La Quimera

Part 29

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--¡Pero qué divino!--exclamaba el escandinavo.--Cierre los ojos. ¿Lo ve usted bien? Ya no es el fondo de oro de los bizantinos: he ahí el arranque, la iniciativa de los Van Eyck, relacionada con sus nuevos procedimientos de pintura, y que la hizo humana, sin quitarle lo celestial. ¿Ha visto usted aquel campo virgen, aquella primaveral vegetación, que es la misma de las campiñas de Flandes, y que el artista reprodujo tallo por tallo y salpicó de innumerables florecillas que parecen también vírgenes, impregnadas de un rocío tan puro?

--Sí, lo estoy viendo y lo veré toda mi vida. Aquella ciudad que se percibe en último término...

--La Jerusalén celeste--responde el sueco, perdida su mirada en el vacío,--la Jerusalén celeste, patria de las almas. Ese cuadro, entre sus condiciones asombrosas, cuenta la de ser cifra perfectísima de un todo, de una ley universal, y es superior á la Divina Comedia (que tiene igual asunto), porque mucho más sintéticamente, sin las crudezas de mal gusto y la brutalidad pasional del Infierno, nos presenta esa ley: la concepción religiosa íntegra. Encierra la revelación y la redención, la Iglesia militante y la triunfante, y para producirnos la emoción más honda no necesita recurrir á ningún elemento dramático bastardo, sino á la simbólica en toda su noble serenidad y hermosura.

--¡Y de qué manera está hecho!--exclamé.--¡Con qué prolijidad sin pesadez están pintadas aquellas hierbas mullidas, bien olientes, los bosquetes de rosales, mirlos y naranjales en flor, las procesiones de figuras, los mártires, las vírgenes, con sus ropajes semi-azules, semi-rosados como bañados por los reflejos del éter y de la aurora! ¡Y las vestiduras que despiden majestad, y las caritas llenas de unción de esos personajes espléndidos, profetas, patriarcas, apóstoles, papas, obispos, emperadores de leyenda, solitarios y peregrinos, á quienes guía San Cristóbal! ¡Y los ángeles soñados, que hacen guardia á la Fuente de la vida, aquel surtidor tan cristalino que cae en un tazón de mármol, y al Cordero, al cándido Cordero!

Callamos un momento, incapaces de expresar lo inefable con palabras siempre áridas y pobres, y el sueco, recobrando primero el uso de la palabra, me balbuceó:

--Voy á confiarle... Porque ya nos separamos, y en usted he hallado casi un hermano... Yo no habré visto en balde correr el líquido sacrosanto que llenó el Grial, yo no habré contemplado estérilmente el misterio de la Sangre... Y además... Hace tiempo que mi conciencia trabaja, que el remordimiento de males que causé me lleva hacia Dios, que mi corazón reclama alimento, que necesito sentir mucho, deshacerme, abrasarme. El amor me ahogaba. Wagner me había despertado; Van Eyck espero que me dormirá otra vez en extático sueño. ¡Salgo de Gante convertido! ¡Soy católico!... Es decir, lo he sido siempre. Lo conozco ahora. Mi ideal estético ahí tenía que conducirme. ¡Nos hemos encontrado en un momento bien decisivo de mi vida! La de usted va á seguir su curso..., pero este amigo de pocas días le dirige un ruego: acuérdese de que la belleza no es sino lo profundo y refinado del sentimiento, y que la flor de la belleza es... lo que hemos sentido esta mañana en San Bavón: _el éxtasis_.--¡No encanalle su pincel, no manche su pensamiento, sea casto, sea sencillo, vuelva al arte de los cuatrocentistas; y si quiere ser libre, véngase á vivir aquí, entre Memling y Van Eyck, guardando su dignidad, huyendo y renegando del arte si ha de servir para reproducir sensaciones comunes al hombre y al cerdo! No se deje atraer por el cebo de la Naturaleza. La Naturaleza no existe; la creamos nosotros; la Naturaleza no es digna de atraer nuestras miradas sino en la hora mística de su comunión con lo sobrenatural, cuando la acaricia el soplo del espíritu. ¡La Naturaleza..., yo diría que es el gran cadáver del Paraíso, y los gusanos del sensualismo, rebulléndose, son los que prestan apariencias de vida á ese vasto cadáver!

