Part 24
Silvio no iba á decirle: “Estoy porque Espina me ha llamado”. Limitábase á exagerar la actitud correcta, el mutis de respeto, el implícito reconocimiento de los derechos de Valdivia... No era mejor táctica, como no lo es nunca lo artificioso, lo fabricado, en la esfera del sentimiento. Al celoso, una vez alarmado, todo le previene. El hecho más sencillo es tortura; la desconfianza es tan desmedida, como la confianza fué incondicional.
Al tender la mano al brasileño, sentía Silvio retraerse nerviosamente la diestra, volverse rígida, ó apartarse con un movimiento mecánico, de los que no domina la voluntad. En los ojos apagados y estriados de bilis de Valdivia, pasaban, como nubes ligeras sobre una charca, fugaces expresiones de odio, de indignación y--lo que más preocupaba á Silvio--de dolor sin consuelo.
Y Silvio no podía soportar la falta de perspicacia del celoso.
--“Estoy por llamarle á capítulo y asegurarle...”
¡Qué inocentada sería! ¿Acaso el celoso da crédito á las verdades?
--“Este hombre sería dichoso y, además, encantador, si no fuese la víbora que lleva enroscada--pensaba Silvio.--Acabará él también por mordernos á todos.”
De la impaciencia de Silvio ante la ceguera del brasileño, nació una especie de menosprecio hacia hombre tan simpático, cuya felicidad deseaba sinceramente, dispuesto á sacrificarse por ella. ¡Bah! ¡El sacrificio, de nada servía!... Esta reflexión vulgar fué acaso la excusa que se dió Silvio á sí propio, al sentir reflorecer, involuntariamente, á cortos accesos, el capricho por Espina Porcel. Extraña y casi puede decirse monstruosa atracción, análoga á la que nos lleva á acariciar y jugar con el perro que muerde ó el gato que araña y saca sangre. En la soledad del gabinete donde Espina le recibía; en aquel eléctrico silencio ritmado por la canción hialina de la fuente, pervertido por los violentos aromas del jazmín y las gardenias, la tentación nacía del enervamiento, y Silvio la percibía unida al deseo de herir y hacer daño, á un impulso malévolo, rabioso. ¿Por qué le llamaba aquella loca? ¿Por qué se figuraba tonterías aquel insensato? ¿Por qué no le dejaban de una vez tranquilo, tendiéndole una mano si podían, y si no, abandonándole de una vez, á luchar nuevamente, solo, pero suelto y sin falsos auxiliares? Y en la imaginación del pintor se delineaba la escena de violencia que le aliviaría y le vengaría: una carcajada burlona en la cara del celoso, después de una mofadora y ultrajante caricia á la mujer...
Solo con ella tantas horas, el enigma de la Porcel le irritaba. ¿Era efectivamente, según la afirmación de Valdivia, una víctima de la fatalidad? Silvio la clasificaba algunas veces, comparándola á Clara Ayamonte. “Aquélla--pensaba--era una histérica del corazón, y ésta es una histérica del cerebro.” Pensándolo mejor, esta frase, como todas las frases, nada decía: no descubría lo substancial de las cosas, lo que latía en el arcano de un espíritu refinado y desquiciado. La clave del sentir de aquella hija de la decadencia no la poseía Silvio, á pesar de prolongadas cavilaciones, cuando veía á Espina tendida lánguidamente sobre la meridiana, fumando con visible beatitud, entre el bando de palomas de sus almohadoncitos de encaje con hopos de cinta, frescos como flores entreabiertas. ¿Qué silbo de culebra había salido de aquellos labios retocados con carmín, para que se despertase en Valdivia la desconfianza? Porque no lo dudaba el artista: el tránsito de la fe á la negra duda no podía deberse sino á ardides de mujer herida en su amor propio y resuelta á no perder el goce de vengarse atormentando.
