La Quimera

Part 15

Chapter 153,854 wordsPublic domain

Quiero mieles, para mi boca seca de amargura.

Atrás los remedadores de vida. Vuelvan á la muerte y á la nada.

Les sostenía mi flaqueza, mi gozo, mi esperanza, mi frenesí.

Y cuando resuelvo enviarles otra vez á su reino irónico de mentira, oigo que el imperceptible murmullo musical forma acentos balbucientes, palabras rotas, que reconstruyo y que se escriben en mí con tinta de oro inflamado.

“Para gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada.

Desnuda tu espíritu: hallarás quietud.

Apaga tu fuego: llama muy bella y activa se alzará después.

Avanza en la obscuridad: tienta con las manos: si caes, levántate y prosigue.

Séate dulce que corra sangre de las rodillas despellejadas.

No tengas miedo.

En la obscuridad palpita y se estremece tu destino.

Te llaman, te llaman, te llaman desde las tinieblas amasadas con rayos obscuros, como los que atravesaron tu carne y te mostraron tus huesos, tu verdadera figura, la duradera.”

SEGUNDA MEDITACIÓN.--LA ESCALA

Desnudo está ya mi espíritu, y sigo andando, andando. Entre la compacta negrura que me cerca, mis pies tropiezan con una escala; mis dedos se agarran á los montantes de hierro, duros, polarmente fríos, y empiezo á trepar.

¿Y si la escala no se apoyase en cosa alguna? ¿Y si bamboleándose conmigo, me precipitase al abismo, donde corre el torrente?

Apenas lo pienso, trepida la escala, luego pavorosamente se balancea. Oscila, oscila como un péndulo, y oigo el acompasado retemblar de una campana al golpe del badajo--campana rota, que no suena y vibra.

Me rehago. Me resigno á caer. La escala no bambolea ya.

Sigo la ascensión. Peldaños, peldaños, la sensación de la enorme altura. Vértigo y en las palmas hormigueo, que tienta á abrir la mano y á soltar los montantes. La escala oscila otra vez.

Me rezuma de cada pelo una gotita glacial. La piel de mis manos se ha quedado pegada al hierro raspón.

Y al dolor agudo noto mayor ansia de subir, de continuar, de engarzar peldaño con peldaño y tormento con tormento.

Aún no estoy en la cima.

Subo, trepo, me arrastro; alzo el pecho á manera de serpiente pisoteada y malherida.

Me detengo, porque se me va el sentido y la fuerza se acaba.

Y entonces advierto que he llegado.

¿Adónde? Se me figura estar al pie de un muro colosal, hecho de tinieblas sólidas.

El muro tiene una puerta; la palpo y advierto la resistencia resonante del bronce. Y en mí brota una voluntad de bronce también; pero ardiente como el bronce cuando corre por canalejas, derretido, en la fundición.

La voz tenue, balbuceadora, musical, me insinúa:

“La materia es limitada; pero no hay límite para ti.

Tú eres árbitra y entalladora y cinceladora de ti misma.

Elige.

Podrás degenerar en las cosas inferiores como los ciegos, y podrás transformarte en las superiores y divinas.

Si cultivas tu cuerpo, crecerás como planta; si tus sentidos, te revolcarás como bruto; si tu razón, serás como los hijos de los hombres; si tu inteligencia pura, como los ángeles; y si volviendo á tu centro te abismas en él, serás espíritu feliz.

Ni á murmurarte me atrevo lo que serás. Arcana es la palabra, arcano el presentimiento.

Déjate morir, y en el mármol de tu cadáver entalla tu estatua nueva.

Así que tenga forma, un soplo de amor la animará.

Y sólo entonces, bajo el soplo amoroso, conocerás que has resucitado”.

Sin aliento y sin ánimo me dejé caer ante la puerta de bronce.

El amor es ponzoña de víboras, pensé, y mi corazón está hinchado y negro porque no se recató de la mordedura.

Gangrenadas tengo las entrañas, y en mis venas corre el veneno de su descomposición.

“¡He pecado, he pecado, he pecado!”

La puerta entonces, majestuosamente, giró sobre sus ejes sonoros.

La sentí abrirse de par en par, y el aire que conmovieron sus magnas hojas me refrigeró, aliviando mi calentura.

