Part 31
Se recogieron á casa. Silvio, los primeros días, mejoró visiblemente. Una persona inexperta hubiese podido creer que la tuberculosis se batía en retirada. El júbilo de recobrar unos asomos de fuerza hacía que el artista cantase ditirambos al campo, á la existencia sin agitaciones, á la ubérrima abundancia que las Torres ofrecen. Las bellas tardes, secas, aromadas, elásticas, del luengo Mayo, se las pasaba indolentemente echado entre almohadas, ya en la hamaca de cuerda, ya en la butaca de persia á floripones, considerando, sin saciarse, los juegos de la luz en el panorama extendido frente á la terraza, y el espejo azul ó acerado del trozo de ría que se columbra á lo lejos, entre el marco de felpón de los pinares y los eucaliptus. La paz de las cosas recaía sobre su espíritu, y el descanso de no tener que pensar en nada material le causaba hasta humorísticos transportes.
Una tarde gritó:
--¡Calla! ¡Ahí vienen mis augustos primos!
Ya llamaba Sendo á la campana de la verja. Su frescachona mujer se había parado un poco atrás, sosteniendo en equilibrio sobre la cabeza una cesta de mimbres, posada en un ruedo de paja y tapada con un paño níveo. De su mano derecha colgaba el segundo de sus chicos, el que llevaba el nombre de Silvio, aunque no fuese su ahijado. El pequeño resistía un poco el impulso de la mano materna; era evidente que entraría contra gusto.
Abierta la verja, Silvio les miró avanzar por la larga calle de magnolias, con un paso medido, ceremonioso. Se acordaba de su llegada á Areal, del almuerzo de sardinas saladas á granel y vino _pifón_, y sentía una pena nostálgica, como si aquel recuerdo se refiriese á tiempos de gran felicidad, ya desvanecida, imposible de gozar otra vez. Y sin embargo, entonces estaba en los comienzos de su lucha, incierto, abandonado, con leve esperanza. Entonces, el ideal hubiese sido lo de ahora...
La familia penetró en el circuito que sombrean las acacias, saludando con premura, insistencia y afectado regocijo. Las señoras creyeron deber dejar solos á visitadores y visitado. María Pepa no pudo, al ver á Silvio de cerca, reprimir un movimiento de franca compasión, que le salió á la cara, más que nunca trigueña y dorada como el bollo que acaban de desenhornar,--mientras Sendo forzaba la nota de cordialidad alegre, repitiendo con falsa admiración:
--¡Estás muy gordo! ¡Estás más gordo que antes! ¡Estás rufo!
El niño se había ocultado--temeroso de aquella faz cérea, de aquella morada de señores,--tras las faldas de su madre, y ésta, arrimándole un moquete, destapaba la cesta, descubriendo bajo el blanco mantel rudo una empanada decorada con jeroglíficos de tirillas de masa, el tradicional dibujo que tal vez recuerda un arte primitivo. Olor apetitoso se derramó por el aire. La baronesa llegaba en el mismo momento precedida del criado, portador de amplia bandeja, y en ella bizcochos, mantecadas, una jarra de recién ordeñada leche.
--Aquí trajimos esta pobreza, porque al primo le gustan las sardinas en empanada--declaró Sendo excusándose.--No se ha podido arreglar cosa mejor...
--Huele á gloria--afirmó Silvio, engolosinado por capricho súbito.
--Ahora, mejor será que tomen leche todos--ordenó la baronesa,--y este pequeño, que se acerque; darle mantecadas.
--Aquí, nene--suplicó el artista.--Otro día que vengas temprano te he de retratar. Eres rubio y bonito. Y á usted también, baronesa, la retrato seriamente. Ya estoy deseando trincar los pinceles ó los lápices... En Busot nada he pintado, ni estos últimos tiempos en Madrid.
--Pero allá en Madrid y en París de Francia, ¿ganabas mucho, verdad?--murmuró como á su pesar Sendo. Y desmenuzaba atentamente al primo, buscando en la ropa señales de la ganancia.
--Lo que gané se fué volando--respondió él con alarde de buen humor.--No creas que vengo millonario... Eran los dineros del sacristán.
