Part 28
Y le respondo en español: “¡Nos importa, caramba!” enviando un beso á una figura divina vestida de azul y amarillo verdoso, uno de esos Arqueros del Gremio, que hacen competencia á los inmortales Síndicos de Rembrandt. ¡Verdad santa!
* * * * *
_Amsterdam._--Ya los he visto, ya he visto á los Síndicos. ¡Ya he visto la _Ronda nocturna_! No me llame veleta. Franz Hals, de quien tales cosas dije á usted en mi anterior, no llega á esto. Hace más... y hace menos. En fin, en Rembrandt--y aquí nos encontramos conformes mi sueco y yo--descubro algo que hasta ahora había buscado inútilmente en la pintura holandesa: la superioridad del artista, de su individualidad, respecto á la nación en que le ha tocado nacer.
Rembrandt no es “pintor holandés”, sino pintor del alma universal. Es decir, del alma universal... artística, alucinada, soñadora, apasionada de lo extraño.
La _Ronda nocturna_, examinada desde el punto de vista rigurosamente profesional y de factura, muestra flojedades que sería imposible registrar en un Franz Hals. Con todo eso, marea, confunde, sugestiona. Es tan particular el efecto de luz en este lienzo, que nadie sabe qué lo ilumina. Quién dice el sol, quién vota por las antorchas ó la luna. ¡Disputa baldía! Es la luz de Rembrandt, la luz que él lleva en sus pupilas de visionario. Limsoe lo asegura, gesticulando, sobando su rutilante cabellera escandinava: “Una de las cosas más innobles de la pintura moderna es querer pintar todos los artistas con una misma luz. La luz va dentro de nosotros”. Rembrandt, fulgurando desde la sombra transparente, da la razón á mi compañero de viaje.
No lo digo sólo por este cuadro. Todos los Rembrandt que voy viendo, y los que he visto en París y en Madrid, me subyugan por esa condición, que algunas veces poseyó Goya; porque emiten una claridad que no es la natural; porque son luciérnagas. Rembrandt traza una figura completamente ensombrecida, y por cima de esa sombra sin opacidad frota ligeramente un rastro iluminado, un destello misterioso que procede de una cabellera, de una vestidura, de unas joyas. Es algo irreal, y sin embargo, el cuadro está lleno de verdad. Para mí, lo mejor de Rembrandt son sus figuras de espléndidas judías, de rabinos fastuosos, vestidos de un brocado que alumbra.
Y á mí no me vengan con que la _Ronda nocturna_ es _Ronda diurna_. Rembrandt sólo pintaba la noche. Es su inspiración una gran mariposa negra.
¡Qué pintor tan divino!--Perdóneme Hals. ¡Voy creyendo que ni por ser tan perfectamente dueño del secreto de la factura! Con Rembrandt y Hals me sucede lo que me sucedió con Velázquez y Goya: Goya mató á Velázquez dentro de mí. Está visto; hay en nuestras almas exigencias sin razonar que acallan las de nuestra razón.
Á Rembrandt, á Goya, no se les puede meter en el potro del sentido común, aunque los dos sean, quien lo duda, dos realistas. No hay que irles con preguntas tontas. ¿Por qué ha hecho usted esto? ¿Qué significa tal figura? ¿Cuál es el verdadero sentido de esta escena? ¿Por qué concentra usted los claros en la vuelta de la hopalanda de este personaje? ¡Dios mío! Hay que ser muy duro de pellejo, muy boto de sentido, para no sentir á Goya y á Rembrandt. Los dos aguafuertistas son dos brujos, y cuando les da la gana, salen montados en su escoba á recorrer el cielo ó el infierno.
¡Bah! Si se lo propone uno, demuestra por _a_ más _b_ que Rembrandt no sabía pintar... Es decir, que pintaba imperfectamente. Amiga mía, pensando en estas cosas que tanto me interesan, que son las únicas que me interesan en el mundo, que no concibo que interesen otras, temo volverme loco. Rembrandt y otro pintor que yo no conocía, Van der Helst, un rival que forma con él un contraste despampanante, vienen á dar golpe certero á los principios á que me había agarrado, y según los cuales pensaba dirigir mi carrera.
Escúcheme usted y dígame si esto que discurro es un desatino...
