La Quimera

Part 23

Chapter 233,785 wordsPublic domain

Alzábase ya más segura y timbrada la voz de la recitadora, y su dicción pura y dulce iba encendiéndose con apasionados acentos, expresando la cuita, la incurable añoranza del ayer tan próximo, el inextinguible recuerdo del ensueño destrozado por la realidad; la queja salida de las entrañas, que se deshace y rompe en sollozos al asomar á la boca. Su poesía, no escultural y policromada; no impecable y soberana, como la de Heredia; flébil á veces, como lamento de niño; altiva otras, con la generosa altivez del sentimiento que conoce su nobleza y su derecho á la vida, fluía de labios carnosos, poco espirituales, y los transformaba, los afinaba con idealidad. Aquellas amantes querellas, aquellos insistentes brazos extendidos hacia lo que no volverá, lo que no puede volver, lo que tal vez no existía, porque si hubiese existido seguiría existiendo, se sobrepondría á lo accidental y pasajero de la existencia; aquel poema de pasión, con sus paseos á la luz de la blanca luna, sus citas entre flores, decoración trillada y divina; aquella pregunta ansiosa, triste, repetida--¿cómo se puede olvidar cuando se ha querido de cierta manera?,--aquello que era fibras vivientes, sangre de un corazón transformada en luz por la rima, al exhalarse por la boca de la enamorada, la hacía momentáneamente sublime. Sus ojos de sombra brillaban; sus mejillas, bruñidas al sol, se animaban con carmín de fiebre; su estatura parecía crecer. De pronto cubrió su vista un velo, una escarcha de llanto, y la emoción, haciendo palpitar su seno, se reveló en la profundidad vibrante de la voz, en la trepidación involuntaria del torso. Era una gran soprano dramática, y sus acentos tenían poder comunicativo de dolor y piedad. Silvio, con sorpresa, se sentía subyugado. Por primera vez un gemido de amor le conmovía.--Se lo dijo á Espina, que, insensible, metida en su concha de mundano aplomo, observaba como se observa una curiosidad cualquiera, un bicho raro, un pájaro de colores. Y, alzando los hombros, contestó á Silvio quedamente:

--¿Le hace á usted efecto la cómica esa? Porque ya comprenderá que de comedia se trata. Ni hubo tal amor, ni tal empeño del príncipe heredero en casarse con ella.

Lago sabía lo contrario, como lo sabía todo el mundo; pero no le preocupaba la autenticidad de la historia. Su naturaleza estética hacía que los afectos le interesasen más vistos al través del arte que en la realidad. “Una impresión bella no miente nunca”--era su divisa, y fué su respuesta.

--¿No le parece á usted--añadió--que el amor es la cosa más vieja y más nueva, más fecunda en sugestión, después de todo? ¡Cuánto siento que el amor nada me diga! ¡Es posible que me engañe mi sueño de arte, y esté perdiendo lo mejor de mi vida, los años que no tornan, privándome de la única emoción que abarca lo infinito!

Espina le fijó sin pestañear y no contestó.

--Tal vez--pensaba Silvio--la Gregoresco, con su emoción perpetua, que derrama en versos y que reabsorbe al recitarlos, vive vida más colmada, más intensiva, que el sordo glorioso que la está felicitando en este momento.

Se acercó á la poetisa cuando la dejaron algo libre los admiradores, y apartándose del remolino de la multitud, que ahora se precipitaba para oir recitar fábulas de Lafontaine á Coquelín menor, se encontró aislado con Daría en una especie de gabinetito formado por cortinajes de brocatel, plantas y dorados muebles. Daría respiraba afanosamente aún, y, no creyéndose observada, se pasaba el pañuelo por los ojos, donde se había vuelto agua corriente el rocío.

Silvio, como si la conociese de hacía muchos años, familiar, imperioso, la preguntó:

--¿De modo que no le ha olvidado usted aún?

Hizo ella con la cabeza señal negativa, y se sentó, abrumada sin duda, quebrantados los huesos y abatida el alma.

--Siempre--indicó el artista--la poesía consuela.

