La Quimera

Part 14

Chapter 143,978 wordsPublic domain

Gesto de asentimiento mío. ¡Seguramente, no se me habría ocurrido cometer ninguna incorrección en Palacio! Las palabras (bien intencionadas y bondadosas, sin embargo) de la rica hembra, me recordaron la distancia entre el mundo del cual procedo y el mundo en que las circunstancias me sitúan. He entrado en él tan de golpe; mi facultad de adaptación me ha permitido de tal modo, desde el primer momento, salvar escollos, que me mortifican advertencias como las que acaba de dirigirme esta ilustre señora. No saben hasta qué punto soy yo hábil; ¡si soy un sofista griego en Roma! Esta índole especial también suele indignarme. Sería vigor conservar la bravía y rugosa corteza del proletariado bohemio, y no he tardado un día en soltarla. ¡Ya la perdí en Buenos Aires, desde mi transformación de obrero en retratista! Allí también anduve entre señoras, más pacatas, por cierto, que las de aquí. ¡No; no oirán de mis labios ni verán en mí esas blancas niñas reales cosa que pueda arañar la superficie de su candor! Seré para ellas un mudo y respetuoso mecánico del retrato, que vierte en el papel líneas y tonos con inmaterial desinterés, como se copia á las imágenes. No posaré mis ojos en las dos lises adolescentes sino para sorprender su forma, que tiene la ingenua y casta sequedad de las figuras de santas de los primitivos. Á ser posible, gustaríame incluirlas en un díptico, y con aureola.

La Flandes se retira, después de convenir en que volverá mañana á las once--ésta es de las que madrugan y hacen vida activa, oreada,--y en que el domingo iré yo á almorzar á su palacio, para ver su Ticiano, sus tapicerías, sus tesoros de arte. Una vez más sufriré la decepción de que ante la pintura antigua (hecha con los jugos y esencias de edades más estéticas, y que sólo por recordar esas edades ya excita la imaginación y la puebla de bellas sugestiones), nuestra pintura actual desciende muy bajo.

La invitación de la Flandes me halaga de pronto: al cabo es la primer casa de Madrid, después de la que domina la Plaza de Oriente; pero soy de tal madera, que apenas me solivianta la hinchazón de la vanidad, ya estoy arrepintiéndome, pensando que un convite á almorzar es justamente el modo que tiene la duquesa de colocarme, desde el primer día, en mi puesto de artista á quien se recibe en pie de dependencia disimulada por llanezas de buen gusto. Sé que en la mesa de Flandes, los almuerzos reúnen á los que no _alternan_, y las comidas, muy poco frecuentes, á los elementos sociales homogéneos. En fin, ¿qué diablo me importan esos tiquis miquis? Quién soy yo para... Ó, mejor dicho, ¿quiénes son ellos, los de ese círculo, para influir en el estado de mi conciencia? ¿Será exacto lo que asegura Minia, y no atravesaré impunemente un medio donde la vanidad lo informa todo? ¿Es que no aspiro á algo superior, infinitamente superior, á una invitación en casa de Flandes?

* * * * *

Pues sin embargo... Media hora después de hacerme estas reflexiones, se presentan en mi taller una señora oronda y dos niñas enfaroladas, á quienes conozco de haberlas visto por ahí en todas partes (tienen la ocurrencia de no perder ripio); las de Barrachín. Las muchachas no son malejas; la mayor, la rubia, conserva una frescura que aún no han podido destruir los afeites... La mamá... un amasijo de plumas, cintas, colorete y brillantes. Vienen á solicitar que las retrate en seguida; pagarán cuanto yo quiera, y doble, “porque el arte y la inspiración no tienen precio”. Más frío que la horchata de chufas, contesto que no puedo, que no tengo un minuto, que no lo tendré hasta Dios sabe cuándo. Hablo precipitadamente, empujando las palabras, como si me faltase tiempo de ver fuera á las Barrachinas.--Y es el caso que (por casualidad; porque algunas de mis clientes que habían de venir esta semana, hacen ejercicios de marianismo selecto en el Sagrado Corazón, cosa que las Barrachinas no sospechan, pues si no allí estarían de patas...) tengo, no minutos, horas libres, y tres ó cuatro retratos--las Barrachinas desean reproducir las fisonomías de toda la familia, sin exceptuar al grifón favorito,--tres ó cuatro retratos, digo, pagados contante y hechos al correr del dedo, no me vendrían nada mal, ahora que acabo de mudarme y que el armario de la Dumbría, ¡pobre señora!, no guarda un céntimo de ahorros míos...--Pero el individuo de adaptación que hay en mí, el hombre de cera, moldeado ya por un medio absorbente, se abochorna de conceder la alternativa á gentes caricaturales que andan en solfa. Encajo á las de Barrachín cuatro sequedades, que me evitarán cuatro cuchufletas de Lina Moros, pero me dejarán el bolsillo tan flojo como está... Se retiran cariacontecidas, previos reiterados y ramplones ofrecimientos de casa y amistad (la tema de ofrecerse es una de las notas características de estas infelices). Cuando me quedo solo, me reprendo, me pongo de perro humor, pensando si ya mis actos no estarán regidos sino por los hilos de la marioneta.

