La Quimera

Part 10

Chapter 103,852 wordsPublic domain

--¡Á estas horas!--refunfuñó, corriendo á la puerta.--¡Ah, eres tú!--murmuró desalentado, al vislumbrar la castiza jeta de Crivelo tras el embozo de una capa raída. Aquel eterno chupón se parecía más que nunca á un retrato antiguo, cuando subía tres dedos de chafado terciopelo carmesí á la altura del mostacho.

--Vienes en mala ocasión--declaró Silvio, atravesado en la puerta, como obstruyéndola.--Me encuentro sin un céntimo, chico; sin un céntimo.

El enjuto Crivelo se hizo atrás, desembozándose con gallardía hidalga. Era un completo tipo español, entre alabardero y soldado de los tercios invencibles; faltábanle tizona y chambergo, sustituído por abollado hongo.

--¿Quién te pide nada?--pronunció en tono de herida dignidad.--¿Ó te desdeñas de que entre á informarme de la salud?

Las mejillas de Silvio se enrojecieron. No había cosa más contra su genio que humillar á los menesterosos.

--¡Qué disparate! Adelante, hombre. Ven á mi cuarto. En el taller no han encendido aún.

--Llévame un momento á ver las duquesas y las princesas que retratas...

--¡Princesas! ¡Echa princesas! ¿Quién os encaja esas mentiras?--gruñó Silvio, exasperado otra vez.

--Anda; como si no supiésemos que aquí tienes á lo más cogolludo de la corte. ¿Qué te haces con tanta guita como te llueve, hijo? No lo entiendo. ¡Quién tuviera tus manos! Á estas horas era yo rentista. ¡Y solo, solo, sin boca que te pida pan! ¿Qué dirías si te despertases padre de siete criaturas?

--Que era un fenómeno muy raro.

--¡Guasón! Quisiera que te dieras una vuelta por mi casa, Madera, 13, cuarto. Mi suegra, baldada de una ciática; mi señora, yendo á la compra y guisando; ya sabes que ella nació en pañales muy finos... Los chiquillos, rabiosos por tragar...

La cara típica, velazqueña, del litógrafo, expresó aflicción verdadera. Se conmovía al detallar sus ahogos, y no creía faltar á la sinceridad callándose que en parte eran fruto de su afición al café, al copeo de coñac y á matar el tiempo en teatruchos, dejando litografía y cuentas al cuidado del dependiente.

--Créeme, yo me evaporo por no ver lástimas... Aquellas paredes se me caen encima. El negocio, de remate. No se trabaja, no saltan encargos. Dicen que saltarán hacia Octubre. ¿Y mientras? ¿Me ahorco? Van á vencer los pagarés del material. Mañana mismo he de recoger uno. Como no lo recoja con pinzas... ¡Buena mujer! ¡Vaya una hembra!--exclamó sin transición, extático ante el retrato de Lina Moros, que Silvio acababa de volver para enseñárselo.--¡Eres el hijo de la dicha! ¡Pintas á éstas y encima te pagan!

Tilirín... La campanilla. Crivelo se precipitó.

--No te molestes... Yo abro...

Se encuadró en el marco de la puerta un criado de buena casa, rasurado, limpio, serio.

--De parte de la señora vizcondesa de Ayamonte, aquí está el importe de dos retratos, y deseo entregárselo al señorito Lago en persona, y que tenga la bondad de firmarme un recibí, si no le molesta.

El pedigüeño palideció de emoción.

--¿Cuánto trae usted?--preguntó balbuciente.

--Dos mil pesetas en un cheque... ¿El señorito Lago me hará el favor de recogerlas?

Silvio acudía ya á la antesala, turbadísimo. Le asfixiaba la vergüenza. Si Clara hubiese estudiado cómo humillarle, no procedería de otro modo. ¡Dinero; doble suma de lo convenido!