Sobre este tema, el sueco, que á usted de seguro no le parece loco, y á mí hay ratos, no crea usted, en que tampoco me lo ha parecido, ni mucho menos, disertó hasta el amanecer--porque el tren que á él había de llevarle á Hamburgo para regresar á su patria por el Báltico, salía á las cinco de la mañana--y nos perdimos en un dédalo de confidencias y disquisiciones; en fin, vaciamos el alma. ¡Hablamos también de usted! Cuando se trató de correspondencia, Limsoe dijo:

--No estropeemos este recuerdo con cartas en que va resfriándose la amistad entre protestas y mentiras. ¡Démonos un abrazo... y hasta el cielo!

Le abracé conmovido. No lo estaba menos el neófito.

Momentos después el tren arrancaba, y desaparecía aquel extrañísimo periodista, en busca de sí mismo, hacia los nuevos horizontes de su sensibilidad.

Yo, después de dormir hasta las tres de la tarde, salgo hoy rumbo á París. Ya le contaré á usted mis triunfos, mis glorias... es decir, mis pobres retratos, y mi lucha, y lo que detrás viniere. ¡Allá os quedáis, encantados vergeles de la pintura, Rembrandt enigmático, Franz Hals, dueño de los secretos, Rubens imperial, Memling celeste! ¡Allá te quedas, alférez abanderado, todo vestido de plata, todo viviente, como cuando enviabas besos á los balcones! ¡Allá os quedáis, fantasmas de la _Ronda nocturna_, graves síndicos, meditabundos doctores que anatomizáis un cuerpo muerto! ¡Allá te quedas, _Cordero Místico_! Adjunta una fotografía... ¿Pero quién fotografía la beatitud?

El hombre que va á cruzar la frontera francesa--diré reproduciendo unas palabras de Limsoe--no es el mismo que la ha pasado con dirección á Bruselas, hace próximamente dos semanas...

* * * * *

V

PARÍS

Apenas quitado el polvo, tomado alimento, Silvio se dirigió á la residencia de la Porcel. Encontró cara de palo. La señora, algo indispuesta desde su regreso, apenas recibía. Ya avisaría al señor cuando la fuese posible dejarse ver.

Silvio entonces, alarmado, se encaminó á la garzonera de Valdivia, muy próxima al hotel de su enemiga y señora. Tampoco el brasileño se encontraba visible. Conferenciaba en aquel momento con su doctor, y nadie podía distraerle. Ya avisaría..., etcétera.

Lago volvió á su hospedaje con las orejas gachas. No sabiendo qué hacer, escribió á Espina un billete suplicante y mimoso, de paso que la remitía el consabido retrato de las rosas, que, encajonado, había permanecido hasta entonces en poder del autor. El billete era un quejido, una deprecación; todo lo que pueden ser los renglones en que un hombre pone su esperanza. No se atrevía á mentar el proyecto de exhibición del retrato; pero lo anheloso del estilo, las reticencias tristes, eran sobrado elocuentes.

Respondió al punto Espina. “Se encontraba malucha; sin embargo, no tardaría en avisar á sus amigos para que admirasen un retrato muy bello, que dentro de poco, si las cosas continúan así, ya no se parecerá al original, habiendo que escribir debajo: Esta fué Espina... Á la primer racha de mejoría, exhibición; y entonces podré tener el gusto de ver á usted, y que me cuente sus excursiones por Holanda, y sus aventuras, que no le habrán faltado... ¿Ha ido usted con alguna madrileña?”

Silvio temió que tan campechana misiva disfrazase una moratoria; duró cinco días la aprensión; á la mañana del sexto, otro billetito, esta vez muy lacónico, le hizo saltar. Se reducía á una invitación. “Esta noche, á las diez, taza de té y exhibición de retrato”.

El día corrió, como corren igualmente todos; los que pensamos empujar á la sima del tiempo con la violencia del deseo, y los que quisiéramos eternizar... y la noche vino, como viene sin falta para el día y para el hombre. Silvio sentía impulsos de danzar su acostumbrada danza inglesa, al punto de dar á un cochero las señas de la morada de Espina Porcel; al mismo tiempo estaba rendido; no había parado desde que recibió el billete, parte por necesidad de comprar varias cosillas, parte por entretener su fiebre de impaciencia. Creía ya pasada la barra de París, aseguradas subsistencia y fama naciente.

