La Quimera

Part 12

Chapter 123,860 wordsPublic domain

Clara dejó caer la cabeza sobre el hombro de su padrino.

--Pregunta--murmuró.--Aun de mala gana, te diré... lo que sepa. ¡No creas que lo sé todo, ni mucho menos!

--De ti misma no sabes... Es natural, niña mía, pobrecita. ¡Qué natural es! Ni nos sospechamos, lo mismo en lo físico que en lo otro. Ni nuestras enfermedades conocemos; solemos morir de algo que para nosotros carece de nombre. En fin, ¡á lo que importa! Perdona. Me consumo también yo; ¿no ves? Voy á recetarme bromuro. ¿Cómo quieres que no me sobresalte? No tengo descanso. ¡Quién sabe si estoy pasando peor rato que tú!

Hizo Clara, débilmente, muestra de agradecer aquella tierna simpatía, y el Doctor notó el abismo que el movimiento abría entre el presente y el pasado.

“Me quiere menos, me necesita menos que antes.”

--Pues bien, ahí va... lo que es posible que vaya--dijo ella.--Lo sucedido es poco; nada casi. Ya sabes que se me había puesto aquí--apuntó á la frente--que debía... casarme con él. Era tal vez una locura, tal vez una determinación ridícula; pero me parecía á mí cosa divina, el único asidero para reconstruir mi existencia estragada y perdida y darle un fin. ¡Un fin, un objeto! ¡Tú sabes que eso es necesario, que eso es indispensable!

--Verdad--contestó Luz.

--Yo--prosiguió ella--así lo entendía. Él lo entendió de distinto modo. Y... en concreto... no ha pasado más.

--¿Qué razones dió á su negativa?

--¡Razones!--exclamó Clara.--Aunque me hubiese dado cien... No sé de cosa más despreciable que una razón. Desde que esa vieja lela, cargada de sentencias, cargada de paja y de abrojos, sale á relucir...

--En fin, él alegaría algún pretexto...

--No; si él estaba en lo firme. No me quería.

--¿Eso tuvo el valor de decirte?--gritó el Doctor, indignado.

--Eso precisamente no... pero es igual. Nunca eso se formula en explícitas palabras. Seamos razonables, padrino; yo debo hacerle justicia; no adobó embustes: habló franca y hasta brutalmente. Me dijo las cosas que ruborizan y las cosas que desgarran; las cosas que imprimen estigma y las cosas que asfixian, ¿sabes? Él no es insensible. El dolor que causa, le duele. Casi en el acto le vi contrito. Su contrición era un acceso de piedad, un desquite de la conciencia. No lo dudes, tengo dos beneficios que agradecerle: el cauterio, y la caridad de querer aplicar bálsamo sobre la quemadura. ¿Te parece poco?

--No es poco para la naturaleza humana...

--Te aseguro que no le acuso, no; el que no miente, no falta. Si pienso en él, le veo lejos, lejos... mezclado y confundido con otras imágenes y memorias, que en realidad forman una sola y se llaman--para mí--el mundo de tierra.

Luz se levantó y paseó agitado por la estancia, buscando consuelos, reactivos.

--Eso no es cierto--prorrumpió al cabo.--Si le hubieses borrado de tu recuerdo, estarías tranquila; y no digo nada si algo nuevo hubieses escrito en ella. Y no tienes más camino: te han vaciado el alma, te han arrojado á la obscuridad. Llena el vacío, busca el sol.

Ella hizo un gesto de desahuciada que sabe que lo está.

--Dime, por lo que más quieras--insistió el Doctor.--¿Esta vez... fué _como las otras_? ¿Querías más, ó por otro estilo?

Clara tardó en responder: parecía que se examinaba despacio, que recorría todas las moradas del alcázar interior.

--Esta vez--pronunció al fin lentamente--hubo una diferencia que tú sólo puedes apreciar, porque sabes que no miento. Antes... quise ser feliz... pretensión que debe de constituir un crimen, según se castiga. Ahora, ya lo sabes, no pedí tanto: sólo quise que por mí fuese feliz... alguien. Puse mi felicidad fuera de mi egoísmo, y así pensé asegurarla. Acaso la ilusión se disfrazaba de abnegación. Él me lo arrojó á la cara.--“Lo que pasa es que me quieres, y á lo que aspiras es á tenerme siempre cerca de ti, asociando nuestras vidas”.--¡Verdad! ¡Mi generosa proposición envolvía un negocio... de amor... pero negocio, interés!

