La Quimera

Part 21

Chapter 213,831 wordsPublic domain

La Flandes, erguida, larga de líneas como una ninfa de Goujon, no parece sentir el peso de la soberbia corona ducal que surmonta sus negros cabellos, ni el del collar de perlas, memorable, histórico, que rodea su garganta, donde caben aún una carlanca de perlas más chicas y un río de enormes solitarios. Espina, por estudiado golpe, se ha complacido en reproducir fielmente, en su traje, el pastel mío... Tul y más tul nubado sobre una seda flexible, y la guirnalda de rosas naturales, sin otra diferencia sino que la salpican, en vez de gotas de agua, una infinidad de brillantes pequeñísimos, que al moverse la envuelven en chispas de irisadas luces. Y está seductora, y de boca en boca comprendo que corre la noticia: “es el traje con que Lago la retrató”. Me parece escuchar los madrigales, las bromas, los comentarios. Miro al palco de las testas coronadas, y se me figura que la Reina, valiéndose de sus lentecitos de concha, por no fijar los gemelos, nota, se entera, sonríe con su inteligente sonrisa, haciendo no sé qué observación á media voz, algo que podría ser elogio. Entre el remolino resplandeciente de bandas, placas, colgajos, se destacó entonces mi liso frac negro, y los gemelos empezaron á trabajar en mi dirección, como si buscasen en mi cara la explicación de muchas historias. Entonces, sin esperar á que se alzase otra vez el telón y la estatua del Comendador pisase con pies de piedra la casa de don Juan, opté por desfilar; me abrí paso difícilmente, esquivé á los cumplimentadores, á los preguntones, á los buscadores de emoción; huí del acosón del grupo de muchachos que en el _foyer_ se apiñaban, y tuve la oportunidad de desaparecer, dejando en el teatro mi idea, mi nombre zumbado en mil charlas, detrás de los abanicos, como un nombre de triunfador.

Al trasponer el umbral del teatro y buscar con fatigas un simón que me soltase en mi casa, me reía de mí mismo; me estimaba al propio tiempo, por la distancia entre mi altiva Quimera de fuego, y las Quimeritas de cartón que quedan agitando sus alas tenaces, en ese ambiente tan lleno de olores y de mentiras...

* * * * *

Al otro día Valdivia me informa de que ya tenemos asientos reservados en el sudexprés.

Aviso á Cenizate, paso con él un día entero. Está conmovido, más blando que una breva. Le falta poco para llorar. Me pide, como á una novia, que le prometa escribirle.

--Mira--le digo,--las Dumbrías, la Palma y tú, es lo único que siento dejar en Madrid. Porque á Bobita... me la llevo. Va á darme la lata, ya lo sé... pero no es posible que se la confíe á nadie.

--Te la cuidaría yo bien--objeta Marín afanoso.

--No; si es que carezco de valor para separarme de ella. La quiero conmigo, ¿sabes?

Cenizate queda encargado de “darse una vuelta” por el taller, á ver si los porteros lo tienen barrido, limpio y ventilado, y de escribirme todo lo que ocurra.

--En Septiembre ó en Octubre--murmuro--debieras venirte á París, á pasar conmigo unos días.

Me ayuda á hacer la maleta, á empaquetar mil cachivaches, y cuando me dejo caer fatigado y descorazonado en el sofá, me habla de mis triunfos franceses próximos, de que voy á ser allí un Gayarre de la pintura, á metérmelos á todos “en el bolsillo”. Le permito disparatar por su cuenta.--¡Madrid, adiós!

III

PARÍS

Sentar el pie en la estación del Quai d’Orsay no causó á Silvio el efecto que se había figurado. Le sucedía así con frecuencia,--agotar el contenido de una emoción con la fantasía, desflorándola de antemano;--previendo todo, y más aún, de lo que la realidad contiene.

La presencia del ayuda de cámara y el lacayito de Valdivia le evitaron esas molestias de la llegada que influyen en la impresión de una ciudad desconocida. No tuvo que pensar en su saco, su rollo de mantas y su baúl. Se encontró el equipaje entero estibado en la galería de un fiacre, y hasta dadas las señas del hotel donde Valdivia le había retenido habitación. Al despedirse, Espina le notificó que le esperaba á almorzar al día siguiente, añadiendo el brasileño que, á ser posible, le llevaría algún colega distinguido, algún periodista, algún crítico de arte.

