Part 2
_Casandra._--Desfallece con él mi espíritu.
_Belerofonte._--¡Qué silencio tan dulce!
_Casandra._--Oigo los latidos de tu corazón.
_Belerofonte._--No; es el tuyo.
Mutación.--Sitio solitario y salvaje, donde se ve la entrada de la cueva de la Quimera.
ESCENA II
CASANDRA, MINERVA
_Casandra._--Aquí debe de ser. Veo la boca del antro. Escondida detrás de aquellos peñascales asistiré al combate; y si mi amado perece, saldré á entregarme al monstruo para que me haga pedazos también.
_Minerva._--¿Cómo en este paraje hórrido, Infanta de Licia? ¿Cómo has abandonado tus estancias atestadas de riquezas, tus jardines deleitosos, donde músicos y rapsodas, mimos y acróbatas, porfían en inventar canciones y juegos con que entretenerte? ¿Ignoras cuánto valen la paz y el honor de que disfrutas? ¿No piensas en la aflicción de tu padre, si la Quimera te destroza? Vuélvete.
_Casandra._--¿Quién eres para hablarme así?
_Minerva._--Un numen.
_Casandra._--No me suena tu voz cual suena la de los númenes y los oráculos. Voz me parece de la tierra, de la pedestre prudencia y de la senil sabiduría. Los númenes deben alentarnos cuando un generoso arranque nos alza del suelo. Quizás entonces nos parecemos á los númenes. ¡Númenes somos quizás!
_Minerva._--¡Insensata! ¡Nadie me ha desdeñado que no se haya arrepentido! Otro consejo, y desóyele si quieres. La Quimera va á salir de su guarida...
_Casandra._--Sí; percibo el sofocante calor de su resuello.
_Minerva._--Olfatea la presa. Apártate, huye: la atrae tu presencia.
_Casandra._--¿La tuya no?
_Minerva._--No. Para ella soy invulnerable.
(_Salen Casandra y Minerva._)
ESCENA III
BELEROFONTE (armado con coraza, espada y escudo), UN PASTOR.
_Pastor._--Estamos en la madriguera del monstruo. Esa es la entrada. Te he guiado bien; ahora déjame volver á mi aprisco. Me tiemblan las rodillas, y un sudor helado corre por mi frente. Yo no soy héroe, sino pobre pastor.
_Belerofonte._--No temas, quédate sin miedo. La Quimera va á perecer. Verás su cuerpo deforme tendido en tierra. ¿No te agrada la lucha? De pastores de ovejas han salido pastores de pueblos.
_Pastor._--Cuando la Infanta Casandra venía al aprisco, y con sus propias manos ordeñaba las ovejas, yo deseaba haber conquistado un reino, para que no se burlase de mí y no me abofetease si la cogía por la cintura. Por temor al monstruo hace tiempo que no viene. ¿Volverá si la Quimera sucumbe? Entonces dame espada y escudo. Antes que tú, pelearé.
_Belerofonte._--Á tus rebaños, pastor. No son para ti estas empresas. Déjame solo. ¿No oyes un ronquido extraño? ¿No percibes tufaradas de boca de horno?
_Pastor._--¡La Quimera se revuelve en su antro! Mi vista se nubla, mis dientes castañetean... (_Huye despavorido._)
ESCENA IV
BELEROFONTE, MINERVA
_Minerva._--Alienta, hijo de Glauco, domador del corcel divino. Libra á la tierra de ese endriago que trastorna las cabezas y me impide hacer la dicha de la humanidad, apagando su imaginación, curando su locura y afirmando su razón, siempre vacilante. Muerta la Quimera, empieza mi reinado. Invisible estaré cerca de ti. Cuando el monstruo se te venga encima, no busques su vientre ni su pecho; métele la espada con rapidez por la abierta boca. Serenidad y puños, Belerofonte.
ESCENA V
BELEROFONTE, después la QUIMERA
_Belerofonte._--Un traqueteo horrible estremece la cueva. Ya se siente cerca el ruido... ¡Qué bocanada ardiente! Me abrasa... Mi sangre se incendia... ¡Ya asoma... Dioses! El cielo se obscurece... ¡Ah!
(_La Quimera se arroja sobre Belerofonte, que vacila, pero se rehace, é introduce la espada por la boca del monstruo. Lucha breve. La Quimera exhala un rugido pavoroso, de agonía._)
_Belerofonte._--¡La espada se derrite al ardor del hálito de la Quimera! ¡El metal quema sus entrañas!