La baronesa sonreía. Sabía que Silvio, para emprender su viaje, había necesitado que le diese mil pesetillas una de sus mejores y más desinteresadas protectoras. Y se representaba las ideas que bullían en el cerebro de la pareja artesana, visitada por la prosaica, pero dulce Quimera del primo poderoso en virtud de aquellos santos y aquellos monifates que trazaba sobre el papel, y que (no se sabe la razón) valían tantos cuartos y tanta honra.
El panadero sospechó que su primo “se lloraba”, ocultaba la riqueza por no compartirla.
--Luego quiérese decir, que todo lo despabilaste ¿eh?--murmuró en tono reticente.
--Todo... ó poco menos--recalcó Silvio.--Pero ¡no importa! Ahora es cuando voy á ganar...--Y el velo de ilusión cubrió sus verdiazules pupilas.--Ahora sí que os prometo que el mayorcito... ó si no éste, que es tan guapo... corren de mi cuenta.
Como en aquel momento se acercase la danesa, impetuosa, brincadora, ladradora, dispuesta á saltarle el cuello á su amo--el niño, aterrado, rompió á llorar.
--¡No quiero!--cuchicheó á su madre.--¡No quiero que este señor me lleve! ¡Está difunto! ¡Está difunto!
La panadera le tapó la boca con su mano recia, carnuda.
* * * * *
Los doctores venidos de Marineda mostráronse conformes con el diagnóstico de su ilustre compañero de Madrid. Tuberculosis difusa... La más grave, la más rebelde... Existía, sin embargo, una leve diferencia de pronóstico. El doctor Moragas, más desengañado, no dejó esperanza alguna. El doctor Lemasis todavía fiaba un tanto en el régimen, en el descanso, en la sobrealimentación, en los cuidados de la baronesa, gran enfermera...
--Al aire libre todo el día... Las ventanas de su aposento, que nunca se cierren... Que coma lo más posible, platos nutritivos... Si aumenta de peso, nos hemos salvado... Tísico que engorda, tísico que cura... La tisis es un fenómeno de desnutrición... Huevos, huevos, aves blancas...
Y empezó en Alborada una época de incesante preocupación alimenticia. Pilara, la mayordoma, excelente cocinera al estilo sencillo y suculento de nuestros abuelos, se consagró á aderezar piperetes y golosinas, á variar, evitando el hastío. Salieron á relucir los flanes, las natillas, los huevos moles, los ladrillados trasudando almíbar, el tocino del cielo, las mantequillas, los roscones, las torrijas, las compotas balsámicas, el chantilly con su toque de vainilla negra sobre el armiño de la crema untuosa. El doctor había aconsejado “disfrazar” los huevos y los lacticinios. La baronesa en persona vigiló los asados y los beefsteacks. Las pescadoras que cruzaban ante el portalón eran llamadas, para que trajesen en el viaje próximo lo más “vivo” y selecto de mariscada y pesca. Silvio, antojadizo, rechazaba la mayor parte de los platos; pero á veces se entusiasmaba con un manjar, y de aquel devoraba ávidamente. Hubo almuerzo en que se le presentaron doce ó quince platos diferentes en fuentes diminutas--pues la comida en cantidad le repugnaba.--La baronesa hacía el panegírico. ¡Qué bueno, qué sabroso! Que comiese, que comiese; el campo haría lo demás...
Y como en el sillón empezaba á fatigarse, se le improvisó una camacatre, mullida, coquetona, con colcha de pabellones, para que pasase las horas de sol echado en el jardín de la fuente. Lo prefería á la terraza ahora, por ser, de los jardines de Alborada, el más florido y alegre en aquella estación. La musiquita lenta, cristalina, flébil, como de manucordio antiguo, que hacía el surtidor, arrullaba al enfermo, le ayudaba á conciliar un sueño menos febril que el de la verdadera cama, donde se liquidaba en sudores mortales. Á ratos, dormitaba; á ratos, abría lánguidamente los ojos, y su mirada, infinitamente lacia, se posaba, con destellos de placer, en la floración que le rodeaba y que halagaba su sibaritismo, envolviéndole en la embriaguez de los efluvios primaverales.