* * * * *
Una tarde, Silvio se sintió más acometido por la tentación que de mancomún sugerían el calor, el agua cantadora, la calma musical, los efluvios del jazmín y la inquietud maldita de la concupiscente imaginación. No pudiendo deletrear lo interno de Espina, ansió sorprender la forma, desconocida y recatada, de su cuerpo. La dama, bajo el cubrepiés de rica guipure aplicada sobre transparente de seda hortensia, se cubría y anubaba con las batistas de su ropa blanca y las gasas de su _deshabillé_ flojo, de flotantes mangas y plegados múltiples. Como siempre, Espina no mostraba sino lo que permite mostrar la más exquisita corrección. El misterio de Espina irritaba á Silvio.
Con fría lucidez, en medio de su arrebato, calculó el golpe. Contó con la sorpresa de la señora; se acercó arteramente, tomando un pretexto... y con movimientos pensados é instintivos á la vez, la atacó, precipitándose, desgarrando y desviando en un relámpago encajes y telas... La nube se disipó, y Silvio retrocedió, de sorpresa aterrada.
Sobre el nítido torso, donde la línea de la espalda se inflexiona tan graciosamente destacándose encima de nacaradas tersuras y morbideces de raso, había divisado Silvio algo horrendo, una informe elevación vultuosa y rugosa como la piel de un paquidermo, una especie de bolsa inflada, que causaba estremecimiento y asco.--¡Allí estaba la fatalidad á que se refería Valdivia, el estigma del vicio maniático, la señal de las picaduras de la morfina!--¡Se descubría el enigma de aquel alma, al ver sin velos su prisión de carne: la insaciabilidad, el tedio, tal vez el ensueño nunca realizado, la enfermedad de toda una generación, el lento suicidio, en la aspiración á momentos que hagan olvidar la vida, y que sólo proporciona la droga de muerte!
La negra hinchazón, el estigma que Silvio acababa de descubrir, revelaban la verdadera naturaleza de Espina, su exigencia interior, no menos insaciable y desenfrenada que su lujo exterior. Por redimirse de la pedestre realidad que tanto despreciaba, era por lo que Espina, diariamente, introducía en sus venas el veneno. El amor á lo infinito, el ansia de evadirse del prosaico mundo, podían más que los consejos de los médicos y las enseñanzas de la experiencia, que dice que no llegan á viejos los morfinómanos.
El veneno también destruye el alma. El sentido moral desaparece.--Si Lago lo supiese, comprendería á Espina capaz de todo por engañar el tedio. La ponzoña que corría por sus venas era la de las civilizaciones avanzadas en su corrupción, el idealismo prisionero de la materia, el ansia que busca, allende la realidad, flores de más ancho cáliz, placeres desconocidos... Era la Quimera también, la Quimera mortal.
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Bajo el afeite que reavivaba los colores de la tez de Espina, un observador ya hubiese discernido letal huella, signo de irremediable descomposición orgánica. Tal vez había principiado á usar la droga, obligada por una de esas catástrofes morales que no dan lugar á la prudencia y sólo reclaman un “olvidadero”, aunque sea transitorio. La droga no se limita á producir esa peculiar embriaguez venturosa, esa _euforia_ que tiende un instante velo de luz sobre la opaca vida: suprime la memoria de lo reciente, aboliendo así, en una especie de inconsciencia dulce, la razón del dolor humano. ¡Dolor que se olvida, dolor que ha dejado de existir!
Tampoco se daba cuenta Silvio de que el mal de Espina iba en aumento, que la dosis ha de subir para producir su contingente de felicidad satánica. No sabía hasta qué punto, al través del cuerpo, ataca al espíritu la droga, cómo aniquila las facultades afectivas, cómo anestesia la conciencia. No sabía, después de los períodos de postración de Espina (que Silvio en Madrid atribuía al tedio), cuán extrañas impulsividades, cuán loco remolino de antojos alza su polvareda turbia. No sospechaba (correspondiendo á las feas bolsas de piel dura, como lardácea) otra deformación psicológica. El alma de Espina se ensangrentaba en la lucha del que, advertido, amonestado por médicos, no puede vencerse, y si se priva del veneno, siente la necesidad de sustituirlo por caprichos, extravagancias, el goce maldito de hacer sufrir... Aunque Silvio era complicado, no abarcaba la complicación de Espina, su goce en el pesimismo, su desprecio sarcástico de toda bondad y de toda fe, ni menos suponía cuál era el ideal monstruoso,--irrealizable dentro de la civilización, semejante al de las reinas y heroínas fabulosas, decapitadoras del hombre con quien han palpitado,--de la Porcel herida de muerte. Aquella soñadora, á quien la morfina había abierto breves instantes el paraíso, guardaba particular rencor á los que sólo se lo habían hecho entrever; y cuando fumaba, muda, entornando los ojos, veía entre nubes de púrpura tiendas asirias, cabezas exangües que agarraban por los negros cabellos blancas manos, y suspiraba, porque ya el mundo antiestético ha olvidado los ritos de la fábula hermosa y cruel...