La voz cantaba esta himnodia:

“Desde hoy ese corazón graso y pesado y que mordió el áspid va á serte extraído, y en su lugar te pondré otro leve, transparente, de diamante y llama; y con él amarás amores desconocidos, ternuras mozas, de aurora y de primavera en floración.

Abierta está la puerta; crúzala. Descubre el pecho, te lo sajaré, y verás cuán dulce es de recibir el corazón niño, cofre lleno de perlas que rebosan”.

Y franqueé la puerta, y todo seguía siendo sombra, pero sombra tibia, cruzada por soplos de brisa como la que viene de agitar ramas de árboles bañadas de sol. Descubrí sin desconfianza mi pecho, y sentí como si me arrancasen todo lo encerrado dentro de su caja y lo arrojasen lejos de mí.

Y en vez de padecer desfallecimiento, mi respiración fué más tranquila y mi cansancio se disipó y mis pies heridos se curaron.

Veía mi nuevo corazón como había visto el antiguo, al través de una placa de cristal; pero éste no palpitaba: lo veía quieto, sin bullicio de sangre, alumbrado por una lámpara inmóvil, muy pura.

Y me dejé caer al suelo, que era de pradería tapizada de flores. Mis manos se hundieron en lo mullido y quedaron impregnadas de buen olor.

TERCERA MEDITACIÓN.--LAS LÁGRIMAS

Y lloré copiosamente, de alegría.

Según lloraba, decía muy alto, á fin de que me oyesen:

“Al quitarme mi corazón viejo, pesado y graso, debieran quitarme también este cuerpo donde anidaron los áspides y sobre el cual pasaron los fríos reptiles.

Quisiera perder estas manos y pies que los clavos no atravesaron, que no se endurecieron ganando pan ni se helaron esperando á la puerta del rico.

Quisiera un cuerpo transido, paralítico, acardenalado, ulcerado, de nervios retorcidos por la enfermedad y maceradas y marchitas carnes.

¡Quién se viese en el rincón de un pórtico, envuelta en raída lana, tendiendo la mano, recibiendo el escarnio ó la moneda!”

Y la voz de armonía susurró:

“Todavía los sentidos te obscurecen la llama de la lámpara interior.

Los clavos atravesarán tu espíritu, y el dolor será más agudo.

Los padecimientos y miserias de tu alma, peores que si atacasen tu envoltura mortal.

Has tendido la mano pidiendo socorro de bondad, y has sido despreciada, y la escarcha de la noche ha envarado tus miembros.

Has palpitado de sufrimiento; en la tortura has gritado.

Has padecido injusticia, y has tocado con la mano la concupiscencia y la bajeza y la dureza humana.

Y todo eso te ha macerado en mirra para resucitar de la sepultura”.

Bajé la frente y supliqué:

“Un deseo consume á mi nuevo corazón.

Quisiera saber dónde está el aroma, porque á mí misma no me puedo sufrir; despido hedor.

¿Dónde se encuentra el nardo precioso?

¿El nardo espique, el nardo de Judea?

Mientras huela así mi vida pasada, creeré que estoy muerta y que soy como el desventurado á quien he visto ayer corriendo á caballo. ¡Cosa extraña, pues muerto está!

Dime si quieres tú que viva esta pobre mujer, ¡oh infinito, hacia quien voy, pisando eso que tanto les envanece, eso de que se pagan, eso que les pudre todas las flores, eso que llaman cordura!

Cuando tú, ¡oh infinito!, me saques del foso profundo, hagan de mí lo que quieran aquellos que tienen forrado de grosura el corazón.

¡Ellos, del corazón, son ciegos y necios, aunque tienen los ojos claros!

Mi corazón ve; y porque ve, lloran mis ojos.

Lloran sin hincharse, lloran sin enrojecer, lloran invisibles lágrimas.

Me baño en un lago tranquilo, del país donde se llora callando.

Este lago de lágrimas y perlas no tiene orillas en cuanto mi vista alcanza.

Y cuando pregunto quién ha vertido tanta lágrima, la voz me contesta que son las lágrimas ocultas, que corrieron hacia dentro, que no quisieron hacer barro, y que son más hermosas que las descaradas en gritos y sollozos.

