La piedra angular: novela

Part 12

Chapter 123,918 wordsPublic domain

Nené, á cada palabra de Telmo, soltaba la carcajada y batía palmas, loca de júbilo. Es indudable que no comprendía toda la profundidad de la enseñanza de su novísimo amigo, pero sí la sonoridad, el brío y gala de aquello del _¡patatrís!_ y el _¡booum!_ Con los aterciopelados ojos fijos en el rostro del muchacho; con la cándida boca entreabierta; con las manos trémulas de gozo y los pies danzando, Nené seguía el curso de arquitectura militar, y tomaba á puñados, como podía, el guijo, queriendo contribuir á la pronta terminación del fuerte.

Recobrado ya el Doctor de su impresión primera, dió dos pasos, resuelto á agarrar de un brazo al chico y estrellarle contra el montón de piedras.... ¡Porque atrevimiento y descaro necesitaba el hijo de Juan Rojo para fraternizar con la niña de Moragas, angelito cándido, conservado entre algodones, capullo que un día había de ser la rosa blanca del jardín social, el misterioso sagrario que se llama _una señorita casadera_! ¡Nené jugando con el hijo de Rojo—con aquella hez de la sociedad, marcada en la frente, lo mismo que por candente hierro, con afrentosas cicatrices de pedradas! ¡Nené y Telmo juntos!.... ¡La niña, alegre como hacía tiempo que no estaba; animada, encendidas las mejillas; los bracitos abiertos para abrazar, el rostro tendido al beso del único niño que no puede ser besado!

Sentía Moragas nuevamente la cólera de los primeros momentos, la que le moviera á arrojar por la ventana los dos duros, la que le aconsejara retirarse de la barraca de Rojo sin curar las heridas de Telmo, y la que entonces le impulsaba á deshacer al muchacho, despertando en su alma instintos de destrucción tan salvajes, que acaso su misma fuerza los consumió instantáneamente, como á la astilla la llama impetuosa que brota de su seno.... Durante cinco segundos, el Doctor fué capaz, en la intención, de un crimen.... y aquel vértigo, en su misma horrible fiebre de ira y de sangre, traía aparejada la reacción, correspondiente á la acción por lo enérgica y súbita.... «¿Eres tú el que quieres redimir, hacer milagros, salvar á un ser humano del patíbulo y á otro del envilecimiento? ¿No te has comprometido á que este niño tenga carrera y porvenir, y sea acogido por la sociedad sin que le echen en cara su origen? ¡Pues buen principio vas á dar á tu obra de misericordia si se te ocurre deshacerle á puntapiés, aplastarle contra los guijarros como á un bicho venenoso! Pretendes rehabilitar al muchacho.... Empieza por no cerrarle tu casa y no negarle el beso de paz de tu hija.»

Mientras pensaba, ó más bien, sentía así, imponiéndosele el sentimiento vestido de repentina luz y hermosura, acercábase Moragas á la puerta y Telmo le veía.—Los guijos se le cayeron de las manos; la diestra buscó en la cabeza la boina, y la arrancó con respetuoso apresuramiento; el muchacho se cuadró...., y el médico, serio, resuelto, como si penetrase en una sala de hospital rellena de apestados, tendió la mano, la colocó sobre la rizada vedija del chico, y murmuró:

—Me alegro de verte, Telmo.... Entra, entra, que te daremos de merendar.

Pagó al contado la buena acción del Doctor, el ver pintada en el semblante de su protegido una impresión vivísima de felicidad y gratitud, que lo transformaba. Pudo entonces advertir Moragas el carácter fisionómico de Telmo, aquella especie de vanidoso candor, de engreimiento cómico dentro de su edad, pero casi trágico en fuerza del contraste que ofrecía con la habitual situación del chico rechazado y humillado. Los que aceptan la humillación sin protesta, adquieren, ó una expresión de resignación sublime—son los menos—ó de bajeza siniestra y vengativa—y es lo más común esto último.—Telmo distaba de ambos extremos; mostrábase víctima de una injusticia, y ni la comprendía ni la quería sufrir. Él conocía intuitivamente el valor de su alma; reconocíase capaz de grandes proezas.... y le admiraba cada día más que, en vez de tratarle como á un perro, no le hubiesen puesto ya al frente de la guarnición de Marineda, ó no le reservasen el mando de uno de aquellos buques tan hermosos de la escuadra, la _Villa de Madrid_ ó el acorazado que se construía en el astillero....