No había leído Silvio palotada de los efectos de la morfina; no sabía que los médicos califican el estado de alma de los morfinómanos de _moral insanity_. La flora del mal se desarrolla vivaz en el espíritu del enviciado. La droga lleva consigo perversión, locura, suicidio. Aun sin sospechar esto, la vista de los estigmas le reveló el infierno en el fondo de aquella vida tan intensamente refinada, aquella “vida inimitable”. No acertó ni á disfrazar su impresión de espanto. Literalmente dió dos ó tres pasos atrás, inmutadísimo. Ella, incorporada sobre la meridiana, altanera, yerta, con una especie de extraña dignidad, se envolvía otra vez en sus rotos cendales de aire tejido, cubriendo las señales delatoras de su perversión. Y en voz reprimida, que por su propia monotonía y lentitud denunciaba el estado excepcional del ánimo, pronunciaba:
--¡Vamos, se ha salido usted con la suya! Ya no tengo secretos para usted. Puede escribir una bonita carta á Lina Moros, describiendo mi _bosse_, para que ella vaya contándolo. ¿No adivina usted lo que exclamarán? Yo, sí... Me parece que les oigo... ¡Dirán que ya entienden el intríngulis de mi campaña contra el desnudo! En fin, usted estará satisfecho. Quería leerme; me ha leído. Sin embargo... no cante victoria. Si yo fuese nada más que esto...--y por cima de la ropa señaló al sitio donde se alzaba la _bosse_--con haberlo visto podría usted decir que me conoce... ¡Pero dentro hay más, mucho más! La piel engaña, los ojos mienten, la boca sirve para archivar la palabra. No sabe usted de mí sino lo que sus lápices embusteros de pastelista son capaces de desfigurar. ¡Queda mucho, mucho que usted ni sospecha, en Espina Porcel...!
Aniquilado, tartamudeó Silvio:
--Perdón, señora, perdón... ¡Hice mal; fuí un villano!
Adelantó, se arrodilló, clavó en ella los ojos, al implorar tan dulces.
--¡Perdón!--repetía sinceramente desconsolado, humillándose.
--¡Perdón!--respondió ella, encendiendo un largo emboquillado; el otro se le había caído en la lucha.--¿Yo perdonar? ¡No les perdono á mis papás que me hayan echado á este planeta!... No sea usted ridículo, y levántese. Si Valdivia tiene la ocurrencia de entrar y le sorprende así, buena la hicimos...
Su alma amarga, doliente, se asomó á sus pupilas puntilleadas de oro, y una carcajada acre satirizó el tardío arrepentimiento. Alzóse Silvio, triste, incapaz de decir nada que restableciese la normalidad de la conversación.--Espina se encargó de ello. Principió, entre bocanada y bocanada de humo suave, á tratar de cosas diferentes. Acabó por animarse y por sonreir, proyectando una visita al taller de Marbley, el retratista de elegancias. “Sobre todo, que mi Otelo no se entere. Sería una historia. Tiene al pobre Marbley atragantado. Es preciso que yo le quite esa aprensión. Por fortuna, anda estos días muy atareado con no sé qué pesadez de operación financiera... Discreción, ¿eh? Para imprudencias bastó la de hace un instante...”
* * * * *
Había quedado Silvio tan confuso, que, por algún tiempo, mientras no se disipase la impresión de remordimiento y piedad, Espina haría de él lo que quisiese. La reacción contra sí mismo, que había arrojado á Silvio á los pies de la noble Ayamonte y de la bravía Churumbela, le sometía ahora á la voluntad despótica de la Porcel.