Si el trabajo es la condición del triunfo artístico, como creí en París; si ese lauro lo conquistan la regularidad, el método y el continuado esfuerzo, entonces... Rembrandt no hubiese hecho nada. Y en efecto, como labor concienzuda, hizo poco.--Asegura Limsoe que era un bohemio, que murió en la miseria, que vivió entre judíos prestamistas, anticuarios encubridores de robos y piraterías, corredoras de alhajas, zurcidoras de voluntades, posaderos, bebedores, gente de la hampa, y que las personas de cuenta le volvieron la espalda porque sus retratos no se parecían ni chispa, mientras los de este Van der Helst, que ocupa en el Museo de Amsterdam el lugar fronterizo á Rembrandt (haciéndole la competencia después de muerto, como en vida), hablaban, eran la misma persona fija en el lienzo. Este Van der Helst--ya le había visto en Harlem, no renunciando á codearse con Franz Hals,--no sé si diga que en cuanto á pintar, pintar con la mano y con la vista, no tiene que envidiar nada á nadie. Su ejecución es un prodigio. ¡Qué caras, qué manos, qué trajes de paño y de seda, qué bordados de plata, qué copas de vidrio, qué limones, qué estandartes, qué corazas, qué valonas, qué cuellos de encaje! Es la realidad; gente que tenemos ahí delante, con su edad, su figura, sus humores, hasta los achaques que padecían. Dan ganas de tocar ese paño, de arrugar esa seda, de dirigir la palabra á esos buenos oficiales de la milicia ciudadana de Amsterdam. Y aun ahora, si cierro los ojos, estoy viendo un portento de abanderado joven, muy guapo, vestido de tisú blanco, elegante, arrogante, ¡que debió de trastornar tantos corazoncitos! No es pintura; es _el abanderado_. Respira. Galantea.
Bien; pues calculo yo que á esto se podrá llegar con energía y trabajo, si se tienen algunas condiciones naturales; sí, se puede llegar, como llegó Van der Helst (que, sin embargo, no es lo que se entiende por un gran pintor) á pintar mejor que Rembrandt. Pero á ser Rembrandt, ¿cómo se llega? ¡Qué demonio! Siendo Rembrandt.
Y á los que no lo somos, y, en nuestro satánico orgullo, tendríamos por desgracia ser Van der Helst, el que pinta estas manos, estos ropajes y estas caras... ¿qué nos resta?
¡Pegarnos un tiro!
Así se lo digo á Limsoe.--Él me aquieta con una especie de murmurio afectuoso, dándome palmadas en los hombros y dedadas en la sien. Me va cobrando cariño este sueco. Los extranjeros, al pronto, no parecen cordiales; pero apenas se establece confianza...
--Note usted otra verdad muy curiosa--exclama.--Que la originalidad del asunto falta casi siempre en las obras maestras (excepción, su _Quijote_ de ustedes, que no tiene antecedentes, ni tradicionales ni literarios). Mire usted los cuadros de Rembrandt. Su famosa _Lección de anatomía_, á la cual tantas significaciones se le han atribuído, es un tema tratado por infinitos pintores antes que él. Tampoco el pensar antes que nadie una cosa vale ni sirve. El toque está en pensarla, y, sobre todo, en expresarla de una cierta manera...
--¡Que yo no sé cuál es!--fué mi triste comentario.
* * * * *
_Brujas._--Aquí estoy, en Brujas la Muerta; y tengo mucho que contar.
En primer término, mi conversión al catolicismo. He renegado de la pintura protestante; de esa pintura de género, civil, anecdótica y nacional; y después, las confidencias de Limsoe, que en el tren--en el tren la gente se vuelve muy expansiva, con sujetos que no hemos de volver á ver probablemente,--me confía (después de renegar de los trenes holandeses; los suecos son los mejores del mundo, los mejor suspendidos, parece que se va en trineo)--el secreto de su vida y sus convicciones estéticas.
Limsoe está triste á ratos, y no dejará de estar triste nunca, porque, sin querer, disparándosele un arma de fuego, dejó ciego á un hermanito suyo, á quien adoraba; y Limsoe, dentro de su santuario de arte, es... prerrafaelista.
¡Acabáramos! ¡Cómo había de entusiasmarle Franz Hals!
