Part 13
¿Qué importa lo material de eso que llaman _lucha_ en nuestro lenguaje bohemio? Comer poco y mal, tiritar de frío, no mudarse, ver siempre al soslayo la misma mancha aceitosa en la misma solapa... eso se ríe y se pone en ópera. Lo difícil es conservar la disposición de ánimo para tal género de vida.
* * * * *
Inundaba el sol de primavera--de la corta é intensa primavera castellana--de luz rubia y de efluvios indisciplinados y ardientes las correctas avenidas del Retiro, cuando las recorría yo al paso igual de uno de esos matalones de picadero, que alquilan á precio módico los novicios en equitación. La esfera en que he ido entrando insensiblemente me impone unos ribetes de vida deportiva. El caballo y la bicicleta me atraen. Me he arrancado á encargarme el atavío de _gentleman ridder_: al estrenarlo y mirarme al espejo del armario de luna, me pareció irreprochable la figura encuadrada entre los biseles; algo exagerada la forma de las piernas, con las arrugas amplias del calzón en el muslo y su angostura en la pantorrilla, subrayada por la fila de menudos botones, y disimulado lo único plebeyo de mi estampa--¡bien plebeyo y bien delator!--que es el pie. Al lado de esta silueta de vida lujosa, mi retentiva de pintor evoca la sórdida estampa de mis primeros días en Madrid: las botas gastadas y torcidas, el viejo gabán verdusco, el pantalón nuez con rodilleras, el sombrero abollado, las trazas menesterosas de pobre vergonzante. De la asociación de aquellos dos tipos en contraste, del recuerdo plástico de un ayer tan cercano, me sobrevino, no la alegría orgullosa del engreimiento, sino, al contrario, una especie de acceso de desolación: porque medí, con sagacidad de que no carezco, el camino andado para distanciarme del ideal, y el ascendiente que en tan corto tiempo han adquirido sobre mí ciertas exigencias sociales. En mi primer ensayo de vestir de frac, hasta ridículo me había encontrado, y ahora me reflejo en la clara luna, con la librea de la última moda, dispuesto á cumplir un rito de la nueva existencia que me han creado las circunstancias, y en la cual principio á sentir que enraízan, mal que me pese, mis plantas de vagabundo y de obrero libre, maculadas del polvo de los caminos. ¿Es que soy definitivamente esclavo ya? ¿Es que se ha filtrado en mi organismo la imposición de ciertos afinamientos, el cosquilleo de ciertas satisfacciones mezquinas; es que ya lo popular y lo burgués se me revisten de ridiculez sainetesca ó de insignificancia? No; aunque sufro el yugo, la protesta del ideal se caracteriza; siento las ansias del profeso que al huir de su convento quisiera también huir de sí propio. Me refugio con furioso vigor espiritual en la esperanza. Esto no es sino una etapa del viaje hacia la tierra prometida: etapa inevitable.
Al aire que prefiere la montura--paso de procesión--avanzo por la casi solitaria calle, guarnecida de lantanas y después de altas coníferas, algunas de las cuales tuercen enérgicas su negro tronco, desdeñosas de tanto orden... Me siento en disposición optimista, con la cabeza vacía, el estómago tranquilo, como suelo tenerlo al día siguiente de comer en casa de Minia guisos caseros; y merced al bienestar físico, el porvenir se me antoja á la vez seguro y lejano, algo que llegará á su hora y que no debe estropearnos el presente. Al cruzarse conmigo me saludan con zalamería dos ó tres aficionadas á guiar y á pasear temprano; los saludos tienen carácter de familiaridad bonita, lo que sabe poner de halagüeño en un gesto la mujer maestra.
Sin embargo, en estos saluditos tan monos hay una especie de captación tiránica, una advertencia imperiosa. Juzgué que encerraban este aviso: “Nuestro eres”.
