Part 26
En realidad, Silvio no podía decir que le sucediese ninguna grave desgracia. Traducido en prosa su contratiempo, era sencillamente la _cebolla_ del verano, que alcanza desde el humilde obrero al industrial y hasta al artista. Los ricos--¡qué milagro!--se zafaban en busca de diversión y salud, á balnearios y costas: en los ecos mundanos del _Fígaro_ había leído Silvio el nombre de Marbley entre los concurrentes á unas termas alemanas, donde también se encontraba Espina. Pensó si se habrían citado allí los dos antiguos cómplices. “¿Por qué no?”--se dijo, alzando los hombros. Y añadió para sí:--“Á poder, también iría... Ó sencillamente, me tumbaría á la sombra de mis cuatro árboles viejos de Záis, á recoger impresiones de paisaje, apuntes y tipos de las celestes Mariñas...”
La decepción se manifestaba en Silvio por ese afán de estar en otra parte, nostalgia del rincón natal, suspiro de “alas como de paloma”. Hay períodos en que, sin ningún suceso grave, el horizonte se cierra en niebla, y el suelo que pisamos se convierte en arenal abrasador. La dorada fantasía se convierte en la imaginación calenturienta, y todo se tiñe de obscuro, se baña en océanos de tristeza y desencanto.
Silvio veía á París como un Sahara. Ni los tesoros de los museos, ni los umbríos y afelpados parques, ni lo regado y perfumado de sus limpios jardines--la República los cuida regiamente,--ni el cuadro de su actividad persistente en medio de los rigores de la estación quitaban á Silvio la manía de que se encontraba, viajero rezagado de la caravana, en un desierto. Le oprimía la soledad infinita de los centros populosos, donde todavía no echó raíces nuestra alma. Creía Silvio perdida del todo su campaña en el extranjero, su carrera interrumpida... ¿hasta cuándo?
Con Espina, era evidente, no podía contar. No sólo no le ayudaba, sino que le aborrecía con el odio que engendran las decepciones humillantes; conspiraba contra él; se complacía y gozaba perversamente, con refinamiento torturador, en destrozarle. Ella misma--no podía ser nadie más--había provocado los tardíos celos de Valdivia, para robarle la protección eficaz del brasileño. Con cálculo pérfido, había traído á Silvio á París prematuramente, á fin de hacerle regresar á Madrid avergonzado. ¿Cómo ingresar en el taller de un maestro francés, allá en otoño, si no podía sostenerse, si no salían retratos, si las brillantes perspectivas eran espejismo puro?
Todo parecía decirle que en París no se improvisan ni fama, ni gloria, ni aun dinero. Rápidas surgen á veces las reputaciones; en arrebato de locura brinda sus labios la parisiense, pero en esto, como en todo, bajo su apariencia alocada, es reflexiva, tienen en cuenta muchos antecedentes. En un día salda cuentas de años. Parece caprichosa, y ha calculado... La parisiense no se deja sorprender.
La pérdida de la esperanza trajo á Silvio á un estado de entumecimiento, como parálisis de las energías orgánicas de la vitalidad. Extremoso, creyó tabicado el porvenir, y dió por cierto el fracaso de sus aptitudes; la vida destruída, terminada en la sombra. Rendido, pasaba horas enteras echado sobre la cama, sin ánimos para salir, arredrado por el calor creciente, asfixiante. Los rigores estacionales eran, sin embargo, pretexto; la verdadera causa, la rabia del intento frustrado. Hubo instantes en que la idea del no ser le halagó, como halaga la de dormir tras jornada fatigosa, en la cual se han sufrido ansias de agonía. ¡Dormir siempre! “Si yo temiese á esto--murmuraba para sí,--no sería cobarde: sería sencillamente necio, pues lo único tolerable es dormir... ó soñar.”