(_Cae la Quimera, expirante. Se retuerce y queda inmóvil._)
ESCENA VI
BELEROFONTE, MINERVA, CASANDRA
_Belerofonte._--¿Por qué he luchado con ella? ¿Por qué la he matado? He corrido un riesgo espantoso, inaudito. ¿Quién me ha metido á mí en tal empresa?
_Casandra._--¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo se me ha ocurrido dejar mi palacio magnífico, mi lecho de marfil cubierto de tapices de plumón de cisne? Ahora tengo frío, y las asperezas de la sierra me han lastimado las plantas. ¡Cómo me duelen!
_Belerofonte._--Y en el palacio de Yobates quieren asesinarme vilmente, á traición. ¡No seré yo quien vuelva allá! Desde aquí mismo me pongo en salvo. (_Vase por la izquierda sin mirar á Casandra._)
_Casandra._--Ea, yo regreso á mis jardines. Allí me lavarán los pies y me servirán leche y frutas. Me siento desfallecida de hambre. ¿Estaría loca, para no mandar que me esperase ahí cerca el carro, cuyos caballos enjaezados de púrpura me trasladan de una parte á otra tan velozmente? En fin, no habrá más remedio que andar á pie. ¡Es divertido! (_Vase por la derecha._)
_Minerva_ (_ya sola_).--¡Gloria al héroe! ¡La Quimera ha muerto!
LA QUIMERA
I
ALBORADA
Los últimos tules desgarrados de la niebla habían sido barridos por el sol: era de cristal la mañana. Algo de brisa: el hálito inquieto de la ría al través del follaje ya escaso de la arboleda. En los linderos, en la hierba tachonada de flores menudas, resaltaba aún la malla refulgente del rocío. El seno arealense, inmenso, color de turquesa á tales horas, ondeaba imperceptiblemente, estremecido al retozo del aire. La playa se extendía, lisa, rubia, polvillada de partículas brilladoras, cuadriculada á trechos por la telaraña sombría de las redes puestas á secar, y festoneada al borde por maraña ligera de algas. Á la parte de tierra la limitaba el parapeto granítico del muelle, conteniendo el apretado caserío, encaperuzado de cinabrio.
Un muchacho de piernas desnudas, andrajoso, recio, llevaba del ronzal á un caballejo del país, peludo y flaco, á fin de bañarlo cuando el agua está bien fría y tiene virtud. Volvió la cabeza sorprendido, al oir que le hablaba alguien y ver que un señorito bajaba corriendo desde el repecho de la carretera de Brigos hasta los peñascales, término del playal.
--¡Rapaz! ¡Ey! La panadería de Sendo, ¿adónde cae?
--Venga conmigo, se la enseñaré--contestó en dialecto el muchacho, tirando del ronzal del jaco y volteando hacia el caserío, en dirección á la plaza. Por callejas enlodadas, donde cloqueaban las gallinas, guió al forastero hasta la panadería, situada frente á la iglesia parroquial. La puerta del humilde establecimiento estaba abierta. El forastero echó mano al bolsillo y dió una peseta á su guía, que se quedó atónito de gozo, apretando la moneda en el puño, temeroso quizás de que le pidiesen la vuelta. Al ver que el forastero entraba en la panadería sin acordarse más de él, besó la peseta arrebatadamente, la escondió en el seno y partió disparado.
La tienda del panadero, estrecha, comunicaba con la cocina y el horno; éste, con un salido á la corraliza. En la tienda no encontró el forastero á nadie. Un olor vivo y sano á cocedura, á pan nuevo, le alborotó violentamente el apetito. Una mujer todavía joven, sofocada y arremangada de brazos, se le presentó, saludándole con un “felices días nos dé Dios”.
--Muy felices, señora... ¿Está Rosendo?
--¿Qué le quería?
--Soy su primo Silvio, el que ha venido de Buenos Aires--contestó el forastero.--Quería... nada; verle.
--¡Ay, Jesús!... Siéntese... Haga el favor de aguardar un instantito.
Y, exagerado por la emoción el acento cantarín y mimoso de la tierra, gritó metiéndose adentro:
--Sendo... ¡ay, Sendo! ¡Ven aquí, hom...!
Apareció el panadero, sudoroso, empolvado de harina, y no dijera nadie, al pronto, sino que era el propio Silvio, ó un hermano gemelo. La misma finura de tipo; ambos de ojos azul grisiento, de menudo bigote dorado, de tez blanca, de cara oval, de pelo alborotado, sedoso, rubio ceniza. Mirándoles más despacio, se advertía que, bajo iguales máscaras de carne, la cara verdadera, espiritual, era no sólo diferente: opuestísima. Sendo, al reconocer á Silvio, se había parado, receloso de lo desconocido; Silvio avanzaba con los brazos abiertos.