Pero me notaba tan beato de cuerpo y de espíritu, que no me preocupé más. Mi independencia de alma, mi quisquillosa independencia, no gritó, no se rebeló, adormecida por el dulce soplo vernal y por la sonrisa de las cosas en torno mío. Hay horas así, en que una sensación de ventura nace en nosotros, como el agua clara y cantadora surte sobre el fondo de un paisaje. Es sensación, porque no se origina de ningún convencimiento racional, ni siquiera de ningún movimiento emotivo. Es sensación: pura animalidad, no brutal, sino plácida, reposada, que por un momento se impone á la siempre vigilante conciencia.
Se desata por las venas la vida fisiológica, y el mundo exterior nos inunda y nos arrebata de la prisión de nosotros mismos. Nos reconciliamos momentáneamente con lo que suele oponérsenos; un baño de gozo nos refrigera; el aire es amoroso á los pulmones; la sangre circula con generosa braveza; el cerebro se aduerme... ¡Á veces, borrada la memoria de supremos instantes de la existencia, es posible que el recuerdo de satisfacciones tales, que no son sino perfecto equilibrio de la salud, venga á alumbrar las desazonadas horas de la vejez!
Saboreando descuidadamente lo grato del momento, revolví haciendo trotar á mi alquilón, y me perdí en las calles de pinos y plátanos, viendo á ambos lados edificios raquíticos ó ampulosos, las construcciones que afean el Retiro.
El tiazo Goya me miró, con desconfianza de sordo, desde su pedestal. Impulsado por la plenitud, en mí tan rara, de fuerzas vitales, quise galopar un poco, y para continuar al Hipódromo salí hacia el paseo de la Castellana. La soledad era mayor aún; el batir de los cascos del caballo al emprender su galope sin arranque, de animal demasiado diestro, levantaba del suelo arenisco sutil polvareda. Al tener que llevar recogida á mi montura, desperté del sopor en que me deleitaba, y la primer señal de haberse roto el pasajero encanto, fué que me comparé á este caballo de picadero, dócil y maquinal como un siervo que se resigna. ¡Qué hermoso es el caballo en su pradería, suelta la nunca esquilada crin, naturales los botes y aires indómitos, que no igualaron el látigo ni la caricia!
Al volver la cabeza vi que á aquella hora temprana, bajo un sol ya picón, caminaban á pie dos hombres... Les reconocí. El uno era Solano, el impresionista, derrotado, despeinado, retorcida alrededor del cuello una corbata grasienta (es fácil que la camisa esté peor que la corbata), y sus ademanes alocados, su trepidar de ojos, daban animación febril al manoteo con que se dirigía á su acompañante. Éste... Al verle, percibí el acostumbrado golpe, el que sufrimos al encontrarnos ante personas en quienes pensamos ahincadamente, y que, distantes al parecer de nuestro horizonte y nuestro destino, influyen en él, sin embargo, de un modo decisivo y secreto.--Era nada menos que aquel... _que yo quisiera ser_; el que--sosegadamente, firmemente, desenvolviendo con tenacidad sus facultades, recogiendo hilos de tradición tenuísimos, algo que procede de los grandes maestros españoles de la pincelada franca y el contraste de luz vigoroso,--se ha abierto ancho camino, sin artificios, sin concesiones, gran artista secundariamente, pero, en primer término, reproductor literal y pujante de una verdad de la naturaleza, de una violencia del color y de la luz, de un aspecto fiero y esplendente de la tierra española. Con el corazón palpitante me saciaba de mirarle, cual si de la contemplación apasionada del seide y del fanático pudiese salir algo de asimilación. Le miraba con dolor (lo hay en estos cultos idolátricos, y así se explica el triste fenómeno moral de que las más profundas admiraciones artísticas ó literarias hayan engendrado las más viperinas envidias y los más acibarados odios).--Le miraba sediento, buscando en los rasgos físicos, en la cara algo mongoloide, en lo recogido y recio del cuerpo, en la misma pequeñez de la estatura, el misterio indescifrable de la facultad genial y del heroísmo de la vocación, segura y definida, que, al través de zarzas, espinas y guijarros, va á su objeto. Sentía esa fascinación que nos causa la forma humana cuando encierra el espíritu que apetecemos, el que hubiésemos ansiado que nos animase. Comprendía cualquier demostración de las que ya no se estilan entre civilizados: ¡echar pie á tierra y besar el polvo hollado por sus botas!
