Part 7
Perea se indignó; era una carta imbécil: su mujer hablaba de su ausencia de dos meses como de un destierro de varios años. En el mismo error tropezaban sus amigos: todos le suponían divirtiéndose, interviniendo en lances de magia y cinematógrafo, atropellando «estrellas» de café-concierto y despilfarrando con española bizarría los billetes de Banco. ¡Idiotas! ¡Creían a París un poco mayor que Ciudad Real!... ¡Si ellos supiesen su desventura del tren, la engañifa de madame Berta y el estado de monástica abstención en que vivía!... Don Higinio apretó los puños. Luego, con aquella admirable facilidad que su alma voluble tenía para pasar de la cólera al desdén y a la risa, se encogió de hombros. En la pobre vida humana todo a la vez es grotesco y trágico; solamente las apariencias varían; tan pronto el drama se viste el traje de Arlequín, como lo bufo, lo insignificante, «lo de todos los días», se emboza en la capa de Cyrano y tiene, como Romeo, una escala y una cita.
En este último caso se hallaba don Higinio. Había de volver a su pueblo casto como un San Luis Gonzaga y llevando intactos sobre los labios los besos que doña Emilia le diera al despedirle, y todos, sin embargo, descubrirían en su rostro la honda fatiga, ruina y acabamiento de las orgías gozadas. Y aún podía disculparse que sus conterráneos, lugareños y sencillos, opinasen así; lo extraordinario, lo que bañaba a Perea en asombro, era que personas que vivían a su alrededor, el intérprete del hotel, verbigracia, creyesen lo mismo. Es el sino del individuo: hay hombres que tras una larga vida dedicada a darle gusto al diablo llegaron a viejos nimbados de un prestigio inamovible de rectitud, gravedad y melancolía; mientras otros, habiendo luchado y sufrido y llevado acuestas las cruces más penosas, jamás fueron tomados en serio. Nadie les cree: su cortesía sonriente es ligereza, desaprensión, liviandad de costumbres y de conciencia; sus momentos de tristeza, disimulo; su cansancio de trabajo, fatiga de placeres. La muchedumbre, sin saber cómo, clasifica a sus individuos apenas salen de la Universidad y les extiende ejecutorias de las cuales nunca podrán hallarse totalmente libres; y así, por decreto absurdo de la opinión, este será prudente y virtuoso, y aquel, loco y frívolo como un sombrero echado al aire.
¿De dónde proceden esos errores colectivos? ¿Es del modo que el sujeto tiene de mirar, de vestirse, de dar la mano? ¿A tanto alcanzan la gracia de unos guantes de ante o el color de un chaleco? Y, en caso afirmativo, ¿cómo la opinión ajena, que primero es para el sujeto porvenir y horizonte, y luego, por obra renovadora del tiempo, se muda en ayer y cristaliza en la Historia, consigue dar tan hueros cimientos a sus juicios?...
Evidentemente, la multitud, inclinada a encogerse de hombros cuando la invitan a realizar una obra filantrópica, descubre una resuelta simpatía hacia lo calumnioso, y lo acredita el éxito que obtienen las campañas difamatorias de los periódicos: una crónica laudatoria pasa inadvertida, cual si la envidia de todos la circundase de silencio; mientras la gacetilla infamante se repite con complacencia, brinca de boca en boca, se agarra traviesa a todos los oídos, sugiere un eco de villana alegría en todas las almas...
Así se explicaba don Higinio el juicio absurdo que de su condición y tranquilos hábitos iba formándose el público. Al cabo, la idea de parecer desbaratado y calavera no podía enojar seriamente a quien, como él, siempre sintió el fastidio de ser virtuoso, y Perea, que nunca había mentido, siguió mintiendo: unas veces ante el intérprete de su hotel, otras en las cartas que escribía a sus paisanos; misivas ladinas en donde, sin decir nada, dejaba entrever mucho. Se debe aborrecer la calumnia por mala; la calumnia roe, mina, deshace: es el vitriolo del honor; pero, ¿cómo abominar de aquellos inocentes embustes que mientras mejoran a quien los dice regocijan al que los oye y le distraen discretamente?... Diosa Mentira, alma de los salones donde se murmura amablemente, nodriza de poetas, fontana de ensueños perlados, savia de toda cortesía, ¿cómo quiso el divino Platón desterrarte de su República?...
