La Quimera

Part 11

Chapter 113,848 wordsPublic domain

--¡Sí se tratará!--rezongó Silvio.--¡Siempre respira usted por la herida! El otro mundo, ¿verdad? ¿La cuenta que hemos de dar, etcétera?

--¡Ah! ¡Si yo pudiese inculcarle _eso_!--Y Minia bajó la fervorosa voz.--Pero eso no se inculca. Eso es lo más inefable: es la _gracia_... Dice Fray Luis de Granada que la gracia cura el entendimiento y sana las llagas de la voluntad; pero no dice que el entendimiento y la voluntad basten para recibir el don de la gracia. Hay quien puede otorgárselo á usted. Él se lo otorgue.--Así es que hablaremos... en profano, en mundano y en crudo.--¿Se figura usted que su aspiración no sucumbirá, más ó menos pronto, á manos del libertinaje? ¿Cree usted que su salud no se resentirá también?

--¿Qué es eso de libertinaje? ¡Vaya una palabreja cursi! Ni que fuese usted Goizán, el de Marineda, que me escribe retahilas de desatinos y me cuelga la lista de las _mile e tre_... ¿No se ha enterado, señora, de que no gasto pasiones volcánicas?

--¡Las pasiones no son el libertinaje! Cuanto más árido y seco el corazón, más expuesto un hombre en su situación de usted al desorden moral... y físico. Goizán verá visiones... lo cual no quita que tenga razón. Siempre sobrarán ocasiones fáciles, donde falten cariños hondos que, á defecto de mejor escudo, protegiesen á usted. Ya está usted picado al juego. Se arruinará usted gastando perros chicos... pero se arruinará. Con Clara, el arte y la existencia tranquila; por añadidura, el amor.

--Ta, ta, ta...--Señora, señora... No la conocía á usted casamentera. ¡Vaya un nuevo aspecto de su eximia personalidad! Ahora me permitirá que hable. Encarece usted mucho la lealtad de Clara, su generosidad; no se deje engañar; yo calo más: eso se llama... que me quiere. Hoy, mucho de dar alas á mi _genio_; mañana, las recortará con sus tijeras de tocador. Clara es ilustrada, su temple de alma muy noble; corriente... pero es mujer, y para ella, lo primero, el amor; lo segundo, el amor... y lo tercero, el amor; ¡qué rábanos! No puedo contratar sobre tal base. Y recibir y no dar... tampoco es lucido papel. Atrévase usted á jurar que, en mi pellejo, diría _sí_. ¡Quiá! Los que la Quimera roza con sus alas gustan de ser independientes, con feroz independencia, y luchar y morir; y si no llegan adonde pensaron... pensar en llegar les basta. Supone usted que puede arrastrarme la sociedad... que no me reservo... ¡Pues si no me reservase un poco! ¡Á mí déjeme usted: los consejos me crispan!

--Me río de sus crispaciones. ¿No ha venido á hacerme confidencias? Fúmese ese cigarrillo musulmán, regalo de Turkán Bey; como tiene opio, le servirá de calmante. Y pues se crispa tanto, sepa que aún falta el consejo mejor.

--¿Cuál, vamos á ver? Alguna sentencia que soltó algún fraile.

--Una sentencia de Sancho Panza. Que en atención á que sus pasteles le proporcionan dinero, elogios y relaciones cada día más altas, á ellos se atenga y no busque pan de trastrigo. Déjese de andar contando á la gente que sus retratos son cromos: en primer lugar, no lo son; en segundo, la gente se apresura á creer cuanto malo decimos de nosotros mismos. Pudiera suceder, Silvio, que ese género delicado y aristocrático y algo artificioso fuese el que la Naturaleza ha querido que usted represente dentro del arte. Es usted el único que lo cultiva hoy. Ya eso sólo... Quédese donde está bien; así habló Zaratrustra.

--¡Ya sabe que _no puedo_! Cuantos obstáculos se me opongan los arrollaré; y pues el más frecuente es la mujer, la mandaré al demonio. Para el trabajo que me cuesta...

