Part 22
Al formular la interrogación, la mirada del celoso era indefinible. Silvio creía notar en ella una interrogación, un reproche, algo bien distinto de la cordialidad de antes. Por contraste, Espina no daba ni señales de recordar lo que más hiere el amor propio de una mujer: el corte de la relación de amor, sin excusa válida. Nunca en sus ojos de avellana puntilleados se encendía la llamarada del capricho ó se tendía la niebla del recuerdo; nunca hablaba á Silvio con ese vago tono de tristeza del bien perdido, que delata la tortura de la memoria y la persistencia del cariño invencible.
Por instantes alarmaba á Silvio la actitud demasiado serena de Espina. No era lógica tal conformidad, mediando lo que había mediado, mientras continuaba viéndola, tratándola, frecuentando su casa. ¿Qué había bajo aquella tranquilidad desdeñosa, complicada de aparente protección?
Silvio temía. La prudencia aconsejaba concesiones, pero creía que no le era posible ya tocar á un cabello de aquella mujer, después de las confidencias desesperadas de Valdivia. Se reía á solas de sí mismo, de su quijotismo eternamente ignorado. Una vulgar modelo, una mujer de la calle, antes que la inimitable Porcel: satisfecha la fatuidad y la malignidad, Espina sería para él una de las ninfas de hielo, transparentes, que se liquidaban, bañando de frescura las flores de la mesa. Este orden de sentimientos se reflejaba en su trato con la cosmopolita.--Había en su modo de hablarla admiración teñida de acidez, cortesía interesada, con matices glaciales, involuntarios esguinces de repulsión que la voluntad no siempre acertaba á disimular, un oculto fuego de desprecio moral cuyo humo salía afuera; todo lo que componía el sentimiento complejo, más de odio que de otra cosa, que había llegado á infundirle la singular mujer. Ella--en los primeros días de la estancia de Silvio en París, y aun en las ocasiones que el viaje ofrece--había intentado disimuladas investigaciones para averiguar la causa de la retirada amorosa del artista; curiosidad también burlada. Silvio, en su tosca franqueza, resabio de sus tiempos de vida popular, no se recataba para encomiar, delante de Espina, á otras mujeres; y aunque observaba los labios de Espina, no veía en ellos huella de sangre, sino la del carmín fino que los pintaba. Ni escuchaba siquiera. Lanzando un ¡ah! gracioso, se tendía en el diván á fumar sus cigarrillos saturados de opio, que la calmaban y la sumían en adormilado bienestar.
No renunciaba á llevarse á Silvio consigo al través de París, como le había llevado al través de Madrid. Y el artista, por lo mismo que estaba en paz con su conciencia, que nada había allí de peligroso, se dejaba arremolinar, cediendo al atractivo puramente cerebral, peregrinamente mezclado con repugnancia, que ejercía sobre él una naturaleza estética ultrarrefinada, al iniciarle en los misterios de París.
Por entonces Valdivia cayó enfermo. Le postró en la cama una serie de alifafes, y Espina, en vez de cuidarle, se lanzó con su “_rapin espagnol_” ya al Bosque de Bolonia, ya á las _baignoires_ de los teatrillos subalternos, donde las estrellas de Citera y Pafos se codean con las beldades empingorotadas y curiosas. Eran expediciones clandestinas, que no parecían inocentes, siéndolo en realidad hasta la bobería. Por ventura la acompañaban amigas venidas de Madrid, á pasar los primeros calores y á vestirse de verano, para las playas ó para Biarritz en Agosto, ó de París mismo, que prolongaban la temporada antes de desparramarse por costas é islas inglesas, escolleras de Bretaña y Normandía ó bellos castillos del interior de Francia. Silvio pasaba inadvertido; era un protegido, tal vez un apasionado; algo adjetivo, subalterno; y en el torbellino de París, donde el tiempo está avaramente contado, á nadie se le ocurría hacerse retratar por aquel advenedizo. Silvio aprovechaba las mañanas apuntando, dibujando, enterándose de mil cosas, en museos y galerías particulares. La pintura contemporánea empezaba á revelársele, no con el aspecto de improvisación, de revelación súbita, que afecta en España, sino en forma de lenta, reflexiva conquista de la técnica, antes de hilar la idea ó entonar la copla sentimental de cada uno. Y volvía á sus primeros honrados propósitos: dibujar, dibujar, dibujar, hasta que los huesos de las falanges se le cayesen. “En España no se dibuja lo bastante, se fía todo al color”. Avisó modelos; estudió encarnizadamente la forma humana, la infinita magnificencia del músculo sobre el hueso y de la piel sobre el músculo.
