La opinión ajena

Part 27

Chapter 273,906 wordsPublic domain

—Nosotras, en nombre de todos, venimos a rogarte que te decidas a la operación. No tengas miedo, Higinio mío, no tengas miedo. Dios querrá salvar tu vida; nosotras hemos rezado mucho por ti y seguiremos orando día y noche hasta verte sano y alegre. ¿Tú serás valiente, verdad?... A tu lado estaremos todos. Dicen don Gregorio y don Cándido que la hinchazón del vientre es un principio de peritonitis, y que si aumenta será imposible curarte y morirás rabiando. ¡Morir!... ¡Por Dios! ¡Yo no quiero verte morir!... ¡Muera yo antes mil veces, le pido a la Virgen!...

El raudal de sus lágrimas se desató de modo que la impidió seguir hablando. Hundió el rostro en el lecho, y agotada, dejose caer sobre los talones; sus pobres hombros temblaban convulsos de dolor. Teresita, fijos en su cuñado los ojos afligidos y humildes, repetía:

—Higinio..., ya ves..., necesitas decidirte...; tú no has sido malo, Dios no te abandonará...

En aquel momento apareció Carmen; su madre levantó la cabeza.

—¿Has escrito a tus hermanos? —preguntó.

—No, ¿para qué?... Hasta no saber lo que papá resuelve...

Acercose a este y en las mejillas y sobre la frente diole muchos besos.

—Sí, papaíto...

Y continuaba besándole:

—Papaíto de mi alma, papá valiente..., es necesario que te operes...

El vencedor de la Grande Jatte sintió una torva, colosal, indescriptible angustia; la misma congoja que Julio César experimentaría cuando Bruto, su hijo, alzó su cuchillo contra él. Al principio creyó que únicamente sus amigos del Casino querían verle operar y no se asustó.

«Mi familia —reflexionaba— no puede consentir ese dislate, y el sacrificio, aunque yo adopte una actitud de heroica pasividad, no se llevará a efecto».

El malpocado no supuso que la terrible fuerza invasora de la opinión penetraría en su hogar, y, rápidamente, una a una, ganaría todas las voluntades. Ahora eran su cuñada, su mujer, su hija, las que de rodillas pedían su muerte. La mentira trágica, elaborada, madurada espaciosamente a lo largo de los años, de pronto florecía y sus frutos prometían ser de sangre.

«Me mata la opinión» —pensó.

Después, según sus ideas se coordinaban en la agitación grimosa de su espíritu, fue reconociendo el modo admirable que su invención tuvo de ir plasmándose y cobrando validez sustantiva. El marido de Leopoldina, aquel míster Ruch a quien él tanto había afrentado y groseramente vilipendiado a los ojos de todo un pueblo, ahora, de súbito, parecía surgir de su tumba de la isla del Sena para exigirle cuentas crueles de sus acciones y palabras. ¡Oh, milagro!... Como los hombres, al morir, se truecan en ideas, en recuerdos, ¿será cierto que, de igual modo, las supercherías, vividas intensamente, se conviertan en realidad?... ¿Luego lo objetivo no existe sin nosotros?... ¿Luego los nominalistas, discípulos de Abelardo, tienen razón?...

«Es el holandés, mi enemigo —repetía don Higinio—, quien al fin me vence, y la puñalada que yo dije haberle dado en el corazón, me la asesta él a mí en el vientre con el bisturí de don Gregorio».

Perea lanzó un grito de cólera; sus energías se sublevaron; ¡no quería morir!... y bajo su bigote sus labios se abrieron trémulos, lívidos, dispuestos a declarar la verdad. Pero en aquel instante mismo su orgullo y su valentía reaccionaron, y nada dijo.

Las tres mujeres se habían levantado con una gran vehemencia de ufanía, creyendo que, al cabo, el enfermo accedía a sus ruegos. Don Higinio manteníase inmóvil, los ojos medio cerrados, meditando. Su espíritu griego, su alma noble enamorada de lo bello, pensaba:

«Nada importa morir, si se muere bien...».

Súbitamente sus anchas pupilas azules se iluminaron; bajo los párpados que acababan de levantarse con brusco alborozo, la divina ilusión renacía. La ciencia aún podía salvarle; la ciencia, representada por unos cuantos médicos doctos, comprendería que su mal era reumático y no consentiría que la infamia de abrirle el vientre, como a un marrano, se consumase, y así él, pese a todo, libraría su prestigio. En esto estaban el honor y la vida.

