Part 19
Valdivia no aparece hasta la tarde. ¡Hago con él, desde luego, migas excelentes! Toda mi prevención se ha desvanecido ante el primer apretón de manos.--Llega difícil de respiro, retocado, peinado, perfumado, con una ropa inglesa que quita el sentido de bien cortada, con esa superioridad de actitud y esa calma algo triste, de buen gusto, señorial, que sólo cría el hábito de vivir en grande. Es liberal y simpático; sabe obsequiar con galantería á las señoras; no habla nunca mal de nadie; no se mete con nadie; no tiene opiniones crudas y acerbas acerca de nada; huele bien; su visible agotamiento y sus quebrantos de salud hacen que se le tolere la insolencia de una fortuna calculada en millones, sólo parcialmente comprometida--dicen--por los fantásticos caprichos de Espinita, á quien igualmente se disculpa, en nuestro país todavía idealista, porque se adivina que no son felicidad sus relaciones con un hombre machucho y dispéptico.--La dicha es lo único que no suele perdonarse.
* * * * *
Espina--voy estudiándola--no me parece tan mala como negativa, inconsistente. Es un ser instable; ondea y culebrea. Sus impresiones son repentinas, transitorias. No la he visto dos días de igual humor. Hay mañanas en que parece sumida en extraordinaria placidez; otras, está abatida, suspira, no responde; otras, cae en un tedio negrohumo; frecuentemente se muestra excitable, cruel, rabiosa; al cuarto de hora, jovialmente achiquillada, con antojos de criatura. Yo soy también bastante veleta; lo malo es que no coincidimos al girar. Entra ella saltando, y me encuentra de murria; me levanto tarareando, de buen talante, y llega Espina reconcentrada, muda, y empieza á fumar con una furia que descubre el estado de sus nervios. Somos dos gatos pelo arriba, dos sistemas nerviosos en conflicto. Saltan chispas, hay electricidad en el aire.
¡Qué suerte no quererla, no importárseme de ella! Se me figura que, en el fondo, esta mujer, tan vertiginosa en sus goces, se aburre hasta la desesperación.
Como el prisionero cavila para evadirse de su cárcel, cavila ella para fugarse del aburrimiento. Llega á mi taller y trae alguna distracción discurrida, ó quiere que se la discurra yo.
--Piense usted... Á ver... ¿Qué haríamos?
La he llevado al Museo, la he llevado á la Academia de Bellas Artes, la he llevado á la ermita de San Antonio. Lo único que noto que le impresiona algo es Goya. La maja desnuda y la maja vestida fuerzan su entusiasmo, y ante esas dos figuras enigmáticas, profundamente perturbadoras, hablamos otra vez del desnudo, hacia el cual reitera su desprecio.
Las etéreas figuras de la Florida la seducen.
--Goya--me dice--es un moderno, un moderno. No lo son muchísimos que pintan ahora, y que por dentro están en el año 60.
Como se cansa pronto, porque ve pronto, hay que variar, y la conduzco á barrios populacheros, á admirar tipos madrileños, á los lavaderos del Manzanares, donde llamamos la atención y nos dicen cosas chulas, desvergüenzas, sobre el tema de que somos “parejita”. Nos creen en escapatoria, y esa opinión deben de compartir las personas conocidas de sociedad que, casualmente, hemos encontrado en nuestros paseos matinales. Esto me va á dar postín. ¡Espinita! ¡Vaya! Sí, tono y mucho tono.
Y la pregunto, con picor de curiosidad indiscreta:
--¿Qué dirá el Sr. Valdivia, si sabe las correrías á que se dedica usted, en lugar de posar para el retrato?
Me mira como sorprendida por una incongruencia y repite:
--¿Valdivia? ¿Valdivia? ¿Mis correrías? ¡Pch!
No añade sílaba más; pero yo bien he adivinado que Valdivia es celoso, y observo que un goce que saborea Espina es hacerle tragar á Valdivia todo el acíbar de los celos. Con uñas de gata feroz, proyectadas fuera de la patita terciopelosa, araña despacio, profundo, este corazón tal vez fatigado de sentir, pero todavía sensible, acaso más sensible que nunca, en el ocaso de un temperamento esencialmente pasional. Bajo su aspecto de vividor distinguido, escéptico, es evidente que persiste el Amadís de antaño. El muro viejo brota alhelíes. Los cincuenta y pico no preservan al desdichado de la infección mortal. Y al mirar al mísero esclavo, me envanezco del sentimiento de detestación que, en el fondo, consagro á Espina y... á las demás, genéricamente.