Una tarde, Valdivia, desde su sillón de achacoso convaleciente, anunció á Silvio que “tenemos un parroquiano. ¡Y qué parroquiano! De estos que sólo se cazan en París... Mi amigo Perico Aladro, el pretendiente al trono de Albania...” En el regocijo malicioso con que hablaba Valdivia, Silvio pensó descubrir la satisfacción de escamotearle el encargo sensacional á Marbley, el belga. Á éste no le conocía Silvio aún, á pesar de oir su nombre, pronunciado en tono de consideración por la gente de buena sociedad, en tono de burla por los contados artistas con quienes había cruzado dos palabras... Valdivia, entre sus curas al salicilato y sus baños eléctricos (el sistema de un Doctor yanqui de paso en París), saboreaba de antemano la mortificación del belga, al cundir la noticia de que el pretendiente de moda se retrataba con el españolito. Marbley le había infligido crueles sufrimientos. Sangraba la herida del celoso, mientras en el alma arenisca de Espina, donde toda emoción de simpatía pasaba barrida por el viento, donde sólo persistían los sentimientos de malignidad, ya Marbley no ocupaba sino el lugar secundario de los objetos que se utilizan para dañar á su hora, el lugar de un puñal colgado en una panoplia, con la punta cuidadosamente emponzoñada.
Silvio se alborozó. ¡Aquel retrato sería un reclamo magnífico! ¡Traería dinero, indispensable, porque los cuatro mil de Valdivia se derretían á semejanza de las esculturas de hielo! Era la misma actualidad parisiense el elegante _hidalgo_ español, bulevardista, por otra parte, hasta la médula, y convertido, cuando nadie se lo imaginaba, en personaje de _Los Reyes en el destierro_... La figura del jerezano, hasta entonces una de tantas siluetas del París que se divierte, subió de pronto á ser una de las figuras con que París se emociona todas las mañanas; su fotografía figuraba en escaparates, en las publicaciones ilustradas de los kioscos. Silvio contaba con el retrato, en pintoresco traje nacional albanés, para fijar un momento, á su vez, la atención de ese París distraído--la imagen, creía él, de Espina.--Con entusiasmo sentido pocas veces comenzó su tarea, charlando y fumando en compañía del candidato al trono, que le refería datos genealógicos, la sucesión directa del héroe, sus derechos claros, notorios, á una diadema novelesca, oriental. Lo que preocupaba á Silvio era pensar si sería ridículo ó cortés é imprescindible el tratamiento de Majestad. Con el buen tono de un hombre de mundo, Aladro adivinó las dudas del artista. “Somos dos amigos, dos españoles.” Estaba encantado del retrato, en el cual su apostura, todavía gallarda é interesante, aparecía realzada por el carácter y riqueza del atavío; y le agradaba la destreza de Silvio para reconstruir una cara y un cuerpo, borrando el estrago de los años sin perder la exactísima semejanza. Y la pintura ni era afeminada ni muelle; la cabeza tenía un aire de altivez melancólica, la justa idealización que cabía en el papel del retrato, en la significación de la vestimenta. El pretendiente no se hartaba de alabar. “¡Qué talento de muchacho!” Se expansionaba con Valdivia, le daba gracias. “Es preciso que no quede descontento; haremos como quien somos”.