De su desgracia y sus remordimientos habló poco, en frases cortadas; después bajó la cabeza, me apretó la mano, y le vi una contracción en la cara, tan dolorosa, que parece seguro que este hombre no se consolará.
En cuanto á su prerrafaelismo, lo predica con unción religiosa. Espera catequizarme.
Me ha contado los orígenes de la escuela, de los cuales, á la verdad, á pesar de ser para mí obligatorio no ignorar esas cosas, ni la menor idea tenía.
¡Qué demonio! los prerrafaelistas son como los duendes; todo el mundo habla de ellos, y nadie los ha visto, al menos en Madrid y París. Sus obras andan tan desparramadas por galerías inaccesibles, en países lejanos, que únicamente mediante la fotografía y el grabado se pueden conocer... mal.
Pero Limsoe dice que lo capital de esta escuela no son sus obras, á pesar de una gran belleza, sino sus teorías, que resumen el Evangelio del arte. Por la doctrina estética, los prerrafaelistas han abierto tanta huella en el mundo.
Eternos son ya los nombres de Holman Hunt, Millais y Dante Gabriel Rossetti. Fueron iniciadores, y fueron sobre todo poetas; sintieron, se elevaron.
Hicieron estos tres muchachos lo que infinitos hacen sin que les dé fruto: asociarse, fundar una Revista, y formar un cenáculo. Algo tendría esta escuela, que ha salido á flote, entre tantas como naufragan sumergidas por el ridículo.
No se lo escatimaron á ellos, pero su teoría era una perla que ningún malandrín podía cubrir de barro. ¡Las miserias, los atropellos, las impurezas de la labor de los modernos pintores, les enseñaron que era preciso volver á los cuatrocentistas, artistas que profesaron el respeto y la dignidad de su arte como fervoroso culto! Pintar devotamente, con la pulcritud de los místicos, con su atención grave y sostenida, sin manchones ni pinceladas rápidas, respetando lo escrupuloso del deber y lo tierno y cándido del amor... Pintar santamente, y si no, no pintar... ¡porque sería indigno!
Ser santo, y á la vez elegante y superior al vulgo, ¿no es un ideal altamente estético?
Y esto sólo se hizo antes del triunfo de Rafael. La prueba de la corrupción del arte, que sigue á Rafael y á Rubens, es toda esta pintura holandesa. Pintura de zafios, de borrachos, de glotones. ¡Gente que se retrata de sobremesa! ¡Gente que se retrata despedazando un cadáver! ¡Gente que la reproducen devolviendo el vino que bebió! ¡Puach!
Limsoe se indigna, echa lumbres por sus ojos de gato rubio, y prosigue:
--Se burlaron mucho de los prerrafaelistas, y alguno de ellos, descorazonado, no anduvo lejos de plantar la pintura y largarse al Canadá á labrar una granja... Vino en su auxilio Ruskine, y gracias á él no fracasó el movimiento, y sus iniciadores obtuvieron el respeto y la atención de su época. Cada uno de los tres artistas se abrió paso, pero, á mi ver, lo envidiable es el destino de Rossetti. Se obscureció á medida que crecía: cada día tuvo menos público, y ese público, más rendido, le adoró más. Cada día, los aficionados que adquirían sus obras fueron más escasos, más inteligentes, más veneradores y más ricos. Y cada día vivió más inaccesible al vulgacho. Es el mito de las Sibilas: cuantas más hojas de sus libros se quemaban, más valían las restantes...
Sin embargo, estos elegidos tienen su descendencia: no demasiado numerosa, porque la misma substancia de la escuela repugna á lo numeroso; porque, para entrar en las filas del prerrafaelismo, se necesita conciencia, humildad, comunión diaria, ser puro, ser hermoso por dentro...
El sueco hablaba así; y de pronto, encarándose conmigo, fijándome con sus ojos de felino dulce é hidrófobo alternativamente, susurra:
--Desde que conozco la verdad en la belleza, no he cometido pecado impuro; huyo de la mujer como de un abismo; mejor diría, como se huye de una charca cuando se va vestido de blanco...