* * * * *

Debe de ser así.--Hace lo menos mes y medio que no piso la escalera de mis humildes amigos, los de Carboné Sequeiros, y de seguro las chicas, á quienes daba lección gratuita de dibujo, han adivinado la causa. Al padre podré contarle que no he dispuesto de una hora; las chicas no lo tragarán. Saben ellas que siempre se dispone de una hora, si se quiere disponer, para ir á preguntarles á las gentes qué es de su vida. Saben que los hombres salimos á la calle cuando nos parece, y si tenemos confianza con alguien, de día y de noche le vemos. Por otra parte, las muchachas, y especialmente Matilde--que se había forjado ciertas ilusiones,--me pronosticaron esto: “Ahora, con lo encumbrado que está, no nos hará caso maldito”. ¡Lo que yo embarullé para sosegarlas! Me puse como me pongo cuando el influjo de la compasión y cierto instinto de justicia me revisten de momentánea sensibilidad. Es un fuego de paja, y parece hoguera... No, yo no soy bueno, yo no valgo nada moralmente. En la marejada de mis sentimientos todo es vana espuma... cuando no amargor. Á los seres que de veras me quisieron les hice siempre daño. No puedo olvidar la mirada de Clara Ayamonte, ni las lágrimas que se sorberá, con la cabeza baja para coser, Matilde, obscura niña de medio pelo, cuyas penas no salen de las cuatro paredes de su domicilio...

¡Bah! Son ganas de atormentarme. ¿Clara Ayamonte? Dentro de seis meses ni el color de mi bigote recuerda; y á Matildita Sequeiros... lo mismo se le importaba del dibujo y del profesor, que á mí del emperador de la China.--Lo que las traía locas en aquella casa era justamente que yo anduviese por donde ando. Lectoras más asiduas de Ecos y Revistas de salones no las hay. Me freían á preguntas. “¿Cómo viste Lina Moros? ¿Qué olor gasta? ¿Se pinta el pelo? ¿Usa esto, aquello y lo de más allá? ¿Es cierto que la Sarbonet... así y andando?” ¡Matildita! Si la caprichosa fortuna quisiese trasladarla de su tercero á un hotel suntuoso, y convertir su traje de lana en funda ondulosa de gasa blanca rebordada de lirios, conmigo no soñaría. Con algún _sportsman_, de seguro...

* * * * *

Pasado mañana se abre la Exposición. Asistirán los Reyes. Mañana, el barnizado; cada quisque se llevará allí su tarro de barniz de espliego y su brocha, y trepando á una escalerilla, batallará con los rechupados y las emplastaduras del color... ¡Cuántas fantasías, cuántas decepciones! Lo que en el taller parecía un triunfo, allí se viene al suelo... Ahora les salta á los ojos lo que convenía haber hecho; otra cosa que esto, otra cosa. ¡Ya es tarde! Y aún hay alguno que allí mismo quiere variar tal toque ó cuál efecto de luz, y á hurtadillas, con febril mano, se corrige.

