La Quimera

Part 17

Chapter 173,739 wordsPublic domain

Tenía razón la antojadiza. Cuanto más impertinencia, mayor prestigio. Lo malo es mi pícara condición, mi incapacidad de ahorrar, por lo cual tengo que admitir trabajos que no me dan tono. No puedo, como ciertos modistos, escoger la parroquia. Ayer retraté (detestablemente) á una chamarilera, á quien debo aún mi Madona estofada y dorada. El retrato irá por la antigualla, y en paz. En la escalera se habrán cruzado la anticuaria, que bajaba los peldaños, y una cliente excepcional, embutida en el ascensor. Me la había anunciado la Flandes, que la trata mucho; y en casas remontadas he oído comentar su próxima venida á Madrid. Es del número de las aves de paso, de primavera. Ahora procede de Sevilla; á Sevilla se vino desde París, donde reside.

Tiene aquí amigos de los más encumbrados esta María de la Espina Porcel--Espinita, familiarmente. Es andaluza por parte de padre, mejicana por parte de madre, parisiense por residencia habitual y gustos; yo la llamo “la cosmopolita”. Me anuncia su presencia un ruge-ruge de sedería, de volantes picados y escarolados, un taconeo atrevido y menudo, un golpeteo de contera de sombrilla larga sobre el entarimado del pasillo, y comparo esta entrada bulliciosa con la majestuosa de la Flandes, y la bocanada de jaquecoso perfume, compuesto de varias esencias, que penetra al mismo tiempo que Espina, al olor discreto de violetas, apenas perceptible, que la rica hembra exhalaba á cada movimiento de su señorial persona. No puede ser más vivo el contraste entre estos dos recuerdos.

Espina, desde el mismo punto en que se me aparece, es una revelación.

Se diferencia de cuantas señoras he retratado en América y en España; es la mujer de una civilización avanzada, refinada y disuelta ó ¿descompuesta? en la decadencia artística. Sobre un plantío de garbanzos, Espina surge como una de las más raras orquídeas que se cultivan en las estufas calientes. Muchas veces me he dicho en mis soliloquios:--“¿Cuándo me veré lejos del garbanzal?”

El garbanzal es Madrid. La estufa, París. París, simbolizado por Espina, acaba de metérseme en el estudio.--De fijo las madamas que antes he retratado visten en París igualmente; sus corsés, sus zapatos, su ropa interior, sus postizos, de París procederán; sin embargo, no son así, no son como Espinita... Al cambiar con ella las primeras frases de acogida y saludo, me ocurre que si mis pasteles pudiesen hacerse carne viva, carne sin músculos, sin venas, sin hueso, con nervios solamente--una carne artificial,--encarnarían en esta mujer. Percibo en ella, bajo su estilo ultramodernista y decadente, elementos de la mentira estética de otras edades. Sonríe como un Boucher y pliega como un Vatteau.

El efecto que me produce no se le escapa. Descifra mi contemplación y la interpreta como suele interpretar la vanidad del sexo. Crece su aplomo.

--¿Vengo á mala hora? ¿Espera usted modelo? ¿Tiene dada sesión?

¡Sí que la tengo dada! En mi _carnet_ figuran los chicos de Jadraque, la señora del Ministro de Estado, ¡la propia Lina Moros! Y contesto apresuradamente:

--No importa. Ya lo arreglaremos.

No me da las gracias. Sin duda halla natural que por ella quede mal con todo el mundo.

--Haremos--la propongo--un ensayo, un boceto, y me lo guardaré yo para mí; luego otro, destinado á usted; y si no la agradase, cuantos desee.

¡Si lo sabe la baronesa de Dumbría, que me echa una filípica siempre que retrato gratis á alguna de estas “estrellas con rabo”!

Espina indica mohines, reverencias--entre burla y gratitud.

--Amabilísimo... ¿Empezamos?

Se instala frente á mí, en un sillón Luis XVI, forrado con tela de desvaídos tonos amarillo y violeta. Emprende la operación de descalzarse los guantes. Son de esos guantes largos y flexibles que no tienen botones, que guantean dejando á la mano y al brazo soltura, acusando hasta las uñitas. La contemplo. Me acuerdo de Lina, y comparo. Ésta no es un tipo de belleza; sus líneas no evocan reminiscencias clásicas. Hasta diré que carece de líneas. La línea, en ella, es algo tan flexible y muelle como ese guante de tonos neutros, de corte facticiamente elegante, distinto del de la verdadera mano.