--Diga usted á la señora--pronunció extendiendo la diestra para rechazar el sobre--que los retratos nada valen y que le ruego me permita enviárselos como recuerdo.

--¿Estás loco? Pero, ¿qué haces?--saltó Crivelo, agarrándole de la manga.--¡Dos mil pesetas! ¡Que son dos mil pesetas!

--¡Al diablo!--Y Silvio dió un empellón al litógrafo, mientras el criado, después de saludar, se retiraba pausadamente.--¿Quién te mete en mis asuntos? ¡Pues hombre! ¡No faltaría! ¡Como vuelvas! Yo tiro á la calle lo que me da la gana, y esas peseteras pesetas lo primero.--¡Á ver!

Crivelo, calándose el hongo, recogiendo la pañosa en actitud gentil de galán de comedia calderoniana, se encaró con el artista. Le conocía bien y sabía tocar el registro conveniente.

--Ya veo que aquí estorbamos los pobres. Te has engreído, se te han subido á la cabeza las marquesas. De poco sirve que sea uno amigo viejo, el que pasó contigo tantas crujidas allá en América, cuando comías pan reseco y tasajo, ¿te acuerdas? y subías al andamio á embadurnar paredes... Tú ahora eres opulento, yo no tengo de qué... Si esas dos mil pesetas fuesen mías, ¡qué fiesta en mi hogar! Se hartarían los nenes; el pequeñín no se nos moriría, porque se nos ha largado el pendón del ama; mi señora se compraría calzado y un mantón de abrigo; consultaríamos al médico; satisfaría el pagaré. Lo que unos desprecian, á otros les daría la vida. Así es este mundo amargo... Conque, abur, hijo; dispensa...

Silvio se aplacó, se encogió de hombros.

--Tú eres quien ha de dispensar. ¡Dos mil pesetas no puedo dártelas! Á ver... ¿Con cuánto remedias lo más urgente?

El sablista, palpitante, indicó:

--Unas mil y cien... Menos de eso...

--Suprimido el pico, ¿eh? Las tendrás mañana á esta hora; y ahora lárgate... lárgate, y no pidas nada en diez años.

No quiso oir más el castizo tipo. Minutos después, en la acera de la Puerta del Sol, exclamaba loco de alegría, parándose ante una señora morena y pasada, que lucía monumental sombrero:

--¡Olé las jamonas hermosas!

En aquel mismo punto, ¡tirilirín! hacía irrupción en casa del artista el fiel Marín Cenizate. Como la inmensa mayoría de los hombres, Cenizate en sus actos partía del dato de sus propios sentimientos, importándole los ajenos un comino; y siéndole infinitamente agradable la compañía de Lago, no se fijaba en si Lago estaba á la recíproca. Verdad que al decirle el artista: “Chico, vete”, ningún sentimiento de amor propio lastimado mordía el corazón del adictísimo amigo. Desfilaba... y hasta otra.

Como Silvio no le hiciese caso y siguiese trasteando para arreglar sus desparramadas cajas de colores, Cenizate agitó los brazos ante los retratos concluídos de Clara y Mariano Luz.

--¡Canela fina!--repetía entre dientes, con sofocación de entusiasmo.--¡Canelita en rama, caballeros! ¡Vaya unos retratazos! ¡Que se limpien los ojos los envidiosos de la Sociedad! ¡Que salgan ahora con que si afeminado y si blando! ¡Ese retrato del señor tiene redaños, redaños! Á quitarse el sombrero...

--¡Por Dios!--replicó Silvio, revolviendo febrilmente en una mesa atestada de papeles, libros y cachivaches.--Me duele la cabeza... ¡No me marees!

--Los exponemos--insistió Cenizate.--Dentro de un par de meses, van á exhibir en el Hipódromo sus porquerías. Verás qué horrores. Llevas tú este par de documentos y me los revientas. ¡Boca abajo todo el mundo! Ó, escucha: mejor aún: ¿á qué aplazar? En Mayo tendrás preparadas otras cosas bonitas... ¡Con la facilidad tuya! Estos me los conduzco yo ahora mismito al Salón Amaré. ¡Buen golpe, buen estrépito!

