La Quimera

Part 16

Chapter 163,761 wordsPublic domain

Corrida una quincena, Mariano empezó á vislumbrar una chispa de esperanza por el favorable cambio que creyó observar en las costumbres de la convertida. Clara, á la verdad, tampoco antes había hecho extremos de devoción, ni manifestado en severidades de traje y de aspecto su estado de ánimo; pero ahora parecía haber vuelto por completo á la zarabanda social. El Doctor, al espiarla, como espía, hasta sin querer, la ansiedad del cariño, notó que se dejaba llevar á reuniones, teatros y paseos por las alborotapueblos de Micaelita y su fastuosa y divertida mamá, la de Mendoza; y la ilusión de felicidad, tan agradecida al riego, que no desea otra cosa sino lozanear, lozaneaba. “He temido--pensaba Luz--cosas peores, si cabe, que la eterna separación en vida; he temido el suicidio... y me equivoqué... Puede ser que tampoco sea esto otro..., á pesar de habérmelo notificado. La vida se remedia á sí misma de un modo insensible; se lame las cuchilladas y se las cura.” ¡La vida! El médico tenía en ella fe inagotable. Á pesar de rudos embates, no había podido perderla. Vencido tantas veces por el no sér--el sér, con sus reacciones, sus energías, su potencia oculta ó triunfante, era el numen del Doctor.--Otra razón le impulsaba á confiar en que la tempestad se disiparía. Á pesar del amplia facultad de compresión que se desarrolla en los sabios observadores, Luz no comprendía la resolución de su hija: y al no comprenderla, no creía que se realizase. “Es el sexo--repetía,--es la ley fisiológica... Es la curva de la calentura del desengaño... Eso tiene su ciclo, su desarrollo fatal. ¡Monja! ¿Acaso persiste en tal idea una mujer como Clara? ¿Acaso se renuncia así á todo? ¿Suceden ahora, en nuestra época, cosas sólo vistas en libros devotos, en tallas de retablo?” Experimentaba la incredulidad del hombre en plenitud de vida ante la idea de que la gente se muere, y de que él también se ha de morir.

Le cegaba además la influencia que en su juicio ejercía la profesión. Inteligentísimo y naturalmente bueno como era, no podía alcanzar, sin embargo, más allá de lo que permitía la índole de sus serios, útiles y circunscritos estudios. Era el límite forzoso, inevitable. El sentimiento, en Luz, no alcanzaba la refinada complejidad que revestía en su hija. Tocaba, manejaba, aliviaba males y miserias del cuerpo; el dolor de lo infinito no sabía estudiarlo.

Siempre que se encontraba en presencia de ese dolor raro y sublime, lo maldecía. ¡La madre de Clara--á quien había adorado con tal vehemencia y exclusivismo--sentía ese dolor en forma de remordimiento y pesadumbre de cada hora, un reconcomio que fué minando su salud y contribuyó no poco á acelerar su prematura muerte! Recordaba el Doctor sus infructuosos esfuerzos para sosegar la pobre alma aterrada, la pobre conciencia estremecida, con un género de terror y de estremecimiento que no se originaban de haber ofendido y engañado á ningún hombre, de haber quebrantado ninguna ley humana, sino de haber olvidado lo infinito, encenagándose en felicidades de arcilla. Ni entonces ni ahora, cuando con tan patente atavismo reaparecía en la hija el espíritu de la madre, dejaba Luz de atribuir el fenómeno á la materia, menospreciada por las dos idealistas; á las leyes orgánicas que la rigen y regulan. ¡El sexo! ¡La fisiología, fuerzas vitales, actividades desconocidas de células! De este concepto de los fenómenos afectivos que sufre la mujer, dimanaba el curioso criterio pedagógico que había presidido á la educación de Clara. Al contrario de lo que se hace con la mayoría de las muchachas, á quienes se inculca esmeradamente el recato y la grave responsabilidad en que incurren al perderlo, á quienes se enseña una religiosidad que los varones no practican,--á Clara, como si la preservase de un contagio, la había aislado el Doctor de tales influencias y prevenídola contra ellas.--Á ser posible, el Doctor practicaría á Clara la extirpación de la conciencia religiosa y moral, para evitarle la tortura del escrúpulo, la protesta del ideal, el terror de la falta, la amargura espiritualista. Se vive mejor en las regiones bajas, mullidas de vegetación, del puro instinto satisfecho, que no clava su aguijón en el espíritu. “Instinto es lo que da guerra á Clara--pensaba él;--pero instinto transformado, complicado. Cuando se producen estas reacciones de religiosidad en la mujer, es que quiere olvidar amor falleciente, ó combatir amor naciente. Pero si vuelve al mundo, como está volviendo ella, es casi infalible que encuentre derivativos y vaya á la normalidad.”