Mientras preparo los chirimbolos, Espina, con sazonada y picante menestra de frases, con indiscreciones y reticencias divertidas, va rompiendo el hielo. Listo como soy para entender á media insinuación, la calo; creo reconocer en ella á la criatura amasada de vanidad y antojos, pero infalible en estética femenil. La veo anestesiada para el sentimiento; y con histérica sensibilidad para el refinamiento del lujo delicado, del arte de vivir exaltadamente, agotando el goce. Sus ojos de color de aventurina, de contraída pupila, no sabrán llorar, pero ¡mejor! Me detallan implacables; me miran como la fierecilla á la presa. ¡Mejor, mejor! Desmenuzan mi taller, y en él lo encuentran todo tan feo, tan menesteroso, tan ordinario. ¡Mejor! Así me afinaré yo también. Miradme, ojos perpetuamente exigentes y descontentos.

No es un traje, unos guantes, una armonía de exterioridades, lo que se me impone en mi nueva parroquiana. Es el espíritu de desencanto, de inquietud, de desprecio, de insaciabilidad,--es el ideal maldito que supongo en ella. Trajes, galas... se las planta cualquiera; la superioridad no está en vestir como se viste en las decadencias, á lo bizantino y á lo arcángel; está en tener el alma, ávida y exhausta á la vez, que las decadencias, forman. ¡Gracias á Dios! Una mujer que me divierte.--Con Espina no sentiré los accesos del mal del retratista, el aburrimiento de la sesión.--Cada palabra, cada ademán, me irrita, me conmueve, me produce un sentimiento no previsto.

* * * * *

Vuelve al día siguiente. Es cosa convenida que se despedirá á todo el mundo, con una sola excepción: el marqués de Solar de Fierro, á quien la propia Espina ha citado aquí.

Este señor, versadísimo en antigüedades, ha venido ya á mi taller dos ó tres veces cuando retraté á su nietecillo, prodigio de belleza. Pero ha de saberse que el abuelo es casi más guapo que el chiquillo. Con su cutis marfileño y rosado, de vitela ligeramente tocada de miniatura; con su plateada trova, enrollada alrededor de un rostro oval, sereno, esclarecido por ojos azules, limpios como los de los niños; con su facciones de una precisión gótica, exquisita, de San Juan de retablo, es el marqués de Solar de Fierro otro objeto de arte, al cual el paso del tiempo ha comunicado esa gracia de distinción que nunca lo contemporáneo tiene. Viste el marqués con románticos dejos, del romanticismo extranjerizado, atildado, culto, intelectual, estilo Madrazo. Posee colecciones importantes y afamadas, y en las casas de anticuarios se lo encuentra uno siempre: son las únicas _matinées_ á que concurre; se sienta en las pacíficas trastiendas, en sillones de cuero sobado, y allí, tertuliando con los demás, aquejados de igual manía, charla de adquisiciones recientes, de falsificaciones, de descubrimientos inauditos en algún poblachón, de soberanos chascos á los inteligentes,--las solas historias que les interesan.--Todo entre el brasero y el gato, en calles angostas del viejo Madrid. No conozco nada más garbancero que las reuniones de casas de anticuarios.

La amistad del marqués con Espina, de este arcaizante con esta modernista, nadie sabe de cuándo procede, y sobre su origen hay varias versiones. Unos dicen que el marqués, antaño muy tenorio por lo fino, se entendió con la madre de Espina; otros, que Porcel, padre de Espina, sacó al marqués de graves apuros económicos. Lo cierto es que apenas llega Espina á Madrid, el marqués prescinde de sus tertulias de gato y brasero, se lanza al mundo, acepta invitaciones, se olvida del reúma y demás alifafes, y sale hecho un cadete. Verdad que las apariciones de Espina coinciden con la primavera.