* * * * *
Las tres de la tarde serían. No hacía calor: casi nunca lo hace en Alborada: una brisa deliciosamente húmeda abanica siempre á las celestes Mariñas. Silvio, adormilado, despertó, porque el aire, cargado de penetrante perfume de azucenas y de gotitas microscópicas arrancadas al surtidor, acababa de acariciarle las macilentas sienes. Medio se incorporó, suspirando.--Minia estaba allí, en una mecedora.
--¿Por qué se ha vestido usted de un color tan obscuro?--refunfuñó el artista.
Tenía esta exigencia: que el traje de las mujeres fuese claro, delicado, y de última moda.
--¿Pero á usted qué le importa cómo me he vestido?--protestó ella riendo.--Ahora iré á ponerme el traje de batista perla con entredoses, ya que le da á usted por ahí... Figúrese que vengo de dirigir á los picapedreros y se llena uno de arena y de barro... Pero le comprendo á usted bien. El jardín, con este océano de azucenas en flor, está muy artístico, y usted no quiere nada que descomponga el cuadro... La casualidad se lo va á completar. Mire usted...
--¡Qué hermoso!--no pudo menos de exclamar el pintor.
Por las calles tortuosas, bajo el arco de tupida yedra, asomaba un grupo de tres monjitas. Eran las Hermanas de la Escuela, cuyo edificio se divisa desde toda la posesión de Alborada. Vestían su humilde traje, rematado por las tocas, que envuelven en sombra y calma el rostro; pero una de las hermanas se diferenciaba de las demás en extraños detalles de su atavío. Silvio creyó soñar, al ver sobre el pecho de la monja, al lado izquierdo, un ramo de azahar de cera, y sobre su cabeza una corona de flores hierática y rígida, alta como las de las imágenes del siglo XVII. La carita oval, pequeña, de una infancia de líneas, digna del pincel de un primitivo, la iluminaba la pasión y la radiación de dos ojos negros, murillescos, melados. Un júbilo candoroso, apenas reprimido, se leía en ellos, en la boca bermeja, en la frente reducida, hecha para la aureola de la toca; y al divisar á Silvio, la piedad sustituyó á aquella enajenación de triunfo.
--¿Es el enfermito?--preguntó.--¡Qué jovencito! ¡Pobre!
Y las dos monjas acompañantes de la desposada, más expertas, se apresuraron á decir:
--¡Pero ya está muy repuesto!... ¡Ya parece otro!
--Es sor Margarita, la parvulista, que ha profesado esta mañana--explicó Minia.--Hoy está de novia; celebra sus bodas.
--De novia está servidora, por cierto--repitió la cándida voz juvenil.
--Refrescaremos luego--advirtió Minia.--Sor Margarita, siéntese junto al enfermo, para que la vea.
--¡Nuestra Señora le sane!--deseó fervorosamente la desposada.
--¿Por qué la llaman á usted parvulista?--preguntó Silvio á sor Margarita.
--Porque servidora es la que enseña á los pequeñitos--contestó la monja.--Los pequeñitos, los párvulos...
Hablaba de los niños con inflexiones muy suaves. Bajaba los ojos, ruborosa. Silvio la contemplaba, y veía temblar sus negras, pobladas pestañas, sobre la mejilla sonrosada, de una tersura maciza de capullo. Y, detrás de sor Margarita, las azucenas formaban semicírculo, como el fondo de una página de misal. Las había muy abiertas; otras no desabrochaban aún, escondiendo en su seno de perla peraltada el oro de sus pistilos. Silvio no se acordaba del mal. Absorto en el hechizo de aquella acuarela--la monjita, con su corona hierática y su ramo de azahar sobre el pecho, rodeada de las flores marianas, envuelta en el perfume de sus incensarios místicos,--no pensaba en otra cosa. Entre el canto del agua del surtidor--no menos pura, no menos musical,--escuchaba un acento que repetía:
--¡Nuestra Señora le sane! ¡Le dé lo que más necesite! Por el día en que estamos se lo he de pedir...
Dos horas después, Silvio secreteaba á Minia:
--¿No cree usted que la monjita ha de pensar algo en mí, al quedarse sola, aunque no quiera?