--¡No!--suplicó Silvio, azorado.--Señor Valdivia, ¡otro género de exhibición! Vengo aquí á estudiar.

--¡Pero también á vivir!--arguyó el protector.--¡Si no le lanzamos, no le encargarán, no ganará! ¡Es preciso que corra la voz, que se conozca esa preciosidad que traemos bien encajonada, esa lindísima efigie de María!

No respondió Silvio. Valdivia llevaba razón; pero al hollar el pavimento de París, le dolía sentir otra vez el yugo del maldito trabajo útil; presentía, con repulsión, el subibaja de los arcaduces de la noria, el retratar para vivir, el vivir para retratar, sin alma, sin ideal, sin tregua...

No se hallaba fatigado, á pesar del feroz traqueteo del sudexprés, el más quebrantahuesos de todos los trenes. Apenas el fiacre le soltó en el zaguán del hotel--uno barato, en la calle Daunou,--y encomendó sus bagajes, se echó á corretear á la ventura, con ese afán de apoderarse cuanto antes de la topografía y los aspectos de las cosas, que caracteriza á los viajeros algo inteligentes. Fué á dar, de la primer zancajada, á la calle de Rivoli. Contaba, para no perderse y no tener ni que preguntar, con el conocimiento instintivo de esa ciudad que nadie ha dejado de ver en sueños antes de pisarla. Sabía de memoria el plano de París. Todo era familiar, previsto, manejado, como rostro conocido, cuyos rasgos se llevan en la memoria. Le sorprendería que algo de París le sorprendiese: hasta tal punto estaba seguro de cobijar dentro de sí, por incesante frecuentación espiritual, á París, á su forma, á su esencia.

Los nombres de las calles eran música, cuyos ritornelos tarareaba. Desde América, se había impregnado de París. En Buenos Aires, de París hablan los artistas como de la tierra de promisión. En Madrid, hasta los gatos hacen la naveta, van y vuelven cada verano. Los nombres de los grandes pintores franceses, como clavos hincados por martillazo seguro, habían penetrado en su cerebro, y advertía, al perderse en las vías de la amada Metrópoli, esa impresión á la vez prevista y honda de los sitios respirados moralmente, antes de haberles bebido el aire.

De la larga y amplia calle de Rivoli, revolvió á la Plaza del Teatro Francés, y con goce pueril deletreó el anuncio de las funciones para la semana: _Le Misanthrope, de Molière; Phédre, de Racine_. El teatro estaba iluminado; entraba gente; Silvio sintió impulsos de pasar también. Pero el antojo de seguir _flaneando_ pudo más, y echó Avenida de la Ópera arriba. La Ópera--el edificio neroniano--se erguía más elegante de noche, apagado el brillo de sus oros y el colorido de sus mármoles, fundido todo en armonioso conjunto. El grupo de Carpeaux, entrevisto, era ligero, puro, de una sensualidad espiritualizada. Ante la Ópera, el Bulevar rechispeaba de luces, rebosaba gentío; se agolpaban alrededor de las mesas de los cafés, sacadas á la acera; circulaban sorbetes y refrescos.

Silvio, rápidamente, anduvo, anduvo hacia la Magdalena; contempló un minuto el seco monumento; después retrocedió, atraído por el foco de la animación; volvió á cruzar frente á la Ópera; caminó en dirección al antiguo solar del Teatro de la Ópera Cómica, destruido por voraz incendio; evocó minutas de comidas refinadas al rasar el café Inglés, letras cobradas y millones removidos rozando el Crédito Lionés, y no paró hasta llegar cerca de la Puerta de San Martín. Desde allí se perdió por callejuelas sin fisonomía y sin recuerdos, y embriagado de soledad, recayó hacia el río, desanduvo, se entretuvo en los desiertos jardines de las Tullerías, y se enhebró y engolfó en los rincones de muelles y mercados, á la romántica sombra de las iglesias góticas y de las torres que hablan de historias muertas... Altas fachadas le echaron encima su silencio grandioso; el río, obscuro, mudo, le habló en el extraño lenguaje del agua que chapotea, que parece calificar de vanidad y miseria cuanto es acción, aconsejando la contemplación tan sólo... Y Silvio siguió adelante; buscaba la Cité, buscaba á Nuestra Señora.