Dejando á Nené y á los guijarros, subió las dos escaleritas, penetró en la sala, y acercándose al médico, dijo con desembarazo, aunque no sin sobresalto interior:

—Me mandó mi padre que viniese aquí. Dice que V. ofreció que yo entraría en una Escuela, y que luego me buscaría colocación, y que me darán trabajo donde quiera, y que aprenderé un buen oficio. Pero yo....

—¿No quieres trabajar?—preguntó Moragas, que ya sonreía, tendido en una mecedora y examinando mejor al chico.

—Sí, señor; pero....

—¿Pero qué? Vamos á ver, di....

—De ser algo,—exclamó Telmo resueltamente—quiero ser militar.

—Ya caerás soldado.

—No, militar toda la vida.... Oficial, vamos.

—¡Pues es una friolera! ¿Y para qué quieres tú ser oficial, arrapiezo?—preguntó el Doctor entre bondadoso y grave.

—Para tener soldados, y ganar muchas batallas, y llevar espada y.... ensartar por los hígados á quien me insulte.

Moragas calló, reflexionando, y en vez de sublevarse contra semejantes propósitos, los encontró simpáticos y bien puestos. En aquel ser que aspiraba con todas las energías de su alma á la rehabilitación, caía á maravilla la aspiración militar, y podía considerarse vocación verdadera. Aún no sabía Moragas si era posible, y ya le pareció ver al muchacho con sus estrellas, sus galones, su teresiana y su espada al cinto.

—Irás á la Escuela y al Instituto,—afirmó con calor.—¡Y luego.... Dios dirá!—Atiende bien.... Vas á llevarle este recado á tu padre.... Te tomo en mi casa, conmigo.

—¿Con V.... aquí?

La impresión fué tan profunda, tan trastornadora, que bajo el bronceado de la piel curtida por el aire, se vió esparcirse un tinte de palidez. Telmo no sabía lo que le pasaba. Era un júbilo egoísta, invencible, soberano, que tenía visos de dolor. En el alma del niño, la proposición de Moragas tomaba forma, no sólo de libertad, de redención de la afrenta, sino de mágica traslación, desde el rancho sucio y lúgubre, al oasis de un jardín poblado de flores de magnolia, semejantes á la que Nené traía en la mano, y donde jugarían siempre, siempre, á levantar fortificaciones.... ¡Qué dicha inesperada, embriagadora! Perder de vista el barrio del Faro, apartarse del cementerio, dejar la casucha, y.... esto no lo definía Telmo.... que á definirlo, lo hubiese rechazado su buen corazón....; pero _allá dentro_ era verdad....; ¡no vivir más con su padre, no respirar el hálito maldecido que asfixiaba!....

—¿No te quieres tú venir aquí?—preguntó Moragas, advirtiendo también una satisfacción interior originada por motivos muy diferentes de los que causaban la de Telmo.

—Yo.... querer....,—tartamudeó el chico.—Yo.... ¿Me quedo ya esta noche?....

—¿Esta noche?.... ¡Vamos, que no tienes tú prisa!—contestó el Doctor, risueño.—Esta noche no podrá ser, mico; porque necesitamos permiso de tu padre. Todo se andará.... Mira, estoy pensando que es mejor que no le adelantes nada.... No te asustes: se lo diré yo mismo.... Llévale el recado siguiente: que no pase cuidado por ti.... y que un día de éstos, como tendré que visitar en aquel barrio, allá iré.... y que me espere.... Oye tú, Nené. Tira esas piedras y esa tierra, grandísima calamidad, que me pones perdido.... Así, limpita la Nené.... ¿Quieres tú que este niño meriende con nosotros ahora?

Sonrió la criatura de un modo angelical; alargó la enlodada mano como para agarrar á Telmo, y con la cabeza más aún que con la vocecilla de oro, dijo tres veces:

—Quero, quero, quero.

Y luego, en tono reflexivo, como de quien da solución á un grave problema, añadió esto que repetiremos, con su traducción al pie:

—No le amos uce.... (No le damos dulce.... porque ése es para mí todo, y más que hubiera.) No le amos roco (tampoco se me antoja que él venga á comerse mi rosco). Le amos buebo fito (le damos un huevo frito). Ete. (Éste; la consabida flor de magnolio, en el estado que supondrá el lector.)