Porque las margaritas no se arrojan al camino para que las pisoteen animales inmundos, y lo mejor del espíritu no se comunica en la plaza.

Y estas lágrimas secretas hierven al sol del infinito querer, y abrasadas se vuelven fuego.

Como el vino, embriagan, y sostienen como la ambrosía.

Estas lágrimas son ruegos mudos; deseos, ansias, flechas rectas al blanco; estas lágrimas ungen, ablandan, punzan, mueven y fuerzan.

Son la bebida que aduerme y son el rocío sobre la tierra seca, surcada del escorpión.

Al caer ellas en lo árido, verdea y cría espiga.

Acrecienta, mujer, el lago maravilloso, baño de palomas, baño del Serafín.

Cada lágrima te acerca á mí un paso; y según lloras, gemas irisadas por luces de felicidad van recamando tus vestiduras nupciales”.

CUARTA MEDITACIÓN.--CANCIÓN DE BODAS

Apenas entré en el lago, cayóse mi vieja piel, mi piel de serpiente.

Angel me creía en mi orgullo, y serpiente era.

Mi nueva piel blanquea como el lino lavado y asoleado, y las lágrimas adheridas á su superficie me visten enteramente de una túnica de gemas finas, de oriente suave.

No merezco esta vestidura de fiesta real.

Ahora, el infinito se me aparece en su verdadera forma, que es amor, y con su reverberación se enciende el caos y resplandece.

¡Cuánta iluminación!

Nace el amor, se ceba en la infinita hermosura, crece la llama, cobra ímpetu irresistible; nada queda que no se transforme en él.

Ya está hecha la unión, atado el lazo.

Amor, no te conocía. Te buscaba entre muertos, y vivo estás.

Te confundí con sombras, y la luz es consubstancial contigo. Te encerraba en mí, y ahora en mí no estoy yo; está el eterno amante.

¿Dónde me esconderé que no me roben este bien sumo? ¿Dónde celo esta ventura, que no le hagan las brujas mal de ojo? Porque el mundo es corrosivo al amor, y lo disuelve.

Si ven mi rica túnica de lágrimas emperladas, robarla querrán. Moverán las cabezas los necios del corazón, y dirán sentenciosos: Enferma está, trastornadas tiene las facultades.

Y á mi túnica nupcial pondrán asechanzas.

Mi hermosura ofenderá su vista.

Me ha dado el eterno amante un resplandor de rostro, un aderezo, que lo ha vuelto más cándido que los jazmines; blancura de humilde fe. Me ha puesto más colorada que el rubí espinelo; porque el calor del amor me enciende y aviva mi esperanza.

Las caras de los que viven en el mundo me son odiosas; yo conmigo y con el que se ha apiadado de mi larga pena.

Yo conmigo y con el que no miente ni revuelve en su boca engaño y falacia.

Ya sin mí, pues he de darme tan por entero que no me quede ni sombra mía.

Ni la que era soy, pues ya donde encovaba el dragón nace junco y espadaña, y en el alma sin refrigerio de gracia brota la esperanza tan verde.

No me conocerían los que saliesen á cerrarme el paso: he cambiado del todo, y mi habla también. Me tendrán por extranjera, y ellos ya no saben la senda por donde se va á mi morada.

¿Qué tenían tus otras esposas; dímelo, eterno y leal amigo á quien voy? No más de un alma; un alma también.

Con la misma dote nos recibes, con igual ajuar.

Hiéreme á mí como á ellas las heriste, con llaga que no tiene cura.

Hiéreme hasta que salga de mí misma y me disuelva en ti y en tu regalo.

Hiéreme con la entrañable herida.

No me arañes la piel; hiere en lo central y hondo del alma, y quema y haz cenizas cuanto no eres tú.

Si aún queda algo ajeno á ti, purifica con el cauterio ese residuo.

No he de ver sino tu faz, que es el sol.

No sufres tú que me reparta; no cabe ni lo más limpio si te quita un átomo.

Ni el amor tolera reparto; que si no es todo, no es amor.

Y si permites que así te quiera, dame fuerzas para llevar el peso del bien, á mí que soy débil y caigo rendida.

Si me levanto de noche y te busco y no te hallo, podré creer que tú también me abandonaste.