--Y luego... ¿Tú por aquí?...--murmuró el panadero con retraimiento y precaución.
Silvio comprendió. Su sensibilidad sufrió un arañazo leve. ¡Pobre primo! ¡Temía que viniesen á explotarle! Se apresuró á situarse en terreno despejado.
--Sí, hombre... Vengo de Brigos, de casa de Moleque. Voy á Alborada...
--Vamos, ¿á las Torres?--asintió Sendo, tranquilizándose, con entonación respetuosa. ¡Buena señal! Cuando Silvio iba á las Torres...
--Y como no quiero llegar allí sin haber almorzado, me daréis una taza de caldo, ¿eh? y un poco de bolla fresca. Vengo á pie: estoy cansado. Toma--añadió precipitadamente;--esto lo compré en América para tu chiquilla mayor. ¿Dónde anda?
Era un dije de oro bajo, con rubíes falsos y perlitas. La panadera exhaló un suspiro de admiración y placer.
--Están ella y los hermanos en el arenal á se divertir, los pobriños. Mientras se cuece hay que espantarlos de aquí, que no dejan trabajar á uno. Sólo tengo al de pecho; descansa como un santo en la cuna. ¿Lo traigo?
--No--replicó Silvio.--Antes de irme los veré.
--Á ver luego el caldo, mujer--ordenó Sendo imperiosamente.
Salió la frescachona á trastear por la cocina, y sentáronse los dos primos en la tienda, en sillas de paja desventradas y sucias. Hablaron. Cada tres minutos les interrumpía un parroquiano, pidiendo un mollete de á libra ó una rosca de trenza. Levantábase el panadero á despachar y cobrar, y era lento en retraer el coloquio adonde lo cortaban; no obstante, con habilidad y sorna aldeana, al fin lo conseguía. ¿Qué tal le había ido á Silvio allá en esas tierras donde tanto dinero se gana? ¿Traería, de seguro, un capitalito?
--No...--y Silvio reía.--¡Aquí os figuráis que allá llueven billetes de Banco! Allá también hay ricos y pobres... Yo no emigré por hacer fortuna.
Viendo la sombra de preocupación que nublaba el gesto del primo, añadió prontamente, con algo de nerviosidad:
--Al principio... ¡pch! me fué muy mal. Ahora ya ganaba para vivir. No pido limosna. ¿Dices que al segundo hijo le pusisteis mi nombre? Ahí tienes para comprarle dulces...
Tendió un billete de última fila, de á veinticinco. El panadero, radiante, después de varios “no te molestes”, lo recogió. Así como así, él iba á dar de almorzar á Silvio, ¡á obsequiar también! En una vuelta se acercó á la cocina, y por lo bajo:
--María Pepa, mujer, si hubiese sardinas del pilo... Es loco por ellas. Traerás un neto de vino tinto de lo mejor, ¿eh, mujer?
Serían las once cuando María Pepa dispuso la pitanza, en la mesa de la cocina. Al ver sobre el mantel gordo y rugoso la fuente de barro llena de sardinas asadas, plateadas y negruzcas, Silvio sintió que se le henchía de saliva la boca. Su estómago flojo, estropeado por privaciones y miserias en la primera edad, tenía súbitos antojos de golosina, como los niños y los enfermos, y le encaprichaban especialmente los platos ordinarios, los sencillos condumios regionales. Se arrojó á las sardinas; ayudadas por la bolla caliente, sabíanle á pura gloria. El vinillo del país, acidulado, hacía un maridaje delicioso con la carne blanca, salada á granel, de los peces. María Pepa, lisonjeada, se reía de ver al primo devorar.
--Coma, coma, que le preste, ya que le gusta... ¡Mire qué afición le llevan, Jesús!
--Dile á tu mujer que me hable de tú, y que se siente á almorzar con nosotros--suplicó Silvio.
--Tiene cortedá--rió Sendo.--Como es la primer vez que te ve, hombre... Ya almorzará ella luego, ende acabando de servirnos...
--Pero yo no me conformo. Es un favor que te pido. Que se siente. Anda, María Pepa; cuéntame de tus chiquillos. ¿Los crías tú?
--¿Y luego? ¿Quién me los ha criar?--exclamó la frescachona.