Respingo impetuoso de Luz.

--¡Si tal creyó, creyó una infamia! ¡Analizando así, se destruye y se disuelve todo! ¡No concibo que exista en el mundo espectáculo más bello que el de un alma como la tuya, cuando el amor la solivianta y la hace descubrir lo que permanece oculto en la vida diaria y vulgar! ¡Mira, niña, si yo no fuese... lo que soy para ti desde hace tantos años; si te conociese ahora, como te conozco desde la hora en que naciste, diría lo mismo! No hablo así por quererte tanto, no. ¡Es que como tú no hay muchas! ¡Apasionada, te colocas á la altura de los caracteres heroicos: se te caldea esa voluntad, se eleva ese corazoncito, y eres capaz de lo más grande! ¿Y ese hombre es artista? ¿Cómo no ha sentido la belleza que en ti resplandece? ¿Cómo no te adoró de rodillas? ¡Cuánta fuerza se pierde, cuánta semilla cae sobre la roca!

--Probablemente ese espectáculo que encuentras tú tan sublime lo damos las mujeres con gran frecuencia--observó Clara con fría amargura.

--¡No por cierto!--negó el Doctor.--No he conocido docenas de mujeres que transformen el instinto natural en impulso heroico. Eres la excepción.

Clara se cubrió un momento el rostro con las manos.

--De ti--murmuró--habían de salir esas palabras... De ti, que me quieres y me sueñas, con el sueño limpio y blanco de tu casi paternidad. Pero te engañas, padrino, te engañas. Yo sí que me traduzco al pie de la letra: me he conocido, me he registrado... y me he causado horror, al ahondar en mí misma. Tú das por hecho que mi estado de ánimo se origina de haberme apartado de _él_... ¡Quiá! Si es que me he apartado de mí misma, ¿comprendes? ¡y así, créeme, no se vive!

La sencilla frase fué dicha con tal firmeza en el acento y con tan persuasiva vehemencia, que el Doctor sintió un golpe allá en lo más recóndito del alma: la confirmación de sus terrores. Sabiendo cuánto gasta la fuerza de las ideas sombrías el aire libre de la comunicación, insistió, porfiado.

--¿Según eso, te aborreces, te condenas, te desprecias?

--¡Lo desprecio todo!--repuso ella.--¡Lo aborrezco todo! Me soy intolerable; y sin algo de buena armonía con nosotros mismos, no se lleva la carga que nos echaron al nacer. Tú, que me cuidas desde chiquita; tú, que has mirado por mi salud y por mi inteligencia, ¿podrás enseñarme dónde está la resignación?

Ante este clamor de socorro, Luz quedóse mudo. No; en realidad, él no sabía...

--Cada uno--dijo al fin--busca el consuelo por caminos diferentes... Yo he tenido mis grandes penas, Clara... ¡grandes, mortales quizá!, y me refugié en el trabajo, en la labor diaria... ¡y también, ingrata, en ti!

--¿Y pudiste conformarte, padrino?

--¡Ya lo ves! De muchas cosas se vive... Hasta de las pequeñas y bajas; hasta de las ínfimas. El caso es querer vivir...

--No puedo--murmuró Clara desmayadamente.--No es culpa mía; no es capricho. Es que me falta objeto; es que me parece que no vale la pena de defender lo despreciable.

--Coloca el objeto fuera de ti--advirtió Luz,--y será mejor... ¡Si supieses cómo absorbe y embriaga el estudio!--Y añadió, agarrándose á lo primero que se le ocurría:--Si te decides á aprender, aquí tienes maestro. ¿Por qué no me ayudas en mis trabajos? Detrás de su aridez aparente, está el universo, la infinitud de lo real. No eres tú un cerebro sin condiciones para reaccionar contra esa especie de fiebre infecciosa sentimental que te ha acometido; cuanto te sucede, cuanto notas en ti, del sentimiento dimana; desvía la dirección de tu sentimiento; te salvarás. Antes venías mucho á mi despacho. ¡Me gustaban tanto tus visitas! Ahora nunca apareces... Y tengo mil cosas raras que enseñarte. No te has enterado... He traído de Berlín novedades. ¡Si supieses! Yo también alzo mis castillos de esperanzas... que, probablemente, saldrán fallidas... Entretanto, con su jugo me sostengo.