En medio del agotamiento de sus fuerzas, persistía un ansia que ya no era de gloria: era sencillamente--achaque de infelices--sed inextinguible de bondad humana, de entrañas compasivas. Empezaba por compadecerse á sí propio; se declaraba y reconocía enfermo, solo, abandonado, pobre, despreciado, en París, entre la indiferencia ambiente, la sordera espléndidamente cruel de una ciudad inmensa; y en su necesidad momentánea y egoísta de afectos, decidió escribir á cuantos creía sus amigos, para obtener de ellos una palabra cariñosa. Era de los que, aniñadamente, necesitan piedad y amor cuando se sienten tristes, sin cuidarse mucho de cultivar ese amor en los instantes de prosperidad. Como quien recuenta el dinero de su bolsillo, pensó en los que sincera y desinteresadamente le habían amparado: se acordó de las Dumbrías, de la Palma... y también, con añoranzas tardías, de Clara Ayamonte. Hubiese dado algo por sentarse á la mesa de las Dumbrías; por oir aquella palabra, á veces dura, siempre franca y llena de interés hacia los fines altos de la vida, de la famosa compositora. En un periódico francés encontró, por casualidad, un elogio de las _Sinfonías campestres_, el anuncio de que iban á ejecutarlas en un concierto, y se conmovió, como si aquello fuese para él distinción personal, halagüeña recompensa. Tomó la pluma y escribió á Minia, á la Palma, cartas extensas, íntimas: la de Minia, humorística y respirando por la herida, llena de caricaturas modernistas de la Porcel, representada por un vampiro con sombrero de plumas, ó una melusina, que entre el esbelto rebujo de las ropas saca su cola de serpiente.
Vino una tarde en que se resolvió á escribir á la Ayamonte. Era un billete extraño y breve, especie de desesperado llamamiento de un alma á otra alma. El billete le fué devuelto sin abrir, con lacónicos renglones del confesor de la novicia.--¡Era tarde!--frase en que la cronología responde de tantas irremediables desventuras.--Y, por otra parte, Silvio había trazado la carta sin objeto: ni se prometía ni ansiaba la respuesta, el perdón, que hubiera podido otorgarle una mujer de sentimientos menos serios, de alma menos encendida y noble. Para responderle, Clara le había querido demasiado, y quería demasiado ahora, con profundo y fiero amor, á su Esposo _de allá_.
Las Dumbrías, la Palma, tampoco respondieron. Minia se encontraba entonces absorbida por trabajos que no la permitían despachar activamente su voluminosa correspondencia; la Palma había emprendido el viaje de verano á Alemania, y las letras de Silvio no la llegaron, cargadas de direcciones y tachaduras, hasta un mes después. Silvio, impaciente, esperaba respuesta á vuelta de correo. No recibirla le pareció ingratitud, desvío y terquedad de su infortunio. “Está visto: nadie se acuerda de mí”.
Entonces le hostigó la idea de regresar á España. Pasaría el resto del verano en Alborada, con las Dumbrías, patriarcalmente, y á la entrada del invierno volvería á Madrid, seguiría haciendo retratos y retratos, hasta que se le cayese el dedo índice. Todo menos continuar en París sin utilidad y sin un solo amigo. Una tarde, en el bulevar, se puso, instintivamente, á seguir á dos transeuntes: un joven elegante, una señora entrada en años, que hablaban español. La conversación más indiferente é insípida: molestias del viaje, comodidades del hotel, detalles de una consulta médica. Silvio bebía, no las palabras, sino su sonido, la cadencia de la lengua patria. Se acordaba de discusiones con Minia Dumbría, que es patriota ardiente y tenaz; de alardes suyos de indiferentismo y cosmopolitismo. Se reía de su chifladura, y continuaba detrás de la señora y el mozo, hasta que en la esquina de la calle subieron á un coche.