En medio de mi transporte, me explicaba la excursión matinal del maestro, en compañía de uno de sus peores y más amanerados discípulos. Se dirigían al edificio donde se prepara la Exposición, esta famosa Exposición tan cacareada, acechada ya por críticos al menudeo y proveedores de la malignidad en forma de caricatura y sátira. Indudablemente Solano ha echado el resto en alguna tentativa, trabajando con vida y alma, luchando con los apremios de la estrechez y con su mediocridad incurable; y el maestro reconocido, cuyos lienzos se ostentan ya en Museos extranjeros, se presta, por solidaridad, á intervenir en asuntos de colocación, á dar al artista obscuro una muestra de condescendencia, el aliento del consejo y de la protección visible.--Noto un dientecillo roedor, un mordisqueo de envidia.--No es este pobre fracasado quien debiera, en esta mañana primaveral, bajo un cielo tan puro, encaminarse al lado del maestro á la conquista de la gloria, sino yo, yo mismo; yo, dotado de aptitudes que acaso principian á atrofiarse ó acaso hierven en preparación de germinar.--El golpeteo de los cascos de mi caballo distrajo un momento de la animada plática á los dos pintores; volvieron la cabeza, solicitados por la vida que pasa--y mientras Solano hacía sin rebozo un gesto despreciativo, mofador, á mi elegante figura, el maestro fijaba en ella los ojos de mirada moruna, graves, un tanto oblicuos, y fruncía el entrecejo ligeramente. Su mirar era puñalero: cortaba, derramaba hielo de muerte, cabalmente por su misma indiferencia y distancia.
Un momento quedé paralizado. En la boca acíbares, en el pecho constricción, como si lo ciñese fuerte aro de hierro. La más penosa de las impresiones, la vergüenza--en el grado de bochorno y dolor de haber nacido,--me abrumaba, infundiéndome sequedad y aridez infinita, visión de desierto de arena que atravesar sin sombra de árbol. La vida me pareció que había perdido de golpe todo valor, cuanto la hace soportable; hubiese querido que se rajase la tierra y me sorbiese por su hendidura, con caballo y todo. Miré como fascinado al maestro, y al sentir que, puerilmente, los ojos se me arrasaban y las mejillas se me encendían, clavé los agudos espolines de acero al domado bruto, dándole, al mismo tiempo, tan vigorosa ayuda, como se dice en términos de equitación, que el galope emprendido convirtió mi aliento en resuello y me deslumbró un instante.
Á cada intento del animal para moderar el paso, volvía á hincarle las estrellitas de acero y á fustigarle iracundo. El caballo resoplaba, hasta iniciaba algún corcovo de protesta; pero pudo más su docilidad de esclavo, y se resignó á dispararse por las grises y polvorientas afueras de Madrid, bellas á su modo, secas y netas como país de tabla quinientista. Así que gasté mi excitación por la embriaguez de aire, revolví, y lentamente emprendí el retorno, sudoroso y apaciguado. En Recoletos--ante una iglesia--me crucé con una señora que de ella salía. La miré como se mira, sin verlas _dentro_, á las mujeres de bonita silueta. Sus ojos se vertieron en los míos; iba pálida; palideció más. Entonces sí que la vi dentro; no porque la quiera, sino porque la he causado mal, y es lazo que une.
El dolor, obra nuestra, nos impide aislarnos del que sufre por nosotros. Conocía yo bien la manera de ser de la Ayamonte, que en vez de ruborizarse, con la emoción, palidece. Casi detuve el caballo--no sé á que fin.--Tal vez fuese para decirla que me perdonase: que me pesa, no de mi condición, pero sí de su malandanza. Con el aturdimiento, me olvidé de saludar. Y ella pasó despaciosa, serena, y en sus pupilas resplandecía algo; una luz singular, una proyección de alma... ¿Será que...? ¡Bah! ¡Tan pronto!