No era difícil descubrirla: su masa solemne atraía la mirada desde lejos. La luna, roja y ardiente, como de Julio, había salido y ascendía; y Lago iba á ver y admirar, ni más ni menos que los poetas melenudos del Cenáculo, á Nuestra Señora de París á la luz del satélite, ironizada por Musset.

Alta ya en el cielo, plateaba la fachada principal, bañando las dos torres, dejando en tinieblas la finísima aguja. El artista veía resaltar las relevaduras prolijas y delicadas, la fila de estatuas bajo la enorme flor del rosetón, las figuras místicas que se alinean en la base de los profundos arcos avialados del pórtico, y la hilera de arquitos bilobulados, bajo los cuales se yerguen las veintiocho figuritas de reyes. El sentimiento que despertaba Nuestra Señora en Silvio era especial, poco sincero, facticio; en aquel instante deseaba ser uno de esos misalistas ó imagineros de que Minia le había hablado, que sin dolor y sin lucha, sin la dura angustia humana de nuestro siglo, produjeron labor de arte anónima para generaciones y generaciones. La edad presente, por un momento, le repugnó; la serena hermosura secular de la Catedral se impuso á su conciencia artística. Se vió deleznable, falso y, sobre todo, pequeño, inútil, impotente. Un desaliento incurable le hizo temblar las piernas y caer desmayadamente los brazos á lo largo del cuerpo. “Nunca, nunca”, escuchaba entre el silencio de la noche, ese hermoso silencio de los sitios poco frecuentados de las grandes capitales, silencio nervioso, realzado por la conciencia del ruido y bullicio alrededor.

“Nunca, nunca”. Era el efecto aplanador de París; la primera emoción depresiva de sentirse pequeño entre la muchedumbre. Así como en torno de la paz de aquel atrio, en tales momentos desierto, percibía Silvio el rumor oceánico de la gran ciudad, notaba también, difuso en el aire, latente detrás de las paredes de las casas, el esfuerzo enorme, la suma incalculable de trabajo y de voluntad que en París se gasta para salir á luz ó sólo para ganar la vida. Acordóse de los poetas del Cenáculo, de los que venían cada noche como druidas á tributar culto á la luna. “El mundo era más joven, la celebridad se lograba más pronto”, pensó. Después se fijó en que entre aquellos melenudos también había pintores, y un cierto Petrus Borel, universalmente famoso por sus luengas guedejas y su velida barba, no había marcado la menor huella en el arte. “Un destino irónico... ¿Y si fuese el mío que nadie me conozca sino por mis pasteles aduladores y mi tipo Van Dyck?”

Dejó caer la frente entre las manos, y cerró los ojos por evitar la divina claridad de la luna, que tiene la virtud de causar una especie de embriaguez á los felices y hacer insondable la tristeza de los poco afortunados. Empezó á acusarse, á vituperarse, á macerar su alma en su propio desprecio. Lo bello de la arquitectura da una sensación de solidez y supervivencia, que hace encontrar mezquino todo lo efímero. Para Lago, en aquel momento, los recuerdos de Madrid eran una niebla; el ansia de crear algo eterno, como un fuego activo, le devoraba las entrañas. La figura de Clara Ayamonte, evocada de súbito por la majestad religiosa de la Catedral, por los insidiosos balbuceos de la leyenda, flotó un instante, blanquecina, envuelta en su hábito, como disuelta entre la claridad ambiente.