“Para regresar á España, como para todo”--pensó Silvio--“se necesita dinero”... Hizo un balance, el fácil balance de los pobretones. Debía en su hotel más de doscientos francos de pensión, en el taller un mes de alquiler, y tenía disponibles quinientos francos por junto. No había medio de salir de allí. Por otra parte, llegado el momento de preparar la maleta, el anzuelo de París, del París todavía inexplorado y arcano, le enganchaba el corazón. Escribió una carta respetuosa y sincera al pretendiente al trono de Albania, manifestándole que Valdivia se había olvidado de cumplir su encargo abonando el retrato; y agregaba la cuenta, los dos mil francos, precio francés. Esperó con ansiedad la respuesta. Era posible y natural que se retrasase, pues las señas que habían dado á Silvio en la garzonera del pretendiente no eran seguras. Se comprendía que las facilitaban con cierto recelo. No siempre conviene decir por dónde andan los rondadores de coronas.
Mientras aguardaba, proyectando marcharse apenas recibiese el _cheque_, su afectividad, dolorosamente exacerbada, se concentró en lo único que tenía á mano. Bobita, la danesa, habitaba en el taller. La portera la mantenía, mediante un franco diario, quejándose siempre del feroz apetito del joven animal, que tragaba, decía la comadre, como un león. Silvio había convenido en que á Bobita nada le faltase: pan, leche, despojos de cortaduría... La perra medraba con rapidez asombrosa; su cuerpo cenceño, enjuto, largo, se cubría de fuerte terciopelo raso, color ceniza de cigarro fino. Su hocico fresco, que exhalaba aliento sano y tibio, se guarnecía de dientes como almendras acabadas de mondar. Tenía los ojos zarcos, preguntones, candorosos. En cualquier posición que adoptase había donaire y vigor, la vitalidad de la juventud animal, sin melancolías ni ensueños. Al entrar su amo, se lanzaba sobre él, juguetona y acariciadora, exigiendo que la entretuviesen, que la sacasen á pasear por ahí. Y Silvio, enternecido, prendado, la daba nombres infantiles, “Bobirrita, Bobirris, Bobitesoro”, y, con goce de abnegación, la sacaba á la calle, se encaminaba á sitios donde la danesa hubiese de encontrarse á gusto, y, á pesar de las apreturas de bolsillo, la compraba pasteles, galletas, bizcochos, un collar de cuero rojo con cascabeles de plata. Antes de despedirse de ella, en el taller, hasta el día siguiente, la besaba con locura la suave piel del hocico. La portera, para designar á Bobita, no decía sino “el amor”, y Silvio, al pedir su llave, preguntaba:
--¿Y el amor? ¿Me lo ha tratado usted bien, madama Laroche?
Así como al prisionero le bastan un jarro y una tarima por mobiliario, porque la desgracia ha reducido sus necesidades, á Silvio, en aquellas horas de desamparo, le bastó, para no languidecer del todo, Bobita. La perra ocupaba mucho, molestaba, imponía obligaciones; era, pues, capaz de llenar la existencia, más que si sólo divirtiese un rato con sus caricias locas.
Quince días después de echada al correo la carta para el pretendiente, cuando ya Silvio desesperaba, llegó la respuesta, con sellos austriacos. Era del secretario; contenía libranza de tres mil francos y las gracias más expresivas por el acierto con que había desempeñado Silvio su misión.
Por las venas del artista se derramó alegría; su depresión desapareció instantáneamente. “¡Cualquiera pensará que soy un codicioso!” Su dicha era tanta, que le costaba trabajo no bailar, no abrazar á la camarera; al fin lo hizo, bromeando, y mientras la sirviente protestaba y se reía, sacó del bolsillo cinco francos y se los puso en la diestra.
--Ahora creo yo--pensaba al bajar las escaleras--que este señor tiene derecho á la corona... ¡Me envía mil francos más!... ¡Rey, y muy rey, le llamo!
Con recursos ya, se borró--como se borran las ideas de los momentos obscuros ante la sonrisa de la esperanza--el propósito de regresar á España y refugiarse en una aldea. Alborada se esfumó entre lontananzas y brumas. “¡No vuelvo allá hasta ser célebre!” escribió á Minia, en respuesta á una postal de la compositora.