XVI

Se ha confirmado en todas sus partes la noticia del diario madrileño. Desechado el recurso de casación, los reos de la Erbeda van á ser puestos en capilla.

Hoy, lo mismo que hace cinco meses, hierve Marineda, y en casas, en casinos, en cafés, en las fuentes y tabernas—que son los casinos y cafés de la plebe—no se habla sino de una mujer y un hombre.... Mas, ¡cómo ha variado el acento con que los nombres de la pareja se pronuncian! ¡Cuán diversas las palabras que los califican! ¡Qué vuelta tan rápida ha dado la veleta de la voluntad! ¡Qué inconciliables los impulsos de antes y los de ahora!

La fermentación más activa es en las redacciones de los diarios. Van y vienen telegramas, abusando de la consabida fórmula de «evitar un día de luto á una población cultísima». El primer telegrama lo ha lanzado la prensa liberal, tomando por abogado intercesor al famoso _Santo_ cántabro, al gran jurista y antes omnipotente político, paño de lágrimas de toda la gente de su provincia que anda por el mundo á caza de gangas y colocaciones. Y el Santo ha respondido ya, en tono cordial y afectuoso, lamentando no pesar hoy lo que bajo el mando de Sagasta, é indicando que, de todas suertes, dispuesto se encuentra á hacer lo posible y lo imposible para contentar á sus conterráneos. Y los marinedinos, al saber la respuesta, refunfuñan quejosos, murmurando que si se tratase de Compostela.... ya lo arreglaría todo muy bien el _Santiño querido_.—Por su parte, la prensa conservadora y afín acude á Don Ángel Reyes, prohombre del partido, y contrincante del _Santo_. «Á ver si, por competencia....» Pero el telegrama de Reyes, franco y decisivo como su carácter, viene á verter un jarro de agua fría sobre las esperanzas de la prensa. «Gestionaré, pero desconfío enteramente del éxito.» Tal es la respuesta lacónica del hombre para quien ya se está mullendo la poltrona del Ministerio de Gracia y Justicia....

No por eso se desalientan los _indultistas_; sólo que su imaginación, abandonando los caminos de la probabilidad racional, busca sendas nuevas, novelescas y raras. Se interesa al Cardenal Arzobispo de Compostela, á fin de que éste dirija un telegrama al Vicario de Cristo, y Su Santidad, en muy patéticas frases, transmita á la Regente la súplica. Funciona el alambre, enviando elocuente excitación al marqués de Torre-Cores, poeta célebre, nacido en Marineda y residente en la corte de España, á fin de que haga milagros con la lira y con la voz, suplicando por todas partes misericordia para los infelices reos. Y, sin duda, para animar con el ejemplo á Torre-Cores, el vate local y oportunista Ciriaco de la Luna se siente inspirado, y da á luz nada menos que tres extensas composiciones en tres periódicos distintos,—una «Oda á la Clemencia», una «Descripción de los últimos instantes de un reo de muerte», con lema de Víctor Hugo, y una «Deprecación á la reina y á la madre», con lema de Antonio Arnao.—Roto el hielo, menudean páginas lacrimosas en los diarios marinedinos; pero flota ya en la atmósfera la convicción de que para los de la Erbeda no se ablandará ningún corazón magnánimo; de que subirán al palo á su hora, y esa hora está más próxima de lo que las autoridades confiesan—es ya inminente. «Se ha indultado demasiado en estos dos años»,—dice en confianza Nozales el fiscal.—«Conviene en indultos, como en todo, cierto _tira_ y _afloja_, y ahora corresponde el _tira_.»

Salía el Doctor Moragas, en las primeras horas de la tarde, de visitar á un enfermo de ictericia, el magistrado Don Celso Palmares,—aquél que se había propuesto terminar su carrera sin firmar una sentencia de muerte, y sin embargo firmara la de la Erbeda.—Moragas saltó á su berlina, que le estaba esperando, y dió orden al cochero de dirigirse á la oficina telegráfica. Apeóse á la puerta y despidió su coche allí, subiendo aprisa las escaleras y metiéndose por los pasillos tenebrosos, sucios y alfombrados de colillas. Moragas llevaba encargo de Palmares de llamar por telégrafo al hermano del magistrado, residente en Córdoba, pues Palmares se sentía enfermo de verdad, y ansiaba tener á su cabecera alguna persona querida.—Y á Moragas le corría prisa desempeñar la comisión, para atender luego á quehaceres muy urgentes, de suma importancia, en el barrio de Belona....