Lo confieso, amiga; en vez de quedarme edificado, el latino malicioso que hay en mí se echó á reir á carcajadas... El sueco no pareció desconcertarse por esta gansada mía. Hizo un movimiento de hombros resignado, encontrando natural mi escepticismo, dada mi falta de iniciación, y con sencillez infantil prosiguió su conferencia. Yo entonces, avergonzado, le pedí excusas.
--No he debido--confesé--reirme de eso que usted me cuenta, puesto que, al fin y al cabo, si yo no llego al extremo de abnegación de usted, el sueño de mi arte me domina hasta tal punto, que me ha privado de la facultad de amar. Y no he amado, ni amaré.
--¡Eso es peor, más duro, más terrible!--exclamó Limsoe.--¡No saber amar! Yo no estrago mi vida, yo evito enlodarme, pero... pero amo, amo de un modo sagrado, y ¡es delicioso amar así!
Sus ojos de esmeralda clara se perdieron á lo lejos, en un vago añorar de cosas tal vez amargas, tal vez divinas.
Luego prosiguió:
--Hoy, se me figura que el respeto de todos y la admiración de las generaciones nuevas rodean á la escuela prerrafaelista... Hay ya en torno de ella una leyenda de gloria. Entre sus discípulos está el excelso Burne Jones, que ha hecho revivir, en nuestra edad prosaica por bastantes estilos (pues se ha empeñado en que posean todos los hombres, no lo bello, sino lo útil), ha hecho revivir, digo, la edad de la caballería, el sueño de la humanidad con alas... ¡Y qué artista admirable es ese discípulo! ¡Qué sentimiento! ¡Qué piedad! ¡Qué nobleza! ¡Qué altivez escondida en esa pintura tan delicada! ¡Qué variedad, sobre todo! Porque usted habrá oído repetir por ahí--¡la muchedumbre no sabe juzgar de otra manera!--que los prerrafaelistas son monótonos. ¡Cada uno de estos grandes estéticos tiene su estilo peculiar! Holman Hunt es más religioso (aunque todos son religiosos, y no se puede ser gran artista, digo artista del ideal, sin religiosidad); Rossetti... le gustaría á usted más, porque es un poeta encantador, de imaginación católica, y tiene algo de la iluminación y del don amoroso de los artistas primitivos franciscanos.
Objeté que ya es vieja la escuela, que ha transcurrido tiempo, sin que haya logrado hacerse popular.
Me replica mansamente, con fervor de neófito:
--Ha estado en la penumbra; es una de sus grandes fuerzas. Desde la penumbra ha irradiado sobre las almas exquisitas, sobre las conciencias de los artistas que la tienen. Una corriente gemela de la prerrafaelista ha producido la inspiración del inefable Wagner. En el arte digno de este nombre, en el arte que no da náuseas, no hay sino religiosidad, religiosidad, caballería andante, alma en busca del cielo... ¿Sabe usted cuál es la última palabra del arte? La misma del amor: el éxtasis.
Lo que sacó de sus casillas á mi sueco fué que yo le dijese, sin mala intención:
--He oído que los prerrafaelistas son unos histéricos, unos degenerados.
Se puso rojo. Le había herido en lo vivo. Pero, por lo mismo que es un convencido, no hizo explosión. Se limitó á pronunciar, conteniéndose valerosamente:
--Sí, conozco todas las críticas, algunas infames, que se han dirigido á la Confraternidad y á la Escuela... Los dogmas prerrafaelistas no están cortados á la medida general. Por largas que sean las orejas de asno de los críticos, el dogma va más lejos. No hay que preguntar quién ataca al prerrafaelismo y al fecundo movimiento que ha salido de él. Son los descendientes de aquel farmacéutico de Flaubert, los representantes de la llamada razón... ¡La razón! ¡Que el Maelstroom se la trague!
En este anatema andábamos tan conformes, que repetí, como brindando:
--¡Que el Maelstroom se la trague! ¡Amén!
Y en esta hermandad de deseos llegamos á Brujas la Muerta... No tenga usted miedo de que le coloque la descripción; ya sé que está usted al corriente, que ha leído á Rodenbach.