—Yo me dejo operar —dijo—; pero, como no me fío de don Gregorio, necesito que haya junta de médicos. Podéis avisar, desde luego, a don Salvador López, que vive en Almodóvar, y al doctor Regatos, de Ciudad Real, y a otro más, si queréis... Decidles que vengan en seguida, porque el caso urge, y lo que ellos decidan eso haré.

Y agregó, esperanzado y alegre:

—Ahora, por lo pronto, ponedme otro emplasto de linaza y dejadme dormir.

Cuando estuvo solo experimentó una satisfacción tan honda y subidísima que le movió a risa. Aquella reunión de médicos no le costaría menos de dos mil quinientas a tres mil pesetas; pero la vida y la honra, ¿no valían mucho más?... El doctor Regatos, especialmente, uno de los médicos más notables de la provincia, no podía equivocarse como don Gregorio; el sabio doctor le reconocería, vería que era un artrítico crónico, y, convencido de que la bala del holandés no se había movido, le curaría de suerte que ni su historia ni su piel padeciesen merma ninguna.

Por la tarde recibió don Higinio la visita del cura. El pobre don Tomás estaba ya muy viejo, y sobre la raída negrura de su balandrán, su cabeza lívida, en la que parecía no quedar ni un glóbulo de sangre, tenía un melancólico temblor de ancianidad.

—Yo creía —dijo al entrar— que le operaban a usted hoy.

Cuando supo que habría junta de médicos demostró alegrarse; antes de lanzarse a una operación grave, siempre era prudente oír el parecer de buenos profesores. Su voz dulce, indulgente, acariciadora, con monotonía de oración, producía en el héroe una cristiana laxitud, una especie de suave y humilde indiferencia hacia todo. Cuando el cura se levantó para marcharse, don Higinio le estrechó la mano con rudeza optimista.

—Todavía —exclamó— no pienso morir; además, yo sé que un instante de contricción basta a lavar las culpas de toda una vida.

—Así es, como usted dice —repuso Murillo—; pero también muchas veces la muerte suele herirnos sin avisarnos, por lo cual debemos llevar siempre el alma lo más limpia que nuestra carnal flaqueza lo permita.

El siguiente día lo pasó don Higinio lamentándose, y al atardecer sus dolores arreciaron con tal furia que fue necesario aplicarle una inyección de morfina. Por la noche llegaron de Ciudad Real sus hijos Anselmo y Joaquín, a quienes la brusca dolencia y gravedad de su padre había impresionado terriblemente. Don Higinio, entre sueños, les sentía voltejear alrededor del lecho, discutiendo en voz baja lo que debían hacer, y las palabras «operación», «bala» y «peritonitis» resonaban a cada momento en sus oídos. También el nombre de don Gregorio era repetido porfiadamente, como el _leitmotiv_ de aquella pesadilla. Amodorrado por la morfina, el enfermo no podía hablar, pero aunque de manera confusa de casi todo se daba cuenta. Pasos tácitos de mujer susurraban en la quietud del dormitorio, y el roce de las faldas sobre el solado y el ruidito, apenas perceptible, con que manos cuidadosas cerraban o abrían la puerta de la habitación.

A la mañana siguiente doña Emilia recibió un telegrama del doctor Regatos, donde este anunciaba su llegada al otro día por la noche. Anselmo y Joaquín se indignaron; las celebridades gustan de la lentitud porque es teatral; debían buscar otro médico. Pero don Higinio se opuso terminantemente: él podía esperar; dentro de la reconocida gravedad de su estado, se hallaba bien y no tenía prisa...

Teresita se acercó a su cuñado y con mucho misterio:

—Ahí está Gasparito, que quiere verte.

—¡Ah!... ¿Gasparito?... ¡Pues, que entre Gasparito!...

Y sonrió, considerando su situación para con aquel muchacho cuya paternidad le atribuían. Doña Emilia y sus hijos se retiraron discretamente; sus almas buenas, allá en lo más arcano compadecían el dolor del bastardo.