Y no serviría que yo por ahí preguntase: “¿Habéis visto al que deseo?” Porque la gente, divertida en pensamientos de vanidad, no me entendería, que no sabe lo que es amor.

Tendrías que volverte y llamarme por mi nombre, con silbo de zagal á oveja muerta de cansancio.

¿Qué es esto? ¿Mi nombre pronuncian?

¡No hay duda, mi nombre; la música deleitosa del nombre propio dicho con acentos de amor!

“¡Clara! ¡Clara mía!

No te detengas, esposa: la tarde declina, brillan las hogueras en las majadas.

No te detengas: el lobo se prepara á salir de su escondrijo.

No te detengas: yo aguardo en la linde del bosque, y mi casa está enramada de rosas purpúreas, cuyas espinas te clavaré para que gimas de dolor celeste.

¡No te detengas, apresúrate!”

* * * * *

La Ayamonte, que tenía la cabeza recostada en la diestra y el cuerpo lánguido reclinado en la meridiana de raso gris, moteada de botoncitos plata, se incorporó súbitamente, respiró con ansia y dijo casi en alto: “Es hora. ¡Algún día había de ser, Dios mío! Tú sabes que esto es lo único que me cuesta trabajo”.

Esparció la mirada alrededor. La habitación, puesta con coquetería, con intimidad, con esa gracia viva que revela juventud, era una especie de tocador-biblioteca; sus dos rasgadas vidrieras caían á la calle. Una credencia dorada, de cajoncitos, sostenía Talaveras henchidos de rosas y lilas blancas, acostumbrado regalo matinal del Doctor Luz. El sol de Mayo, radioso, entrando por la ventana abierta, avivaba los tejuelos de las encuadernaciones de los escogidos libros de poesía y mística, alineados en estanterías bajas de madera de limonero. Un primoroso retrato francés, de dama empolvada y profanamente descotada, sonreía con iniciativo melindre, á plomo sobre la meridiana recargada de fofos almohadones con espuma de encajes y hopitos de cinta: “la jaquequera” según Micaela de Mendoza. Y en un ángulo de la estancia, descansando en grácil estela alabastrina ornamentada de bronce á cincel, el grupo delicadísimo de Psiquis y el amor se enlazaba, blanco y casto en medio de su transporte. Los muebles, el decorado, sonreían, halagaban, alejando toda idea de ascetismo. Nada menos ascético, más mundano que el atavío de Clara. Aunque para salir á la calle la Ayamonte vestía con lisura, sin picantes y especias de ultramoda, dentro de su casa era refinada, y pendían en su ropero vaporosos _deshabillés_, y en sus armarios se apilaba un ajuar exquisito, nivoso. En aquella mañana, el crespón de China color rosa te de su _vatteau_ se plegaba incrustado de rombos de amarillenta _guipure_ antigua, y calzaban sus estrechos pies chapines de raso sobre medias de seda, transparentes de puro caladas y sutiles. Sin saber por qué, al romper á andar, este detalle de indumentaria fijó la atención de la ahijada del Doctor Luz. Se diría que era la primera vez que notaba la extremada sutileza de sus medias. Pensó: “El pie casi desnudo, el pie descalzo, puede decirse”. Y sonrió de un modo involuntario.

Salió de su habitación, y por angosta escalerita de caracol, reluciente de frotaje, de enterciopelada barandilla, bajó pronto al otro piso, á las habitaciones del médico; atravesó la sala de confianza donde se reunían de noche, y se detuvo un minuto antes de pegar con los nudillos en la puerta del despacho. Su respiración se apresuraba, su garganta se cerraba, y repetía para sí: “No hay remedio, no hay remedio”.

--¡Entra, Clara, criatura!--dijo la franca y simpática voz del Doctor.

--¿Estás solo?

--Ya no--respondió él cariñosamente, abriendo y haciendo los honores. Sin conceder tiempo á ninguna zalamería, imperiosamente, la dama exclamó:

--Da orden de que no recibes á nadie. Tengo que hablar contigo cosas reservadas.

El Doctor se estremeció. Temblón de pulso, hirió el timbre y, al asomar el criado, formuló la orden. Clara esperaba, flechada la voluntad, procurando la calma de las conferencias supremas.