Solos todavía la cosmopolita y yo, trabajo en adelantar el estudio de la cabeza. Es el primer retrato, el que proyecté boceto, y está saliendo con todos los requisitos. Espina viste traje de calle, sencillo, gris: no consiento que deje de sombrear el áureo pelo la enorme ala del sombrero, de negro tul rizado. Guiñando los párpados, recogiéndome, la examino bien, me impregno de su forma y de su color. ¿En qué consiste su encanto?

¡Su cara, su cuerpo, pchs! Sus ojos avellana, en que parecen hormiguear puntilleos de oro, ni son grandes ni dulces. Su nariz respinga, delatando algún plebeyo atavismo. Su boca ya sonríe juguetona, ya señala un pliegue de tedio desdeñoso. Su pelo de luz no lo debe á la naturaleza, sino al peluquero, á botecitos de aguas y mudas. Afeite debe de ser también lo que presta á sus mejillas, hundidas imperceptiblemente, ese toque tan puro, esa idealidad de lo florido sobre lo nacarado, y á sus labios pequeños, carnosos, sinuosos y húmedos, ese tono de coral marino entre agua amarga--demasiado vivo, insolente.

Su ropa sólo se diferencia de la que gastan las demás señoras que me visitan, en que parece inseparable de su cuerpo. Se enrosca y ciñe con tal esbeltez á él, que en cualquier postura que adopte, los pliegues hacen olvidar la tela. Lleva las faldas muy largas, pero ni tropieza ni se atasca en ellas; las maneja con soberana maestría. Son tan blandos los tejidos y van tan fundidos en la tela los adornos, tan difumadas las degradaciones de color, que el gentil bulto parece terminar en una bruma, en la molicie de un jirón de niebla pronto á borrarse.

Las damas de Madrid llaman vestir bien á encargarse ropa cara y enfundarse en ella. Desde que he visto á Espina, se me descubre la mujer moderna, la Eva inspiradora de infinitas direcciones artísticas, agudamente contemporáneas.

En un descanso que ella misma reclama, saca de su escarcela de piel ceniza, toda cuajada de capitolinos de rubí claro y diamantes menudos, una petaca y una fosforera de oro verde, decoradas con lirios de esmalte, primoroso modelo artístico. Pido las joyas para admirarlas y apreciar de cerca el lujo intensivo y exasperado de la cosmopolita. Hasta los cigarros son especiales: según me dice, se los fabrican en Egipto expresamente. Enciende uno y me lo presenta. Fumamos, risueños, libres por un instante del trabajo y de la _pose_.

La cachorra danesa, que dormía en un rebujo de tela antigua, sobre un almohadón roto, despierta en aquel punto, y se acerca, entre desperezos de á cuarta y ladridillos de queja mimosa, esos lamentos histriónicos de los animales privados, cuando no se les hace caso á ellos exclusivamente. Echa la boca á la niebla que envuelve los pies de Espina, y empieza, á mordiscos y tirones, á destrozarla. Me precipito, cojo en brazos al animal, le doy un coscorrón.

--¿Qué haces, bobita?--exclamo.

--¿Es hembra?

--Por desgracia.

--¿Cómo se llama?

--No está bautizada aún.

Espina brincó del asiento.

--Ahora mismo la vamos á bautizar.

Y batiendo palmas de alegría, llamó á mi criado, le dió órdenes reservadas; yo, naturalmente, las adiviné. No me sorprendió ni pizca ver entrar un cuarto de hora después al muchacho, portador de una botella con cápsula dorada, y de dos copas anchas, sobre delgado tallo de cristal.

No fué fácil la tarea del descorchado; faltaba cortaalambres y tirabuzón; nos divertimos con las dificultades, como chiquillos. Al fin el corcho saltó, hecho un rehilete, y fué á pegar en la misma nariz del retrato de Lina Moros--el famoso retrato vestido de terciopelo _miroir_ amarillo.--Las carcajadas de Espina redoblaron, incoercibles.

--¡Estropeada la obra maestra!--gritó triunfante. ¡La gran obra maestra! ¿Y si la bautizásemos también?