Dócilmente, se dejó recoger en su fonda y conducir hacia el taller del belga, á las cinco de una tarde neblinosa, sofocante, de esas que encalabrinan los nervios. Espina, vestida de Chantilly negro sobre transparente azul obscuro, parecía abatida y triste. Á la memoria de Silvio acudieron las exclamaciones de Valdivia:
--¡Pobre María! ¡Pobre enferma!
Habitaba Marbley un hotel pequeño y nuevo, con su retal de jardín, en una de las calles encalmadas y aristocráticas que abundan entre los Campos Elíseos y el Arco de la Estrella. Un jornalero limpiaba las calles después de haber regado el _grass_ y las flores, cuando llamó á la verja el lacayito de Espina.
El vestíbulo ya infundía consideración. La escalera, desalfombrada, relucía de holandesa pulcritud encerada, y tenía un balaustre torneado y salomónico, en armonía con los viejos tapices, que vestían la pared de un desfile de paladines, princesas, caballos paramentados y ciervos místicos, crucíferos; del conjunto resultaba esa tonalidad armoniosa, algo sombría, que vierte dignidad.
Les introdujeron en el piso bajo, en un saloncito desde cuya puerta, al través de alta verja de hierro forjado, gótica, se trasparecía la biblioteca, ricamente encuadernada, con que Marbley se daba tono de artista cerebral, muy documentado para disfraces, instalaciones de casas grandes, palacios y garzoneras con relieve estético. Espina, dando muestras de cansancio, se dejó caer en un sillón. Silvio se acercó á ella con solicitud. Era la primera vez que sentía por Espina algo dulce, puro, humano; que la concebía como hermana en sufrimiento. Durábale todavía el reconcomio de su brutalidad maligna, la vergüenza del profanador, y tierna y cordialmente dijo á la señora:
--¿Se siente usted mal?
¡Qué destello de ferocidad instantánea en los ojos de venturina! Irradiaban como esas piedras que parecen guardar luz en sus capas minerales; pero el destello se extinguió, y la voz se hizo infantil, delicada, para responder:
--Gracias... Un poco deprimida... Hay momentos...
No añadió más. Marbley bajaba ya, apresurado, la escalera, para hacer los honores, manifestando á Espina rendimiento galante: la actitud correcta de un hombre versado en el protocolo mundano ante una mujer á quien debe la más honrosa de las condescendencias... Excusándose de no ofrecerla el brazo, por lo angosto de la escalera, sin hacer al pronto caso de Silvio, el belga guió á sus visitantes, y ante ellos subió al tercer piso, ocupado enteramente por el taller; en el segundo tenía su vivienda. El taller impresionó á Silvio: tan ideal lo encontró para sus retratos. Proscribiendo la mescolanza de antiguallerías, ya tan trillada ó más que los salones amueblados por tapicero, Marbley había arreglado su estudio sólo con mobiliario, telas y obras de arte de un mismo período, del legítimo estilo Luis XV francés, sin adulteración de barroquismo ni confusión de épocas. Tallas doradas, sedas rameadas, porcelanas, bronces, retratos de pelo empolvado y amplios _paniers_, todo había sido adquirido por Marbley con fino olfato de coleccionista; porque el belga, eternamente mediocre, poseía los dones críticos, y jamás se equivocaba en un regateo ni en una compra. Realizaba negocios buenos, colocando entre su clientela americana objetos conseguidos á precios aceptables, y revendidos, sin conciencia, á precios locos. Primero le asparían que confesase este tráfico, pues aspiraba á que todo su lujo se atribuyese á la ganancia de sus pinceles. Siempre que vendía, aparentaba sacrificarse y desmembrar sus colecciones; pero lo que adornaba su taller no lo enajenaba jamás. Esperaba al yanqui, trasudando petróleo, ó al boyero de la América del Sur, que en capricho, tanto más vehemente cuanto menos razonado, pusiese por el conjunto, realmente admirable, una fortuna.