Me he colado, sin importárseme de miraditas, cuchicheos y señas; me he paseado con las manos metidas en los bolsillos, perdiéndome entre los grupos de curiosos impacientes que no quieren esperar al día de la inauguración oficial, entre los cuales circulan críticos de periódicos, individuos del Jurado, maestros rancios, á quienes saluda con respeto la turbamulta, y expositores que escuchan, á veces sin querer, con el corazón atenaceado, la más despectiva calificación de aquello en que cifran lo hondo de su ensueño y quizás su pan diario. Pienso que yo debería ser uno de éstos; que falta en las paredes el pedazo palpitante aún de mis entrañas, manchado con sangre de mis venas, que se llamaría mi primer cuadro de Salón. Sí; yo podría haber concurrido, y que mañana los periódicos insertasen críticas, y la muchedumbre, al desfilar, preguntase distraídamente: “¿Y esto? ¡Ah! De Lago el retratista”. Con descolgar de mi taller la _Recolección de la patata_ y traérmela... Alzo la vista, recorro salón tras salón, y veo infinitas cosas peores que mi estudio rural; seguramente menos sinceras y sentidas. Pero cada uno es cada uno; me moriría de vergüenza si me diese á luz con la _Recolección_. El que venga aquí debe traer algo; un trozo de verdad, y no sólo de verdad, sino de verdad _suya_, vista por él, no al través de los maestros que fuerzan la imitación de los principiantes. ¿Es eso mi _Recolección_? No. El asunto lo he encontrado en mi tierra; lo he visto con mis ojos, bajo mi sol; pero mis ojos estaban llenos de reminiscencias; á mis ojos no se les había impuesto aún mi alma... y ese cuadro es de la escuela del hombre que, en el camino del Hipódromo, me miró con tan yerto desdén. ¿Cuándo veré las cosas dentro de mí y en mí, iluminadas con luz obscura ó brillante que yo genere, y que sea luz después para otros? ¿Cuándo dejaré de sentirme subyugado por admiraciones y estrechado en brazos de una estética que sobaron los demás? ¡Oh rabia! Al paso que voy, tal vez nunca... ¡Maldito sea, maldito, si no trabajo sin descanso, si no me hago dueño de la técnica, y si luego no descubro un rincón donde nadie haya sentado el pie y no me acuesto en un lecho virgen--sea de hierba ó de peñascos! ¡Y pensar que en un día de fiebre la _Recolección_ me pareció un paso en mi carrera!

¡Como la _Recolección_, hay tanto aquí! La evolución de estos muchachos expositores me explica la mía. La considero con indignación, mientras el público, sin darse cuenta del por qué, la considera con desvío y hasta con befa;--y esto el día del barnizado, en que sólo viene gente algo entendida.--¿Qué será cuando entre aquí, por dinero, la recua desconocedora del esfuerzo y de la lucha? ¡De todas maneras me indigno! Trabajaron... ¿Y qué? En primer lugar, no trabajaron con paciencia. Son improvisadores. Si no podían vivir, que barriesen las calles. Todo menos exponer estas vergüenzas, que no revelan ni temperamento ni personalidad; que son la cara de un maestro, vista en espejo desazogado...

* * * * *

¡El desdén (_anch’io desdeño_) me sugiere resoluciones! En el ángulo de un salón solitario (donde se exhiben engendros más torpes y caníjos, la epilepsia de la imitación que se cree original porque exagera defectos) me paro, y con la voluntad flechada y el espíritu recogido me agarro la mano izquierda con la diestra, me la oprimo fuertemente, y me juro á mí mismo no existir sino para mi inspiración, no transigir con nada que la estorbe. “Si algún día figura en este Salón un lienzo con la firma de Silvio Lago, será que el lienzo es, en efecto, de Silvio Lago, del alma de Silvio Lago...” Aún seguía apretujándome, cuando Marín Cenizate me interpeló.

--¿Has visto mis paisajitos?--preguntó afanosamente.

--No... ¿Dónde los han escondido?

--¡Escondido, justo!... Si yo me diese el tono de tener enemigos, diría que mis enemigos los han colocado allí para fastidiarme. Pero habrá sido porque á los señores del Jurado no les pareció que merecían más consideraciones. Ven, verás.

Me arrastró, al través de la fila de salones, hasta otro arrinconado, apenas visitado, donde muy altas y á mala luz campeaban varias tablitas siempre inspiradas en Haes. Vibrante yo todavía de mi acto de fe, costábame trabajo disimular la indiferencia y pagar mi tributo de amistad con algún elogio. Cenizate comprendió, y, como siempre, su alma buena se refugió, para consolarse, en la ajena esperanza.