Según lo dijo, así lo hizo. Tomó la copa de Champagne, colmada, y en pleno la arrojó á la faz morena, al escote mórbido, á los ojos negros de la beldad. Me sentí trepidar de rabia; pero una mezcla de encontrados movimientos del alma me paralizó. Mi impulsión era tan brutal--como que se reducía á pegarle una bofetada á la señora,--que su misma violencia sirvió para contenerme. La noción relampagueante de las consecuencias de un acto tremendo impide realizarlo. Muchos crímenes morirán así en capullo.--Casi instantáneamente, la reacción fué encontrar “chic” la enormidad descortés. ¿Qué, después de todo? Rivalidades de mujeres; envidias... ¿Quién sabe si algo más?

--Es un experimento que hice--dijo acercándose á mí y presentándome la copa llena de nuevo.--Se corre que está usted enamorado de Lina. Si fuese cierto, me hubiese usted matado.

Y, sirviéndose en la otra copa, mojó en ella los labios ligeramente, hizo un gesto donoso para indicar que la marca era detestable, y tomando en brazos á la cachorra, derramó por su cabeza y sus sedosas orejitas un chorro líquido. El animal, al llegarle el vino espumoso y azucarado al hocico, se estremeció primero y se relamió después.

--¿Y el nombre?--pregunté subyugado.

--Bobita. Así la llamó usted antes... Bobita _for ever_.

* * * * *

Había terminado la ceremonia cuando entró el marqués de Solar de Fierro. La vista del retrato de Lina, churreteado, perdido, le hizo exclamar:

--¡Válgame Dios! ¡Buena ha quedado la reina de las hermosas!

--¿Quién la puso tal mote?--interrogó sardónicamente Espina.

--Mucha gente. Y nuestro joven artista ha consagrado su fama, retratándola seis ú ocho veces, por el gusto de estudiar á un modelo así.

--No han sido sino cuatro veces--protesté,--y otras tantas he retratado á Minia Dumbría, que no es ninguna belleza.

--Y á mí, ¿cuántas me va usted á retratar?--preguntó Espina.

Rendido, murmuré:

--Las que usted quiera.

--¡Bah! Puede usted comprometerse. No tengo yo tanta paciencia para la sesión como la reina de las hermosas. ¿Cuatro pastelitos? ¡Eso, al repostero! ¡Estúdieme usted primero, ya que se le antoja; luego retráteme en serio una vez, si puede, y luego... frrrtttt! Aquí, por lo visto, á la gente la sobra tiempo. En París vivimos más aprisa.

Sin duda con objeto de poner paces, el marqués nos propuso que fuésemos á almorzar á su casa. Vive solo; tiene buena cocinera, criado antiguo, ama de llaves, una grave dueña que pisa tácito. Aceptamos. El coche de Espina aguardaba á la puerta; nos llevó.

Teníamos un apetito estimulado por la novedad del convite. Fué escogida, discreta la minuta. El servidor es viejo, rasurado, de facha sacristanesca, y la dueña tiene una cara de luna, tranquila, monástica. El comedor luce dos grandes lienzos de cacería de jabalíes, atribuidos á Pablo de Vos, con alanos despanzurrados y fondos intensos, jugosos, de troncos y verdura. Pocos platos colgados; pero esos pocos, según me explica Solar, se cuentan entre los rarísimos, hispanoárabes auténticos, por los cuales se pagan miles de pesetas. Uno sobre todo, el _Triunfo del Ave María_, me enamora con su reflejo desdorado y moribundo, de poniente, y la gracilidad de su lema gótico. Espina señala con la conterita de la sombrilla al magnífico ejemplar.

--¡Dicen que eso vale tanto! Á mí me gustan más los cacharros que fabrican ahora en Dinamarca y Suecia. ¡Son unas porcelanas lindísimas, con cambiantes como de nácar, y tan originales! Algo de poético, ¿eh? El plato antiguo español recuerda la escudilla. Basto, basto.