La poetisa le miró. Estaba, sin duda, habituada á distinguir la verdadera simpatía de la compasión ficticia ó burlona. La cara delicadamente expresiva de Silvio, el encanto artístico de su semblante, la mirada sentimental de sus ojos cambiantes, verdiazules, la tranquilizaron, y murmuró, melancólicamente, sumisamente:

--No sé si consuela... Por lo menos, da desahogo al sentimiento. Dicen los médicos que si yo no hiciese estos pobres versos, me hubiese muerto ó me hubiese vuelto loca.

--¡Si supiese usted--balbuceó Silvio--cómo la envidio su pena! Quisiera, desde que la he oído, poder sentir así. No soy feliz, pero mi pena no es de amor.

--¿De qué es entonces?--preguntó sorprendida ella; tal vez no creía posible que se sufriese por otra cosa.

--De ambición artística... Soy pintor; nada he producido y aspiro á una obra fuerte, señalada, que me eleve...

--¡Vanidad!--murmuró Daría.

--¡Delirio quizá el de usted!--declaró Silvio.

La enamorada suspiró, haciendo un noble ademán de resignación á su eterna tortura, mitigada sólo por el canto. Y mientras se comunicaban, sin conocerse casi, lo más arcano de sus almas, el gentío, desimpresionado ya, olvidando la queja de la tórtola viuda, no sospechando el anhelo del soñador de fama, del ansioso de creación, se agolpaba en torno del actor de la Comedia Francesa, escuchándole bordar y cincelar con recitación sorprendente la fabulilla salada por el buen sentido.

Daría y Silvio, un momento, hicieron fondo común de sus penas hermosas. La prosa les rodeaba; se refugiaban en la poesía de lo imposible. ¡Vanidad! ¡Delirio!--Para ellos, la mayor verdad; la que nosotros mismos criamos.

* * * * *

Hízose más pesado el yugo que la Porcel imponía á Silvio; y el artista tenía que someterse. Confiaba todavía en el apoyo de Valdivia, en la cacareada exhibición del retrato de las rosas. Salir del anonimato en esa forma no le era halagüeño; pero no había otro recurso.

Tampoco era infalible. Las victorias madrileñas podían convertirse en naufragios parisienses. Una frontera, unos centenares de kilómetros... y todo cambiado.--Silvio contaba, no obstante, con la homogeneidad del gran mundo, que, en lo fundamental, es idéntico á sí mismo en cualquier latitud.

Para fijar la atención distraída y volandera de ese gran mundo, el señuelo era Espina. Ella podía, en un acceso de malignidad, retrasar indefinidamente el momento en que París se convirtiese en escenario y mercado para Silvio.--Creía tener en la mano el medio infalible de subyugar á la Porcel. La fatuidad le sugería que una escenita, magistralmente representada por el histrión que hay en todo artista, restablecería las relaciones en pie de complicidad; pero no se poseía lo bastante para resolverse á tal farsa. La perversa atracción de Espina se le había transformado en repulsión, y Lago se conocía; sabía que sus sentimientos eran brotes bravos de espino montés; que la misma traición, el mismo disimulo artero, de los cuales sentíase capaz, no podía provocarlos á voluntad y mediante reflexión: le reventaban del alma bajo la presión de las circunstancias. Ni siquiera le movía ya el romántico respeto á Valdivia; su alejamiento era otra cosa: una especie de náusea moral. El cutis de Espina se le figuraba frío como el de un reptil. La neurosis, el diablillo de la neurosis, debía de danzar en esto...

Siempre que se aflojaba algún tanto su cadena, se sumergía en el dibujo, ó desentrañaba el París artístico. Hundíase con deleite en el inextinguible foco y luminar de arte, saboreando el placer que causan las obras maestras en relación íntima con nuestra sensibilidad, ó que la modifican y renuevan. Había dado por hecho Silvio que entre los pintores modernos le arrebataría Courbet, y comprobó sorprendido que el realismo, exagerado calculadamente, del discutidísimo _maître d’Ornans_, casi le molestaba. Era la transformación de su ideal propio lo que anulaba su admiración hacia Courbet, exaltada por los ditirambos de Zola. Se quedó Silvio pensativo cuando hubo notado que Courbet, antes, en su imaginación, rey de la pintura,--no era, al verle de cerca, sino “un temperamento”, un sujeto de cualidades mal aprovechadas y hasta estragadas por la estrechez de una fórmula.

