La Quimera

Part 20

Chapter 203,698 wordsPublic domain

Y, pronunciada la primera frase, quitado el primer tapón, la confidencia, de un modo casi involuntario, surte de los labios secos, marchitos. Sale á pedazos, unas veces brusca y fiera, otras humillada, resignada; pero sale, entreverada con quejidos sordos que la tenaza de la gastralgia arranca del fondo del pecho. Lamentaciones sobre la salud perdida se mezclan con quejas del animal que sufre y del enamorado que no ha podido curarse del daño que el filtro causa. Al principio se tropieza en las palabras, se quiere tapujar, velar con formas decorosas lo ignominioso. Poco á poco se va ahondando, se introducen los dedos en la llaga, se descubre la infección. Por los bordes abiertos y sanguinolentos, asoman su cabeza de víbora los celos afrentosos.

--¡Ni un día sin celos!--repetía hecho un ovillo en el sofá, porque arreciaba la gastralgia.--¡Ni un día de dulce sosiego, de serenidad, de fe! ¿Comprende usted esto, Silvio? Es como un maleficio, y á veces, créalo usted, sin ser supersticioso, me ocurre que estoy embrujado. Hay días en que me parece que odio á María más que otra cosa. ¡Desconfiar, desconfiar siempre! Y ¿sabe usted la razón de mi desconfianza? Mi detestable experiencia. Si yo fuese un poco menos corrompido, fiaría más en María, y eso ganaba. Por haber sido traidores creemos que nos traicionan. Me da por ataques repentinos, como el dolor de estómago, y es gracioso: se me ocurren cien barbaridades que no cometo. Mi desgracia es tanta, que estoy gastado para la voluntad firme de realizar un acto de energía, y no lo estoy para el sufrimiento que dicta esos actos á otros hombres, á la gente ordinaria. Se me ha puesto aquí que si mato á María quedo libre de mi obsesión; porque muerta ella no hay celos, y mi pasión es celos; nada más. Suprima usted esa negrura, y el amor se evapora. Si me parece que con tanto devaneo celoso no estoy enamorado; no quiero, lo que se dice querer, á María... Oiga usted esta monstruosidad: si María cogiese ahora el tifus y se muriese, estoy por decir que me alegro. ¿En qué piensa usted? ¿Me cree loco?

--Pienso en qué cosas tan diferentes nos marean á los dos. En su caso de usted, yo tan fresco. Ahí tiene usted... Sólo me desvela mi pintura, los medios de irme á estudiar lejitos. Y aunque aparentemente se diría que me aproximo á mi ideal, la verdad es que á cada paso lo veo más distante. No tengo cabeza para hacer economías; me las arreglo tan mal, que...

Apenas dicho me pesó; quisiera recogerlo. Este hombre no va á creer nunca que hablé así... arrastrado por el torrente de las espontaneidades.--Me miró con interés, y exclamó con una bondad que me pasó el alma como un cuchillo:

--Cuente usted conmigo para todo. Tendré verdadero, verdadero gusto en serle útil. ¡Y, á propósito! Me alegro que se suscite esta conversación, porque soy su deudor de usted, y he de pagar, antes que con mis males y mis chifladuras me distraiga. Dos retratos de María ha hecho usted ya.

--No--me apresuré á gritar,--uno solo. El otro es un boceto, un estudio.

--El otro es más bonito por lo mismo, por la libertad, por la fantasía. Ese es mío; lo compro yo. El otro casi está terminado, y en París le dará á usted gran cartel. Total, dos retratos... ¿Cuánto le debo? Sencillamente, entre amigos...

Al oir la cifra protestó.

--De ningún modo. ¡Qué desatino! Esos son los precios madrileños; aquí es de balde todo. Permítame que inaugure los precios franceses. Dos mil francos vale por lo corto cada pastel, y aquí traigo, justamente...