De la noche á la mañana, Aladro salió precipitadamente para Viena; Valdivia quedaba encargado de pagar. La extrañeza de Silvio fué grande al notar que Valdivia ni pagaba ni volvía á mentar el retrato. Se atrevió á recordarle que lo expusiese. El brasileño sonrió. “No es posible, no es prudente siquiera. ¿Qué sabemos por dónde lo toma París? ¿Y si ponen en solfa el traje de albanés, si dicen que está vestido para un baile de máscaras, y sobre la chunga de aquí viene el mal efecto posible de _allá_? No, no puede ser, Lago. Aladro no me lo perdonaría”.
Como Silvio insistiese, preguntando quién había sugerido á Aladro tal recelo, Valdivia respondió con negligencia:
--Á Aladro no se le había ocurrido el peligro de tal exhibición; Marbley, con buen sentido, fué quien le abrió los ojos.
--¡Ah, vamos, Marbley!--repitió Silvio, atónito de que Valdivia ahora invocase y acatase la autoridad del belga.
--Marbley... Verá usted--detalló Valdivia,--tiene práctica; dice que para exponer debe tratarse de un retrato serio, de algo que nadie pueda discutir, de una firma segura. “No despistemos á París”, repite; y Aladro, á su vez, no quiere despistar... María, á la sola idea de presentar á Aladro con chaquetilla, faja y pistolas, se ha reído inextinguiblemente...
Silvio, sin replicar, se retiró, aniquilado. Aunque el retrato del pretendiente le proporcionase recursos (Valdivia ni aun en eso pensaba), él había soñado otra cosa. Su conciencia artística le decía que el retrato tenía el arranque, la vitalidad infundida, por ejemplo, á la cabeza del Doctor Luz. “Al buscar clientes bonitas--pensaba--hago lo contrario de lo que me conviene. Los mejores modelos son los hombres, y no pudiendo ser, las mujeres feas.” Estaba arrebatado en la contemplación y estudio de los grandes retratistas europeos; no volvía de su asombro ante el cuadro del “Mariscal Prim”, obra del malogrado Regnault; ante los Carolus Durán--un estilo tan español;--ante los Bonnat, maravillas de realismo, retratos de inteligencias, de cerebros, que resumen la energía mental de los modelos, los Taine, los Renan. Como seducción, llegó á preferir los Benjamín Constant. Este era el maestro prestigioso, el mago de la paleta. Provocaba las dificultades por el placer de vencerlas, y daba á su pintura toda la lujuriosa intensidad del color que acaricia y prende, con el vigor de una ejecución profunda. “Esto es pintar”, exclamaba Silvio atónito; y entonces encontraba justo que el pretendiente no hubiese querido exhibir su estudio al pastel,--un juguete, una miseria.
Completamente fascinado, repetía ante las obras fuertes: “Así se pinta”. Renegaba de sí; á sus transportes de entusiasmo seguían accesos de inmenso desaliento; él no llegaría á nada nunca; no había que forjarse ilusiones; todo estaba cumplido, los puestos ocupados, el arte en su plenitud. Blasfemaba: desconocía la inexhausta fecundidad, la virtud de renovación del arte, y daba por hecho que, después de una generación gloriosa, rica, se secaba el suelo y nada germinaba ya bajo el sol.
Otras veces, en sus correrías--cuando soltaba el yugo de Espina y se lanzaba solo á apoderarse de París,--la loca esperanza le concedía besos incendiarios. Lo mismo que le parecía motivo de desconsuelo, era ahora causa de ilusión para su cambiante naturaleza. Donde se habían ramificado tantas y tan variadas direcciones, donde tantas personalidades surgían, ¿por qué no surgiría él también á su hora, con su fórmula, con su dón peculiar, con su individualidad sagrada?
