La Quimera

Part 3

Chapter 33,790 wordsPublic domain

--Mis amigos me llaman Minia--advirtió ella benignamente, apiadada por lo que ya iba adivinando.

--Mil gracias... Decía que á veces leo en los periódicos que echan el guante á un monedero falso, y me asombro de que no prendan á los infelices que sofisticamos lo más sagrado, el arte. ¡Envidiable suerte la de usted! Contra la corriente de los convencionalismos; desdeñando ataques y groserías, escribió usted sus famosas _Sinfonías campestres_, empapándose en el sentimiento aldeano: en la realidad. Así han llegado á todas partes, por la verdad que contienen. En Buenos Aires las oí tocar, las vi aplaudidas. Como la necesito á usted, no digo más: creería que soy un adulador...

Los ojos de Minia, pequeños, durmientes, se llenaron un momento de infinito.

--¿Allí las oyó usted?

--Todas... Y me conmovían mucho. Usted y yo hemos nacido en el mismo pueblo, en Marineda. Mientras no salí de él... experimentaba hacia usted hostilidad. No sé por qué; sería porque hablaban de usted continuamente... y yo era un niño, y á esa edad no sobra la benevolencia. ¡Al contrario!--Después, cuando me vi tan lejos... la nombraban á usted, ó á cualquier persona ó cosa de la tierra... y me entraba alegría.

--¿Quiere descansar un momento? Me va usted á contar eso; su vocación, sus viajes.

--No, señora--negó él en seco.--Perdone... Primero he de poner el retrato á cierta altura.

--Como guste; usted es quien ha de dispensar--respondió Minia en tono de cortés indiferencia.

--¡No adopte expresión enojada! La de antes, la de antes--suplicó Silvio, contrito, apurado como si le acaeciese la mayor desventura.

--De eso sí que no respondo... ¿Quién se acuerda de lo que producía esa expresión? Intentaré pensar en lo mismo que pensaba...

Volvió á descansar la mirada en el paisaje; quiso perderse, confundirse, diluir su personalidad en las lejanías color amatista de los montes que formando anfiteatro lo cercaban. No pudo: el conocido murmurio de notas, la efervescencia musical, era invencible. Hubiese deseado estar sentada ante el piano, traduciendo todo lo que--con la vaguedad del boceto al pastel en que se afaenaba Silvio--hervía dentro de su cerebro fácilmente excitable. Como la ola tras la ola, y aun del modo continuo y presuroso que cae el surtidor en el tazón, los elementos de un poema sinfónico apuntaban y se desvanecían.

--¡La expresión de antes!--pensaba para sí.--Si éste es artista, si posee sensibilidad, no ignorará que no nos bañamos dos veces en la misma agua, ni se reproduce el mismo minuto de nuestra vida.

Silvio, entretanto, voluntariosamente, trabajaba; tenía, en efecto, la mano ligera, la afluencia del toque, la justeza rápida de la entonación; el parecido con el modelo se establecía desde el primer instante, y de sus yemas febriles, ágiles, embadurnadas, salían al papel matices deliciosos, medias tintas de una armonía suave, comparable á la de los celajes cuando amanece, claridad ligeramente velada de niebla perlina. Su colorido encarnaba, pero encarnaba por un estilo inmaterial. Aquel pastel, que reproducía una cabeza de mujer, ni joven ni hermosa, un rostro enérgico, lleno de imperfecciones, era, sin embargo, elegante á la moderna, exquisitamente elegante, por la manera de estar _puesto_, y tenía lo blando y fino del natural idealizado.

Una serie de exclamaciones admirativas de la baronesa de Dumbría, que acababa de entrar, hizo levantarse á Minia. Se situó ante el caballete. El pastelista interrumpió su tarea: esperaba ansioso. La compositora, echándose atrás, dijo solamente:

--Bien, bien. No tema usted que le diga “¡qué bonito!” Los planos de la cara son esos: la simplicidad del conjunto me agrada.

Y volvió á posar, arreglándose las gasas medio descompuestas.