¡Qué deslumbramiento! ¡Cuatro mil francos de un golpe! Oscilé de emoción. Me veía salvado, libre, pertrechado para la guerra. Pero era demasiada vergüenza, demasiada felonía tomar tanto dinero de _aquel_... ¡Extraña casuística! Si me paga al precio de Madrid, no me da empacho...

--Vamos, no haga usted repulgos. Lo ha ganado usted bien; le debo á usted más. Ya sé lo que pasa con María. Le ha hecho perder un tiempo precioso, y de fijo le ha indispuesto con un sinnúmero de parroquianas. Porque María es así. No habrá consentido que retrate usted, esta temporada, sino á quien se le antoje á ella. Tendrá usted, por su culpa, diez ó doce enemigas...

¡Perspicacia singular, alternando con absoluta ceguera: tú eres la característica de los enfermos de celos crónicos!

Todavía añadió:

--Y, por supuesto, cuente conmigo en París--adonde espero que se vendrá ahora en nuestra compañía--para lo que le haga falta, sin restricciones... Me causaría usted una contrariedad si se dirigiese á otra persona. No tema, no recele carecer de nada al establecerse allí. La amistad de Valdivia es algo más que fórmula. No lo dude.

Hablando así, alargóme la mano, seca y calenturienta, y no me atreví á retirar la mía, de seguro temblorosa.

--Sea usted mi amigo--dijo melancólicamente.--No soy un hombre demasiado feliz, sino todo lo contrario. Sólo la amistad mitiga, á veces, las quemaduras de lo que me abrasa. ¿No es cierto que esa mujer tiene algo de irresistible? Y, en el fondo, créame... ella no es responsable del mal que hace. Se encuentra sometida á una fatalidad... ¡Si usted supiese lo que he batallado para apartarla de mi pensamiento, para quitarme el vicio y la borrachera de su amor! Usted puede prestarme un gran servicio, á cambio de todos los que yo estoy dispuesto á prodigarle. Escúcheme con paciencia cuando le cuente mis penas, y no se burle, como se burlan los amigotes de María en París y aquí. Delante de ellos me presento como un hombre material y cínico, harto de todo; y me creen, porque son lo mismo. Están gangrenados.--Les aborrezco.--Hay, especialmente, un compañero de usted, un pintor belga, ¡que si yo tuviese valor para malquistarme con María, mi mayor delicia sería clavarle una bala, después de escupirle! Sospecho que me ha engañado con él, y he de seguir recibiéndole, y he de tratarle como si tal cosa, y hasta dar almuerzos y comidas en su honor. ¿Verdad que es aplastante sentirse hombre civilizado, de una civilización extrema, que divorcia la acción del sentimiento? Ya le conocerá usted, ya conocerá á ese tartufo... Marbley se llama. ¡Porque usted le hundiese daba yo ahora mi sangre!

--¿Marbley? ¿El del _Harem turco_?

--¡El mismo! ¿Tiene usted noticia de él? Á fuerza de reclamos se ha impuesto. Un farsante, sin miaja de genio; un hombre que sólo piensa en cobrar, en sacar dinero á las norteamericanas ricas. ¡Si supiese usted cómo cultiva el género! No hay ardid que no emplee. Paga artículos en los periódicos; no sale de los tocadores y de las faldas. ¡Y envidioso! Ya verá usted en cuanto eche la vista encima á este delicioso retrato. Se lo voy á refregar... Quítele usted la clientela, arrincónele, aplástele. Ese complot tenemos que tramar... Y cuente usted con Valdivia. ¡Si yo soy el que queda obligado!

* * * * *

En lugar de dormir bien, guardando en cartera cuatro mil francos, no descansé en toda la noche. Dando vueltas y más vueltas, con uno de esos insomnios invencibles que determinan en mí al igual las impresiones de placer y las inquietudes profundas; oía á mi cabecera el tiquitiqui del relojillo, metido en su marco de plata repujada, y me parecía, sensación en mí bastante frecuente, que la cama estaba invadida por miriadas de hormiguitas, y que estas hormiguitas, zigzagueando, se me paseaban por el cuerpo, bullentes, ágiles. Mi pensamiento se desvanecía como el humo disperso por el vendaval. Me ardía la frente. Y, en el alma, bochorno, dolor inexplicable. Me golpeaba el corazón el recuerdo de las palabras de Valdivia.