“¡Cuánto la envidio!”--pensó el pintor.--“Yo no sé ni querer lo que quiero. Yo debiera no vivir sino para mis fines, para mi resolución. ¿Qué hay de común entre lo transitorio y yo? Está visto; la tela de mi carácter se rompe. Voy sin rumbo. ¡Cuántos años todavía de anhelar y no conseguir! ¿Tengo siquiera lo que se llama vocación? El que _quiere_ hace lo que Clara hizo. ¡Es que Clara logró asirse á algo! Yo hasta he perdido la fe con que estudiaba la Naturaleza, sencillamente la impresión real de la Naturaleza, sin poner en ella nada de mi alma. ¿Será culpa de mi cuerpo? Indudablemente tengo los nervios desasentados. Muy á menudo siento la corriente de agua fría que me cruza por el estómago. Consultaré aquí á un buen médico. ¡Bah!--Dirá lo que todos. Higiene, campo, prívese de esto, tome lo de más allá... Y lo que me consume, este afán, esta locura, ¿me lo va á curar ningún potingue de farmacia? Ya estoy desengañado... Nunca pintaré. Nunca saldrá de mis manos lo que se llama _un trozo de pintura_. Cuento cerca de veinticinco años; pinto desde que era un muñeco; no he cesado un día de embadurnar. Si tuviese aptitudes, lo que se llama aptitudes ¿eh?, ya las habría demostrado. Soy un pelele, un blando pelele. ¡No hay que esperar nada de la inspiración! La inspiración no existe. Una serie de esfuerzos vigorosos y pacienzudos para libertarse de las admiraciones y encontrarse á sí propio--ahí está el arte actual.--Los románticos como Víctor Hugo descubrían genialidad desde los diez y ocho años. ¡Miseria la nuestra! Estoy á las puertas todavía, no he llegado ni á ese período de la admiración y la imitación. Iré al taller de un maestro y seré _le petit espagnol_”.

Rió con risa exasperada, alto.--“Bien, pues todo eso hay que hacerlo”--gritó con violencia frenética.--“Hay que hacerlo, así cueste la vida. ¿Pende de mí, y no se había de realizar? ¿El ansia que me devora, de nada ha de servir? ¿Lo que otro obtiene, me será inaccesible? Pende de mí, de mis cualidades inferiores... Paciencia, dotes de oficinista, de erudito apelmazado: ¡os solicito! Si es necesario invertir seis años, ocho, en labor obscura... qué rayo, se invertirán...”

Abrumado de desolación; convencido--allá en el fondo, muy en el fondo--de que no se invertirían, se levantó, contempló otra vez la majestuosa fachada. Allí estaba la catedral con la túnica de gloria, de celestes desposorios, vestida por los rayos de la luna. Su eterno candor, su eterna virginidad, sonreían castamente, murmurando estrofas vagas, himnos sin rima, cánticos misteriosos. Delante de la inmensa rosa que flanquean las otras dos menores, la figura mística, soñadora, de la Virgen, se ofrecía á la adoración de los dos ángeles extáticos, mientras allá lejos Adán y Eva lloraban su caída, que les había divorciado eternamente de la Belleza. “Sí, pensó Silvio: la bienaventuranza, el Paraíso, no es sino la hermosura”. Los simbolismos de la basílica le agitaron el alma un instante: creyó que arriba las gárgolas terribles, las fantásticas alimañas de la Era de plomo, se inclinaban para aojarle y cuchicheaban: “Destino, destino”. “Fatalidad”. Dolor súbito le paralizó. Su obra, fuese lo que fuese, desaparecería tragada por el tiempo. Nunca debía aspirar á duración en la memoria humana...

--¡Qué majadero soy!--murmuró sacudiéndose, desembrujándose.--Necesito dormir, y estoy aquí lo propio que si fuese uno del Cenáculo... Al hotel, al hotel; pero antes á tomar algo caliente.

Mucho le costó encontrar dónde tomar ese “algo caliente”. París no trasnocha: los restaurantes cierran tempranísimo; los cafés, punto menos. Por fin, en un café tardizo, pudo obtener un _beefsteack_ y una bavaresa hirviendo. Al retirarse al hotel, pensaba:

--Para acostarse á las once y admirar catedrales, no merece la pena de venirse á París. Lo mismo sería residir en Burgos.

