La piedra angular: novela

Part 13

Chapter 133,983 wordsPublic domain

—¡Calle V.!—respondió con voz de trueno Moragas.—¿Quién es V. para raciocinar sobre criminales y justicia? ¿Quién? ¡La justicia! Queda ahora mismo en este barrio, tirado sobre un colchón, el cadáver de una criatura asesinada...., la hija de Anteojos el zapatero.... ¿no le conoce V.? Su padre la asesinó á fuerza de malos tratos, de barbaridades, de golpes.... Ni un día de cárcel le costará al malvado.... ¿Ó cree V. que todos los crímenes vienen á parar en la vuelta que da V. al torniquete? Ahorremos palabras, que no estoy para perder tiempo, ni para entretenerme en discusiones con V.... ¿Le conviene á V. el trato, sí ó no? ¡La redención de su hijo por la vida de esos reos!

—No se incomode, por Dios, señor de Moragas.... Yo.... ¡Yo haré lo que V. mande! Se acabó.... No hay más que decir.... Y búsqueme trabajo para mí también, porque voy á encontrarme sin pan.... Basta, lo dicho dicho.... Cueste lo que cueste...., haré lo que V.... ¡Digo que lo haré, Don Pelayo!

—Pues corriente,—respondió el médico levantándose, como si no quisiera dejar enfriar la resolución de aquel hombre.—Ya está redimido su hijo de V...., y V. también, por añadidura. Quedará lavada, con esa acción, toda la infamia anterior. Telmo, desde hoy, corre de mi cuenta. Que recoja su ropa.... y que se vaya allá cuando guste; hoy se le prepara habitación en mi casa.

Decía esto Moragas andando hacia la puerta, y dando por consiguiente la espalda á Juan Rojo. Al poner la mano en el pestillo y abrir la boca para añadir «Adiós», hízole volverse un sonido ronco, una especie de mugido como el de las olas del mar cuando se engolfan por estrecho canalizo que las comprime y las desmenuza en espumosos jirones. Volteó rápidamente. El padre de Telmo era quien rugía ó se quejaba.

—Se.... señ.... Don Pelayo, no.... entendámonos.... el rapaz.... ¿Qué....?

Y adquiriendo de súbito, á impulsos del dolor, habla expedita y aun elocuente, rompió así, colocándose ante Moragas en actitud resuelta, como de ataque:

—No; lo que es eso sí que no lo verá V. ni ningún nacido: ¡¡¡llevarse á mi rapaz, quitármelo á mí, que soy su padre, su padre, su padre!!! ¡Apartarlo de mi lado como si yo tuviese el cólera ó fuese un malhechor! ¡Porque no lo soy, no señor, sino un hombre de bien, que ha respetado siempre cuanto debe respetarse, y puedo andar por ahí con la cabeza muy levantada, más que muchos que me hacen ascos! ¡Yo no mancho á mí hijo, y yo no quiero apartarme de él, no quiero! ¡Es mi hijo, no tengo otro, ni tengo sino á él en este cochino mundo!

Moragas midió á Rojo de pies á cabeza con una mirada de hielo,—de un hielo que quemaba, de un hielo que arrancaba la piel como un latigazo; casi sin transición pasó de este mirar despreciativo á una reacción efusiva y piadosa; y apelando á tutear á Rojo, como hacía siempre que deseaba influir más decisivamente en su espíritu, murmuró:

—¿Pero no ves, infeliz, que la base del bien que me propongo hacer á tu hijo es precisamente renovarle la atmósfera? Á tu lado—no lo comprendes—siempre será _¡el hijo del verdugo!_; un ser á quien mirarán con asco y con menosprecio los mismos que á fuerza de ruegos le admitan á desempeñar la ocupación más vil y peor retribuida. Tú serás un hombre intachable y la gran persona; ¡pero... mira qué diantre!: ¡á tu hijo, los que limpian las alcantarillas no le quieren por compañero! No tratamos solo de que Telmo encuentre instrucción y trabajo: es preciso que además encuentre honra, que es de lo que andamos escasitos. ¡Ah! Si no fuese por la honra....

Moragas se interrumpió, buscando un argumento concluyente y sin vuelta de hoja. Juan permanecía inmóvil, sin articular palabra, aunque era más aparente la fatiga de su respiración siempre difícil. De vez en cuando movía la cabeza de izquierda á derecha, como si exclamase: «No, y no.» Y el Doctor, práctico en incisiones profundas, le introdujo el bisturí sin miedo, seguro de acertar.