--Dichoso tú si esperas--pronunció Clara.--Y como viese en la fisonomía del Doctor rápida inmutación, aunque procuraba esconder su terror violento, la dama sintió á su vez un prurito de disimulo, frecuente en los que oprime entre sus tenazas de acero la idea fija, y rehaciéndose, con la instintiva comedia de una sonrisa, añadió:

--No me niego á intentar la curación por la ciencia, padrino. Desde hoy me asocias á tus experimentos, si no te estorba una ignorante como yo...

Si Luz hubiese podido sospechar el cálculo secreto que acababa de precisarse en la mente de Clara, se le helaría la sangre. Como les pasa á muchas personas que sólo poseen una tintura de conocimientos, adquirida sin método, la antigua leyenda era para ella algo positivo. En el gabinete del médico suponía Clara que debía encontrarse, y aun elaborarse, el remedio á todo mal, el remedio dulce y seguro... Á menudo, la sed de ese remedio había abrasado sus fauces, en las interminables noches de insomnio, y el aparato de tortura, agresión brutal y degradación física, que se asocia á la perspectiva de tal remedio, había apagado la sed. Pero los sabios deben de conocer secretos para desatar el nudo sin que se entere la curiosidad póstuma, sin que el gesto sea repulsivo y feroz, y sin que el cuerpo se degrade al abrir paso al alma. “Para ti no hay otro desenlace”, repetía Clara, dando vueltas á su propósito. “No más vergüenza, no más mentira, no más decadencia, no más profanaciones... ¡Pobre padrino!” sugería acaso un resto de apego á la existencia afectiva. “Pero él puede irse también y dejarme aquí sola... y entonces... No; no conviene esperar...” El estado moral de Clara era tan característico, que temía dejar correr el tiempo, recordando que el tiempo, limador constante, gasta las resoluciones.

Y decidió sorprender el misterio del antro científico que tenía á mano, como, siendo niña, hubiese forzado un armario atestado de golosinas... Allí estaba la solución del enigma; allí, tal vez al alcance de la mano, el reposo tras de una jornada fatigadora.

Luz recibió la aquiescencia de Clara con alardes de alegría. Aunque las enseñanzas de su ejercicio debieran haberle probado cuán iguales se ofrecen el varón y la hembra ante el experimento del dolor, conservaba rastros tradicionales y creía discernir en la mujer algo de pueril.--“Se divertirá como una criatura”--pensó--“si la convenzo de que aprende”.--Recordaba casos; sabía que el alma es curable; y al igual de todos los tocados de leve manía, no dudaba que interesase á los demás lo que tanto le importaba á él. Apartar á Clara un minuto de su abstracción, era probablemente salvarla.

Empujó la puerta del gabinete de consulta, é introdujo á su ahijada; pero no se detuvo allí: sacando del bolsillo una llave, abrió otra estancia algo más espaciosa.

--Mira--observó--qué bien he arreglado este cuarto de los leones. Tú no sabes de la misa la media. Como me tienes abandonado... Lo empapelé de nuevo, y me encuentro aquí muy bien...

Era una salita cuadrada, vestida de gris, severa y hasta ceñuda, por lo que siempre tienen de amenazador aparatos y mecanismos cuyo objeto y manejo ignoramos. Al decir el Doctor que eran chirimbolos de electroterapia y radiología, no perdieron para Clara su austeridad, su enigmático aspecto. En la pared brillaban instrumentos de acero dispuestos en panoplia; dentro de una vitrina se alineaban otros no menos limpios y estremecedores. En un ángulo de la sala se erguía la jaula destinada á someter á los pacientes al alta tensión eléctrica. En primer término, ocupando buen espacio, una máquina de rayos X--ya anticuada, tan de prisa va la investigación,--deslustrados por el abandono sus dos amplios discos de metal, escudos de combate que el combatiente arrinconó para servirse de arma más poderosa. En el centro, la cama de operaciones radiográficas, con su cabecera movible y su colchoneta de terciopelo mustio. Al otro lado, en la esquina, la máquina flamante, la última, fácil de reconocer por ese indefinible pero auténtico aire de juventud y vida que también tienen los objetos inanimados. El Doctor se paró frente á ella.--Aquí--explicó--hago yo estas radiografías que voy á enseñarte...--Trajo una caja donde guardaba los clichés, y al trasluz mostró á su ahijada las curiosidades, haciéndoselas observar.