* * * * *
El portero me ofreció ascensor. (En mi nueva instalación no podía faltar este requisito.) Se hizo cargo del caballo jadeante, para llevarlo al picadero. El criadito que he tomado acudió solícito á desembarazarme de mi arreo de dandy y sustituirlo por la blusa. Es increíble cómo me sentía de fatigado y descorazonado. Omití friccionarme las sienes con agua adicionada de colonia; y sin enjugar el sudor de la galopada, me arrojé sobre el diván del taller; mi respiración era angustiosa.--¡Qué débil soy!--pensaba. ¡Acaso para llegar adonde tanto ansío se necesite esa sólida estructura, esa armazón recia y cuadrada del maestro! Es preciso, preciso, que economice mis fuerzas... en todos los terrenos... que no pierda de ellas una chispa inútilmente. Seguir un régimen, hacer _sport_ moderado sin derrochar energías como hoy...--Según suele ocurrir, al formar estos propósitos estaba á mil leguas de creer que pudiese cumplirlos. Comprendía que no era dable ya sujetarme al método austero que constituye la higiene moral del artista. Me acordé largo rato de la Ayamonte. Tal vez tuviese razón esa mujer. Desde luego, me quería... ¡Bah! ¿Qué importa que le quieran ó no le quieran á uno? Lo que interesa es que no le estorben, que no le aten los brazos.
Aún no me había repuesto, ni funcionaba normalmente mi corazón, cuando entró el portero llevando en brazos un bulto gris, especie de manguito raso.
--Lo que me ha encargado el señorito--dijo muy obsequioso.
¡Verdad! Se lo había encargado en un momento de tedio, de afán de tener á mi lado algo en que emplear mi escaso capital afectivo.
Miré. Era un precioso cachorro de raza danesa, semejante á esos grandes juguetes de porcelana que se colocan en antesalas y bajo las consolas.
La cabeza alongada, la magrez de las formas, declaraban la pureza de la raza; la piel era fina como velludillo, y en el gracioso hocico había esa expresión de inocencia cómica que tienen los cachorros, y que asemeja su infancia á la infancia humana. Con un impulso de simpatía le tomé de manos del portero y empecé á acariciarle. El animal sacó una puntita de lengua de fresco coral rosa y me lamió la cara; después, con dientecillos semejantes á puntas de piñones, mordisqueó lo primero que encontró--la nariz de su futuro dueño.
--¿Es macho?--interrogué.
--No, señorito. Hembra es... No ha traído la madre de esta vez macho ninguno--respondió el portero, que, al ver mi entrecejo, se decidió á mentir descaradamente, imaginando engañarme. La verdad era que habían nacido en las cocheras del duque de Lanzafuerte, próximas á mi estudio, cinco hermanos de esta primorosa bestezuela, de los cuales dos machos, reservados para amigos del duque, á quienes se los tenía ofrecidos sabe Dios desde cuándo. Las hembras fueron relajadas al brazo secular del cochero, que las explotó. En esta diminuta intriga el portero sacó su tajada, amén de un duro que le solté.
Al exclamar yo:
--¡Lástima que sea hembra!--ya me sentía encariñado.--¿No sería mejor que viniese criada? (Comprendía que estaban riéndose de mí y no me atrevía á hablar gordo. ¡Soy imposible! Tiene razón la baronesa de Dumbría.)
--¡Ay, señorito! Como mejor, sí sería mejor; pero el amo de la madre quiere que sólo mamen las crías que él guarda para sí. No se apure el señorito, que mi sobrino es mañoso y de esto ya entiende; comprará leche y no pasará hambre. ¡Chuchita! ¡Es más bien cortada y más chula!
Volví á alzar los hombros. Me es indiferente que el portero tome café con leche á mi cuenta. La gracia de la cachorra me ha conquistado. ¡No se alabarán de otro tanto las hembras de mi especie! La coloqué sobre el rincón del sofá, la hostigué para que jugase; pero acababa de atracarse y estaba adormilada; hecha una rosca, cerraba los ojos. ¡Envidiable, envidiable vida animal! Arropaba con mi _plaid_ á la cachorra, cuando el criado anunció á la señora duquesa de Flandes.