No; lo único que le diré á usted es que aquí he tenido el gusto de ser presentado al señor de Memling... y que me encuentro en un estado de ánimo que no sé si atribuir á la sugestión de este maniático de Limsoe ó á los efluvios de la ciudad (reléase á Rodenbach), y noto que involuntariamente pienso y juzgo casi como el sueco. Me acuerdo de mis pintorazos holandeses, de sus comilonas, de sus trapatiestas y fumaduras, _kermesses_ y tabernas; de los burgueses empavesados con trajes de gala, de su realidad, de su tremenda verdad, y... siento la náusea, el esguince. ¡El alma me pide otra cosa!
Esta otra cosa es Memling.
¿Será cierto que el artista murió en un convento de España? De todos modos, nuestro misticismo no se parece al suyo.
¡Qué detalles, qué flor de sentimiento, qué novela caballeresca es su _Urna de Santa Úrsula_! No acierto á decir si revela un devoto soñador ó un poeta con corazón de niño.
Sobre la historia de la santa, narrada en los tableros del divino cofrecillo, se puede hacer un largo poema. Ahora comprendo mucho de lo que mi amigo me decía en el vagón. El sumo arte asocia lo religioso y lo caballeresco, y salva á la religión, por medio del arte, de los impuros contactos de la multitud. Si me acuerdo de la _Santa Isabel_ de Murillo, y la comparo á esta _Urna_, me defiendo mal contra el desdén de obras que admiré mucho.
No cabe duda: los Velázquez y los Franz Hals han pintado asombros; pero ¿pintaba peor, en su estilo, Memling?
En el mismo Hospital de San Juan, tan sugestivo, tan callado y recogido, donde nos enseñan la leyenda de Santa Úrsula, vemos unos _Desposorios de Cristo y Santa Catalina_, en que hay dos figuras insuperables: la Santa Catalina y la Santa Bárbara. ¡Se descubre allí la firme resolución del artista de no conceder su pincel sino á cosas bellas, ilustres, ricas de forma y de materia; de no reproducir sino caras redimidas de la miseria humana, vírgenes que son reinas ó emperatrices, y bajo cuyos pies la impureza, la bestialidad y la violencia no se atreven á desatar sus ondas de fango!
Esta parrafada es de Limsoe ante el cuadro de los Desposorios... “Vea usted qué dos santas esas. Escogidas, ¿eh? No crea usted que están ahí por casualidad, por antojo. Son las dos santas filósofas que desdeñaron las bajezas materiales del paganismo y entraron en el Cristianismo por amor de la pureza, pero sin renunciar á su elegancia artística, sin confundirse nunca con los ascetas groseros. Á Santa Bárbara en su torre, á Santa Catalina en su palacio, se las puede uno representar leyendo un tratado de psicología, coronadas de perlas, veladas de gasa, con manos tan lilíales como esas que ve usted ahí, las de Santa Catalina; las que tiende al anillo del celeste Esposo, y que son la perfección de la belleza en una cosa ya tan bella como una bella mano de dama.”
Me acordé de la medalla de Santa Catalina que posee Solar de Fierro, y, asociando memorias, me avergoncé de haber pensado un día que se puede hacer un cuadro con la _Recolección de la patata_. Me desprecio, me desprecio; pequé, pequé... ¡Vengan vírgenes de talle largo, vengan paladines, renazca próximo á sus fuentes el sentimiento, el romanticismo aristocrático y medioeval! Sí, señora; todo esto quiere decir que me voy volviendo romántico, que me saltan dentro manantiales que ignoraba, y que si por casualidad, hace dos años, me pongo á trabajar en Madrid, con el espíritu de un fauno brutal dentro de mi cuerpo y guiando mi mano inexperta, ¡oh! ¡ah! ¡nada, que yerro la vocación!
* * * * *
_Gante._--¡Última carta! Es decir, última carta de este viaje. Porque retorno á París en busca de cosas innobles y prosaicas, el alpiste, el gabán de invierno.--Aquí ya Limsoe y yo estamos arrecidos, aunque nos abriga el fuego de nuestras mágicas ilusiones.--Y hemos arrostrado la emoción suprema... ¿Suprema por qué? ¡Justamente esto no se razona! Limsoe lo reconoce... á pesar de su chifladura, que en parte me ha pegado.