Al salir del hotel, acababa de acicalarse despacio. Bien ajustado el talle por el frac; el pecho bombeado por la pechera de nieve; el pelo bonito, cenizoso, en calculado desorden, con arreglos de peluquero que no quitaban el gracioso desgaire natural; los ojos cambiantes, brilladores y radiosos de alegría; todo su cuerpo confitado en limpieza y perfumes del baño largo; las manos claras, pulidas; la blancura de la corbata haciendo resaltar la fresca palidez juvenil del semblante, y el reflejo de los dientes entre el bigote semidorado,--tenía la apostura de un triunfador, cuya exterioridad comenta y confirma la leyenda de sus obras. Á pesar de la impaciencia, se había retrasado á propósito, para no hacer figura desairada madrugando.

Á la puerta del palacete de Espina, divisó Silvio--buen agüero--una hilera de coches blasonados, en espera. Eran, en su mayor parte, de esas berlinitas _egoístas_, donde la parisiense, que corretea sola al través de la Metrópoli, halla modo de acomodar sus bártulos, el espejo donde se mira para arreglar un rizo, el reloj con funda de plata, que asegura la exactitud á pesar del ajetreo, el frasco de sales para el desvanecimiento, el tarjetero y el catálogo de visitas y señas... Silvio reconoció el coche y el blasón de la condesa de los Pirineos, que había visto á la puerta de Paquín.

Indefinible aprensión le salteó á este recuerdo ingrato. Subió aceleradamente los peldaños de ónix que conducen al vestíbulo, dejó su abrigo, entró en el salón bajo, que comunica por un extremo con la galería de las porcelanas, por el fondo con el jardín de invierno, y se encontró cogido en un remolino de gente, sin poder avanzar.

Casi estaba atestado aquel salón,--no muy grande, como no lo era ninguna habitación en la residencia de la Porcel, é idealmente puesto á estilo modernista, con verdaderos primores de decoración y mobiliario.--Aunque Silvio no conociese á la inmensa mayoría de los concurrentes, su sagacidad y lo observado en Madrid le dijeron que era la reunión lucida y de alto fuste. Había allí señoras del castizo arrabal, alguna celebridad masculina de las que mejor decoran, bellezas profesionales, estrellas del tonismo, figuras salientes de la colonia española, con la Embajadora á la cabeza, hartos galancetes, _sportsmen_, agregados, hombres de caballo y club, diplomáticos, primates de la banca y algún periodista de la prensa diaria. Se esperaba á la Infanta, de paso por París, y sobre la hipótesis de su venida, que no se juzgaba segura, ni mucho menos, giraban las conversaciones. Silvio sorprendió al vuelo dos ó tres. “¡Del autor del retrato--pensó enojado--no habla nadie; sólo se ocupan de la Alteza...!”

Al pronto, no vió á la dueña de la casa. Consiguió deslizarse entre los grupos, cada vez más compactos, que obstruían la puerta por curiosidad de no perder la problemática entrada de la Infanta, y logró divisar á Espina, asediada de gente, envuelta en homenajes y almíbares. Al pronto dudó si era ella: tal marca de padecimiento había impreso aquel corto plazo de dos meses en el espiritual semblante, mucho más joven que su edad. Al observar el estrago del mal en la fisonomía de la Porcel, Silvio notó que se conmovía, cosa inexplicable, pues no creía experimentar por ella nada que se asemejase á ternura, sino al contrario; pero hay en nosotros un sér, y aun varios seres, instintivos, que nuestro sér reflexivo ignora hasta que salen de las umbrías de la selva interior.--Si hilamos delgado en nuestros sentires, locos nos volveremos.--Silvio acaso se ablandaba, porque había aprendido en su reciente viaje á cultivar la emoción, y porque, además, no habiendo creído las quejas escritas de la Porcel, tenía delante de los ojos su fundamento. Mentalmente, repitió la frase de Valdivia: “¡Pobre María! ¡Pobre enferma!”