¡Quedarse en París! ¿Cómo se le había podido ocurrir otra cosa? ¿Qué fuerzas humanas le apartaban á él de aquel foco de fiebre artística? Quedarse, estudiar, esperar la vuelta de los emigrantes... Ya empezaban los bandos de golondrinas á acogerse al alero. En los bulevares, en el patio del Gran Hotel, en las aceras de la calle de la Paz, Silvio encontraba otra vez conocidas españolas, de paso hacia la frontera, que se detenían á hacer provisiones de trapetería para el invierno próximo. Algunas pensaban prolongar su estancia hasta que empezasen á afilar sus cuchillos los cierzos del Sena. Silvio aceptó dos ó tres invitaciones en restaurantes de fama. Lo que nadie le proponía, era un retrato. Se dió cuenta de lo mucho que había influído en el alza y hervor de su mercado de Madrid, la rutina que empuja á la sociedad á atropellarse en un mismo punto. No le preocupó ni mucho ni poco. Estaba en plena racha de entusiasmo y labor de otro género, labor libre. Como si la subsistencia asegurada le restituyese las vitalidades de la voluntad, se preparaba, por medio de fuertes sesiones de modelo, al ingreso en un taller magistral. Así como así, el dueño del suyo regresaría, y se le imponía el problema de no poder dar pincelada si no buscaba dónde trabajar.
Sus modelos--la hembra, una criatura delgadita, sin plástica, con algo de airoso y delicado en las líneas, la gracia parisiense, que se percibe hasta en la mujer despojada de sus ropas, y el macho, un guapo borrachín en la flor de la vida, no desfigurado aún por el abuso del alcohol--le referían indiscreciones de taller, rarezas de artistas famosos, lances de pingües ventas de cuadros, que no se colocaban en París, y que un cliente americano paga carísimos, llevándoselos inmediatamente en una caja de embalaje. Se veía que este aspecto lucrativo de la profesión artística era lo que danzaba en la cabeza de los pobres diablos de modelos, cuya existencia precaria se revelaba en la empobrecida constitución de ella, en los estigmas con que el alcohol, recurso contra el hambre, empezaba á marcar la cabeza hermosa, de Cristo rubio, de él. Á Silvio se le ocurrió aprovechar aquellas dos figuras para la composición de un cuadro religioso: una arrepentida, la Magdalena de hoy, semitísica, y un Jesús triste y grave, que, al perdonarla, perdona también á la humanidad, no porque haya amado mucho, sino porque mucho ha sufrido y sufre. Esta idea, la compasión de Jesús por la humanidad, simbolizada en una mujer consumida de privaciones, mostraba cuánto camino había andado el pensamiento de Silvio desde los tiempos en que las burdas y enérgicas reproducciones de una naturaleza sin alma eran su canon de hermosura. Como sucede á ciertas mujeres desatadamente soñadoras, que agotan las emociones de una pasión sin que llegue á saberlo el mismo que es objeto de ella, Silvio había agotado ya dentro de sí, antes de realizar obra alguna de cuenta, la virtualidad de una teoría estética, atravesando las landas del naturalismo y abandonándolas.
Ahora era un idealista, un moderno, y lo que perduraba de sus devociones antiguas, lo que practicaba con mayor fanatismo si cabe, era ese culto del dibujo firme, concienzudo, ahondado, que cada día prestaba mayor seguridad á su mano y mayores vuelos á su imaginación misma, en la cual la forma sensible de las cosas, lo concreto del espectáculo natural, se enriquecía y extendía, pronto á servir á la concepción ideal del poeta que siempre había existido en Silvio, y que se revelaba lleno de sentimiento y de efusión interior. Un Silvio nuevo surgía como la imagen sobre la placa fotográfica cuando la sumergen en el baño reactivo. Ya no aspiraba á la obra fuerte, al trozo de realidad: quería, en esa realidad, realizarse él también, derramar su propia esencia, dominar con su yo lo externo, penetrándolo.
--“Pero--meditaba--no es posible imponerse por sorpresa: antes hay que arar, ser buey, para poder ser algún día arcángel, como Millet ó como Moreau”.