* * * * *
Ya escucho con indiferencia los nombres sonoros; pero al oir éste, no pude menos de sobresaltarme y correr á recibir á la rica hembra. Entraba á paso cadencioso y arrogante, sin crujidos sedosos reveladores de frufrús, arrastrando majestuosamente su faldamenta de paño obscuro, semejante, como todo lo que ella viste--á pesar de proceder del gran modisto,--á una falda de amazona. Llenaba el angosto pasillo con su cuerpo lanzal y amplio de formas, y su cabeza bien puesta y gallarda se erguía para mirar los bocetos que tengo clavados en las paredes. Me incliné, me deshice en salutaciones y reverencias,--porque esta gran señora, aun donde muchas grandes señoras han pasado ya gastando mis impresiones, es cosa aparte. Parece la definitiva sanción de mi papel de retratista de las alturas. La entrada resuelta y noble de esta virreina consagra mi taller y refrenda mi categoría. Viendo á la duquesa de Flandes, por un momento me consolé de la humillación sufrida en el paseo. Se me impuso la noción de la jerarquía social, poder no inscrito en Códigos ni en Constituciones, y que se burla de ellos y de las revoluciones niveladoras. Doblemente fuerte, por lo mismo que no tiene carácter legal, y que la retórica de la mentira proclama cada día su desaparición. La duquesa de Flandes, para quien no esté en mi casa, será... otra duquesa más de las que figuran en la Guía, y entre las cuales tan curiosas diferencias establecen las circunstancias íntimas y los antecedentes biográficos; pero yo, aunque rápida y de seguro incompletamente iniciado en la vida mundana, no ignoro lo que significa esta mujer, que entre las frivolidades pegajosas de la sociedad y la apatía suicida de la gente aristocrática, conserva su conciencia de clase, el sentido de sus prerrogativas y del valor histórico de su nombre. Ella, y no el marido--el cual es realmente quien lleva en las venas la sangre de Flandes y Utrecht, encarnación de la vida española cuando aún era gloriosa;--ella, y no el marido, es quien ha consagrado tiempo y voluntad á elevar á altura principesca la casa, impidiendo que, como otras muy resonantes, descendiese á la quiebra y viese dispersos sus egregios despojos en almonedas judiciales y tiendas de anticuarios. Ella, y no el marido, ha cuidado religiosamente de salvar los restos y testimonios de antiguas proezas, y desempeñado los tapices representando batallas, los retratos del Ticiano, las iluminadas ejecutorias, los probantes documentos, desempolvando el archivo, registrándolo con amor, últimamente con golosina; ella, por último, se ha consagrado á cultivar la memoria del antepasado terrible, que tan grande fué contra el sentido y la corriente de los tiempos modernos, y á que los descendientes aparezcan todavía (pese á desvinculaciones, locuras y decadentismos) vestidos de un reflejo espléndido de tal grandeza. Ella--desde el primer día de su vida conyugal--se ha dado cuenta de que en los muy altos linajes la mujer tiene un deber más, y entre ejemplos nada edificantes y relaciones de elegancia corrompida, ha permanecido tranquila en su dignidad, imponiéndose á la maledicencia por la seriedad de su conducta. Ella--sin llegar á extremos de altivez como los que se cuentan de su esposo, que á muy pocas personas consiente alargar la mano--es toda la casa de Flandes, amenazada como las demás de desmigajarse por el reparto, no sólo de bienes, sino de honores y títulos.
La miré deslumbrado, encontrando un género de belleza peculiar en su tipo viril, de grandiosas líneas, en su torso prolongado y sólido de cazadora y de regeneradora de raza. Se acercó saludándome y hablándome llanamente, con palabras de amabilidad cordial. Tenía noticias de mi destreza... El pastel de Lina Moros, con el traje de terciopelo _miroir_ amarillo, un encanto... Deseaba un retrato caprichoso, algo diferente...
