Part 18
El marqués, alzando una cortina de terciopelo bordada de seda y oro, nos hace pasar al último salón--el ojo del boticario.--Aquí se guarda la espuma del Museo. Plata repujada, realmente magnífica; jarras españolas (nunca las había visto) sobredoradas, cinceladas. Me deslumbran; recuerdan los vasos sagrados de los pintores venecianos en las Cenas y en las Bodas de Caná. Hay objetos con que nos ha familiarizado el arte, y que parecen irreales vistos. También me encantan las veneras de la Inquisición, de pedrería, cristal de roca y esmalte, y los grandes bandejones de plata del XVI, regiamente relevados á martillo. El dorado de tan bellos objetos es muriente--una caricia para la vista,--y la labor un portento. En el tesoro de Toledo hay algo semejante. ¡Cómo se trabajaba entonces! ¡Qué fuerza, qué prolijidad, qué ciencia, qué técnica! Mis ojos se encandilaban, y dentro de mí se producía esa dilatación del sér que acompaña á una modificación profunda de la sensibilidad. No me explico bien por qué la soberbia plata antigua de Solar me impresionó como no me había impresionado el Museo, á pesar de aplastarme de asombro. Tal vez el Museo, por su mismo caudal y por las diversas edades que abarca, es una cosa genérica, que no cifra determinado momento estético, mientras esta plata, en su esplendor, me echa encima del alma todo el siglo del Renacimiento, nuestro XVI, período heroico de nuestra nacionalidad, con las corrientes artísticas italianas. Nace en mí una nueva visión de arte; comprendo lo que no comprendía.
El marqués no cabe en sí de gozo porque me ve extático, y lo atribuye al mérito particular de sus bandejas y jarras, no á la idea general que me suscitan.
Espina, sin transigir, acentúa la expresión fría, inerte, de sus ojos piel de Suecia.
--Todo esto de plata--dice,--para las iglesias, muy bueno.
--De iglesias procede--declara el coleccionista.--Estas bandejas son de postular en las catedrales. Y aquí tiene usted--abrió misteriosamente un armario--algo que todavía huele más á iglesia.
Del armario (antigua alacena de sacristía) salía un piadoso y enervante aroma de incienso; dentro, en dos estantes toscamente pintados de azul, vislumbré tesoros.
Solar fué sacando un incensario maravilloso, guarnecido en derredor de un círculo de arcángeles con las alas plegadas y las manos unidas, una naveta, menos fina, una caja de óleos, un porta-paz que, según su dueño, figura en los grabados del catálogo Spitzer, y, por último, el ojo del ojo--una medalla, como de una cuarta de alto, que encierra la efigie de Santa Catalina con su rueda.
--Es única--me dijo,--no sólo por su perfección, sino por la conservación. Si yo no la hubiese encontrado donde la encontré (secreteo, balbuceo), temería una de esas sofisticaciones que se hacen en el extranjero con tal maña. Pero esta medalla tiene más probada su ascendencia que muchas casas que se precian de ilustres. Es tan singular, que yo le he formado un expediente, una probanza en toda regla. ¡Mírela usted! ¡Mírela usted bien!
La Santa me sonrió, fascinadora. Las elegancias de actualidad me parecieron pobreza ante la artística, suprema elegancia de la mujer engalanada por el orfebre, joyero y esmaltista del siglo XV.