—¡Es preciso—dijo recargando cada palabra—que ahora te desprendas de tu hijo, para que él no tenga que imitar á los veinte años el ejemplo de su madre, y dejarte solo con tu infamia....!

Certero había sido el corte; certero, y penetrante hasta los tuétanos. Rojo tembló, y algo que era embrión de sollozo y lamento de agonía murió en su garganta, á la cual llevó ambas manos, queriendo deshacer el lazo de la corbata, que realmente no le podía oprimir poco ni mucho. Este movimiento instintivo le recordó otro, que el Doctor le prohibía realizar.... Pensó en los reos. Si sabían que iban á ser puestos en capilla, ¿percibirían ellos también esta horrible constricción del tragadero, esta sensación de convertirse la saliva en alfileres candentes?

—Tu mujer—continuó Moragas con impasibilidad quirúrgica—se fué porque no podía resistir que la llamasen _la esposa del verdugo_. Prefirió perderse, y hay quien la alaba el gusto: créeme á mí. El chico, en cuanto crezca y distinga de colores, no se resignará tampoco.... á la mala sombra de ser tu hijo. No verá tierra por donde correr para escapársete. ¡Ah! ¿Te creiste que podías tomar por oficio retorcer pescuezos, y que eso era compatible con el amor, el hogar, la familia y los recreos de la paternidad? ¡Valiente bobo! Menos malo es ser hijo de esos reos que te quieren entregar para que les aprietes el gaznate, que tuyo. Á los hijos de los reos no les apedrean. Esos no mataron más que á un semejante, y tú matarás á cien, si te lo mandan, por treinta y siete duros cada mes. Suelta á tu hijo si no quieres que él se te huya. ¿Á que ya está rabiando por largarse de junto á ti?—añadió el filántropo revolviendo el acero en la herida.

Rojo lanzó un grito de protesta.

—No señor... Eso, me ha de perdonar V., pero... es lo que se dice, ¡hablar por no callar! Mi rapaz está bien conmigo..., le trato perfectamente..., hasta, en lo que cabe, le mimo... No le he levantado la mano en mi vida... Se cumple un gusto de él primero que uno mío... ¡El muchacho, ó es un condenado bribón..., ó me tiene que querer!...—Así terminó, gimiendo, el padre.

—¿Sí?—pronunció Moragas con cierta ironía, guiñando los ojos y limpiando los lentes.—Ahora vamos á salir de dudas.... Mira, tu chico me parece que entra....

Se oían los pasos de Telmo, y su mano había levantado el pestillo; pero notando que estaba alguien de _visita_ en el camaranchón, el muchacho se había quedado perplejo, sin resolverse á pasar. Moragas le llamó; y Telmo, al conocer al médico, penetró jovial y petulante.

—¡Hola, buena pieza! ¿De dónde vienes tú á estas horas?—preguntó el Doctor para abrir camino.

—De casa de la Marinera.—Respondió el pilluelo.—Tiene los ojos perdidos; por eso no pudo acercarse aquí hoy. Uno de los chiquillos se queja de la cabeza. Aquello parece un hospital.

—¿Y tú te dedicabas á cuidarles?—insinuó el médico.—Se me figura que eres un corretón, que te pasas la vida fuera de tu casa.

Telmo se encogió de hombros, y el Doctor continuó capciosamente:

—Por lo visto no estás aquí en tu centro. Debías hacer más compañía á _papá_. Está feo que vagabundees todo el día.

—¡Y.... para la falta que hago aquí!—exclamó Telmo.—Los demás niños van al Instituto.... Á alguna parte se ha de ir....

Diciendo así, el muchacho interrogaba con los ojos al Doctor, como instándole á que recordase el compromiso pendiente.

—Precisamente para que tu.... puedas.... ir al Instituto, y á todos lados.... estuve ahora.... conferenciando con tu papá. Él conviene en que yo te proporcione medios de estudiar, y de tener carrera, y de seguir la militar, que tanto te gusta. Sólo teme que tus compañeros vuelvan á jugarte alguna mala pasada, como la del castillo de San Wintila.... ¿Crées tú que te la jugarán? Dinos tu parecer....