Mucho, sin embargo, disimulaba los destrozos de la morfina, el artificio maravilloso para adornarse y componerse de aquella idólatra de lo artificial. El tocador de la Porcel, su modistería, encubrían--para quien no conociese tan á fondo como Silvio, por pericia de retratista, y por haberlos contemplado horas enteras, empapándose de ellos, los lineamientos de las facciones y las luces y matideces del cutis,--la huella del envenenamiento. Vestía la Porcel con más originalidad que nunca: su traje era como formado de una nube de pétalos de flor, flor de gasa, con transparencia de seda plateada debajo. Cada pétalo llevaba cosido, al desgaire, un diamantito, y flecos desiguales de diamantes formaban el corpiño y se desataban sobre los hombros. La cola del vestido parecía un copo de fina humareda, entre la cual nieva el almendro su floración y juega el rocío. Sobre el escote, las sartas, cerradas con el extraordinario rubí. Silvio pensaba en el estigma, en la hinchazón negra. Todo el mundo ensalzaba á la Porcel: la _toilette_ era un sueño. Y las señoras, en voz baja, se decían que era preciso sorprender, cuando Espina se moviese, sus zapatitos de tisú de plata, con hebilla de diamantes y rubíes,--un hechizo.--Era la fuerza de Espina, su autoridad en el mundo--aquella intensidad de elegancia.--Silvio maniobraba con objeto de llegar hasta la señora, cuando le detuvo un conocido, el vizconde de Lenzano, español muy aficionado al arte, que solía pasar temporadas en París.

--¿No sabe usted?--díjole.--Esta mañana tuve un mal rato... He visitado al pobre Vierge...

--¿Urrabieta Vierge?--exclamó Silvio con interés.--¡Qué gran dibujante! Es un genio. He visto de él cosas que hay que quitarse no digo el sombrero, sino el cráneo.

--¡Y qué desdicha la suya!--murmuró el vizconde, arrastrando á Silvio hacia un rincón, para mejor desahogar, pues sufría depresión y la aliviaba comunicándola.--¿Usted ya estará enterado?...

--No sé de Vierge sino que es un dibujante colosal.

--Sí, pero figúreselo usted paralítico. Sólo trabaja con la mano izquierda. ¡Paralítico, incurable! ¡Y si al menos le hubiese acometido el mal en la vejez! Pero no: era un muchacho, treinta años, cuando despertó así una mañana. Precisamente soñaba el hombre con subir (no sé si es subir) del lápiz al pincel; iba á ilustrar una edición de _Gil Blas_ que le pagaban espléndidamente, y con ese dinero y algo ahorrado, se prometía hacer lo que se le antojase, realizar sus ideales... Vea usted en que momento cayó sobre él la enfermedad. ¡Qué vida la nuestra!--añadió, como si dijese cosa muy profunda.

Silvio, aterrado, calló. Sonábale aquella historia dolorosa á eco de su historia. El sueño de Vierge, el suyo, la Quimera de todos. Al revolver del camino, como en las estampas de Alberto Durero, la Esqueletada con su segur.

Por un instante se absorbió en sombría meditación, abatiendo el vuelo y abismando el alma. Entretanto, la gente susurraba, chismorreaba, algunas señoras se retiraban, como desdeñosas; la Alteza no venía, resueltamente. La mejor señal de que ya no se contaba con ella--si alguna vez se había contado--era que la dueña de la casa empezaba á llevarse á la gente hacia la estufa y el comedor, sin preocuparse de abandonar el salón. ¡Fiesta _manquée_!

Convencidos de la decepción los invitados, las conversaciones tomaban otro giro: la palabra “retrato” zumbaba, repetida en el aire. Á Silvio se le enfriaron las manos un poco; el corazón le dió un vuelco. Estaban enseñando su obra, y la gente, alrededor, hablaba de ella. Su aguda percepción le dijo que, bajo la admiración convencional de los salones, era la indiferencia, era cierto hastío, lo que se difundía por el concurso,--en gran parte al menos.--Los inteligentes movían la cabeza; Lenzano, que había desaparecido un momento, retornó cejijunto. Varias señoras, sin embargo, se extasiaban.--“¡Qué traje! ¡Qué delicioso buen gusto! ¡Qué habilidad la de ese hombre!”--Y Silvio, clavado al suelo, temeroso de romper el encanto. Era, por otra parte, natural; de suyo se caía que la Porcel viniese á buscarle, le llevase ante la obra. Su actitud llamó la atención á la condesa de los Pirineos, la cual, del brazo del Embajador de España, volvía en aquel momento de la estufa, murmurando: “Dejo sitio, la gente se agolpa allí”. Al divisar á Silvio, hizo cortesía al diplomático, y exclamó:

--Permítame; hablaré un instante con uno de sus compatriotas, artista á quien conozco...