Con ademán á la vez púdico y majestuoso, la Santa se recoge el manto verde oliva, franjeado por una orla de delicioso dibujo, en que alternan diamantes menudísimos y perlas imperceptibles, tostadas por los años. La túnica es azul, de unos azules tornasolados y cambiantes de acuática transparencia, que la visten como del agua dormida de solitaria fuente. La cabeza de la Santa ostenta ese tipo andrógino peculiar del Renacimiento: el pelo crespo y rizo acentúa la expresión altiva, heroica, del blanco rostro; á la garganta lleva una cadena de oro, rematada en pendentivo de perlas y esmeralditas. Las manos son un prodigio de dibujo y de modelado: su elegancia patricia al hundirse en los pliegues, la separación de los torneados dedos, su forma de huso--todo divino.--Sobre la frente, algo bombeada, la ferroniera (adorno muy anterior á la época que se le atribuye, explica Solar), y bajo los reducidos pechos, un cinturón que es una filigrana. La palma, la rueda de desgarradoras puntas, milagros de ejecución. Tal intensidad de arte me deja aturdido. ¡Ahora que todo lo hacemos á toques, á brochazos! El marqués ve mi impresión y se baba del gusto de poseer tal preciosidad; sobre todo, “la envidia de Valencia de Don Juan” y otros aficionados que se pirran por la joya, le viene al paladar en onda de dulzura. Se relame, literalmente, y con señita confidencial me cita ante otro tallado armario. Abierto, veo dentro un casco de torneo milanés, una coraza nielada, repujada, cincelada, con mascarones, bichas, monstruos, dioses, diosas, héroes, esclavos que se retuercen bajo la cadena, mujeres de perfecto torso desnudo que terminan en caballos marinos, centauros de pujantes riñones, el cántico de la fuerza y del triunfo. Solar me dice:
--Desde que los asuntos que trata son pacíficos, el arte se afemina.
Espina fuma, sin dignarse mirar al armario. ¡Lo ha visto tantas veces! ¡La tienen tan sin cuidado las antiguallas!
--¿No sabes--pregunta de pronto dirigiéndose al marqués--que llega esta noche Valdivia?
Rióse Solar.
--Sí, ríete... Quisiera ponerte en mi lugar á ver si te divertía mucho...
Nuevo guiño del marqués--ya inequívoco, pues señala hacia mí, como diciendo:--“¡Esta muchacha está loca! ¡Delante de un extraño!”
Ella hace un gesto de indiferencia fatigada, y murmura:
--Lago lo sabe, de seguro, por alguna mala lengua... Y lo cree: á las malas lenguas se las cree siempre, porque siempre dicen verdad. ¿Niéguelo usted?
Yo, realmente, _no lo sabía_. Esta murmuración mundana no había llegado hasta mí. En la sociedad no se maldice tanto como cuentan, y, además, suele evitarse hablar de ciertas cosas delante de los advenedizos. Por otra parte, Espina, ave de paso, no suscita aquí las encarnizadas enemistades que inspiran las campañas de descrédito. Se la obsequia, se celebran sus adornos y su gracia exótica, y nadie incurre en el mal gusto de colgarla moralejas. Esto me decía el coleccionista, cuando Espina, malhumorada, acababa de despedirse con rumbo á una partida de polo que se jugaba en el Hipódromo.
--Si yo no sé lo que pasa con esta chiquilla: tiene bula... Si otra hiciese las niñerías que ella hace... La pobre... ¡Qué desgraciada es en el fondo! ¡Pobre María! Yo la defiendo á capa y espada, eso sí. Su marido, el sér más egoísta; siempre paseándose por Bélgica, por Inglaterra, por Mónaco, á verlas venir, sin darla un céntimo para su ropa, cuando Espina, al casarse, era poderosa, opulenta, y ese tahur casi le ha disipado la fortuna. Para fin de fiesta, el majadero de Valdivia, un brasileño hijo de español, que tendrá el oro y el moro, conformes, pero que está gastado y hecho una plasta, y para ostentar su protección no vacila en ponerla en berlina, y para espiarla, la sigue á todas partes... No; á ese, cuanto le suceda le estará bien empleado. ¿Á qué se mete en aventuras?
Comprendo, como si leyese en el pensamiento del coleccionista. Éste no es padre clandestino: es un galán, contemplativo por fuerza. Está furioso con Valdivia, de esos extraños celos que pueden existir sin amor, al menos sin lo que por amor se entiende. Yo tampoco estoy ni estaré enamorado de Espina, y, sin embargo, el amigo pachucho que va á aparecerse me impacienta; daría algo bueno porque no hubiese tenido la ocurrencia de descolgarse en Madrid ahora.
Salgo de casa de Solar al caer la tarde. Paseo á la ventura por las calles inundadas de gentío. Como en Fornos, sin ganas. Sudo, pues hace bochorno, y al mismo tiempo experimento la sensación desesperante de incurable frialdad en el estómago. Plomo es en él la comida. Allá dentro debo de tener un glaciar suizo.