Telmo miró á su padre y al médico, reflexionó, sintió que el instinto se convertía en luz...., y como quien se resuelve y se echa á nado desde una gran altura, exclamó impetuosamente:

—Estando á la sombra de V. no me la jugarán.... Si me la juegan hoy en día.... es _por lo que es_.

—¿Quieres tú arrimarte á mi sombra?

—¡¡Caramba!!

En esta contestación puso el muchacho toda la viveza de su espíritu y toda su alma, infantil aún, pero ya iluminada por la humillación, la adversidad y el martirio perpetuo. Era el anhelo del cautivo que pide que le quiten el cepo y la argolla; era el grito de fiera del egoismo humano que aspira á la felicidad. Rojo no se movía. Representaba la imagen del estupor, fase culminante de la pena. Pero de improviso, por su fisonomía ruda y sin flexibilidad, desatóse la emoción como un torrente. Giraron sus ojos, enseñando lo blanco; apretó los labios; dilató las fosas nasales; y con el ímpetu de ferocidad animal desarrollado en su alma por la profesión, se abalanzó al niño, con las manos abiertas y los dedos contraídos, rígidos, deseosos de apretar un pescuezo.... Fué instantáneo, porque sus falanges se aflojaron en seguida, y empujando levemente á Telmo hacia el Doctor, dijo en voz que se oía apenas:

—Lléveselo. Pero ha de ser ahora mismo. ¡Ahora mismo! No pongo más condición. Esta noche.... que no duerma aquí. Yo.... _obedeceré_. ¡Lléveselo, por Dios y su Madre, señor de Moragas!

—No; reflexione V. bien, Rojo, antes de decidirse,—advirtió Moragas pausadamente.—Tiene V. para pensarlo la noche.... el día de mañana.... mucho tiempo. Eso sí: desde que V. se resuelva, que sea irrevocable.... porque aquí no vale desdecirse, y ahora sí y luego no. Por lo mismo.... piénselo, piénselo.

—Pensado está,—respondió Rojo con brusca firmeza.—Sólo pido no tener al chiquillo ni un minuto más aquí. ¡Me parece que, á lo menos, ese favor....!

Telmo, comprendiendo á medias, miraba á su padre y al filántropo. Éste, compadecido, transigía ya, proponiendo paliativos, queriendo aplacar el dolor de la carne paternal, que palpitaba bajo el filo del acero.

—Verá V. á su hijo siempre que quiera.... y pasado algún tiempo, hasta podrán Vds. reunirse....—murmuró al oído de Rojo.—La voluntaria retirada de V. del oficio, el haber salvado dos vidas con sólo decir _no_, le devolverán el aprecio de las gentes honradas.... Si á V. también le redimo, hombre.... Hágase V. cargo.... ¡Si no se hace cargo inmediatamente,—porque es V. tozudo,—ya se convencerá usted dentro de pocos días....! Ánimo, que Telmo no se entere.... Vale más....

Juan Rojo volvió la cabeza; y acercándose á su hijo, le cogió de la mano é hizo ademán de impulsarle hacia el Doctor. El cual, admitiendo la dádiva, agarró activa y calurosamente la mano del muchacho.

—Mañana irá la ropa,—pronunció Rojo en voz mate, apagada, pero resuelta.—Lléveselo, señor de Moragas. Va con gusto mío. ¡Anda; y acuérdate de que ya.... no tienes más padre que el señor!

Telmo quiso decir algo; apretósele el corazón, mitad de alegría, mitad de otra cosa...., y sin acción ni resistencia, se dejó conducir por Moragas. Salieron al aire libre: detrás de ellos blanqueaba la tapia del cementerio: delante tenían la extensión del mar; y, á la derecha, la ciudad, alumbrada por mil luces. El filántropo sonreía: orgullo inefable dilataba su corazón; sus pulmones bebían la brisa salitrosa; sus pasos eran elásticos, iguales; no tropezaba en las piedras; creía volar. ¡Más poderoso que el Jefe del Estado, acababa de indultar á dos seres humanos y de regenerar á otros dos! Y como Telmo no le siguiese todo lo aprisa posible, y aun volviese de vez en cuando el rostro atrás, mirando hacia la barraca maldita, el Doctor se inclinó, echó un brazo al cuello del muchacho, y murmuró con ternura:

—Anda, hijo mío.

