquel interés frívolo, bastardo, como á forma palpitante y ardiente de la vida que le abandonaba... Las otras, las protectoras buenas y serias, la Condesa de la Palma, la Pirineos, se habían informado de su salud preguntando extrajudicialmente á la baronesa y á Minia. Éstas, las guerrilleras de vanidad y amor, acaso ni sabrían que sus cartas iban á caer en un lecho mortuorio.

Silvio empezó á hacer garrapatos; su mano temblaba; la letra era ininteligible... Sudor penoso trasmanaba de su sien. Agachó la cabeza, suspirando, soltó la pluma, y exclamó lleno de desconsuelo:

--Imposible... No acierto á trazar dos renglones. No es el pensamiento, es la mano... ¡Ni pintar, ni aun escribir!

Y al cabo de un instante, buscando el engaño de la fantasía:

--Es la debilidad. No es otra cosa. Así que me fortalezca un poco...

--Entretanto--dijo Minia--¿por qué no olvida usted enteramente este aspecto de su vida? No hay nada que descanse, que fortalezca, Silvio, como olvidar. Nuestro sentir es una especie de mosaico, que no debemos mirar obstinadamente en sus pedazos de piedras de colores, sino en su conjunto. ¿Le importan á usted las monísimas corresponsales?

--No las tengo ningún cariño... Al contrario... Ya sabe usted mi modo de ser... pero se me figura que no nos apegamos á la vida por lo que nos infunde cariño, sino por lo que nos causa irritación, picor de vanidad... ¡Minia! ¡Qué hermoso será vivir, cuando me cure y vuelva allá, á realizar mi ensueño de siempre!

Minia callaba.

--¿Cree usted que tardaré mucho tiempo en curarme? ¡Usted no tiene fe en que yo sane antes del invierno!

--¡Quién sabe, Silvio!--articuló ella.--Las enfermedades vienen pronto y se van tarde... Escúcheme... La enfermedad tiene algo de serio, algo de augusto, algo que nos familiariza con lo inmortal que existe en nosotros... ¿No piensa usted así? Un enfermo es un hombre que momentáneamente renuncia á vanidades, concupiscencias, flaquezas... La existencia de un enfermo es necesariamente moral, necesariamente pura...

--Sin duda mi enfermedad es más antigua de lo que creí--respondió él;--porque hace meses me conduzco como un santo... relativo. Al Doctor Moragas se lo he dicho, y se hizo cruces. Él creía que, estragado por los vicios de París... Y á mí lo que me ha consumido, lo que me tiene tan débil, es... mis sueños... ¡mis sueños, Minia! ¡Eso me ha emponzoñado las venas! ¡Eso es lo que me devora!

--No lo dudo... Pero al mismo tiempo...--La mirada de Minia se fijó de nuevo en la pared; buscó las fotografías, las semidesnudeces, las sonrisas artificiosas,--el que entrase aquí creería... ¡Si Moragas ha visto todo eso!

Silvio, otra vez abismado en su almohada, hizo un gesto de indiferencia suprema.

--¡Bah! He puesto eso ahí como podría poner un niño un pliego de aleluyas...

--Pues desdicen esas fotografías de la dignidad, de la nitidez de una alcoba de enfermo, Silvio... Ya sabe usted que soy franca.

--Quítelas; haga lo que considere oportuno.

Minia recogió los retratos, y por un refinamiento de delicadeza, no quiso guardarlos ni en la maleta ni en los cajones. Los archivó fuera, en un mueble. No se escandalizaba, ni creía que tales retratos fuesen reprobables, si allí no estuviese un hombre sentenciado. El cuarto era capilla. Y, al mirar las paredes blancas de cal, desnudas, pensó que todavía no era tiempo de traer allí á la Madre, á la que los ángeles rodean y las estrellas coronan; á la que tiende su mano, húmeda de lágrimas y oliente á incienso, á los moribundos. Ya llegaría la ocasión...--Por ahora bastaba un violetero, un cuadrito, un jarrón con rosas blancas. El cuarto perdería su aspecto bohemio, y se purificaría por la hermosura de esas rosas que apenas dan olor.

El camino tenía que ser insinuar el respeto á la enfermedad. No se le podría decir á Silvio que se acercaba la gran Acreedora... pero sí cercarle de lo que inclina á pensar en ella sin sorpresa, sin incredulidad, sin escepticismo.

Él experimentaba, no obstante, repulsión á cuanto podía traerle un pensamiento ascético. Su fantasía, repleta de formas sensibles, se apegaba á apariencias, á los ruidos, á los fenómenos de la vida terrestre.