--Uno por año, ¿eh? ¿Como la tierra?
--Cuasimente, sí señor; uno cada año... no siendo el año que estuvo mi esposo muy malísimo de calenturas.
--¿Y trabajas siempre, aunque sea embarazada ó criando?--preguntó Silvio escanciando un vaso lleno á María Pepa.
--¡Ay! ¡Qué remedio! Señorito... Los pobres...
--¿Señorito? Me llamo Silvio. Me has dado unas sardinas, María Pepa, que no las trocaría yo por ningún guiso de cocinero francés. Sendo, tu mujer vale mucho. Me parece que sois felices y que os lleváis como ángeles; ¿no es cierto?
--¡Ay! Eso sí, alabado Dios--respondió Sendo por su mujer, la cual, avergonzada, se sofocó más.--Riñas no hay aquí. ¡Siquiera tiempo á reñir tenemos! Como nunca falta qué hacer... Pero, y entonces tú--porfió suavemente, con la insidiosa blandura del país,--¿no traes de allá para vivir descuidado? Si yo me fuese _allá_ á amasar pan, algo traería; puesto ya un hombre á pasar el charco, ¡caraina!
--Ya te dije que no iba en busca de cuartos--replicó Silvio, engolfado en una escudilla de caldo de berzas y patatas con espeso de harina de maíz.--¡Vaya un caldito! ¡Qué antojo tenía de él, así como lo hace María Pepa!
Sendo miraba á su primo, no atreviéndose á preguntarle por qué se embarca un hombre cuando no va en busca de cuartos.
--Algún día--sonrió Silvio, á quien la beatitud del estómago alegraba el pensamiento--puede ser que tenga cuartos de sobra aunque no los busque. Entonces os pido á mi ahijado, ¿eh?, y me le dais, y lo educo y hago de él una persona.
--¿Y tus hijos? Te casarás--objetó Sendo prudentemente.
--No me casaré. Sólo me casaría con una como María Pepa, lo mismito. Una que sepa hacer estos caldos--añadió.
--¡No se burle!--arrulló cantando María Pepa. Oyóse el llanto de una criatura; corrió la madre al dormitorio, y un segundo después se desabrochaba el justillo y acercaba al mamón á un seno gordo, tenso, de venas azuladas. Silvio, ahito, dilatado de bienestar, contemplaba el cuadro: la mujer, morena, sana y dorada como el pan, lactando á un chicazo que pegaba manotadas á la teta y se volvía curioso, con la boca untada de leche.
--¿Quién sabe si ésta es la felicidad?--pensaba.--Al menos, es la ley de naturaleza.
Así que su crío se puso que no le cabía gota más, la madre, engreída por la expresión de simpatía de los ojos de Silvio, le llegó el pequeño á la cara mendigando la alabanza y el beso. El pequeño olía á descuido y á lo que huelen los nidos de paloma. Silvio, perturbado en su digestión y en su refinamiento, se hizo atrás. Instantáneamente se le desvaneció la ilusión idílica, ese sueño que es el reverso de la megalomanía; soñar con ser menos, recortando la aspiración, espejismo de luchadores fatigados.
--¿Sabrá aquí algún chiquillo el camino de Alborada, para que me guíe?--articuló con sequedad impaciente.
--El nuestro, el mayor, puede ir--ofreció Sendo.
--No, no; prefiero otro. No va á volverse solo el niño.
--Deja pasar la fuerza del sol, hombre. Á tal hora, en Alborada estarán almorzando.
* * * * *
Á una revuelta de la carretera empezó á emerger, de la ramazón tupida del castañal, el alminar de las torres de Alborada. Poco á poco, la mole del edificio entero: parecía ascender, todo blanco, de piedra granítica; al mismo tiempo olores finos, azucarosos, de flores cultivadas, avisaron á los sentidos de Silvio. Llamó á la campana de la verja y esperó, bañándose en un ambiente saturado de esencia de magnolia. Tardaron bastante en abrirle: los perros, á distancia, presos, ladraban tenazmente.
Cuando entregó, para solicitar una entrevista con “la señora”, la carta de presentación del doctor Moragas, notó despechado un encogimiento que le enfriaba las manos y le enronquecía la voz. Con lúcida fidelidad recordaba que en Marineda, antes de pensar en emigrar á la Argentina, todavía adolescente, entre colegiales, había dibujado una caricatura insultante de aquella mujer, en quien deseaba ahora encontrar eficaz auxilio. Angustiado, volvió á ver el mugriento pupitre del colegio, los trazos de lápiz sobre el papel; oyó las risas... ¿Dónde pararía la caricatura? ¿Tendría noticia de ella la célebre compositora? ¿Si le recibiría con desdén ó con repulsa severísima?