El diplomático se alejó discretamente, inclinándose. Silvio, halagado por la iniciativa de la gran señora, sin contenerse, preguntó:

--¿Se dignaría usted decirme, Condesa, qué opina del retrato?

--¿Pero no lo ha visto usted aún, señor Lago?--respondió algo evasivamente la dama.

--¡Figúrese usted si lo he visto! Demasiado quizás. Pero cuando se expone, el juicio de personas como usted...

--¡Oh!--murmuró la dama.--Usted me adula. No soy inteligente, nada de eso. Por otra parte, mi criterio disiente poco del de la mayoría. Los inteligentes verdaderos se muestran reservados, y hasta me parece que severos; yo, sencillamente, no me embeleso, pero creo que es un bonito mueble, una pintura agradable. Por otra parte, hace tiempo oigo decir que el artista desciende. Á mí, su colorido siempre me pareció algo falso...

La cara de Silvio debió de expresar tal extrañeza, tal aturdimiento, tal imposibilidad de comprender lo que escuchaba, que la dama, repentinamente, se alarmó.

--¿Qué tiene usted?--murmuró, inquieta y turbada.

--¿Pero de qué artista habla usted, señora?--balbuceó él.

--¿De qué artista he de hablar? Del autor del retrato que acaba de enseñarme Espina ahí en la estufa: del señor Marbley.

--¿El retrato que exhiben es del señor Marbley?--barbotó Lago.--¿Está usted segura? ¿No hay mala inteligencia?

--¡Dios mío!--afirmó la Condesa.--Vengo de verlo. ¿Qué mala inteligencia quiere usted que haya? ¿Qué sucede para que usted se extrañe así?

--Es para enloquecer--tartamudeaba él.--¡Es para dudar de que uno existe! Señora, perdone usted; voy á cerciorarme...

--No--exclamó la Condesa, rompiendo á pesar suyo la valla de aristocrática reserva, arrastrada por la simpatía y acaso un poco por la femenil curiosidad.--No se precipite; ofrézcame el brazo... Vamos juntos... Le guiaré; á mí me abrirán paso más fácilmente...

Y echó á andar, resuelta, justiciera. Rompiendo por entre los grupos se dirigieron á la estufa. La Pirineos sentía el temblequeo del brazo de Silvio, enlazado al suyo. Entraron en el admirable jardín de invierno, donde Espina había conseguido reunir plantas muy extrañas, las que prefería. Una luz rubia, que hacía brillar las hojas bruñidas de los pandanos y las hojas peludas de las dioneas, doraba las estatuillas de alabastro, que artísticamente colocadas se entronizaban sobre el follaje. Sus frías carnes adquirían un acaramelado de vida. La techumbre de cristal era tan clara, los vidrios tan grandes y diáfanos, que se creía estar al aire libre. En los ángulos manaban fuentecillas, y se escuchaba su goteo, entre los revuelos del vibrante vals que tocaba la orquesta de zíngaros, invisible en el fumadero inmediato. Olía á esencias de Oriente y á tierra regada. El vapor--ya en París empezaba á sentirse frío--mantenía dulce temperatura. En el centro de la estufa, alrededor de un caballete dorado que era una filigrana de talla atrevida, modernista, se agolpaba el gentío, tapando la pintura. La Condesa, sin soltar al artista, se insinuó, hizo cuña con su persona prestigiosa, y se encontraron ante el retrato de Espina, obra de Marbley, en efecto,--¡y tanto! Obra limada, lamida, resobada, de colorido acromado, con antipáticas pretensiones de originalidad suprema. Vestían á la Porcel tules negros, rebordados de una especie de arco iris; un traje estilo Fuller; algo que, tratado por mano maestra, hubiera sido estudio interesante; y su pelo áureo, exageradamente flojo, formaba al rostro sin vida, de muñeca de Sajonia, una especie de aureola solar. El retrato era estudiadamente bonito, y sin embargo afeaba á Espina. Pero en aquel momento no importaban á Silvio tales pormenores; lo que le espantaba, lo que le dejaba petrificado, era la perfidia, era el escarnio, era la revelación de un odio tan diamantino, bajo un disimulo tan maquiavélico.