--¿De qué se trata?--preguntó con cierta dignidad Mariano. Su voz se había quebrantado un poco, y su sangre refluía al corazón, en oleada de angustia.

--Quiero que lo sepas antes que nadie, como es natural. Aunque soy árbitra de mí misma y no es un consejo lo que vengo á pedirte, padrino,--á ti sólo confiaré que voy á tomar estado...

--¿Estado?,--repitió él, sin comprender. ¿Qué novedad era aquella? ¿Se habría arreglado lo de Silvio?

--Estado... Voy á retirarme á un convento.

El choque fué violentísimo. Luz brincó de sorpresa en el sillón, que había recibido, en dilatadas horas de trabajo y quietud, la impronta de su cuerpo. Sin embargo, algo parecido á lo que oía se le había venido á las mientes en los últimos tiempos, y determinaciones más trágicas había recelado. Formas del no ser temía para Clara: ésta, sólo como una centella de extravagancia le había cruzado el cerebro. Le asombraría quien le recordase que él mismo había enseñado á Clara la definitiva verdad, la verdad mística por excelencia, en un experimento modernísimo de laboratorio.

Sobresaltado, Luz despotricó como un demente.

--Vamos, ya te pescaron, ya hicieron presa en ti... ¡Tus frecuentes salidas de esta temporada eran á la iglesia, y allí habrás tropezado con algún cura ó fraile listo, con un intrigante!... La mujer es materia dispuesta para tales cosas... Ea, sepamos el nombre del embaucador; ese no desconoce la cuantía de tus rentas...

Fruncido el entrecejo, desdeñosos los labios, Clara pronunció con lentitud categórica:

--No me crees tú capaz de mentir. ¡He ido á la iglesia espontáneamente, porque... se me ha ocurrido; he resuelto lo que he resuelto, antes de haber cruzado palabra con nadie acerca de... de estas cuestiones; me he arrodillado en el confesonario ayer por... por primera vez, desde hace años! Y _allí, allí_ mismo, no he dicho palabra de mis planes. Ya quedas enterado, ya sabes tanto como yo.

Luz se cogió desesperadamente la cabeza entre las manos, silencioso. Apoyaba los codos en el tablero de la mesa, atestada de papelotes y libros, y su pelo revuelto, desbordándose de los dedos convulsos, que se incrustaban en el cráneo, le daba semejanza con una figura plañidera de titán aherrojado, vencido.

--Vamos, un poco de valor--murmuró Clara...--¡Yo te querré igual desde... desde allá, padrino! ¡Sólo por ti sentiré dejar el mundo, que ya sabes que vale... bien poco!--añadió con repentino alarde de humorismo, llegándose al Doctor é intentando besarle en la frente, cubierta por los mechones de la melena.--Luz se retrajo con una especie de gemido, y al separarse los dedos, pudo ver Clara los ojos, á la vez húmedos y ardientes, la cara desencajada de dolor.

--Imposible parece que tú...--murmuró; pero el Doctor, brusco y enloquecido, la rechazó, haciendo un ademán insensato.

--¿Yo? ¡Sí, yo debo alabarte la ocurrencia! De ingratos estaremos rodeados siempre; de ingratos, de sordos, de impíos. ¡Vete, vete! ¡Déjame abandonado, á mis años, con el recuerdo de penas muy crueles, que no te he contado jamás! ¡Déjame, destrozado, al borde del camino, y vete á cantar cánticos! ¡No tienes nada debajo del lado izquierdo del pecho, ni me has querido en tu vida!

--Tranquilízate, padrino mío, por favor--repitió Clara dos ó tres veces, como si aquella invitación á la tranquilidad se la dirigiese á sí propia. Luz proseguía, desatado:

--¡Yo no he antepuesto nada á ti! Hasta mis aspiraciones á dejar mi nombre unido á algún adelanto, me importaron menos que tu bien. ¡Ya ves si te quiero! Todo por ti... ¿Tienes algo de que acusarme? ¿He mostrado egoísmo nunca?

--¡Te estoy agradecida... infinitamente agradecida!... No me pesa sino afligirte... Si no me has enseñado á conocer á Dios, padrino, ha sido... porque creíste que no lo necesitaba. En eso te equivocaste, pero sin mala intención. Cuanto pudiste y supiste, otro tanto me diste. ¡Mi... misma conversión es obra tuya!