--¿Cree usted eso? Nunca interpretamos nuestro enigma. Silvio, aunque no le llegue á usted al alma la mujer--está usted en sus manos.--Es el grave inconveniente de su especialidad; yo al pronto no lo sospechaba. Por la mujer gana usted nombre; por la mujer, dinero; por la mujer, llegará á entrar en las casas más inaccesibles; á la mujer se encuentra usted sujeto; la respira; la lleva ya en las venas. Es la invasión lenta, de cada segundo, á la cual no se resiste; el proceso orgánico. Sueña usted rudezas y violencias y verdades desnudas de arte, y la mano se le va, sin querer, hacia la dulce mentira de la dama; mentira de formas, mentira de edades, mentira de figurines, mentira, mentira... Sólo le salvaría el _amor_, un amor bueno, digno, total...; ¡y cuando asoma, le pega usted azotes al pobre chiquillo!

Un suspiro profundo del artista comentó las observaciones, demasiado exactas, de la compositora.

--Estoy muy triste. ¡Si tuviese usted razón!

--La tengo. Reconcíliese con Clara.

--Imposible. Eso no tiene compostura. Tampoco me gustaría que la tuviese. Reconózcame alguna buena propiedad: no soy capaz de representar la farsa que semejante combinación exigiría. Saldré á flote con este dedito... y ¡por cierto! anoche soñé que se me gangrenaba, que se me caía, y que me veía obligado á mendigar á la puerta de Fornos.

--¡Disparatado! ¡Chiflado! Clara será vengada; de eso estoy segura. De vengar á Clara se encargarán otras mujeres, que le aniquilirán á usted.

--Iré á París, á Londres, á Nueva York. Allí un retrato se paga mejor que aquí. Allí, con un retrato, vivo un mes... y á cavar hondo. Y su madre de usted, ¿se queda hoy á dormir en Lara?

Como si la evocasen estas palabras pronunciadas con impaciente nerviosidad, oyóse ruido de puertas, un andar vivo y seguro, y la baronesa hizo irrupción en el estudio de su hija, riendo aún los chistes de la piececilla por horas y lamentando que Minia no hubiese compartido tal placer. “Estaban las de Tal, las de Cual, las de Be y las de Hache...” Silvio contemplaba con envidia á la dama; abatido y exasperado á la vez como se sentía, comparaba su juventud dolorosa á aquella ancianidad exuberante, sana, lozana, divertible y divertida tan fácilmente, abierta á las impresiones gratas y exagerándolas para compensar las decepciones y los desengaños. El mismo pensamiento ocurría á Minia; también Minia, cautiva entre las garras de la Quimera, había deseado á menudo recortar su espíritu encerrándolo en círculo más estrecho; en vez de tender á lo inaccesible, buscar el contentamiento que se viene á la mano. Amar lo que está á nuestro alcance, es la sabiduría suprema--discurría la compositora.--Salimos muy de mañana en busca de regio tesoro oculto; caminamos y caminamos; á medio día los pies nos sangran y el calor nos deseca lengua y paladar; á orillas del sendero mana un hilo de cristal y crece un cerezo salpicado de maduros corales; nos recostamos, y la magia humilde del agua pura, del fruto jugoso, ponen olvido de la ambición lejana... Amemos lo pequeño; nos escudaremos contra la negra Fatalidad y el mudo Destino... En la mirada que trocaron Silvio y Minia se dijeron esto claramente, y también otra cosa: “No depende de nuestra voluntad contentarnos con la fuente y el cerezo. No amamos sino lo infinito y lo triste, la belleza soterrada y guardada por los genios”.

La palabra rara vez manifiesta este género de ideas. Ni ideas son: bruma de pensamientos y de ansias. Cuando más claras se formulan dentro, es cuando la lengua pronuncia las frases más insignificantes, que menos relación guardan con lo íntimo.

--Aquí tienes á Silvio, muerto de miedo...

--Baronesa, ¡no me pegue usted!

--Se trata del capital...

--Del millar de millares...

--Y no se atreve...

--No me atrevo... Déjeme usted colocarme á honesta distancia.

La dama permaneció silenciosa, fruncida. Al fin, con gesto seco, hizo una seña negativa y rompió á andar hacia la puerta. Silvio se precipitó, la cogió suavemente del brazo, con reverencia filial.

--Baronesa, por Dios, necesito ese dinero. No se empeñe en hacerme bien contra mi voluntad: ya adivino sus intenciones... pero lo necesito.