Minia sonrió de la fatuidad candorosa del artista... Lo que había exclamado sor Margarita al salir del jardín era esto:
--¿Se dispondrá? ¿Le ocurrirá cuidar de su alma? ¡Dichoso él entonces!
Y las dos monjas mayores repitieron:
--¡Dichoso él entonces! Y se va á quedar como un pajarito, á la hora menos pensada...
Preocupado aún, Silvio murmuraba:
--¡Qué mona es esa esposa... sin esposo!
--¿Sin esposo?--repitió Minia.--De las mujeres que conoce usted, ¿es ésta la que está sin esposo? Piense en las demás... en sus amigas... ¿Es tener esposo tener al lado un señor de bastón y gabán? La parvulista tiene esposo; vive por él, con él. Acuérdese usted de lo que me escribió desde Holanda, cuando pudo usted contemplar el _Cordero Místico_... Hay una verdad, una verdad que no está en el barro, ni en la fisiología...
Y el artista, riente como niño que olvida sus miedos, aprobó:
--Está tal vez en las azucenas...
--Está de fijo en las azucenas--confirmó Minia.--Todo lo demás es bien deleznable.
--Parece una niña la parvulista--observó Silvio.
--Joven es, pero no tanto como representa; su inocencia le sirve de infancia. ¡Si supiese usted á qué trabajo se dedica! Toda su enseñanza es de viva voz. Hay días en que se acuesta despedazada, hecha trizas la laringe.
--Contraerá una tisis--pronunció Silvio, apiadado, sin reflexionar. Y Minia, asombrada de la ironía de las cosas humanas, de aquel moribundo vaticinando á un sér todavía sano su mal mismo, suspiró.
--No suelen llegar á viejas estas parvulistas...--dijo.--Sor Margarita, hoy, era una rosa entreabierta, pero á diario está muy pálida, consumida. Quiere de un modo infinito á los pequeños, y aunque hagan mil trastadas, no los castiga jamás. Madre es, madre entrañable... No diga usted lo contrario.
--Lo que digo es que quisiera retratarla, sobre esta línea de azucenas, con su corona de flores y su azahar sobre el corazón. ¡Qué hermosa es la primavera, Minia! ¿Cree usted que se dejará retratar la monja?
--¡Estoy segura de que la superiora no se lo permite!...
* * * * *
La sacudida se prolongaba en los nervios de Silvio. Llamaradas breves de arte, de gloria, encendían su diaria calentura. Habiendo comido un poco mejor, reposado algo, recibido la benéfica influencia del renuevo, de la germinación y expansión de la naturaleza,--esperanzas, impaciencias, llamamientos de lo exterior le soliviantaron.--Y una mañana, al rechazar la bandeja con la copa de leche vacía, susurró al oído de la baronesa:
--¡Estoy mejor!... ¡Estoy mucho mejor!... He resuelto empezar á pintar. Iré por ahí, tomaré apuntes de paisajes...
Nadie le contradijo. Levantado al otro día más temprano que de costumbre, afeitado, aseado, galvanizado, dijérase que, en efecto, recobraba la salud por instantes. En la sala del piano, donde acostumbraban pasar la velada, sobre anchurosa mesa antigua, de caoba lustrada por el uso, dispuso el artista que se colocasen y extendiesen los chirimbolos del oficio. De todo había traído en abundancia: rollos de papel, cajas de lápices, lienzo imprimado, pinceles, tubos de color; la baronesa suministró el caballete. Domingo, el criado que atendía al artista enfermo, sin repugnancias ni aprensiones de contagio, acudió solícito á evitarle la fatiga, á arreglar y limpiar tanta menudencia. Mientras el servidor frotaba, ordenaba, dejaba la paleta libre de cazcarrias de color seco, reluciente de aceite, como bruñida, Silvio, desde su sillón, seguía las operaciones con ansia, pareciéndole que se tardaba mucho en terminar. Sobre un tablero extendieron el papel gris y lo sujetaron con chinches: Silvio no sabía si empezar por un pastel ó un óleo, y también en largo bastidor le clavaron lienzo... Cuando todo estuvo corriente, formado, en orden los pinceles, las brochas, las buretas, el frasquito del barniz secante, á buena distancia del caballete, levantóse Silvio, rechazó la manta con que la baronesa le había cubierto las piernas, como siempre,--y á paso vacilante se acercó á la mesa, exprimió color de los tubos, encajó el pulgar izquierdo en la paleta, agarró el tiento, un puñado de pinceles... Quería “manchar” cualquier cosa...--De repente un vértigo le cubrió de sombra las pupilas, una mano de bronce le cayó sobre el pecho: era la palma de un gigante obscuro, que había entrado por la abierta ventana, y que, del manotón le arrancaba paleta, pinceles, todo... Y desvanecido, Silvio soltó los instrumentos, y recayó en el sillón, gesticulando insensatamente. Sobrevino el ataque de nervios, anunciado por el primero de los rugidos estertorosos que habían de llegar á ser forma usual y aterradora de su queja...