Gasparito se acercó a su padrino, a quien no veía desde muchos meses atrás, y con toda unción y respeto le besó la mano. Sus ojos gitanos, negros, grandes y luminosos, tenían huellas recientes de haber llorado.

—En Manzanares supe lo de la operación —dijo— y quise verle a usted antes.

—¿Por si me moría, verdad?...

—Padrino..., ¡no es que vaya usted a morirse!... ¡No lo permita Dios!... Pero, vamos, que el abrirle a un hombre la barriga siempre es grave.

—¿Y tu madre?

—Buena está, gracias. Fue ella, la pobre vieja, quien me dio la noticia; y dos velas le tiene ofrecidas a San Antonio, que estarán ardiendo hasta que usted se cure y volvamos a verle en la calle...

¡Dos velas!... ¡Como si no bastasen los hábitos de Nuestra Señora del Carmen vestidos por doña Emilia y Teresita!... Pero, ¿por qué rara asociación el cielo se levantaba también en contra de don Higinio? Luego, Perea, según reparaba en Gasparito, tan lindo, tan pinturero, con su piel de bronce, el ébano de sus aladares y la mucha gracia de su cuerpo ágil y vibrante, meditaba:

«¿De dónde habrá sacado la gente que este chiquillo es hijo mío?...».

Tras unos momentos de conversación, Gasparito pidió permiso para marcharse.

—Bueno, padrino; yo tengo que hacer en Manzanares; pero no me voy de aquí hasta saber lo que los médicos dicen de usted.

—Gracias, hombre.

—Ya sé que don Salvador, el médico de Almodóvar, y el de Argamasilla, don Fidel Aranda, han venido; el único que falta es el doctor Regatos, que llegará mañana.

Don Higinio se sorprendía; él, a pesar de su condición de enfermo, estaba menos informado que el hijo de la señora Indalecia. Pero, ¿qué prodigiosas condiciones ecoicas tienen los pueblos que todo, aun lo más secreto, resuena y se vulgariza en seguida?...

Gasparito no se había equivocado; los médicos de Argamasilla y de Almodóvar se hallaban, efectivamente, en Serranillas desde hacía algunas horas.

Los dos, apenas echaron pie a tierra en la estación, sin avisarse y dóciles al espíritu de solidaridad, encamináronse a casa de Hernández. Necesitaban informarse del caso que iban a diagnosticar y querían conocer la opinión del médico de cabecera. Cuando llegaron al domicilio de don Gregorio, este y su mujer, que terminaban de almorzar, les invitaron a café. La dolencia que afligía a don Higinio sirvió de sobremesa. Tanto don Fidel Aranda, como don Salvador, sabían, desde muy antiguo, la historia del duelo habido entre Perea y un holandés en una isla del Sena, y esto les ayudó a ponerse de acuerdo en seguida. Eran dos pequeños espíritus oscuros, eclécticos, incapaces de comprometerse en una discusión.

—Pues, entonces —exclamó don Gregorio—, no necesitamos hablar mucho; la bala, que, según mis cálculos, permaneció incrustada años y años en el cuerpo de la décima vértebra, se ha desprendido y va desgarrando las membranas abdominales.

Don Fidel Aranda asintió:

—Perfectamente.

Y don Salvador López:

—Es claro...

Don Gregorio prosiguió:

—La bala entró por debajo de la apófisis xifoides y probablemente sin tocarla, y como el agresor era un hombre muy alto, el proyectil siguió en el vientre de nuestro amigo un plano descendente. Por fortuna no rompió ninguna asa intestinal, y así, en menos de dos semanas, la herida se cerró. Ya le reconocerán ustedes. A mi juicio, queridos compañeros, el pobre Perea se halla amenazado de una peritonitis; él dice que sufre un ataque de reúma visceral, pero me parece que no es sincero: la verdad es que tiene miedo a operarse.

Don Salvador preguntó:

—¿Es cardíaco, tal vez?

—Ahí está la dificultad; sí, señor; es cardíaco. Perea es un hombre que ha abusado mucho de su corazón y muere de él.

Doña Lucía, presente a la conversación, masculló un largo suspiro lleno de recuerdos. Su marido continuó:

—De consiguiente, la disyuntiva que se ofrece a nuestra consideración es delicadísima; el paciente, ni puede tomar el cloroformo, ni puede tampoco, según mi modesto parecer, dejar de operarse. Su vida, como ven ustedes, se halla suspendida entre dos desenlaces fatales: o muere de peritonitis, o muere del corazón...