Yo no he nacido, yo no sirvo para esto. Yo no me rebullo en la perfidia como en el agua el pez. Soy débil, ó tonto, ó lo que se quiera... No puedo. La indiferencia moral, que me pareció hasta una gracia en Espina, en mí--reconozco la contradicción--me parece sencillamente, en este caso especial, una canallada. Á darle su nombre verdadero, yo seré un canalla, el último, el presidiable, si me aprovecho del dinero de Valdivia y, al mismo tiempo, de... no le llamo el amor... el capricho de Espina por mí.

Bienaventurados aquellos que ó son malos ó buenos del todo. Yo no siento constantemente el estímulo, la inquietud del deber. Sin embargo, tengo impulsividades honradas.--Cuando empezó á filtrarse el día al través de los resquicios de la ventana, había formado una resolución. Estos cuatro mil francos... bueno: el precio de París. ¡Pero ni un céntimo más! Y por mí, sosiéguese Valdivia. Ya puede Espina agotar sus artes. Muy amigos, sí; trato, conversación... No otra cosa.

Y con esta decisión firme, que á mi ver lo concilia y lo borra todo, las hormigas desfilan en silenciosa caravana, mi frente se refresca, mi pulso se normaliza... Me quedo dormido regalonamente.

* * * * *

Mi fatuidad--porque en este medio me he vuelto fatuo--me sugería que iba á ser necesario luchar para dar un corte á la relación íntima con la Porcel. Lejos de eso, apenas me eché atrás, con torpeza, con exageración (lo hice detestablemente), Espina adivinó, tragó la píldora, me miró con sorpresa burlona; después exhaló un ¡ah! gracioso y cómico; luego, con calma é indiferencia en que había menosprecio, sacó un cigarro de su primorosa petaca y lo encendió, demostrando, como casi siempre que fuma, impresión de bienestar, de _euforia_, debida, sin duda, al opio que encierran sus papelitos largamente emboquillados.

Cuando la dije que, por indicación de Valdivia, les acompañaría á París, me miró atentamente, y en sus ojos de venturina derretida, irradiadores, vi lucir una chispa sardónica, cruel. Hizo luego un gesto de los que se hacen cuando el destino se impone.

--Mucho me alegro de que le tengamos á usted por allá--pronunció despacio, con expresión enigmática.

No me había apeado nunca el tratamiento, ni en medio de nuestras breves pasionalidades; el toque de ternura del tuteo me fué rehusado, tal vez por desdén. Asimismo observé que ha guardado conmigo cierto género de pudor, no permitiéndome ver de su cuerpo absolutamente más de lo que exigía el retrato.

Acaso crea que mi retraimiento es un pasajero capricho; segura de su atractivo perverso, sonríe de un modo insolente, con reto en la actitud. Me consagro á adelantar el retrato, y por cierto que sale encantador.

* * * * *

Empieza á correr en los círculos sociales la voz de que me voy á París con Espina, y la gente me jalea, me halaga más que nunca. Convites en todas partes. La animación matritense es ahora extraordinaria, febril, por la venida del rey de Portugal y consiguientes festejos.

Madrid, tablar de garbanzos: te dejo gustoso. Correspondes á una etapa de mi vida en la cual no hice sino falsear y bastardear mis instintos verdaderos, mentir á mi vocación, perder mi fe, mis convicciones, que eran mi apoyo, sentir que á cada paso me aparto del ideal... y ni siquiera reunir ochavos, porque la verdad es que en Madrid las bolsas andan escurridas y lo único que se logra es trampear...

Siempre que emprendemos un viaje, entra por mucho en nuestra animación la esperanza de que va á cambiar el aspecto de la vida, de que vamos á renovarnos.