Y, sin saber por qué, tal vez por la mala disposición gástrica, me siento mortalmente triste. Lo vano de la vida, lo inútil del esfuerzo, lo deleznable de todo, hasta de las Quimeras sujetas por el ala, me cae encima como una losa. Salgo del popular café, salto á una manuela y digo al cochero:
--¡Vaya usted por ahí... por donde se le antoje! Hacia la Florida, hacia los Viveros. Donde no haga calor.
Las vías céntricas son un horno. La Puerta del Sol está envuelta en una especie de vapor rosado y ardiente, que parece el hálito de una boca juvenil. La concurrencia hormiguea. Voces, murmullos, jipíos que salen de los cafés, violines de ciegos, gritos de chicos pregonando los periódicos de la tarde, rodar de coches que cruzan apresuradamente, llevándose á las señoras retrasadas en el paseo, y que regresan á sus casas con el apremio de vestirse para el Circo ó para la comida... La melancolía de las multitudes, entre las cuales se siente uno más abandonando, me asalta. Quisiera estar en las Mariñas de Marineda, á esta misma hora, cuando la campana de la parroquia de Monegro llama á la oración y por los caminos se encuentra á los labriegos que vuelven del trabajo y saludan con un “santas y buenas noches”...
Se espesa la telaraña de hipocondría, mientras bajamos por la calle del Arenal, caemos en la plaza de Oriente, donde dan solemne guardia á la mole del edificio regio las barrocas estatuas de granito; y bordeando el costado de Palacio, pegados á la verja de los jardines del Campo del Moro, descendemos hacia la estación y la ermita de San Antonio de la Florida, cuyos frescos acuden á mi memoria en este instante, como si los estuviese viendo á toda luz, según los vi. Al pasar ante la iglesuela, una luna resplandeciente y tibia, de verano, inunda la fachada y se derrama en olas de flúida blancura por todo el paisaje. Bajo esa luz siempre fantasmagórica, al paso, por orden mía muy lento, del desvencijado alquilón, los ángeles goyescos asoman, flotan, como formados de neblina y de claridad lunar, en vapores de plata, del blanco plata de los pintores. De toda la obra de Goya, en que la luz realiza juegos tan caprichosos y á veces tan finos como en el tapiz de la _Gallina ciega_ y en el de la _Vendimia_, lo único esencialmente lunar--prescindiendo de sus terroríficos aguafuertes, que son nocturnos--me parecen estas ángelas.
Las veo, con encarnaduras casi inmateriales á fuerza de delicadeza, vestidas de ropajes que, al igual de los de Espina, se ciñen con molicie alrededor de formas mucho más sugestivas que ningún desnudo; veo esa mezcla singularísima de realidad y de ensueño delicuescente que las ángelas ofrecen; veo que trepan al cielo, cándidas, leves, cuando son el pecado mismo, la suprema idealización del pecado, la mayor irreverencia que cometió jamás un artista; y veo sus cortos talles en contraste con sus larguísimas, flotantes, abandonadas faldamentas, que las visten como de esas nubecillas azulinas ó violeta que forman pabellón al disco de la luna. Al sentirme cercado de estos fantasmas de belleza enteramente actual, con la nota del sentimiento presente, empiezan á hervir en mí las impresiones del día, y noto una sorda angustia, una zozobra inexplicable, un tormento que se parece al mareo de mar.
Lo que se me marea es el espíritu. Mi enfermedad es la duda. Dudo de lo que siempre creí. Reniego, á pesar mío, de mi ideal estético.