Tanto don Fidel Aranda como don Salvador López hacían lentos y graves signos afirmativos, hallando todas las razones aportadas por su compañero al diagnóstico de una claridad meridiana. Era la solidaridad criminal de muchos médicos que se abstienen de defender seriamente la vida de un enfermo por no contradecirse. ¡Infeliz don Higinio! A partir de aquel momento, ni don Salvador ni don Fidel sabrían servirse de su ciencia; no verían, no oirían; las palabras de don Gregorio, ahorrándoles el trabajo de formarse personalmente una opinión, gravitarían inexorables sobre sus sentidos como una venda. Todos parecían encantados de haberse puesto de acuerdo tan pronto.

—Veremos —observó don Fidel— lo que dice mañana el doctor Regatos, aunque estoy cierto de que no tendrá nada que añadir ni quitar a lo expuesto por nuestro colega.

Cuando terminaron de beber el café se marcharon al Casino, y muy bien abrigados, porque hacía frío. Durante el trayecto, don Salvador López expuso una duda:

—¿La operación la hará usted, don Gregorio?

—Hombre... ¡es lo lógico!, puesto que el médico de cabecera soy yo; pero pienso cederle mis derechos al doctor Regatos, y creo que a nadie ha de parecerle mal.

Don Fidel Aranda ratificó gravemente:

—No, señor, al contrario; todos sabemos lo mucho que vale el doctor Regatos.

Don Salvador López añadió, comedido:

—Ha pensado usted muy bien, amigo Hernández; usted es como se debe ser.

A la tarde siguiente don Gregorio Hernández, don Fidel y don Salvador fueron a la estación a recibir al doctor Regatos, que venía de Ciudad Real en el tren de las siete y cuarenta y tres. Efectivamente, llegó. Era un hombre cincuentón, lucio y alto, muy pulcro y apersonado, y de poca conversación, lo que le daba esa importancia que a todo, aun a lo más trivial, infunde el silencio. Envarado, tieso, reflexivo, tras sus lentes de oro, parecía un buen señor provinciano en el momento de retratarse. Don Gregorio, que le conocía, le presentó a sus compañeros, y juntos los cuatro se dirigieron al domicilio de Perea. La gente, al verles pasar, comentaba:

—Son los médicos que van a operar a don Higinio...

Al cruzar la plaza, Pepe Fernández les salió al encuentro; don Gregorio le presentó a sus colegas. El modesto director de _El Faro_ miraba respetuosamente a la eminencia médica de Ciudad Real, cuya gravedad y sobrada estatura se imponían a todos. Sacó el último número de su periódico.

—Aquí hablo de ustedes...

Don Fidel y don Salvador, muy agradecidos, se apresuraron a leer en voz alta:

«Uno de estos días será operado en el vientre nuestro gran amigo don Higinio Perea, una de las figuras más conspicuas de la provincia. Dirigirá la operación, probablemente, el insigne doctor don Servando Regatos, gloria de la ciencia contemporánea, y los distinguidos médicos señores Hernández, Aranda y López.

»De todo corazón celebraremos el pronto restablecimiento del ilustre enfermo».

Las cejas del profesor de Ciudad Real tuvieron un leve temblor de aprobación y Pepe Fernández, satisfecho, se despidió.

El doctor Regatos había oído hablar diferentes veces de Perea como de uno de los hombres más acaudalados de Serranillas, pero ignoraba detalles de su vida. Quiso que sus compañeros le diesen algunos pormenores relativos a la constitución, costumbres, idiosincrasia y antecedentes patogénicos del enfermo.

—Nada sé —exclamó—; vengo a oscuras; únicamente creo que será indispensable operar a ese señor...

Don Gregorio tomó la palabra, y con la vehemencia y rudeza de voz en él habituales, comenzó su diagnóstico. De los progenitores gotosos o artríticos de Perea casi no habló, para antes llegar a la desordenada vida de don Higinio en París. Describió con pasmosa viveza de imaginación la lucha en la isla de la Grande Jatte, la corpulencia del holandés, la actitud en que don Higinio debía de hallarse al ser herido, y cuantas veces se interrumpía para respirar, don Salvador López y don Fidel Aranda hacían con la cabeza signos de aprobación, y el doctor Regatos, hermético y decorativo, murmuraba:

—Perfectamente; siga usted...