Á bordo del barco en que vine de América, recuerdo cuánto me sonreía esa ilusión. La nueva existencia sería, forzosamente, mejor que la pasada; aquello era la prueba, esto sería el premio. Y con todo, si entonces me hubiesen vaticinado el golpe de fortuna y el arrechucho de moda que me aguardaba en Madrid, hubiese dicho que era imposible.

Ha sucedido; he logrado infinitamente más de lo que podía fantasear, y sólo experimento, al emprender otra peregrinación hacia la tierra prometida, repugnancia á lo pasado. Casi raya en el asco que infunden la comida mascada y el pan mordido. Quizás me espera en París el verdadero desencanto: la certeza de que no tengo puños para lo único que importa.

Si me convenzo de esto... Pero ¿puede uno convencerse nunca?

El retrato de Espina trastorna la cabeza á las señoras que lo ven. Realmente (lo conozco), es (aunque algo cromito, cromito siempre) de una _etereidad_, de una magia seductora. La cabecita rubia, los nacarados hombros, virginales (Espina tiene una porción de detalles que no pueden llamarse sino así), son un hechizo de finura. Los tules y las rosas, vamos, no sé quién los haría mejor. Parece que las flores están salpicadas de rocío, y que sus hojas de seda van á moverse, á caer lánguidas, dulces. El efecto de absoluta sencillez, evitando la cargazón de lujo y mal gusto de las señoras de aquí--y no exceptúo á Lina Moros, que por cierto está torcidísima conmigo, que no tengo culpa de las extravagancias de la Porcel,--el efecto de sencillez, un cuadro sin una joya, sin un lazo, es atrayente, exquisito. En fin, el retrato de Espina hace la competencia, como acontecimiento mundano, á la venida del monarca portugués.

En ecos periodísticos, en las conversaciones, un concierto de elogios. Y decir que al mismo tiempo que me inciensan, yo creo sentir alrededor del pescuezo un collarín que me ahoga, la argolla de mi eterna mediocridad.

¡La obsesión, la obsesión! Felices los imbéciles como Valdivia, esos á quienes la fidelidad ó infidelidad de una pindonga...

Estas crudezas que pienso y escribo aquí me avergüenzan también; pero comprendo que si tuviese la seguridad de mi talento, de mi genio; si la tuviese perseverante, en vez de tenerla por acceso y caer luego en desaliento incurable, si yo fuese Van Dyck, me creería autorizado á pensar como me diese la gana de cosas y personas, y á retratarme con mi engañado protector, sin escrúpulos...

Un genio en arte no reconoce ley; es rey, es águila.

Yo vivo anonadado, porque no sé si soy más que un pastelista de salón.

Es urgente averiguarlo. ¡Maldito yo si no lo averiguo!

* * * * *

He rehusado casi todas las invitaciones, sobre todo las de los bailes: esto de no asistir me da tono... y comodidad. Las comidas las he aceptado, porque se come mejor que en casa, naturalmente. He ido á despedirme de las Dumbrías, que se alegran francamente de mi salida en busca de aventuras. He dicho adiós igualmente al marqués de Solar de Fierro, que se ha conmovido algo (como se conmueven los viejos, pensando en sí mismos, en contingencias de no volver á ver al que despiden), y me han llenado de consejos acerca de lo que debo reparar en el Louvre, en Chantilly, en Cluny. Además me ha dado cartas y tarjetas para que visite colecciones particulares que no se enseñan. Y á fin de cumplir de una vez con todas mis amigas--llamémoslas así, aunque sea presunción,--aprovecharé la butaca que me envía la Sarbonet para la función regia en el Teatro Real.

