Part 3
Como los otros se reían, _Cartucho_ rumió entre dientes dolorosos ayes; sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no flaqueó su energía. Al contrario: diríase que la rabia del golpe inflamaba su coraje. Tenía fama de excelente tirador de piedra: eligió del suelo una, bien lisa y monda, afilada lo mismo que un hacha, y antes de arrojarla, se detuvo. Telmo esquivara la nueva descarga de piedras lanzada contra él por medio de una maniobra análoga á la anterior: huyendo prontamente al otro extremo del adarve, y refugiándose en un cubo. Esta ocasión aguardaba _Cartucho_. Calculó adonde se replegaba Telmo, y allá disparó el guijarro con mano certera. El proyectil alcanzó á Telmo en un hombro. El sitiado se detuvo, paralizado sin duda por el golpe. No obstante, ni llevó la mano á la parte lastimada, ni se abrió su boca para exhalar una queja. Lo que hizo fué evitar la segunda peladilla, adoptando una estrategia de salvaje. Presentaba el derruido murallón bastantes desigualdades, y los huecos de los arrancados ó desquiciados sillares dejaban sitio para que pudiese una persona agarrarse, sostenerse, ocultarse, y parapetarse en caso de necesidad. Telmo eligió uno de esos huecos, favorables á su plan de defensa, colocándose de tal suerte, que si, para lanzar las piedras, sacaba fuera del adarve todo el pecho, al ver venir la granizada, podía descolgarse apoyando un pie en el hueco, y quedar protegido por el muro. Sus dos brazos, como aspas de molino, salían por cima del adarve, arrojando proyectiles con tanto acierto, que ya tres sitiadores cojeaban; lo cual revelaba la caballerosidad de Telmo, que, acosado, sitiado por enemigos numerosos, solo allí para defenderse contra un ejército, acataba la ley del código de honor: disparaba únicamente á las piernas.
Comprendían sin embargo los asaltantes que aquello era cuestión de tiempo, y esto mismo cebaba más su fiereza y su coraje. De trece ó catorce piedras lanzadas á la vez, ¿no había de tocar alguna al defensor? ¿No habían de herir aquella cabeza que incesantemente se alzaba y hundía, á modo de diablillo en caja de chasco? En lucha tan desigual, á Telmo le tocaba sucumbir. Froilán Neira (_Edisón_), el más listo de la partida, la única inteligencia calculadora de la reunión, tuvo una idea luminosa.
—No haremos nada, ¡puño! mientras nos estemos aquí apiñados.... Así él sabe de dónde viene la piedra y se escabulle.... Á repartirse. Callobre, Augusto y Montenegro, allí.... Rafael y Santos, á la derecha.... Los demás, en aquella peña alta.... Yo, en esta otra.... ¡Y á la cabeza! En el pecho duele pero no aturde.... Á la cabeza, entre los dos ojos, que eso derrenga á un buey.
Diciendo y haciendo, el hábil _Edisón_ fué á empericotarse en el arrecife, punto señalado para consumar su hazaña. Era un peñasco negro, picudo, resbaladizo por las verdes algas que lo revestían, y en su centro, una excavación contenía agua de mar, clara y tibia, especie de ensenada en miniatura, en cuyo fondo se veía vibrar sus tenazas á los cangrejos y esponjarse á un pólipo verde botella. El mar, el mar verdadero, bañaba el pie del escollo, y _Edisón_ se mojó las botas para tomar aquella ventajosa posición. No le importaba. Estribó firmemente en la meseta superior del peñasco; acechó, y al ver rebasar del muro la cabeza del sitiado, apuntó á la rizosa vedija de cabellos, alzó el brazo, lo revolvió tres veces con pausa.... ¡Ah! lo que es esta sí que había hecho blanco.
La cabeza desapareció de la rasante del murallón.... Los sitiadores exhalaron un grito de triunfo ronco y fiero.... Pero la cabeza reaparecía, pálida, surcada por un hilo de sangre; serena, fruncido el ceño, sublimada por radiante expresión de gozo y de heroísmo, y las dos manos, á un tiempo, enviaban á las piernas de _Edisón_ dos proyectiles.... Ambos acertaron, y sin causar grave daño al caudillo, lograron no obstante, por la falsa posición en que se encontraba,—parecida á la del coloso de Rodas,—derribarle de su pedestal. Cayó, y cayó al mar de plano, y el agua salobre penetró en sus orejas y en sus pulmones, aturdiéndole. Mas como allí se hacía pie, el chico, guiado por el instinto de conservación, braceó y logró salir al playal. El incidente había distraído y aun asustado un poco á sus compañeros: todos abandonaron sus posiciones y se dirigieron á la arena, con la vaga aprensión de algún trágico suceso. _Edisón_ surgió chorreando y bufando de vergüenza, enseñando el puño á la guarnición del inexpugnable castillo. Como si fuese una consigna, todos los de la partida arrojaron á Telmo, en defecto de las inútiles piedras, algún insulto. «¡Cobardón, mandria, bocalán; á que no te pones como antes sobre la pared!.... ¡Te escondes, y desde el escondite disparas! ¡No vale, miedoso! ¡Traición!»
Con la serenidad de la tarde, la quietud de las olas, el silencio de aquellos parajes solitarios, las injurias llegaban altas y estridentes al defensor de San Wintila. Y no se sabe cuál fué más pronto, si oirlas ó trepar por las grietas y presentarse de cuerpo entero sobre el adarve, con las manos vacías, los brazos desdeñosamente cruzados sobre el pecho, ensangrentada la faz, el traje desgarrado. Su actitud era de reto y provocación, de un reto orgulloso, de vencedor y héroe.
Los chicos, sin consultarse, se inclinaron para coger cada uno su piedra, y sin concierto, á intervalos desiguales, hicieron el molinete, lanzaron el proyectil.... Telmo, inmóvil, sin descruzar los brazos, ni poner en práctica sus acostumbrados medios de defensa, sin correr por el adarve ni descolgarse buscando la protección del muro, aguardaba.... ¿Cuál de aquellas piedras fué la que primero le alcanzó? La escrupulosidad histórica obliga á confesar que no se sabe. Probablemente le tocaron dos á un tiempo: una en el brazo izquierdo, otra sobre una oreja, junto á la sien. Y tampoco se sabe por obra de cuál de las dos abrió los brazos como el ave que quiere volar, y se desplomó hacia atrás, precipitado en el vacío.
Quedáronse los muchachos aturdidos ante su victoria. No la celebraron con gritos ni con clamoreo triunfal. Hagámosles justicia: la conciencia les argüía. Sus corazones nuevos y frescos, sus almas no baqueteadas aún por las componendas de la experiencia y de la vida, les decían á gritos que el lauro estaba manchado de infame cieno. Reinó entre ellos el silencio más profundo. Se miraron. El ruido blando y sordo del mar al estrellarse en la playa, el chapoteo de las olitas contra los escollos del canal, les parecieron voces acusadoras.
—¡Contra!—se atrevió á decir _Cartucho_, el más desalmado guerrillero.—¡Lo hemos jericopleado, señores! Duro, por hacer burla de nosotros.
—¡Barajas! ¿Y si está muerto? La hicimos buena....—indicó _Edisón_, el más previsor, hablando muy bajo, por si le oía el juez.
—¡Qué muerto, ni qué!.... Un _croquis_ ó dos en la cabeza.... Un chichón más ó menos,—opinó Augusto, rapaz de dos lustros y algunos meses, ya asiduo fumador de _elegantes_.
—Á verlo, á verlo,—exclamó Montenegro, tomando á brincos el camino de la fortaleza.
Siguiéronle los demás. Era el arrecife peligroso, resbaladizo; pero los chicos saltariqueaban por él lo mismo que gaviotas. La entrada del fortín no tenía puerta alguna; únicamente amontonadas piedras obstruían el ingreso, y grandes dovelas caídas y poderosos sillares volcados formaban una especie de barricada, que zarzas y ortigas hacían más inaccesible. Salvado aquel obstáculo, tenían que cruzar los sitiadores una poternita baja, y entraban en lo que debió de ser cuerpo de guardia de los antiguos defensores de la fortaleza, pues aún se veían, en el murallón, señales del fuego de la chimenea ó cocina en la pared denegrida por el humo. Allí, sobre un montón de escombros que había recibido su cuerpo al caer de lo alto del adarve, yacía Telmo, ensangrentado, blanco como la cal, sin movimiento ni señal alguna de vida. Los vencedores se quedaron de una pieza.
—Ó está muerto ó lo parece,—dijo Montenegro con pavor.
—¿Qué muerto ni qué muerto? Se finge para asustarnos,—declaró _Cartucho_.
—No seas bárbaro,—respondió _Edisón_, siempre en competencia con el hijo del armero, que le vencía en vigor, y á quien él vencía en meollo.—No seas cafre. Está muy mal. La hicimos, ¡barajas!
—Pues ahora.... no hay más camino que _liscarse_. ¡Y pronto!
—¿Y _ese_? ¿Lo dejamos así, como á un gato que se cayó de la buhardilla?
—¿Qué remedio? ¿Te quieres quedar tú á cuidarlo?
—_El padre_ vive ahí cerca, al lado del Campo Santo,—advirtió Augusto el fumador.—Podíamos avisar....
—Cállate tú, cállate tú, tapón.... Á ver si te moneas conmigo.... ¿Avisar al padre? Á mí no me da la gana de ir á casa del padre, ¡contra!
—Ni á mí....
—Ni á mí....
—Ni á mí, aunque me ofrezcan cien duros....
—Pues largo, que á lo mejor los municipales nos pillan.... Cada uno por su lado. ¡Arre!
IV
El hombre que se había consultado con Moragas, no extrañó, al salir de casa del Doctor, el no encontrar á su hijo. Sabía que el rapaz era aficionado á dormir hasta muy tarde, mejor dicho, á estarse en la cama soñando despierto, y achacó la inexactitud á pereza. Ya parecería en casa de Rufino.... ó donde Dios dispusiese. Tomó el enfermo calle arriba. Al pasar por delante del edificio que encierra á la vez el Gobierno civil y el Teatro de Marineda, un instinto ó un hábito le impulsó á buscar la sombra de los soportales, y antes de llegar á la calle Mayor, que se columbraba á poca distancia rehirviendo en gente y llena de animación, giró hacia la izquierda y metióse bajo otra fila de arcos, que forman la soportalada del muelle: Era aquello el reverso de la medalla; no cabía más marcado contraste que el de las tiendas de la calle Mayor—surtidas, desahogadas, luciendo hermosos escaparates de altos vidrios, bien alumbradas de noche por el claro gas—con los pobres tenduchos y figones, y las sospechosas aguardenterías de las arcadas de la Marina, donde celebraban sus conventículos cargadores, pescantinas, habaneros recién desembarcados, vestidos de dril y con el rostro color de caoba, soldadetes y carreteros del barrio de la Olmeda, que antes de picar á su yugada para que arrastrase el horrible peso de los bocoyes que abrumaban el carro, aguijaban su propia brutalidad con una dosis de alcohol....
El cliente de Moragas....—á quien atribuiremos el nombre de Juan Rojo,—se detuvo á la puerta de la aguardentería más sórdida, más tenebrosa, la que frecuentaba gente más perdida y de donde se oían salir voces más avinadas y palabrotas más soeces. Antes de entrar, fluctuó un instante. Al fin el Doctor le había mandado que no bebiese gota, que no lo catase siquiera. Luchaba en Rojo la ya imperiosa costumbre con el instinto de conservación ó voluntad de vivir que no abandona, ¡cosa extraña!, ni á los mismos suicidas, en el crítico instante de atentar contra su existencia. «Cuando el médico lo dice....» Pasados diez segundos, transigía ya con un vasito, un vasito de á medio cuarterón, una miseria. «Poco veneno no mata», pensó, encogiéndose de hombros. Y tendiendo al vaso una mano mal delineada,—larga y fuerte, de dedos rudos,—lo trasegó al gaznate. Aquel espolazo le infundió resolución. Al salir del tabernucho era su paso menos furtivo y cauteloso; su rostro ostentaba cierta seriedad provocativa, arrogante, como de persona determinada á arrostrar cualquier hostilidad, imponiéndose. «Me dan ganas de ir por la calle Mayor», pensaba. «La calle es de todos, y quisiera yo saber quién puede oponerse á que me pasee por donde se me antoje.» Caló más el sombrero, metió las manos en los bolsillos del pantalón, y enhebrándose por el callejón del Arancel, hizo irrupción en la calle Mayor,—emporio de Marineda.
Las gentes marinedinas, no siendo en tiempo de verano, prefieren pasear antes que anochezca del todo; y huyendo de la temperatura desapacible y del cierzo húmedo que sopla en el Ensanche, se hacinan en la calle Mayor, abrigada por su misma angostura. Llena estaba la calle de una multitud muy emperifollada y muy deseosa de mirarse y divertirse, cuando entró Juan Rojo. Éste no produjo ningún efecto; el gentío se lo bebió. Las señoras subían y bajaban, entretenidas, ó en criticarse, ó en observarse de reojo los trapos de cristianar, y ni vieron á aquel hombre, que, si podía interesar al observador, debía pasar inadvertido entre el bullicio de una concurrencia tan apiñada como brillante. De las damas que ostentaban su mejor ropa y se paraban á saludarse y á curiosear los escaparates de los comercios, ninguna conocía á Juan Rojo. Si algún caballero recordaba su cara y su talle, ya se colige que había de hacerse el desentendido. Juan miraba á diestro y siniestro, sin encontrar más que fisonomías distraídas é indiferentes.
No obstante, á la puerta del Casino de la Amistad, en sillas colocadas fuera del vestíbulo, Juan divisó un importante grupo. Componíanlo el Presidente de la Diputación, el rico fabricante y concejal Castro Quintás, el brigadier Cartoné, el novel abogado y á ratos periodista Arturito Cáñamo, el magistrado Palmares, el Fiscal de la Audiencia D. Carmelo Nozales, y el señor Alcalde de Marineda en persona. Rojo, al acercarse al Casino, mitigó el paso, y puede decirse que se encaró con el corro; miróles fijamente, y como, al parecer, no le reconociese ninguno, saludó casi en voz alta: «Señor de Palmares.... señor Alcalde.... felices....» Volviéronse, como picados de la víbora, el oidor y la autoridad popular: sus semblantes se anublaron, sus labios exhalaron una especie de sordo murmullo, que lo mismo podía ser respuesta que injuria. Rojo, sin quitarles de encima la vista, siguió lentamente su camino. Al extremo de la calle, donde ya se ensancha para descender en ligero declive hacia el Teatro, y donde los paseantes escasean, Rojo tropezó con dos personas, una niña y una mujer del pueblo, modestamente trajeadas, que se quedaron mirándole de hito en hito. La niña, agazapada en las faldas de la mujer, con los ojos dilatados de terror, exclamó en voz trémula y baja:
—¡Ay madre! ¡El verdugo!
Sintió Rojo la exclamación como si recibiese una bofetada fría en el rostro. Volvióse, y acercándose á la criatura, que ya no se agarraba á las faldas, sino que abrazaba, convulsa, llorando á gritos, las piernas de su madre, dijo sentenciosamente, alzando la huesuda diestra:
—Como te libres de la justicia, de mí bien libre estás.
Y continuó andando, mejor dicho, corriendo, porque había perdido todo el aplomo facticio debido al trago y desplegado al atravesar la calle Mayor, y otra vez predominaba el impulso de buscar los rincones sombríos, los sitios desiertos de la ciudad, el que le movía á filtrarse por las calles más extraviadas y sospechosas, y á preferir, para sus salidas, las horas en que cendra su velo de neblina el crepúsculo. Arrimado á las casas, protegido por los soportales, alcanzó la cuesta que asciende al Cuartel de Infantería, y una vez en la explanada del Campo de Belona, sintió cierto desahogo. Estaba ya en sus barrios. Allí se encontraba, ya que no entre sus iguales,—pues no tiene iguales Rojo,—al menos entre el pueblo indulgente, que perdona todo lo que hacen los miserables _por el pan_. La sensación de bienestar de Rojo aumentó al cruzar la puerta de Rufino.
Era la casa de Rufino una tendezuela de las llamadas antaño «de aceite y vinagre», y donde hoy se mezclan la especiería, el petróleo y los comestibles, con los fósforos, barajas, aleluyas, alpargatas y otros artículos variados; por ejemplo, pastillas de jabón rosa y verde, lechuga y botellas de cerveza. No todos los líquidos que se despachaban allí eran de origen sajón, pues en la trastienda de Rufino, y alrededor de una mugrienta mesa, solía enzarzarse por las tardes la partida de brisca, jugándose muy españolas copas de aguardiente. Hacían la partida Rufino el tendero; Antiojos, zapatero de viejo; Marcos Leira, hojalatero y lampista, y Juan Rojo. Quizá algún aficionado á meterse en lo que menos le importa tendrá la pretensión de averiguar cómo podían el remendón y el artista en lata dedicar sus tardes al cultivo de la brisca y del tute real, abandonando la lezna y el soldador. Responderé al susodicho curioso, que las familias de Antiojos y Marcos Leira estaban organizadas con arreglo al usual patrón siguiente: la mujer descornándose y reventándose á trabajar, mientras los borrachines maridos cultivaban el ocio con dignidad.... y con brisca.
La esposa de Antiojos era operaria en el taller de Peninsulares de la Fábrica de Tabacos; sus ágiles dedos y los de su hija mayor, ganaban el sustento de la familia. La hija menor, raquítica, que no había conseguido aún el suspirado ingreso en la Granera, se dedicaba á «preparar labor» á su respetable papá, cuyo taller consistía en una de las barracas que á manera de rojos hongos pululan á la sombra del Cuartel de Infantería, al pie del Campillo de la Horca, hoy Rastro.—Allí se pasaba la vida la mísera segundona de Antiojos, esperando la problemática llegada de un parroquiano para correr á avisar al remendón, que solía recibirla con malas palabras y mucho peores obras. Mientras no aparecía el parroquiano, la muchacha, que, por tener desgracia en todo hasta había recibido en la pila el feo nombre de Orosia, no estaba ciertamente mano sobre mano ó dándose aire con el abanico. Ella remojaba la suela; ella la batía sobre la chata piedra, estropeándose las rodillas; ella señalaba con el punzón las distancias del clavillo; ella cosía el material; ella enceraba el hilo y recortaba y engrudaba las plantillas; ella abría los ojales, y cuando Antiojos llegaba despidiendo rayos por la inflamada nariz y los encandilados ojos, apenas tenía ya que hacer sino lo indispensable para no perder la dignidad de _maestro_, la cual se cifraba especialmente en _la forma_, es decir, en la hormaza de madera donde encajaba la bota ó zapato que debía restaurar.—¡Cabra, vaca sucia, malditona!—solía decir á Orosia en su pintoresco lenguaje.—¡Como me toques á la forma.... te estripo!—Y la sin ventura Orosia lo ejecutaba todo.... menos tocar á la forma, que era por lo visto la misteriosa clave del arte zapateril.
Á Marcos Leira, el hojalatero, le daba el vino por distinto lado: por el buen humor y la sandunga. Si á la mañanita, antes de matar el gusano, solía vérsele alicaído, con una murria siniestra, en diciendo que se echaba al cuerpo el primer vasito de caña rubia y melosa,—esa excelente caña que se vende en la más ínfima taberna marinedina,—ya estaba el honrado Marcos lo mismo que unas pascuas de alegre, y suave como el terciopelo con su esposa y sus chiquitines. Concha la hojalatera, morena, buena moza, de fogosos ojazos, juraba y perjuraba que no sabía ella cómo ciertas mujeres se lamentaban de que sus maridos trajesen, al volver á su hogar, «un poquito de aquel de bebida». Sobre este delicado punto andaban siempre á la greña la cigarrera, mujer de Antiojos, y la de Marcos. Esta, ¡alabado sea Dios!, nunca más contenta que cuando su cónyuge tenía «la gotita en el cuerpo». Entonces no sólo se mostraba decidor, cariñoso, galante, sino que se tumbaba en la cama ó salía, dejando en paz á Concha y al oficial, que trabajaban mucho más solos. Las malas lenguas se despachaban á su gusto comentando la inclinación de la bella hojalatera á zafarse de su esposo; pero tal vez fuese exceso de malicia el roer los zancajos á la mujer del borrachín, puesto que su tienda y tráfico andaban lucidísimos, dirigidos por ella, que, siempre limpia y repeinada, semejaba una reina entre tanta alcuza, regadera, colador, reverbero, linterna y palangana, fulgentes como la plata bruñida. Si la hojalatera cojease del pie que los vecinos sospechaban, su comercio no se vería tan próspero, sus chiquillos tan saludables. Se murmuraba, ¡claro está!, ¿de quién no se murmura? No podían avenirse las comadres del barrio del Cuartel á que la buena moza tuviese su casa «llenita de todo», lo mismo que si el marido no fuese un solemnísimo beodo, holgazán y jugador; y el reconcomio de la envidia era sin duda el que las movía á atribuir tan negros móviles, no sólo al celo y asiduidad del joven oficial de hojalatero, sino á las visitas de algún teniente que por allí se entretenía un rato al salir del Cuartel.
Los cuatro jugadores de brisca eran cuatro ejemplares de alcoholismo muy diferentes entre sí. Casi deberíamos descontar uno, el especiero-tabernero Rufino. Este no bebía más caña de la necesaria para impulsar á los otros; economizaba su vaso á la vez que colmaba el ajeno.—Marcos Leira era el sér abyecto conducido por la bebida á la atrofia del sentimiento del honor popular (tan enérgico como el caballeresco), ó forzado á beber sin tino para olvidar la vergüenza, y capaz ya hasta de soltar un chiste cuando, no recatándose de él, agarraba el teniente á la hojalatera por el talle. Antiojos, el beodo brutal, en quien el alcohol despertaba el sordo impulso de la locura sanguinaria. Á veces, cuando regresaba á su casa tambaleándose, haciendo eses sobre el pavimento desigual de las míseras callejas, por su cerebro obtuso cruzaba purpúrea nube, y sus manos trémulas é inciertas sentían hormigueo feroz, prurito de estrujar destruyendo.... En cuanto á Juan Rojo, pocas veces llegaba al estado de verdadera intoxicación alcohólica: tenía la cabeza resistente, el estómago firme, terco el pensamiento, y si la bebida le reanimaba al pronto, tardaba mucho en abstraerle completamente de la realidad. Él no le pedía sino olvido.... ¡y el olvido tardaba tanto en acudir! Aquel día, sin embargo, al sentarse ante la mesa de la trastienda de Rufino, recordaba las palabras del Doctor, y se había propuesto reprimirse. Á la primera ronda, no bebió. Mientras daba cartas, la abstención le sumía en una especie de marasmo,—el marasmo insufrible que no desconoce ningún vicioso, si ha intentado la enmienda.—En el profundo y desconsolado abatimiento que le invadía, se le hincaba en el espíritu el recuerdo de aquel grupo sentado á la puerta del Casino. ¡Finchados de señores! ¡No responder al saludo sino con despreciativo murmullo! ¡Ah! ¡Ya estaba él cansado de tragar ajenjo, y si un día hablaba, le iba á acusar las cuarenta al Alcalde, á los señores de la Audiencia, al mismo Presidente en persona! ¿No era Rojo también _funcionario_? ¿Valía de algo lo que _dispusiesen_ los de la Audiencia, si no estuviese _él allí_ para cumplirlo? ¡El Alcalde! ¡Con qué altanería se había negado días atrás á admitir al hijo de Rojo en la Escuela municipal! ¡No admitir á su hijo en la Escuela! ¿Querían que fuese un pillete, sin instrucción ni oficio? ¿Querían que....?
Los ojos de Juan se volvían hacia el vaso lleno. Resistió no obstante, ¡rara firmeza!, durante las primeras horas de la tardecita. Sostuvo con heroísmo la batalla. Por fin, cuando ya el sol se acercaba á su ocaso y los sucios vidrios de la tienda hacían más turbia la escasa luz, aquellas sombras, cuya lobreguez caía á un tiempo sobre sus pupilas y sobre su espíritu, fueron cómplices de la transacción. Tendió la mano temblorosa hacia el licor, y lo apuró, sintiendo con recóndita alegría que las sensaciones y sentimientos habituales, calor y esperanza, acudían á su llamamiento, y que una especie de palanca moral le soliviantaba, sacándole del pozo de hiel en que momentos antes yacía. Una grosera chanza de Marcos le hizo reir; y, á una barbaridad de Antiojos, contestó bromeando.—Al mismo tiempo advertía cierta inquietud vaga, aprensión de un mal desconocido, inquietud que en los hipocondríacos es estado normal, pero que, _a posteriori_, suele llamarse presentimiento. ¿Dónde estaría el chiquillo?