Después de la generación de Bastien Lepage, de Moreau, de Millet, ¿no se alzaba ya otra llena de vida, no sospechada por ellos, distinta de ellos? ¿No había visto en pos de los retratistas acatados, á los nuevos, al genial Chartran, al extraño neblinista Carrière--y no era él de carne, de hueso, no tenía dedos, no tenía ojos, no tenía corazón para sentir, sangre que derramar en la pelea?
--Ahora--pensaba--paciencia, y unos francos de reserva, es lo que he menester... Iré al estudio de Dagnan Bouveret: es el más impecable dibujante.
Le obligó Espina, á pretexto de _lanzamiento_, á hacer efectiva la invitación á comida y postcomida de madama de Mélusine. La morada de esta señora es espaciosa, espléndida, algo abigarrada como el espíritu de la dueña; ostenta un lujo sin intimidad ni densidad aristocrática; recuerda la fisonomía cosmopolita de los grandes hoteles. La comida era más bien frustrada: los convidados no habían sido elegidos con esa inteligencia exquisita que revela el tacto del ama de casa, sino al capricho de la notoriedad ó al azar del último descubrimiento de las que Espina llamaba islas desconocidas, pobladas de antropófagos. Silvio, con su lucidez instintiva para lo social, vió desde el primer momento que aquello no era gran mundo, ni siquiera mundo homogéneo, donde todos se conocen y desde el primer momento saben cómo tratarse y qué decirse. Mientras esperaban en el salón blanco y oro, deslucido por tanto tráfago, que precedía al comedor, los invitados se miraban puntiagudamente, las presentaciones eran laboriosas. El artista comprendió por qué Espina se excusaba de ir al banquete, proponiéndose limitarse--había dicho con acento desdeñoso--á “dar una vuelta”, una aparición en la velada. Valdivia también apelaba á su enfermedad para evitar el convite. Dejaban allí á Silvio, náufrago.
En el concepto gastronómico, la comida fué insuperable. Silvio, estómago exigente, encontró perfecto lo de mascar. Detalles y monerías se echaban de menos. Era oro derrochado en comestibles, cocineros, vinos, servicio.
Silvio devoró, vencido por una tentación de glotonería. Estaba al extremo de la mesa, cosa que le sorprendió algo, pues suponía que el banquete era en su honor, y notó que nadie le hacía caso, que le habían colocado entre una inglesa espiritista y teósofa, correligionaria de la Blavatzki, y una esposa de literato semicélebre, que sólo hablaba de la última novela de su esposo. La heroína de la fiesta era una morena de tipo español, de escote llenito y ojos de azabache, vestida con discutible gusto, de raso azul, recargado de lentejuela azul también. El ama de la casa, después de hacer la presentación de Silvio á la morenita, había murmurado, con ese tono enfático que sugiere la importancia del personaje y da por hecho que no es necesario explicar nada de él:
--La señorita Gregoresco.
Sólo al levantarse de la mesa y encontrarse próximo á la morenita, Silvio recordó, enlazó datos confusos, lecturas de periódicos... Era una historia secreteada primero, divulgada después por las agencias, los telegramas, las murmuraciones europeas; y Silvio creía notar ahora en la Gregoresco no sé qué de apasionado, de lunático, chocante en medio de la corrección mundana.