--¿Cuándo te veremos por aquí quitando moños? ¡Porque mira tú que hay moñitos que quitar! ¿Has echado un ojo á todo eso? ¡Van á tener que leer las críticas! ¿Te has fijado en los envíos de Roma? Esa Roma--lo estaba diciendo Ruiz Agudo, el de _La Península_--es el estragamiento de la poca espontaneidad que podrían tener los muchachos. Allí se aprende á imitar... imitaciones. Ambiente europeo no ha vuelto á respirarse allí desde el siglo XVIII. Convencionalismos, la eterna _ciocciara_, la cabeza de estudio melenuda, rehacer á Serra y sus paisajes melancólicos, de malaria, con paludismos verdes y un ara rota, como gran alarde de modernismo. Ruiz Agudo está furioso: dice que en el periódico va á pegarles á todos, á la Academia, á su Director, al Gobierno, para que se convenzan de que hoy la pintura debe estudiarse en Londres y en París y en Berlín... y dentro de poco en Chicago. Sí, señor: en Chicago, entre tocineros.

--Yo iré á Londres muy pronto--indiqué.

--Bien hecho... ¡Tú, un día, te despiertas de humor y les pones la ceniza á todos!... ¿Á ver, á ver: qué se traen esos señoritos que te escupen tanto? Tengo ganas de que te fijes en lo que se traen. ¿No sabes lo de Solano? ¿De veras no lo sabes, hijo? Con tus marquesas, no vives en el mundo. Pues ha dado una batalla para que le admitiesen una locura enorme (dice Ruiz Agudo que no es locura, sino tontería) que tiene embotellada hace meses. El hombre quería disparar un cañonazo. Te diré que puso toda la carne en el asador: el cuadro--yo lo he visto--es... ¡descomunal!

--¿Pero dice algo nuevo?--pregunté interesado.

--¿Qué quieres que diga? Solano, el pobrecito de mi alma, por no tener nada nuevo, ni botas ha estrenado en su vida... ¡Es un discípulo malo, y un discípulo eterno! Está rabioso porque ha pataleado, pereciendo de miseria. Su madre y dos hermanos menores aguardan para comer el día en que Solano venda algo que no sean las consabidas tablitas de “la maera vale más...” Ya las conocemos, ¿eh?

--¡Bien triste!...--murmuré impresionado.

--Sí, échate á llorar... No conoces á ese mal bicho. De ti dice horrores, cosas feas. Si yo te las repitiese... No se contenta con zaherirte como artista, no; te pinta como un intrigante que se vale de todos los medios y explota ciertas cuerdas del corazón femenil para medrar. ¡Déjale que se jorobe!

Sonreí con tranquilidad, y, en lugar de ira, me sentí inundado de compasión. No es la primera vez que noto que me falta el resorte del honor burgués. Me conmueven poco imputaciones de tal índole. Si llego á convencerme de que no puedo hacer nada de arte, ¿qué me importa lo demás? Siempre me han dado risa esos señores que se van á la redacción de un diario á exigir que pongan un suelto enterando á los lectores de que el Manuel Fulánez que fué sorprendido robando por el procedimiento de la mecha no es el respetable procurador D. Manuel Fulánez. En mi interior me he dicho muchas veces: “¡Qué dianche! Pues me tiene perfectamente sin cuidado ser ó no todo un caballero...”

--Habías de ver--prosiguió Cenizate--lo que revolvió el indino para colar aquí su engendro, un verdadero padrón de ignominia... Porque tú no te puedes figurar lo que es. No vayas á estar soñando algo parecido á lo que cuenta Zola en _La Obra_, y que Solano tiene una chispa genial...

--¿Quién sabe?

--No seas así... Tú comprendes que ese haría mejor en empuñar la lezna... ¡Se le ha puesto en el moño pintar; no puede, y odia de muerte á los que pudieron! Esta vez decía que se jugaba la carta última, la decisiva. Si el imbécil público no comprendiese lo sublime de su cuadrángano, entonces ¡ya sabe él lo que le resta!

--¿Será capaz de un acto de desesperación?

--¡No eres tú poco romántico!--protestó Cenizate.--¿Lo que él será capaz de hacer? ¡Otro ciempiés para la Exposición futura!