--¡Necesita usted morirse en un hospital!--gritó la señora revolviéndose furibunda.--Lago, Lago, ¡nunca será usted una persona de buena cabeza! ¡Se empeña en irse á pique! No; no le doy los cuartos. Ni están en casa. ¿Cree que se tiene tan á mano el dinero? ¿Que soy alguna despilfarradora como usted? Siempre le habrán pegado el sablazo número cuarenta y cinco mil cuatrocientos cuarenta y cinco. Rodeado de tunos vive usted. Le beben la sangre. El día que usted les pidiese algo á ellos, ¡veríamos! ¡veríamos!

--Baronesa querida, ¡por Dios! Un compromiso: he ofrecido mil pesetas á un amigo desgraciado...

--Á un pillo redomado.

--¡Señora! ¡Qué modo de juzgar! Como usted cobra sus rentas, no se hace cargo de lo que pasa en el mundo. Hay mucha hambre, baronesa, por ahí.

--¡Y mucha sinvergüenza y holgazanería!--clamó fuera de sí la señora, reprimiéndose para no atizar un pescozón á aquel tonto de artista.--¿No está usted expuesto como el que más á que le haga falta, en una enfermedad, lo que se ha ganado? ¿Es usted algún millonario? ¿Por qué le chupan los tuétanos, vamos á ver? ¡Porque le consideran bobo, bobo, bobo, bobo de remate!

No le permitían los nervios á Silvio, en tal ocasión, oir estas cosazas, ni podía avenirse casi nunca á los consejos imperiosos, y en llana prosa--llana y útil--de la Dumbría, que lejos de convencerle, tenían la virtud de causarle una reacción de poesía bohemia; el interés, colocado así en primer término, sobre pedestal, le indignaba, como indigna á un pensador original y revolucionario un argumento de buen sentido.

--Señora--articuló secamente,--ese dinero es mío y dispongo de él. No pensaba recoger sino mil pesetas; ahora me da la gana de llevármelo todo. Voy á mudarme de casa; tengo infinitos gastos...

Á su turno, la baronesa se puso grave, mostró tiesura quisquillosa.

¿Ah? ¿Conque así? ¿Qué se figuraba Silvio?

--Es justo... Ahora mismo; espérese un instante...

--Se ha enfadado--murmuró Silvio, con el tercer ó cuarto arrepentimiento y contrición en el espacio de veinticuatro horas.

--Naturalmente. Y yo en su lugar le mando á paseo. No puede negarse que dice la verdad y que usted es explotado por gentes que valen poco. Eso no es caridad, Silvio, ni beneficencia, ni cosa parecida.

--Me río de la caridad, me río de la beneficencia. ¿De dónde saca usted que tiro á filántropo? No. Es que he pasado miseria y sé que los miserables sufren al pedir. ¿Cree usted que piden por gusto? Piden... ¡qué sé yo! Y ¡qué diantre! ¡ahorrar! ¡monises! Ya los sacaré de este dedo, si no se me cae. Ahora, cuando venga la baronesa, la presentaré mis excusas...

Entraba ya, portadora de un sobre que encerraba algunos billetes. En la cara anterior del sobre se leía: “Esta cantidad pertenece á Silvio Lago, que me la ha confiado en calidad de depósito”.

--Tome usted... Apuntado estaba, por si me moría... Y no me traiga más cuartos. No lo puedo remediar; me fastidian ciertas candideces. Para esto no necesita usted depositaria. Cuente, cuente, á ver si falta...

Silvio recogió el sobre sin examinarlo; miró á la baronesa, sonriendo con la dulzura halagüeña de un niño; é inclinándose, cogió la mano de la anciana señora y la besó religiosamente. Era el ritmo de su psicología; era la continua fluctuación de su océano; era el repentino salto de sus impresiones, siempre rápidas y extremadas, notas de un instrumento demasiado tirante y vibrador.