Interceptaba la taquilla la espalda de un hombre, que accionaba entregando al telegrafista la minuta de un parte «urgente, muy urgente». Leyó el telegrafista en alta voz, y Moragas pudo oir: «Subsecretario Gracia Justicia.... En nombre caridad ruégole interese Ministro Reina indulto reos Erbeda evitar día nefasto capital dignísima.» Dudaba el empleado, al deletrear la firma. «¿Es Arturo Cándamo?» «No, Cáñamo, Cáñamo», repitió el que expedía, con visos de desagrado é impaciencia al ver que no estaban familiarizados _allí_ con su apellido; y como se volviese, pudo cerciorarse Moragas de que el caritativo suplicante del indulto era ni más ni menos que _Siete patíbulos_....

—¿V. pedirá lo mismo?,—exclamó éste confianzudamente, saludando al Doctor.—Ese telegrama que trae V. en la mano será para algún pájaro de cuenta de Madrid.

—Nada de eso....,—declaró Moragas.—Yo no pido indultos, ni cabezas tampoco. Y V., ¿qué milagro?, ¡V. el defensor de la última pena....!

—Y eso, ¿qué tiene que ver?,—respondió Cáñamo con asombro.—Yo exijo justicia, y al mismo tiempo reconozco los fueros de la piedad. ¿No he de admirar al Monarca, ejerciendo la prerrogativa más hermosa y más sublime? Pero Vds. los positivistas y materialistas son duros de corazón, carecen de entrañas, y quieren despojar al jefe del Estado de la preciosa facultad de inclinar, con una palabra de conmiseración, la balanza de la ley.... ¡Ah! ¿Ni aun siendo el jefe del Estado una mujer se conmoverán Vds., al verla suspender con un gesto la caída de la terrible cuchilla? Ahí tiene V. los frutos de la ciencia sin alma.... ¿Que dos pesetas?,—añadió, mudando de tono y dirigiéndose al telegrafista.—Á ver...., ¿son más de quince palabras? Sí, sí; ya; corriente.... Voy por los sellos....

Transmitió Moragas el parte entretanto, y una sonrisa retozó en sus labios, mientras evocaba su memoria, clara y distinta, la imagen de Lucio Febrero, el cual á tales horas subiría cerros y cruzaría arroyos en pos de algún bando de perdices, allá por las breñas del fragoso distrito de Mourante, y olvidaría, paladeando el divino beleño que nos dan á beber la naturaleza y la soledad, que hay en el mundo reos, verdugos, prensa que pida indultos y Ministros que los aconsejen ó desaconsejen....

—«Donde la ciencia acaba, empieza el sentimiento, y en los dominios del sentimiento, es real lo absurdo»—pensaba el Doctor cuando envuelto en su capa ascendía á pie la agria cuesta irregular que, en espera de una majestuosa rampa futura, es por hoy único acceso al barrio de Belona.—Y una esperanza loca y sin límites, un orgullo delicioso en que flotaba su espíritu como al caer en el éter azul, le incitaron á volverse y mirar, desde la altura, á Marineda tendida á sus pies. Nunca tanto como en aquel instante decisivo y supremo resaltara á sus ojos la semejanza de la linda ciudad con un cuerpo de mujer, bien ceñida por torneado corsé la delgada cintura, y sueltos á partir de ella los pliegues de la faldamenta amplia y rumorosa. Dos conchas llenas de esmeraldas parecían los dos mares, el de la Bahía y el del Varadero, que comprimían á derecha é izquierda el esbelto talle de la ciudad; y el nevado caserío, con sus fachadas de miles de cristales, heridas por el Poniente, fingía sobre aquel talle primoroso el culebreo de un bordado de lentejuelas destellando á la luz de una tea roja.... «Yo te evitaré el espectáculo, Marineda» murmuró el Doctor galantemente, como si prometiese algo á una dama. «El día del crimen querías la muerte de los culpables, y hoy quieres su vida. Voy á dártela.» Y corrió, lo mismo que si tuviese veinte años....

