La Quimera

Part 30

Chapter 303,705 wordsPublic domain

--Aquí no dice que el retrato sea el de usted... Es una invitación como todas... Taza de té y exhibición... Verdad que en el mío añadía: “Retrato, obra de Marbley”.

Por respuesta, Silvio revolvió en la cartera un poco y descubrió la otra misiva, la del sobre gris con lacre blanco, fechada en el extranjero, y la tendió á la Condesa.

--Estoy siendo indiscreta--murmuró ella como á pesar suyo; pero no rehusó la carta: la descifró é hizo un gesto de desagrado, el que se hace á la vista de una lacra física ó una bajeza moral.

--No dice aquí tampoco expresamente que el bellísimo retrato que va á exhibirse al regreso á París, y que ya casi no se parece al original, sea de usted; con todo, ya estoy segura. Las precauciones no se han olvidado un momento, la premeditación parece evidente. ¡Miseria!--murmuró hablando consigo misma.

--Sí--confirmó Silvio,--¡miseria! Es cosa pensada, combinada fríamente. Es la segunda parte de la escenita, por usted, señora, presenciada y reprobada en casa del modisto...

--Siempre hay algo debajo de estas cosas...--murmuró la dama.

Silvio, en medio de su ira y su confusión, conservaba el sentido del gesto artístico, de la bella actitud. Su instinto le dictaba lo que era preciso decir y hacer para impresionar favorablemente á su repentina amiga. Con sencillez de buen gusto pronunció:

--Nada que ofenda á Madama Porcel suponga usted, Condesa... Caprichos de mujer bonita, antipatías... ¡qué sé yo! Mi situación no es por eso menos crítica. Y, á no recibir de usted el generoso don del interés que me está demostrando...

--Es usted un hidalgo de su patria--declaró afectuosamente la señora--Sea cualquiera el móvil de la conducta de Espina (no profundizo), esto no se quedará así. ¡Esto no se hace entre nosotras!

--Señora, yo respeto en medio de todo á Madama Porcel, pero no creo que tratándose de usted y de ella, pueda decirse _nosotras_. Cuando una dama como usted dice _nosotras_, debe mirar lo que dice.

La audacia no desagradó á la Pirineos. Concordaba con sus íntimos sentimientos, con protestas frecuentes de su altivez y su decoro ante ciertas promiscuidades y transigencias del mundo. Hay desplantes que son homenajes. Silvio lo comprendió al ver que un ligero carmín se extendía por las mejillas, ya algo marchitas, pero limpias de afeite, de su ilustre interlocutora.

--Acaso tenga usted razón...--articuló.--No he dejado de pensar... En fin, vamos, vamos; he de poner en claro esto... Cuando me acerque á Espina, desvíese usted un poco...

Regresaron al jardín de invierno y al salón modernista, tratando de realizar el casi imposible de conferenciar con la dueña de la casa, sin testigos, en medio de una reunión. La gente se retiraba, desfilando discretamente algunos; pero otros se entretenían en despedidas y felicitaciones, preguntando por qué el maestro no había concurrido á recibir enhorabuenas, y encargado á Espina que se las transmitiese. Los íntimos, ó que presumen de tales, forman á esta hora piña más compacta, y se arriman á la dueña de la casa, para convertir en tertulia alegre lo que era ceremonioso sarao. Valdivia, sonriente, carenado por la cura termal, en apariencia el hombre más feliz del mundo, había abandonado el rincón del fumadero, donde se escondía desde la llegada de Silvio. Al ver que se acercaba la Pirineos, sola ya, buscándola, creyó Espina que trataba de marcharse, pues solía ser de las primeras en hacerlo; pero lejos de corresponder al movimiento de la Porcel, que tendía la mano para expresivo adiós, la Condesa se plantó tranquila, dominando sus nervios.

--¿Nos ha enseñado usted, _ma belle_, todo lo que se proponía hacernos ver esta noche? ¿Estoy mal informada al creer que nos oculta otro delicioso retrato, que á fuer de amiga del Sr. Lago--y con doble retintín que en casa del modisto, la gran señora recalcó la palabra,--ardo en deseos de admirar?