* * * * *

¡Qué concurrencia, qué calor, qué lujo! Las peticiones de localidades han sido tantas, que el ministro, oigo que dicen á mi lado, andaba loco. Ha sido preciso enchiquerar á seis ú ocho señoras en cada palco. Los señores, como puedan. Las que han conseguido sitio desde el cual se ve á la Corte, satisfechísimas; las que no han logrado esa fortuna, se prometen invadir el palco de una amiga en los entreactos para saturar sus ojos de la atracción. Cantan nada menos que el _Don Juan_, de Mozart, pero nadie quiere oir una nota de la divina música. Más que los cantantes, cuya voz ahoga completamente el abejorreo de los diálogos, de las observaciones acerca de tocados, galas y joyas, interesan al público los dos alabarderos de guardia en los ángulos del escenario con el telón, inmóviles. Son dos apariciones de antaño--morenos, mostachudos, serios,--estatuas de la lealtad monárquica. Ayer he visto á estos mismos alabarderos, en la corrida regia, resistir con las alabardas, al pie del palco que ocupaban las reales personas, la arremetida del toro. Sería un bonito asunto de cuadro, un Zuloaga...

Todo el mundo tuerce la cabeza para mirar á la Corte, cuyo gran palco domina la Sala, trastornando la categoría de las localidades, elevando al primer rango á los palcos principales, otros días refugio de la gente de medio pelo, y hoy reservados á los diplomáticos, á las damas de la reina, á la alta servidumbre, á lo más granado de la concurrencia. Se respira un aire embalsamado, asfixiante. Aquí se queda eclipsada mi perfumería. Es difícil discernir qué olor domina: si los aromas fuertes, ingleses, que gastan los muchachos _bien_, ó las sutiles composiciones francesas, mixtiones delicadas y personalísimas, de las cremosas. El conjunto levanta dolor de cabeza y solivianta los nervios.

Enarbolo los gemelos que acabo de alquilar por dos pesetas, y me dedico á pasar revista.

Es un abigarrado, un mariposeador remolino de hombros y senos salpicados de pedrerías, arroyados de perlas; de cabezas coronadas de brillantes; de uniformes, de dorados, de plumas, de pecheras de blanco cartón. Es lo que desde hace meses me dedico á retratar; son mis modelos, mi clientela, mi mundo, reunido y luciendo el tren de sus vanidades, de sus pretensiones de tono, riqueza, belleza, posición, galantería, superioridad social; éste es el momento crítico en que las pequeñas Quimeras, las Quimeritas, revolotean ladrando, soltando humo por las fauces...

Descanso los gemelos un instante. Á mi derecha tengo un gallardo, un magnífico maestrante de Ronda. Su casaca ceñida le presta arrogancia militar, bombeando y diseñando el bien formado pecho; sus calzones blancos modelan sus esculturales muslos. Mira con mezcla de interés y desdén á los palcos, sonríe de vez en cuando á una cara conocida, arquea las cejas de puro ébano, contrae una frente juvenil, encuadrada por el pelo negro alisado exageradamente, según el decreto de la moda. Se ve que tiene calor y que más bien se aburre que otra cosa... pero sería lástima que se fuese, con tan hermosa estampa. Á mi izquierda dos damas muy maduras, emperifolladas, cejijuntas, desesperadas toda la noche de Dios porque no han conseguido asiento en un palco. Su mal humor se traduce en murmurar de todos y de todas, en cuchichearse, escandalizadas, historias sin pies ni cabeza, en encontrar falsas las perlas y los brillantes de cuantas lucen corona heráldica, y en criticar el reparto acerbamente. Viene á saludarlas un señor calvo, obsequioso, y le endosan la relación. “Figúrese usted que nos ha engañado el ministro... Hasta última hora prometiendo palco, y luego nos encaja esta ridiculez.”

El señor, sin duda para consolarlas, musita misteriosamente: “¿Y saben ustedes que está en las butacas la Maricielos? ¿La amiga de Julio Ambas Castillas? ¿Una _cocotte_? Está, acabo de verla... Un escándalo...”

Tiendo la vista por las butacas, y en el mujerío apenas descubro una cara satisfecha. Querían palco todas. Unas disimulan, otras están furiosas sin rebozo; sin embargo, se han colgado la espetera y sacado el fondo del baúl. Entre los trajes claros hormiguean los fraques y los uniformes; y me fijo, admirado, en la cantidad inverosímil de condecoraciones, placas y cruces que brillan sobre el paño negro, azul ó rojo. Si á estos signos se atendiese, somos el pueblo que cuenta con más héroes, con más sabios, con más gente ilustre por un concepto ó por otro. Hay pechos que son, no un calvario, como impropiamente se dice (¿qué valen tres cruces?), sino la Vía Apia el día de la célebre crucifixión colectiva.