--¿Quiere usted un ponche?--preguntó al verle humilde y callado la baronesa, brindando al desfallecimiento moral un reparo físico. Vino el ponche--tres vasos, coronados de fina espuma amarillenta;--y bebido sosegadamente, retiróse la baronesa á cambiar de traje, y Minia se sentó ante el armonio fatigado, y dejó oir los primeros compases de una sonata de Beethoven. La acción de la música, al expresar para cada uno de los dos artistas la vida interior, les entreabrió un momento el cerrado horizonte de lo infinito. Todas las discusiones é incidentes de carácter práctico se olvidaron, cayeron á tierra,--gotas de agua embebidas por el polvo.--Eran las dos de la mañana; los ruidos de Madrid se habían extinguido; sólo alguna rodada de coches, apagada y distante, aumentaba la sensación de aislamiento y de seguridad para el ensueño. En el espíritu de Silvio reflejábanse entonces claramente las formas de un mundo invisible, y la corriente superficial de su existir adquiría profundidad, lo intenso y real del sentimiento exaltado. La aparición de la baronesa de Dumbría interrumpió la sonata y restituyó al artista á la insignificancia de las preocupaciones anteriores:

--Vaya usted con cuidado. Lleva usted dinero: no le atraquen y se lo quiten. La gente anda muy lista.

* * * * *

Á hurtadillas, ansiosamente, miraba á Clara el doctor Mariano Luz, procurando que ella no notase la contemplación de que era objeto. Acababan de reunirse para pasar la velada juntos, en la salita de confianza que precedía al despacho del doctor. Por una de esas afectuosas formas de captación que se producen entre los que bien se quieren, Clara había elegido, para refugiarse de noche á hojear periódicos, dar cuatro puntadas en una labor ó entreleer una página de revista, la estancia donde su padrino guardaba, en estantes abiertos, su rica biblioteca profesional. En el despacho no tenía Luz sino vitrinas con relucientes instrumentos y aparatos.

El silencio era significativo: silencio que palpita, que presta sentido hasta al ritmo de la respiración. Otras noches el médico procuraba tirar del hilo de conversaciones insignificantes; así engañaba y ocultaba su ansiedad. Hoy--no acertaría á decir por qué--érale imposible devanar una palabrería fútil. Se entretiene el tiempo cuando se tantea en la incertidumbre; reconocida la existencia del mal, se va derecho á combatirlo. Creía Mariano Luz escuchar ese aleteo de alas negras que tantas veces, en casos desesperados, le había impulsado, sin perder un segundo, á la atrevida operación.

--¡Clara!--exclamó. El tono de la voz expresaba tanto, que la señora se estremeció de pies á cabeza.

--¡Clara, hija mía!--insistió él; y se levantó de la butaca.

Ella le dejó acercarse. Sonreía, con sonrisa más doliente que ningún llanto. Siempre le parecía al doctor algo violenta la sonrisa de su ahijada. En aquel momento la encontró propia del reo que quiere mostrar serenidad ante los jueces.

--Clara--dijo por tercera vez,--¿estás enferma? ¡Ni sé por qué te lo pregunto, niña! La respuesta la llevas en la cara. Sólo que en ti lo enfermo se recata. ¿Merezco que intentes engañarme? ¿No comprendes, Clara, que tengo derecho á tu mal, sea el que sea?

--Nunca he disfrutado de mejor salud; reconóceme, tómame el pulso... Te convencerás.

Luz se aproximó á la dama y la imploró con las pupilas, con la actitud, con todas las fuerzas de su voluntad de varón grave y entendido. Hasta ansiaba ejercitar sobre ella un poderío de sugestión; y no era la primera vez, desde hacía algún tiempo, que cruzaba por su mente la tentación fortísima de someter á su ahijada á uno de esos experimentos sobre la conciencia, que entregan los secretos del sentimiento, y hasta las obscuras voliciones no definidas aún del sujeto, al experimentador.

--_Esto_--pensaba--no es como lo demás. Esto trae cola. ¡Su misma placidez me asusta! Si yo fuese, por ejemplo, un marido, viviría en seguridad completa hasta que una mañana me despertasen con alguna noticia atroz... Antes, al caerse de lo alto de su ensueño, ha solido presentar los síntomas de esta clase de afecciones morales: desasosiego, crisis nerviosas, explosiones involuntarias de aflicción, alteraciones funcionales, inapetencia, sueño cambiado y á deshora, alternativas de risa y lágrimas... lo natural. Se deja correr... y el tiempo interviene con su lima. Ahora... estamos peor, peor. Así se manifiesta la incapacidad para la vida, el agotamiento de las fuerzas que la sostienen. ¡Si yo pudiese provocar en ella un arranque de confianza y de expansión! ¡Á menudo, por la boca se vierte lo más envenenado del dolor, y sale, envuelta con el desahogo, la extrema consecuencia que podría traer el dolor mismo!