--Sólo en el hecho de ser retrato de usted, señora, había de diferenciarse. Cuando el modelo tiene personalidad...
Explicó la idea. Un pastel hasta la rodilla, que la representase con su chaquetilla verde, su faja carmesí, su pavero de fieltro gris, su larga pica de acosar y derribar empuñada; el atavío con que se solazaba en la dehesa boyal, metiéndose intrépida entre las reses, en las tientas. Es este castizo deporte uno de los contados antojos tocados de extravagancia de mujer tan formal, y en él, cosa rara, coinciden sus aficiones y las de su marido, siempre entregado al _sport_.
--No va á resultar muy género pastel...--murmuró disculpándose.
--Mejor--exclamé. Y ante la sonrisa benévola y franca, como de amiga, de la Flandes, me sentí animado á una de aquellas desatadas confidencias que había tenido con Minia, que pueden tenerse con las mujeres cuando son varonilmente sencillas y leales. Escuchóme con interés; “comprendía” y “encontraba natural”.
--No se preocupe usted--exclamó con simpatía.--Lo que usted necesita es salir de Madrid, donde no encontrará estímulos, donde se amaneran los artistas, é irse á Londres. Allí, con muy pocos retratos que haga, como se pagan seriamente, tiene usted bastante para vivir, y puede estudiar con pintores, ¡de los primeros del mundo! ¡Francamente, aquí no los hay de esa talla! En Londres creo que le irá á usted bien.
Me entró alegría. Las palabras de la duquesa me vengaban del desprecio sufrido en el paseo matinal.
--¡Londres! Seré un átomo perdido en la enorme ciudad. Nadie me conocerá, ni yo conoceré á nadie.
Una sonrisa de bondad iluminó el rostro y los ojos de vastas ojeras obscuras, mazadas; ojos que parecen revelar un organismo minado secretamente.
--¿No me conoce á mí?
Tembloroso de esperanza, murmuré:
--¿Estará usted en Londres cuando yo vaya, si es que voy?
--Esté ó no esté--y si es en la _season_, no tendría nada de particular que estuviese,--le puedo dar á usted cartas para amigos míos. Si Pepita Castelfirme continúa entonces en nuestra Embajada, le será á usted muy útil. Los retratos en esos países se pagan diez veces más que aquí. ¡Y en libras!
Suspiré. Me acordaba del reciente grupo de retratos de una familia tenida por millonaria, y que me está siendo difícil cobrar; ¡tanto, que ya me resuelvo á dejarlo por cosa perdida! La Flandes insistió:
--Una temporada en Inglaterra conviene para todo. No sólo aprenderá usted arte, sino que se robustecerá; es muy sano residir allí. El clima es excelente, digan lo que quieran; la comida nutre más; no sé en qué consiste... Hará usted un poco de ejercicio; ¡aquí la gente vive sentada!...
--Bicicleta por lo menos--declaré.--La primavera que viene voy á seguir su consejo de usted, duquesa, y pasar el Estrecho. Por ahora no puedo... ¡No puedo de ningún modo!
--No puede usted...--asintió ella,--entre otras cosas, porque ahora va usted á retratar á Sus Altezas.
--¿Es seguro?--articulé.--Por más que diciéndolo usted... La amistad que lleva usted con la Reina...
Se hizo atrás, protestando.
--¡Oh, amistad! Respeto y adhesión, naturalmente. ¡Si yo no sé nada! Lo he oído decir por ahí. Es natural que se le ocurra á la Reina retratar á la Princesa y á la Infanta: ¡están en una edad tan bonita! Las fotografías son antiartísticas, y un retrato al óleo haría duro. Supongo que también el Rey se retratará. Es un honor para usted, porque no á todos los pintores se les admitiría en la intimidad de Palacio, donde se hace vida tan severa. Las princesitas han sido educadas perfectamente. Ya sé que es usted una persona capaz de estar allí como debe estarse.