La aprensión de Silvio creció al dejarle solo el criado en una sala baja, amueblada de caoba y cretona, cubiertas las paredes de retratos viejos, bituminosos. En un ángulo aparecía el piano, resguardado de la humedad por una manta de seda rameada y entretelada. Los objetos ejercían sobre Silvio sugestión profunda; la sencilla sala, el instrumento confidente de la inspiración artística, le impresionaron. Prestó oído: creía escuchar pasos, taconeo, roce de faldas, y repitió en sus adentros: “Este es un momento muy solemne... Tal vez decide de mi porvenir... Entran”. Entraba, sí, un singularísimo perrillo, ladrando aguda y hostilmente; su extrañeza atrajo á Silvio, le distrajo. El chucho parecía uno de esos asiáticos monstruos de bronce que guardan las puertas de los santuarios japoneses. La idea de tomar un apunte se apoderó de Silvio; y ya buscaba su lápiz y su diminuto álbum, cuando, al volverse, vió á una dama que le saludaba y le ofrecía asiento.
La reconoció. Apenas cambiada por los años transcurridos, era la baronesa de Dumbría, madre de la compositora.
--Tal vez sea difícil, al menos en algún tiempo, que pueda usted retratar á mi hija--declaró, leída la carta que servía de presentación á Silvio.--Minia anda siempre escasísima de tiempo, y... además... La verdad: tantos retratos le han hecho, y tan medianos todos... que siente aversión hacia los retratos. En fin, vamos á ver... La diré... Aguarde usted aquí.
Se alejó la baronesa. Silvio, entretanto, descorazonado, apuntó en dos de sus actitudes extrañas al asiático vestiglo. Al cuarto de hora, otra vez pasos, y la baronesa, expansiva, triunfante.
--Minia dice que aquí dispone de algunos ratos libres, y que si usted tiene tanto empeño y cree que eso le puede ser útil, por su parte, con mucho gusto... Pero es aquí, fíjese usted bien: en Madrid, Minia no dispone un instante... ¿Á ver ese dibujo? ¿Es Taikun?
--¿Es japonés, señora?--preguntó á su vez Silvio, algo animado ya, respirando mejor.
--Japonés... é inglés. Vino preñada su madre á bordo; parió en Gibraltar... ¡Qué gracioso el dibujito! Y ¡qué aprisa!
El efímero elogio dilató más el pecho de Silvio; se colorearon un poco sus mejillas mates, rasuradas de una barba leve.
--En ese caso, señora baronesa, ¿qué día y á qué hora he de volver para la primera sesión? No molestaré mucho; á falta de otro mérito, tengo la mano ligera...
--¿Volver? Se quedará usted aquí. ¿Había usted de estar haciendo viajes á Marineda ó á Brigos? ¡No faltaba más! Voy á disponer que le preparen habitación. Las Torres son bastante grandes... ¿Ha traído usted papel y lápices? Caballete lo tenemos aquí.
--Proyectaba traerlo todo mañana de Brigos. Es mejor que me vaya, y vuelva con los trastos; ¿no le parece á usted?
--Nada de eso. ¿Tiene usted el hormiguillo? Un propio á Brigos al instante. La distancia es una bicoca. ¿No ha venido usted á pie?
--Pondré dos letras entonces, señora, ya que tan buenas son ustedes, á la hija de mi tutor, Lucía Moleque, á fin de que entregue mi caja, mi blusa, los rollos de papel...
--Eso es... Que le envíen lo preciso. Venga usted por aquí á mi escritorio.... ¿Ha almorzado usted? ¿Quiere refrescar? ¿Cerveza?
El corto día de otoño expiraba cuando el propio regresó de Brigos. Hasta las primeras horas de la tarde del siguiente, no se empezó el retrato al pastel. Silvio, no obstante, no había perdido la noche anterior. Á la luz artificial, sobre la maciza mesa de caoba de la sala, había bocetado ligeramente, á la pluma, la cabeza vigorosa, de incorrectas facciones, de Minia Dumbría. Libre ya de aprensiones pueriles, jugó con la figura de la compositora, de la cual se estaba apoderando en una caricatura humorística y respetuosa, de extraordinaria semejanza. Diseñó también otra vez á Taikun, y á las once, cuando se retiró á su cuarto, notó que se encontraba en Alborada como si hubiese pasado allí la vida entera.