--Fíjate... Una luxación de la cadera... Se nota, ¿ves?, la diferencia entre los dos lados de la pelvis... Esta era una niña y se hubiese quedado coja. Ahí tienes la fractura de un brazo por el húmero. En esa mano, ¡con cuánta claridad resalta la aguja que no había modo de localizar para extraérsela á la pobre lavandera!

Clara miraba los clichés con desgana, aunque por complacer á su padrino repetía:--¡Es admirable!

El Doctor comprendió el entumecimiento de aquel espíritu ensimismado.

--¿Quieres--insistió--ver latir tu propio corazón?

Al tiempo de proponer á Clara la experiencia, Luz comenzó sus preparativos. La dama, á pesar de su indiferentismo, se conmovió de sorpresa al ver distintamente, al través de la pantalla, contraerse y dilatarse la víscera con normal regularidad, que tenía mucho de majestuosa.

--Padrino--murmuró,--¿no es raro que mi corazón funcione perfectamente? ¡Tantos martillazos como he recibido en él! Está visto que mi mal no lo curas tú ni todos tus colegas... Pertenece al dominio de lo desconocido...

Y con su hermosa voz de mujer apasionada, preguntó:

--¿Qué será lo desconocido, dime? ¿Te formas tú idea de lo que podrá ser, después de tanto estudiar y tantas mecánicas?

Al formular la interrogación, Clara experimentaba una ansiedad emocional, cuya razón sólo ella conocía. El enigma propuesto no era sino consecuencia de los anhelos de su sér, deseo de romper ligaduras y libertarse la cárcel de la vida. ¿Qué sigue al momento de la evasión? Clara notó con sorpresa que había pensado en ello alguna vez, pero nunca se había detenido hasta meditarlo. Cuando disponemos viaje á tierra desconocida, nos enteramos con interés de las costumbres de _allá_, de toda circunstancia. Clara notaba, atónita, que ni sospechaba la geografía del país del misterio.

El Doctor respondió con su leve é indulgente ironía de científico:

--Para mí lo desconocido es... lo que todavía no hemos tenido tiempo de estudiar. Lo desconocido de hace diez años, se llama ahora el telégrafo sin hilos, el suero antidiftérico, los rayos X... Lo desconocido ahora, tal vez se llame mañana con el nombre que yo le dé, si á fuerza de trabajo consigo alzar otra puntita del velo...

Movió Clara la cabeza escépticamente. Aplicando la mano sobre aquel corazón que acababa de ver latir, pensó que por muchos siglos que girasen ensanchando los límites de lo conocido, algo allí dentro se resistía á la explicación y al tratamiento de ciertos males por los métodos de la ciencia. De pie aún ante la máquina, Clara sentía, en vez de la admiración que esta clase de experimentos suelen producir en quien los ve por vez primera, una reacción invencible de desdén, y porfiaba, sonriendo con sonrisa de mártir.

--¡Lástima no haber nacido dentro de dos mil años! Entonces tú sabrías curar á las enfermas como yo, que no presentan ninguna lesión cardíaca.

Luz apreció la significación de la frase. El menosprecio de aquel alma lírica por las realidades científicas, lo había notado en más de una ocasión, pero nunca tan glacial y total como ahora; y, sin poderlo evitar, el Doctor pensó:--“Tiene razón, á fe mía. Dentro de mil años, lo mismo que hoy, para lo que ella padece no se conocerá remedio. ¡Su organismo, á pesar de las alteraciones del insomnio y la inapetencia, no tiene brecha abierta; lo enfermo ahí es inaccesible...!”--Sin dar repuesta, el Doctor, siguiendo el trabajo que pretendía hacer recreativo, propuso á su ahijada la radiografía de la mano.

--Verás... Así la conservaré...