No era fácil que Luz se diese cuenta de su error. Las dos almas de mujer (de las que más había adorado en el mundo), lejos de equivocarse confundiendo la conciencia y la pasión, se equivocaron al entrar en los infiernos pasionales, donde encontraron la maldita llama y los sabores de ceniza de las manzanas del Mar Muerto. El Doctor, en el transporte instintivo de su cariño, había pretendido inútilmente cerrar á Clara el camino de la gran verdad. No necesita esta verdad, que es la esencia misma de ciertos espíritus, que la inculquen ni la prediquen. Aparece, se abre paso á despecho de todo, y un día campea entre las espinas y las rosas, más alto que ellas, el tallo recto de azucena blanca. Ley tan profunda y misteriosa como la que hace germinar el bulbo de esta flor pura, se cumple al erguirse dentro la responsabilidad y la pena de haber delinquido. De esta clase de afecciones, Luz nada sabía; había procedido con Clara, por ternura y celo, como procedería su enemigo mayor. Más allá de la ciencia, el arcano de un alma superior, su exigencia insaciable, insatisfecha, se le escapaba al sabio en la doctrina de curar y preservar el organismo. Pastor engañado, por esconder á la querida cabritilla la montaña y sus alturas, la había conducido entre matorrales pinchones y desgarradores, y ahora la veía, sangrienta y jadeante, huir, huir. Invocando, sin saberlo, el auxilio de los enemigos del alma, de las fuerzas secretas del pecado, que actúan sobre la decaída humanidad, el Doctor fiaba en aquel _mundo_ donde veía agitarse á Clara otra vez, y en el cual los anhelos íntimos se extinguen, las aspiraciones hondas se calman, el sentimiento es objeto de ironía, y la vanidad, infladora de globos, lo llena todo con su aire cálido.

* * * * *

No sin gran satisfacción supo que aquel diablillo de Micaelita, y el torbellino de su madre, en quien el prurito agitante crecía con los años, se habían apoderado de Clara y la zarandeaban más que nunca. Volvían de pasar en Sevilla las ferias, y Adolfina se dedicaba á pilotear en Madrid á varias extranjeras que había conocido allí, amigas también de la duquesa de Flandes. Eran inglesas, elegantes y excéntricas, curiosas, ilustradas y fútiles á la vez. Invitadas á una comida de aparato en la Embajada Británica, se contó con Adolfina, y para el _aprés dîner_, con Clara, que se presentó, por cierto, bien prendida y más guapa que de costumbre, luciendo un traje primoroso de raso fofo azul, golpeado y franjeado de bordados zafireños, envío reciente de un maestro en costura. En aquel sarao, las extranjeras, entre las cuales se contaba la renombrada lady Mortimer, contrajeron de esas superficiales relaciones mundanas, basadas en gustos de _sport_ y en comezones de galanteo. Dos ó tres muchachos de la alta, que empezaban á olfatear el automovilismo, entonces muy exótico en Madrid, se ofrecieron para acompañar á las inglesitas en sus excursiones al Escorial, Aranjuez, Avila, Toledo, Segovia, amén de castillos y cazaderos donde las invitarían y agasajarían. Se preparaba un fin de Mayo y un principio de Junio de diversión aristocrática, entre un grupo escogido y contado.

--Figúrate--decía Clara al Doctor, que embelesado la escuchaba--cómo estará de hueca Adolfina; hasta la fecha, no había conseguido ligar enteramente con ciertos cotarros. Las inglesas le han echado un cable. ¡Ver á Micaelita entre Manolo Lanzafuerte, Julio Ambas Castillas, Lope Donado y ese lindo atlético de Werlock, el secretario de la Embajada, un Antinoo que las trae revueltas á todas! Te digo que Adolfina no cabe en su pellejo.--Van á correrla por ahí. Para la primera correría, ¿no sabes? estoy invitada.