Espina, sobresaltada, vaciló un momento. Sus ojos de ágata, que la enfermedad rodeaba de livor disimulado por artificios, se fijaron en Silvio, cortantes.

--¿Otro retrato?--silabeó.--¡Ah! Sí, en efecto; perdóneme.

--Pero ¿cómo no ha tenido usted la buena idea de exhibirlo al mismo tiempo que el del Sr. Marbley?--insistió la Condesa, que se decía á sí misma:--“Es muy incorrecto lo que hago... Pero sublevan demasiado ciertas infamias...”

--¡Oh!--dejó caer Espina lentamente.--Para exhibir, para convocarlas á ustedes, tenía que tratarse de un maestro... Lo de Lago es muy mono; un juguete, una fantasía...

--Sin embargo--insistió la Condesa,--el señor Lago esperaba, fundado en palabras de usted...

Hablaba ya fuera de sus casillas, perdido el aplomo á fuerza de indignación:

--Ya sabe Lago que se le protege--declaró altaneramente Espina, que, al contrario, se aplomaba, recogiéndose para luchar.--No se puede ir tan aprisa; lo comprenderá, Condesa... No se quejará de mí... Le he presentado á usted, por ejemplo... Lo demás vendrá á su hora...

--¡Me perdonará usted, sin embargo, que insista! Desearía ver hoy mismo el trabajo del Sr. Lago... Esperaré á que la sea fácil complacerme...

Se habían vaciado casi por completo las estancias. Quedaba la Villars-Brancas, que solía navegar de conserva con la Pirineos, la joven Secretaria de la Embajada española, algunos muchachos adoradores y cortejadores de la Porcel en las barbas (sobre todo en las barbas, porque era más divertido) de Valdivia, y en un rincón, fiel á la consigna, Silvio, haciéndose el indiferente, esperando. El brasileño se había evaporado; no se le veía. Espina, escudándose en sus aniñadas versatilidades, rió, y acercándose á la Pirineos, murmuró condescendiente:

--Ya que usted se empeña...

Hizo una señal al grupo, una indicación graciosa á las damas, y todos la siguieron. Silvio dudó un momento; al fin, lentamente, echó detrás. Se dirigían al piso de arriba, por la linda escalera que arranca de la antesala y que visten tapicerías simbolistas, ejecutadas expresamente para Espina á cartón perdido.

Guiados por ella, entraron en el saloncito verde, cuyo tapizado de seda desaparece bajo brochado de ramas de almendro en flor, y que precede á la rotonda y al tocador de Espina.

Ésta se volvió, animada, chancera, y empezó á deshacerse en excusas verbosas.

--Siento el viaje que les voy á imponer, pero como la Condesa desea ver el retrato ahora mismo... Si no, podrían ustedes verlo mejor una mañana; yo lo bajaría, lo colocaría convenientemente...

--Pues ¿dónde lo ha colocado usted?--preguntó con sarcasmo fino la Pirineos.

--Es una desgracia... Como no tiene uno ya pulgada de pared disponible...

Á esta frase de la Porcel dieron respuesta el ¡oh! exasperado de la Condesa y la risa sofocada de los galanes. Silvio, desde la puerta, oyó. No había medio de no reirse. En todo el salón sólo pendían de la pared dos diminutos y lindísimos grabados.

Silvio, aunque no era camorrista, sintió cosquilleo en las manos, ganas de hartar de bofetadas á los galancetes de la risa... ¿Por qué no se encontraba Valdivia allí? Y la voz de Espina, una flauta de plata, moduló:

--Vengan ustedes, excúsenme... Tengo que llevarles á mis habitaciones enteramente particulares...

Pasaron primero á la rotonda donde la Porcel se tendía y fumaba sobre la meridiana; después al tocador propiamente dicho. La Pirineos murmuró al oído de la Villars:

--¡Qué paseo tan extraño nos hace dar! Se me figura que tendremos que salir de aquí para siempre...

Todo el mundo se deshacía en elogios. Las habitaciones eran una delicia: no se parecían á ninguna otra. Á su despecho, la misma Condesa reconocía el gusto de la dueña, su acierto exquisito.