Extendió la dama su mano descolorida, de largos dedos, jaspeada en el dorso con red de venillas azules, salpicada en el anular por la gota cruenta de un rubí, y la colocó de plano sobre la tabla. Era una mano enflaquecida y febril, y sólo con verla podía adivinarse un estado anormal del espíritu. Ligera crispación nerviosa impedía á la mano extenderse, y fué preciso que el Doctor la colocase, aplanándola, en la posición debida.

Cinco minutos de quietud, el ligero picor de las descargas eléctricas, hormigueo insignificante... Clara, inmóvil, absorta, escuchaba la crepitación de la máquina, se absorbía en contemplar la gran ampolla del tubo Crookes, semejante á enorme y translúcida agua marina, y detrás la otra ampolla, de diseño más elegante, la de los rayos catódicos, irisada de rosa sobre el verde suave, con cambiantes de ópalo rico. Pasaron al tugurio en que el Doctor tenía los chirimbolos fotográficos, á fin de revelar la placa. Sobreexcitada la fantasía de la señora, se exaltó más en la obscuridad, combatida apenas por una luz eléctrica de roja bombilla, que lanzaba reflejos de sangre sobre el rostro enérgico y expresivo del Doctor. Éste, preparando la cubeta, trataba de que la solución de hidroquinona bañase por igual la placa, y los mechones argentinos de su pelo se incendiaban con resplandores de hoguera. La habitación, reducida y atestada de trastos que se vislumbraban apenas, sugería visiones de alquimia y de hechicería medioeval. Tal vez del estado íntimo de Clara dependía su emoción ante objetos triviales, que á plena luz sólo hablaban de cocina é industria. Era la sensibilidad herida, la imaginación obsesionada.

Poco á poco, á los reiterados golpecitos de tableteo de la cubeta, sobre la placa antes vacía comenzó á asomar una especie de nebulosa, cuyos contornos fueron precisándose. Dibujóse, cada vez más visiblemente, la marca terrible de una mano de esqueleto. Abierta como estaba, desviado el pulgar, la mano tenía la actitud de un llamamiento, de una seña imperiosa. Parecía decir: “Ven”. Clara, fascinada, miraba fijamente, ávidamente, los huesecillos mondos y finos que acentuaban su mística forma, esbozada antes, y los veía, sin nada que los uniese en las falanges, exagerar su gótico y macabro diseño, que parecía trasladado de algún viejo painel de retablo de catedral. Y siempre la capciosa seña, el llamamiento insistente, persuasivo, hiriendo las cuerdas de la oculta lira que Clara llevaba dentro y que sólo esperaba el soplo de aire. “Mi propio esqueleto”--repetíase atónita la señora.--“Así soy... ¿Dónde va la carne? No hay carne; la carne se ha disuelto”.--Una asociación de representaciones, involuntaria, fulgurante, presentó al lado de aquella mano seca la figura de otra mano varonil, esqueletada también. En su alucinación, vió que las dos manos, los dos haces de huesecillos áridos y obscuros, se buscaban y se unían un momento, entrelazando y enclavijando sus grupos de flautines de caña, y produciendo un sonido de choque de palillos, irónicamente musical. Se soltaron por fin las dos manos de muerto, como asustadas ó hartas de estrecharse, y los huesos sin trabazón rodaron esparcidos por el tablero de la mesa, donde reprodujeron la sepulcral burlesca musiquilla...

Á la claridad bermeja que continuaba iluminando sólo un punto del mezquino aposento y concentrándose en la cara del Doctor, absorto en la manipulación que realizaba, se apareció á la vizcondesa de Ayamonte lo que basta para cambiar un alma, lo que impregna edades enteras de la historia: la gran realidad de la muerte, única promesa infaliblemente cumplida. Detrás se extendía el proceloso infinito...

Lo que Clara sintió en el espacio que tardó Luz en exclamar: “¡Ya está!” fué como un vértigo; fué ese sacudimiento y temblor que los gruesos y embotados de espíritu no comprenden, y que les produce la admiración siempre algo incrédula del paleto ante refinamientos extraños. Sin género de duda, para que se produzca tal fenómeno es preciso que esté el alma ya trabajada, batida y macerada en nardo y mirra. Lo que parece súbito, inesperado, es lógico y consecuente. Sin embargo, el mismo interesado se engaña. Clara se figuró que una mujer nueva nacía en ella; que por primera vez penetraba la significación de una fantasmagoría hasta entonces indescifrable, fatigosa como todo lo que carece de sentido, y sin embargo solicita la atención. “He vivido ciega”, murmuró interiormente, estupefacta. No parecían posibles ni el engaño, ni el desengaño. La sensación fué cual si hallándose en algún recinto cerrado y donde escasease el aire, de ímpetu las paredes y angosturas se desvaneciesen, penetrando un huracán vivaz, ardiente y embriagador, y abriéndose á sus corrientes todo el sér. Aquel aliento y aquel soplo la inmutaban, la llamaban á desconocida región; y en tan decisiva hora, advertía el mismo transporte entusiasta que en la ventana de Toledo, el mismo vibrar de alas invisibles colgadas de sus hombros, la misma apetencia de espacio inmenso,--sólo que ahora se reconocía segura de no caer, aunque de muy alto se lanzase.--De tal engreimiento pasó (con la subitaneidad eléctrica que caracteriza á este género de impresiones) á un anonadamiento profundo de arrepentida. Sobre la cera en aquel punto blanda y caliente de su conciencia, se imprimió el _ut cognobit_ de los corazones mudados, de las almas plasmadas por la diestra del sumo Artista. Un terror sin límites la salteó: el miedo de perder aquella disposición en que se encontraba desde hacía pocos minutos. Su voluntad, íntegra, se tendió y lanzó hacia lo que acababa de entrever. “No me abandones, espérame” dijo sin palabras. “Sácame de mí, llévame á ti”. Su cuerpo y hasta su inteligencia le parecían ser cosa ajena, carga que la sujetaba al mundo material.

Experimentaba el ansia de acción que acompaña á ciertos trastornos espirituales, y era su inquietud como de cierva á quien atravesó la flecha enherbolada, á quien persiguen lebreles, y á quien aguija, más que el susto, el ansia de llegar á la fría fuente escondida entre peñascos. Se daba cuenta de que hacía mucho tiempo, quién sabe cuánto, acaso desde la primera edad de su vida, había sufrido aquella punzada, aquel prurito; que el fuego en que se había abrasado su corazón no era sino sed del manantial oculto. Á su memoria acudió el recuerdo de una de sus lecturas caprichosas, guardada allí como en depósito.

Uno de los profetas de Israel, que eran grandes poetas, escondió en cierta ocasión el fuego del sacrificio; mientras lo celó, se convirtió en agua; pero á la hora de sacrificar recobraba el sér de fuego. El símbolo se hacía para Clara, en aquel instante decisivo de su vida, transparente. ¡Cuando recogiese en su interior la profanada llama, se convertiría en agua y la refrescaría!

Sus ojos volvieron á fijarse en el cliché, siguiendo la vulgar operación química que practicaba el Doctor. La especie de alucinación se había disipado; ya no veía otra mano monda y descarnada juntándose con la suya en fúnebre caricia; la placa radiográfica estaba allí, natural, semiconfusa. ¡Su propia mano, sus huesos, no cual llegarían á estar en el ataúd, sino animados de vitalidad singular!

Y, resuelta, contestó á la seña de la mística mano sin carne:

--Voy...

El Doctor, en aquel punto mismo, levantaba la cabeza pronunciando:

--¡Cómo se ve que es mano de individuo bien alimentado, bien constituído, y cómo se indica la raza en la delicadeza de ese dedo meñique, una verdadera monería! Y no hay deformación ninguna, ni señales de alteración reumática en las articulaciones. ¿Verdad que poder fotografiar así los huesos tiene algo de milagro?

--Algo de milagro tiene--repitió Clara.

* * * * *

(_Hojas del libro de memorias de Silvio Lago_)

_Mayo._--Al trasladarme á mejor taller, en calle decorosa, cerca del palacio de Bibliotecas y Museos, vuelvo á escribir en este cuaderno lo que me ocurre; sirve para explicarme ciertos cambios que noto en mí, y reconocer lo que puede desviarme de mi senda. Este procedimiento es más eficaz que confesarme con Minia; nadie desenreda el ovillo como quien torció la hebra sacándola de su propia substancia.