Silvio detallaba, embelesado, los canapés y sillones de Beauvais, tapicería tramada de seda, con su franja mágica de tulipanes y narcisos, granadas y uvas; los vasos de Sevres, azul y blanco, que han pertenecido á la Pompadour y parecen delatar la mano de adornista de Fragonard; los mueblecillos de marquetería, con delicadísimos bronces cincelados; el reloj rococó, que al dar la hora toca una música que habla de fiestas pasadas y amores muertos; los Clodiones, en que travesean amorcitos hoyosos; el techo, obra de Natoire, escena mitológica, rubia y rosada, con senos de perla, vuelos de tórtola, lazos y carcajes; toda la molicie del siglo.
--Sin talento, sin probidad artística, se puede obtener esto en París--pensaba Silvio;--y acaso algún muchacho genial muere de hambre y calor en una buhardilla emplomada.
Tenía Marbley el físico de su especialidad, ya ofendido por el tiempo, y se susurraba que, temeroso de la vejez, andaba á caza de algo pingüe, santificado y asegurado por la bendición. Era alto, robusto y esbelto aún; bajo su elegante blusa de taller, de seda clara, que le refrescaba y animaba la tez, salteada por arrugas y pliegues de fatiga y libertinaje, llevaba, con alarde de originalidad bohemia, en realidad para no congestionarse, descubierto el bien modelado cuello, y la garganta blanca y sin nuez visible. Su pelo rizoso, donde brillaban hilos plateados, le formaban diadema á lo Lucio Vero, caracterizando la figura con sello artístico. Gastaba una barba aparentemente indómita, sin recortar; pero el descuido era cosa estudiada, y aquella barba la impregnaban esencias, la había recorrido mil veces el peinecillo de concha rubia con cifra de plata. Marbley tenía un tipo entre flamenco y español, una cabeza conquistadora, á lo Rubens, cálida, sanguínea; raza de hombres que, de mozos, se gastan por el amor; de maduros, por la gula. Y, en efecto, Marbley empezaba á abusar de los sabios cocineros de palacios y clubs.
No era fácil casar la persona y la pintura de Marbley. Silvio conocía su _Harem turco_, obra de juventud, brote de savia pronto agotada, y, juzgándole por su mejor página, profesábale cierto respeto. Quedó estupefacto ante lo que mostraba el belga: el ampuloso retrato de una dama chilena, uno ó dos estudios de paisaje--composiciones amaneradas, plagiarias, de colorido falso y pobre.--Por mucho que Silvio se despreciase y rebajase, en su ardiente humildad de catecúmeno, no le era posible comparar con aquella desdicha sus pasteles. En éstos, siquiera, convenía reconocer gentileza, fluidez, elegancia de postura, leve idealidad, mariposeante por cima de lo facticio y afeminado del procedimiento; pero en la producción del belga no había sino la nulidad irremediable, la esterilidad de páramo, la angustia del manantial seco. Veíase que el talento de Marbley había sido flor de juventud, ese renuevo de poesía que coincide con la inquietud sexual, brote de primavera que agosta el estío. Quedaba un fracasado resuelto á pelear, no por la gloria, sino por el provecho. Lo peor era eso: Marbley, convencido, amargamente desengañado, no cejaba: iba á su fin sin escrúpulos. Para no carecer de su clientela rutinaria y antojadiza, de rastacueros y _snobs_, apoyábase en la mujer, tejía complicadas redes galantes, en que sólo á fuerza de estrategia no se enredaba también; no perdía ripio en las salonerías. Espina era un alfil de su juego de ajedrez; últimamente, se había sentido abandonado por ella, y lo creía imposición de los celos de Valdivia, hasta que llegó á sus oídos el anuncio de la próxima exposición de un famoso retrato “de las rosas”, del cual contaban y no acababan; y cuando, poco después, supo que el españolito retrataba al pretendiente de Albania, olfateó el riesgo. Una conversación con Aladro previno el primer éxito de Silvio. Quedaba en perspectiva el segundo, y pendía de un capricho de aquella criatura tornadiza, la Porcel. Al verla entrar con su _petit espagnol_, sintió aguda punzada de despecho. ¡Hola, hola!