¡La que se armó! Creí que excomulgaba Solar de Fierro á la modernista. Se enzarzaron. Espina no se achicó; sostuvo su criterio con intrepidez. Todo es ahora, según ella, doble de bonito que en los tiempos de la nana. Lo antiguo tiene mérito... sólo porque se les antoja dárselo á cuatro señores. ¡En fin, con Luis XV y XVI transigía; pero nada más! Por ejemplo... ¡vaya una decoración para comedor, esos perros destripados y esas fuentes de barro tosco! ¡Diéranle á ella plata cincelada inglesa, porcelana delicadísima de Sévres ó de Wegdwood, _terra cottas_ de las que se ven en los escaparates de París; estatuillas de alabastro y jade incrustadas de pedrería, ninfas de _pâte tendre_ danzando en rueda sobre el blanco mantel, muebles de una sencillez refinada, de unas hechuras cómodas, y retratos al pastel, elegantes, deliciosos!--El marqués, por último, apeló á mí.

--Yo, ni con usted, ni con usted--respondí señalando á derecha é izquierda.--Yo... lo real... y nada más que lo real.

--¿Y qué es para usted lo real?--preguntó el arcaizante.--¿Llama usted real á lo material? ¿No es real el sentimiento que preside á la labor, por ejemplo, de un misalista ó de un mosaísta? ¿Considera usted real únicamente lo popular y lo zafio? ¿Es usted un realista de la carne, como Rubens; un realista del dibujo y del color, como Velázquez; un realista de la luz, como Ribera; un realista de la caricatura y del color local, como Goya? Porque hay cien realismos.

No supe qué contestar al pronto, y Espina saltó:

--¡Cien realismos, y todos horribles! Lo hermoso no está en lo real; si estuviese, viviríamos rodeados _naturalmente_ de hermosura, ¡y sucede lo contrario! Lo más hermoso, lo artístico, es lo que se diferencia de eso que anda por ahí. ¡Vaya con lo real! Si las mujeres nos dejásemos como la Naturaleza nos ha hecho, seríamos hembras de monos.

Quise romper una lanza por mi estética. Al hacerlo, pensaba:

--Hay flagrante contradicción entre lo que pinto y lo que defiendo, y esta objeción tan fácil no se le escapará á Espinita.

En efecto, poco tardó en argüirme:

--¿Y sus retratos de usted? ¿Y esa Lina Moros tan ideal que nos presenta, con veinticinco años y la mitad de cintura? ¿No sabe usted la edad de Lina? ¿Cree usted en su pelo negro como el ala del cuervo? ¡Vamos, señor artista!

¡Qué hondamente mujer es esta mujer! La teoría no la conmueve: lo único que provoca su apasionamiento es el hecho concreto, es la rival; y no la rival en el terreno del sentimiento, sino en el de la vanidad, campo de extensión infinita, más amplio que el del corazón.

Bebido á sorbos el mejor café que he probado en Madrid, Solar quiere enseñarnos sus colecciones. Primero--estratagema--lo menos importante; dos retratos desglosados de la colección Carderera: Lope de Vega y Antonio de Solís, fronteros á dos copias de las clásicas jetas de Quevedo y Calderón. En un recuadro, una especie de trofeo de la guerra de la Independencia española; litografías de heroínas aragonesas, caricaturas de Pepe Botellas y el ogro de Córcega. Á mí esto me parece recoger por recoger. No veo valor artístico.

Lo único de algún mérito es la reproducción de la estatua de Fernando VII, que fué derrocada en Barcelona, allá por los años 35. Alzábase la estatua--explica el marqués--en el centro de un jardín, y por esa actitud mandona del brazo y la violencia con que la derecha señala al suelo, dijeron los catalanes, en excusa de haberla derribado, que el tirano les ordenaba “comer hierba”.

--Hicieron bien en derrocarle. Á quien nos manda pacer...

--Sin embargo--objetó Espina con el airecito cándido que adopta á ratos,--el que puede pagarse el gusto de hacer comer hierba á los demás, no dude usted que... ¡Oh!

Indicó el gesto ponderativo que ya he sorprendido dos ó tres veces, y me avasalló, como siempre, su franqueza sin velos, su menosprecio de la humanidad.

Sigue el buen marqués graduando efectos y mostrando retratos, á mi parecer, todavía mediocres: San Francisco de Borja y San Ignacio de Loyola; mucho betún, mucho ascetismo, mucho españolismo... Por detrás de la cabeza romántica del coleccionista, Espinita me hace un impagable gesto de horror.