Silvio se revolvió como un gato, blanco de ira, echando lumbre de sus ojos, en tal momento felinos.

--¡Te guardarás! Los retratos ya no son míos. Están cobrados...

--Solicitando autorización...

--¡Necio! ¡Imbécil!--gritó el artista. Á pesar de su longanimidad, más que el calificativo, el tono dolió á Cenizate, que retrocedió algo inmutado. Silvio, de repente, se mesó el pelo, gimió.

--No sé lo que me digo... Si no te empeñas en atormentarme, no me hables de esos retratos. No te importe por mí. ¿Á qué viene tanto afecto? ¿Piensas que te correspondo? Te engañas. Á mi nadie debiera quererme. Doy mal pago. Los cariños me apestan. Prefiero á los envidiosos que dices tú. ¡Ojalá tuviese verdaderos envidiosos! No me envidian: me rebajan con razón, que es distinto... ¡Manía la tuya de ensalzarme! Y es que no entiendes de arte una patata. ¡Te mataría!

Cenizate, tranquilizado, desagraviado, sonrió, se acercó á Silvio.

--Arrechucho tenemos... No se hable más del caso. ¿Te hago tila? ¿Te arreglo esa mesa, te preparo las cajas? Hoy vendrán muchas señoras. El día está magnífico.

--¿Querrás creer--dijo Silvio, cambiando de tono con su acostumbrada movilidad, y abriendo y cerrando á golpes los cajones del contador--que me ha desaparecido mi petaquita de plata oxidada con el monograma de rubíes, el regalo de la Sarbonet? Lo que me indigna es que, sin duda, se la ha llevado el mal bicho de la gitana. ¡Qué mañitas!

--La dejas meterse aquí con una libertad...

--¿Qué he de hacer? ¿Mandarla esperar en la Saleta? Esa egipcia se encapricha de todo... No ve fruslería que los ojos no se la encandilen. Me tiene harto. Sabe de sobra que ya no quiero estudiarla, y vuelve y vuelve... ¡Qué calamidad, un taller de pintor! Es una vega abierta...

--Pues bien pagada y bien recompensada está Churumbela, hijo, para que venga á quitarte cosas. La semana pasada, sin que te sirviera de modelo, ni Cristo que lo fundó, la diste cuatro duros. ¡Llevarse la petaca! ¿Te parece que demos un parte?

--No--contestó el artista.

¡Tilín! La portera, resoplando:

--Aquí tié usté el remedio... ¡El recibí del Continental!... De la tienda, que están con los marcos; que los remitirán cuando acaben. Unas lonchas de pavo he traío de la Ceres pa el almuerzo. ¿Encenderé?

Absorbida la droga, funcionando la estufa, Silvio empezaba á sosegarse, cuando ¡tilín, tilintín!--pasos precipitados, una ráfaga de aire frío de la calle y de olor insufrible á esencia de clavo y pachulí... La gitana en persona.

Cualquiera, aun sin ser artista, se agradaría de aparición tan pintoresca. Churumbela, con la palma apoyada en el talle, el mantón atado atrás, el pelo indómito alisado, con reflejos de empavonada armadura, la expresión melosa y capciosa, propia de su raza, en el perfilado semblante cetrino y en las largas pupilas de sombra; entreabierta la boca bermeja, donde rebrillaba el nácar húmedo de los sanos dientes,--no le iba en zaga á ninguna de las bohemias seductoras del romanticismo.

No encontrando á Silvio solo, sus cejas delgadas se fruncieron; mas ya el artista se lanzaba hacia ella, porque al verla había sentido ciego impulso de cólera, la animosidad que engendra un largo hastío--hastío, en este caso, de pintor fatigado de reproducir un tema, que se complicaba con náusea moral, indefinible; especie de desagravio involuntario á la Ayamonte.