Decíalo con un brillo de ojos y una expansión de sonrisa irradiadora, que Luz tradujo por alegría orgullosa, placer de vanidad social satisfecha.

--¿Adónde iréis?

--No está resuelto aún--contestó Clara.--Lo decidirán mañana; Adolfina ha invitado á los expedicionarios á un almuerzo en Lhardy.

En el lujoso restaurant se trazó, en efecto, entre buche y buche de _brut_ y bocado y bocado de _espuma_ de hígado graso, el programa de la primer excursión, á la cual concurrirían, además del automóvil de lady Mortimer, un magnífico Panard de Manolo Lanzafuerte, y el Mors de Lope Donado, que se prestó solícito, al enterarse de que se contaba con Clara Ayamonte. Donado, cuya fortuna tenía desportillos, rondaba á Clara desde hacía tiempo, atraído por el caudal sano y jugoso y también por la mujer, que se le había mostrado formal, quieta, reservada, en grado humillante para sus pretensiones. La conquista de Clara, por lo legal ó lo ilegal, era ya empeño, no sólo de interés, de amor propio. Contaba con la libertad, el roce y las ocasiones del viaje.

La víspera de la expedición, Clara estuvo con el Doctor derretida en cariño, cual si quisiese compensar los cortos días de ausencia anunciados.

Esto á lo menos discurrió el padre, que con tal avidez recogía, desde la decisiva conversación, los indicios del sentimiento que Clara podía profesarle. Bebió,--lo mismo que se bebe el cordial que ha de devolvernos fuerzas y en ellas la vida,--aquellos halagos dulces, aquella humildad tierna y sumisa con que Clara le dirigía la palabra; aquel afán pueril de no separarse ni un minuto de su lado, de apoyarse en su hombro, de mirarse en sus ojos, de mimarle. Luz pagaba estas demostraciones extremosamente. En su deseo de identificarse con Clara, quiso que le enseñase el traje de camino, de masculina forma, el amplio abrigo-saco color polvo, el sombrero de fieltro, donde gallardeaba un pichón con las alas extendidas.

--¿Á qué pueblo, por fin?--preguntó.

--Creo que la Mortimer quiere empezar por Ávila--declaró ella con velada voz.--Y oye: mucho sentiría tener que ponerte un telegrama llamándote para componerme alguna fractura. Porque me enchiqueran en el automóvil de Donado...

--¿Tu adorador?--preguntó Luz alegremente.

--Sí... El mismo.

--Te cuidará...

--Al contrario... Querrá lucirse como _chauffeur_, y nos estrellaremos--murmuró Clara siguiendo la corriente de la broma.--Yo tampoco soy muy prudente; me gusta llegar pronto, ¡mejor cuanto más pronto! y seguramente le gritaré todo el tiempo á Donado: “aprisa, aprisa...”

Tal es la sugestión del acento amado, que las restantes preocupaciones de Luz se borraron ante la que Clara acababa de suscitar; y lo único que oprimía su corazón al despedirse, á la mañana siguiente--al recibir un abrazo extraño, violento, nervioso, al sentir bajo el velo tupido, alzado un instante, humedad y calor de labios que se imprimían fuertemente en sus barbadas mejillas,--era la amenaza del peligro físico, la idea aterradora de un vehículo hecho astillas, gravitando sobre un montón de carne magullada y rotos huesos.

“¡Cuidado!”--suplicó.--Y Clara, silenciosamente, se desprendió temblorosa de sus brazos, bajó la escalera balanceando el saquillo de cuero en que había metido aprisa algunos billetes de á cien y una carta de letra grande, muy española, de ancho timbre, de basto papel...