* * * * *

Ya no estaban en la sala baja de la torre, de anticuado mobiliario, de paredes cubiertas por bituminosas pinturas. Era en la terraza, bajo la bóveda de ramaje de las enormes acacias, de las cuales, no con violencia de remolino, sino con una calma fantástica, nevaban sin cesar miles de hojitas diminutas, amarillo cromo. Bajo la alfombra de la menuda hojarasca que moría envuelta en regio manto áureo, desaparecía el enarenado del suelo completamente. Los sillones de mimbre que ocupaban Minia y Silvio se adosaban á la baranda de hierro enramada de viña virgen, sombríamente purpúrea; Taikun, echado en la postura de las liebres, insólita en los canes, atrás las dos patas saliendo de enormes bombachos de pelambre fosca y fulva, levantaba de tiempo en tiempo su cabeza de alimaña de pesadilla, y mosqueaba el plumero de su cola.

--Tiene usted que perdonarme--decía Silvio--aquella negativa exabrupto. No quería adelantar nada, mientras usted no se convenciese de que no soy enteramente un desgraciado sin pizca de disposición. ¿Qué podrían interesar á usted las ambiciones y las ansias de esos míseros que no poseen elementos para llevarlas á la realidad? Y usted me creyó uno de ellos.

--Así es--respondió Minia lealmente, dejando sobre la mesa de piedra el libro.

--Lo comprendí. Yo soy muy listo: nada se me escapa. ¡Ay, lo que pensará de mi presunción! Pero no importa, es cierto. Ejercito una especie de adivinación de los pensamientos y las intenciones. Conozco á los demás acaso mejor que me conozco, y de una palabra ó un gesto deduzco... ¡Asusta lo que deduzco!--Usted quería darme despachaderas, y si no es por la baronesa...

--No extrañe usted mi recelo. Siempre un retrato...

--Sí; entendido... En fin, gracias á Dios, no está usted quejosa del suyo.

--Al contrario. Contentísima.

--Me atreveré entonces... Echaré mi memorial... Deseo que ese retrato se lo lleve usted á Madrid y lo vean sus relaciones; quizás alguien me encargue alguno, y modestamente pueda sostenerme allí, estudiando. No tengo otra esperanza en el momento presente.

Minia reflexionó antes de contestar:

--Mi madre conoció á su padre de usted, y conoce á su tutor. Por ella supe... Temprano fué usted huérfano. ¿No le quedaron medios de fortuna?

--Pocos... Hoy casi nada. No me importa. Mi problema no es de dinero. Es decir, necesito el preciso para vivir y trabajar: no busco la riqueza por la riqueza. Aunque tengo mil caprichos refinados, me falta la casilla de la codicia. Se reiría usted si supiese cómo administro. ¿Bohemio? No; no es la nota bohemia. Es que no encuentro ningún goce en el dinero guardado. ¡Guardar! ¡Qué estupidez! Para cuatro días que se vive... Lo que me resta de la escasa hacienda de mis padres, que será una miseria y rentará unas perras, lo liquidaré á escape...

--¿Le atrajo á usted el arte desde niño? ¡Porque es usted bien joven...!

--Veintitrés...--pronunció Silvio.

Minia le consideró. Era todavía más juvenil que de veintitrés la cara oval y algo consumida, entre el marco del pelo sedoso, desordenado con encanto y salpicado en aquel punto de hojitas de acacia. El perfil sorprendía por cierta semejanza con el de Van Dick... Se lo habían dicho, y él se recreaba alzando las guías del bigote para _vandikearse_ más.

--Á los ocho años pedía por favor que me permitiesen ver dibujar. Á los catorce marché solo y sin amparo á Buenos Aires, porque mi tutor había resuelto que yo siguiese la carrera militar; decía que pintar es oficio de holgazanes. En Buenos Aires... ¡qué lucha! ¿Se lo cuento á usted todo? Sí, sí; con usted, desde el primer momento, he deseado la confesión. Se me agotaron los recursos. Tuve hambre. Trabajé de peón de albañil, sirviendo cal y yeso para ganar una tajada de tasajo. Desde entonces tengo el estómago endeble; el día que digiero bien estoy de excelente humor. Lo malo no es haberse estropeado el estómago... Es que vi la vida tan en crudo, en feo y en duro, que se me despellejó el corazón y crió callo. ¿Se da usted cuenta?... Después embadurné frisos, escocias... decoré... tonterías: pabellones, tocadores galantes... Últimamente ya me las arreglaba mejor, gracias á los retratos y á alguna tablita. ¡Volver á Europa! ¡Dibujar mucho! ¡Oler lo que se guisa en tres ó cuatro talleres de París y de Londres!