Los preparativos, la colocación del modelo, se discutieron á la mesa, á la hora de almorzar. Era preciso graduar la luz por medio de cortinajes; y al plantearse la cuestión del traje, Minia contestó que no tenía en Alborada ningún cuerpo escotado.
--Lo improvisaremos--añadió.--De cualquier manera.
Sencillamente recogido el pelo, rodeados los hombros de una nube de tul blanco sujeta con cintas anchas color de mar, _posó_ resignada la compositora. Suponía que el retrato iba á salir desastroso.
Silvio disponía febrilmente sus lápices de pastelista ante el pliego de papel grisáceo fijo en el tablero con doradas chinches. La prolongada blusa de dril le daba semejanza con un obrero. Guiñó las pupilas, frunció el ceño, contrajo la frente, registrando en el modelo con avidez líneas y colores, y valiéndose de las yemas de los dedos mucho más que de los lápices, principió sin delinear, aplicando ligeras manchas. Dijérase que era la nebulosa de una cabeza y un busto lo que nacía, vago y fino sobre el muerto fondo cenizoso.
Minia no fijaba la vista, ni aun por curiosidad, en el trabajo del pintor. Sus ojos de miope descansaban en el familiar paisaje que encuadraba la ventana. La cañada suave, el bosque de castaños, la espesura de pinos, las tierras de labor segadas, todo tostado y realzado con oros rojos por la mano artística del otoño, y á lo lejos el trozo de ría como fragmento de rota luna de espejo, entraban una vez más por su retina en el alma, y la adormecían con sorbos de beleño calmante. El oleaje de notas musicales que en ella se agitaba, aplacábase ante la naturaleza. Y eran los únicos instantes en que Minia reposaba algo; no percibía la música como tensión y esfuerzo de facultades, sino que la sentía como un río fresco, como baño de dulzura, y repetía mentalmente versos de Fray Luis.
_El aire se serena... ¡Oh desmayo dichoso! ¡Oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido!_
Llegó á prescindir enteramente de que la retrataban, porque la idea del retrato más bien era desagradable; de un modo mecánico, conservaba sin embargo la _pose_. La voz de Silvio la restituyó á la tierra.
--¡Qué expresión tan bonita, señora! ¿Quiere usted mirar un momento?
Ya la nebulosa iba concretándose. Surgían la cabeza, los hombros blancos. Sonrió la compositora...
--Veo que me hace usted favor. Lo apruebo. Siempre hay que proceder así cuando se retratan mujeres.
Como si le hubiesen pinchado en el punto sensible, saltó Silvio, en un impulso de los que no sabía reprimir, desatándose á hablar, emocionado, nervioso.
--¡Pues si ese es mi delito, señora! ¡Mi delito! Usted de seguro comprende... Yo hermoseo á cuantas pinto: á usted, proporcionalmente, no la favorezco casi. Se me figura que así la respeto más. ¡La doy á usted toda su edad, su corpulencia,--y su misma expresión, la misma! Suavizo un poco las líneas.
--¡Falta hace!--interrumpió Minia festivamente.--No sé qué alfarero me amasaría la cara; escultor no pudo ser.
--¡Bah! ¡Las líneas!--continuó Silvio.--Corregir líneas, corregir tonos del cutis, hacer de lo ajado lo suavemente pálido y de las remolachas rosas... eso, cualquiera sabe. Más difícil es infundir un alma en caras que no la tienen. El intríngulis es meter esa belleza del ensueño y del pensamiento en fisonomías de modelos que están rabiando porque el vestido sienta mal ó porque el corsé aprieta. ¿Verdad que los retratos siempre parece que nos cuentan algo, algo muy melancólico y digno ó muy amoroso? En cien casos, es que el retratista presta al modelo el espíritu de que carece.
--Según--respondió Minia, interesada por la teoría.--Hay pintores muy realistas, por ejemplo, don Vicente López, y un flamenco antiguo, Franz Hals, que retratan la naturaleza animal y la expresión vulgar... ¡Y hacen prodigios... vaya!
Silvio, pensativo, se limpiaba los dedos con el pañuelo. Sus labios palpitaron al nombre de los dos pintores.
--¡También lo haría yo! Es decir, ¡qué disparate de vanidad! ¡No se ría usted de mí...; también yo probaría á hacerlo! Eso es lo bueno, lo bueno: la verdad, sin trampas ni artificios. ¡Dichosos los que no necesitan falsificar nada! Á veces, señora...