Ante una barraca ó garita pintada de almazarrón, de las que se acurrucan á la sombra del Cuartel, y que desde cierta distancia parecen sarta de corales, adorno del siniestro _Campillo de la Horca_, un corro de gente plebeya rodeaba un cuerpo humano sin duda—un cuerpo humano, lo único sobre que se inclina tan muda y piadosa la curiosidad popular. Alguien reconoció á Moragas, aunque iba embozado y á paso tan furtivo y cauteloso; y las voces de «¡Venga, venga aquí, Don Pelayo!» detuvieron, mal de su grado, al médico, que pretendía escurrirse.—Llegóse, y rompiendo por entre la multitud, vió en el suelo á una muchacha pobremente vestida, fea, desmedrada, raquítica, de rostro azulado mejor que pálido: la sostenían dos caritativas mujeres, y ella, con los ojos cerrados y sumidos, entreabierta la boca, hundida la nariz, respiraba congojosamente, ó más bien arqueaba; Moragas reconoció desde el primer instante el estertor preagónico. «¡Una desgracia como otra cualquiera, señor de Moragas!» murmuró oficiosamente un agente de la ronda, que andaba por allí, acercándose á Don Pelayo. «Es Orosia, la hija del borrachón de Anteojos, un zapatero de viejo que trabaja en esa barraca que V. ve; mejor dicho, quien trabajaba era la chica; el padre no hace más que andar empalmando curdas.... La hija tuvo ayer por la mañana un vómito de sangre, y—(aquí guiñó un ojo el agente) debió de ser de algún golpe _mal dado_ que el bruto del padre le pegaría en el estómago con la _forma_, porque lo tenía de costumbre.... Y dice que esta madrugada la oyeron quejarse mucho las vecinas, porque el padre la hizo venir por fuerza al trabajo, y la infeliz no podía con su alma.... Ahora la encontramos así.... ¿Qué hacemos?»

—Una silla ó un colchón para llevarla á su casa—respondió Don Pelayo.

—¡Á su casa!—objetó una vecina sollozando.—¡Ay señor! Á la mía vendrá.... La suya está cerrada; la madre, que es cigarrera, se lleva la llave en el bolsillo, porque tiene miedo de que el maldito borracho le pegue fuego á todo.... Pero traigan mi colchón, que no tenemos más que uno.... y allí la pondremos.... Tú, Cándido, ve á avisar al cura de la parroquia.... ¡y Dios quiera que alcance!

—No alcanzará,—respondió Moragas, que pulsaba á la moribunda.—De todos modos, que vaya.... Y á ver si la pudiésemos trasladar.... ¡Ese colchón!

Ya lo traían, y Orosia fué tendida en él sin haber recobrado la conciencia de sí misma, en aquel deliquio de muerte que era preludio de resurrección á vida menos horrible y amarga. Su ropa, desabrochada por los conatos de socorro de las buenas mujeres, y rota á trechos, dejaba ver algunos fragmentos de mortificada desnudez, y sobre las pobres carnecitas flacas, amoratadas equimosis y huellas, frescas aún, de crueldades brutales. Las comadres se limpiaban los ojos con el pico del pañuelo de algodón; algunos hombres juraron y profirieron sordas amenazas. El colchón fué levantado en vilo por las cuatro puntas, y la comitiva se puso en marcha, dirigiéndose hacia el domicilio de la compasiva dueña. Mas al llegar allí se vió que Don Pelayo acertara de medio á medio. Orosia no necesitaba ya de humano socorro, y en cuanto al espiritual, si Dios no la hubiese perdonado.... Dios no sería lo que es _Él_, en grado eminente y sumo.

XVII

Á boca de noche entró Moragas una vez más en casa de Juan Rojo. Ya pisaba sin reparo aquel cuchitril siniestro, que entonces se lo pareció doblemente. El reverbero apenas lucía; las camas estaban por hacer, en desorden, y no se veía á nadie en la estancia, hasta que de un rincón sombrío salió Rojo apresurado, ofreciendo silla, y tartamudeando de contento al ver al Doctor.

—Ya creía que no venía nunca más, Don Pelayo.

—No acostumbro faltar á mi palabra,—exclamó Moragas sentándose, y señalando con ademán imperioso al padre de Telmo el otro asiento, único que restaba en el camaranchón.

—Sí, señor; ya lo sé demasiado.... Pero como no venía.... yo.... me tomé la libertad.... me ha de dispensar.... de mandar allá al chiquillo...., pues.... Y me trajo por contestación.... que V.... que ya dispondría.... Bien puede conocer, Señor Don Pelayo, que la cosa urge. El rapaz está perdiendo los mejores años de su vida, los que podía aprovechar para hacerse hombre. Ó en escuela, ó en taller, ó donde V. vea, hay que meterle.... El tiempo vuela.... yo falto de este mundo cuando menos se piense.... y es preciso que él quede ya colocado, para que no se le ocurra....

—Ya sé, ya sé lo que no debe ocurrírsele—advirtió Moragas.—Basta. No necesitamos ni V. ni yo perdernos en más explicaciones. Todo lo tenemos hablado. Le hice á V. una promesa, ¿no la recuerda? Vengo á cumplirla. Á costa de mi crédito, de mi posición, de mi dinero, de todo lo que soy y valgo, haré de su hijo de V. un hombre digno, admitido por la sociedad, y á quien nadie tendrá que torcer la cara.

—¿Será así?—interrogó Juan Rojo estremeciéndose al contacto de tanta ventura, como al de una corriente eléctrica.

—Así será.

Rojo hizo ademanes de enajenado, y Moragas, más ceñudo y grave que nunca, añadió:

—Pero no de balde. Ya sabe V. que exijo en cambio....

—¡Todo lo que V. quiera! ¡Todo!—exclamó Juan, alzando los brazos y manoteando como para tomar al cielo por testigo.

—¿Todo? Ahora veremos....

Recogióse Moragas como el luchador que echa atrás los codos para reunir fuerzas; caló los lentes de oro, se sobó las manos una contra otra, y dijo solemnemente, midiendo sus palabras:

—Dentro de doce horas, mañana por la mañana, serán puestos en capilla los reos de la Erbeda. Pasado mañana, á las siete en punto, hay orden de que sean agarrotados. El indulto, que se gestionó, no vendrá. No quiere el Gobierno que la Reina ejerza su prerrogativa. Le falta á V., pues, día y medio para quitar la vida á dos semejantes. Vida por vida. Exijo la de ellos, en cambio de la que doy, moralmente, á su hijo de V.

Rojo se quedó inmóvil, con la boca abierta, el semblante medio idiota. Truncadas sílabas brotaron de sus labios.

—Yo.... don.... si.... no sé....

—¡La vida de esos dos reos....!—insistió Moragas.

—Yo...., pero cómo quiere que yo....

—V., V., y sólo V., puede ya salvársela,—prosiguió el filántropo con energía extraordinaria, hipnotizando á Rojo al flecharle el rayo de acero de sus pupilas.—V., y sólo V. Donde han fracasado las Sociedades, las autoridades, el Cardenal arzobispo, los diputados, el Papa, V. va á vencer, y sin necesidad de tomarse más trabajo que el de decir «no». Cuando le llamen á V. para ejercer sus funciones...., V. se niega. Que le exhortan. «No.» Que le mandan, que le gritan, que pretenden aturdirle. «No, no.» Que le piden á V. explicaciones de su conducta. «No.» Que le llevan á V. ante el jefe de policía, que le quieren apretar los dedos pulgares.... Sufrir si es preciso, y «no», y más «no», y «requetenó» mil veces. ¡Este caso no llegará; yo estoy á la mira; yo impediré que se le haga á V. el menor daño...., á fe de Moragas! Duerma V. tranquilo y descanse, que no caerá un pelo de su cabeza.... Como la negativa de V. ha de ser la misma mañana de la ejecución, tienen que suspenderla por fuerza...., y entonces V. publica en la prensa un comunicado, que yo redactaré, diciendo que no quiso ejercer sus funciones, porque la conciencia le avisó de que no es lícito en caso alguno matar á un semejante. Y de lo demás yo me encargo, y crea V. que ya no morirán en garrote los reos.

Juan Rojo permaneció silencioso, como si acabase de desplomarse el orbe sobre su cabeza. Y orbe era en efecto el que se le desplomaba: el orbe de sus creencias, de sus ideas, de su noción social....

—Pero, señor....—murmuró.—Pero, señor...., yo.... Vamos, me ha de permitir que le diga una cosa...., y es que.... la justicia...., los criminales....