--¿Y quién le ha amaestrado en el pastel?

--¡Bah! Nadie. ¡El pastel! ¡gran cosa! Dedos, dedos,--y mucha triquiñuela y mucha picardigüela en el pulpejo; eso sí... Mejor que nadie conozco yo que todo cuanto hago no vale un pepino. Agradable, agradable, bonito, bonito... ¡Bonito! ¡Peste! Ansío subyugar, herir, escandalizar, dar horror, marcar zarpazo de león, aunque sólo sea una vez.

Minia meditaba,--una meditación palpitante.

--¿De modo que vocación, no profesión?

--¡Vocación... ó delirio! una cosa que parece enfermedad. Me posee, me obsesiona.

--¿Y... finalidad?--Interrogaba precavidamente, con tactación médica.

--¿Finalidad? Ninguna. ¡Por hacerlo!--afirmó Silvio, cuyos ojos color de humo claro relucieron con reflejos de acero desnudo.--Creo que ni por la gloria, es decir, lo que así se llama. ¡Por la dicha de hacerlo! Hágalo yo, y venga luego... lo que venga. Todo lo demás... ¡pch! ¡Ser alguien! ¡Ser fuerte, ser fuerte!

Y las lindas facciones se crispaban, y el rubio ceño se fruncía de un modo violento, casi torvo. La compositora guardaba silencio, el silencio de las cuerdas del arpa que aún retiemblan sin sonar.

--Malo, malo--dijo por último.--El caso está bien caracterizado. Todos los síntomas. Espero, en interés de usted, que rebaje la calentura.

--¡La padezco desde que nací, acaso! Si no es para eso, no tengo interés en existir. No crea usted: á ratos... se me quita la fe. Ayer mañana, por ejemplo, al venir de Brigos, me detuve en Areal. Tengo allí un pariente, hijo de una hermana de mi madre, panadero... Yo venía desfallecido; me dió caldo, _pifón_ y sardinas, y vi á su mujer y su patulea de criaturas. Se quejan de la suerte, de escasez, pero están sanos y son dichosos á su manera. Envidié esa manera.

--Tenía usted razón en envidiarla--afirmó lentamente Minia.--Sólo que es un sentimiento inútil. La envidia no nos aproxima una pulgada á lo envidiado.

--Ni yo me aproximaría. Son fantasías, mandolinatas pastoriles. Cada cual ha de vivir su destino; el suyo, nunca el ajeno--declaró Silvio.--No soy viejo, pero ya estoy en las horas irrevocables. De aquí salgo á volar; de aquí... á Europa. Cuando subí por esa calle tan larga de magnolias, y pasé debajo de estas acacias que llueven gotas de oro, y me hicieron esperar en la sala, frente al piano,--presentí (soy muy supersticioso y fío en los _avisos_) que me encontraba en ocasión decisiva y que este rincón del mundo guarda para mí la clave de lo venidero...

--¡Pobre criatura!--murmuró Minia sin mirarle.

--¡Le doy á usted lástima! Vamos, entiendo. Es que no cree usted que poseo condiciones de triunfador.

--Ni lo creo ni dejo de creerlo... Ignoro. Con lo que usted es capaz de hacer, sospecho que tiene asegurado el cocido, un cocido sano, suculento, quizás una comida sólida... ¡y eso es mucho, amigo!--¡Triunfar! ¡Dar ese zarpazo que usted sueña! El arte está espigado. La genialidad, la inspiración, si las viese usted en forma de improvisación, se equivocaría... Es el error de nuestros artistas: quieren sorprender á la ninfa dormida, ser faunos nervudos. Y lo que deben ser es caballeros andantes, cumpliendo mil hazañas obscuras, mil pruebas, antes de desencantar á la infanta. ¡Si al menos hubiese infanta! Se dan casos de encontrar en vez de infanta una bruja. ¿Y sabe usted lo más curioso? Al artista caballero andante, después de tantas heroicidades y de pelear con siete endriagos, lo mejor que le puede suceder no es acertar con la infanta, sino acertar consigo mismo, y autodesencantarse.

--¿No podré yo?--Silvio cruzaba las manos con angustia.