En cambio, le voy cobrando un cariñazo enorme á Bobita, mi perra. Es una delicia... Ningún chico hace más gracias. La verdad es que me lo destroza todo, que no me deja cosa sana, que mis zapatillas se las trae arrastrando al taller y mis calzoncillos lo propio, que ayer me descacharró un cuenco de Talavera antiguo, que me ha borrado un retrato medio concluído: será preciso remendarlo... Y esto me viene tanto peor cuanto que ahora, con la absorción de la Porcel, casi no hago nada de provecho. Voy á encontrarme mal de fondos, pero muy mal. Mis mañanas me las estropean las excursiones, en compañía de esta señora que me trae al retortero. ¿Á que un día me cuadro? Va siendo el bromazo pesadito.
Lo peor es que no sólo me priva del trabajo, sino que me impone gastos tontos. Siempre que voy por ahí con ella se le antojan porquerías, que al regresar á casa tira con desprecio. Claveles, rosas, piñones, dátiles, macetas de albahaca, naranjas, panderetas, caricaturas de ministros, juguetes ordinarios, ¡hasta una pepona! Así que llegamos al portal, me dice imperiosamente:
--Déle usted al portero ese horror, para sus sobrinos... Ó si no, bótelo usted por la ventana...
¡Esos horrores me cuestan lo que tal vez no tengo!... Son efectivamente baratos, de baratura inverosímil; pero al fin hay que pagarlos, y en una bolsa tan flaca... ¡El castigo de vivir al día!
No contenta con la gracia de las compras, Espina ha dado en la flor de venirse á almorzar conmigo. Los días en que no se encuentra invitada por alguna diplomática, por alguna de sus cremosas amigas, no sabe qué hacerse y aquí se encampa. Unas veces dispone traer de casa de Lhardy platos á la francesa, otras se encapricha por los comistrajos de los muchos figones que en Madrid abundan; pero invariablemente hace gestos á la minuta, declarando que aquí nos envenenan, que esto es infecto, que no concibe cómo tenemos paladar. Y agrega despótica:
--Se viene usted conmigo á París; se viene usted.
Lo poquísimo que come, lo come de través y con la punta de los dientecitos, cogiéndolo con el tenedor, remilgada, de la manera más mona que se puede soñar. Sus manos son perlas peraltadas, gemelas, dignas de un estuche. El más prolijo cuidado se revela en sus uñas, diez pulimentadas ágatas, de un rosa de concha del Mediterráneo, con reflejos brillantes, que hacen resaltar la mate blancura del menudo dedo.
Se las alabo, y responde en tono de tristeza:
--¡Si aquí están horribles! Me falta Madame Denoir, mi manícura de París. La que Lina me ha recomendado y que decía que era un portento, es una imbécil. No sabe bruñir ni tallar. Esa “reina de las hermosas” es poco exigente. No entiende de tocador.
Á pretexto de convencerme de la torpeza de la manícura, cojo la diestra perlina y la retengo, examinándola, cerca de mis ojos. Detallo una por una las sortijas, de incomparable pedrería, de artístico engaste. Las joyas de Espina, lo he notado, son muy ricas, pero el arte en ellas hace olvidar la riqueza. La mano, cautiva en las mías, que se insinúan con hábil presión, no palpita, no se estremece; parece una de esas manos de plata del tesoro de las iglesias, en las cuales lo humano es un hueso inerte, una reliquia.--La memoria de los sentidos me hace evocar las trémulas estrechaduras de Clara, la profunda palpitación de todo su cuerpo al contacto menor. Y suelto, indeciso, la mano ensortijada, hierática. Puedo dar un paso en falso, y como no me enloquece Cupidillo...
* * * * *
Ahora sí que ha sucedido. ¡El diablo cargue con lo que ha sucedido! Porque en vez de satisfacción, ni de engreimiento, ni de alegría de ninguna especie,--lo que experimento es fatiga, hastío, pésimo sabor de boca...