Y borró el trazado del cuadro que pensaba componer con sus dos modelos: él, envuelto en una túnica blanca que parecía vestirle de luz; ella, esmirriada, devorada por la anemia, apagada en su ropa negra humilde, la misma ropa suya, de lana, muy traída y pobre, postrada á los pies del Salvador, mostrándole, no su ardiente corazón ni su rubia guedeja, sino sus pies descalzos y ensangrentados, como si dijese: “Mira cuánto he padecido, cuál es mi miseria, y perdona si he errado, hasta si he sido criminal”. Para fondo de esta página, Silvio pensaba estudiar la melancólica aridez de un arrabal trabajador de París. Pero no se atrevió, asaltado de escrúpulos de conciencia. ¡Un cuadro de composición! ¡Ridículas pretensiones! Dibujar, dibujar... Lo otro vendría: estaba seguro de ello, vendría á su hora...
No era, sin embargo, la modestia lo que cohibía á Silvio. No quería ser modesto. Sorda rebelión le alzaba ya contra el maestro á cuyo lado trabajase. Resolvía formarse á sí propio, no gastarse en vanas admiraciones. Se propuso tener sus númenes entre los ilustres del pasado; erigir altares á “lo que ha sido”, practicando, si le era posible, “lo que va á ser”.
En esta liberación interior, orgullosa, de Silvio, había algo semejante á un comienzo de envidia, de animosidad, porque otros ya habían llegado, y él... él no llegaría tal vez nunca... En el taller, solo, con la cabeza de Bobita descansando en sus rodillas, esta idea víbora se le enroscaba al corazón. “¿Y si yo no tuviese talento? ¿si, á pesar de mi vocación, de mi terca vocación, no tuviese talento ninguno?”
El taller, mal barrido por la descuidada portera, que siempre pretextaba quehaceres para ahorrarse trabajo, tenía ese aspecto decaído, ese velo polvoriento que influye sobre las imaginaciones vivas sugiriendo aprensiones de fracaso, de esterilidades del esfuerzo, de fatalidades lentas.
Los muebles rotos y mal encolados del artista que viajaba, desbaratábanse como si á propósito lo hiciesen. Los tapices eran jirones. Todo gritaba la penuria del dueño de aquel refugio. Silvio sentía, con la intensidad que adquieren las molestias minúsculas en la fantasía de los nerviosos, el peso de tanta mezquindad, y, cabizbajo, pensaba que ocuparía por muchos años un taller semejante, hasta el día en que... ¿Y si ese día no llegaba nunca? ¿si él era un frustrado, definitivamente un frustrado?
No se trataba de ningún imposible. Llegar á convencerse de que no hay facultades excepcionales, de que no se es un genio--este drama moral se representa diariamente, con un mismo espectador y actor.--De una generación artística, de diez ó doce mil muchachos que caen en París como la falena en la lámpara, ¿hay acaso cien llamados á saborear la gloria? ¿Y por qué había Silvio de ser uno de los ciento?
Soltaba entonces el lápiz; se tumbaba en el diván, manchado y desvencijado, del desconocido pintor en cuyos penates artísticos se cobijaba, y dábase á pensar, no sólo en su destino, sino--con tenacidad que él mismo calificaba de insania--en el de aquel individuo de quien no sabía cosa alguna. “¡Qué diantre! ¡Qué me importa! Así se lo lleve la trampa...”
Descuidando el estómago, que era como descuidar la vida, Silvio, en el nuevo acceso de pesimismo, no salía del taller, sosteniéndose largas horas con un pedazo de queso, con un bollo de pan.
Una mañana se sintió tan débil, en tal estado de depresión nerviosa, que se alarmó. Empezaba á notar con frecuencia--desde que se había propuesto observarse y consagrar sus fuerzas todas á rehacerse para entrar dispuesto y de refresco en la batalla--que sus estados de perturbación moral iban acompañados de trastornos correlativos en lo puramente orgánico.