* * * * *

En el coche que lleva á la Ayamonte va también Micaelita, ebria de alegría, de velocidad, de travesura y riesgo. Impelido por la presencia de Clara, Donado aprieta, aprieta; propónese “dar chaquetilla” á los otros dos autos, y sorprender á los compañeros con tener ya preparados, cuando llegasen, alojamiento y refacción en Ávila. Julio Ambas Castillas, fijándose por primera vez en que la chica de Mendoza es muy salada, bromea con ella sin cesar; supone lances terribles, accidentes fantásticos, un perro aplastado, un salto mortal, un choque con un toro de puntas. Clara, lejos de asustarse, ríe, anima al _chauffeur_.

--¡Más velocidad! ¡Toda la que se pueda! ¡Toda!

--¡Qué barbiana está!--piensa Donado.--¡Debe de ser tremenda! ¡Fíese usted! Verdad que en estos viajes es cuando se descubre á las personas. Es, de seguro, una grande, insaciable y valerosa enamorada.

Volaban sin el menor tropiezo, yendo el recorrido lo propio que una seda. Los carreteros y trajineros miraban atónitos al artilugio trepidante, que respiraba con resuello de monstruo y que ni tiempo les daba á enterarse de su hechura. Volaban; los grises poblados, las casuchas aisladas que, como arenas de sal, granean los desiertos de Castilla, las áridas llanuras, los chaparrales y robledos de polvoriento verdor, los trigales frondosos salpicados de gotas de sangre viva por las amapolas, desaparecían apenas entrevistos, mientras el aire torrencial se metía en los pulmones, sofocaba á fuerza de impetuosidad. Ya el paisaje cambia de carácter: la crestería azul de la sierra se dibuja en dentelladuras más agudas, y sobre la inmensa, ilimitada aridez del resquebrajado terruño, ruedan sueltos los gigantescos cantos, recordando desparramados proyectiles de una batalla de titanes. Micaelita, un momento, se asusta de aquel ceñudo y sombrío fondo.

--¡Parece una lámina del infierno de Gustavo Doré!

Ya están al pie de las murallas de Ávila. Seguros de haberse adelantado, moderan el paso para entrar en la ciudad melancólica, adormecida. Su llegada la alborota: la gente sale á las puertas para ver el artilugio, vivo contraste con cuanto la ciudad representa. Delante de la fonda se junta una piña de curiosos, de admiradores, de mendigos, de viejas que columpian la cabeza, se santiguan, desaprueban y rezongan, maldiciendo de inventos y novedades. Es el primer automóvil que ha llegado á Ávila de los Caballeros, á Ávila de los ascetas y los santos, á Ávila del éxtasis; y Donado, haciéndolo notar entre chanzas, habla de banderas como las que los alpinistas suizos clavan en ventisqueros inexplorados.

Cuando después se comentaron las mínimas particularidades de la expedición, que, según lady Mortimer, había de ser para ella inolvidable y digna de referirse en Inglaterra por su carácter eminentemente pintoresco y emocional, español neto, fijáronse en la circunstancia de que Clara, después de recluirse en su habitación una media hora, para quitarse el polvo y arreglar traje y peinado, descendió al comedor de la fonda, que está en la planta baja, y allí, pacientemente, esperó la llegada de los demás expedicionarios. El automóvil de Lanzafuerte quedaba atrás, no se sabe con qué avería. Pero Clara vió bajarse del de la Mortimer á Adolfina, que venía hecha una breva y transida de miedo, y la dijo en tono natural.

--Ahí arriba tienes á tu hija. Está aseándose. Te la he guardado bien.

Y, cambiando algunas frases de cortesía y cordialidad con las extranjeras, subió otra vez á su cuarto. Minutos después bajaba atusada, de abrigo, de sombrero, arrollado al cuello un boa de plumas. Los compañeros de viaje, ó se embellecían recogidos en sus aposentos, ó daban instrucciones á los mecánicos. Clara, en la primer calleja, tomó de guía á un pilluelo, á quien cargó con su saco.

--¡Al convento de Carmelitas descalzas!

La presentación de la carta del Obispo á la Abadesa hizo que la tornera franquease de par en par el portón, rechinante de vejez y herrumbre.

--Nuestra Madre está en el coro--dijo solícita.--Pase; en seguida acaban.--Y las hojas de la puerta volvieron á cerrarse, la llave y los cerrojos á asegurarlas, archivando el arcano de Clara, celando entre sus valvas tristes y ásperas de ostra criadora la perla sentimental.