Si no fuese que hemos remontado la corriente del arte, que subimos de los holandeses relativamente recientes hasta los inventores de la pintura, y que, por lo tanto, nos cumplía ver á Memling antes que á Van Eyck, era justo haber guardado la apoteosis final para este Memling, que es el puro entre los puros, el serafín. Él es quien ha convertido á Eva la contaminada en Beatriz la celestial. En Van Eyck se encuentran mujeres hembras, lo horrible del sexo, mientras Memling sólo nos presenta princesas Delgadinas como las del romance popular, azucenas entreabiertas sobre tallos que ninguna mano tocó...--Así poco más ó menos razona Limsoe. Juntos entramos en la catedral, San Bavón... El sacristán, agitando su clásico manojo de llaves, nos guía de aquí para allí, no nos perdona varias capillitas, nos fuerza á tragar los Crayer y los Van der Meer... Mi sueco me da al codo, me hace guiños y señales de impaciencia y de protesta contra obtusidad semejante. Por fin nos permite el sacris (después de hacérnoslo desear bien) acercarnos á lo único que buscamos, el tríptico titulado _El Cordero Místico_.
Por el trecho que media entre el hotel y la catedral, Limsoe me había explicado detenidamente muchas noticias de este tríptico (que es fácil que usted sepa también, á menos que las haya olvidado de puro sabidas). En primer lugar, el capricho violento que inspiró á Felipe II (lo cual no deja de extrañarme, porque debemos suponer que si Felipe II tuviese tal antojo, no dejaría de satisfacerlo); los peligros que corrió de arder ó hacerse astillas; cómo lo escondieron, porque un Emperador se escandalizaba de la desnudez simíaca del Adán y la Eva; cómo es ya difícil saber lo que allí resta de la labor de los hermanos, porque, al menos, dos paineles consta que no son los originales... Después de todos estos antecedentes, que debieron prevenirme en contra de la obra de los Van Eyck, apenas me paro ante ella, quedo en un estado de arrobamiento, que ahora conozco que no me ha causado ninguna otra creación artística.
¿Es que pretendo que sea lo mejor de cuanto he visto? No. Probablemente es que está, en este momento, más relacionado con mi sensibilidad especial, en que tan singular transformación viene produciéndose. Habrá que explicarlo así; si no, no se explicaría.
Desde luego se trata de una obra maestra; eso no se discute; pero, además, es _la obra maestra_ de este momento de mi vida...
¿Qué pasa en mí?, dirá usted. Sería á veces doblemente curioso verse á sí mismo, verse en plenitud de sentimiento, que ver á Van Eyck ni á Franz Hals.
Bueno; el caso es que me he puesto como loco ante _El Cordero Místico_. Por supuesto, que sólo hicimos caso del painel central todo de la mano de Juan Van Eyck.
¿Cómo se lo describiría á usted?, porque aquí no valen ilustraciones ni monos fantásticos. De esta clase de pintura no se puede decir que esté bien ó mal dibujada, que sea ó no preferible su colorido á su diseño... Diseño y colorido son inseparables y no podrían modificarse en un ápice, dada la perfecta y sublime unidad de la intención del artista.
Es preciso no callar nada. Si se ríe usted... mejor; ríase cuanto quiera; no me enojo. Figúrese que el sueco y yo, que estábamos de pie y cogidos maquinalmente del brazo, trocamos una mirada, nos entendimos, y muy poquito á poco, sin soltarnos, arrastrándome él y yo cediendo, doblamos las rodillas, y así de hinojos sobre la tarima del altar nos estuvimos un cuarto de hora, veinte minutos. No sentíamos lo incómodo de la postura, y devorábamos con la alzada vista el cuadro. Nos lo queríamos meter más allá de los ojos y los sentidos. Nos apretábamos las manos de tiempo en tiempo, furtivamente.
Y la del sueco tenía corea, y sus ojos eran un lago verde, en que había el misterio de las aguas dormidas, pero electrizadas...--Vamos, ya escribo como en el manicomio. Todo se pega, y las sugestiones artísticas, en mí, hallan un _sujeto_ admirable.--Sin embargo, no fué allí donde nos comunicamos mejor y nos convencimos del cambio de nuestro sér. Fué de noche, después de comer juntos por vez postrera, con la efusión de afectividad que trae consigo la certidumbre de que dos personas no han de volver á verse hasta sabe Dios, á lo sumo después de mucho tiempo, cuando ya el placer de estar juntos se haya disipado, sin culpa de nadie, por la ley de las cosas...