Estuvo á pique de darse una puñada en la frente. ¡Ah, ya! Estaba viendo á la acariciadora de una doble quimera de amor y ambición, la que había soñado una corona entre capítulos de una novela, y aspiraba á conquistarla por medio de la poesía, sin abdicar de su dignidad de mujer, de su pureza de virgen. ¡Imprevistos caprichos de la naturaleza, que no adapta sino raras veces la exterioridad al destino! La inglesa, que colocaron á la izquierda de Silvio, con el largo cuello, el pelo de seda clara, los ojos de pervinca, la inmaterialidad de su tipo, parecía de molde para el papel romántico de la mujer precipitada de lo alto de su ensueño, de Safo casta que deplora, en versos inflamados, la mentira infinita del amor. Y se figuraba á la señora Gregoresco así, cuando las peripecias de sus amoríos con un príncipe heredero, protegidos por una reina sentimental, contrariados por la diplomacia, hacían el gasto de los telegramas y eran la fábula del mundo diplomático. Hubiese querido Silvio más palidez en aquella frente, más esbeltez en aquel talle, más afinamiento de tristeza y nostalgia en aquella cabeza, otro estilo de vestir: unas gasas salpicadas de lánguidas ramas de glicinia... Porque el mundo entero sabía que Daría Gregoresco no se había consolado, que no quería consolarse, que las cuitas de su corazón las exhalaba en estrofas empapadas de lágrimas; y Silvio, ante el aspecto más bien vulgarmente atractivo de la desengañada, añoraba el retrato que hubiese podido hacer, no menos sensacional que el del pretendiente á la corona. Pero con el tipo de Gregoresco... ¡quiá! Y recordando que le habían ofrecido presentarle pronto á Isabel II, decíase:
--Esta república está llena de reyes que fueron, que serán, que anhelarían ser...
Sin salir del salón de madama de Mélusine, podía ver á dos de éstos aproximados á la corona; Daría contestaba al saludo de un príncipe, Bojidar Karageorgewitch, hermano de otro pretendiente; y el día anterior Valdivia había hablado á Silvio de ponerle en relación con Roldán Bonaparte. ¡París!--Algo así como el propio salón de madama de Mélusine, una vega abierta, en apariencia hospitalaria, en realidad cortésmente despegada, que no tiene reparo en aceptar lo que llega, siempre que su nombre resuene, brille, pique la curiosidad.--El sentimiento de su nulidad en París volvió á abrumar al artista. Recordó una conversación en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, adonde sólo había concurrido media docena de noches, y en la cual se trataba del proletariado artístico de París. ¡Diez mil pintores luchan en la capital francesa con la penumbra, el anonimato, la indigencia! ¡Destacarse de entre esta piña!
--Pero--discurría, en la primer modorra suave de una digestión feliz, que predispone al optimismo,--es imposible, vamos, imposible que yo no sea algo; que esta calentura sin cesar renaciente, que esta obsesión incurable, no lleguen á cristalizar. Yo veo, yo siento, no sólo los colores y las formas de las cosas, sino su esencia íntima, oculta para los groseros y los serviles. He menester tiempo, constancia, posibilidad de hacer valer estas dotes.
Mientras pensaba así, ofrecía á la Gregoresco un sillón, después de ser presentado á la madre, señora respetable que acompaña por todas partes, en su peregrinación, á la dolorida joven. Y Silvio se decía, implacable en la exigencia estética:
--La mamá también me estorba. Esta novela de nostalgia pide lo bravío de la soledad. ¡Una hija de familia! ¡Una mamá al canto!...
El salón iba llenándose de gente: ilustraciones masculinas, damas vestidas con más atrevimiento que en Madrid. Había poetas capilares codeándose con celebridades indiscutibles, como el gran Heredia. Presentado á él, Silvio le miró con veneración fetiquista. El destino de aquel hombre de corta estatura, de tipo español, sordo, distraido, ya metido en años, era el destino envidiable, ideal, del artista. Con reducida labor, breve pero intensísima, de una intensidad como no ha solido verse desde el Renacimiento; sin soñar en renovar formas; aceptando la más rígida, la más hecha y manejada de todas, el soneto; sin reincidir en el intento victoriosamente logrado; sin perderse en el afán de renovarse; sin decadencia posible, por lo único de la obra; sin la lucha innoble con la necesidad y el envilecimiento de la sobreproducción y del industrialismo; serenamente, bellamente, señorialmente, había llegado á la plenitud de la gloria. ¿Y qué pintor podía preciarse de haber igualado á Heredia, el colorista--á menos que sea Moreau?--No era la primera vez que Silvio, sufridor de todas las dudas por la misma incandescencia de su fe, se había preguntado, leyendo á Flaubert, á Heredia, á los coloristas de la pluma, si era dable superarles con el pincel; y ahora la duda reaparecía, al recordar el esplendor de _Los Trofeos_, Antonio en brazos de Cleopatra, viendo en sus ojos el inmenso mar y la huída de las galeras de Accio, los Conquistadores españoles sobre el fosforescente azul del mar de los Trópicos, en la proa de las blancas carabelas, inclinados para ver surgir estrellas nuevas del fondo del Océano.