Un miedo nunca sentido le acoquinaba; el de que pudiese faltarle, además del dinero, la indispensable salud; ¡la salud, un instrumento de trabajo más útil aún que la moneda!
Y á ratos se le figuraba baldía tal preocupación. Sus veinticinco años eran ó debían ser inagotable reserva vital. ¿Qué importa la debilidad de un estómago caprichoso y delicado? Enfermedad grave... muerte... Palabras vanas. No creía Silvio que realmente podía morirse. Ni siquiera quería confesarse que la emoción, la esperanza, la aspiración, en suma, el devanar de su espíritu, era justamente lo que disipaba aquel magnífico capital de juventud y de robustez que de la juventud se deriva.
Como quien nota la disminución de una suma en monedas de oro encerrada en un arca, Silvio comprendía que su vigor, que su resistencia mermaban á cada alternativa de calenturienta ilusión; pero no sacaba consecuencias de un hecho tan constante. No podía decir que fuese la decepción lo que le postraba; se gastaba también en los momentos de engreimiento; le rendía el breve transporte de un relámpago de confianza en sí mismo.
No pudiendo luchar con estas circunstancias ni trazarse un método, porque su situación era provisional y transitoria, aplazó, despreocupado. La previsión de la muerte no arraigaba en su espíritu, como no arraiga nunca en el de los que forman grandes planes y tienen demasiadas ambiciones, demasiados sueños, tela cortada para fantasear.
--Cuando me normalice de vida y de trabajo--pensó--me cuidaré mucho. Ahora... ¿qué más da?
Una carta,--un aguijón del destino, oculto bajo un sobrecito gris sellado con lacre blanco, exhalando el aroma de una composición demasiado conocida, que actúa sobre los nervios,--sacó á Silvio de sus fluctuaciones. La dirección mostraba la acaballada letra de la Porcel, letra sin personalidad, análoga á los palotes de todas las elegantes que han aprendido en los mismos colegios por iguales métodos, y que han suprimido, en la homogeneidad de la moderna educación, aquellas características patitas de mosca de antaño.
Espina, ¡cosa increíble, á no tratarse de tan extravagante mujer!, escribía una misiva casi tierna, mimosa. Se quejaba de la soledad y el ruido de los hoteles; se lamentaba de quebrantos de salud; hablaba vagamente de la inaguantable necesidad de consultar eminencias, de su insubordinación á prescripciones que la contrariaban en sus caprichos; ensalzaba la libertad “doblemente preciosa que una vida indigna de que nadie se preocupe de conservarla á costa de afearla y hacerla prosaica”--y en la postdata, al descuido, anunciaba su regreso á París hacia mediados de Octubre, época en la cual ya se ve gente y se podrá enseñar en debida forma cierto bello retrato á las amigas.--Al leer este párrafo, Silvio vió lucecitas en el aire; su corazón brincó como un cabritillo. El problema de París, resuelto. ¡La Porcel, mudable como la ola, le había perdonado y cumplía su antigua promesa!
Respondió en cuatro carillas llenas de zalamerías, de las que su índole, en algunos respectos femenina, le permitía engastar con la gracia de brillantes falsos en el marco de una miniatura. Era carta amistosa, y amistosa también la que contestaba; pero cuando entre corresponsales de distinto sexo ha mediado cierto género de conexiones, hay un dejo de reserva sentida y de insinuación inconfundible en la menor frase, en los giros, en los encabezados y finales. Silvio, temiendo á los celos de Valdivia, procuró componer su carta de modo que, muy rendida y agradecida, no transparentase la confianza material, la especialísima franqueza que engendran determinados recuerdos. Era la misiva, entre las de Silvio (siempre bien escritas, cultas, expresivas), un modelo de felino halago, de infantil abandono, de adulación quintaesenciada. Cartas así se captan los corazones. Pero Espina no tenía, puede afirmarse, lo que llamamos corazón, excepto para sentir la belleza más allá del mal y del bien, y acaso preferentemente más allá del mal, gozando la fruición de lo perverso, como se goza un sabor, un perfume, una asociación de líneas.