Á pretexto de que “podía inspirar un boceto ó un cuadro”, llevó Minia á Silvio á la sacristía de la capilla de Alborada, donde, sobre la cajonería severa, lisa y sin adornos, bajo un dosel de terciopelo granate franjeado de oro, se alza la efigie del Cristo del Dolor. Visten al Cristo unas enagüillas de raso violeta y lentejuela, y la larga cabellera obscura, como enmarañada por sudores de agonía, que vela su faz desencajada y los cárdenos labios, la sujeta una corona tejida de ramas de espinos del monte, que rodea su frente salpicada de gotas denegridas de sangre. La palidez del Divino Rostro se acentúa en ellas, y son aterradoras las melenas al descender sobre el pecho de saliente costillaje, hasta el costado abierto por la lanza. Es la imagen del más ardiente romanticismo; trágica, sugestiva.--Dos cirios la alumbraban, y su luz incierta, amarilla como un diamante brasileño, deteniéndose un punto en el Rostro, le prestaba apariencia sobrenatural. Silvio se detuvo impresionado.

--¿Verdad que es hermoso?

--Me da miedo--suspiró Silvio.--No comprendo cómo usted se rodea de estas imágenes recordadoras de los terrores de la muerte. Allí el arco sepulcral, que ya una vez... ¿se acuerda? ¡Y aquí, este Cristo que expira, y que lleva en la peana la lúgubre advocación del Dolor!

--¡De la muerte no hay que olvidarse nunca! ¡Es nuestra compañera fiel... y cuántas veces bienhechora!

Y él respondió, refractario:

--¡No me quiero morir, no señor, hasta que realice algo siquiera! Hasta entonces, vivir á tragos. Es preciso que yo sane. ¿Qué hacen esos doctores que no me curan? ¡Si yo supiese que el Cristo...!

--Su reino no es de este mundo...--sugirió Minia.

Regresaron de la sacristía por la sala, llena de embetunadas pinturas, lentamente, apoyado Silvio en su bastón, casi arrastrándose, apoyado después en el brazo rudo del hortelano. Dejóse caer en la butaca, para contemplar, según costumbre, la puesta del sol. Aquel día era imperial, esplendorosa. Se anunciaban calor y tormenta, y el sol se reclinaba en cúmulos de púrpura, inflamados, acuchillados por toques violentos de plombagina, y esclarecidos con luces de erupción volcánica, focos que parecen delatar el flamígero lengüeteo de la llama que sube. Era de esos ocasos extraños, amenazadores, en que el cielo semeja indignado, y que el pincel no puede reproducir á no caer en amaneramiento. Silvio se complacía en él con el interés que despiertan en el campo los aspectos de la Naturaleza, y con la impresión de grandiosidad que en su alma de inspirado adquirían fácilmente las cosas. El soberano espectáculo le hacía olvidar por sorpresa sus dolores; le sustraía momentáneamente á la enfermedad. Los rubíes vivísimos, flúidos, movibles, lisonjeaban su sentido de colorista.--Y, de pronto, en aquellas nubes ígneas y caprichosas, entre el incendio del cielo, la fantasía le dibujó una forma, destacándose entre las restantes. Era la de una alimaña, mezcla de dragón y serpiente, cuyo dorso se dentellaba en agudos picos, cuyas fosas nasales espurriaban fuego, cuya cola, de retorcidos anillos, se tendía azotando el aire y rompiendo las otras nubes á su latigazo triunfal. La apariencia reinó algunos instantes; pero cuando Silvio quiso enseñársela á Minia, ya se desvanecía su colosal figura, ya su brasero se apagaba...

Traído de Marineda, llegó entonces el correo.--Quiso la baronesa sustraer una esquela de defunción, que timbraba sello extranjero. Silvio le había echado mano y la abría; y su faz, un momento animada por la contemplación de un cuadro, se descomponía rápidamente...

Era la esquela mortuoria de doña María de la Espina Porcel de Dión, fallecida en Niza, “Villa Plaisirs”, según participaba interminable cáfila de parientes, rogando que se la concediesen oraciones. El artista dejó caer la cabeza sobre el pecho; la esquela rodó al polvo.--Los pájaros no cantaban en las acacias corpulentas.

* * * * *

--¿La quiso usted mucho?--preguntaba Minia al notar el terrible efecto de la nueva que contenía y certificaba aquel papel satinado, con estrechísima orla negra, encabezado por una cruz, atestado de nombres propios.

Silvio tardó en responder. Parte, por dificultad de respiración, y parte, por incertidumbre ante la interrogación analítica.

--No he sabido nunca--pronunció al fin lentamente--si la quise, si me fué indiferente, si la detesté. De todo habría á ratos. No he sabido si me hizo bien ó mal. Era como la vida: que nos hiere, que nos despedaza, que nos burla, que nos hace infames á fuerza de desengaños y de mentiras, pero que... ¡es la vida, qué demonio! Y Espina, Espina Porcel, era acaso, en el fondo, más artista que yo. Despreciaba más lo vulgar; sí, lo despreciaba. Ha muerto de su exaltación artística, de su afán de vivir de un modo refinado y bello, de agotar el ideal. Ha muerto de no transigir con las sensaciones comunes y prosaicas. ¡Pobre, pobre María!

--Según eso, ¿la ha perdonado usted?

--Y qué, ¿voy á odiarla, ahora que es un puñado de podredumbre?

--Tiene usted la feliz instabilidad de los geniales...--advirtió Minia.--Pero no perdone por indiferentismo... Perdone por amor, por sumisión. ¡Rece por ella!