Tampoco escasean las veneras y distintívos de Órdenes militares, ni faltan maestrantes de Sevilla, Zaragoza y Ronda,--pero ninguno con la planta arrogante del que á mi lado se sienta.--Sin embargo, la vanidad burguesa se sobrepone á la nobiliaria; la inundación es de bandas y condecoraciones militares y civiles, llegando á parecerme de buen gusto, por contraste, la bermeja cruz gladiada de Santiago, que algunos llevan como único distintivo. Miro á mi frac enteramente liso y desnudo, condecorado con tres tallitos de _muguet_ y dos violetas blancas en el ojal, y me siento muy vacío de vanidades, encastillado solamente en mi orgullo loco de querer ser algo que no se expresa con una cinta de colores ni con un trozo de metal.

¡Á los palcos! Ahí se gallardean las que conozco, las que he retratado, y también las que no he querido retratar. Ahí las Dumbrías, en platea, con las hijas de un político de fama. Ahí la Palma, con su heráldica diadema, su aire de gran señora. Ahí la Marquesa de Regis, honradota, luciendo apelmazadas alhajas de familia, absolutamente _fagotée_... y su hija, la de los bandós virginales, encinta ya de cuatro meses. Ahí la Fadrique Vélez, pintada, empavesada, dislocada, porque tiene cerca, de uniforme de gentilhombre, al consabido... Ahí Adolfina Mendoza, que no cabe en su pellejo de contenta, porque la han puesto con la Lanzafuerte y las Vegamillar, la pura crema de la pura nata... Y un vapor de recuerdos me forma y dibuja la silueta de una carmelita, postrada en un coro donde hay sarcófagos de piedra, góticos, de Infantes de Castilla y León...

En el cristal de los gemelos se incrusta la cara regordeta, de cocinera, de la Sarbonet. Sobre su pelo, teñido de color caoba, brilla, entre los follajes de yedra, una serie de estrellas de pedrería, y riachuelos de brillantes se escalonan en su tabla de pecho apetitosa, de jamona en punto. Desvío los gemelos, y recaen en la duquesa de Calatrava y en la marquesa de Camargo, reunidas con Celita Jadraque, cuyas perlas engordé yo, cebándolas como á pavos en Navidad. Justamente, la Camargo las alzaba, las sopesaba en aquel momento, recordándome la escena del taller.

Á renglón seguido, Lina Moros, con un traje negro, refulgente de lentejuelas de acero, una rosa roja, enorme, en el tocado, y una hermosura que sólo la envidia de una neurótica pudo discutir. En el mismo palco, una de esas diplomáticas averiadas, viejas y horribles, que aquí nos endosan á veces, y otra encantadora--la francesa,--deliciosamente ataviada, con un talle y un _chic_ que á París me transportan ya. Al lado, la Torquemada, la madre de aquel Robertito travieso que descubrió una petaca que yo creía sustraída por la infeliz Churumbela... Y más allá, la de la encerrona inocente, la marquesa de Imperiales, que me sonríe dirigiéndome un signo confidencial... Á su lado, el palco de la noche, después del de los Reyes; el palco hacia el cual convergen las miradas; el palco donde da postín entrar y sentarse un entreacto; el palco donde están de visita Lope Donado y Manolo Lanzafuerte, é irreprochablemente vestido, con la sonrisa en los labios, Valdivia. En ese palco, por colmo de tono, sólo se sientan dos señoras, la Flandes y Espinita. Y es toda la contradicción de la sociedad actual este palco: la alta representación de la casa de Flandes, lo puro, lo grandioso de la tradición, al lado de la equívoca cosmopolita; junto al oro sin aleación, el talco...