--¡Inconcebible!--murmuraba.--¡Inconcebible!--Y no sabía más que repetir la palabra mecánicamente.

--Señor Lago--insinuó la Condesa,--veo que no está usted bien. No conviene que se pare aquí. Vámonos á la galería...

Tiró de él, literalmente, y le condujo á la galería de las porcelanas, casi solitaria, que tenía puerta de salida al jardinete. Nadie se acercaba allí, donde más bien hacía frío; la gente que había detenida principiaba á repartirse entre el salón para dar unas vueltas de vals, y el comedor, abierto y servido con espléndidos refinamientos.

Con viveza, con interés, con algo de maternal en el gesto, la señora preguntó nuevamente al artista:

--En fin, ¿qué le sucede á usted? ¿Puedo tranquilizarle?

No sé qué tiene esto de la compasión sincera, desinteresada, que no sólo no da lugar á desconfianza, sino que suprime en un gesto, en un parpadeo, distancias de clases, océanos de indiferencia. Como en casa del modisto, Silvio fué de un impulso hacia la gran señora, que en otro impulso iba hacia él. Se rindió á la piedad que le ofrecían. La dama, por su parte, había olvidado--ella, la misma distinción, la misma mesura--lo que podía tener de insólito el aparte con un desconocido de quien sólo sabía el nombre y la profesión, que no era de su sociedad, ni de su círculo. No hay nada más irregular, entre las irregularidades sociales, que la actitud de intimidad repentina con alguien llovido del cielo. La Condesa de los Pirineos arrostraba, no ciertamente el descrédito, su buena fama era firme, pero esa nota de extravagancia que es el principio de la desconsideración. Mas por lo mismo que la Condesa de los Pirineos no es una mujer de decadencia, que en sus venas corre, con la sangre gloriosa y heroica de los abuelos, algo de sus energías; por lo mismo que esta mujer tiene conciencia de su alta situación,--puede infringir alguna vez el código mundano.--Legitimista; sobrina de aquellos príncipes de Robeck, grandes de España, á quienes el Conde de Chambord trataba como á amigos, en cuya casa conservaba recuerdos familiares de María Antonieta--la Pirineos experimentaba simpatía especial por lo español. España era para ella--como lo fué para muchos hasta la pérdida de las colonias, y como lo es todavía para algunos,--país noble y desgraciado, caballeresco y mártir. Estas impresiones vagas y difusas pueden encarnar en un individuo capaz de infundir algún sentimiento de simpatía.

La dulce y poética figura de Silvio, su evidente consternación ante una misteriosa tragedia, provocaron la expansión con que la Condesa, atraída también por una curiosidad emocional, insistió, protectora, cariñosa:

--¿Puedo tranquilizarle? ¿Puedo serle útil?

--Gracias, señora...--balbuceó Lago.--Iba á salir de esta casa, iba á la calle, temeroso de cometer un desatino, porque hay cosas que se suben á la cabeza... ¡Perdón! ¡Me hace usted tanto bien! Ya que tiene usted la bondad de preguntarme, diré la verdad. Yo vine avisado por Madama Porcel para asistir á la exhibición del retrato hecho por mí, de un retrato que en Madrid se convino que lo verían gentes conocidas que pueden encargar... Llego, y lo que se exhibe es otro retrato del señor Marbley... Por eso no comprendía; por eso necesité ir al jardín de invierno, á fin de convencerme de que no la engañaba á usted la vista, cuando afirmaba que era de Marbley el retrato. ¡Mire, mire si ha sido ridícula mi situación en este sarao donde supuse que se reunían para ver algo mío, muy malo, muy insignificante, pero que podía asegurarme la vida en París!

La Pirineos replicó asombrada:

--Todavía dudo... No concibo que pueda hacerse cosa tan poco leal, tan poco disculpable... ¿Dice usted que Madama Porcel le ha escrito...?

Silvio sacó del bolsillo del frac su cartera y extrajo el último billetito de Espina. La Condesa lo tomó aprisa y lo recorrió.