* * * * *
Las ángelas desaparecen. Estoy en una calle muy amplia, de un pueblo antiguo, que no conozco. Se desarrolla á lo largo de la vía una procesión, precedida de música estruendosa. Desfilan pajes y heraldos, que llevan en almohadones una armadura de torneo, nielada, repujada, incrustada de oro, damasquinada, deslumbrante. Destacándose sobre el gentío, una gallarda figura altiva, de paladín, se eleva mirándome con calma orgullosa. Carlos de Gante, desviando con su mano aristocrática la vuelta de su gabán aforrado en martas cebellinas, avanzando la mandíbula prognata, con el tusón de oro al cuello, ladeado el birrete que prende rico joyel, pasa esperando que yo me incline y le salude hasta la tierra. El César va de pie sobre el carro triunfal, revestido de paños de seda, del cual tiran ocho mujeres en la flor de la edad, vestidas sólo de su hermosura y juventud. La escena no la ilumina la luna, sino el sol, un sol de victoria, que juega en las largas, trigales, destrenzadas cabelleras de las vírgenes que arrastran el carro, de maderas preciosas, guarnecido de brillantes bronces. Los balcones, llenos de gente, ostentan tapices. En pos del César se atropellan viejos vestidos de terciopelo; matronas enfundadas en brocado de plata, preso el cabello en red de perlas; niños rubios, de cabeza ensortijada, en cueros las carnes lácteas, una gorrita de terciopelo negro sobre los bucles; mancebos cuyos trajes acusan musculaturas viriles; panzudos burgomaestres de ondulosa barba y almenada toca; un obispo llevando en alto una cruz procesional de oro, esmaltes, gemas, capitolinos, de un trabajo de hadas--y detrás, monagos frescos y bellos, con el pelo en tirabuzones, sosteniendo bandejas de postulación de labor magnífica, en que fuertes romanos se apoderan de las Sabinas ó Faunos nervudos aprietan á las Driadas forestales. Y cuando se ha alejado el cortejo, se ha callado la música, se ha quedado desierta la calle, un hombre muy hermoso, calvo, de serena frente ebúrnea, envuelto en túnica de lana armoniosamente plegada, se encara conmigo y me dice:
--Soy Platón. ¿No me conoces? Soy la Belleza.
* * * * *
¡Y acabo de ver pasar en hirviente oleada, en imperial muestra, el Renacimiento! Eso, eso, sólo eso--era el arte. No haremos nada que á eso se parezca. ¡Miserables de nosotros! Dibujo de atletas; modelado de escultores; colorido que es la sangre y la carne transportadas al lienzo; en el más sencillo objeto de uso, la vencedora hermosura, y por cima de todo, la expansión victoriosa, el himno... Una voz mofadora me susurra: “¿Cuándo has podido pensar que cabía belleza en una labriega de pies descalzos, maculados de negruzca tierra? ¿En el tiznado minero? ¿En la muchacha tísica, moribunda en el hospital?
“Dame ropajes de velludo y brocatel, cadenas refulgentes, nucas pujantes, formas estatuarias.
“Dame el cortejo de Baco, su carroza de tigres.
“¿Qué es la Naturaleza? ¡Un concepto abstracto! ¿Y tu ensueño de interpretarla fielmente? ¡Una vanidad! ¿La has de interpretar según es en sí? ¿Y cómo es en sí? ¿La has de interpretar según la ves? ¡Entonces ya la interpretas en ti!
“Y si la interpretas según la ven los maestros, lo que haces buenamente es pisar la hierba pisada.
“Ríete de esa Naturaleza pura.
“Mira este glorioso irradiar de helénica alegría que el Renacimiento derramó en el mundo.
“Ten sangre, ten músculos, sé insensible al dolor, sé estoico.
“Sólo hay un objeto digno de la vida: la victoria.
“Sólo hay una fe digna del que no nació con alma de siervo: la sabiduría antigua, la más alta.
“No seas de estos cobardes vacilantes de la presente generación, impregnada de la mujer, de su piedad, de sus lágrimas, de su histeria.
“Sé varón. Te lo ordena el Renacimiento.”
* * * * *
Entretanto, el coche, rodando despacito, me conduce á los Viveros, y echo pie á tierra, y me pierdo entre las frondas en flor, envuelto en el aroma penetrante, embriagante, de las acacias.
Una mujer viene á mi encuentro.--¡Espina, Espina!--Arrastra un traje de gasa, de incierto matiz, de esos matices afeminados que la moda ha bautizado con el nombre de _colores pastel_: tales son de tenues, como suavizados por un dedo de artista. El traje, sin embargo, es lo más atrevido que he visto nunca. Porque bajo la gasa, Espina lleva un viso de tela sedeña, nacarada, de transparencias misteriosas. Sobre su fosco pelo, una original capelina de la misma gasa, orlada é incrustada con idénticos encajes vaporosos y caídos, como ablandados por la negligencia, por la languidez.