--¿Quién sabe nunca el alcance del desencanto y de la humillación en un alma?--respondí.--Cuando estamos sanos y satisfechos de la vida, nos es imposible representarnos la situación de quien se cae de lo alto de toda su esperanza. Te diré lo que me sucede... Desde que entré aquí, me ocurre si todo eso colgado en la pared y tan flojito como arte... no tendrá un valor inmenso como psicología. El deseo que produjo todo eso, ¡qué empuje representa! Esos cuadros suplican y lloran; piden, quieren hablar... y á los jurados, á ti y á mí nos están voceando: “¡Misericordia! ¡Nos han engendrado tantas ilusiones, y eran tan bonitas! ¡Miradlas á ellas y no á nosotros!”

--¡Bueno andaría el arte si pensásemos así! ¡Hombre, los maletas como Solano que escojan otro oficio! ¡Decirte lo que ha laborado! Inverosímil. Recomendaciones á diestro y siniestro; influencias de aquí y de acullá; sueltos con indirectas en los periódicos donde encontró medio de introducirse; y, sobre todo, la protección á capa y espada del maestro, á quien cogió por dos flacos: la bondad, la lástima, ¡que tantas tonterías nos hace cometer!; y el homenaje del discípulo, que siempre halaga... ¡Discípulo! No sabe el maestro que tienes tú una _Recoleccioncita de la patata_... Esa sí... Y no has necesitado estarle dando la tabarra en su taller para sorprenderle la factura.

--¡Calla! Si sólo por eso no traería semejante _Recolección_. ¿Presentarse con ropa prestada?

--¿Y me quieres decir si aquí alguien la tiene propia?

Á toda costa quiso Cenizate enseñarme los _fusilamientos_. Recorrimos segunda vez los salones, y lejos de compartir la opinión de mi amigo, me pareció que la juventud no se inspira verdaderamente en los maestros (lo cual, por fin, exige paciencia y estudio); lo que hace es buscárselas á encontrones, á saltos. Los únicos que imitan concienzudamente á los maestros (pero quedándose á distancia) son... los maestros mismos. Los que exponen aquí y los que he podido ver por ahí en exposiciones particulares, rehacen pálidamente el cuadro que hace veinte años les valió nombradía. El tiempo no ha transcurrido para ellos... ¡Con qué rapidez, en cambio, transcurre para mí! Esto que me atrevo á escribir ahora en un libro de memorias que nadie ha de ver, ni á pensarlo me atrevería allá en la inolvidable Alborada. Era pueril mi respeto á los que tienen cartel. Aún quedan restos en mi espíritu. Al de la mirada desdeñosa le respeto aún. Verdad que _ese_ es _el que yo quisiera ser_; mi admiración por _ese_ no se ha gastado al contacto de la frialdad de las gentes distinguidas, que padecen tan poco el mal de admirar. Y ansío, con ansia que tiene algo de frenesí, encontrarme ya en París ó en Londres, donde existan otros _que yo quisiera ser_, en cuya dorada estela pueda deslizarse mi barca.

* * * * *

Salgo del edificio y noto la gustosa reacción que causan el sol y el aire libre después de la fatiga peculiar de los Museos; recojo primavera en mis pulmones; compruebo, en lo aprisa y bien que ando, que mi salud es ahora lo que debe ser: salud de gladiador. ¡Cenizate apenas puede seguirme! En la Cibeles nos separamos; yo voy á tomar el te con mi excelente Palma, que tiene que hablarme de varias cosas, aconsejarme con su lealtad de costumbre, embromarme un poco, animarme, transmitirme, de seguro, algún nuevo encargo...

Estoy allí hasta las siete. Salgo precipitadamente; necesito vestirme. Franco Galarza, un muchacho acaudalado que quiere que le dé lecciones de pastel, me ha convidado á comer en su Club. Á la boca de la calle, antes de acercarme al Viaducto para cruzarlo y saltar al tranvía de la calle Mayor, un remolino de gente, gritos, exclamaciones. Allá abajo, en la profundidad pintoresca del caserío y del arbolado, que desde arriba produce vértigo de abismo, aún yace el cuerpo del suicida. Nadie entre la multitud le conoce; es su destino que no le conozcan, pues le faltaron puños para violentar á la Fama; pero como tiene la cara hacia arriba, y sus ojos, antes giratorios y dementes, ahora vidriados, inmóviles, se han posado tantas veces en mí con insultante ironía (sin recordar que éramos hermanos), yo le reconozco, y me quedo pegado á la barandilla, fascinado por la fascinación más poderosa, que responde al sentido de terror y misterio que rodea nuestra vida: la fascinación de la muerte...