Luego, una madona dulzarrona, atribuída á Sassoferrato; una placa de bronce, esmaltada de oro, la puerta del Sagrario de las monjas Teresas. Esta empieza á interesarme. El marqués, con el acento misterioso de los maniáticos, secretea:

--Van á ver la cajita que rondé diez y seis años antes de llegar á obtener su posesión...

Con dedos respetuosos la toma de dentro de un estuchito y nos la presenta.

--Desde que nadie tiene el vicio asqueroso de tomar rapé, hay coleccionistas de tabaqueras... Desde que se acabó el heroísmo nacional, se coleccionan sus recuerdos...

En la tapa vense incrustados en oro tres pedacitos de madera, y grabada la siguiente inscripción: “Testimonio de hispánico valor. Carlos III. De la Estacada de Gibraltar, 30 de Setiembre de 1780”.

¡Diez y seis años! Reconozco en esta tenacidad el sello de las garras de Quimera; la tema del coleccionista.--He oído hablar mucho del carácter y modo de ser del marqués. Á veces atisba años enteros, rondándola con visita diaria, pretextada diestramente, una obra de arte para su colección. Se cuenta--no sé si en serio--que hizo creer á una solterona incasable que la pretendía con honestos fines, cuando sólo preparaba la adquisición de cierta magnífica medalla única de Jácome Trezo, conservada inmemorialmente en la familia, y que al fin cayó en poder de Solar. Á esta tenacidad de cazador, á estos ardides de indio bravo, el marqués reúne una memoria que es un cilindro fonográfico; memoria de persona de entendimiento limitado y recortado, de voluntad perseverante, reducida al deseo de cosas concretas y accesibles, de esas que ceden al esfuerzo paciente y diario.

Nos enseña después un retrato de Isabel II, en mármol, obra de escultor hábil y amanerado. Esta sí que es la “inocente Isabel”, tan querida de sus vasallos, la reinecita en la frescura de su juventud y su morbidez; y Solar, con sonrisa maliciosa de indiscreto triunfante, advierte:

--Recuerdo histórico de este retrato... Es dádiva especial de la Señora á D. Francisco Serrano Domínguez, el que había de arrebatarla el trono.

Retratos, más retratos, miniaturas, medallas, óleos, camafeos, de eminencias, de testas coronadas, de la dinastía borbónica (asusta pensar lo que la han retratado en este mundo); y á renglón seguido, una colección de relojes, desde Adán hasta nuestros días... Coleccionar relojes ha sido la manía más terca del marqués, la que le hizo desarrollar más diplomacia y arte. Reloj hay de éstos que lo ha cortejado, como á la cajita, años y años; era propiedad de un amigo; el amigo falleció. Con las primeras luces del alba, adelantándose á los prenderos, entraba Solar en la almoneda del difunto.

--En vez de corazón tienes esta saboneta--dice Espina señalando á una de forma cordial, toda incrustada de granates, y cuyo tic-tac imita el latido.

El marqués sonríe y nos presenta, satisfecho, relojes libertinos, que ocultan, bajo un esmalte de asunto cándidamente pastoril, segunda tapa con escenas de sátiros y ninfas, desnudeces paganas. Espina, sin asustarse, se encoge de hombros:

--¡Pchs! ¡Desnudos! Hay desnudos infinitamente más correctos que el vestido. El desnudo no inquieta; ¿verdad?

La miro y compruebo la exactitud de su observación. Los maestros de las decadencias y las afeminaciones voluptuosas del arte consiguen sus efectos con ropajes y paños. Ahí están los artistas del siglo XVIII, que no me dejarán mentir. El desnudo estorba para la picardía.

¿Acaso en los silencios expresivos, saturados de tedio, que guarda Espina cuando me da sesión, no he notado que el atractivo peculiar de esta mujer está en la ropa, en su habilidad para adaptarla al cuerpo, enroscar, ceñir y plegar la tela, incorporada, identificada á su persona? Revuelve y ondula tan bien las faldas, son tan cómplices los tejidos que la envuelven, que no se la figura uno, en las audaces figuraciones, sino vestida.

Bajo el ropaje de Lina Moros, su forma se exterioriza; en Espina no sé distinguir la forma de la vestidura. En esto debe de consistir el arte supremo.