Desde que ocurrió el lance estoy de tal humor, que me rompería la cabeza contra las paredes del estudio.
¡Si los hombres y las mujeres tuviesen sentido común, escarmentarían! Lo mejor que pueden hacer cuando están juntos es prescindir de las tonterías que cometen... no sé por qué: por cariño, por ilusión, no será. Antes vivían en paz... Después, tiene razón Tolstoy, se detestan.
Al menos éste es mi caso. ¿Habrá tantos casos como individuos?
No; el verdadero origen de mi preocupación no he de callarlo... ¿Á qué disimular ante yo mismo? Es una aprensión ridícula, es que siento... vulgares remordimientos de haber engañado á Valdivia, y bochorno de las circunstancias en que se ha verificado el engaño. Lo que yo hice no se hace, ¡no hay perversión, no hay decadentismo que valga! Lo que yo hice es _vil_, y no puedo borrar, ni reparar, ni decirle á este hombre, como le dije á Churumbela:
--Pégame...
Si se lo dijese, es verosímil que me contestase cual la pobre gitana:
--Pa no matarte, desalmao, no te toco...
No me sirve de descargo acusarle á _ella_ de haber preparado la ignominia. En Espina eso es natural; no se burlaría poco de mí, con su chispeadora burla, si la dijese: “¿Sabe usted? Me acusa mi conciencia”. ¡Conciencia, lealtad, sentido de lo infame!--No, lo que es este secreto me lo guardo. Porque si algo me ha llevado hacia Espina, fué el diabólico afán de probarla que soy más indiferente á lo bueno y más inteligente para lo bello que ella y que toda su casta.
Llegó, pues, esta criatura infernal á mi estudio, bastante temprano, hecha un sol. Antes me había enviado una carga de flores y un billete. “Colóquelas usted; repártalas en cada rincón”. Engalané el estudio, el comedorcito, mi alcoba, el pasillo y, sobre todo, el tocador donde Espina se viste. Eran magníficas rosas, de estas que en Junio empiezan á escasear en Madrid,--pero todo se consigue tirando dinero.--Me pareció no haber visto nunca, ni en Alborada, rosas como aquéllas, tan satinadas, tan tersas, tan suavemente húmedas, tan bien acapulladas, tan vírgenes. Y, en un relámpago, concebí el retrato de Espina--el que había de llevarse ella á París,--como anhelaba: algo nuevo, inusitado, sin perlas, sin moños, sin arrequives, sencillamente nubado de tules blancos, vestido de un manojo de rosas, de las cuales surgiese el busto de la mujer, entre gloria primaveral.
Inspirado, y sin esperar la llegada del modelo, empecé el bosquejo de memoria, sólo para fijar la radiante visión y aprovechar el momento en que no habían principiado á languidecer las divinas, las fragantísimas rosas.
Al entrar la Porcel, antes de hablarme, cerró con llave la puerta del taller que comunica con el pasillo, y me dijo en voz tranquila, fina y como infantil:
--No tengo gana de que nadie nos interrumpa.
La miré sin comprender, absorto en mi boceto.
--¿Qué va á pensar el criado?--fué la simpleza que solté por fin.
--Yo siempre ignoro que existen criados; para mí no son personas--contestó encogiéndose de hombros.
Se acercó al caballete, y en sus ojos de venturina, de siempre contraída pupila, advertí una luz de júbilo. Prorrumpió en exclamaciones. Era encantador, era una idea; en París arrebataría. ¡Qué delicia exponerlo en su casa! Inmediatamente, es decir, por la tarde, traería una pieza de tul blanco, y la arrugaríamos los dos á ver quién lo hacía de un modo más artístico...
--La rosa, con todo, es flor algo trivial...--murmuró.--Orquídeas debieran ser. Pero acaso no se presten. El efecto no sería el mismo.--Y, con cierta ansiedad, añadió:--Supongo que aunque el pastel de la Dumbría tampoco tiene cuerpo, no es sino gasas, el mío no se le parecerá, no repetirá aquél. Dicen que es el mejor retrato de usted, y que los de Lina Moros, hechos con tanta prolijidad, no pueden comparársele.