Se olvidaba el objeto de la excursión, y sobre todo al autor del retrato, á Silvio, rezagado, estremecido, presintiendo ya, sin comprender del todo aún. Iba como entre sueños por aquellas habitaciones que conocía de sobra, y en cuyas paredes buscaba inútilmente su labor... ¿Dónde estaba, no estando allí?... De pronto, Espina hirió un timbre y apareció la doncella de guardia, la mulatita brasileña que mil veces le había servido, de la cual había deseado hacer un boceto al pastel. Espina ordenó, en voz aguda:

--_Eclairez..._

Y franqueada la puerta interior del tocador, se vió, al fulgir de las luces eléctricas, una especie de ropero, una de esas habitaciones útiles, cubierta de armarios de barnizada y sólida madera, y en un rincón, medio tapado por los armarios que proyectaban sombra, entre una fotografía de jockey y un calendario--evidentemente el museo de la doncella,--el encantador pastel primaveral, el busto de Espina surgiendo del ideal boscaje de rosas, al parecer recién cortadas. Hubo un instante de embarazoso silencio. La intención despreciativa que semejante colocación revelaba era patente. Había allí mofa, bofetón. Nadie sabía qué actitud tomar. Al fin, uno de los galancetes rompió á reir, y los demás le hacían coro, cuando la voz de la Pirineos se alzó, dominando la explosión burlona.

--La felicito y la doy el pésame--articuló conteniéndose para mejor asestar el golpe.--La felicito, por tener tan hechicero retrato; y la doy el pésame, por haberlo colocado donde ni aun sus conocidos podemos verlo, sin arriesgarnos á que nos tache usted de excesiva confianza. Deploro haberla tenido... aunque, bien mirado, á eso debo un hallazgo inestimable. Señor Lago--añadió volviéndose hacia Silvio, más blanco que enyesada pared,--no conocía su trabajo. Si la señora Porcel lucha con la dificultad de no tener sitio en su hotel moderno para una obra maestra, yo me alegraría de enriquecer con ella el viejo palacio de los Pirineos, ó mi castillo de Alorne, que estoy restaurando. Y si usted, señora Porcel, no quiere deshacerse de esa joya, yo no por eso renuncio á poseer un retrato hecho por el señor Lago. No soy un modelo tan brillante, pero el arte lo vence todo.

Y con un movimiento de “gran aire”, de altivez soberana velada en cortesía, la Pirineos tomó el brazo del artista, esbozó una ligera inclinación á la Porcel, sonrió á los demás y se retiró al través de las habitaciones iluminadas, perfumadas, por la escalera “digna de un zapato de raso”, saliendo directamente al vestíbulo. Allí dijo á Silvio, con quien no había cruzado palabra hasta entonces:

--Hágame el favor de pedir mi abrigo.

Mientras el artista transmitía la orden, en su cabeza sentía como un estrépito de galera; sus arterias saltaban. La excitación nerviosa se desbordaba. Un torrente de sentimientos devastaba su alma impresionable. La vida le parecía otra. Y se asombraba, no de la malignidad de Espina, sino de que aquella malignidad la hubiese él saboreado un día como extraño confite, y la hubiese tenido por signo de elevación en las categorías humanas. Es de las cosas menos lógicas, pero más usuales, que el desarrollo natural de un carácter que conocemos nos sorprenda amargamente cuando nos afecta. Admitimos complacidos, bromeando, un bribón teórico, una bribona abstracta, y empieza la indignación cuando nos traicionan y nos hieren. Ahora le parecía á Silvio que lo verdaderamente distinguido y raro es la bondad, la justicia, la cólera contra felones y miserables.--Se recreaba en la majestad de una gran señora, que era buena, tres veces buena.

Cuando la ayudaba á subir al coche, alzó hacia ella el rostro, y la Condesa vió que los ojos del artista estaban vidriados por un velo de humedad.

--Niño, niño...--murmuró dulcemente.--Serénese usted... Esto pasó... Aquí tiene mi tarjeta para que sepa mis señas. Me encontrará, excepto los jueves, de tres á cinco. Me complaceré en presentarle á mis amigas. Confío en que retratos no le han de faltar.