Desde aquel momento, los trebejos de pintar desaparecieron; el artista no volvió á reclamarlos, no porque se hubiese penetrado de la verdad tremenda, sino porque sus fuerzas decaían, y entraba en ese período en que el enfermo no atiende sino á sufrir. No era su lenta agonía la extinción suave, insensible, de la vida del pájaro, que habían predicho las monjas; entre todas las formas del mal, había tocado en suerte á Silvio la más cruel. Su enfermedad empezaba á ascender hacia la cabeza. Por momentos, las alucinaciones de Busot volvían, pero no humorísticas, sino terribles, delatoras de que un instinto misterioso anuncia siempre á nuestra sensibilidad lo que la razón impotente y torpe se resiste á ver. Mientras Silvio creía, despierto, que recobraría la salud, dormido el alma le avisaba, profética, con graznidos de ave sepulcral.
Sobre todas las demás sensaciones angustiosas, percibía una, casi intolerable: la de la disociación.--Silvio, que tanto había aspirado á sobrevivirse afirmando su individualidad victoriosa, sentía vagamente disolverse los elementos que la componían.--Era sin duda el trabajo sordo, obscuro, de la enfermedad en su cerebro, desbaratando esa trabazón de las percepciones en que se basa la unidad de la conciencia; era el soplo del mal, haciendo oscilar la luz, columpiándola antes de extinguirla, dispersándola en el vacío. Silvio, como artista y sensitivo afinado y refinado, había reconocido siempre poderosamente la identidad de su sér; pero al presente, horas enteras, bañado en viscoso sudor, molidos los huesos por la prolongada estancia en el lecho, invadida la cabeza por las colonias microbianas, perdía la noción de su realidad, se sentía hundido, anegado en la naturaleza enemiga, en la dañina materia. Era una percepción sorda y confusa del aniquilamiento de lo único que nos sostiene y escuda contra el empuje de las fuerzas desintegradoras: del _yo_, esa enérgica reacción de un individuo contra lo que no es él.--Y, alzando la húmeda y descolorida frente, Silvio repetía con la dolorosa sonrisa de los martirizados:
--¿Sabe usted, baronesa, que esta noche soñé que era hierba, y que me pastaban los bueyes?
--La hierba es una cosa muy bonita--contestó la baronesa afectando buen humor.--Justamente hoy el día está magnífico, y usted se va á poner elegante y se va á sentar en la terraza, sentadito, ¿eh?, no tendido en la cama, sino sentado, porque es usted muy comodón, y acaba por perder fuerzas... Ya instalado allí, tranquilo, verá la labor de la hierba, que es preciosa...
Cumplióse el programa. Silvio, alentado por la dulzura aterciopelada del aire, y en una de esas rachas de leve mejoría que traen á los enfermos de muerte repentino engreimiento, se vistió, se acicaló, calzó las elegantes botas inglesas que gastaba en el castillo de Alorne. Y con su presunción de niño, murmuró, pavoneándose:
--Me he arreglado como si estuviese en el _manoir_ de la Condesa de los Pirineos.
Minia, algo picada, preguntó, con la tolerancia que se otorga á los enfermos:
--¿Hay una _toilette_ para sus grandes amigas de Francia, y otra para las de España?
Silvio, en vez de responder, tomó la mano de Minia, y la besó. El amistoso reproche era fundado, y el artista, en su ingenuidad, se acusaba muchas veces de cierto esnobismo.