--¡Á saber!... De antemano córtese usted las alas de cera; disciplínese la voluntad; precava el desengaño. ¡Beba cada día un sorbo de decepción: el vaso entero, de una sentada, es dosis mortal! Un sorbo es muy provechoso; aunque mejor sería no necesitarlo, no haber soñado, y ser como los ciápodos, que tienen la cabeza junto al suelo--lo más bajito posible; rasando la tierra; tanto, que sus pelos se vuelven raíces...

--Habla usted así porque ya ha llegado.

--¡Hablo así porque estoy en un momento de sinceridad, virtud ó cualidad antipática por esencia, presencia y potencia...! Y quizás estoy en un momento de sinceridad, porque anochecerá pronto, porque el aspecto del campo es solemne, y la humareda de las cabañas flota con magia sobre el telón de selva. El paisaje, en mí, determina el estado de alma. No me haga usted caso.

Silvio, al contrario, se impresionó. Era un océano amargo y hondo, sin límites, lo que se asomaba á los ojos, á la fisonomía de la compositora, lo que gemía en su voz. Creyérase escuchar el murmurio fúnebre, amplio, del mar de Cantabria.

--¡Aun así!--exclamó el artista.--¡Aunque me cueste eso y más!

--¡Taikun!--llamó Minia, cambiando de tono, recluyéndose en sí.--¡Aquí, monigote! Vamos, quieto... Ya tienes la lana llena de hojas, tonto; ven, te las quito para que te luzcas.--Y con placidez afectuosa, volviéndose al pintor:--Su aspiración de usted, ¿conformes, supongo?, es incompatible con la felicidad, que consiste en desear cosas accesibles, pequeñas, vulgares, corrientes, en cultivar manías inofensivas y obscuras, como reunir variedades de claveles y tulipanes, coleccionar botones ó hebillas de cinturón... Y usted renuncia á ser feliz: convenido. ¿Renuncia usted también al triunfo? ¡Ah! Renuncie. ¡Sea modesto, fórmese un corazón humilde y puro, como los de los grandes artistas desconocidos de la Edad Media... y quizás...! Usted, hoy pastelista, sería antaño miniaturista y monje. En su celda, después del rezo, diseñaría y policromaría lirios y mariposas; nacería una primavera en la vitela, un jardín sobrenatural como el del _Cordero místico_ de Van Eyck. Cuando sonase el _Angelus_, ¡que está sonando ahora! ¿no lo oye? allá en la parroquial de Monegro,--vería usted entre el azul de las lejanías una figura escueta, virginal, y un ser de alas tornasoladas, divino: ambos descenderían de sus pinceles á la página del horario... Nadie conocería su nombre de usted: muda la infame fama... la imprenta por inventar... ¡Oh delicia! ¿Qué falta hace el nombre? El arte anónimo es el Romancero, es las Catedrales... Usted, de seguro, está dispuesto á batallar por la victoria de unas letras y unas sílabas: _¡Silvio Lago!_ Veneno de áspides hay en el culto del nombre. Por el nombre nos desempeñamos tras la originalidad--y el arte uniforme, poderoso, se acaba; sólo hay el picadillo; falta la redoma que nos integre y amase con el jigote la persona.

--¿Y usted se ha contentado con arte anónimo?

--No... Por eso he recibido en mitad del pecho todas las puñaladas. El arte anónimo era como el sayal: vestidura idéntica, que identificaba aparentemente. Dentro latía el corazón, el cerebro funcionaba, la inspiración nada perdía. Hoy... es un infierno. Y en usted, además, ¡la complicación económica! Cuenta usted veintitrés años, batalla desde los catorce, y aún no ha juntado sus granos de trigo, pendiente de que en Madrid le demos á conocer por... por el aspecto industrial... ¿Me excedo?

--No, no; siga... ¡Al fin, alguien que me habla así! Pegue usted fuerte, no duele; al contrario.

--Le damos á conocer... retrata usted... ¿á cuánta gente necesitará retratar?

--Cuatro retratos al mes, á doscientas pesetas; ocho ó diez días de trabajo... y me bastará. Los restantes veinte días... para dibujar mucho; academias, desnudos. ¡Dibujar! la ortodoxia, la probidad de la pintura. Así que dibuje... como aspiro, ¡á un estudio de notabilidad! ¡á postrarme ante Sorolla, por la luz, el aire, la pincelada!

--¿Sorolla?--repitió con extrañeza Minia.

--¿No le admira usted? ¡Pinta tanto ó más que Velázquez!