--“¿Qué tal?--pregunta la deliciosa aparición.--¿Le gustan á usted mucho los señorones vestidos de reyes de baraja? ¿Las mollazonas indecorosas, de calcañales recios? ¿La carne? ¿La sangre? ¿La mitología? ¿Todavía no está usted enterado de lo que es bonito, hombre? ¡Es usted un pedazo de estuco! Debía de estar ya desasnado; creí que tenía usted temperamento artístico verdadero, no como el del pobrecillo marqués, que confunde lo hermoso con lo rancio. Hoy se hacen cosas más encantadoras que nunca. Afínese usted, afínese; aprenda á mirar. Lo natural es un mote con que se tapa lo grosero. ¿De dónde saca usted que lo natural, por ser natural, ya es bello? Al contrario, tonto, al contrario. Lo bello es... lo artificial.
“¿No soy bella yo?
“Pues en mí, lo natural no existe.
“Soy una civilización entera que ha infundido á lo raro, á lo facticio, la vibración del arte.
“Mi pelo es tintura, mi húmeda boca es pintura, mi atractivo no es la exhibición de mi cuerpo, sino el saber recatarlo, cual se recatan los misterios de los santuarios.”
Angustiado, como el creyente á quien se le derrumba el ara de su fe, exclamo lanzándome hacia la cosmopolita:
--¿Dónde está la verdad?
Ella responde:
“--En ninguna parte. Todo es apariencia, ilusión, desfile de sombras chinescas sobre las paredes iluminadas ó lóbregas de nuestra alma.
“Todo cambia, nada persiste; y lo que ya profanó la admiración del populacho, no merece ni la mirada del artista.
“Las opiniones, los sentimientos de la multitud, ignórelos usted. Las sensaciones sencillas y francas... á los mozos de cuerda. La sensación hay que pasarla por alquitara, destilarla y oscilar entre ella--pero exquisita y sobreaguda--y el negro tedio que nos encamina á la realidad antiestética de la muerte...”
* * * * *
Un sudor de fatiga corre por mi sien; se me figura que me llaman apresuradamente, desde muy lejos, en tono del que avisa un peligro...
--¡Señorito! ¡Señorito! ¡Anda, se ha dormido como una piedra! ¿Se baja aquí, señorito, ó vamos á seguir?
Despierto sobresaltadísimo, me froto los ojos, no entiendo ni respondo en un minuto.
Estamos ante la puerta de los Viveros. La luna me baña en pleno la faz.
--No, no me bajo...
Y doy las señas de mi estudio.
* * * * *
_Fines de Junio._--En el desconcierto de mis ideas sobre arte--porque tengo perdido el rumbo, y estoy como los devotos á quienes el ara se les viene abajo,--me acuerdo sin cesar, á cada hora, de aquel sueño raro que tuve en el camino de los Viveros, una noche de luna.
Los sueños son más directos, más leales que la vigilia.
Despiertos, nos engañamos, nos mentimos, por la compresión que ejerce el mundo ajeno. Dormidos, sale afuera lo entrañable, lo que ni sabíamos que llevábamos dentro, tan recóndito. En sueños toma forma radiosa la vaguedad, lo obscuro resplandece.
Soñando se me derrumbaron mis convicciones, me sentí cambiado; otra es ya mi fe, ó por mejor decir, lo que es fe, no la tengo; al contrario, vivo de dudas y de incertidumbres; también dudar es un modo de vivir y de creer; antes imaginé poseer método para realizar un poco de arte; ahora no sé por dónde ir: la perfección antigua me desespera y abruma; los rumbos nuevos me hacen parpadear, lo mismo que si estuviese mirando á un foco eléctrico muy intenso.