Las cartas de doña Emilia, recordando a don Higinio que en Serranillas estaba el inevitable desenlace de su historia, exacerbaron sus deseos de conocer París; pues son las urbes como las mujeres, que solo interesan fuertemente aquellas adonde llegamos accidentalmente o de paso, y así, ni estudiamos a nuestras esposas ni nos inspira curiosidad la ciudad que habitamos y que errantes de muy lontanos países acaso vengan a visitar.
Viviendo en buenos hoteles el viajero no puede inquirir el alma de la nación donde se halla, porque todas las fondas del mundo, salvo diferencias levísimas, son idénticas. Para acercarse a los «bajos fondos» oscuros y dolorosos de los pueblos, necesario será sentir la tragedia de sus necesidades; conocer íntimamente la importancia o valor de su moneda, saber cuáles son los mercados más baratos y lo que vale un panecillo y una libra de carne, y cuánto carbón dan por diez céntimos; desmenuzar la vida, ver cómo los recursos del hombre se multiplican para resistir a la miseria.
Convencido de ello don Higinio aplicose a explorar los detalles de ese vivir mezquino y arcano. En sus largas excursiones por el barrio Latino, prolongadas muchas veces hasta el Jardín de Plantas, el curioso manchego escrutaba los detalles más ínfimos: la clientela abigarrada de las tabernas; las zapaterías donde enderezan tacones o echan medias suelas a unas botas en el tiempo que su dueño invierte en leer un periódico y fumarse una pipa; los bazares populares donde venden hasta trozos de vela; las tiendas de antigüedades de las calles Bonaparte y Mazarino; las librerías de lance metidas en cajones a lo largo del Sena...
También invertía muchas horas recorriendo los llamados, por antonomasia, «grandes almacenes»; centros de enorme actividad comercial que sostienen a millares de familias y cuyo balance diario equivale a una gigantesca jugada de Bolsa. Francisco, el intérprete, le había explicado la fundación y desarrollo de esos establecimientos, asombro de forasteros. Generalmente su origen fue humilde. Un comerciante inteligente y pobre instaló, verbigracia, una tienda de sombreros para señoras; lentamente la pequeña industria arraigó, y medrando, lo que empezó siendo sombrerería, fue más tarde zapatería también, y luego bazar. Cuando las existencias desbordaban del local primitivo, su dueño adquirió una de las tiendas inmediatas, y después otra, y más adelante el piso principal, y el segundo y el tercero... ¡hasta las buhardillas!... Y como el trajín arreciaba, puso ascensores y escalerillas especiales de servicio.
Pasó tiempo...
Ya el negocio se hallaba sobradamente asegurado, el esfuerzo inicial había producido sus frutos, los asuntos afirmaban su rumbo próspero. Veinticinco o treinta años de ardiente trabajo habían bastado para que el insignificante despacho de sombreros se transformase en grandioso almacén.
El dinero llama al dinero; los que una vez quedaron victoriosos, sin procurarlo, hallan siempre aliados. Al antiguo modisto se unieron otros mercaderes que le brindaron sus iniciativas y su capital. Al principio fueron dos, tres; después, muchos; emitiéronse acciones y entonces la batalla fue de cientos de miles y aun de millones de francos. Compráronse ocho, nueve o diez casas juntas, toda una manzana; derribáronse los muros medianeros y sustituyéronse por columnas de hierro que, sin perjudicar la solidez, no mermasen la saludable amplitud y hermosa perspectiva de las salas; convirtiéronse los corredores en galerías, y uniendo unas habitaciones a otras improvisáronse magníficos patios cubiertos, a una altura de cinco o seis pisos, por gigantescas monteras de cristal. Así fueron organizándose esos titanes del comercio que flotan sobre el océano bursátil de París como boyas enormes, y gozan de prestigio mundial.