--¿Qué sé yo?--respondí.--Es difícil dar el premio en concurso. Yo deseo que el de usted salga admirable...
Ella, arrimándose, se pegó tanto á mí, que percibí su aliento, no perfumado por la naturaleza, que pocos alientos perfuma, sino por elixires y mascadijos muy delicados, en una boca tan cuidada ó más que las agatinas uñas. Su respiración se espació sobre mis mejillas, con revuelo sutil de mariposa, y su brazo derecho desquició violentamente mi cabeza, inclinándola hacia sí, mientras la mano perlina me revolvía los mechones de pelo y me arañaba con las sortijas la frente. El _nevimaterno_ ó antojo que tengo cerca de la sien la extrañó, y sopló con cierta repugnancia.
--¡Puah!
Á renglón seguido, con el infantilismo que exterioriza sus sensaciones, clamó regocijada:
--Y no es ilusión; se parece mucho á Van Dick.
Después--al darme yo cuenta de lo que todo aquello forzosamente envolvía,--buen cuidado tuve de evitar demostraciones pasionales, que podían convertir en mofa su benevolencia. Silencioso, como jugando, me apoderé de la presa. Para ensayar el retrato la envolví en rosas, que deshojábamos magullándolas, y que se morían en el ambiente caluroso del taller, en el cual las grandes vidrieras, á pesar de las cortinas moderadoras, derramaban chorros filtrados de sol. El silencio pesado de la mañana de Junio era perceptible, y sugería aislamiento, soledad, libertad secreta. En la casa parecía no rebullir ni una mosca. Bobita dormía hecha un ovillo. No había sonado ni una vez la campanilla de la puerta.--De pronto sonó; me incorporé pavorido. Ella se puso en pie igualmente, y me dijo, en voz susurradora:
--Nada de abrir sin saber á quién.
Me acerqué á la puerta del taller y oí andar en el pasillo, el característico ruge-ruge de la faldamenta femenina. Espina puso un dedo sobre los labios. Desde afuera, gritó la voz de Lina Moros:
--¡Lago! ¡Lago! ¿Puedo entrar? Me ha dado cita aquí Espina Porcel, para que vea cómo adelanta su retrato... ¿Está usted solo?
Espina hizo seña de que ella abriría--y tardó, aparentando torpeza ó malagana.--Lina, al entrar, se comió la partida inmediatamente. Había que ver fulgurar sus negros ojos.
--Hija, si no te arreglaba que viniese, pudiste no citarme aquí...
Entonces Espina se mostró incomparable. Sin manifestar otra cosa que una satisfacción que afectaba no poder reprimir, miró cara á cara á Lina, se acercó á ella y la dió en el aire, no en las mejillas, un beso, murmurando suavemente:
--Al contrario, _ma charmante_, si te avisé porque me arreglaba... Quiero que sepas antes que nadie que el mejor retrato de Lago va á ser el mío. ¡Una idea tan original y tan poética! Saldré de una especie de triunfo de rosas, de una delicadeza ideal. En París producirá entusiasmo. Cuantos retratos hizo Silvio hasta el día, son... psch... banales. Así me lo ha dicho él...
La morena belleza sonrió despreciativa, y sin responder á su interlocutora, se volvió hacia mí y lanzó:
--¡Es usted el hombre más galante... pero más embustero! Eso mismo me contó cuando terminaba el famoso retrato del traje de terciopelo _miroir_. Por cierto, deseo que cuanto antes me lo envíe usted á casa. Quieren verlo unas amigas, de las que no son envidiosas, por lo cual profetizo que lo encontrarán admirable... ¿Á ver, dónde anda esa obra maestra?
¡Dios mío, qué compromiso! Quise aplazar, mentir... pero Espina, exultante, desenterró el retrato, que yo había trasconejado ocultándolo detrás de varios chirimbolos. Calcúlense cuál se quedó Lina al ver el ultraje inferido á su imagen por el arrebato de la Porcel. Palideció como las morenas, con tonos lívidos. Motivo había, es innegable. Yo, en cambio, colorado de sofocación. No sabía por dónde salir. Y Espina, la muy bribona--¿qué otro nombre puedo darla?--se echó á reir con risa que de puro alegre era un gorjeo, y entre la cristalina cascatela de sus carcajadas, exclamó con tono de perfecto candor:
--¿Pero cómo ha hecho usted, Lago, para estropear la maravilla?