--“¡Clara, esposa mía! No te detengas: ya declina la tarde...”

* * * * *

(_Hojas del libro de memorias de Silvio Lago._)

_Junio._--...¡Merece consignarse! La Ayamonte ha entrado en un convento.

Y lo hizo de un modo original. Formaba parte de la expedición de automóviles--creo que la primera organizada aquí,--en obsequio á lady Mortimer, inglesa muy _smart_, á quien voy á retratar por recomendación de la Flandes, que empieza á lanzarme para mi futura campaña de Londres.--Dicen que Clara iba animadísima, con traje de camino, velo enorme y antiparras abultadas. Hasta aseguran que flirteaba con Donado, en cuyo vehículo hizo el viaje.

Donado batió el record; Lanzafuerte se quedó detenido en una venta, con averías, gracias que no en los huesos. Al llegar á Avila, término de la expedición, Clara subió á arreglarse; apenas llegaron los otros expedicionarios, salió sola y se fué disparada al convento de las Carmelitas. Parece que á prevención llevaba una carta del Obispo para la Superiora, y desde dentro escribió dos: una á su cuñada, expedicionaria también, para que no extrañase; otra á su padrino, despidiéndose. Por cierto que cuentan que está como loco el padrino. Ahí había algo más que padrinazgo.

Á mí, no me ha escrito la romántica novicia.

Encuentro de buen gusto no hacer aspavientos antes de poner por obra una determinación como esa; y me es simpático que Clara huya de las Órdenes modernas, y no quiera ser de las monjas correnderas, que pisan con zapatos gordos, á las cuales nos encontramos en el tranvía y en el ferrocarril, y sabemos que cuidan á los viejos catarrosos ó se dedican á moralizar á las criadas de servir, lo cual será muy santo, pero es pedestre. No; la pálida Ayamonte necesita el ambiente contemplativo, el misterio de las monjas reclusas, de huerto y coro. Su poesía lírica reclama este fondo, en que tanto hay de arte. He de ir á Avila sólo para mirar las tapias y las rejas del convento, donde, probablemente por mi causa, vive dichosa una mujer.

¡Sí, señor; dichosa! ¿No tejemos la felicidad con el hilo de nuestros sueños? ¿No es el mundo quien rompe y mancha el tejido? Clara, ahora, libremente, extiende y goza la rica tela, que debe de parecerse á los bordados góticos de las casullas de Toledo. (¡Los he visto anteayer! ¡Vaya unos bordaditos!)

Envidio á Clara. _Se ha realizado._--Por ahí no se habla de otra cosa. La gente anda desorientada. Sospecha, olfatea; pero, en su egoísmo superficial, no ahonda.

Sentiría, la verdad, encontrarme con el Doctor Luz.

De todos modos, ¿qué reproche, qué acusación podría dirigirme?

He procedido bien; he rehusado una fortuna que tentaría á muchos; y, sin embargo, no estoy tranquilo.

Fuerte lazo nos une á aquellos que padecen por nosotros. Líbreme Dios de tratar de ver al Doctor; acaso no vuelva á tropezarme con él en la vida; y, sin embargo, él y Clara existirán para mí, con existencia más real que la de personas á quienes todos los días hablaré. Un hilo invisible, una corriente secreta va de mí á esos dos seres, en cuyo destino he influído tan activamente. Por eso me empeño en creer que Clara es feliz... en su convento, soñando.

* * * * *

Esto no es drama, sino pasillo de risa.

Estoy en el pináculo de la moda. El ahogado runrún relativo á Clara; el probable encargo de Palacio; el retrato de la Flandes, son causa de que se disputen la vez para posar las bellas. Las enemigas que tengo--la Camargo y la Calatrava,--en honor de la verdad, no se han ensañado, quizás porque el odio es una energía incompatible con las vanidades y futilezas. Me llueven encargos; tengo que engañar, como las modistas.

Con exigencia inmediata se me presentó la condesa de Imperiales, y el aplazamiento exaltó su antojo: su amor propio entró en juego. Porfió, rogó, casi lloró; y yo, no sé explicar la causa, me aferré en no darla turno hasta dentro de dos meses.