--¡Á ver!--gritó.--¡Si no quieres que avise á la delegación, ya me estás devolviendo ahora mismo mi petaca!

Retrocedió atónita la Churumbela, ensanchando los ojazos.

--¿Qué dise, señorito? ¿La petaca?

--Tú te la has llevado. ¡Á devolverla! ¡Perdida, tuna!

--¡Señorito... que yo no he cogío semejante mardesía petaca! ¡Por la gloria e mi madre y por las yagas de Cristo Santísimo! ¡Así me condene y me jagan en los infiernos picaíllo menúo! ¡Así me saquen er corasón con cuchillos afilaos! ¡Sinco años llevo de andar entre pintores; er señorito Marín lo dirá, y á ver cuándo Bruna la Churumbela, como usté me yama, ha tomao valor de un perriyo que no sá suyo! ¡Soy honrá, señorito, más honrá pué ser que muchas señorasas que usté pinta!--Y el mirar salvaje y encelado de la gitana se clavó en los retratos.

--¡Ó te callas, ó...!--rugió Silvio, avanzando con los puños cerrados y los dientes prietos. Se interpuso, asustado, Cenizate; retrocedió la egipcia, y desde la puerta, con respingo de sierpe pisada, se volvió para vociferar:

--¡Soy honrá por sima e la luna! ¡Negro día aqué en que te conosí, para que me quitases er sentío! Eso é lo que tú me has robao, y no yo á ti la susia petaca, ¿entiendes? ¡Malos mengues te coman á ti y á eya, y á mí por sé una probe esgraciá, que no viste sea ni carsa guantes! ¡Er pago que me das, meresío lo tengo; y agur, y Jesucristo y la Virgen te perdonen, esaborío, que m’as sortao güena puñalá!

Y anegada en descompuesto llanto, Churumbela huyó á tropezones, batió la puerta exterior, haciendo retemblar las paredes de la casa. Desde la escalera se la oyó sollozar aún. Cenizate miraba sonriendo á Silvio.

--¿Conque ésta?...

El artista hizo un gesto de fatiga y de desdén.

--Pues chico, hasta la fecha no se sabía... Solano y varios la han apretado bastante, y ella, nada. Modelo, corriente; otra cosa, no señor.

--¡Bah!--murmuró incrédulo Silvio, á cuya furia sucedía la postración.--Ello es que mi petaca... ¿En qué casa de empeños ó cueva de ladrones parará? Llaman... ¡Si es una señora, te vas volando!

Media hora después Silvio despachaba su fiambre é inconfortable almuerzo, y bebía precipitadamente otra taza de te. ¡Tilirirín! La _governess_ de casa de Torquemada, guarnecida de dos niños. Silvio, con el estómago helado, á pesar de la infusión caliente, corrió al taller, retiró del caballete á la Ayamonte, y puso en su lugar el empezado y ya delicioso esbozo de una cabecita morena bajo una lluvia de bucles negros--la niña Celi. Roberto, el varoncito, protestó. La _governess_ le echó una peluca sobre el tema de la galantería.

--Las damas, primero.

Y mientras la miss arreglaba el traje blanco de Celi, Robertito se dió á curiosear la mesa, atestada de revistas ilustradas, de libros con grabados, revueltos con bujerías y cachivaches tentadores.

--_Pray you, Robert..._--refunfuñó la miss, volviéndose;--y como Silvio, maquinalmente, se volviere también, vió algo que le dejó un instante hecho piedra. ¡La miss recogía, de manos del niño, la petaca oxidada, donde brillaba el monograma de rubíes, y avanzaba á entregársela á su legítimo dueño!

--Su estuche á sigaros, señor... El niño lo puede estropiar...

Para una caricatura, la expresión de la inglesa viendo que Silvio se echaba á la cabeza ambas manos, en desesperado ademán, al mismo tiempo que exclamaba, guardándose la petaca:

--Perdone usted... No puedo dar sesión hoy... Diga al conde que, si gusta, envíe mañana los chicos...