Luz se levantó, echó atrás su melena leonina, y súbito envolvió á Clara en los poderosos brazos, apretándola hasta sofocarla.

--Te digo que no te irás--balbuceaba, perdida del todo la serenidad que su guerrera profesión y sus hábitos de labor científica le habían infundido siempre.--¡Te digo que no te irás, que no te apartarás de este viejo, que tengo el medio de que no te apartes! ¡Y no lo harás, no me dejarás solo, aunque te hayas vuelto tigre! Clara, Clara... ¿Cómo no lo has sospechado? ¿Cómo no lo has adivinado? No se trata de abandonar en sus últimos años á tu padrino, á tu tutor... Soy tu padre. ¿Lo oyes? ¡Soy tu padre! ¡Tu verdadero padre, el que te ha engendrado, á quien debes el ser!

Ella no dió un grito ni trató en el primer instante de desenramarse de los brazos... Dijérase que, sin saber aquella verdad atroz, la cobijaba en la conciencia, y sentía que perturbaba el culto del pasado, el sagrado culto de los muertos, el primitivo. Por algo habíale sido indiferente siempre el recuerdo del padre presunto, cuyo nombre tantos años llevó; por algo á la memoria materna había dedicado no sé qué nostálgica ternura, más de compasión que de veneración. Comprendía ahora la causa secreta de su especial manera de sentir, de sus exaltaciones pasionales, incorporadas á la masa de la sangre hereditariamente, desde las entrañas que la concibieron entre remordimientos y temblores, en hurto y delirio; y tan hondo se le había hincado ya á Clara el dardo de su nuevo espíritu, que su primer pensamiento fué para el alma de su madre, impurificada, separada del cuerpo antes de la expiación.--“Yo expiaré por ti...”--Y despacio, sosegadamente, anegada en llanto, llorando la culpa ajena, se desvió del médico.

Luz se engañó respecto al manantial de aquellas lágrimas y se precipitó suplicante.

--¡Tu madre era muy buena! Mejor, mejor que cuantas mujeres he conocido. Sólo respeto merecía; si alguien procedió mal, fuí yo. Es decir... mal no procedió nadie... De esas cosas... Si me permites que te refiera...

Clara hizo un ademán de infinita nobleza: extendió la mano y la apoyó abierta sobre la boca anhelosa, barbuda. El padre la devoró á besos ávidos.

--¡Ni palabra!... ¡Ni palabra! No soy yo quien ha de tomar cuentas, no soy yo quien puede acusar ni excusar. Mi madre era más buena que yo; sabes que no lo digo por hipócrita afán de rebajarme. Soy indigna de mi madre y también de ese cariño tuyo. ¿Ves cómo el mundo no es mi puesto? Perdóname. ¡Perdonémonos! Necesito ser perdonada.

Al hablar así la Ayamonte, pagó al autor de su vida el abrazo. Aquellos dos seres, unidos por el más fuerte vínculo--una misma carne, dos espíritus de esencia tan distinta,--permanecieron buen trecho abrazados, enviándose calor de consuelo contra el frío de la inevitable desgarradora escisión. Y cuando Clara, deshecha en suspiros y en sollozos se desenraizó y traspuso el umbral, Luz no hizo nada por detenerla. Se echó en el sillón de nuevo, idiota de estupor y de espanto, pesaroso ya de haber dejado volar su secreto, ave sombría, por la ventana de la boca.

* * * * *

Los primeros días que siguieron á la grave confidencia fueron de tregua; de esos períodos en que el destino parece detener su paso y dejar que nuestro existir corra indiferente. Ni Clara ni Mariano Luz volvieron á referirse á lo hablado: lo evitaban como se evita tocar á dolorosa llaga. Extremaban, en cambio, recíprocamente, las consideraciones afectuosas, llegando á la exageración, síntoma peculiar de ciertas situaciones difíciles; se diría que en archisensible balanza pesaban las palabras y hasta los gestos, por no provocar conflictos. Había dejo de tristeza y honda preocupación en dichos y hechos, pero disimulado con atenciones, por parte de Luz, más que nunca amante; y por parte de Clara, con respeto y significativa dulzura.