--Si no puede usted retratarme en seguida--suplicó ella entonces,--_por lo menos_ véngase usted á almorzar conmigo mañana, en confianza enteramente.

Como voy siendo (lo noto y no lo puedo remediar) algo fatuo, se me figuró... Se hinchó más mi fatuidad, cuando vi que habíamos de almorzar en _tête à tête_. La Imperiales estaba dislocada, nerviosa (eso lo nota siempre quien no es lerdo); apenas comía, hablaba salteado, sufría distracciones y me devoraba con los ojos, á hurtadillas. Es mujer todavía guapa, morena, de tez limpia de artificios de tocador. Sobre su labio, un dedo de bozo la hace vulgar. Sospecho que el bozo este, que amenaza subirse á mayores con los años, ha tenido la culpa de que yo no la quisiese retratar pronto.--Estaba vestida con alta coquetería, con ciencia de lo que conviene á su tez: funda azul pálido muy incrustada de encajes rojizos rebordados de perlitas, entre las cuales flojeaban hilos de amortiguado oro. Dos pesados borlones bizantinos, de perlas verdaderas, colgaban de los remates de su estola.

Confirmó mis suposiciones el estudio de este traje.--¿Qué fué cuando, bebido el último sorbo de café, dada la última chupada al cigarro turco, se levantó, me hizo seña de que la siguiese, y, atravesando salones suntuosos, me condujo á un gabinete en figura de rotonda, con cierre de cristales, que es una diminuta estufa llena de plantas raras? ¿Cuándo vi que cerraba la puerta y daba dos vueltas, firmemente, á la llave? Por fortuna, no cometí la ligereza de corresponder á tan extraña acción con hechos ni dichos, á mi parecer, adecuados. ¡Si lo hago, me luzco!

Apenas encerrados, la dama se volvió hacia mí, y con ademán expresivo señaló á una mesa. Miré, y distinguí hacinados un caballete, una caja de colores, rollos de papel, tableros: los chismes del oficio, nuevos, flamantes, excelentes--(me pertenecen ya, me los ha enviado al taller). En voz emocionada--voz que salía de muy hondo--ordenó la señora:

--Á sentarse, á retratarme ahora mismo; la luz es buena... ¡Sin objeción! ¡No la admito!

Mal repuesto de tal sorpresa, empecé á presentar dificultades: absolutamente no podía; me esperaban en mi taller á las tres y media; me comprometía á volver pronto; daría á la Condesa, sin dilaciones, hora en mi casa, pues tal era su empeño... Pero ella, colocándose delante de la puerta en la actitud de la Valentina de _Hugonotes_, abriendo los brazos, echando lumbre por unos ojos españoles todavía muy flecheros, exclamó:

--¡De aquí no sale usted, así sean las cinco de la madrugada, mientras no me haya retratado! ¡Que no sale, he dicho! Á menos que emplee la fuerza... Á menos que me pegue...

La situación no era para tomada por lo trágico. Mejor reir. Ella también reía, con enervante risa, que la obligó á sentarse, á secarse los húmedos ojos. No aproveché el momento para hacer girar la llave y zafarme del compromiso. Decidido, me instalé ante el caballete, busqué la mejor luz, preparé los trastos. En la vida hice retrato con más facilidad, ni encajé tan á gusto, desde los primeros toques de color, la figura. La Imperiales, extasiada, repetía:

--No se preocupe porque hayan ido al taller y no le hayan encontrado. ¡Mejor! Volverán más entusiasmadas al día siguiente. Las mujeres somos así. Yo, si usted me concede el retrato cuando fuí á pedírselo, ¡pchs!, ni me da frío ni calor... Desde que me lo aplazó hasta sabe Dios cuándo, le aseguro que me entró una especie de manía, un afán tan desmedido, que si no lo consigo creo que caigo enferma. No he sentido nunca, en los días de mi vida, en _ningún caso_, emoción como al prepararle esta encerrona... Fíjese: los peluqueros y los modistos más insolentes son los que más partido tienen y más caro cobran. ¡Hágase desear! ¡Remóntese!... ¡Sea inaccesible... ahora que yo logré mi capricho!

* * * * *