* * * * *

Al otro día almorzó en la primorosa residencia campoelisiaca de la Porcel. Los demás comensales eran Valdivia y una señora quintañona, viva, azogada; madama de Mélusine, especialista en reunir la actualidad y la novedad--artistas, poetas, cantantes, emigrados, estrellas rabudas,--dando saraos magníficos, en los cuales el mundo social se codea con el mundo estético, y donde los que han de vivir de la celebridad y el reclamo pueden hacerse notorios relativamente. Madama de Mélusine ha consagrado á esto su tiempo y fortuna; no la guía interés alguno, excepto el ansia, tan parisiense, de dar pasto á su emotividad, de buscar aliciente para la vida. Á toda costa esa levadura, esa sal en el manjar insípido. Madama de Mélusine sólo se agita para ofrecer á sus tertulianos la novedad, sea del género que sea; pianista húngaro, coplero felibre, novelista rumano, conspirador polaco, _authoress_ inglesa. Silvio, mediante el almuerzo, caía en las uñas de la emotiva. Desde el primer plato tenía la invitación á comida y postcomida en la casa internacional.

--Pienso--declaró Silvio--concurrir poco á fiestas. Aquí, mi deseo es rehuir cuanto no sea el trabajo. Pero aceptaré una vez... y agradecido.

El almuerzo era delicioso; sobre todo, servido con filigranas y detalles que sorprendieron á Silvio, aun después de haber sido comensal de casas muy copetudas de Madrid. Todo sencillo, en apariencia, y en efecto, refinadísimo. Las manzanas de la canastilla de frutas, por ejemplo, sobre que no se comprendía verlas tan frescas en Julio, eran todas exactamente del mismo tamaño y forma, y se advertía que habían sido frotadas, bruñidas, para sacar un lustre que las hacía parecer de oro y carmín. Las uvas tardías, limpias, como recortadas en jade, ofrecían la misma igualdad. Las flores eran raras; los últimos descubrimientos en floricultura. Las había por todas partes. En medio de la mesa se alzaba y se derretía dentro de un tazón enorme de cristal un grupo de ninfas tallado en hielo, sobre un macizo de orquídeas. Manjares, vajilla, cristalería, servicio, mantelería, llevaban la marca del vehemente lujo de la Porcel, y aumentaba la sensación de alta vida, el encontrar todo tan en su punto, á las pocas horas de llegar á París la dueña de la casa. Como madama de Mélusine demostrase halagüeña sorpresa, Espina sonrió, irónica ante el elogio.

--Lo mismo estaría si viene usted á cenar anoche. Y lo mismo me tienen la casa preparada--excepto las esculturas en hielo; para eso es necesario avisar al artista--cualquier día de mi ausencia. Mis órdenes son terminantes. ¡No faltaría más que llegar de sorpresa y poder dibujar el nombre sobre polvo en las lunas de los espejos!

Á aquel almuerzo siguieron otros. Diariamente estaba convidado Silvio; hacíanle, de vez en cuando, conocer alguna gente: periodistas, escritores, gente de banca, amigos de Valdivia. Percibía que en Madrid hay varios círculos y una sola sociedad, mientras en París hay múltiples sociedades que apenas coinciden. La rápida entronización de Madrid no era fácil aquí, donde tanto se tarda en pasar de un grupo á otro, que cabe invertir, en el traslado, la vida entera. La sociedad en que Espina podía introducirle era de la mejor, excepto el _barrio_ propiamente dicho, y su composición mixta, conveniente á los fines del artista joven que desea darse á conocer y reclutar clientela. Ya había sido presentado á personalidades. Madama de Mélusine representaba el elemento estético y cosmopolita; la condesa de los Pirineos, la verdadera aristocracia, arrabal de San Germán; la embajadora de España, la colonia española; Valdivia, la americana, portuguesa y brasileña, almidonada, seria, que puede pagar ultragenerosamente, si quiere, un retrato que agrade.

Á proporción, sin embargo, de los medios de favorecerle que poseían Valdivia y su amiga, Silvio creyó notar que no le empujaban tanto, tanto. Una frialdad ligera, suave, se insinuaba en sus relaciones. Algo raro le pasaba á Valdivia: algo distinto de antes había en su voz, en sus ojos desviados rápidamente, en sus gestos. ¿Sería que...? Silvio, por una anomalía muy frecuente, creíase del todo impecable; á Valdivia ningún mal le había hecho... puesto que ya voluntariamente se abstenía.--Y declaró al brasileño injusto, versátil.