Y como Silvio, entre un murmullo de respeto y enternecimiento, la besase la mano con unción, lo mismo que en casa del modisto, la Pirineos, firme en su preocupación del español creyente é hidalgo, añadió:

--Estamos en una triste época; y al ver lo que hacemos las mujeres de nuestra justa altivez, no debemos extrañar lo que hacen los hombres de la suya... Yo no olvidaré esta lección. Escogeré mejor en lo sucesivo mis relaciones, y las conoceré, no sólo por la apariencia dorada y la vanidad frívola, sino por lo que no puede engañar, por su origen y sus antecedentes... Usted es extranjero, de un país noble, heroico. No crea que este tipo de mujer se parecía al de la aristocracia francesa.

Tomó de los fuelles de piel de su berlina el _carnet_ donde apuntaba sus visitas, y buscando rápidamente el nombre de la Porcel, lo rayó con un rasgo enérgico del lapicerito de oro.

--Adiós, hasta lo más pronto posible--añadió entre una sonrisa y un saludo de la mano; y para dar fin á la escena, ordenó al lacayo:

--¡Á casa!

Silvio se quedó de pie en la acera, palpitando de un gozo y de una esperanza que le movían á alzar los ojos hacia el firmamento, alto, estrellado y frío, con ese gesto que hacemos involuntariamente para referir nuestras grandes emociones á algo mayor que ellas, á lo verdaderamente inmenso, á lo que nos envuelve y protege con su magnitud.--La helada, que parecía descender de la majestuosa bóveda salpicada de joyeles de pedrería, le sobrecogió; y la sensación glacial que recorrió sus venas y sus huesos se enlazó con la idea vagamente religiosa que descendía de los astros, de las constelaciones radiantes.

VI

ALBORADA

Sentada ante la mesa granítica, bajo el toldo claro de las acacias en flor, Minia Dumbría no acababa de resolverse á abrir el correo, y seguía enfrascada en un librote, cuya portada rezaba:--_Argos Divina.--Nuestra Señora de los Ojos grandes._--El correo la producía fastidio, con los diarios que inunda la contradictoria información telegráfica, con las revistas también inficionadas de noticierismo intelectual, con el epistolario aburguesado por las postales; y siempre vacilaba, antes de sufrir el chaparrón de papel.

Acertó á pasar la baronesa, empuñando su tijera de podar y su navaja de injertar.

--Tienes ahí--exclamó--una carta de Silvio Lago. ¿Por qué no la abres?

--¡Verdad!--respondió la compositora.--Y ya no está en Busot. El timbre es de Madrid.

Rompió el sobre y descifró la epístola, de esa letra rasgueada, dibujada, que es la letra de tantos pintores.

--No ha mejorado--advirtió Minia.--Cansancio, sudores copiosos, inapetencia, destemplanza... En Busot debió de ser alta la fiebre... Dice que de noche sostenía animados diálogos con la caja de cerillas y la palmatoria... Que se batió tres días con una paella amotinada en el estómago. ¡Ah! Que nuestro Alejandro San Martín le ha visto y le ordena campo, tranquilidad... Que te pregunte si permites que venga á reponerse un poco, antes de emprender el regreso á Francia...

Preocupación grave se traslució en el rostro de la señora, y su mirada, á pesar de la edad tan viva y despierta, se ensombreció un momento, cruzándose ansiosa con la de su hija.

Las dos miradas expresaban un convencimiento igual. Minia fué la primera á formularlo.

--Viene á morir.

Callaron. La tarde era divina, serena, radiosa. Otros años, en el mes de Mayo, habían tenido que usar pieles; pero en aquél, la primavera vestía de gala, el aire parecía entibiado por un hálito de amor. Los tapetes verde manzana de la hierba se mostraban salpicados de ranúnculos, cicutas y prímulas silvestres; las locas gramíneas alzaban sus airones y desparramaban su lluvia menuda de mostacilla temblante sobre invisibles hilos; las biznagas extendían su blanca umbela; las primeras mariposas, vanesas amarillas y apolos de carmín, revoloteaban nadando en un céfiro benigno, que las mecía con halago; y la vida inquieta, rebosante, de la Naturaleza, se estremecía en el renuevo de la vegetación, en los gorgoritos frescos del agua del surtidor, que recae emperlando de rechazo las hojas carnosas, duras, de las últimas camelias.--Minia contempla un instante el jardín, el prado, sobre cuya linde los rosales en lujosa floración tienden guirnaldas Luis XV. Y, pensativa, repite despacio:

--Viene á morir... ¿Qué le respondo?