Los temores de Luz--que le salían á la cara en forma de excaves plomizos, reveladores de los estragos que una idea produce en la sangre--coincidían con otra clase de preocupaciones también absorbentes, á las cuales hubiese querido entregarse por entero. Por esta circunstancia especial sufría doblemente; los que consagraron la vida á trabajos positivos que velan una aspiración ideal, llega un momento en que no se resignan á morir sin realizarla. El tiempo que les resta está por avara mano tasado y medido; conviene apresurarse. ¡La noche llega; hay que encender la lámpara!--Este afán de sobrevivirse, propio de la madurez ya decadente, se manifestaba en el Doctor Luz por una serie de tenaces investigaciones encaminadas á aplicar uno de los últimos descubrimientos científicos á la curación de cierto grupo de rebeldes y crueles enfermedades, tenidas por incurables hasta el día. Su devoción á Clara le había arrancado de Berlín cuando principiaba á entrever consecuencias de principios, sendas que al través de lo desconocido se marcaban confusamente, vagas titilaciones de claridades, que medio se parecían, disipando momentáneamente las tinieblas de lo ignorado. Hallábase, justamente, el médico en uno de esos estados cerebrales que en arte se llaman inspiración y en ciencia no tienen nombre, por más que hayan precedido á todos los señalados descubrimientos. Su inteligencia se encendía, dispuesta á fecundizar el antes estéril montón de adquirida experiencia, de observaciones clínicas, atesoradas sin presumir que para nada sirviesen; y ahora las veía juntar sus manos y formar una cadena luminosa. La augusta verdad brillaba y se desvanecía, con desesperantes intermitencias de fanal de faro. El Doctor se juraba á sí mismo que fijaría la claridad para siempre. Á su nombre iría unido un triunfo sobre el dolor y la miseria humana.--Viajando, dentro del tren, al acudir al llamamiento de Clara, padeció una crisis de desaliento. El destino de un sér tan querido era y seguía siendo su cuidado mayor, el único que tenía embargadas las fuerzas de su alma. Mientras sintiese á Clara agonizar, no dispondría de atención para la labor. La carne viva de su corazón le dolía allí,--en otro corazón acribillado por siete puñales de pena.

--Es el sexo, es la ley fisiológica--pensaba el Doctor.--En ella, en su delicadísima organización, reviste esta forma que se puede llamar poética. Como las reacciones de la colesterina, que dan tan preciosos verdes esmeralda, en belleza se convierte su amargura.

Los planes de matrimonio expuestos por la vizcondesa de Ayamonte, la simpatía que Silvio Lago despertó en el Doctor, contribuyeron á infundirle un poco de optimismo.

--Se casará... Tendrá á quien querer conyugalmente, y aun maternalmente... Desviará hacia el dulce sacrificio diario el torrente de su egoísmo pasional... Acaso, por instinto, acierte esta criatura con la solución... Cásese enhorabuena. Si ella puede vivir, podré yo trabajar.

Relativamente entregado á la confianza, el Doctor, un día, se despertó aterrado. Al ocupar su sitio á la hora del almuerzo, al buscar los ojos de Clara, la vió tan diferente, no ya de como solía ser, sino hasta de como se mostraba bajo el influjo de un trastorno moral,--que su corazón dió un vuelco. Con frecuencia la había contemplado abatida de infinita tristeza, más pálida que de costumbre, sobre todo pálida de distinta manera, con la desigual blancura del insomnio, jaspeada á trechos por las marcas rojas y cárdenas que delatan el estrago de la batalla espiritual, y no se confunden con las del padecimiento físico; con frecuencia había reconocido en sus párpados el edema que produce un llanto imposible de contener, retraído, delante de quienquiera que sea, por el pudor y la dignidad.--No así en el momento presente. La expresión del rostro de Clara, en aquella mañana y después, fué alarmante para un médico por el sello de estupor que la caracterizaba. Estupor tan invencible, que tenía algo de extático, si suponemos éxtasis en medio de las torturas infernales. El Doctor recordaba haber visto expresión semejante en una enferma atacada de enajenación, semanas antes de declararse abiertamente el padecimiento. Se arrojó hacia su ahijada y la arrastró á la ventana, abrazándola y empujándola. Ante la no prevista acción, Clara volvió en sí y resplandeció en sus ojos la conciencia. Su actitud dijo, mejor que prolijas explicaciones, que estaba resuelta á reservarse lo íntimo, lo sagrado de su mal. La llave del santuario y de la cámara de tormento, nadie se la arrancaría.