¡Ese era, hace minutos, uno que anhelaba lo mismo que yo anhelo! Y siempre más valiente que yo; lo mismo cuando embadurnaba sus tablitas mendicantes y las enviaba á vender á los cafés, que ahora cuando reposa en el suelo con los miembros rotos, convencido de lo imposible de su Quimera.

* * * * *

Por la noche, en el Club, para olvidar, bebo unos cuantos cálices de _extra dry_. El espumoso me acrecienta la melancolía en vez de disiparla: mis nervios se alborotan y digo cosas, según Galarza, de un carácter romántico delicioso. La noche no termina en el Club; á la mañana siguiente me despierto estropeado, cadavérico, con una facies de cera; y recordando el juramento prestado la víspera ante mí mismo (los más sagrados, ya que son los más libres), me desprecio, y envidio al que á tales horas reposa, rígido y helado, en el Depósito. Cierro la ventana, y busco en la obscuridad y la soñolencia otra especie de no ser.

LAS CUATRO MEDITACIONES

PRIMERA MEDITACIÓN.--EN LA SOMBRA

Alrededor de mí, tinieblas. Allá en el fondo--tan lejos que su contorno se pierde--un disco de claridad. Dentro de él, haciendo la señal misteriosa, la mano descarnada. Camino, y el disco retrocede, y las tinieblas me siguen como perros negros que no aúllan.

¡Ay de mí! En tinieblas estoy. Desde el primer día me dejaron sola y mis pasos fueron caídas. Obscuridad envolvió mis ojos; telarañas los cubrieron, y sobre ellos creció espesa la carne.

Quiero ver.

En medio de esta negrura, algo hay que me guía. El disco ya no se aleja con tanta rapidez. Se me figura que está quieto... No. Se desvía; pero suavemente, sin malignidad.

Quiero ver. Quiero oir. También este silencio enfría y agobia, como montaña que oprimiese mi pecho.

Una voz desmayada, susurro de un espíritu, que no forma acentos, que es música sin notas, me rodea.

Aliento que no sé de dónde viene, que se mete por entre mis labios, me conforta. La obscuridad es la misma, y sin embargo mis pupilas recogen partecillas de rayos invisibles que sólo en mi interior alumbran.

Quiero seguir andando, llegar á cualquier parte, siempre que vaya en dirección opuesta á mi morada antigua.

Porque yo moraba en paraje horrible.

No lo sabía; y moraba en un cenagal, y mi cuerpo pesaba mucho, á fuerza de estar cubierto del espeso limo.

Ni percibía siquiera las sabandijas de sepulcro que reptaban sobre mi piel, y al través de ella buscaban mi alma. Á veces salía del charco y me extendía, para secarme, sobre abrasada arena; entonces los escorpiones hacían presa en mí, y la sed retostaba mis labios, hasta punto de agonía.

Y pensaba yo, en mi error, que las sabandijas y los escorpiones eran hermosos.

Por lo cual más baja estaba yo que ellos.

Torpe era, y sobre mis párpados llevaba excrecencias que no me dejaban abrirlos.

Lo que juzgué sabor era amargura de ajenjo; lo que tuve por cristal era turbieza.

¿Será cierto que ahora voy rectamente? ¿Mis párpados habrán soltado su costra?

Me pesa aún el cuerpo. En el arca del pecho siento gravitar barras de plomo.

Quiero ir ligera, volandera.

Quiero vaciarme del todo, y dejar sitio á lo que va á nacer.

Arrancaré, limpiaré, despejaré, quemaré; con dolor, si es preciso; y mejor si es con dolor profundo.

Hay que quitar lo que oprime; hay que arrojar de la nueva morada á los duendes, á las sombras, á los muertos, á los espectros.

Duendes eran, y agitaban el aire.

Sombras eran, y arrastraban.

Muertos eran, y dolían, como el miembro cortado duele desde el cementerio.

Espectros eran, y hacían gestos para remedar la vida.

Vida les prestaban mis apetitos.

Mis apetitos zumbaban, nube de irritadas avispas.

Quiero abejas.