En cualquiera de esos bazares extraordinarios donde trabaja una verdadera muchedumbre de modistas, de corseteras, de zapateros, de sastres, de guanteras, de ebanistas, de tapiceros, de individuos pertenecientes a todos los oficios, y donde los trajes se entregan pocas horas después de encargados, hay zuecos para cocheros y mozos de cuadra, y botas de charol; vestidos de pana y de frac; sombreros de mil francos, dignos de ser lucidos en un palco de la ópera, y _canotiers_ a ocho reales, para obrerillas; ropa blanca, perfumería, pieles, juguetes, enseres hípicos, muebles, pianos, libros, cuadros, estatuas, tapices... De cuanto la industria y el arte han producido, hay allí; y todo aparece bellamente expuesto al alcance del público, de modo que este pueda verlo y manosearlo con perfecto espacio y detenimiento.
Otra de las manifestaciones comerciales que más interesaban a Perea eran los mostradores a la intemperie.
El espíritu astuto de los mercaderes sabe cuánto abundan los transeúntes que, por falta de tiempo, distracción o quizás vergonzosa cortedad de carácter, se abstienen muchas veces de comprar. Para esta clase especialísima de público fueron ideadas las largas mesas que, desde las siete o las ocho de la mañana, según la estación, instalan los comerciantes al aire libre y son como un derramamiento pujante y alegre de la vida interior de cada almacén. Ante la plebeya alegría de aquellos mostradores, la multitud se detiene curiosa: allí los hombres se ponen en mangas de camisa para vestirse un chaleco, y las mujeres se prueban una blusa; cada cual va a su objeto; nadie se estorba. Esta venta se prolonga hasta la noche. A esa hora se recogen las mercancías, se levantan los mostradores y las pirámides de sombreros, los montones de zapatos y de corsés, las olas frufrutantes de faldas y de blusas, desaparecen en la amplitud del establecimiento. Es una inspiración o absorción gigante, que deja las aceras desembarazadas y limpias, como para que sobre ellas circule mejor la traviesa alegría del París noctámbulo.
De estas instructivas andanzas jamás regresaba don Higinio con las manos vacías. Poco a poco iba adquiriendo los cachivaches que necesitaba llevar a su pueblo: el reloj para Teresita, las navajas de Nicanor, la escopeta y unas polainas para don Gregorio, unos espejuelos para don Tomás... Amén de otras incontables baratijas que le sorprendían y enamoraban: figulinas de mármol, tinteros caprichosos, tarjetas postales, juguetes, un espejo, un bidet: diríase que a Serranillas no había llegado aún la civilización. Estos sacrificios los hacía para acrecentar el éxito de su restitución al terruño, seguro de que el brillo de su regreso estaría en razón directa del número de regalos que llevase. En el hotel de los Alpes atónitos estaban de tanta adquisición; dentro del dormitorio de Perea, al pie de la cama, encima del armario, sobre las sillas, los objetos, cuidadosamente atados y envueltos en papeles de estridente policromía, iban hacinándose; flotaba en el aire ese olor indefinible a barniz de las cosas nuevas: la habitación parecía un bazar.
Todo esto ahondaba las raíces de amor que París iba echando en el embelequero carácter de don Higinio. París era el misterio. Nadie le conocía en aquella ciudad inmensa. ¿Quién acecharía sus pasos ni iría a contarle los peces cobrados en el transcurso de una tarde, bajo la umbría del puente? Así, por contraste, viendo rodar las aguas del Sena, pensaba en su pueblo. ¡Oh, la hora triste, la hora gris, en que hubiese de regresar a Serranillas para otra vez vivir ante los ojos de todo el mundo!... Sorprendíase entonces de haber podido alejarse tanto de aquel pasado anodino, y comprendía que las distancias no existen; el espacio, con ser infinito, lo lleva el hombre en sí. ¡Querer!... He ahí el secreto; millares de personas no hicieron nada nunca, porque jamás su voluntad se decidió a la acción. Él, un día, «quiso», y aquel impulso interior, que solo tardó segundos en producirse, había bastado a sacarle de España. Lo que antes imaginara dificilísimo, ahora se le antojaba insignificante; y es porque la vida remeda a esas montañas que vistas desde lejos parecen inaccesibles, y luego, de cerca, ofrecen innúmeros vericuetos y quebrajas por donde encaramarse hasta su cumbre. Y París, en una historia tan llana como la de don Higinio, era una cumbre.
IV
Aquella tarde la dedicó Perea a visitar los grandiosos mercados centrales. A las cinco, bajo su impermeable y su paraguas de algodón, emprendió el regreso hacia el café del bulevar donde acostumbraba a beber su aperitivo. Llovía copiosamente y la neblina, esa encantadora neblina de París que tanto embellece a las mujeres, emborronaba los edificios y suspendía halos de similor ante los escaparates iluminados de los comercios. Don Higinio seguía la calle Montmartre; iba cansado, salpicado de barro, empujado a cada momento por la muchedumbre.
En la esquina de la calle Croissant alcanzó a una joven «de la casa llana»; rubia, los ojos azules, la nariz respingona, la boca cínica y alegre como una pirueta de café-concierto, el seno redondo, las caderas apretadas y movedizas. Al sentir sobre la blancura de su nuca el cálido aliento de don Higinio, la muchacha volvió la cabeza: una cabecita pequeña, insolente, bajo la sombra de su _canotier_ rojo.
—¡Me había usted asustado! —dijo.
Perea sonrió sosamente y no halló en su exiguo vocabulario francés palabra oportuna que replicar. Ella continuó:
—¿Extranjero? ¿Es usted extranjero?
—Sí.
—¿Español?
—Sí.
—Me gustan los españoles. Yo tuve un amigo de Bayona, del Mediodía... ¿Me paga usted un bock?...
Se agarró a su brazo, volviéndose hacia él para hablar, de modo que la pomposidad juvenil de su seno rozase la mano que don Higinio llevaba recogida a la altura del pecho sosteniendo el paraguas. Ella había cerrado el suyo. Vestía de negro. Era una legítima hija del bulevar: lagotera, parlanchina, deseable, impúdica y cerril.
Prosiguió:
—¿Le gusto a usted?... ¿Sí? Lo más feo de mi persona es la cara: soy chatilla; mis ojos son graciosos, pero pequeños... El cuerpo, en cambio, es bueno; me lo han dicho muchos artistas. ¿Quiere usted verlo?... Espere usted un momento. Voy a enseñarle una fotografía que me hicieron desnuda.
Se iba con frivolidad de pájaro. Don Higinio la retuvo.
—¿Dónde vas?
—A buscar mi retrato. Yo vivo aquí mismo, en la calle Croissant. Vuelvo en seguida...
Y escapó. Perea quedose en medio de la acera, no sabiendo si aguardar a la moza o seguir su camino; mareado, los pies húmedos, mientras en su paraguas tropezaban los de todos los transeúntes. Decidió refugiarse en un portal. ¡Demonio de chiquilla!... Ella reapareció pronto: llegaba riendo, brincando, con una alegría que evocaba recuerdos de colegio.
—¡Vea usted!...
Don Higinio miró, mientras sus ásperos bigotes disimulaban una mueca faunesca de los labios. En aquel retrato la joven aparecía de perfil, las piernas juntas y los brazos en alto. Estaba bien: ni delgada ni gruesa; el seno en su sitio. ¡Muy bien!... El inflamable manchego sonreía gozoso; aquella imagen desvergonzada había sido una especie de toque de rebato para sus castigados deseos. Algo abrasador, quemante como un vaho de horno, le rozó la espalda. Los ojos duchos de la aventurera leyeron de corrido en la abochornada frente y las extraviadas pupilas de su interlocutor. Comprendió que debía ganar tiempo: no siempre los prólogos son oportunos...
—Entonces —dijo— no bebamos cerveza. ¿Quiere usted?... Yo conozco aquí, en la calle Paul-Lelong, un hotel donde estaremos tranquilos.
Don Higinio, alucinado, sintiendo agolparse a su cuello toda su sangre, preguntó maquinalmente:
—¿Es casa de confianza?
—¡Oh, ya lo creo! No tenga usted miedo. Yo voy mucho allí.
Caminó tras ella diligente, sin cansancio, sin frío, con un ahinco para el que todos los caminos eran cuesta abajo. Doblaron la esquina de la calle Paul-Lelong. Sobre una puerta leyó don Higinio: «Hotel Amueblado».
—Aquí es —dijo ella.
Y entraron. En la portería un señor grueso, de cara afeitada y monacal, les dio una llave.
—Buenas tardes, señorita Leopoldina. Habitación número quince; ya sabe usted, en el piso segundo...
Subieron presurosos una escalera de caracol, cubierta por una alfombra verde muy raída y manchada de gotas de cera. Traspusieron un pasillo oscuro, impregnado de ese aire tibio, oliente a perfume y a carne, de las alcobas; abrieron la puerta de un cuarto tapizado de rojo, donde había un lecho dorado, un lavabo, un armario de luna...
La señorita Leopoldina arremetió a Perea, cubriéndole los redondos carrillos de bulliciosos besos.
—Te voy a querer mucho —repetía—, mucho: eres muy guapo. Mira, yo soy así: una loca... Mis amigas lo dicen: una loca; en seguida me enamoro. Cuando regreses a España tendrás que llevarme.
Y en seguida.
—¿Llevas navaja?...
El galán sonrió; hizo un signo afirmativo. No llevaba navaja, precisamente, pero sí un cuchillo; el famoso cuchillo de mango negro y hoja triangular con que una noche asombró al intérprete del hotel de los Alpes. Desde que estaba en París, siempre, para salir a la calle, se lo ponía atrás, entre el pantalón y la faja, según la usanza marinera, y más por afición a lo heroico y decorativo que porque hubiese reflexionado nunca seriamente en la posibilidad de agredir a nadie. Leopoldina volvió a abrazarle; viendo el arma cortante, bruñida, sus ojos chispearon con regocijo ancestral; su alma vagabunda, acostumbrada a los lances violentos, se estremecía...
—Me gustan los hombres valientes —exclamó—. ¡Tú serás mi hombre!...
La señorita Leopoldina supo proporcionar a su amigo dos horas deliciosas: era infatigable, sabia, oportuna... Perea estaba abrochándose el chaleco, cuando recordó que no llevaba dinero en plata ni en oro. Solo tenía un billete de cien francos.
—Yo lo cambiaré —dijo ella—. ¿Cuánto he de devolverte?
Don Higinio, que empezaba a sentirse enamoriscado de la francesa, fue generoso.
—Dame la mitad.
Cambiaron un beso, el último, sobre los labios, y empezaron a bajar la escalera, cuyos peldaños en espiral daban la sensación de un remolino. La señorita Leopoldina, muy pizpireta, muy saltarina, bajo su sombrerito rojo, iba delante. Silbaba una canción. De pronto, al salir a la calle, echó a correr velozmente con un rapidísimo arranque de corza. Don Higinio la vio alejarse, esfumarse casi entre la niebla a través de la indescriptible baraúnda de peatones y de coches, y lanzose tras ella. Había comprendido que intentaban robarle. Al llegar a la calle Montmartre, la señorita Leopoldina se sintió trabada por un brazo. A su lado Perea, los ojos furiosos y los rudos bigotes mojados por la lluvia, estaba imponente.
—Suelta mi dinero, ladrona.
—¿Qué dinero?
—Mi billete de cien francos. Devuélvemelo o te rompo un hueso.
Ella empezó a gritar, en tanto miraba a los transeúntes, implorando su simpatía y ayuda.
—¡Suélteme usted!... ¡Yo no le conozco!... ¿Qué dinero es ese?... Usted no me ha dado dinero ninguno.
Hizo un esfuerzo violentísimo, arqueando las caderas y echando el cuerpo hacia adelante, al mismo tiempo que intentaba morder la mano con que el valeroso manchego la atenaceaba. Al fin pudo escapar, esquivándose detrás de un ómnibus. Pero don Higinio volvió a alcanzarla, y esta vez la señorita Leopoldina comenzó a gritar como si la despellejasen.
—¡Socorro, que me matan!...
—Mi dinero —rugía el manchego sin soltar a la chiquilla—; mi dinero o te estrangulo.
Forcejeaban en medio de la calle, sobre el barro, bajo la lluvia, expuestos a ser atropellados por los coches; resbalaba ella, resbalaba él; a don Higinio se le cayó el paraguas. Leopoldina vociferaba improperadora:
—¡Socorro! ¡Es un «apache»!... ¡Que me matan!...
La muchacha se defendía bien; pero apenas conseguía librarse de los dedos de su acosador cuando de nuevo caía en su poder. Así luchando y sin atraer mucho la atención del público, en quien el aguacero parecía sosegar la curiosidad, fueron acercándose a un despacho de bebidas situado en la esquina de la calle Réaumur. Todo el empeño de Leopoldina parecía cifrarse en llegar allí.
—¡Socorro! ¡Es un «apache» —repetía—, un «apache»!... ¡Que me matan!... ¡¡Socorro!!...
De súbito la tragicomedia callejera mudó de aspecto y amenazó convertirse en drama. Un mocetón como de treinta años, afeitado y robusto, con traje de pana color tabaco, los pantalones anchos de muslos y muy ceñidos sobre la bota, una boina azul derribada hacia atrás y alrededor del cuello un pañuelo rojo, salió de la taberna y trabando a don Higinio por los cabezones le zarandeó y obligó a soltar su presa.
—¡Eh, buen hombre!... —interpeló—. ¿Qué es eso?... ¿Qué le sucede?
Su acento zumbón, insolente, anunciaba un golpe.
—Me ha robado —repuso Perea algo sorprendido.
—Pues fastidiarse..., o si le parece... lo que había usted de decirle a ella me lo dice a mí. ¿No le es igual?...
Hablando así, sin soltar las solapas de don Higinio, llevose la mano hacia atrás, como buscando un arma. Era musculoso, tenía el mirar acerado y sobre su frente pálida caía, como un penacho belicoso, un mechón de cabellos rizados. La señorita Leopoldina, entretanto, se había refugiado en la taberna. Don Higinio vaciló: en Serranillas, seguramente hubiese andado a bofetadas con aquel pícaro; pero allí, a pesar de su cuchillo, tuvo miedo; miedo a la muerte, al misterio que envolvía todo aquel oscuro mundo de prostitutas y de ladrones; se acordó de los crímenes que había visto en los cinematógrafos, de los «apaches» que saben dar «el golpe del padre Francisco», y, como por ensalmo, sus fuegos de baratería y majeza se apagaron. Comprendiéndolo su contrincante, le volvió la espalda, y Perea, mal repuesto aún del susto, permaneció alelado, mirando hacia la taberna donde Leopoldina, de pie ante un grupo de mujeres y hombres, pirueteaba y reía agitando sobre su cabeza, como una bandera, el billete robado.
Amohinado y furioso, pálido a la vez de coraje y de miedo, don Higinio continuó su camino bajo la lluvia, sin siquiera acordarse de abrir su paraguas. A pesar de su diligencia llegó al hotel muy tarde; en el comedor no había nadie. El camarero, al servirle la sopa, le dijo:
—Hoy es usted el último.
Había en aquella declaración una especie de reproche, de lamento, hacia las desgobernadas costumbres del huésped; y Perea comenzó a engullir velozmente, cual si quisiera desquitarse del tiempo perdido. Acodado a la mesa glotonamente, pequeño, redondo, cabezón, rojo y mofletudo, tras la blancura de su servilleta, parecía el anuncio de un aperitivo. Según comía, su malhumor iba encalmándose. ¿De qué se avergonzaba? Si algo parecido le ocurre en Serranillas se deja partir en pedazos antes que echar atrás un solo pie. Pero, ¡en París!... ¡Bah!... ¿Quién le conocía en París?... La gente que le vio retirarse, pensaría: «Hace bien; es un hombre prudente, enemigo de escándalos; un caballero que tendrá su alma en su almario, como cada cual, pero que no ha querido jugarse la vida por una pampirolada...». Además, dado su aspecto, comprenderían que estaba casado, que tendría hijos, y el hombre casado debe cuidarse porque pertenece a su familia. ¡Ah, si no fuera por sus hijos, llevando como llevaba su buen cuchillo a la cintura!...
Atacó rudamente el bistec con patatas que acababan de traerle, trasegó parsimoniosamente un bien colmado vaso de vino, y el curso de sus ideas abonanzó. Total... ¿qué? ¡Nada!... Unas palabras, celos... Si es cierto que el «apache» le había trabado por los cabezones, él también le agarró una muñeca. ¡Oh, y con qué fuerza! Ahora lo recordaba bien; y él tenía la mano dura... ¡ya lo creo!... debió de hacerle daño... ¡En fin, cosas de hombres!... Lo cierto era que había pasado una tarde muy agradable...
La llegada del intérprete concluyó de serenarle. Francisco le traía una noticia impresionante.
—¿No le han dicho a usted la tragedia de esta tarde?...
Don Higinio hizo el gesto vago del individuo que acaba de llegar y no sabe nada. Francisco prosiguió: