La Quimera

Part 25

Chapter 253,791 wordsPublic domain

--¡Ah, sí, el _Harem turco_! Ya recuerdo... Labor de muchacho... Como usted no conoce lo que hice después... He enviado á los Estados Unidos mi producción seria. Aquí ni siquiera expongo; mi mercado no está aquí.

Era su artimaña, asegurar que expedía de cuando en cuando una obra fundamental á Norteamérica. Las expedía, sí; pero eran ajenas, antiguas, y algún que otro retrato hecho á las aves de paso en París, y remitido en cajas de magnífico embalaje, lo mejor del envío...

--Nada tendría de extraño--pronunció Silvio incisivamente, pues sus nervios triunfaban--que algún día conociese yo esas obras de usted. Deseo recorrer esos países... Suplícole me dé nota de los museos y colecciones particulares donde pueden verse. Además, me figuro que los periódicos de arte habrán publicado reproducciones. En el _Estudio_, por ejemplo, ¿no figura al menos una ó dos de las más notables...?

Marbley, cogido, calló. Un gesto de menosprecio fué su respuesta. Espina mintió por él.

--El maestro prohibe que se reproduzcan sus cuadros. No quiere que los deshonre el fotograbado y que rueden por ahí. Los riquísimos aficionados que forman su clientela no tienen ganas de que por un franco se adquieran copias. Maestro, dispense la ignorancia de mi protegido y sus preguntas cándidas. No está enterado el pobre.

Marbley sonrió á su defensora. Se pusieron de acuerdo en una mirada rápida. El belga respiró: Espina le entregaba á discreción al rival posible...

* * * * *

--¿Qué efecto le hace á usted el maestro?--preguntó la Porcel cuando subieron al coche y rodaron hacia los grandes bulevares.

--¿Cuál maestro?--chilló Lago.--Señora, ¿se ha propuesto usted burlarse de mí? En París hay muchos artistas á quienes no soy digno de desatar la cinta del zapato; pero si esto es lo que usted llama un maestro... ¿Y por qué me rebajaba usted delante de él? Sepa usted que su Marbley no vale un comino. Hoy no hace sino porquerías.

Excitado por la indignación, Silvio alzaba la voz, manoteaba. Impulsos le venían de agarrar de la muñeca á Espina y zamarrearla, arrojándola del coche al arroyo. Olvidado de los antecedentes, en la ferocidad que desarrollan las heridas personales, no sentía ni asomos de piedad, ni siquiera respeto. Ella le clavó sus ojos, puñales de ágata fría.

--¡Ah! Sí, sí... Me olvidaba de que, comparado con usted, Marbley es un pigmeo...

--No soy nadie ni nada--murmuró con energía Silvio;--pero si no he de llegar á más que Marbley, ¿lo oye usted?, ahora mismo renuncio á toda mi ilusión y ocupo el asiento del pescante. ¡Lacayo, antes que Marbley!

--Según eso, ¿usted creía llegar adonde Marbley ha llegado? Bien se ve que le han levantado de cascos Lina Moros y otras de su calaña. ¡Estamos en París! Vamos, vamos... ¿Quiere usted destruir una reputación consagrada?

--Consagrada en los salones, si acaso; consagrada para quien no lo entiende... En fin, señora, perdóneme; pero ¿á qué hablamos de todo esto? Con usted sería mucho más discreto charlar de modas. ¡Mujer, mujer! ¿Qué hay de común entre tú y yo?--profirió cerrando los puños y ahogando un juramento.--¡Maldita la hora en que descendemos hasta la mujer!...

--_Stop_--ordenó Espina.--El señor quiere bajarse.

Y dejando á Silvio en mitad de la avenida, recostándose indiferente, la Porcel añadió:

--_Allez vite._

El coche se perdió en la lejanía, enrojecida por la puesta del sol, ensombrecida por los árboles.

* * * * *

En dos días no supo Silvio de Espina; no pudo ni conjeturar si con el incidente á la salida del taller del belga quedaban rotas sus relaciones. Fueron cuarenta y ocho horas de ansiedad irritada, de penosa incertidumbre. ¿Qué hacía el artista sin aquella mujer, al cabo único asidero suyo en París? Se arrepintió de su arrebato. “Debí hacerme el sueco”. No se decidió, sin embargo, á ir á casa de la Porcel. La temía. “Es ridículo. No me pegará...”--pensaba. Y quedábase.

Al tercer día, estando Silvio en su cuarto escribiendo á Cenizate, desahogando penas, el camarero le avisó de que le esperaba en la calle una bella señora, en un coche. Silvio se atusó, se puso el sombrero, bajó... La propia Espina, ataviada con caprichoso traje, en que la incrustación de bordado inglés ocupaba más sitio que la tela. Bajo la pantalla sedeña de su abierta sombrilla, su cara parecía bañada en amortiguados reflejos del sol, y el nácar de sus dientes la iluminaba con húmedas transparencias.

--Vengo á hacer las paces con usted...--murmuró.--¿Qué es eso? ¿No se le ha pasado todavía?

Silvio no sabía por dónde salir. No carecía de explicaderas, seguramente; pero la Porcel, al infundirle mil sentimientos opuestos, tenía á veces el dón de desconcertarle.

--Vengo--insistió Espina--á raptarle á usted. ¿Vamos, qué aguarda? Suba.

Silvio saltó al coche. Tardaba en encontrar la frase adecuada á su especial situación, y se la proporcionó su interlocutora.

--Á ver... Pronto, ese acto de contrición.

Lo salmodiaba el pintor con cómicas añadiduras, cuando Espina interrumpió:

--Por adelantado, la penitencia... Dijo usted que conmigo sólo se podía hablar de modas... Va á acompañarme á casa del modisto. Figúrese que á los Crouzat-Salvilly se les ha ocurrido dar un baile en su castillo, pero un baile que será el de la temporada; han invitado á la _fleur des pois_... Yo les hubiese agradecido infinito que no se acordasen del santo de mi nombre, porque esos bailes que obligan á viajar en ferrocarril no tienen pizca de divertidos... Pero Valdivia, erre con que no falte; dice que á esa fiesta es preciso asistir... él sabrá por qué. ¡Tonterías! Cuando menos se preocupa una de las invitaciones, más le asedian. En fin, necesito arreglar joyas, y un traje que no sea demasiado ridículo... ¡Estoy tan aburrida de lo poco que los modistos discurren! ¡Y pensar que los modelos de estos calabazas, con diez meses de retraso, forman la base de la elegancia vertiginosa de las madrileñas!

Su antiguo despecho, sus celos sin amor, renacían, se desbordaban en sátira. Describía el guardarropa de Lina Moros, á la moda de un año atrás, admirado con la boca abierta por las que todavía daban golpes á los trapos de hace un trienio.

No tuvo tiempo de completar la descripción. Ya el coche se paraba ante una joyería en la calle de la Paz. Espina se bajó, ayudada por Silvio, y el joyero, solícito, enseñó modelos; discutieron el arreglo y aumento de los largos hilos de gruesas perlas que Espina poseía y pensaba escalonar sobre el escote, á lo Médicis, y para los cuales deseaba un broche espléndido, un rubí único en tamaño, color y talla. Aseguró el joyero que el rubí se encontraría.

--Esta piedrecita--dijo la Porcel á Silvio--debe ser el _leitmotiv_ del traje. Y maldito si sé cómo combinarlo.

Hablando así, adelantaban por esa calle en que el lujo de la mujer parece filtrarse al través de las paredes, irradiar incendiando los escaparates tentadores. Desde las deslumbrantes joyerías hasta las britanizadas tiendas de objetos de viaje, con sus sacos de flexible y luciente cuero repletos de utensilios de plata y cristal, todo hablaba de necesidades complicadas, de atavíos fantásticos, de viajes en trenes rapidísimos, en que se pasea la insolencia de la fortuna al través del mundo. No cabía pensar en pisar aquellos establecimientos sino con carteras rellenas de billetes, las bombeadas carteras de los americanos y los ingleses, que hincha una tumefacción de caudal. En la calle de la Paz, el lujo no se hace adaptable, accesible, como en tantos puntos de París, por ejemplo, los grandes Almacenes, que anzuelan á la mujer con el cebo de la baratura. Al contrario. La calle de la Paz seduce, altanera, con lo exorbitante, lo que sólo allí se paga á tal precio, aunque en otra parte se encuentre, acaso indiscernible. Los sombreros de la calle de la Paz, las camisas de la calle de la Paz, las joyas de la calle de la Paz, tienen la pretensión de cifrar la plenitud é intensidad del lujo, lo serio y gallardo del derroche. Fanatizan... Y no son sólo los escaparates con sus vidrios limpios y altos los que incitan al poderoso. En todos los pisos de las casas, los balcones están cruzados de letreros de oro, enormes, con el reclamo del nombre de alguna celebridad ó especialidad de alta fantasía; allí han fijado su residencia los grandes modistos, pontífices de la vanidad y dictadores del trapo. Uno de los aspectos de París triunfante es el trapo: el trapo, una de las maneras seguras que tiene Francia de imponerse al mundo. La parisiense, modestísimamente ataviada, trabajando toda la semana con sus dedos ágiles, prepara la derrota del extranjero, el cuele de su fortuna en la caja nacional, fruto de inmensa economía, que permitirá á la patria afrontar indemnizaciones, desquites, reorganizaciones de su ejército... Francia se defiende con el trapo; el trapo vale por muchos regimientos y muchas fortificaciones.

--¿Adónde me lleva usted?--interrogó Silvio.

--Á casa de Paquín... No tiene demasiado talento; se repite que es un dolor... pero al fin es el menos seco y amanerado de todos... Vorth ya es enteramente un modisto de teatro; sólo sabe hacer trajes de aparato, de reina de baraja; Redfern, ¡pch! algo entiende el paño... En sedas y gasas, calamidad... Laferriére se está echando á perder... Doucet, un impertinente; tiene un _premier_ español que ha sido modisto en Madrid, un joven linajudo, pero caprichoso y raro; sólo trabaja de buena fe para las familias reales... Yo, á veces, le hago infidelidades á Paquín con unas casas nuevas que se me figura que tienen porvenir. Descubro estrellas. Boué es de mi escuela; nada pesado, nada que no plegue... Es enemigo de estos bizantinismos y estos japonismos que les encantan á las yanquis; en su manía de buscar lo pasado, las hace ilusión vestirse con dalmáticas y capas pluviales... Aborrezco ese _genre_. Me gusta otra cosa... Algo de poesía, de ensueño... ¿Verdad que eso es lo bonito?

En esta plática llegaron ante la casa de Paquín. Silvio miró sorprendido la fachada. Los dos pisos que correspondían al gran modisto, parecían comentar las últimas palabras de la Porcel. La poesía desbordaba por los balcones. Aquel día, el jardinero, que diariamente los cuajaba de plantas en plena floración, había elegido tiestos de soberbios lirios lancifolios, que abrían sus cálices de terciopelo rosa, atigrados curiosamente,--lanzándose fuera del barandal de hierro. Entre las flores, de involutos pétalos, follaje plumeado de helecho mezclaba sus gráciles airones. Era el único edificio engalanado así en toda la calle; un reto á los otros modistos; un llamamiento, una galante invitación á la mujer, un jardín colgante que gritaba que allí se colmaba el sueño femenino de lujo, gracia, capricho y hermosura. Aquellas flores eran la voz insinuante de la sirena, y la mujer que lo escuchase indiferente tendría su alma enajenada en otro hechizo.

Silvio y la Porcel subieron la escalera y entraron en el templo. La puerta estaba franca: no era necesario llamar. Salvaron la antesala, que cruzaban atareadas oficialitas, y se encontraron en el salón blanco y oro, con ventanas á la calle. En sillas y sillones se repantigaban señoras que, antes de dirigirse al paseo, se distraían en venir á ver la exhibición de los modelos. Había allí de todo: verdaderas damas del buen tono, de San Germán; opulentas banqueras; extranjeras que fiaban en sus millones para transformarse en un santiamén en parisienses con _chic_; actrices que no trabajan en esta época del año y preparan elementos para la temporada próxima; dos grandes _cocottes_, imitadas en su estilo y adornos por todas las señoras, y hechas, en aquel mismo instante, una preciosidad de finura y de elegancia. Silvio miraba á la clientela, y pensaba: “Con el retrato de éstas que están aquí, sería lo bastante para hacerme en París un nombre y sostenerme algún tiempo sin necesitar de Espina”. Después, tascando el freno, murmuraba: “Es innoble tener siempre pendiente la cuestión de dinero. ¡Qué miseria!” En momentos así, se acordaba de la Ayamonte. Á su lado, no necesitaría sufrir ninguna humillación... Pero habría que ser su marido.--Espina, remolcándole, había saludado á algunas conocidas que encontraba allí, señoras legítimas: la condesa de Villars-Brancas, la condesa de los Pirineos, nacida Rohan, la marquesa de Saint-Pol, una judía archimillonaria, casada con un descendiente del célebre condestable que hizo traición á Eduardo IV ante Calais.--Las extranjeras, olfateando categorías sociales, aplicaban el oído, miraban ansiosamente, soñaban un incidente, una casualidad que las pusiese en contacto. Las del círculo aislábanse, estrechaban su grupo. Amablemente, la Saint-Pol pedía consejo á Espina, cuyo buen gusto era tan conocido... Ese dichoso baile de los Crouzat-Salvilly...

--No sé--decía ella, remilgada.--Se me figura que Paquín decae. No tiene fertilidad de imaginación. Mírenme ustedes esos modelos. Bonito, sí, bonito... todo lo bonito que se quiera... pero lo de siempre; los pliegues en la cadera, se ha enamorado de ellos; las peregrinas... ¡y estamos de pliegues y de peregrinas hasta el moño! Sería hora de renovar un poco las hechuras, la manera de comprender los adornos, hasta el colorido... Nada: se pone pesado como los viejos...

Mientras Espina hablaba así, las seis muchachas encargadas del oficio de maniquíes vivos se paseaban lentamente, estudiada la actitud, para mejor hacer admirar el modelo que vestían. Daban la vuelta al salón, dejando desplegarse con armonía la cola, con esa ciencia del efecto de la tela sobre las formas, que Silvio había creído privativa de Espina, y que iba pareciéndole uno de los infinitos gestos graciosos y conquistadores de París. Se volvían, para enseñar á cada señora la hechura del vestido ó abrigo, de espaldas y de frente, exhalando al mismo tiempo murmullos de encomio, un himno á la originalidad de los adornos, á lo delicioso de la prenda. Aquellos maniquíes vivos eran mujeres hermosas, más hermosas que su clientela tal vez; las envolvía el prestigio de la casa; parecían desdeñar á la dama que no tirase miles de francos en hacerse ropa; y bajo los caprichosos trajes que un momento las cubrían, llevaban sayas bajeras baratas, adquiridas de ocasión en los Almacenes, calzado fatigado ya, camisas de tres días. Con rapidez vertiginosa, desaparecían, se quitaban un vestido, se enfundaban otro, y volvían á pavonearse, á hacer la rueda, sudando bajo los abrigos de teatro y calle, que las asfixiaban.

Espina pronunció indignada:

--¡También es demasiada avaricia la de este Paquín! Estos modelos están ya imposibles, de tanto enseñarlos todos los días. Mire usted; las gasas parece que han fregado el piso, y ese traje rebordado de lentejuela es un pingajo, como un faldellín de acróbata. El maestro se ríe de nosotras... ¡Y pensar que después de sudarlos así, todavía se los pagan, para modelos del invierno que viene, las modistas de provincia!

Riéronse las parroquianas. Era verdad; no se concebía tacaño como él. ¡Cebado en la ganancia, y sólo pródigo de flores!

--Y después--indicó la Villars-Brancas,--quiere que traguemos que fabrican expresamente para él todas las telas que gasta, cuando me consta, digo que me consta, que pide á los grandes Almacenes géneros... Somos unas infelices en creer sus embustes.

En la conversación de las señoras notábase cierta animosidad; el rencor de las cuentas crueles, la eterna queja del comprador contra el vendedor.

--Lo peor es--advirtió Espina--que se le vaya acabando la inspiración. Dentro de poco no sabremos con quién vestirnos. Y ¿dónde andará ese bajá de tres colas? Podía molestarse al saber que estamos aquí...

Se metió precipitadamente en el gabinetito, al lado del salón, al pie de la escalera por donde debía bajar el modisto. Alfombran el piso centenares de muestrarios, piezas de encaje á medio desenvolver, adornos enrollados alrededor de cartones, cascadas de accesorios, piezas de gasa de colores amortiguados, retazos de cintas anchas, botonería de strass. Y Espina gritó imperiosamente á la rubia oficiala, que la miraba entre alarmada y respetuosa:

--Advierta al Sr. Paquín que aquí estoy...

La oficiala se precipitó por la escalera misteriosa, pintada de blanco, fileteada de oro. Entretanto, Silvio había suplicado á Espina: “Presénteme á sus amigas... Sólo conozco á la condesa de los Pirineos, y es fácil que ya no me recuerde... Acaso alguna se retrate...“ Y Espina, sin calor, había presentado: “El Sr. Lago, un joven artista á quien he conocido en Madrid...”

Bajaba el gran modisto. Silvio le miró con interés. No era un tipo afeminado: al contrario. De aspecto militar, bigotes marciales, ojos negros y duros, tez biliosa, se le podía llamar un buen mozo vulgar, asargentado. Su tiesura poco galante se humanizó ante Espina y las otras parroquianas, de la flor de su clientela. Sin embargo, se veía que la excesiva complacencia no entraba en sus hábitos, y que aquel empaque diplomático era lo único que llevaba como librea de distinción sobre su basta figura.

Espina, resbalando más bien que andando por la alfombra, se le acercó y murmuró:

--Señor Paquín, vengo con una pretensión muy extraordinaria... Que se olvide usted de los modelos que nos enseña desde el mes de Abril, y que me haga, para el baile de los Crouzat-Salvilly, algo inédito... Un traje en que el rubí...

El modisto, frunciendo el ceño, herido en su infalibilidad, respondió:

--¿Cómo? ¿La señora querría...?

--Algo inédito, he dicho... Y algo que me hiciese usted el favor de no reproducir en un par de meses, ni para expedirlo á Australia. Vamos, prense usted la imaginación...

--¡Oh! ¡Señora!--murmuró el bajá dignamente.--Espero que no necesitaré gran esfuerzo para encontrar algo delicioso... Indíqueme la señora Porcel su idea, y daré instrucciones á mis dibujantes, y someteré á la señora...

--¡Sus dibujantes de usted!--recalcó Espina.--¡Si están como los caballos de los fiacres! No, Paquín... Se trata del baile de los Crouzat, de algo serio, ¿eh? Me he traído el dibujante, el compositor, el artista en elegancia... Aquí le tiene usted. El señor, en este terreno, es un hallazgo, un tesoro... Me ha de dar usted gracias, y no ha de querer soltarle, así que pruebe sus servicios...

Sin saber qué responder--no estaba en las costumbres de la casa aceptar personal en semejante forma,--el bajá guardaba silencio, y Silvio, atónito al pronto, convulso de ira con los verdes ojos anegados en sombra, se lanzaba hacia la señora, atropellando exclamaciones:

--¿Qué dice usted? Pero ¿qué está usted diciendo?

--¿Qué le pasa?--repuso ella.--No sea usted niño, no lleve usted la modestia á extremo tal. Nadie ignora en Madrid las disposiciones de usted para la moda. ¿De qué se alarma? Le estoy situando en su verdadero terreno, y creo serle útil al recomendarle á Paquín. ¿Qué? ¿Lo toma usted á ofensa? ¡Bah! Bueno. No hablemos más.

La extraña escena había fijado la atención del grupo de señoras. Se entremiraban y miraban á Silvio, cuyo rostro, demudado, podía alarmar. Y la Villars-Brancas y la de los Pirineos, muy amigas, cambiaron expresiva ojeada, como diciéndose: “Aquí hay algo más de lo que sale á la superficie...”

Silvio se había dejado caer en una silla. Su respiración era anhelosa; una resaca violenta hacía palpitar sus hombros y su pecho. Espina se le aproximó. Le prodigaba explicaciones.

--Vamos, no sea usted así... Sobre que hace uno las cosas con la mejor intención... Pero vamos á ver: ¿qué tendría de particular que usted me dibujase un traje? ¿Es algún delito? ¡No sabe uno de quien echar mano para presentarse bien! Y usted, aunque se enfade, ¡viste tan divinamente! ¡Si viese usted, Sr. Paquín! ¡Sedúzcale con proposiciones, por si le restituímos á su verdadera vocación!...

El artista temblaba con todo su cuerpo; se torcía las manos para contenerse; sentía, con fuerza casi irresistible, la impulsión destructora, el ansia de abofetear, de herir, de gritar improperios, de hacer algo afrentoso, de proferir, como quien escupe: “Esta mujer que así me habla y yo...” ¿Qué se proponía Espina? ¿Qué monstruosa venganza era aquella? ¿Qué goce para su estragado espíritu? ¿Cabía bañarse así en el agua amarga del ajeno sufrimiento?

No se acordaba Silvio de que la indiferencia moral, el desprecio á la humanidad, de Espina, le habían parecido en Madrid sello de naturaleza escogida y artística, picante atractivo de su trato y su persona... ¡Cuánto daría ahora por beber la expresión de la piedad y la generosidad en unos ojos humanos! ¡Oh, Clara!

Se volvió, como si buscase... y encontró los ojos de la condesa de los Pirineos,--alta señora, encantadora mujer, que no ha sido muy bella nunca, pero tiene como nadie el aire de la distinción y dignidad social que prestan una biografía diáfana y el hábito de recibir el homenaje del respeto,--fijos en Espina con extrañeza y reprobación. Y la voz de la dama, mesurada, simpática, pero firme, pronunció, con ese acento sorprendido y algo irónico que manifiesta la censura entre gente de educación exquisita:

--_Charmante_, no insista usted, se lo ruego... Se ve que su concepto acerca de las aptitudes del señor Lago, á quien usted misma me presentó en su casa como artista de porvenir... ¿no se acuerda? en un almuerzo tan grato como todos los suyos, no está de acuerdo ni con los propósitos que á él le animan, ni tal vez con la realidad. El Sr. Lago aspira á otra cosa, y sus amigas--la Pirineos recalcó ligerísimamente la palabra--deseamos que las aspiraciones del Sr. Lago se realicen.

No respondió Espina sino con imperceptible mohín. No se atrevió á revolverse. Encogió los hombros, sonrió á medias.

Bajo la influencia de la emoción, Silvio se llegó á la Condesa, tomó su mano y la besó, murmurando:

--Gracias...

Después se inclinó ante las otras señoras del grupo, que, reservándose, habían asistido al incidente, y salió sin despedirse del modisto, el cual,--envarado y engreído, de pie entre los retazos de encaje, los muestrarios y los metros de gasa desplegada y arrugada por el jaleo de las demostraciones á las parroquianas antojadizas y hartas de trapo,--continuó oficiando de pontifical.

* * * * *

Los días que siguieron á este episodio, mejor dicho, los meses, fueron para Lago de lo más sombrío de su existencia. París se había quedado sin gente conocida; una calma provinciana aletargaba sus calles. El calor de Agosto, unido á las vacaciones, vaciaba la capital. Silvio, en su cuartito de la fonda, amueblado sucintamente, con lavabo, cómoda y percha, y del cual, según la detestable costumbre de los hospedajes franceses, no habían retirado alfombras ni cortinas, se consumía y achicharraba. En su aplanamiento, algunos días le faltaba resolución para trasladarse al taller. Además no podía gastar en modelo. Su escaso peculio se disolvía como azucarillo en el agua.

Valdivia y la Porcel recorrían entretanto castillos y playas, asistían á fiestas, se mecían en terrazas colgadas sobre puntos de vista maravillosos, oreadas por la brisa de mares azules, soñados. Así por lo menos se lo imaginaba, en su despecho, el joven artista, abandonado y burlado por los que le habían traído á Francia. Desde lejos se ve sólo el aspecto brillante y teatral de las existencias, y se oculta su elemento trágico, fatal. Acaso, en Madrid, gentes de la Sociedad de Acuarelistas ó del Círculo de Bellas Artes, cocidas en el horno de ladrillo matritense, fantaseaban sobre el tema del viaje de Silvio, y en vez de representárselo paseando con melancolía los malecones del Sena al atardecer, en busca de un poco de aire fresco, se lo figuraban libando placer y gloria, entre los halagos de la fama, en camino de la reputación universal, hacia cuyo templo le empujaban bellas ensortijadas manos.