--¿Se siente malo?

--Sí, algo indispuesto.

Sin más explicaciones, zafándose de la miss y sus alumnos, Silvio corrió al dormitorio, recogió abrigo y sombrero, lastró el bolsillo con un puñado de duros, únicos fondos que en casa tenía, y saltando las escaleras de dos en dos, cruzando la calleja, voló á tomar un coche de punto en el puesto de la Red de San Luis, dando al cochero las señas de una calle mísera, en barrio extraviado y pobre.

* * * * *

Aquella noche, ya un poco tarde, Minia Dumbría, que á solas descifraba un nocturno de Saint Saens en un armonio chico y cansado, se encontró sorprendida con la visita de Silvio.

--¿Por qué no ha venido á cenar?--preguntó la compositora.

--Porque tenía el estómago revuelto y estoy á magnesia, á migranina, á drogas. ¡Ay!--exclamó impaciente, sentándose sin ceremonia en el sofá.--¡Qué antipático es ese florero de Venecia sobre el fondo carmesí del damasco! Y ¿por qué se pone usted esta bata á rayas violeta? La sienta como un tiro.

Se echó á reir Minia, y consagró con indiferencia una ojeada al florero y á su _deshabillé_ de seda listada, holgado y sin pretensiones.

--Verdad que la combinación es fatal. ¡Azul, carmesí, violeta! Pero si usted no estuviese tan desesperado hoy, no le sobresaltarían semejantes menudencias. ¿Qué ocurre? Desahogue... Ya sabe mi teoría: todos se confiesan; sólo que usted, equivocándose, ha escogido confesor lego... ¿Cierro la puerta? Así... Bien...

Tardaba el artista en romper á explicarse. Al fin estalló la bomba.

--¿Está en casa la baronesa?

--No; en el teatro.

--¿Volverá pronto?

--La última de Lara se acaba cerca de la una.

--Aguardaré hasta entonces... Necesito verla inmediatamente.

--Para recoger el depósito de dinero, ¿verdad?

--¡Cómo me conoce usted!--suspiró Silvio, tomando la diestra de su interlocutora y estrujándola con angustia de náufrago.

--¡Sus manos están hechas carámbanos! Acérquese á la estufa... Mi madre le soltará á usted una filípica tremenda, merecida; pero le entregará al punto lo que le haga falta.--Tranquilícese. Salga ese embuchado...

--¡Embuchado! Los embuchados y las contrariedades importan un bledo, señora, cuando aquí dentro (golpeo de esternón) hay ánimos, hay serenidad, hay esa flema de usted...

--¡Mi flema!--repitió Minia, hablándose á sí propia.

--Hoy fué un día desastroso para mí, un día negro; para otro, quizá fuese un día como los demás. Á mí, esta tarde, volviendo de mi excursión á las Injurias, nada menos que al paseo de las Yeserías, hasta se me ocurría... ¡qué barbaridad! una de esas humoradas que leemos en la prensa, y que entrando por la boca se alojan en la masa encefálica. ¿No le parece á usted que esto es grave?

--Siempre. ¡Esa idea revela desarreglos nerviosos, lesiones ya profundas! Es propia de _degenerados superiores_, como usted. Sin embargo, á pesar de la relación que existe entre la sensibilidad peculiar de usted y tal impulso, las circunstancias...

--¡Naturalmente! Oiga usted. Introito: mi portera se larga á recados, y me quedo abriendo: lo más aborrecible. Á todas éstas, me acomete uno de mis jaquecones. Llega el bueno de Crivelo, y el demonio la enreda de suerte que no puedo negarle un préstamo de 1.000 pesetas...

--¡Incorregible!--gritó Minia, condolida de la hemorragia provocada por el certero tajo de sable.

--Bien, suprima los regaños: con la baronesa basta... En seguida echo de menos la petaca de plata, regalo de la Sarbonet; se me antoja que me la ha quitado la gitana típica que tanta gracia le hace á usted, la Churumbela; se aparece en aquel momento llovida del cielo, y la harto de improperios; me pongo hecho una hiena; la pego casi...

--¡Pobrecilla! ¿Y no era ella?

--Verá usted... ¡Aguarde, que estamos empezando! Para desengrasar, Marín Cenizate (el adicto que me abruma con todo el peso de su adhesión) se empeña en exponer dos de mis retratos en el Salón Amaré, para dejar bizcos á mis envidiosos. Así dijo el muy simple: á mis envidiosos.

--¿No los tiene usted?

--No. En el verdadero sentido de esa palabra, no. ¡Y usted no lo ignora! Sigo la relación. Vienen los chiquillos de Torquemada, y el Robertito revuelve en mi mesa y me presenta... ¿qué dirá usted? ¡La petaca, la petaca!

--¡Qué lance! ¿Ve usted? Tenemos el vicio de sospechar de los pobres. Toda nuestra relación con ellos se basa en la sospecha. ¡Base extraña! No sé cómo no nos han quitado ya hasta la respiración, porque si al cabo les hemos de tener por ladrones...

--Cierto. Yo menos que nadie, pues fuí tan pobre, debía... En último caso, ese modo de insultar porque nos quiten un dije inútil, esa indignación ante pequeñeces, es algo bárbaro. En fin, me entró tal fatiga, que á las Yeserías me fuí, y en la zahurda de la gitana casi me arrodillé para que me absolviese.

--¿Y absolvió?

--Nada de eso. ¡Me trató peor que yo á ella! Me tiró á la cara el dinero que la llevé. Y debe de hacerla falta. ¡Qué tugurio! ¡Tanto churumbel color de aceituna! De todas maneras, quedé algo tranquilo con haber reconocido mi yerro. “Pégame” la dije. “Á no matarte, desalmao, no te toco”... fué la contestación; y allí se quedó llorando.

Calló. Minia reflexionaba; de un café próximo subían acordes, trozos de música, amortiguados por la distancia. Silvio permanecía cabizbajo. La compositora, mirándole fijamente, articuló por fin:

--Y... ¿no hay más? ¿No hay otro... embuchado?

--Embuchado no y embuchado sí... ¡Caso que lo fuese, ya se acabó! ¡Ñac, ñac! Trueno...

Y Silvio castañeteaba sus dedos largos, flexibles.

Minia, repentinamente grave, prorrumpió:

--Culpa de usted, de fijo.

--Culpa mía... Lo reconozco. He estado despiadado, tremendo...

--¡Pobre mujer! ¡Y yo que la creo tan leal!

--Y no se equivoca usted--declaró Silvio con calor.--Por eso me odio. Debí producirme de otra manera. Eso, eso es lo que me puso los nervios locos.

--Si es sólo una riña... se arreglará--murmuró la compositora.

--¡Ni se arreglará, ni lo deseo! Del desarreglo me felicito. Lo que me escuece son las formas que empleé. No procede así un hombre. Y es que á cada hora del día soy distinto: créalo usted. Tan pronto me las apostaría con los de la Tabla Redonda, como me sería indiferente hacer méritos para ir á presidio.

--¡Exageraciones á un lado! Sepamos qué ha ocurrido--repuso Minia, curiosa de lo sentimental, como todas las mujeres.

--Atención... Ha ocurrido... ¡el diablo son ustedes!--que quería... quería casarse conmigo. Ea, ¿qué tal?

De sorpresa, se persignó Minia. Era conocida, proverbial, la repugnancia de Clara Ayamonte á las segundas nupcias, y de esto, como de otras cosas, se acusaba al Doctor Luz y á su pedagogía disolvente.

--¡Casarse con usted!--repitió.--¿Es de veras?

--Y tan de veras. Para darme medios de seguir mi vocación: para que no haya más cromitos.

La confidente, con vivacidad, pegó una palmada en el borde del sofá, y exclamó:

--¡Cuando yo decía que no es una mujer vulgar! Ese conato generoso, óigalo bien, no lo tendrá ninguna de las que usted ha de engatusar todavía, á pretexto de retrato. Lo que es ésta (confirmo mi opinión) sentía, sentía en el alma. ¿Y usted la maltrató por tal ocurrencia? Pues, sencillamente, le resolvía el porvenir. Cuidado, Silvio; lo primero que hemos de hacer es ver claro en nosotros mismos y trazarnos la vía.

--Trazada la tengo... ¡y aunque sea menester ir pisando brasas...!

--¡Fantasías...! Se equivoca. ¿Qué vía ni qué niño muerto? _Aspirar no es querer._ Fíjese: vino usted aquí con el pío de que tres ó cuatro retratos al mes le diesen para subsistir mientras ahondaba en labor más seria. Por un golpe de varilla mágica, en vez de tres ó cuatro, son treinta, cuarenta, cien encargos los que, apremiantes, le caen encima. ¡Y qué clientela! La crema, la espuma, el éter de la sociedad. Se susurra que ya fermenta el encargo de Palacio... Muy bien. ¿De qué le sirve para la _aspiración_ tal golpe de fortuna? ¿Ahonda? Ni un azadonazo. ¿Ha recaudado siquiera fondos, tesoro de guerra? De su ensueño se halla usted á mayor distancia que el día en que, con ropa raída de verano, en segunda, llegó á esta villa y corte. Le faltan á usted condiciones vulgares, y acaso reúne facultades extraordinarias. Ni sabe ahorrar, ni reservarse, ni metodizar el trabajo. No será usted _snob_, no adora la sociedad; pero se deja arrastrar por ella, y será vencido. Está usted cogido en un engranaje enteramente incompatible con las altas inquietudes que me descubrió en Alborada... Y viene una mujer, llena de cariño, poseedora de cuantiosa hacienda, distinguida, intelectual, sensible, á acercarle al ideal, suprimiéndole toda preocupación del orden práctico, y la recibe, por lo visto, á puntapiés.

El artista, preocupado, se mordía el rubio bigote.

--¡Y mi libertad!--clamó.--¡Señora, usted es muy ilusa! Clara, probablemente, lo que buscaba era impedir que yo retrate á otras; en una palabra, hacerme suyo... comprarme.

--Yo ilusa y usted fatuo é ingrato... ¡Vaya unas deducciones bonitas! ¿De dónde saca tales supuestos?--replicó Minia, indignada.--Clara es incapaz de un cálculo egoísta, mezquino. Júzguenla como quieran, y sin que yo la canonice, su carácter y su corazón valen oro. Esa mujer lee en su destino de usted y lo interpreta mejor que el interesado...

--Diga usted, al menos, que el desinteresado...--objetó Silvio.

--¡Conforme!--prosiguió ella, riendo otra vez, á su pesar, como se ríe la salida de un niño.--Confiese que Clara pudo encontrar novio, novios más brillantes, en su esfera social, que usted... Los móviles de su proposición la honran: asociarse á una vocación de artista, dar alas al genio... ¡La libertad, dice usted! ¡Ah, bobo! ¡Ya verá qué libertad le aguarda! Cada elegante cliente trae en la mano un eslaboncito de cadena para soldarlo al anterior. Cuál es de oro, cuál de plata, cuál de diamantes roca antigua, cuál de diamantes al boro... Todos eslabones. ¡El tiempo me dará la razón!

Agachaba Silvio la cabeza bajo la rociada. Minia, persuasiva, apretó.

--Ahora empieza el sermón... La idea de Clara no representaba para usted solamente la libertad económica: representaba algo superior: el arreglo de su conducta, su moralidad. ¡No le amonesto á usted en nombre de cosas... en que usted no cree; no se trata de eso...!