Courbet--decidió Silvio--fué una naturaleza burda; tenía mucho de grosero, no sólo en la producción, sino en su vida, en aquel su eterno fumar y beber cerveza.--Sintió que la devoción cambiaba de santo, que se pasaba á Moreau y á Millet, ¡dos ideales tan diferentes!--Millet le embelesaba por impresionar á su manera la naturaleza, dominándola con la intensidad del propio sentimiento, y soñaba hacer él en Alborada otro tanto. Las Mariñas distantes le parecían entonces ese rincón del mundo donde cada artista extrae una concepción peculiar de la realidad, según sus propios ensueños de poeta.--“En Alborada haré yo mis _Espigadoras_”--resolvía.--“No aquella _Recolección de la patata_, tan tosca, tan villanesca. Otra cosa..., otra cosa... á lo Millet”.--Pero Moreau le fascinaba más, no imaginando siquiera que pudiese su pincel ejercer la influencia que ejerció aquel creador genial más próximo á fray Angélico y á los místicos que á los modernos. Silvio comprendió que su alma era del grupo poco numeroso á que perteneció el autor de _Salomé_. Almas complicadas, pueriles y pervertidas, misantrópicas y candorosas, modernas y bizantinas. Nunca almas panzudas de burgueses. Almas siempre resonantes por la vibración de las cuerdas polifónicas de sus nervios.

Silvio encontraba en la sensación peculiar de Gustavo Moreau mucho de lo que había supuesto en París, en el alma de París, y que no descubría en el París verdadero. Éste nada tenía de común con la ciudad de fiebre y placer, cocotismo y despilfarro, de la leyenda internacional. La “Babel” era un telón efectista hecho jirones, y aparecía la colmena, el trabajo asiduo, normal, funcionando y saneando la atmósfera. Los zánganos, en apariencia numerosos, eran en realidad contados. Y de bracero con el trabajo, como esas parejas contentas de serlo que se esparcen por París al anochecer, Silvio veía á la razón, obrera metódica; la voluntad al servicio de la invención. La lección severa de Lutecia era lo contrario de la sangría suelta de tiempo y energías de Madrid.

Recordaba Silvio la capital española como si aún se encontrase en su taller de la calle de Villanueva: las vías públicas, concurridas lo mismo á las cinco de la tarde que á media noche; aquel visiteo injustificado, aquel zanganeo y zascandileo en que las horas se esfuman, cayendo en el curso del mes y del año como granitos de sal en mares de tedio, placer y turbulencia. Y en cambio, en el París que la literatura diseca para descubrir perversiones, y que fotografía sorprendiendo extrañas muecas, en imposibles actitudes, Silvio, al echarse á la calle temprano para dirigirse á su taller, se tropezaba con bandadas de madrugadores intelectuales, pálidos de sueño, que asaltaban las limpias cremerías y se desayunaban con un panecillo de media luna y un vaso de leche, antes de desparramarse, vademécum bajo el brazo, á enseñar ó aprender; ¡á trabajar! Á tal hora, en que los madrileños, pobres ó ricos, leen entre sábanas el primer diario que su mujer ó sus criados les suben, Silvio veía á los parisienses, ciudadanos de la metrópoli del sibaritismo, según fama, entregarse con taciturna asiduidad á los preliminares de una jornada laboriosa, seguida de otras y otras, interrumpidas por el descanso dominical disfrutado en sencillos esparcimientos, tan distintos del pagano y sanguinario dominguerismo taurino de Madrid. Los porteros, mozos y dependientes de comercio, barriendo, bruñendo y atersando aceras, llamadores, vidrios y escaparates, como el soldado acicala sus armas para combatir; los profesores, corriendo con ropa raída y estómago mal lastrado á arrancar de entre colchones al alumno, si éste no aguarda ya con las orejas relucientes de fricción y los ojos entumecidos de soñolencia; el personal de los establecimientos públicos, oficinas, tiendas, desde temprano en plena actividad--repetían que la palabra de la esfinge parisiense es TRABAJO.--Los ciclistas desfilan, portadores de mensajes ó carga; los coches circulan, socarrones, acechando al peatón, que se apresura y los evita; una multitud seria, preocupada de su objeto, invade las aceras, sin agolparse en cualquier parte á curiosear cualquier cosa; Silvio se confunde entre esta multitud, se codea, se hinca, hace cuña y no percibe esa chispa de pasión, de simpatía ó antipatía, que en Madrid se transmite de uno á otro transeunte. La gente que pasa á su lado, que le empuja involuntariamente, que le esquiva con ágil respingo para no detener ni ser detenida, no le ve siquiera. Va á la obligación, va á la labor. Contados están los minutos, trazado y distribuído el día, tasado el reposo y repartida la tarea.