Ya no pudo Luz volver á sus indagaciones ni concentrar sus facultades para seguir el semiadivinado filón. El peligro del sér adorado obligaba á descuidar lo demás. Venía tan embozado, tan traidor, y era tan desusado, que no sólo preocupaba al amigo, sino que excitaba la curiosidad del médico. El Doctor sufría la atracción que ejercen sobre los profesionales que conservan el fuego sagrado ciertos fenómenos y estados que no se explican sólo por lo físico; y la idea suicida, la incapacidad de vivir, se contaban en este número.--Mariano Luz sostenía que no se llega á concebir tal propósito sin una preparación larga y honda. No dejaba de parecerle sacrílego considerar la enfermedad de Clara “un caso”; pero creía que, tratándose de curarla, era preciso mirarla como á las otras enfermas. Necesitábase el hábito observador, el ojo clínico, para discernir los progresos del mal bajo la apariencia de normalidad y frialdad indiferente de que Clara se revestía. Igual que siempre, comía con poco apetito y distraída; se recogía á las horas de costumbre; se levantaba con puntualidad, y sólo en su alejamiento de todos los lugares donde pudiese encontrar á Silvio se revelaba superficialmente la herida.

Pero el único amigo verdadero que restaba á Clara la conocía demasiado, la había estudiado con sobrado amor, para que pudiesen despistarle exterioridades facticias. Sabía Luz de memoria lo que no se finge, porque no tiene sobre ello dominio la voluntad; el metal verdadero de la voz, el sentido de sus inflexiones timbradas ó enronquecidas, las empañaduras del cristal de los ojos, las securas de los labios quemados por nocturna fiebre, el temple urente de las manos, la fatiga y decaimiento del andar ó su desigual rapidez, la posición de la cabeza, la tirantez forzada de la sonrisa, el hundimiento de las maceradas sienes, la contextura de la epidermis, donde en pocos días habíanse marcado pliegues todavía no atribuíbles á la edad. Lo más significativo para el Doctor eran ciertas fulguraciones repentinas de la mirada, aceradas y terribles, que tenía apuntadas en sus cuadernos, por haber visto coincidir ese síntoma con resoluciones decisivas, con actos de violencia, con accesos de locura. La siniestra centella denunciaba el volcán oculto.

Ni por un momento pensó Luz en interrogar al pintor. Hubiese jurado que Silvio le diría la verdad; pero la verdad que en circunstancias tales se dice, no es sino cáscara de otra verdad íntima; cáscara de hechos secos y sin vida ni sentido. Nada son los hechos, aislados del espíritu donde recaen y han de germinar. Sólo cada cual sabe y conoce su verdad propia, que al pasar por ajena lengua se disuelve en humo. Clara, y nada más que Clara, podía interpretarse... si pudiese; si el alto silencio que á veces cierra los labios, á fuerza de despreciar la manifestación verbal, no los tornase piedra. Estatuas hay--pensaba Luz--que nos dicen mucho, tal vez lo infinito, y sin articular palabra. Dió entonces en traducir el mutismo de su ahijada, y la traducción fué espantosa. “Es preciso romper el hielo y animar la piedra--resolvió--de cualquier modo”. En todo caso de apelación á la verdad hay un largo período en que se la teme, y un instante en que á toda costa, y aunque sea entregando la vida, la solicitamos. Era llegado este instante para el Doctor.

--Hija mía--imploró,--si algo merezco de ti, devuélveme aquella confianza de otros tiempos. Es inútil que me digas que no te pasa nada; ya sé que no has de decírmelo. Nuestras inteligencias han convivido; nuestros corazones creo que se entendían. ¿No me quieres ya... un poco?