--No se trata de pintura ni de admiración. Sorolla es enteramente adverso, me parece, á los gérmenes que usted lleva en sí. Cada cual debe abundar en su propio sentido, desarrollar sus tendencias. ¿No estima usted la elegancia, la distinción? ¿No era Van Dyck, ante todo, un aristócrata?

--No; yo sólo estimo la fuerza. Ó pintaré como un hombre, virilmente, ó soy capaz de pegarme un tiro.

El _Angelus_ seguía sonando; sus lágrimas de plata caían en la atmósfera acolchada de bruma transparente. Los obreros que trabajaban en terminar la torre de Levante, la más alta de las tres de Alborada, se escurrieron de los andamios y cruzaron en fila de hormiguero dando las buenas noches, zuequeando y haciendo crujir la arena. Eran picapedreros, mozos la mayor parte, y el sábado les alborozaban la cobranza, el descanso, el bailoteo en perspectiva. Obscurecían la terraza con sus cuerpos vestidos de telas pobres; olían acremente á sudor; el ambiente se enturbió cuando ellos desfilaron.

--Tal vez éstos--observó Silvio,--si consiguen lo que se proponen, si llevan adelante sus colectivismos, traerán, andando el tiempo, otra etapa de arte anónimo. Encasillados los artistas, cubiertas sus apremiantes necesidades, trabajarán sin exasperación de la vanidad, sin el aguijón del nombre. En Buenos Aires he conocido á bastantes socialistas... Los anarquistas, sin embargo, nos salvarán del anonimato, idea á que no me puedo habituar.

--Porque es usted todavía medio chiquillo. Si vive y paladea las ambrosías... ya me contará el sabor de boca que le dejan.

Un imperceptible orbayo, un soplo frío que extinguió la hoguera lejana del Poniente. La noche. Un globo de oro que al elevarse palidecía, se convertía en enorme perla gris y nacarada: la luna. Y la gran escenógrafa traía su telón romántico preparado, la fachada lateral de las torres toda en sombra, el frontispicio luminosamente blanco, los detalles de arquitectura adquiriendo un realce y una significación de misterio, el bosque ensanchado por la obscuridad, las acacias más grandiosas con su desmelenado ramaje, y allá en último término, el valle anegado en una nebulosidad azul que borraba los contornos y le daba apariencias de lago encerrado entre nubes y vapores de una delicadeza etérea.

* * * * *

El domingo siguiente oyeron misa en la capilla de Alborada. Llovía, llovía; plantas y flores se bañaban voluptuosamente, agradecidas; el otoño había sido bochornoso y seco. De las fauces de piedra de las gárgolas, un chorro continuo descendía á estrellarse en la enarenada tierra. El capellán no consintió, sin embargo, quedarse á comer en espera de la escampada. Despachado el caraqueño, trasegado el último sorbo de agua donde se disolvían caramelosos residuos de azucarillo, se encasquetó el sombrero de ala ancha, se colgó el rudo capotón, y encajándose á lomos de su montura, salió hacia la carretera, á trote corto, protegido por un paraguas monumental. Silvio presentó á Minia una hoja de álbum con la donosa caricatura ecuestre del clérigo.

--¡Pobre hombre!--sonrió la compositora.--¡Bah! Su misa vale exactamente como si la dijese Lacordaire, que era tan elocuente y tan apuesto. Nuestro corazón es soberbio; lo tenemos asediado por los sentidos. No nos basta Cristo en cuerpo y sangre; nos lo ha de consagrar un cura pulido, un cura _bien_--que no sea ese casi labriego, con tierra entre las uñas.

--¡Quién tuviese fe religiosa!--suspiró Silvio.--Á mí el corazón, como le dije á usted, se me ha encallecido; otro inconveniente para ser el monje miniaturista, apacible en su celda.

--Sí, la fe era una de las felicidades; y probablemente, la única que no sabe á ceniza. Suponer que hoy no cabe tener fe, es igual á suponer que ya no nacen las azucenas aunque las sembremos. No repita usted esa muletilla cargante de la fe deseada é inaccesible. Humildad, purificación, preparar el nido á la golondrina: ella vendrá.

--¿Y si no se comprenden ciertas cosas?... Vamos á ver: ¿cómo se arregla uno si los dogmas repugnan á la razón?