EPILOGO

La víspera del día siniestro amaneció el cielo cubierto de nubes de plomo. Por la tarde adquirieron un tinte cobrizo, y oscilaban y rodaban por el firmamento á manera de olas de un mar de metal derretido y candente. Rizada la bahía por el airecillo terral, adquirió bajo aquel siniestro celaje tonos de estaño, y en vez de las frescas rachas de invierno que soplaban días atrás, cayó sobre el pueblo un bochorno singularísimo; estremecieron la pesada atmósfera bocanadas abrasadoras, y ascendió del suelo ese vaho asfixiante que precede á la ráfaga del _solano_.

Frecuente es en Marineda este aire cálido y terrible, que pesa sobre la naturaleza lo mismo que sobre el espíritu. Diríase que á su hálito letal, la vegetación desfallece, el mar se crispa, la luz se torna lívida y el hombre cae en marasmo profundo ó en insano vértigo. Sorda angustia oprime los pulmones, y nunca con mayor motivo que en horas tales podría un poeta del dolor decir como el profeta hebreo: «Mi alma miró con tedio á mi vida.»

Observaron los marinedinos el estado atmosférico, y aunque no era inusitado, parecióles que tenía, en ocasión semejante, algo de fatídico simbolismo.—Un patrón de taller, amenazado de perder la parroquia de la Audiencia, Regencia y Capitanía general si no aceptaba el horrible encargo, comprara á peso de oro la jornada de dos operarios infelices, que, custodiados por la policía y entre rechifla y murmullos de la plebe, habían principiado á levantar el medroso armadijo del cadalso. Hincados los postes, clavada, Dios sabe cómo, la escalera, aplazaron el resto de la obra sin nombre hasta que la protegiesen las tinieblas nocturnas: temieron que la colocación del palo y del banquillo les valiese alguna pedrada; cuando menos, injurias atroces.

Al punto mismo en que los carpinteros, simulando una retirada, tomaban la espuerta de las herramientas y procuraban embeberse por callejuelas sospechosas, cabizbajos, pálidos de vergüenza y deseosos de encontrar pronto un tabernáculo donde el aguardiente les prestase valor para dar, allá á media noche, cima á su tarea; al punto mismo en que el brigadier Cartoné entraba en la Cárcel para llevar un mazo de puros al reo que estaba en capilla, y á la reo, de parte de la _señora brigadiera_, un escapulario de la Virgen de la Guardia; al punto mismo en que el reloj de la Audiencia marinedina, ó como allí dicen, de Palacio, lanzaba al aire una campanada sola, vibrante, solemne—las cinco y media—un hombre, que andaba pegado á la pared y se recataba, costeó la solitaria plaza donde campea la fachada principal del Palacio susodicho, y, evitando acercarse á los centinelas que custodian la Capitanía General, se coló, por la puerta de la Audiencia, al zaguán sombrío que da acceso á las Salas del Tribunal de Justicia.

El portero, viendo al hombre, hizo un gesto significativo, como quien dice «ya sé á qué vienes tú» y, descolgando el reverbero con que se alumbraba para leer un periódico, precedió al recién venido, y ambos se internaron en el pasillo que conduce á la Sala de lo criminal.

Antes de entrar en ella, detúvose el hombre, sobrecogido por la vista del ropero donde cuelgan los letrados sus ropas y birretes.—Á la dudosa claridad, y en semejante sitio, las flácidas togas, con sus pliegues sepulcrales, parecían negros espectros de ahorcados. El birrete, distante de la toga, deja un claro que semeja el rostro, y el vuelillo representa la mano.—Dominando el primer movimiento instintivo, siguió adelante. El portero abrió la Sala; aplicó un fósforo á la boquilla de un brazo de gas, y la viva luz azul y dorada relampagueó, iluminando la estancia plenamente.

—¿Es por _aquello_?—silabeó el portero, que era un viejecito catarroso y temblón.—Pues mejor será _que se lo traiga aquí_. Allá no se ve nada, y con tanto trasto, ni se revuelve uno.... Vaya, voy por _todo_. Aguarde.