Minia me ha aconsejado:
--No se crucifique. No disperse su espíritu. Usted no puede seguir las huellas de ningún pintor antiguo. Entre los modernos, para atravesar el período de imitación, mortificante pero forzoso, elija al maestro que mejor se adapte á su modo de ser, y después de chuparle los tuétanos, mátele dentro de usted mismo. De los antiguos, sin embargo, podría usted sorprender secretos. Me han asegurado que Lehnbach, de absolutísimo incógnito, haciendo creer en su país que viajaba por Grecia, se estuvo un año aquí, copiando á Velázquez en el Prado, apoderándose de procedimientos que saca á relucir ahora.
--Á Goya copiaría yo más bien--respondí.
--Sí; tiene con su alma de usted mayores afinidades. Cada día sube Goya. Su decadentismo castizo le preservaría á usted del afrancesamiento á que está muy expuesto. ¡Sobre todo, si se apodera de usted Espina Porcel, que debe de ser una vampira!
La verdad es que Espinita, como pueda, arrolla los tentáculos al cuerpo. Sin duda no tiene qué hacer en Madrid, y no sale de mi taller; me acapara.
Veré si emborronando estas hojas consigo definir lo que me sucede con Espinita...
En primer lugar, dicho sea en buen hora, de no estar enamorado de ella, según la gente diagnostica el enamoramiento... ah, de eso tengo seguridad completa.
Vería á Espina arrastrada por la corriente de un río, destrozada por la explosión de una bomba de dinamita; la vería entrar en una casa inequívoca... y me sería igual.
Sospecho que ella, por su parte, me vería en el banco del garrote, argolla al cuello, y, pudiendo, no abriría la argolla; es verosímil que prefiriese no perder la emoción.
El sentimiento hacia ella, en mí, unas veces es acre curiosidad, otras irritado deseo de subyugarla, otras antipatía repentina, el gusto imaginado de pegarla un latigazo que saque sangre; otras atracción inexplicable, complicada,--una perversión que descubro en mí, y que me asombra sin desagradarme, pues no puedo aguantar á la gente bonachona, de psicología blanca.
Espina me atrae, tal vez por el sumo refinamiento de su existencia y la desdeñosa altanería con que prescinde de las nociones admitidas y vulgaronas.
No es la Porcel una de aquellas rebeldes románticas que siempre estaban á vueltas con la moral, y que, al combatirla, la afirmaban: sencillamente, para Espina no existe eso, ni nada, fuera de lo bonito y lo selecto, de ese aquilatamiento sensual de la exterioridad, que hace de ella una especie de Cleopatra,--pues, como le sucedía á la reina de Egipto, _su vida es inimitable_. En otros términos: probablemente me atrae Espina porque es exaltadamente elegante y rematadamente mala.
Comprendo que lo primero se justifica, mientras lo segundo es dificilillo de justificar, aun cuando no tengo otro juez aquí que yo mismo; pero sentimos ahincadamente infinitas cosas... que no se justifican. Son.
Yo no causaría á nadie el menor daño. Yo sufro cuando por mi culpa sufre alguien. Yo soy capaz de darle á un desgraciado la camisa. Yo he pasado noches horrorosas cuando se suicidó aquel mal bicho inútil de Solano. Yo quiero á mis amigas excelentes--la Palma, la Baronesa, Minia. Yo deploré no acertar á querer mucho, de corazón, á Clara Ayamonte. Todo esto parece bondad, parece altruísmo.--Y sin embargo me deleito en la amoralidad de Espina, como si deshiciese en la boca un fondán muy delicado, sápido á quintaesencias, de gusto desconocido, de perfume que trastorna.
¿Será que, si uno es artista ante todo, puede tener muy buenos instintos, pero nunca tendrá verdadera regla ética para la vida?
En fin, no me devano más los sesos. Lo efectivo es que Espinita me trae y me lleva y me zarandea como se le antoja. Se verifica lo que profetizó Minia: la mujer se apodera de mí, me subyuga--sin que el amor prevenga la excusa dulce.
Porque realmente, ¿ha ocurrido entre Espina y yo algo que lleve sello amoroso? Nada, lo cual es casi ridículo, para mí se entiende, cuando esta señora está siempre aquí, y se pasa las mañanas fumando, tendida en mi diván, confianzuda como en su propia casa.