--Mis grandes amigas de Francia--murmuró--acaso no serían capaces de sufrir mis chinchorrerías de enfermo... Soy un tonto, ya lo sé.
--Ya lo sabemos...--articuló riendo la compositora.--Ea, basta de etiquetas, y vamos á ver la corta de la hierba, que es una sonatina pastoral encantadora.
Salieron, apoyado Silvio en el brazo, todavía tan fuerte, de la baronesa. Costábale trabajo andar; arrastraba los pies como un viejo; se cansaba, se detenía. Sin embargo, vencida la cuestecilla entre el patio y la terraza, respiró un poco mejor, dilató con delicia las fosas nasales. Era que acababa de inundarlas la bocanada del perfume más idílico: el de la hierba, no recién cortada (que entonces no embalsama), sino ya medio seca por el sol encima del mismo prado, y removida para voltearla.
En efecto, esta era la labor. Á distancia, el prado, cubierto de hierba extendida, en vez de su color verde tenía tonos de plata tostada, sedeña; y sobre el fondo de esta cosecha impregnada de sol, trasegándola con los horcados, nadando en ella, las mozas, de refajo grana y pañuelos amarillos, trabajaban entre risas y canciones. Era imposible concebir cuadro más atractivo.
Se habían elegido por volteadoras rapazas aniñadas aún, de rubia trenza, de pies menudos, ágiles dentro del zueco ó del grueso zapato; y cumplían su tarea jugando, desafiándose á arrojar más arriba la desflecada plata de la hierba.
Alrededor del prado gallardeaban las rosas en flor, y en el horizonte, el bosque de castaños tendía un tapiz de verdura honda y reciente, sobre el azul del cielo lavado y vivo como una acuarela. Silvio se extasió desde su butaca. Experimentaba esa impresión de calma y seguridad que produce una residencia como Alborada, cuando la animan las labores campestres. El perfume de la hierba le embriagaba. Y la gran poesía de todo aquello, la formuló con la más vulgar incongruencia.
--¿No le dan á usted envidia algunas veces los jumentos?--preguntó á Minia.
--Mil veces. No habría cosa más simpática que poder soltar la razón, depositándola en una cajita bien cerrada, para recogerla cuando á uno se le antojase. Nuestra tortura viene del cerebro. Las sensaciones plácidas del asnillo en el prado nos aliviarían. ¡Porque, verdaderamente, Silvio, ni aun el sueño nos reposa! Entre sueños, se activa la vida ilusoria, toman cuerpo las ilusiones, y se sufre también.
--Entre sueños--aprobó Silvio--es precisamente cuando se me ocurren á mí cosas estupendas, y me traigo una batalla de desatinos, que se disfrazan de concepciones sublimes. Entre sueños pinto cosas magníficas, y con facilidad asombrosa creo obras maestras. Y las veo, las veo concluídas, radiantes... Entre sueños también lucho con endriagos, fantasmas y visiones que me destrozan... ¡El sueño! Sobre todo desde que enfermé, el sueño no me restaura: me aplana ó me excita.
La parte soñadora de nosotros mismos debe de ser la que sueña, y la que nos restauraría sería la animal, y más aún la vegetativa, el tranquilo cumplimiento de funciones puramente naturales... Por esto envidiamos al jumento cuando se hunde entre los mullidos tablares del prado.
--¡Qué bien me hace el olor de la hierba!--declaró el artista. Y en efecto, los tres ó cuatro días que duró la labor, la mejoría de Silvio pareció sostenerse. No era sino un alto en la enfermedad, cosa frecuente en estos males de consunción; pero bastaba para sostener el optimismo de Silvio, el convencimiento extraño de que no podía morir. No cabía en la cabeza del joven la idea del desenlace. Las señoras empezaban á pensar con angustia en el momento en que la Esqueletada, llamando á la puerta con sus secos nudillos, trajese la terrible y bienhechora verdad, clavase negro alfiler á la mariposa del alma...
Minia había oído hablar mil veces del tenaz optimismo de los tísicos, pero lo creía una de tantas leyendas. Al comprobar la realidad del fenómeno se admiraba.