Quedóse solo el hombre en el templo de la Ley. Sus ojos divagaron con extravío por el recinto, que solitario y mudo adquiría entonces extraña majestad, algo que impondría respeto á la persona menos reflexiva. Vestía las paredes un venerable damasco carmesí: la tela de la etiqueta y de la representación oficial en España, la que tan bien armoniza con las molduras doradas y tan rico fondo presta á las austeras cabezas del clero y la magistratura. De igual tejido eran los sillones, sobre cuyas tallas de oro apagado campeaban la balanza de Temis y la espada vengadora. Idéntico tono de púrpura intensa tenían el forro de la mesa y la tribuna del Fiscal. Bajo el dosel del Presidente, el Rey Alfonso XII, amarillento, injuriado por el pincel de un mal retratista, fijaba en el espectador sus ojos inteligentes y tristes. Las arrogantes armas de España, bordadas con oro, decoraban el respaldo de los bancos, de raído terciopelo granate.

Por efecto sin duda del estado de su alma, el hombre creyó nadar en un charco sangriento. Aquel color vivo que le rodeaba, le infundía deseos de rasgar, de arrancar; impulsos de toro acosado, destructores, feroces, ciegos. «¡Si pudiese hacer pedazos la Sala!»—pensó, mientras en su trastornada cabeza retumbaban furiosas voces.—Volvióle á la razón momentáneamente la entrada del portero, que traía en las manos dos cajas cuadrilongas.—Eran los _instrumentos_, que se custodian en la Audiencia, en un cuchitril obscuro, escondidos como si fuesen la prueba de un crimen, hasta que, la víspera de la ejecución, los recoge el verdugo para adaptarlos al palo....

Depositó el portero las cajas sobre la mesa, no sin cierta visible repugnancia, y Juan Rojo, sereno ya en apariencia, serio y poseído de su papel, se aproximó y alzó la tapa, á fin de reconocer el contenido.

Debajo de paños empapados en aceite, reluciente y limpio como si se acabase de frotar, apareció uno de los dos garrotes: cabalmente el modificado con arreglo á las indicaciones de Rojo. Tiene este artefacto de muerte, que la produce á la vez por estrangulación y por asfixia, el defecto de que en ocasiones retrocede el eje de hierro donde empalma la cigüeña, y no logrando el torniquete destrozar con la rapidez necesaria las vértebras cervicales y reducir el pescuezo al diámetro de un papel, puede la agonía de la víctima prolongarse un espacio de tiempo en que cabe un infinito de horror. No tanto por esta consideración como por miedo á un fracaso y á una grita, Juan Rojo había discurrido sujetar la _uña_ que afianza la palanca ó cigüeña de un modo ingenioso y seguro, y se envanecía de su obra.—Aquel perfeccionado garrote fué el primero que registró.... Después examinó el segundo, cerciorándose de que giraban bien ambos: y cerrando las cajas y envolviéndolas en roto paño de sarga negra, las ocultó bajo la capa, sin decir palabra al portero, que tampoco parecía demasiado locuaz. Viendo que Rojo cargaba con sus prendas, tosió el vejete, gargajeó, dió vuelta á la villa del gas, y tomando otra vez su reverbero ahumado, guió silenciosamente hacia la puerta. Hasta que Rojo traspuso el umbral, no le dijo en tono más irónico que amistoso:

—Vaya, abur.... Tiento en las manos. ¡Y que aproveche!

Rojo ya no podía oirle, ni se oía más que á sí mismo. Después del tenaz y delirante insomnio; después de haber reemplazado el alimento con la bebida, sin conseguir la bienhechora embriaguez; después de un día entero de dar vueltas á las mismas ideas en la angosta caja de su cráneo, dolorida y próxima á estallar, Juan Rojo tropezaba siempre contra una pared de dura roca: la imposibilidad de la desobediencia. «La autoridad manda.... ¡Yo no puedo negarme! Soy un funcionario.... ¡Tienen derecho sobre mí!» Recordaba su promesa, cierto; pero ¿qué significa la promesa _libre_, voluntaria, contra el mandato superior, la _obligación_? «No, no me puedo negar.... ¿Quién soy yo para negarme?» Problema sin solución para Rojo....