Era demasiado fuerte. Lina, frunciendo las cejas de terciopelo, se volvió hacia su amiga, y la disparó á boca de jarro:
--Abur, _ma toute belle_, te regalo el retrato y el autor... Están en el mismo estado poco más ó menos; buen provecho te hagan...
Y salió, ocultando con el sarcasmo la desazón enorme. ¡Su retrato, el alabadísimo, el que había de consagrar la memoria de su hermosura triunfante, indiscutible!--Sin permitirme cumplir el deber de cortesía de acompañar hasta la antesala á la ultrajada beldad, Espina cerró nuevamente la puerta del taller con doble vuelta de llave...
* * * * *
Y aquí entra lo que verdaderamente me preocupa. Aunque la escena con Lina fué desagradable, y en ella resulté faltando á una mujer á quien sólo debo amistad, consideraciones, no tiene comparación con lo que sigue.--Al cuarto de hora de marcharse la Moros, volvieron á llamar, se oyeron de nuevo taconeos en el pasillo, esta vez sin ruge-ruge de sedas, y Valdivia, el propio Valdivia, hirió con los nudillos... Aterrado, me volví hacia Espina, consultándola con la mirada.
Detrás de la puerta me parecía que jadeaba una respiración, que palpitaba agónico un aliento... y era el mío; el zumbar de la sangre me aturdía las orejas. Espina, lenta, risueña, vino hacia mí. Creí que iba á dirigirme algún advertimiento de prudencia, alguna palabra de esas que el instinto de conservación dicta. Lo que hizo fué un guiño de complicidad, un gesto pícaro, envuelto en una caricia fogosa. Y riendo bajo, satisfecha, campante, exclamó:
--Aguarde un poco... ¡Nada de darse prisa!
La voz de Valdivia cruzó á través de la hoja de palo.
--Estás ahí, María. ¿Por qué no me abres?
Empujándola, imponiéndome, abrí. No sabía de qué manera recibir á aquel hombre. Mi actitud sola era prueba clara. Jamás comprenderé, jamás me explicaré este episodio de mi vida; verdad que la vida está llena de enigmas sin clave.
Yo no puedo dudar de que Valdivia es un mártir de los celos. Pero ¿hasta qué punto esta amarga enfermedad, tan amarga que sólo por ella debiéramos renegar de la tontaina de los amores, es compatible con la lucidez? ¿Por qué, vamos á ver, se ríe la gente de los celosos? Pues justamente porque los celos ponen venda más espesa que el amor todavía.
Valdivia, como todos sus compañeros de tortura, gime en su potro, desconfía, no duerme; pero cuando se le antoja confiar, lo estaría viendo y negaría el testimonio de sus ojos, la realidad que palpase. Tal le sucedió en este caso. ¿Qué sujeto de experiencia,--y Valdivia la tiene muy cabal,--hubiese dudado, y qué carcajada no soltaría el propio Valdivia si de otro le refiriesen esta aventura? ¡Encerrados, solos, turbado yo, esparcidas las rosas! Pues sin embargo, no contento con mostrarse tranquilo y sin escama de ninguna clase, por un fenómeno que no es único, que es frecuente en los celosos, cuya razón acaso sea el instinto egoísta de precaver sufrimientos, se adelantó á facilitarnos la explicación, que yo al menos no era capaz de inventar:
--Han cerrado para librarse de importunos, de indiscretos que divulguen por ahí lo original de la idea del retrato. Bien hecho. Pero yo no cuento, ¿verdad? Yo me siento aquí tan formalito... y usted sigue en su tarea...
Y Espina respondió, impávida:
--Si estorbas, te echaremos. Pero no estorbas. Has sido muy amable en venir, como te encargué.
¡Ella misma le había avisado! ¿Qué aberración es ésta? Llamar á Lina será una diablura; pero ¿llamar á Valdivia? Tiemblan un poco mis dedos al coger los lápices, al extender las tintas. Valdivia aprueba; él y Espina fuman, serenos, amigables.