La baronesa, en un arranque, grita:

--Que venga... Que nos avise, para esperarle en la estación con el coche... Y el lunes, á Marineda, á comprar mantas nuevas... Voy á enterarme de si hay sábanas en abundancia... Las asistencias piden ropa...

* * * * *

Silvio llegó como diez días después. En el andén le aguardaban muy preocupadas las señoras; sabían que ningún criado acompañaba al enfermo, y temían que viniese destrozado de tan largo y molesto viaje. No se engañaban. Para saltar del coche hubo que auxiliarle, que suspenderle. No le sostenían las piernas. En cambio, Bobita se disparó de la perrera como demente, con brincos de alimaña fantástica, con rugientes ladridos, y arrastrando al criado que la asía por la gramalla.

En el cesto, que corría por ancha carretera hacia las Torres, á la claridad franca del día despejado, Minia examinó al artista con esa avidez curiosa que despiertan las faces humanas donde buscamos la impronta del postrer sello. Aun descontando la fatiga, la ofensa del polvo y de las partículas de carbón sobre la tez, todavía asustaba la cara de Lago.

Sus mejillas se hundían, y bajo la gorra inglesa de viaje, sus orejas de cera se despegaban y transparentaban la luz solar. Sus ojos, cercados de livor, mazados, tenían en la pupila esa transparencia acuosa que revela, antes que síntoma alguno, la rapidez de las combustiones que, desnutriendo el organismo, determinan la consunción.

Para disimular, Minia charló, chanceó. Al pronto Silvio respondía animado; luego pareció abatirse. Enmudecieron. Á una revuelta, el artista preguntó;

--¿Llegaremos pronto?

--En seguida--afirmó la baronesa, mintiendo piadosamente.--¿Qué, no conoce el camino? Media legua faltará.

--Es que no veo la hora de estar en Alborada... Allí en seguida voy á ponerme bueno.

--¡En seguida!... Es decir, á los pocos días... Le daremos cosas muy sanas, muy rica leche. Ya le tengo un pellón de manteca fresca, de la que le gusta. Y pollito asado, _lirpas_ y mariscos.

Silvio sonrió con placer pueril.

--¡Es lo único que necesito! Comer mucho, y cosas que me sienten. Lo que yo tengo no es más que eso: la pícara inapetencia, y, de ahí, la debilidad; ¡pero qué debilidad, Minia! No puede usted figurarse. Una desesperación. ¡Ahora que me faltaban manos para tanto retrato como en el otoño me saldría en París!

--No hable usted mucho; cuidado--advirtió Minia.

Involuntariamente se palpó la falda, hacia donde caía el bolsillo. Acordábase de que en él llevaba una carta de Alejandro San Martín, el cual, habiendo reconocido á Silvio, hablaba de pulmón atacado ya, de tuberculosis difusa.

--Va usted á ser juicioso, á dejarse cuidar--agregó la baronesa.

--Sí--asintió él;--pero no me ha de embutir usted con el atacador... ¿eh? Comeré de lo que se me antoje, la cantidad que quiera. Y mejor si no me enteran antes del menú. Estoy muy caprichoso... ¿Se acuerda usted de cuando yo decía que la felicidad es una buena digestión?

Calló, y dejó caer la cabeza, dando señales de desfallecer. La baronesa ordenó al cochero:

--¡Arrea! ¡Aprisa!

Restalló la fusta, trotó largo el tronco, y un granujilla de la aldea, que iba agarrado al juego trasero sin que le viesen, rodó al polvo, mientras otros de su calaña, que diableaban en la cuneta, chillaban á coro con entonaciones burlescas:

--¡Tralla atrás! ¡Tralla atrás!

Silvio, confortado, sonrió.

--¡Cómo conozco todo esto! Aquí, y sólo aquí, ¿lo oyen ustedes?, está la vida.