Miento.... Una solución se le había ocurrido en las horas de solitaria desesperación que pasó sin dormir, viendo la cama de Telmo vacía, y vacío el cuarto, y vacío más que todo el mundo.... Y de día tornó la solución á presentarse, clara, sencilla, consoladora y tremenda.... Fué por la tarde, cuando las primeras ráfagas de aire _solano_ vinieron, como vahos de caldera infernal, á estremecer el ambiente marinedino. Rojo acababa de atar los picos de un pañolón viejo, un pañolón que había pertenecido á su mujer, y que serviría de baúl á la ropa de Telmo: Juliana se encargaba de llevarla á casa del Doctor.—La vista de aquellos despojos del naufragio de su vida evocó en Rojo la memoria de las agonías pasadas y presentes.—Volvió á ver, como si los tuviese delante, con la lucidez que se adquiere en las horas supremas, á María y á Telmo; pero no á Telmo ya crecido, sino tal cual era en brazos de su madre; vió sus manitas gordezuelas, que salían del mantón de abrigo en que andaba envuelto y buscaban á tientas el seno maternal.... Madre y crío, así apretados, llenos de intimidad, de dulzura comunicativa, se reían, se halagaban; pero al acercarse Juan Rojo, deshacíase el grupo: la madre arrojaba á la criatura lejos, muy lejos, y salía huyendo, tan rápidamente que más parecía haberse disuelto en humo por el aire....

—«Para no desobedecer y al mismo cumplir la palabra....»—volvía á pensar Rojo algunas horas después, al dirigirse hacia su rancho apretando bajo el brazo las dos cajas cuadrilongas. Ya no se veía cuando entró en el camaranchón: á tientas—no quiso encender luz—buscó algo sobre una mesa, y soltando en ella su carga, encontró lo que deseaba: botella y vaso. Echóse al cuerpo un largo sorbo, y le pareció ver más claro en su perro destino, confirmándose en que ni tenía otra salida, ni otro alivio que esperar. Único medio era aquel de cumplir los deberes que entendía le ligaban á la Ley, á la Justicia social y á la Vindicta pública,—entidades hijas de la conciencia, y que, por lo mismo no pueden sobreponerse á su augusta genitriz....

—Otro sorbo.... y ánimo.—Un estremecimiento, una horripilación recorrió las venas del hombre que tenía por oficio matar. Paladeó el ajenjo de aquel susto, y lo afrontó, y logró que le amargase menos. ¡Bah! Un segundo, un pataleo, menos aún, la convulsión de un cuerpo atado, al hincarse en las vértebras un tornillo.... Eso y nada más es la muerte.—Embozóse y salió. Tocaban al Rosario en la capillita próxima, y Rojo dudó primero, y luego entró en ella despacio, y se arrodilló entre los grupos de mujerucas. La voz gangosa del sacristán se elevó iniciando el rezo, pero Rojo no tomaba parte en él: su garganta no sabía articular sonidos, y lo sentía, porque era creyente y ansiaba rezar entonces. Una vecina le reconoció y le señaló á otra con el dedo, mostrando desagrado y reprobación. Rojo sintió un hervor de ira. «¡Ni aquí consienten mi compañía, centella! Señálame, señálame, vieja del diablo, que para lo que me has de señalar....»

Volvió á salir, y con paso tranquilo, muy ensimismado, tomó el camino de la Torre. La luz del Faro atraía sus ojos; se le figuraba que desde allí, más bien que en la capilla, alguien le miraba piadosamente. Sin embargo, á los diez pasos retrocedió; entró de nuevo en el rancho, y recogió el envoltorio de las cajas. Llevándolas bien cogidas, emprendió la ascensión otra vez.

El camino serpeaba, y al través de campos yermos rodeados de peñascales, subía hasta el promontorio, donde la fenicia Torre se yergue imponente, justificando su dictado de centinela de los mares.—Oíase cada vez más próximo el tumbo del Océano que rebotaba contra las peñas, y un aire potente, vívido, rudo como la misma costa, azotaba el pelo gris de Rojo.—Ya al pie del alta plataforma, que descansa en la escollera, Rojo se detuvo, y, en vez de subir la escalinata, metióse por los eriales y marismas que conducen al arenal de las Ánimas, el cual tal vez deba su fúnebre nombre á las muchas víctimas que cada invierno, en la pesca del percebe, sucumben en tan temeroso paraje.

Antes de que Rojo sentase el pie en el arenal, le paró, helándole la sangre en las venas, el mugir lúgubre y pavoroso de dos hinchadas y cóncavas olas, que al reventar le salpicaron de espuma.... Y no era día de tormenta, ni acaso fuese aquella la marea más viva del equinoccio; pero debe de tener la ensenada de las Ánimas tan especial hechura, que el Océano, al derramarse allí, se encuentra preso, herido, subyugado, y rebrama, y salta en remolino arrollador, y quiere escalar el cielo....