Esa decisión de funcionar, esa trepidación como de máquina que rinde su contingente, corre en oleada desde los resplandecientes bulevares hasta los barrios semiprovincianos de la _banlieue_. Hay en París zonas solitarias, pero no holgazanas. La colmena no zumba en la calle; se refugia en las celdillas, en los pisos modestos sobre cuyas ventanas se leen un nombre y un oficio... Ni las breves vacaciones parecen amenguar la actividad de la colmena invisible. Cuando el azar de sus correrías lleva á Silvio, por ejemplo, hacia el Jardín de Plantas, la calma del tranquilo barrio no le impide notar la palpitación del esfuerzo, el anhelar de yunta que abre surco. Humilde es el vecindario; conságrase á labor poco retribuída, pero acata el precepto, de cuyo cumplimiento nacen la riqueza, el vigor y la hermosura. Siente á su alrededor Silvio la ahincada presión del trabajo. Hasta la daifa que recorre un trozo de acera, siempre el mismo, y que interpela al transeunte, muestra la aplicación de la laboriosidad, tiene dejos de obrera, compelida por la tarea forzosa.

La conseja de la bohemia artística, del descuido y la holganza entrecortada por hipos de genio y arrechuchos de inspiración, con risas, trampas y fumaduras de pipas, se derrumbaba en su romántica falsedad. El divino grupo de Capeaux, _La Danza_, que Silvio había creído símbolo de la desenfrenada existencia parisiense, ahora se le figuraba, en su nervioso vértigo, expresión de un afanar constante, el de tantos cerebros y tantos brazos.

“Cabe bohemia en literatura--deducía Silvio,--porque una estrofa puede inmortalizar, y una estrofa puede nacer sin esfuerzo; pero nosotros, pintores, escultores, ¿hemos de improvisar monigotes en la pared, muñecos tallados al cortaplumas?” Recordaba su antigua fe en el milagro, sus esperanzas--las de todos--en el golpe de suerte, en la idea feliz que saltea al despertar, en el cuadro-gancho, en el cuadro-trompeta, en lo que á infinitos alucina, y ya se reía de sí mismo. Lo que se hace sin aplicación es deleznable, banco de arena seca y suelta que el aire arrebata, resplandor momentáneo de luciérnaga en estío.

“Un artista bohemio--discurrió--no es bohemio porque deba dinero á todo bicho viviente, ni por correr juergas, que también los filisteos corren. La característica de la bohemia es querer triunfar sin tiempo y sin lucha constante y terrible. La pereza milagrera--he ahí la bohemia.”--Acordóse una vez más de Minia, de su teoría del monje miniaturista, del arquitecto medioeval, y pensó que, sin el hábito de burel, pero con el espíritu perseverante y el alma muda de esos artistas de antaño, hay en París bastantes obreros que crean porcelanas, alfombras, muebles, joyas, obras maestras donde el arte se disfraza de industria.

“Estas telas de dibujos robados á la naturaleza, estas decoraciones de elegancia ideal, estos bronces, estos Gobelinos, los mismos primores, abrillantados por la imaginación, de la indumentaria femenina, esta densidad de civilización refinada en el puño de una sombrilla, en una bujería cualquiera, sellada por el depurado gusto de París, ¿no son--pensaba Silvio--obra de artistas, que si no bajan á rezar al coro, se esconden en las grandes manufacturas nacionales, y sin ambición, sin calentura, resignados á que nadie pronuncie su nombre, crean su porción de belleza y la expiden, entre el tráfago comercial, á esparcirse por el mundo, á refinar la vida humana?

“Y los mismos que en París quieren que el aire sufra el peso de su nombre, ¿cómo lo consiguen? En sus frentes arderá la llamita simbólica, pero sus hombros sufren la carga del trabajo. Sus manos son recias y duchas. Sus hombros son de cariátide. Su mirar es abstraído. Hasta en sueños buscan la fórmula. Su edad florida ha pasado; ha llegado la viril, ruda, concentrada en el objeto, y ya con el pelo gris, tal vez laureados, siguen rodando, entre sudor y fatiga, la peña de su gloria, para que no les recaiga sobre el pecho y les aplaste. No quieren chapuzar en el olvido, vivos aún. Han probado el licor que embriaga; disipada la embriaguez, no pueden prescindir del licor. Mas ¡ay del que deja apagarse la lámpara!”

Y entonces, espantado del porvenir--cuando aún no tenía presente,--deseaba la obscuridad, el encierro á solas con la hermosura. Creía bastarse. Recordando que poseía singulares disposiciones para la labor del adornista, se veía viejo, habitando en una de esas fábricas de cerámica ó de tapices en que hay un jardín abandonado á propósito, donde las plantas y las flores, libremente, adoptan formas gentiles, indómitas; y se veía cortando brazados de ramaje, componiendo después, en su estudio, motivos decorativos, cuyo tema es la rosa húmeda de rocío ó la clemátida envuelta en su guirnalda verde.

En los talleres que empezaba tímidamente á frecuentar, Silvio confirmaba sus observaciones. ¡La pereza ha muerto! ¡La bohemia ha muerto! Aquellos artistas que desafiaban al calor y sólo se prometían unas cortísimas vacaciones en la primera quincena de Agosto, tenían, más que la preocupación, la obsesión del trabajo. Distribuían su capital de tiempo con una regularidad tan racional, que olía á burguesa prosa, á oficina. En sus conversaciones, en sus indiscreciones chismográficas sobre las costumbres de los privilegiados del arte, se revelaba el método estricto que practica hoy el artista célebre, cultivador y conservador de su fama. Como el acróbata y el jockey, que necesitan entrenarse, los artistas hacían gimnasia, salían al campo á plazo fijo, dibujaban, apuntaban sin cesar, leían, seguían la marcha estética y demostraban una inquietud higiénica sabiamente fundamentada en consejos del Doctor. Salir al campo es muy bueno porque se domina el _plein air_, y también porque se hace ejercicio y se respira. Bastantes escultores y pintores cultivaban el músculo y quemaban los ácidos por medio de la esgrima, y, entre trapos antiguos y restos de tapiz, junto al velador árabe que sugiere orientales indolencias y fumaduras soñadoras, se veían por el suelo las pesas y las cuerdas, las caretas y los guantones sudados. Saben las cocineras de estos artistas--ni más ni menos que si sirviesen á esos ricachones que anhelan conservar la personita muchos años--recetas y condimentos que no encalabrinan el estómago; y hasta Venus, la dominadora, la embaucadora, la destructora, espera á la puerta del taller, igual que la lavandera y el brochador del piso, á que llegue su hora y su día de la semana, el prescrito, que no debilita la mente ni desasienta el pulso.

Lo ímprobo del trabajo y lo calculado del esfuerzo: eso saltaba á los ojos del joven retratista, como se percibe el congojoso palpitar de la bayadera, el sudor de su dorada piel, bajo las gasas de su túnica y los sartales policromos de su garganta. No: París no tiene el alma de Espina, insaciable y saturada de sensaciones; esa es, á lo sumo, su careta, su disfraz de Carnaval, su collar de bayadera danzarina.

Silvio se juraba que se evadiría de la Porcel, que se entregaría venturosamente á la labor. Las aguas frías y serenas de la gran piscina probática, depuradoras, agitadas por el ala de la inspiración, le curarían de Espina... ¡Bah! Un gesto de París; lo que fermenta, lo que gusanea en toda civilización avanzada. Su refinamiento, ¿qué? Fruto del sudor de tantos laboriosos. Para sostener el artificio de su belleza ardían los hornillos de los laboratorios, se destilaban las esencias de los cálices, se inclinaban sobre la almohadilla frentes de encajeras, allá en solitarias calles de Brujas ó de Malinas, velaba el dibujante, cosían en domingo á doble precio las modistas, se estropeaba los ojos la ensartadora de perlas. El gigante árbol de trabajo parisiense echaba una flor venenosa: Espina.

Sin embargo--reconocía Silvio,--esta mujer, su aparición á una hora dada en mi camino, fué el cambio de mi credo. Estoy divorciado para siempre del verismo servil, de la sugestión de la naturaleza inerte, de la tiranía de los sentidos. Soy libre y dueño de crearme mi mundo; ya no venero á los que se limitan á copiar; ya no tengo fetiches; si imitase, sería para dar muerte.

Y comprobaba, en su tendencia perseverante al realismo, la infusión del ideal, la exigencia del espíritu, algo que va más allá del color y de la forma. El mundo ya no le parecía solamente tierra fecundada por el sol. En su superficie corría un agua encantada, y de su seno se alzaban embrujadas vegetaciones, arborescencias de oro y cristal.

--“Esto tengo que agradecer á la Porcel, á su individualismo aristocrático y poético, á su desprecio de la imitación literal y de la verdad gruesa. ¡Tal vez ella me ha revelado á mí mismo!”

La hubiese perdonado, hasta la hubiese adorado, si ella no le tiranizase, si le dejase en paz. Pero se desesperaba al recibir por el teléfono de su hotel (donde dormía, no pudiendo hacerlo en el taller) imperiosas llamadas, órdenes de presentarse en el palacete de los Campos Elíseos.

Rendida por el calor, Espina se pasaba las mañanas y las primeras horas de la tarde sin salir, reclinada en su meridiana favorita, de forma griega, amplia como un lecho, revestida de telas blancas, incesantemente renovadas, de cubrepiés de encaje, de almohaditas minúsculas, copos de espuma que la envolvían en el aleteo de un bando de palomas. Delante de la meridiana, una mesita inglesa, de bronce y laca, sostenía refrescos y helados, y otra diminuta mesa, toda de porcelana de Satsuma, los chismes de fumar y un cacharro persa atascado de gardenias y jazmines. En el centro de la rotonda,--que rodeaba una serie de columnas con capiteles de piedras raras, ágatas y jaspes traídos de Italia,--sobre amplia concha de cristal nacarado, pieza rara de Salviati, una gorgona dejaba escapar de sus fauces, incesantemente, un surtidor de agua helada, y en los ángulos de la habitación, no muy grande, pulverizadores automáticos y ventiladores eléctricos sostenían temperatura deliciosa. Silvio no podía menos de complacerse; el contraste era encantador; venía de las calles, polvorientas, trasudantes, de luz cegadora, aturdidas por el estrépito de coches, carros y ómnibus--los pedestres ómnibus á que recurría el pintor por no gastar,--y sentía el hechizo de la penumbra, de la frescura, del lujo, del supremo refinamiento, del silencio, del cuadro compuesto ya, que le movía á exclamar: “Mañana traigo lápices”. Al oirlo, la Porcel saltaba: “No lo sueñe usted. ¿Soy yo la Moros? Si quiere modelo, llame á las de oficio”.

Cuando se presentaba Valdivia, Silvio, á pesar de lo irreprochable de su proceder, sentía confusión de culpable; comprendía que no era fácil que el celoso leyese en su conciencia, y, puesto que leyese, también leería las páginas de Madrid; sabría el agravio, lo imperdonable, lo que no se lava ni se borra. Una existencia entera de abnegación no compensa, ante la exigencia de los celos, un minuto en que se ha pecado. He ahí la mancha que todos los perfumes de Arabia no limpian. El beso es más indeleble que la sangre. Valdivia, al entrar, si encontraba á Silvio, hacía indefectiblemente un gesto dolorido, fruncía un ceño torvo.