Sin haber tanteado aún sus disposiciones para el arte, ya padecía Silvio la penosa incerteza, el titubeo de los desorientados y los deslumbrados, la solicitación de las otras formas artísticas, la ambigüedad ambiciosa que obliga al escultor á buscar efectos pictóricos; al pintor, á introducir poesía lírica ó épica, literatura en fin, en sus cuadros; al músico, á calcular efectos descriptivos y notas de color, en vez de notas musicales; al escritor, á emular al pintor, produciendo, á toda costa, la sensación artística, el efecto de la luz ó del sonido; al arquitecto, á forzar las líneas, alterando la serenidad, volviendo al barroquismo; á todos, en fin, á meter la hoz en mies ajena, á sentir el desasosiego panestético, ansia de expresar la belleza con mayor amplitud, más recursos, sentimiento más vario, algo que abarca, en abrazo eterno, lo infinito de la hermosura, lo ilimitado de su goce. La idea de que nunca pintaría como hace sonetos Heredia sumió á Silvio en una de esas meditaciones desconsoladas en que se quisiera renegar hasta del sér y convertirse en piedra. Hay instantes en que los pensamientos nos ahogan como olas. ¡Ante Heredia, Silvio se humilló: se vió tan pequeño, tan burlado por la suerte! Era su gran sufrimiento, _querer ser otro_; era la negación del _yo_, de lo que más se ama.
Las doce caían cuando irrumpió en el salón de madama de Mélusine Espina Porcel. Sus pupilas agudas, vivaces, registraron el recinto y descubrieron al joven pintor, perdido en la selva obscura de sus reflexiones. Sacudió la cabeza Silvio y se acercó á la dama, colocándose á su lado. Espina hacía gestos monos al fijarse en la concurrencia, y decía por lo bajo:
--¡De mal en peor esta casa! Llegará día en que no se podrá venir. ¡Qué ancha base! Seguro que me va á endilgar, sin previa consulta, á dos ó tres notabilidades estrafalarias.
No se engañaba en sus presunciones la Porcel. Ya la Mélusine, con el transporte entusiasta que la acometía al descubrir islas, se aproximaba, llevando de la mano á Daría Gregoresco, y la presentaba entre un balbuceo de simpatía apasionada, con igual emoción y secreteo que Solar de Fierro al mostrar una maravilla única de sus colecciones.
--La señorita Gregoresco... ¡Ya sabe usted!... ¡La señorita Gregoresco!... Nos ofrece la encantadora sorpresa de recitar algunas poesías no dadas á conocer hasta hoy...
Espina se inclinó, lanzó un ¡ah! inefable, y murmuró un “¡encantada!” de los más vagos y distraídos de su repertorio.
La Gregoresco se adelantó; hicieron corro á su alrededor,--en primer término, la dueña de la casa, sonriente de beatitud. Estaba la poetisa turbada, y leve ronquera velaba su voz al empezar. Heredia, á quien respetuosamente habían dejado sitio en el aro estrecho del corro, hizo con la diestra cartucho á la oreja para oir bien. Silvio notó que en aquel salón parisiense se escuchaba, como no se escucha en Madrid jamás.