* * * * *
Y sigue la historia. Me había levantado ayer hostigado por la preocupación más común, estúpida y agobiadora del mundo. No tenía un cuarto; no tenía lo que se dice un cuarto para hacer bailar á un ciego.
Las encerronas con Espina en esto habían venido á parar. No trabajar, rehusar encargos de gente que según Espina no es lo bastante _smart_ para que yo le dispense tal honor... Y el sacristán de lo que canta yanta...
¿Cómo no se me había ocurrido antes?
Es que me estomaga pensar en dinero. El dinero es una de las peores cochinadas de este cochino mundo.
Pero también, como pasa con otras cochinadas, si nos falta viene la muerte.
Cada peseta representa una gota de sangre; cada duro es un nervio; cada millar de duros, un pulmón.
Estaba anémico, neurasténico y tísico, sin dinero.
Empecé á revolver mis libros, por si desentrañaba algún retrato sin cobrar, y me encontré que, excepto los consabidos millonarios y una diplomática ausente, lo entregado estaba cobrado todo. Lo que pasaba era que tenía algunos retratos empezados; pero como hace tiempo que rehuyo dar sesión, no he terminado ninguno.
Un sudor de angustia me corría por las sienes. Encontrábame además en ridículo. Espina tenía derecho á burlarse de mí, pues le había sacrificado neciamente mi manera de vivir,--mi sustento diario.
¡Dinero! ¡Me faltaba dinero! No podía sosegar. ¡Ni que yo fuese un codicioso! Es que el dinero, qué diablo, no hay hora ni momento en que no nos haga una falta terrible. Sin miaja de codicia, somos esclavos de él. No es codicia necesitar aire respirable. Nuestra sociedad respira por el bolsillo.
Todo esto lo voy poniendo aquí, probablemente para disculpar...
Me he creado necesidades; tengo que pagar, sin falta, el alquiler de la casa, la soldada del fámulo, las cuentas galanas de la portera, la leche de Bobita, mi ropa, el gas, la electricidad... Tengo que vivir.
¿Qué hacer? ¿Suplicar un adelanto á la baronesa? ¿Cómo me recibirá? ¿Qué cosazas dirá de mi desorden, de mi falta de cabeza, de mi desbarajuste?
Y cuando me hallaba sepultado en desesperadas meditaciones, llaman; entra Valdivia, tétrico y ceñudo.
--¿María no ha venido aún? Me alegro. Tenemos que hablar...
¡Adiós! Sospechas, recriminaciones, lance... ¡Qué saldrá de aquí!
--Tenemos que hablar...--repite.--Pero antes, hágame usted el favor de un vaso de agua clara...
--¿De agua clara?--repito embobado.
--Sí... Necesito absorber un poco de bicarbonato; mi estómago me está gratificando, desde por la mañana, con una gastralgia horrible... ¿No le ha dolido á usted nunca el estómago?
--¡Ya lo creo que me ha dolido!--respondo con expresión.--Sin ir más lejos, ayer...
Y, llenos de cordialidad, unidos por una corriente de franca simpatía, empezamos á confiarnos nuestras tribulaciones. Valdivia no tiene hueso que bien le quiera, es un mapamundi de alifafes; le fastidia unos días la cabeza, otros el estómago, siempre las articulaciones, muy á menudo los riñones y no pocas veces el corazón. Cree tener síntomas del mal de qué sé yo quién y de la afección de qué sé yo cuántos. Los médicos le han ordenado rigurosamente campo, reposo, nada de emociones fuertes, un régimen de lo más severo.
--Pero--objeto yo--entonces...
--Entonces--replica afablemente, mientras deslíe el bicarbonato--tales prescripciones no se siguen jamás. No hay valor para separarse de María. Los médicos, ¿qué saben?
--¿Por qué no se van ustedes los dos al campo?--pregunto.--Allí, con un poco de voluntad...
Los ojos de Valdivia, del antiguo Tenorio, del hombre con espolones de acero--lo he visto, no puedo dudarlo,--se arrasan de lágrimas. Me echa una mirada infinitamente expresiva, de esas en que se vuelca la urna de la pena, y murmura, bajando la cabeza y como acortado:
--Ella no quiere... No es cosa, ya ve usted, de encerrarla en una aldea á la cabecera de un enfermo...