Revolvían ya por el provincial que entre pinares y labradíos conduce á Alborada, paisaje más campestre, no profanado aún por la promiscuidad de tabernas y tenduchos que festonean el real. Desde que nos acercamos á Alborada hay más soledad, más rusticidad; huele á trementina, á madreselva, á lejanas brisas salitrosas, á fiemo de vaca. Se corta la cinta de villas, casuchas, molinos, tapias, prolongación de los arrabales de la floreciente Marineda, y entramos en la región aldeana, en la Mariña rural. El aroma resinoso de los pinos que brotan su tierna ramalla encantó á Silvio.

--¡Qué fresco tan delicioso!--murmuró.--En Alicante y Madrid, el calor me agobiaba. ¡Sudar siempre! ¡Derretirse!

Habían pasado ante quintas antiguas, ante otra de enverjado moderno; y á la nueva revuelta surgieron las blancas Torres, caladas por ventanales atrevidos, dominando el valle, resaltando sobre un fondo de arbolado sombrío, denso, sin límites visibles de murallas.

Minutos después Silvio descendía del coche en el patio. Su habitación estaba preparada, su cama hecha. Propusiéronle que se acostase sin tardanza; se avino, y del brazo de un criado antiguo destinado á servirle, subió las escaleras casi exánime. Pero encontró agua templada, jabón, toallas; el servidor abrió la maleta y le sacó ropa limpia, le cepilló la de paño; y aseado, reanimado, quiso bajar, cruzó el atrio de la capilla, y por su pie se acercó á la mesa de piedra.

En vez de las sillas de hierro le trajeron una butaca ancha y cómoda, y se dejó caer en ella, rendido pero entusiasmado.

Ansiosamente contempló el panorama. La tarde caía; el crepúsculo iba á ser interminable. Era difícil explicar en qué se notaba que el día tocaba á su fin; acaso en que la claridad era mansa, como enlanguidecida, velada por misterioso tul que no podía llamarse sombra. Todo reposaba tranquilo. El poniente se esmaltaba de nácares deliciosos, como los de las auroras. Los montes lejanos, la ría que engañaba fingiendo un lago cerrado por anfiteatro de colinas, se teñían de matices armoniosos fundidos suavemente, de pastel pasado. Bajo la terraza, las madreselvas y las grandes daturas venenosas aromaban intensas. El humo de las cabañas flotaba inmóvil en la paz del cielo y del suelo. Y, de lo alto de las acacias, llovían con regularidad, acompasadamente, las blancas florecitas, aljofarando la arena, y se creería que su descenso era una cadencia musical, un ritmo de melancolía. El lucero empezaba á ser visible. De la parroquial de Monegro vino el toque de oración.

Silvio alzó la cabeza transportado.

--No quisiera ahora haber salido nunca de aquí. ¡Cuando pienso que me había jurado no poner los pies en Alborada hasta ser célebre!

--No piense ahora en eso... Descanse... Lo que tiene usted será agotamiento, Silvio--advirtió la compositora.--Ha sufrido usted mil ansiedades, ha padecido mil privaciones, y eso destruye...

--¡Ah!... Ya sé que esto no es de cuidado...--murmuró él lleno de optimismo.--Pero ¡qué contrariedad! ¡Qué desbarate de planes! Ahora debía yo encontrarme en el estudio de Dagnan Bouveret, ó en el castillo de la Condesa de los Pirineos, pintando un techo para el gran salón... Y ¡preso! ¡preso!--añadió, olvidándose de los himnos antes entonados á Alborada.

Miraron hacia el camino: por él cruzaban figurillas pintorescas. Eran, traveseando, pegándose, los niños de la Escuela de las Hijas de la Caridad, fundación hecha por una vieja ricacha; era un cura de aldea, de sombrerón de fieltro, caballero en un rocín; era un inmenso carro de ramalla que atascaba el anchor de la carretera; era una pescadora de Areal, de retorno, con su patela ya vacía. Y cuando se despobló el camino, cuando dejó de pasar gente y se extinguió el chirriar de los carros, exclamó Silvio:

--Sale la luna... ¡Tengo frío!