Minia guardó silencio un instante. Silencio desalentado. La paralizaba aquel argumento pobre y mísero, pero que, para ser rebatido, exige una transfusión de alma del creyente al incrédulo; y pensaba que las almas son solitarias, incomunicables, huertos cerrados, selladas fuentes... Silvio se equivocó: creyó que Minia, vencida, callaba por imposibilidad de contestar; y se excusó, temeroso de incurrir en desagrado.

--No debí discutir de tales materias con usted...

--¡Discutir!--repitió Minia alzando los hombros.--No hay discusión de este género que no sea un esfuerzo estéril; ¿sabe usted por qué? Por la misma causa que impide á los enamorados, en la mayor ansia de íntima comunicación, trocar espíritu por espíritu. Somos _nosotros mismos_; lo somos desesperadamente, fatídicamente, hasta la última gota, la última fibra. Y lo inefable es lo que más nos guardamos: el pomo de esencia divina, incrustado de gemas que fueron llanto, lo queremos en el seno á toda hora, tibio de nuestro calor. Diga usted, Silvio: ¿discutiría usted acaloradamente de estética con Dalín, el bizco, que tiene en Areal un almacén de paños y zarazas? ¿Ó con el cura que acaba de decirnos la misa?

Silvio se puso encendido hasta las orejas.

--¿Soy, según eso, como Dalín?--pronunció resentido.

--No; al contrario: es usted una naturaleza afinada, quintaesenciada; está usted en las cimas; su vehemente aspiración artística le sitúa en la región donde habitan los aguiluchos: podrán volar, ó cansarse, ó caer atravesados por el plomo: aguiluchos eran, con pico y garras... No se sobresalte usted: lo único que quise expresar es que un lado, un aspecto de su sensibilidad permanece tan rudimentario como la sensibilidad estética de Dalín el bizco. Usted no ha perdido la fe: no la siente: no perdemos un brazo cuando se nos queda tullido. No le ha faltado á usted sino negar el milagro--y es milagro todo.--¿Por qué me contesta usted _razón_ cuando digo _azucenas_? La razón, ¿le explica á usted el misterio de una azucena, que es el mismo misterio de la vida universal? ¿Es que no advierte usted hasta qué punto enraízan nuestros pies, aletean nuestros pulmones y descansan nuestros ojos en el misterio? No hay sino él; en él nos movemos, vivimos y somos. Él nos refresca, nos arrulla, desarrolla nuestro embrión en las entrañas que nos abrigan y disuelve nuestro cuerpo en la fosa que nos recoge cuando caemos--no siempre tan sosegadamente como las hojas amarillentas de las acacias. ¡La razón! ¡Vieja chocha, sentenciosa, que no sabe sino cuatro casos _de sucedidos_ y cuatro máximas roídas de orín! Su báculo tiene mugre secular; sus pies los calzan zapatos con suela de plomo. Lo mejor que hace el hombre suele ser contra la razón. He oído que el mundo rueda porque le empuja la locura, ó mejor dicho, la superrazón, que es fe. La razón, en arte, es el neoclasicismo académico; en ciencia, los sistemas que cierran el paso á la libre indagatoria. ¿Quién ha reunido en haz, á modo de cordeles de disciplina, los dictados de esa lógica con la cual nos quieren azotar? No lo sé. Nadie. Cada cual con su razón, que decía el gran dramaturgo; y es que á la razón, si la concedo mucho, la concedo que sea (como la fe) esperanza--otro subjetivismo.

--¿Y si los subjetivismos se contradicen?--arguyó Silvio.

--Calma, y á vivir; ya se concertarán cuando usted necesite, de verdad, creer, y más todavía esperar; y esa hora llega para todos los que no son Dalín el bizco, ni se reducen á roncar, comer y digerir con pachorra...

--¡No hable usted mal de la digestión!--imploró festivamente el pintor.--Digerir es la beatitud.

--¡Contento se quedaría usted si una sibila le predijese que su único porvenir era perfeccionar la función digestiva!

--¡Quién sabe lo que eso vale! ¡Sin eso, me río de lo demás!--respondió Silvio con alarde de prosaísmo brusco.--¿Sabe usted que escampa y clarea? Voy á leer un rato en el cenador de las pasionarias. ¿Me presta usted el librito que leía ayer?

--_¿La Tentación de San Antonio?_ Voy á casa y se lo envío.

* * * * *