Aparentando no mirar á Silvio, de reojo le detalló analíticamente. Reparó la distinción y afinamiento del tipo, la dulzura atrayente de los verdiazules ojos, la juventud y romanticismo de la figura, inspiradora de simpatías fácilmente transformables, el prestigioso parecido con los retratos de Van-Dyck... Y percibió además--Marbley de tonto no tenía un pelo--la pasión estética, el entusiasmo, la orientación todavía vacilante, pero de seguro honda y feliz, del artista en marcha hacia su sueño; leyó el fervor del neófito, y descifró algo más mortificante: la triste sorpresa, la mal disimulada decepción que su labor causaba á Silvio. Observó cuánto se le atravesaba la frase cortés de encomio, ante un cuadrito de caballete, escena galante, que parecía, á fuerza de lamedura, un esmalte industrial. Y como en la conversación saliese á plaza el nombre de Millet, Marbley presenció la ferviente efusión de Silvio ante los maestros. Adoptó entonces el belga un continente reservado, la actitud discreta, hermética, con la cual la superioridad se sitúa á distancia; su media sonrisa fué condescendencia de soberano que no se digna descender á discutir. Espina encendía ya su emboquillado, después de rehusar las golosinas y aceptar el té amarillo que una criadita, de cofia y mandil de nieve, acababa de servir en tazas de Sajonia muy auténticas, enguirnaldadas de peonías y rosas. Recobrando su animación tocada de fiebre, pronunció sonriente la Porcel:
--Maestro, no haga usted mucho caso de las opiniones de este novicio... Rectifique usted sus errores... Acaba de desembarcar; viene de Madrid á probar fortuna. No aspira, naturalmente, á llegar á su altura de usted; pero, como en Madrid le han mimado mucho, se ha salido de sus casillas, y rebosa ilusiones. Se propone retratar á las guapas de París, porque en Madrid no se le ha escapado una; y aunque yo le advierto que aquí no son tan fáciles de contentar...
--¡Oh!--exclamó Marbley, ya en situación, secundando á Espina,--aquí tiene el público su gusto artístico muy educado...
Silvio estaba absorto, ante una acometida con la cual no contaba. Sintió unas uñas de gata rabiosa que le arañaban el corazón. Bajo el destile de ponzoña, palideció. Algo candente subía por su garganta. Espina le vió inmutado, y amainó.
--Ya, ya tendrá usted ocasión, maestro, de admirar los prodigios que hace el muchacho. Me ha retratado en Madrid, y pienso reunir algunas amigas para que vean... Ha sido en España un acontecimiento el tal retrato.
--¡España! ¡Qué hermoso país!--murmuró chanceándose el belga.--Allí el naranjo florece...
La intención satírica de la frase no se le escapó á Silvio. Embromaban á Espina con él, y explicaban por capricho amoroso la protección que ella parecía concederle. Ardiente rubor sustituyó á la palidez de antes.
Espina, tranquila, miraba á Marbley como si no comprendiese. Nadie la igualaba en estas comedias de candidez y asombro.
--Maestro, le ruego que no tome en broma á mi protegido--y recalcó la palabra _protegido_.--Indulgencia: los que llegaron á la cima no deben ser rigurosos con los principiantes. Ya verá usted... Su retrato no está mal. Sobre todo, Lago sabe vestir. Eso sí que sabe. Yo le digo que en algunos de nuestros grandes talleres de modistería le sería fácil ganar dinero.
Escuchaba Silvio, petrificado. No entendía si era mofa, si era odio, si era aturdimiento, lo que dictaba la inconcebible conversación. Dudaba entre protestar, tomar el sombrero y desfilar, ó hacerse el tonto.
Al fin se le desató la lengua, á pesar suyo.
--¡Me presenta usted bien--gritó--para que el Sr. Marbley forme de mí un concepto original! ¡Sastre de señoras! Mil gracias... ¿Qué pensará de mí el ilustre autor del _Harem turco_?
No podía caer peor la reminiscencia. Para desazonar á Marbley, bastaba recordarle el _Harem_, lo único verdaderamente sentido y franco que su pincel produjo. ¡Tema! ¡Todos habían de ensalzar el dichoso _Harem_! La singular rivalidad de un artista consigo mismo, el despecho furioso de haber tenido talento un solo día de la vida, podían tanto con el belga, que había momentos en que, no acertando á repetir ó superar su obra, sentía deseos de quemarla. Exasperado, pronunció entre dientes: