Part 2
Cuando salió del camaranchón, pudo verse que Telmo no era guapo. Tampoco ha de negársele alguna gracia y gentileza, algún atractivo de ese que caracteriza á los pilluelos, por sucios y derrotados que estén. La arremangada nariz tenía su chiste, lo mismo que los gruesos labios de bermellón, afeados por la forma de la caja dentaria, que los proyectaba demasiadamente hacia fuera. La frente, lobulosa, retrocedía un poco, y la cabeza era de esas lisas por el occipucio, como si hubiesen recibido un corte, un hachazo,—cabezas de vanidosos, de ideólogos,—salvando algún tanto lo acentuado de esta conformación, el bonito pelo negro, ensortijado y tupido como vellón de oveja. Los ojos, infinitamente expresivos, de córnea azulada, líquida y brillante, eran dos espejos del corazón del muchacho: en ellos el placer, la pena, la altivez, la humillación, el entusiasmo, la vergüenza, se pintaban fiel é instantáneamente, reflejando un alma abierta y fogosa. Aquellos ojos pedían comunicación; buscaban á la gente, al mundo, para derramarse en él. En conjunto, la cabeza del niño recordaba la de un negro.... blanco, si es permitida la antítesis. No sólo el diseño de las facciones, pero la expresión candorosa de cómico orgullo que se advierte en la fisonomía de los negros ya civilizados y manumitidos, completaban la semejanza de Telmo con el tipo africano, y por su rostro también pasaban las ráfagas de tristeza y receloso encogimiento que caracterizan á las razas obscuras, cuando aún no borraron el estigma de la esclavitud.
Al cruzar la puerta, lo primero que notó Telmo fué una sensación, ya acostumbrada, de bienestar, bajo la caricia del aire exterior. Aborrecía las cuatro paredes, y nunca ave cautiva en jaula, fiera circunscrita entre barras de hierro ó gas sellado en redoma, aspiró con más energía á la plenitud del espacio. Si le gustaba lo apacible y bello, lo grandioso, lo inmenso, le arrebataba.
Su segunda impresión fué distinta: observó que el sol, toldado entre nubes, ya empezaba á descender de la mitad del cielo, señal de que él, Telmo, se había descuidado, y probablemente sería tarde para reunirse con su padre á la puerta del señor de Moragas. Este pensamiento le espoleó. De su padre había adquirido la noción escueta y coercitiva del literalismo, de la obediencia á los poderes constituidos, y la practicaba; obedecía sin reverenciar ni temer, y sentía incurrir en falta por la falta misma, no por las consecuencias, pues no había allí verdadero rigor paternal. Salió disparado; la distancia, aunque tenida por respetable en Marineda, era un juego para las piernas ágiles del chico. Además, todo cuesta abajo, y con sitios donde se puede ir á la carrera como el Campo de Belona y el Páramo de Solares, que desde hace bastantes años lucha por ser plaza de _Mariperez_—nombre de la heroína popular de la linda capital marinedina.
Precisamente, en la cuesta rápida que baja del alto terraplén, donde se asienta el Cuartel de infantería, al Páramo de Solares, encontró Telmo una tentación que le hizo perder algunos minutos. Desemboca en aquella cuesta la vetusta calle donde, en un caseretón no menos averiado, se acomodaba como podía el Instituto de segunda enseñanza; y los chicos, entre dos clases, solían desparramarse en bulliciosa bandada por el Campo de Belona, ejecutando á su modo evoluciones militares y simulacros, no siempre incruentos, de batallas, en que los proyectiles mortíferos que debemos á los adelantos de la ciencia, eran sustituidos por los que la naturaleza ó las obras de cantería brindan á la juventud. ¡Con qué envidia miró Telmo á aquella falange! ¡Cómo se le iban los ojos tras ella! Si le fuese _permitido_ unirse á la partida y terciar en sus empresas, ¡quién duda que á las primeras de cambio ganaría los entorchados y hasta la cruz laureada! Su expresiva fisonomía se entenebreció, y tuvo uno de sus minutos de tristeza, que eran como fugitivos eclipses de toda esperanza en el porvenir. Detúvose oyendo el bullicio escandaloso, la alborotada gritería de aquellos cachidiablos, y, al fin, resolviéndose, á manera del que dice á una torta sabrosa «ahí te quedas, porque no puedo meterte el diente», tomó por el Páramo de Solares, costeó los soportales nuevos, y fué á parar á la calle de Vergara, que nombran Arroyal todos los marinedinos. Bien conocía la casa de Moragas, y frente al portal se situó para aguardar á que su padre saliese. Sus ojos recorrían, sin embargo, toda la extensión de la calle, y á uno de estos giros de pupila, vió la silueta paternal que desaparecía á lo lejos, bajo las arcadas que sirven de vestíbulo al Teatro. ¡Ya había salido, y él no estaba allí! ¡Qué diría! El chico iba emprender la carrera, cuando un incidente singular le detuvo. La ventana de Moragas se había abierto de prisa, con estrépito de vidrios; asomó un brazo, un blanco puño de camisa, una mano larga y flexible, y dos monedas de plata, brillantes y sonoras, cayeron sobre las baldosas de la acera.... Todo en un decir Jesús.—Telmo se precipitó á recogerlas, instintivamente. Sólo cuando las tuvo bien cautivas en el hueco de la mano, le entraron ciertos escrupulillos.
¿Subiría á restituir las monedas? Digámoslo sin ambajes: la vacilación duró muy poco. Telmo no tomaría, á buen seguro, un céntimo del ajeno bien contra la voluntad de su dueño; en cambio, con la lógica directa de la infancia, creía que quien tira por las ventanas el dinero no ha de censurar á quien lo recoja. Si por un momento le dominó la idea de echar escalera arriba y restituir su presa, la desechó al punto, tratándose mentalmente de _páparo_; y, con resuelto ademán, sepultó los dos duros en el hondo bolsillo de su chaqueta.
Ya no pensaba en reunirse con su padre. Aquel tesoro le imprimió dirección distinta. Por de pronto, le sugirió que ya estaba en situación de alternar con los demás muchachos. No era un concepto reflexivo; más bien un instintivo cálculo, que le decía que el dinero, en este pícaro mundo, cubre y facilita muchas cosas. Él no podía apreciar lo exiguo de la suma; no había visto junta, en toda su vida, otra igual, ni parecida siquiera, y los cuarenta reales que danzaban en su faltriquera se le figuraban asiático tesoro. Con dos duros todo se puede emprender, y todo se alcanza. Telmo, dueño de cuarenta reales, no podía ser el mismo Telmo de á diario, él que no encontraba chico que se asociase á sus juegos, él que en todas partes recogía envenenada cosecha de sofiones y repulsas.
Dilatado el corazón por la esperanza, tan fulminante en la niñez, Telmo, sin acordarse de que tenía padre en el mundo, echó por el Páramo de Solares arriba, alcanzando en breve la cuesta. ¡Con qué presteza la subió! Desde la cima, dominaba la extensión del Campo de Belona. Allá en el fondo, junto al parapeto, bullía el grupo á que soñaba incorporarse. Á dispararse otra vez. La partida no prestaba atención á aquel chiquillo, que corría tanto, que las suelas de sus zapatos, desde lejos, parecían girar. Los alumnos del Instituto provincial marinedino deliberaban ¡cáspita! y la deliberación les tenía endiosados. ¡Como que se trataba nada menos que de un consejo de guerra!
Traían entre ceja y ceja, desde principio de curso, el propósito, el designio heroico de una batalla memorable: aspiraban á reñir la mayor y más homérica _pedrea_ que han presenciado los siglos. Hartos estaban ya de juegos bobos, de inocentes _piñas_ repartidas á diestro y siniestro. ¿Qué valían tales escaramuzas? No; denme Vds. un combate real y efectivo, donde los dos caudillos, Restituto Taconer (alias _Cartucho_) y Froilán Neira (por otro nombre _Edisón_) ganasen imperecedera nombradía. Aquel día les ayudaba la suerte: el Sr. Roncesvalles, catedrático de Historia, había tenido la feliz ocurrencia de quedarse en cama, no sé con cuál entripado ó alifafe, y los chicos disponían de la tarde entera para sus demoniuras; tarde que, además, habiendo roto el sol la cortina de niebla, por su serenidad hermosa convidaba á esparcimiento.
Reducida quedaba la dificultad á buscar un sitio donde los guardias municipales no oliesen la quema. Sobre esto versaba la deliberación. La mayoría propuso la escollera llamada del Parrochal, y también del _Emperador_, por ser tradición—demostrada con sólidos argumentos en un folletito del Sr. Roncesvalles—que á aquella parte de la muralla marinedina, y al pie de su vieja poterna, había atracado la lancha ó bote que conducía al César Carlos V cuando vino á celebrar Córtes y pedir subsidios en la ciudad de Marineda. Era el punto muy estratégico, por estar la muralla derruida á trozos, y abundar portillos y grietas que permitían burlar la persecución de los más activos polizontes. En cambio, ¡barajas!, el sitio se registraba perfectamente desde las ventanas de la Audiencia, Cárcel, Capitanía general, y de muchísimas casas particulares; y apenas silbase en el aire la primer peladilla de arroyo, no faltaría un mala alma que avisase al jefe de la ronda y les echase encima los agentes. Había otro lugar precioso: ¡conchas!, de primor, que ni inventado; un lugar que tenía ya preparadito el escenario y el _argumento_ del hecho de armas que se proponían realizar aquellos valientes.... ¡El castillo de San Wintila!
Allí, allí sí que la acción podía adornarse con todos los requisitos que, según les enseñaban á ellos en clase de retórica, necesita la tragedia: peripecias, prótasis, epítasis y catástrofe. Por allí sí que rara vez, ó puede decirse que nunca, aportaba un agente de la autoridad, con el bastón alzado y la lengua regañona é insultante. Allí sí.... Pero ¡barajas! ¿Qué teníamos con eso? El asalto del castillo de San Wintila no era realizable sin que existiese un héroe, dispuesto á sacrificarse para mayor diversión y recreo de los demás; hacía falta un _pandote_, y nadie lo quería ser; todos aspiraban al lucido puesto de asaltantes. Hablóse de echar la china y la paja-perra; mas nadie se avino á fiar en los azares de la suerte. ¿Azares? Ó trampas.... ¡Vaya V. á saber! No, no; no hay confianza en la cuadrilla.... Sobre esto se armaba un gran vocerío, una acalorada discusión.—«Sois unos panarras, no servís para maldito....»—«Sí, sí, pues anda y sirve tú....; á ver si eres tú el que te mamas las piedras....»—«Hombre, pues á suertes....; la suerte es igual para todos.»—«Me cargo en la suerte; siempre haréis escamoteos y chanchullos....»—«Al Parrochal, hombre, al Parrochal, que allí no hay esas dificultades....»—«Pero ¡barajas! ¡Si en seguida asoma el General los bigotes, y avisa á los municipales para jericoplearnos!....»
Desalado, sudoroso y con el alma al borde de la boca, que abría de un jeme por no asfixiarse en su veloz corrida, llegaba entonces Telmo á juntarse con la banda.—«¿Qué querrá éste?»—gruñó _Cartucho_, fijándole de reojo con sus ojuelos maliciosos y bizcos.—«¿Quién es?»—preguntó un novato del grupo.—Y el hijo del armero silabeó misteriosamente:—«¿Que quién es, barajas? El cachorro del _buchí_».—«¡Contra! No me da la gana de jugar con él.»—«¡Déjalo, barajas! que ya tenemos _pandote_»,—replicó el caudillo con la firmeza y previsión del hábil estratégico que, en acciones de guerra, sabe aprovechar todo recurso.
Telmo se había parado, poseído de increíble timidez, á pocos pasos de la hueste. Toda la incitación de su esperanza; todo el pueril aplomo que le inspiraba la posesión de las dos brillantes monedas, trocóse en encogimiento horrible al verse próximo á la sociedad, que era para él lo que para la mujer tachada, el severo círculo aristocrático, ¡más inexpugnable que una muralla de hierro!, donde no logra penetrar nunca.—Telmo _sentía_ físicamente el peso de su traje destrozado, descuidado y sucio, en presencia de aquellos niños que, aun en medio del desorden del juego, revelaban en su ropa más ó menos lujosa, pero aseada y bien recosida, el cuidado de dedos femeniles, el esmero de una madre, la posesión de un hogar. ¡Cuán felices ellos, con su cuaderno de apuntes en el bolsillo, emblema de la fraternidad escolar, con su alegre compañerismo, con sus horas de juego, con sus estudios que les habían de granjear un puesto entre las gentes, y cuán desdichado él, á quien tenían derecho de rechazar á puntapiés, como á can sarnoso!
Permanecía clavado en el mismo lugar, sin ánimos para decir palabra, agitada la respiración, repentinamente pálidas las mejillas, el corazón bailarín. Los dos pedazos de plata en que había fundado todas sus osadas hipótesis, le parecían ahora más ínfimos que dos ruedas de plomo. Sintió impulsos de agarrarlos y tirarlos también, imitando á la persona que sacó el brazo por la ventana de Moragas. ¡Qué idiotez, suponer que con aquellas monedas se podía comprar el derecho de asociarse á los chicos del Instituto! Ni siquiera prestaban el valor necesario para pronunciar intrépidamente la frase sacramental: «¿Me dejáis jugar con vosotros?»
La súplica sólo la formularon sus ojos, fijos con angustia en ambos cabecillas, quienes, á su vez, le consideraban con cierto desdén ó altanería indulgente. Al fin _Edisón_, entre despreciativo y magnánimo, se _dignó_ dirigirle la palabra.
—Vamos á la playa de San Wintila. ¿Te quieres tú venir?
Telmo imaginó que se abrían los cielos y que escuchaba los cánticos de los serafines. Paralizado por la emoción, con la cabeza dijo que sí.
—Has de obedecer como un recluta.
Nuevo balanceo de cabeza.
—Has de hacer lo que te manden.... y ojo con el miedo.
Ademán de resolución.
—Pues andando. ¡Liscaááá!
Á este grito de guerra, toda la partida salió corriendo.
III
El castillo de San Wintila es uno de los varios fortines con que los ingenieros á la Vauban del pasado siglo guarnecieron la embocadura de la bahía marinedina, para resguardar la plaza de nuevos ataques y embestidas del inglés. Á fin de llenar mejor su objeto defensivo, tenía anexo un parque de artillería, servido por un polvorín colocado á conveniente distancia. Para los tiempos de Nelson, en que si el pundonor y la sublime noción del deber militar estaban en su punto, no se habían inventado y refinado y perfeccionado como hoy los ingenios y máquinas de guerra, el castillo de San Wintila era excelente baluarte, capaz de sostener y vigilar la boca de la ría, hostilizando á cualquier buque enemigo que asomase á su entrada. Con todo, según suele suceder en España desde tiempo inmemorial, la línea de fortines que reforzaba la costa de Marineda no es lo más adelantado de aquel mismo período en que se construyó: tiene resabios del sistema de fortificación medio-eval, y las formas románticas del castillo roquero pugnan con el exacto trazado geométrico de la casamata. Por eso, al caer la tarde ó de noche, el castillo de San Wintila, ya medio desmoronado, posee cierta belleza misteriosa de ruina, y representa dos siglos más de los que realmente cuenta. Hace mayor este encanto lo pintoresco de su situación. En la zona agreste y desierta que Marineda prolonga hacia el Océano,—ancha península de bordes ondulados y caprichosos como la fimbria de una falda de seda,—la costa, después de señalar con suave escotadura la negra línea de peñascos que orlan el cementerio, de pronto dibuja una ensenada que, penetrando profundamente en la orilla, se cierra casi, á la parte del mar, por estrecha garganta, forma debida á la prolongación y ensanche del arrecife sobre el cual se yergue el castillo. Al lado opuesto del que oprime la angosta boca, estrecho ó canal de la ensenada, se extiende redonda, suave, blanca, deliciosa, una playa de finísima arena.
Aun cuando este arenal presente por tierra el acceso más fácil para los que quieran penetrar en el castillo, nuestra partida eligió descender pasando por delante de la capilla, bajada acaso más rápida, pero también con más exposición á desnucarse, rodando de algún precipicio al arrecife ó al fondo de la caleta. La turbulencia de los primeros años goza en arrostrar obstáculos y en encontrar dificultades vencibles.
Más que ninguno se complacía Telmo en el ejercicio arriesgado de correr, mejor dicho, de rodar por aquellas pendientes, desdeñando la senda abierta y franca. Quería demostrar á sus compañeros de una hora que atesoraba como cualquiera y mayor grado que nadie, valor, resolución, agilidad y destreza. Ellos, dejándole precipitarse solo, iban en bandada, cruzando risas, insultos, excitaciones, retos, órdenes y empellones. Á la cabeza marchaban Froilán Neira y Restituto Taconer, sin dignarse mirar al _pandote_, al que, con su presencia y su complacencia, hacía posible la representación del drama.
Al llegar á la fuente que corta la senda, antes de que, haciéndose más impracticable y peligrosa, descienda á la playa, la partida se detuvo á tomar un resuello. Algunos, sofocadísimos, acercáronse á la fuente, con ganas de beber del caño el agua famosa de San Wintila, tenida por medicinal: hubo quien colmó de líquido la gorra, y acanalando la visera, apagó la sed en tal guisa: otros, menos sedientos y más deseosos de cháchara, la emprendieron con unas pobres mujeres que abrevaban en el pilón dos ó tres parejas de grandes bueyes rojos. Fué aquello un diluvio de chanzonetas en dialecto.—«Comadre, ¿me da á mí de beber?»—«Véndame los bueyes, comadre.»—«¿Á cómo vale cada cuerno?»—«¿Quiere dos perros chicos por la pareja?»—«Ese tiene un sobrehueso en el rabo: aguarde, que se lo voy á amputar.» Rompieron las mujerucas en gritos y denuestos, lo mismo que si las pellizcaran. Telmo vió en la broma pretexto de _asociarse_, de intimar con la partida, y llegándose bonitamente á uno de los bueyes, sacando una navajilla ó cortaplumas que siempre llevaba consigo, y ocultándola en la mano cerrada, la clavó con disimulo en el hocico del animal, que saltó enfurecido, bramando y mugiendo, arrastrando en pos de sí á la mujer que tenía la cuerda. ¡Aquí de Dios y del rey! Ya no fué refunfuñar ni gruñir; no fueron gritos ni quejas, sino alarido de muerte el que alzaron las aldeanas. «Socorro, socorro.... Lambones, papulitos del infierno, cochinos, señoritos de basura, hemos de ir al juez que vos eche á presidio....» Á la sazón reparó una de las mujeres en Telmo, á quien conocía por razón de vecindad, y su fisonomía descompuesta se inflamó aún más de desprecio y odio. «¡Tú habías de ser, hijo de mal padre, malacaste, tiñoso, retoño de la horca!.... ¡Á tu padre y á ti os habían de agarrotar, en vez de ser vosotros quien agarrota á los infelices!.... ¡Valientes señoritos de estiércol esos que se juntan con una pudrición como tú!....»
Fué como perdigonada repentina que dispersa un bando de gorriones. Los chicos alzaron el vuelo, dejando en pos de sí clamoreo confuso, un _¡uuú!_ largo y burlón, impotente recurso para ocultar la vergüenza y el interior berrinche. Telmo también clamaba, también gritaba _¡uuú!_; pero sus mejillas iban carmesíes y sus pupilas preñadas de cierto salado licor que reabsorbió con sobrehumano esfuerzo.
Ya pisaban el arrecife y deteníanse al pie de las murallas del castillo. Allí era preciso celebrar nuevo consejo. _Cartucho_ y _Edisón_ centraron el corro, dejando á Telmo fuera. Instintivamente, por movimiento propio del alma humana, y sobre todo de la infantil, cerrada á la generosidad y á la equidad, los chicos, al sentir la mortificación del incidente ocurrido, echaban toda la culpa á Telmo, á Telmo, que iba á ser su víctima dentro de breves instantes. Al cargarle la parte más dura y peligrosa del juego, se les figuraba ser justicieros, justicieros á raja tabla. ¿No había dicho la mujer aquella que Telmo merecía el garrote? Cuanto más se le apretase, más se cumpliría la ley de la justicia, que infama á su propio ejecutor hasta pasada la cuarta generación—mejor dicho, eternamente.—No juraría yo que estas filosofías las razonasen y dedujesen con rigor los alumnos del Instituto marinedino; pero llevaban el germen de ellas en el corazón y en el cerebro y á su impulso obedecían.
Después de haber conferenciado obra de un minuto, intimaron á Telmo las disposiciones militares. «Oyes tú...., hazte bien cargo...., no nos fastidies. Tú eras la guarnición del castillo, y nosotros lo tomábamos por asalto. Te metes en él, y desde allí te defiendes como puedas. Pero, ¡barajas!, si te escondes, no vale. Hemos de verte en las ventanas ó en las troneras ó en la puerta ó en lo alto del muro...., en fin, que hemos de verte. Si te escondes, eres un camastrón, mamalón, mulo, miedoso. ¿Entendiste?»
Telmo levantó su graciosa cabeza de negrito blanco; sacudió briosamente la ensortijada zalea; una sonrisa vanidosa dilató sus labios gruesos, y afianzando la mano en la cadera, respondió enérgicamente: «¡Contra! Ni soy miedoso, ni me escondo, ¡barajas! Para entrar en el castillo, tendréis que matarme.»
¡Genio eminentemente español de las defensas heroicas de plazas y castillos, en que un puñado de hombres entretiene y domina á un ejército numeroso! ¡Morella, Numancia, Zaragoza, Sagunto! Nunca vuestro espíritu impulsó á nadie con más fuerza que al bizarro Telmo, cuando á brincos, á gatas, veloz como una lagartija, se encaramaba por el interior del ruinoso y destechado fortín para aparecer, descubierto el cuerpo todo, derramando denuedo, sobre el adarve. En los minutos anteriores á su ascensión por las paredes, no le había faltado tiempo de llenar bolsillos y boina de piedras redondeadas y no muy gruesas,—las mejores para arrojadizas,—é improvisar una honda con la manga de la camisa, que arrancó de un tirón. Más que en aquel imperfecto instrumento, fiaba en sus brazos fuertes y nerviosos. Era ambidextro, y contaba ayudarse con la izquierda.
El ejército sitiador, replegado en compacta masa á la entrada del arrecife, exhaló un grito viendo aparecer sobre el adarve á la guarnición. Era el aullido que corea la salida del toro del toril. Cada muchacho escondía su proyectil en el hueco de la mano: más de doce brazos hicieron á la vez el molinete, y una nube de piedras, venciendo la gravedad, subió en busca de la cabeza del intrépido adalid. La ley caballeresca de las _pedreas_ infantiles, que manda no disparar sino á las piernas, allí no se observaba; ¿ni qué ley había de observarse con semejante adversario? Pero él, raudo y precavido, esquivó la nube corriendo como un gamo á la parte opuesta del adarve; y sin perder paso ni carrera, hizo el molinete á su vez, y la piedra, silbando al ras de la tierra como un reptil, fué á percutir la canilla de _Cartucho_, que exhaló un grito de dolor. «¡Barajitas con ese, que me ha roto la espinilla! ¡Piedras, puño, piedras en él!»