En espera, se dió á visitar, durante las ociosas mañanas, los museos. El del Louvre el primero; así lo quiere la rutina. Salió del Louvre menos aplastado de admiración, pero más confuso, que del Prado. En Madrid era la pintura de dos ó tres maestros lo que le había sumido en una especie de anonadamiento, seguido de fiebre; aquí era el conjunto grandioso, el acarreo de cientos de siglos, de tantas formas de arte, de tantas épocas, de tanta influencia de la historia, la religión, el clima, la forma de gobierno, las costumbres--sobre una cosa que él hubiese querido ver inmaterial y alada, el arte.--Al recorrer las grandes salas asirias, egipcias, persas, griegas, romanas, se dispersaba y evaporaba su espíritu. En Madrid sentía, como sillar enorme sobre el pecho, la grandeza de los titanes, á quienes era inútil pensar en aproximarse nunca; aquí, en cambio, el peso muerto de las edades transcurridas, la fuerza incontrastable que ejerce la época á que pertenecemos, y que nos arrastra, como colosal Caronte, por el río negro, hacia donde el barquero quiere, sin tener en cuenta nuestra voluntad. Al mismo tiempo, la idea del _progreso_ en arte, la aspiración á fórmulas nuevas, que expresen algo bello mejor y con más intensidad de lo que en ningún tiempo se ha expresado, se desvanecía para siempre en Silvio. En cada edad hubo obras maestras, definitivas, y no existe escultor moderno que supere en naturalismo, en verdad sencilla, de puro sencilla fulminante, al desconocido egipcio que modeló el _Escriba_, ni ceramista que venza en elegancia al autor de ciertos azulejos asirios del palacio de Artajerjes. Se admira su obra; pero nadie conoce su nombre. Este anonimato le parecía á Silvio una aureola. ¡La miseria del nombre!--El caso es haberse realizado plenamente, en una obra soberbia.--Pensativo, se detenía al pie de algún coloso de pórfido rosa, cavilando en lo que sería la crítica en aquellas remotas edades; en lo que dirían los inteligentes de entonces, que seguramente los habría, pues no se concibe arte sin quien lo saboree y lo juzgue. Se figuraba los pórticos guarnecidos de hiladas de esfinges, las teorías de columnas con capitel de loto ó de cogollo de palmera, y soñaba egipcios de facciones aniñadas y regulares, egipcias con tocado de escarabajo hierático, discutiendo la última obra de un ilustre de entonces.--“¿Me satisfaría á mí esa clase de público?--discurría Silvio.--¡No! Necesito gente de ahora, que siente como yo y sufre las mismas ansias. Sólo me importa el efecto que una obra mía pudiese causarle á Minia, ó á _aquel á quien yo desearía parecerme_... Y según esto, la gloria, nuestro hipo de gloria, ¿qué es? ¿Es orgullo? ¿Es vanidad? ¿Es el goce del niño que enseña un juguete á sus camaradas?”

Por más que se esforzase, no podía representarse á los egipcios admirando algo que hubiese pintado él. ¿Qué placer sería los aplausos de Tebas? ¿Aplaudirían al menos? No; les pareceríamos bárbaros. Y, sin embargo, la estatua del _Escriba_ es el _non plus ultra_ de lo que pudiese hacer un moderno para ajustarse á fórmulas de estética que han revolucionado el arte en nuestro siglo...

Mientras Silvio devanaba estas filosofías, Valdivia, algo distraído y remiso, le proporcionaba, no obstante, un taller alquilado en una calle próxima al bulevar de Estrasburgo. El pintor á quien el taller pertenecía viajaba á la sazón, tomando apuntes de paisaje por las montañas del Delfinado; proponíase terminar su veraneo en una playa, y había dado al portero orden de subarrendar. Á Silvio le ilusionó infinito el taller, asaz modesto, amueblado con cuatro trastos, tapices hechos jirones y remendados, cacharros encolados y rotos, sillas paticojas; un tufillo de bohemia; pero al cabo, ¡taller en París! Desempaquetó y colocó, ante todo, el retrato de Espina, que en aquel camaranchón polvoriento semejaba un rayo de primavera, entre la frescura de sus rosas y la nube cándida de sus tules.

--Tenga usted paciencia--díjole desabridamente Valdivia.--París no es Madrid. Pequé de optimista, empiezo á comprenderlo. Todavía no hemos podido encontrar para usted retratos. María pensaba dar una fiestecita y enseñar el suyo... ¿No le habla á usted de este plan?