Hernández habló de cómo el proyectil, a consecuencia sin duda de algún esfuerzo, se había desarraigado del hueso donde estuvo preso, y de las gravísimas dilaceraciones, seguidas de tumefacción y de terribles dolores, que su descenso iba causando. Entonces explicó la pericarditis de don Higinio: esto era lo peor; si le operaban, ¿cómo rajarle el vientre sin darle cloroformo? Y si le cloroformizaban, ¿no era exponerse a matarle deteniéndole el corazón?...

Como un eco de la opinión, de la pública opinión, imbécil y perezosa, que raras veces se molesta en examinar la falsedad o certidumbre de lo que oye decir, el doctor Regatos repetía:

—Perfectamente; muy bien; prosiga usted...

Esta conversación ligera bastó a su conciencia: cuando los cuatro médicos llegaron al domicilio de Perea, el famoso profesor de Ciudad Real estaba tan convencido como el mismo Hernández de que don Higinio tenía una bala en el cuerpo. De una parte la sugestión del criterio rotundo, unánime, sin el menor resquicio abierto a la duda, de sus compañeros, y de otra su orgullo profesional, su vanidad y también su interés de realizar una operación que acrecentase su fama, y de la cual, tanto por su propio mérito como por la importancia del enfermo, seguramente hablarían los periódicos, fueron los motivos que afirmaron en su espíritu la convicción y la resolución inexorables de abrirle a don Higinio el abdomen.

Al verles aparecer, el héroe de la Grande Jatte experimentó un gran alivio. La opinión que le condenaba a muerte, podía, por razones sentimentales, ofuscar el buen juicio de su mujer y de sus hijos; pero en modo alguno nublaría el hondo, ecuánime y altísimo discurso de la ciencia; la ciencia no se equivoca tan fácilmente, ni a ella alcanzan las inanes chismografías del vulgo.

Inmediatamente los cuatro profesores se dispusieron a reconocer al enfermo. Este fue colocado en posición decúbito supino y con una almohada bajo los riñones para poner bien de relieve su vientre hinchado. Se trajeron más luces: doña Emilia, Teresita, Anselmo, Joaquín, Carmen y su marido estaban allí, formando alrededor del lecho un medio círculo palpitante y ansioso.

El doctor Regatos comenzó el examen: sus dedos ágiles, a intervalos se hundían en el abdomen redondo, casi caricaturesco, del héroe. Perea se quejaba, y a veces sus sufrimientos eran tan agudos que necesitaba morder la almohada para no prorrumpir en lamentos.

—¿Le duele a usted aquí?

—Sí, señor.

—¿Y aquí?

—También.

—¿Y aquí?... ¿Eh?... Aquí le dolerá a usted mucho más.

—¡Ay!... Sí, señor... ¡Ay!... ¡Mucho más!...

El suplicio le había bañado la frente en sudor; pero callaba, sostenido siempre por su bello deseo de quedar bien. El doctor Regatos, sin cesar de oprimirle la barriga con una mano, le puso la otra sobre el sacro. Perea dio un grito; el reúma parecía despedazarle las entrañas; iba a hablar...

El doctor Regatos le dejó, y con un estetoscopio, parsimoniosamente, le auscultó el corazón. Todos callaban. El paciente miraba despavorido a su alrededor, asombrándose de la lividez de los rostros, tan inmóviles y exangües, que casi se perdían en la gran blancura de la pared. Era una escena de inquisición o de hospital.

«Yo creo —pensaba el héroe— que Rembrandt ha pintado algo así...».

Don Gregorio señaló con un gesto la cicatriz que Perea, siendo muchacho, se produjo en el pecho con un cristal. Aparecía a la altura del cartílago xifoides y pintaba una especie de hendedura blanca bajo el espeso vello canoso que cubría el tórax.

—Ahí tenemos el orificio de entrada del proyectil.

El doctor Regatos repuso secamente, molestado por la inutilidad de la observación:

—Ya lo he visto.

Acercose para ver mejor y tuvo un movimiento de extrañeza.

—¿Esta es la herida?

—Sí, señor.

El profesor de Ciudad Real pareció muy sorprendido.

—Esta no es una herida de bala.

Quitose los lentes, que limpió detenidamente con su pañuelo; se los volvió a poner; la luz le daba en los ojos y tenía que contraer los párpados para mirar. Don Fidel y don Salvador, muy asombrados, miraban a Hernández.

En aquel momento el espíritu extravagante y bizarro de don Higinio reaccionó: él, que poco antes estuvo abocado a decir la verdad, había sentido el terror de que su mentira se descubriese. En las pupilas de su mujer, de su cuñada, de sus hijos y de su yerno, creía haber visto un reflejo de duda, una vacilación que envolvía la esperanza de que todo iba a resolverse satisfactoriamente y de pronto, como se solucionan en los melodramas los peores conflictos, y en aquella ilusión parecía latir también un suave menosprecio. Por segunda vez las sienes del héroe se cubrieron de sudor; mas no por obra afeblecedora del miedo, sino por exacerbada exaltación de su orgullo. Prefería morir mil veces a confesar. Sin darle tiempo a Regatos de formarse una opinión, exclamó:

—Sí, doctor; nuestro amigo Hernández ha dicho bien; la cicatriz del balazo es esa.

El testimonio del enfermo era tan incontrovertible, que Regatos no supo qué argüir. Inmediatamente cambió de criterio; sus vacilaciones se aclararon; sin duda por la situación en que se hallaba, de cara a la luz, no había visto bien...

Sus dedos, sin embargo, tocaban y resobaban desconfiados la cicatriz. Buscaba una explicación.

—El revólver —dijo— sería de muy poco calibre.

Don Higinio repuso:

—Verdaderamente, no lo sé..., no recuerdo... Pero, sí; indudablemente era pequeño.

Este detalle ajaba un poco la importancia de su aventura; pero necesitaba ceder algo para colocarse en aquel término medio donde lo real y lo fantástico se mezclan; y sobre todo, él no podía haber obligado a míster Ruch a tirarle con un revólver de reglamento.

—El proyectil —añadió—, según el dictamen del médico que me asistió, era muy delgado; su diámetro sería la mitad del de un cigarrillo _susini_. ¡Casi nada!... ¡Y ha pasado desde entonces tanto tiempo!...

Al ver convencido al doctor Regatos, su calma renació. Nuevamente dominaba la situación; era el protagonista, el héroe. ¿Pero este éxito no iba a costarle demasiado caro?... Volvió a temblar. Ahora medía el abismo que la opinión puso bajo sus pies; era el mismo donde Luisa Soucy, la camarera del hotel de los Alpes, halló la muerte.

—El volumen del proyectil —declaró Regatos quitándose los lentes— no influye notablemente en el proceso del mal: lo importante es que exista.

Hernández, que si renunciaba a la gloria de la operación, quería recabar para sí todo el mérito del diagnóstico, aprovechó el momento de silencio que siguió a estas palabras para decir:

—La línea seguida por la bala es terminante...

—Perfectamente clara —contestó el profesor de Ciudad Real.

—Una línea descendente, con horadación del peritoneo...

—Eso es.

—Y de los músculos que constituyen el cinturón abdominal.

—Muy bien.

—Hasta detenerse en el cuerpo de la décima vértebra.

—Exacto.

—Luego, desprendimiento del proyectil, seguido de dilaceraciones, tumefacción general, entorpecimientos en las funciones renales...

—Exacto, de acuerdo.

Don Gregorio Hernández no pudo reprimir una sonrisa satisfecha que mortificó a don Fidel y a don Salvador, celosos en aquel momento del triunfo alcanzado por el médico de Serranillas.

—Celebro —exclamó don Gregorio— que un compañero tan eminente como usted sea de mi opinión.

Nadie hablaba. Don Higinio estaba abobado, sin saber qué decir; le parecía soñar y llegó a preguntarse si su lance con el holandés del hotel de los Alpes no sería cierto. ¿Por qué no? Los hechos son reales cuando todo el mundo cree en ellos y los dice. Quiso hablar algo y no pudo. De su cabeza las ideas habían huido como avecillas asustadas; su voluntad, su memoria, su pensamiento, estaban rotos; se buscaba y no se reconocía; jamás, dentro de ninguna conciencia, hubo un vacío igual.